lunes, 25 de febrero de 2013

explicando la inflación, o la economía sentimental

Mientras venimos en el carro desde el colegio hacia la casa, en plena hora del almuerzo, en la hora de las colas y del calor de la exsucursal del cielo, en el programa de la radio un economista habla de la inflación y de las diferencias entre las cifras oficiales y la percepción de los ciudadanos de a pié. La devaluación de la moneda, un mal endémico que vuelve a repetirse por enésima vez en las últimas tres décadas es un tema de portada en todos los periódicos del país. Diego -mi hijo de 8 años- me pregunta algo sobre el tema que comentan en el programa, pero casi de inmediato pide que le baje el volumen al radio y que mejor nos dediquemos a algún otro asunto más interesante, como las navidades o la posibilidad de ir algún día a conocer el parque de Disney en Orlando.
 
Pero yo, en medio de las colas de los padres que buscan a sus hijos en los colegios de Las Mercedes - a medio camino entre la escuela de mis 3 hijos y nuestra casa- me quedo pensando en cómo explicarle lo de la inflación a un niño de 8 años y que se entienda el enorme cambio que hemos vivido quienes hemos estado en estos lares las últimas décadas.
 
Lo primero que hay que explicar es que los precios de antes no eran iguales a los de ahora, que nuestra moneda ha extraviado 3 ceros en un intento vano de restarle dramatismo a la pérdida de poder de compra de esos papelitos en los cuales los héroes patrios y algunas especies animales características del país son manoseados sin descanso, a la par que devaluados. Y aclarado lo anterior, traté de explicarme haciendo un repaso de los precios asociados a los hechos trascendentes de la vida de uno.
 
Mis padres compraron su primer apartamento, en el edificio Issa, de Santa Bárbara a Canonigos, en el centro de Caracas, en los mediados años 60s, por la suma de unos 80.000 bolívares, es decir, 80 bolívares de los de ahora, más o menos lo que le daba a Lucía, la mayor de mis hijas, para ir a ver una película al cine hace unos seis meses atrás, porque ahora con menos de 100 no se conforma, ni porque alguno de sus amigos le invite la entrada.
 
Cuando yo era pequeño, mi papá compró un terreno de 11.000 metros cuadrados en la isla de Margarita pensando en algún día construir una casa que nunca hizo, por 3500 bolívares de entonces, es decir, 3,5 bolívares de los de ahora (iba a usar la denominación oficial, Bolívar Fuerte, pero en un ataque de pena con risa me he detenido a tiempo de hacer en ridículo) lo que yo acabo de pagar por una hora de estacionamiento.
 
A mediados de los 70s, en la misma época en que compró el terreno de Margarita, Papá bajó desde Caracas al mercado de La Guaira en su Chevrolet Caprice 1970 color vinotinto a buscar unos pescados y, luego de encontrarse con un familiar que tenía un carro nuevo y acompañarlo al concesionario Veneauto, que funcionó durante muchos años en la Avenida Soublette, frente al mar, regresó a la casa con el pescado y un flamante Chevrolet Caprice Classic color blanco con techo de vinil negro modelo 1974 que costó la pequeña fortuna de 40.000 bolívares, es decir, menos de la mitad de los que costó anoche una pequeña caja de pastas secas en la panadería que Teresa, mi menor hija, debía llevar hoy a una fiesta de navidad en su colegio.

Un año antes del evento del cambio de carro, mis padres habían decidido mudarse del apartamento en el edificio Issa a una quinta en Los Chorros, por la que pagaron entonces 165.000 bolívares, es decir, lo que me costó hoy un helado familiar y unas galletas que compré para la misma fiesta colegial en cuestión, pero ahora como aporte de Diego, mi otro hijo.
 
Cuando terminé el bachillerato, a mediados de los años 80s, las mensualidades del Colegio Santiago de León de Caracas alcanzaban, más o menos, los 700 bolívares, es decir, 0,70 bolívares actuales, un monto insignificante al punto de caer dentro del carro sin justificar mucho esfuerzo en su búsqueda. Cuando entré a la universidad algunos de mis compañeros de clases me señalaban porque recibía de mis padres una mesada muy generosa para pagar el transporte y los almuerzos, unos 25 bolívares diarios, cifra para la cual hoy no hay moneda tan pequeña en nuestro cono monetario.
 
