jueves, 4 de mayo de 2017

Mis calles

Fotografía: tomada del muro FB Ciudad de Laberintos


Las escenas se muestran en la pantalla, una tras otra, el mismo día, la misma tarde, con solo segundos de diferencia entre una y otra, como cuadros en una exhibición:

Video 1

Voces en off. La pantalla muestra, a través de una ventana con rejas de un apartamento, según se mueva el teléfono que graba, ambos extremos de una calle, una calle ancha con una fuerte pendiente. En un extremo, a la derecha, arriba, tres o cuatro cauchos atravesados, algunas piedras, unos palos y varas de metal retorcido. Humo. Y gente, gente que protesta, que gesticula, que grita. Se escucha claramente un sonoro  "Maduro, coñoetumadre" mientras suenan las cacerolas en el ambiente. Abajo, a la izquierda, algunas motos y un grupo de personas que miran a los de arriba, a la distancia, escondiéndose en una estación PDVSA de llenado de gas para vehículos y tras el muro de una casa en una esquina. Desde esa esquina vigilan, se ponen rodilla en tierra, se acuestan en el piso, sobre la acera, y muestran las pistolas. Y suenan los disparos. Se les ve disparar varias veces. No se ven guardias, ni policías, solo grupos armados, sin uniforme, que disparan a los que protestan al otro extremo de la calle. Las cacerolas siguen sonando. Desde los apartamentos se escucha a los residentes gritar insultos a los que disparan y al gobierno de Maduro. La casa  de la esquina tiene un muro muy particular, con unos dibujos hechos con piedras, rematadas con bordes de cemento y líneas de pintura negra. Es la Avenida Tamanaco de El Llanito, esa zona de nombre irónico que no deja de bajar o subir en ningún momento.

Video 2

Hay confusión y varias líneas parabólicas blancas en el aire. Una masa de gente se agolpa, entre quienes quieren correr hacia atrás y quienes quieren ponerse al frente. Varios vehículos blancos lanzan chorros de agua y bombas de gas. Motos que dan vueltas, gente que corre. Líneas blancas que caen al río, río Guaire entre gris y marrón. Gritos. Al fondo, el Ávila no se ve, oculto tras una nube blanca, nube de gases que irritan, que ciegan, que asfixian. Personas que caen, gente que es golpeada. Objetos que vuelan en uno y otro sentido. Alguna llamarada fugaz. Gritos. Sirenas. Alarmas. La toma se hace desde las Mercedes, desde el borde de la Avenida Río de Janeiro. Las tanquetas blancas avanzan y retroceden. A un costado se ven, entre las nubes blancas, edificios y una escultura de Carlos Cruz-Diez. La toma se acerca y se aleja, a veces solo deja ver 2 o 3 personas que corren, a veces es toda una composición de árboles, río, autopista, edificios y montaña. Gritos y gases. En otro gesto de la ironía, a ese conglomerado de edificios y, ahora, de gases y gritos, se le llama El Rosal.

Video 3

Gritos remotos, escaleras vacías. Tragaluces en el techo, en un espacio a doble altura. Tiendas difusas detrás de una nube blanca que cubre todo el espacio.  "Hijosdeputa", grita una voz en off. Gritos lejanos, nadie baja por las escaleras con piso de granito. Es una escalera del Centro Ciudad Comercial Tamanaco, en la zona más antigua, la primera etapa. La cámara, probablemente de alguna tienda, por la zona donde hace años estuvo una agencia del banco Consolidado o una agencia de viajes de la American Express, hace la toma justo enfrente al final de la escalera, en la segunda planta. Pisos de granito claro. La nube blanca sube hacia los tragaluces. Gritos. Alguien que cruza corriendo la escena y baja por las escaleras, corriendo, con un pañuelo en la cara, un pañuelo que se sostiene con una mano mientras corre huyendo de las bombas, de los gases. Nube blanca dentro del edificio. Imágenes difusas de palmeras dentro de una nube. Gritos lejanos.

Video 4

Una moto arde en medio de la calle, una calle franqueada por árboles y edificios de apartamentos. Al fondo la entrada a una estación del Metro con la pared lateral sin terminar, decorada con una pintura. En otro plano la autopista. A un costado un portón de hierro, obras a medio construir. Guardias que corren, alejándose. Gritos. Jóvenes que cruzan la toma de la cámara, con la cabeza envuelta. "Coñosdemadre", gritan, dirigiéndose a los guardias que se alejan, bajando por la calle. La moto arde, acostada en el medio de la calle. Vuelan algunas piedras. "Vénganse, vénganse" dice una voz en off junto a la cámara, cámara que no se mueve, aunque parece pasan cosas a su alrededor, cosas que se intuyen pero no se ven. Voces que gritan, gentes que corren, humo, bombas lacrimógenas que caen, rebotando sobre el pavimento.

Mis calles

Mi mamá, la "maestra Carmen",  trabajó una buena parte de los años 70s dando clases de primer grado de primaria, enseñando a leer y escribir, en la Unidad Educativa El Llanito, ahora llamada Juan Bautista Castro, en la Avenida Tamanaco de El Llanito, una escuela grande construida en los 60s, que atendía a niños de las zonas de edificios y casas de clase media a su alrededor como a los niños de los muy cercanos barrios de Petare, como el barrio La Línea, ubicado a solo 3 cuadras de la escuela, al margen del río Guaire, ese río entre marrón y gris que llega allí luego de pasar junto a la autopista, esa autopista donde las tanquetas del gobierno lanzan gases a los que manifiestan pidiendo cambios. Allí, en esa escuela, acompañando a mi mamá en una fiesta, vi en un televisor en blanco y negro a Argentina ganar el mundial de 1978, mientras un público de "padres y representantes" portugueses, españoles, argentinos, uruguayos, peruanos, colombianos, venezolanos, celebraban un gol de Kempes mientras participaban de una verbena del colegio. A dos cuadras de la escuela, en una vía paralela a la Tamanaco, en la calle Terepaima, en la planta baja de un edificio que mezclaba comercios con pequeñas industrias, estaba el taller de latonería y pintura de Paco, un español emigrado a Venezuela en la postguerra, quien pintó de blanco mi VW antes negro, el vw del hijo de la que fue la maestra de sus hijos, y me ayudo a prenderlo empujado cuando fui a buscarlo al final de una tarde. Esa tarde, rumbo a mi casa, en mi vw blanco del 66, a mis 20 años pasé frente a la escuela donde había trabajado mi mamá, frente a la casa de la compañera de trabajo de mi mamá cuyas hijas bailaban en el ballet de Keyla Ermecheo y pasé frente a la estación de servicios que alguna vez conocí en los 70s como de la CVP y ahora era una estación de llenado de gas, al costado de una casa con muro blanco y dibujos hechos con piedras en su fachada, piedras delimitadas con cemento y lineas pintadas de negro, bajando al puente Baloa, allí donde El Llanto pierde su nombre para convertirse simplemente en Petare.

En esa misma época en la cual mi mamá trabajaba en El Llanito, mi papá solía ir los domingos temprano en la mañana al entonces nuevo Centro Ciudad Comercial Tamanaco, entonces el mayor centro comercial de América latina, con sus pisos de granito claro y sus escaleras con barandas forradas con alfombras con rayas de colores ocres. Al pie de la escalera del patio a doble altura de la primera etapa del centro comercial, al costado de unas fuentes de agua y palmeras, había un café donde los domingos en la mañana sellaban apuestas de carreras de caballos, adonde mi papá se reunía con sus amigos para pronosticar fallidamente los ganadores de cada tarde, mientras yo me comía cada semana un cruasán que escandalizaba a mi papá por su precio (5 bolívares) y me daba vueltas entre tiendas cerradas y pasillos vacíos de una ciudad que los domingos se despertaba tarde. Arriba, en la segunda planta, adonde comienzan las escaleras, había una tienda de ropa para hombres y una agencia de viajes, y a un costado Beco, la tienda por departamentos. Mientras mi papá leía El Nacional e intercambiaba opiniones sobre los caballos con sus amigos, yo miraba la tienda de equipos electrónicos de la esquina siguiente, la oficina de Viasa donde ofrecían viajes a Europa o distintos países de América, o la joyería cuya fachada de mármol oscuro enmarcaba una vitrina con relojes, collares y anillos. Encima de la escalera había unos tragaluces de plástico, a través de los cuales, conforme avanzaba la mañana, entraba la luz que aclaraba los pasillos más temprano oscuros y solitarios.

Cuando salíamos del Centro Comercial Tamanaco en el Chevrolet Caprice Classic 74 blanco con el techo de vinilo negro de mi papá no había una rutina fija. Alguna vez íbamos al mercado de Coche a buscar sacos de naranja o maíz, alguna vez íbamos a las caballerizas del hipódromo La Rinconada, algunas veces simplemente volvíamos a la casa, a la Quinta Paraguachoa, en Los Chorros.

Años después, cuando dejé la casa de mis padres en Los Chorros me mudé con Patricia a La Carlota. Luego, al poco tiempo, ya con Lucía, nos mudamos a Bello Monte, a un apartamento que compramos con un crédito que firmé en una oficina de banco, ubicada en un edificio de El Rosal, a un costado de la Autopista Francisco Fajardo, un edificio con una escultura de Carlos Cruz Diez en la fachada. Un edificio que vi construir al costado de una bomba de gasolina, un edificio que vi levantarse, con sus vidrios verdes, cuando pasaba caminando desde Chacaíto rumbo a Colinas de Bello Monte, a la casa de Patricia.

Colinas de Bello Monte, allí donde enmarcada por árboles, edificios y gritos arde una moto de la Guardia Nacional volteada en medio de la calle Miguel Angel, enfrente a la Carnicería Belmont, apenas metros más allá de la panadería Sabrina, a pocos metros de la agencia del banco Provincial, de la venta de accesorios para carros, de la entrada inferior del Centro Polo y de unas obras interminables del Metro, ahora seguramente paralizadas, luego de años de escándalos de corrupción y múltiples incumplimientos del gobierno, el mismo gobierno al que sostienen los guardias que corren.