Todavía en los años 80s el cine comercial costaba 10 bolívares por función y en la Cinemateca Nacional pagábamos 4 bolívares los estudiantes, cifras para las cuales tampoco hay hoy moneda de tan baja denominación para pagar con exactitud. Con el premio de la Bienal Pocaterra completé el dinero para comprar mi primer carro en 1988, un VW escarabajo que me costó 20.000 bolívares, lo que vale hoy una empanada y un jugo en la cantina del colegio de mis hijos.
 
Cuando terminé la carrera, hace poco más de 20 años, cobraba a la Universidad Simón Bolívar como investigador la cantidad de 11000 bolívares por mes, es decir, menos de lo que cuesta hoy un cachito de jamón en la panadería de por mi casa. Cuando me fui a España a hacer el postgrado me llevé la pequeña fortuna de 80.000 bolívares, que había ahorrado luego de tener hasta tres trabajos en simultáneo y  casi ningún gasto, como corresponde a un señorito recien graduado que vive en casa de sus padres. Aquellos bolívares, que entonces equivalían a 160.000 pesetas, no alcanzan hoy para comprar una entrada para el cine.
 
Compré mi primer auto nuevo en 1992, a mi regreso de España, un Fiat Uno motor 1.6 con el que salí flamante de una agencia que quedaba en la Avenida Principal de Las Mercedes. Ya la inflación y las devaluaciones comenzaban a hacer estragos, pero aún así aquellos 525000 bolívares de entonces no alcanzan hoy para comprar los dos cartuchos de la impresora de inyección de tinta de mi casa.
 
Patricia y yo nos casamos en 1994 y nos mudamos a un apartamento en La Carlota por el cual comenzamos pagando 45000 bolívares al mes, es decir, lo que hoy compra 20 fotocopias en la papelería que está junto a mi oficina. En 1997, hace solo 15 años, compramos nuestro anterior apartamento de Bello Monte por 25 millones de los de aquellos días, dinero que ahora solo alcanza para pagar el seguro de un año de los autos de la casa. En esos mismos años finales de los 90s compré un Renault Twingo que costó poco más de 5 millones de bolívares de entonces, y por el cual pagué una inicial de 3 millones, una cantidad que hoy no alcanza para pagar el mercado quincenal que hacemos en la casa, y el cual languidece a los 10 días ante las quejas de la falta de pan de sandwich o de jamón o queso.
 
Siempre he sido aficionado a las plumas fuente. Escribo con plumas fuente desde que estaba en primaria, porque tuve la oportunidad de usar las que mi papá no usaba y quedé enganchado con ese vicio. A comienzos de la década pasada compré una Montblanc Boheme con plumín de oro blanco y apliques de platino por 165.000 bolívares, dinero resultante de haber culminado un trabajo. Con ese dinero hoy en día puedo pagar una lavada del carro de la casa, eso sí, sin ser muy generoso en la propina a los muchachos encargados del secado del vehículo. Tambien podría pagarme un corte de cabello en una barbería de medio pelo en Sabana Grande, no en esas, más caras, que se ubican en los centros comerciales.

Estoy llegando a mi casa, dejando atrás las colas, y escucho a un diputado decir flamantemente y que sin se le arrugue una sola pestaña que no entiende por qué tanto ruido por una devaluación del 46%, si su abuela nunca vió un dolar y fue absolutamente feliz durante toda su vida. Me imagino que su padre, el hijo de la señora que nunca vió un dolar, no se tomó el trabajo de explicarse que es eso de los que hablan tanto en estos días nuestras radios.
 
 
 
 

viernes, 1 de febrero de 2013

Ciao Bella ( a propósito de las vacaciones de fin de año)

Italianos eran los dueños de la pastelería donde me comía los canoli de crema en mis primeros años -flequillo hasta cubrir las cejas, pantalón justo sobre la rodilla, botas de cuero encima del tobillo, dejando a la vista las medias blancas-, un local con vitrina a la calle bajo una marquesina curva, de pisos y paredes de marmol negro, granito y espejos con detalles de bronce, letrero de neón dentro del ventanal, que quedaba a mano derecha bajando por la avenida Norte 1 a medio camino desde donde hoy está la Biblioteca Nacional rumbo a la esquina de Las Ibarras, en las proximidades de la avenida Urdaneta de los primeros años 70s.

Italianos eran tambien los dueños de la mueblería -ubicada en la misma calle Norte 1, un poco más al sur, a la vuelta de la esquina de la sede de la logia masónica-, donde mis padres compraron mi cuna y la de mi hermano, italiana esta última, claro está.
 
En aquellos días en los que desde la ventana del apartamento se veía levantar la torre del Banco Central, por los pasillos del edificio Issa, la primera vivienda en propiedad de mis padres, entre las esquinas de Santa Barbara a Canonigos, podía escucharse -entre otras cosas- a Nicola di Bari, Domenico Modugno y luego mis primas escuchaban a Alejandro Cocciante. El constructor del edificio, un ingeniero de origen italiano llegado en la postguerra a la entonces próspera Venezuela, vivía en el penthouse del edificio bautizado con su apellido.
 
Italiano era el sastre de la esquina, la señora de la mercería, italiano el barbero de los primeros cortes de cabello, ubicado al lado de la pescadería, enfrente del edificio en donde vivíamos,  barbería en la que tambien me compraban carritos de metal como premio por haberme portado bien o en generosa contribución de mi tío memé.
 
Italianos eran los vecinos de enfrente cuando mis padres compraron la casa de Los Chorros, en 1973 y nos mudamos al este de Caracas. Daniele y no Daniel se llamaba el niño con el que jugaba en la casa -paredes grises, ventanas con geranios, jardín pequeño al frente- en la que probé, en un cumpleaños infantil, el proseco por primera vez.

Italiano era el señor Amadeo, que me recogía en mi casa de Los Chorros y me llevaba al colegio, primero en un microbus Mercedes con detalles de madera y plástico beige en su interior, y luego en un autobus Ford, más grande, hasta que entré en el bachillerato y pedi a mis padres me dejaran ir en las camioneticas por puesto.
 
Italianos eran los dueños de la panadería de la Avenida El Rosario de Los Chorros - un reducto de emigrantes europeos, españoles, italianos, portugueses, checos, húngaros, que se acomodaron en callecitas alrededor de la avenida por la que entonces apenas si pasaban carros- a la que iba cada tarde a buscar los panes de a locha por encargo de mi madre. En el sur de Italia fueron a morir en un terremoto, pocos meses despues de haber vendido la panadería y de despedirse con bombos y platillos del vecindario rumbo a su tierra natal, hace ya más de tres décadas. 

Entonces, algunos de mis amigos o los de mi hermano se llamaban Daniele, Luigi, Giovanni, Giuseppe, Maurizio, Freddy.
 
Italianas eran las botellas de vino Lambrusco que vendían en Margarita por dos bolívares de los de antes. Italianas eran la botellas de Chianti que vendían en la zona franca por cuatro bolívares de entonces. Italianos los chocolates de Ferrero que me comía derretidos por el calor neoespartano en mis vacaciones de agosto. Italiana la ropa que compraba en el minicentro, en la Avenida 4 de Mayo de Margarita y con la que solía ir a clases durante el año.

Italiano era Bruno, el mecánico bonachón que me arreglaba en su electroauto de la avenida principal de Los Ruices mi primer carro, a finales de los ochentas. Italiano, un Fiat UNO CSE, fue el primer carro que saqué de una agencia forrado en plásticos y con olor a nuevo, una vez graduado de la universidad y a la vuelta del postgrado en España.
 
Italiano era - y es - Victorio, Vito para los amigos, el barbero que me cortó el cabello durante largos años en la Avenida El Rosario, primero, luego en Montecristo y despues, de vuelta en la avenida el rosario. Vito fue el barbero que afeitó gratis a todos los vecinos que desfilaron por su negocio el día que Italia ganó el mundial de futbol de 1982. Italiano era el zapatero que trabaja en el local vecino del primer local de la barbería de Vito. Italianos eran tambien los barberos de la barbería Roma de Los Dos Caminos, a donde comencé a cortarme el cabello cuando me casé con Patricia y me mudé de la casa de mis padres.
 
Italiano era el traje con el que me casé. El mismo con el que se casó luego mi hermano. Italiana era la corbata que usé entonces y tambien los zapatos.Italiana era la correa de Ermenegildo Zegna que me compré durante la luna de miel y aún uso casi a diario.
 
Italianos eran los dueños del edificio a donde nos mudamos Patricia y yo al casarnos, en la avenida principal de La Carlota - un concentrado de italianos, españoles y portugueses y uno que otro francés al sur de la avenida Francisco de Miranda en el este de Caracas-. Italiana la señora Cleila, nuestra vecina de entonces, italianos casi todos los que vivían en el edificio. Italianos los del automercado París, a la vuelta de la esquina del edificio, que me vendían pecorino romano, parmesano reggiano, mortaleda con pistacho, pandoro y galletas de amaretto. Italianos los dueños de la pastelería Doris, entonces allí mismo, en la planta baja del edifico Guarimba, a la vuelta de la esquina del extremo norte de la Carlota- a donde mi madre me compraba las tortas de fresa con crema para mi cumpleaños. Italianos los dueños de la pastelería Las Nieves a donde le compraban las tortas San Honoré a mi hermano.Italiano el señor del camión de los helados Dolomiti que pasaba por la esquina de mi casa.
 
Italiano el Vecchio Mulino, el restaurant al cual solían llevarnos mis padres los fines de semana. El mismo restaurant de la Avenida Solano López al cual fuimos tantas veces Patricia y yo cuando nos mudamos a Bello Monte. Italianos eran el da Vito, la Sarten de Plata y el Da Guido. Italiano era el restaurant de la Casa de Italia, en La Candelaria. Italiano, al menos en parte, el restaurant da Pipo, al cual ibamos con José Enrique en los primeros años noventas. Italiano era el restaurant Rex, a donde ibamos a almorzar los sábados al mediodía Patricia y yo luego de revisar los negocios del centro de Caracas en busqueda de viejos juguetes de metal en los últimos años del siglo pasado.
 
Enrico, Carlo, Annella, se llaman algunos de los hermanos de Patricia, como herencia de la pasantía italiana de los Armas Ponce en los lejanos años 50s.
 
Italianas, Candy si mal no recuerdo, eran la cocina, el horno, la campana y el fregadero de la cocina que remodelamos en el primer apartamento que compramos Patricia y yo. Italiana es la pluma Montegrappa modelo Fortuna con la que estoy escribiendo estas líneas.
 

¿Como no sentirse uno en casa entonces, nada más bajarse del avión en el aeropuerto de Roma? ¿Cómo no pegar la nariz a las vitrinas de las pastelerías como las que hubo y ya casi no quedan en Caracas? ¿Cómo no pensar en un deja vu cuando la carta y la decoración del restaurante de nuestro hotel en Roma, ahí, a tiro de piedra de la Villa Borghese, se parecía tanto a dónde comiamos décadas atras en esa Caracas que ya no existe?





 
 
 
 
 

martes, 22 de enero de 2013

En la ciudad de la furia

El tipo golpeaba fuertemente con su mano el vidrio derecho del carro. Sus huellas deben seguir ahi, un día despues, entre la gruesa capa de polvo que recubre integramente al Volkswagen. Ese que manejo de vez en cuando, solo cuando debo ir, como ayer, a una zona de la ciudad diferente de donde duermo y trabajo, no es un auto lujoso, tampoco es un modelo de años recientes, además tiene varios golpes y raspones visibles que contribuyen a su imagen proletaria, que hace justicia a la tradución de la marca, el carro del pueblo. Una imagen promovida exprofeso, en una ciudad donde la conseja popular indica que es mejor "pasar agachado".  
 
El tipo golpeaba el vidrio con una mano mientras con la otra trataba de abrir una puerta que estaba cerrada, afortunadamente, con seguro. Entre un intento y otro me hacia señas, y vociferaba, mientras los conductores de los carros vecinos tocaban repetidamente la corneta, tratando de llamar la atención de alguien inexistente - la autoridad- o provocar la huida del motorizado ante la sensación de inferioridad numérica.
 
Quería el anillo, la alianza de matrimonio que uso desde hace poco más de 18 años.
 
Traté de explicarle al parrillero de la moto, el tipo que golpeba mi carro, que el anillo no sale de mi dedo, ni siquiera usando jabones o cremas, pero el tipo no tenía ganas de entender, no se si alguna vez habrá entendido algo o, tal vez, por lo contrario, estaba ahí golpeando las ventanas o soltando una patada hacia la puerta justamente porque ha entendido el mundo en que vivimos, la ciudad en la que estamos.
 
No es fácil hacer entender por señas, gestos y voces que se entremezclan con el corneteo de varios carros, a la espera del cambio de semáforo o la aparición de un policía de esos que poco se ven en Caracas o que cuando se ven infunden más temor que los propios delincuentes, que quien fue a buscar ese anillo (junto a una pareja de idéntico tamaño pero con distinta inscripción) a donde un joyero muy entrado en años, que trabajaba dos décadas atrás desde su propia casa, de Pinto a Miseria, a la vuelta de la esquina de la avenida Fuerzas Armadas, pesaba entonces unos 20 kilos menos y, en consecuencia, tenía los dedos bastante más flacos que ahora.
 
Patricia perdió el suyo en circunstancias afines, hace ya 16 años. Un tipo la amenazó con un palo, a plena luz del día, a las puertas de la estación del metro de Los Dos Caminos. Tenía, creo, siete meses de embarazo de Lucía, quien ya está este año graduándose del bachillerato.

El tipo se cansó de golpear el vidrio o de intentar abrir la puerta, soltó un golpe final o una patada, no se bien, que retumbó dentro del carro y apagó el grito que lanzó al aire y se fue gesticulando dentro de una nube de humo. Se fue a buscar otra víctima con menos historias, un trámite más sencillo.

La señora del carro de al lado me preguntó entonces, entre señas y gestos, si los tipos querían el teléfono. Le respondí que no, que solo querían el anillo. "Que raro, siempre quieren el celular", me dijo la señora, 60 años, tal vez, poco maquillaje, cabello castaño arreglado, antes de comentarme, ya en una conversación de ventana a ventana, con los vidrios abajo, con la adrenalina reubicándose por todo el cuerpo "¿será que estaba pensando casarse?

jueves, 18 de octubre de 2012

William Klein

William Klein es uno de los más importantes fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX. Se ganó la vida como fotógrafo de modas, para Vogue y otras publicaciones del ramo, pero probablemente será recordado principalmente por sus fotografías hechas con niños y pistolas en las calles de Nueva York. Aqui les dejo una pequeña selección de su trabajo que incluye algunas de las fotos de modas, algunas fotografías de Nueva York y una que otra de sus trabajos en Europa y Asia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
William Klein
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 9 de octubre de 2012

Dancing days

Comenzaré diciendo, para delimitar el campo de acción y para no crear falsas expectativas, que un servidor nunca ha sido bueno para el baile; más aún, y para ser más preciso, soy lo que llamarían un aficionado de la música que tiene por extremidades inferiores un par de pies izquierdos, izquierdos y planos, para más señas.
 
Las fiestas de la adolescencia, las de los primeros años del bachillerato, esas donde ya no va uno a comerse la torta, a tumbar la piñata y a jugar con los amigos, sino que tienen como núcleo central el baile con las muchachas fueron siempre para mi una tortura interminable, una lucha constante con la torpeza y el sentido del ridículo. Pero bueno, hay ritmos de ritmos y, ciertamente, hay ciertas cosas para las que no se necesita mucho arte, ciertos ritmos y costumbres para los que puede aplicarse el sentido del disimulo. Y uno podía disimular las limitaciones propias cuando en la fiesta sonaba, por ejemplo, alguno de aquellos discos -uno de carátula verde, otra amarilla- de B-52s que fueron populares en las fiestas de los primeros 80s; pero por el contrario, no habia forma de maquillar las limitaciones cuando el diskjockey de turno seleccionaba, por ejemplo, un LP de Willy Colón o de Ruben Blades. 
 
Pero como reza el dicho, "nadie es profeta en su tierra". Fue necesario viajar a otro país, fue necesario vivir por un tiempo en otros lares para hacer valer ese otro dicho popular que dice que en la tierra de los ciegos el tuerto es el rey. 
 
Cuando tomé un avión con rumbo a Madrid una mañana de enero de 1991 no tenía ni la más remota idea de qué estaba sonando en las radios de España por aquellos días. La primera noche en el Colegio Mayor de San Ildefonso, en Alcalá de Henares, en medio de una fiesta de bienvenida a los que comenzábamos clases de postgrado esa semana, me enteré que el músico que arrasaba en las carteleras aquellos días era el dominicano Juan Luis Guerra y sus 440 y, para mi sorpresa, casi nadie en la fiesta compuesta de estudiantes argentinos, chilenos, mexicanos, guatemaltecos, españoles, colombianos, peruanos, brasileños, paraguayos, norteamericanos y venezolanos, tenía ni la más remota idea de cómo se bailaba aquello que sonaba tanto en las emisoras españolas, el disco de "ojalá que llueva café".

Juan Luis Guerra y los 440
 
El merengue dominicano es de los ritmos más accesibles dentro del universo del baile caribeño. Es decir, es de los ritmos más fáciles, tan fácil que hasta un urbanista con dos pies izquierdos y planos puede bailarlo sin hacer el ridículo. Sin alardes de virtud, pero sin hacer el ridículo. La diferencia estaba en que, para mi sorpresa, la gente se asombraba de aquello y hacían círculos alrededor de donde bailaba Juan Domingo Alfonzo (entonces joven abogado venezolano que hacía su maestría en Administración Pública en Alcalá desde un año antes de mi llegada) y su pareja y de donde bailaba un servidor y quien bailase esa noche conmigo. Alguien de entre el público llegó incluso a preguntar en voz alta, con la seriedad propia de un académico, que no hay que olvidar que aquella fiesta se celebraba en un recinto universitario cuatricentenario, si a los que proveniamos de Venezuela nos daban clases de baile en la universidad de Caracas, porque luego nos contaron que en el año académico previo quienes destacaban en esas lides en los guateques del Colegio Mayor de San Ildefonso eran mis colegas José Enrique Pérez y Loli Iglesias (colegas en lo del urbanismo, no en lo del doble pie izquierdo, vale la pena aclarar).

 
 
A partir de esa noche - la misma noche en que interrumpimos la fiesta para ver por televisión las imagenes del comienzo de la guerra en Irak - comenzaron unos eventos que no tenían precendente en mi vida previa y nunca han vuelto a repetirse. Nunca antes me habían tocado la puerta del cuarto, tarde en la noche, para pedirme que acompañara a alguien a una discoteca. Nunca antes me habian tocado la puerta del cuarto para pedirme que enseñara a bailar a nadie. ¿Cómo? ¿Yo? El tuerto era el rey en el país de los ciegos. 

En las semanas inmediatas siguientes asistí no sin asombro al reconocimiento  de los dj de cuanta disco de medio pelo visitamos en las tranquilas noches de Alcalá y participé de alguna que otra clase de baile improvisada, individuales y grupales. Tambien nos dimos unas vueltas por unos templetes que montaba el ayuntamiento de Alcalá los fines de semana por las noches en la plaza Cervantes, a solo decenas de metros de donde vivíamos.

Tambien en las semanas siguientes se hizo público que Juan Luis Guerra - que acababa de lanzar al mercado un nuevo disco, bachata rosa, que incluia aquello de la bilirrubina- haría 4 presentaciones en España, una de ellas el sábado 16 de febrero de 1991, en el pabellón de deportes del Real Madrid. Por supuesto fuimos varios en Alcalá los que rápidamente nos hicimos con una entrada a cambio de 2500 pesetas, unos 16 euros de los de ahora, más o menos.

Aquel sábado 16 de febrero habíamos planificado, como actividad previa al concierto, un viaje, en la mañana, a San Lorenzo del Escorial, al norte de Madrid. El plan era salir muy temprano de Alcalá rumbo a Madrid, tren de cercanías mediante, para encontrarnos con nuestra compañera de clases, la arquitecto colombiana Catalina Londoño, quien había conseguido que su tía, una odontóloga que vivía en la calle Juan Bravo, nos prestase su Fiat 147. Nos levantamos muy temprano Luisa Mezones y un servidor y dos compañeras que estudiaban técnicas de informática para la gestión pública, además de mi compañero de clases brasileño Ary Talamini, para descubir con gran sorpresa que durante la noche había caído la primera gran nevada en 4 años, nevada que se repitió durante los 3 días siguientes.

Colegio Mayor de San Ildefonso, visto desde la Plaza san Diego de Alcalá de Henares


Nevó durante buena parte del día y en la noche, y a la hora del concierto hacía un frío capaz de congelar a cualquiera. Sin embargo, no cabía un alma en el hoy demolido pabellón de deportes del Real Madrid.  Las 5000 entradas disponibles estaban vendidas con anterioridad y a las afueras se había formado un tumulto entre quienes entraban, quienes querían hacerlo sin tener entradas y quienes ofrecían hasta cuatro veces el precio que marcaban los tickets.

Para mi sorpresa, que al entrar esperaba encontrarme con un público conformado principalmente por inmigrantes latinoamericanos, quienes habían comprado las entradas para el concierto de Juan Luis Guerra eran en su gran mayoría españoles, los mismos españoles que tenían las canciones de 440 en los primeros lugares de las carteleras de popularidad, pero a los que nadie había enseñado como se bailaba aquello. Españoles que habían comprado entradas para escuchar los pegajosos ritmos y las letras del músico dominicano al que, además, Camarón y Ana Belén acababan de versionar una de sus canciones; pero que no iban a bailar aquella noche en el pabellón de deportes del Real Madrid.

Cuando los camarógrafos del telediario de Televisión Española necesitaron escoger una toma del público para poner en evidencia el éxito del aquel concierto, escogieron de entre todos los asistentes, principalmente sentados, a un grupo de unas 15 personas, pueden ser pocos menos, pocos más, de estudiantes de postgrado que habían venido desde Alcalá de Henares y que bailaban en el medio de la tribuna, junto a una baranda de metal de la cual colgaban las banderas de España y la República Dominicana, haciendo maromas sobre las escaleras y entre las sillas, y al hacer zoom se centraron en una pareja que bailaba en el pasillo, a la izquierda de la toma. Era una muchacha a la que no conocía previamente y a la que nunca volví a ver y que me pidió que le enseñara como se bailaba aquello que estábamos bailando los que veíamos el concierto cerca de donde ella estaba viéndolo, sentada, junto a su hermana.

Juan Luis Guerra y 440 en Venevisión, 1987. En Venezuela y otros países de latinoamérica Juan Luis Guerra y 440 tenían ya varios años de popularidad antes de hacerse conocidos en España, a comienzos de los noventas

Alguien consiguió una grabación del telediario de aquel domingo de febrero de 1991 que vimos entre risas y burlas varias veces en el televisor del salon de clases y que ha sido mi única aparición en la televisión española, mucho antes de que se pusieran de moda programas como "mira quien baila". Afortunadamente no se dónde quedó, no recuerdo haber traido el cassette de VHS de vuelta a Venezuela. Pero en estos días que son ya dos décadas despues, al abrir un libro cayó en mis manos un viejo recorte de periódico, uno fechado lunes 18 de febrero de 1991 y en el cual el periodista de El Pais Ignacio Saenz de Tejada, para describir lo ocurrido en aquella noche de sábado utilizó como título "verano en la nieve", justo antes de explicar que "la primera actuación de Juan Luis Guerra y 440 tuvo un carácter de verdadera apoteosis".       
 
  

martes, 28 de agosto de 2012

El hombre en la luna

Cuando en julio de 1969 seiscientos millones de personas vieron por televisión la llegada del hombre a la luna yo tenía solo dos años y no recuerdo ninguna imagen específica de Neil Amstrong haciendo su pequeño paso personal - su gran paso para la humanidad, aunque tengo algún recuerdo borroso de un alboroto en el apartamento donde vivían mis padres entonces - en el edificio Issa, entre las esquinas de Santa Bárbara a Conónigos, en el centro de Caracas-  que incluye la expectativa familiar ante la pantalla en blanco y negro de un gigantesco y pesado aparato con acabados de madera, patas de acero cromado y tope de granito negro marca Siera, en el que años despues veía los capítulos de la Señorita Cometa, Ultraman, El Zorro, Perdidos en el Espacio y Meteoro, aparato fiel que nos acompañó sin daño alguno hasta que a comienzos de los años 80s llegó la televisión a color a Venezuela y desapareció de nuestras vidas ante la superioridad inevitable de un aparato Toshiba que encendía de inmediato y nos mostraba el mundo en todos sus colores.

 
 
Pero aunque no recuerde específicamente el mayor hito de la aventura espacial, no pude evitar en los años siguientes caer víctima de la fiebre por los viajes y los cohetes. Tanto como quise ser el piloto de autos de carreras que emulaba a Meteoro, el del Mach 5; tanto como quise ser un pelotero de los Leones del Caracas, a los que veía junto a mi padre desde la tribuna del stadium universitario; tanto como quise ser un científico, que mezclaba a escondidas en el baño los productos de limpieza de la casa de mis padres buscando descubrir una nueva fórmula secreta; tanto así quise ser un astronauta, el hombre en la luna. Recuerdo haberme hecho alguna vez una nave con una caja de cartón, recuerdo algún casco de cartón forrado - para molestia de mi madre- con el preciado papel de aluminio de la cocina de mi casa.

 
 
Recuerdo que -sin que tenga una explicación para ello- mis aventuras espaciales eran todas abanderadas por la NASA, la agencia aeroespacial norteamericana, a pesar de que en la biblioteca de mi padre era más facil tropezarse con alguna revista rusa, en la cual se destacaban los vuelos de los vostok y los soyuz, que con alguna información del país del norte de América. Ni siquiera el hecho de que la fecha del vuelo de Yuri Gagarin coincidiera con la de mi cumpleaños me hizo imaginarme a bordo de una nave espacial soviética, para desconsuelo de mi padre, que poco más de dos meses despues que Amstrong pisara la luna bautizó a mi único hermano con el nombre de Vladimir.



Durante años, al pasar en el carro de mi padre por la autopista del este, en las cercanías de El Rosal, observaba con fascinación un par de antenas olvidadas, de las que usó Radio Caracas Televisión para retransmitir en Venezuela el alunizaje de la tripulación del Apolo XI, allá por 1969. 



A finales de los 70s leí -cortesía de la biblioteca del Santiago de León de Caracas- los libros de historietas de Tin Tin en los que viajaba a la luna acompañado del capitan y de su perro Milú e incluso se encontaba con Amstrong. Años despues, ya en los 80s, vi la película de Melies un domingo en la mañana, en las funciones infantiles de la Cinemateca Nacional. Tambien por esos años vi, en las funciones nocturnas de la Cinemateca, La Luna de Antonioni. Hace pocos días vi el nuevo y edulcorado corto de Pixar en el que un par de marineros ¿italianos? barre de estrellas la superficie de la luna. Todo ello parte de mi educación sentimental.



Pasados los años y a falta de cohetes, no he dejado de ir a la luna. Hay días en los que es inevitable sentirse fuera de este mundo, ver las cosas a lo lejos, distantes, escuchar solo los ecos de voces lejanas. Hay días en los que, cuando Houston -o Caracas, o Barcelona o Nueva York o México- llama, uno tiene la cabeza en otro sitio, uno está dando un pequeño paso para la humanidad, un gran paso para las historias personales.

En estos días de agosto se ha muerto Neil Amstrong a los 82 años. El hombre que fue a la luna no pudo vencer al corazón. Y yo me he puesto a pensar en una calcomanía suya que tuve pegada durante mucho tiempo -junto a una de Buzz Aldrin- en la carátula de uno de mis cuadernos de primaria. Y yo me he puesto a pensar en unas monedas plateadas que regalaban en las bombas Shell y que atesoré durante mucho tiempo, en las que cada una conmemoraba uno de los viajes espaciales que tanta ilusión nos hicieron a los que fuimos niños entonces. 



Y entonces, como si estuviese en un satélite orbitando la tierra, incapaz de ver refinerías que explotan, carreteras que se hunden bajo las aguas, puentes que se desploman, hospitales que no funcionan, no he podido evitar sonreir.  

 
 
 
 
 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Entorno (primera parte)

Selección de fotografías hechas durante el taller dictado la semana pasada por Ricardo Armas, cuyo tema era el entorno y el formato vertical.

Si hablamos de entorno, esto es lo que a mi me rodea.

La verdad me había planteado como proyecto de esas 5 sesiones nocturnas de taller con Ricardo otro tema, pero por distintas circunstancias (compromisos de trabajo, dias lluviosos, etc etc), terminé escogiendo un tema dentro de mi propia casa, para ser realizado a la primera hora de la mañana. Por esa razón titulé esta serie de 16 fotografías (ese fue el número asignado en el taller) como Plan B, aunque ahora que lo pienso, y tomando en cuenta el asunto del formato de las fotografías, bien pudiese llamarse Plan V.

Durante las próximas dos semanas, y como colofón del taller, cada uno de los participantes deberá montar la maqueta de un libro, que incluya 16 fotografías tomadas durante el taller y deberá incluir, además, un texto que acompañe las imagenes. Aún tengo esa tarea por delante.

Como adelanto, aqui van las 16 imagenes de mi entorno, en formato vertical. El orden no es necesariamente el que quedará en el trabajo final, pero, en cualquier caso, estas son las 16 imagenes.