Sí, esas que arden y gritan llenas de gases son mis calles, aunque solo las vea a través de la pantalla de la computadora, como cuadros en una exhibición. Mis calles y, más temprano que tarde, voy a volver a ellas.



viernes, 17 de marzo de 2017

Elogio del pan dulce

En una Caracas que entonces -al menos así la miraba yo, vestido con mis pantalones cortos por la rodilla y las infaltables franelas a rayas de colores que me compraba mi mamá en Margarita- funcionaba a una menor velocidad que la actual, una ciudad en la que iba del colegio Santiago de León, en La Floresta, a almorzar a mi casa en Los Chorros, en el autobús amarillo del Señor Amadeo, y volvía en la tarde al colegio luego de jugar un mini partido de pelotica de goma con los Delgado, que vivían en la esquina,  en mi misma calle, la panadería El Rosario, el kiosco de periódicos del Señor Lorenzo y el abasto El Centro fueron los primeros lugares de excursión a los que se me permitió ir por mi cuenta, usualmente a hacer mandados.

En esos días de los años 70s, en los que mi edad apenas rondaba los dos dígitos, mi madre solía pedirme al final de la tarde, luego de verme llegar de la segunda tanda del colegio, y justo cuando me preparaba para poner en el viejo televisor marca Siera, con mueble de madera y tope de mármol gris, al Zorro, o Perdidos en el espacio, que fuera a la panadería a buscar un bolívar de pan sobado, una variante más suave del pan francés al que entonces llamábamos "de a locha", porque su precio de venta era a razón de 8 panes por un bolívar. Algunas noches el mandado consistía en pan y un litro de leche. Y en algunas ocasiones especiales, también, pan dulce.

La panadería en cuestión quedaba a unas cuatro cuadras de mi casa, saliendo por mi calle a la avenida y subiendo hacia el Ávila. Ocupaba la planta baja de una casa con frente a la Avenida El Rosario, en cuya parte superior vivían los panaderos, de origen italiano. Tenía los muebles de madera oscura y un mostrador en forma de u, con tope de vidrio, separado de los hornos y la zona de amasado por unos muebles altos, forrados en su interior por laminado blanco, en los que se exhibían diversos productos. El techo del local tenía unas formas plásticas que intentaban simular cristales, tras los cuales se ocultaban las lámparas. Tenían, a la derecha de la entrada, una vitrina refrigerada para las tortas y los dulces fríos,  y otra para los quesos y jamones y una máquina grande de hacer café, al costado izquierdo del mostrador. Detrás de la barra, donde solían estar los empleados junto a los dueños del negocio, incluyendo una señora grande y gruesa, la propietaria, estaban las neveras para los jugos, maltas, refrescos y la leche.

Ese era el prototipo de la panadería caraqueña, un local animado y decorado por la acumulación, donde se podía conseguir pan caliente, recién hecho, a distintas horas del día, y a la vez podían comerse cachitos de jamón, dulces, sandwiches, queso, embutidos, tomar jugos o comprar enlatados, cajas de cereal, unas baterías o una afeitadora.

No es común en el mundo ese modelo de panadería tan propio de Venezuela. No lo hay acá en Perú, donde escribo esto pensando en las noticias del día. Tampoco lo vi en España, Francia o Italia. Ni en Estados Unidos ni en ninguno de los paises de Latinoamérica por donde me ha tocado pasar. Alguna vez vi algo parecido en Portugal, esa mezcla de casa de abastos, panadería, pastelería, bar, café, charcutería, restaurante y venta de artículos de playa donde la gente entra y sale o se queda allí para conversar con sus vecinos mientras come pan caliente o se toma u café expreso.

En las proximidades del cambio de década los propietarios vendieron la panadería de la Avenida El Rosario a una familia portuguesa y meses después escuché a mi madre comentar que los anteriores dueños de la panadería habían muerto en el sur de Italia, en un terremoto que destruyó su pueblo, al cual habían vuelto solo meses atrás, luego de pasar más de 20 años en Venezuela (El terremoto de Irpinia, 23 de noviembre de 1980). Los nuevos propietarios también partieron al poco tiempo, convirtiendo la panadería en una venta de muebles que nunca tuvo mayor éxito.

Con la entrada en bachillerato en 1979 dejé de viajar en el transporte escolar y comencé a usar el transporte público para ir al colegio. Muchas veces regresaba caminando a la casa desde La Floresta solo para guardar el dinero que me daban para los pasajes. En ese tiempo comencé a caminar por todas las zonas que quedaban en los alrededores del camino entre mi casa y el colegio: Los Ruices, Los Dos Caminos, La Carlota, Sebucán, Santa Eduvigis, Los Palos Grandes y Altamira. También me aventuré algunos días a recorrer Chacao, Sabana Grande y el Centro de Caracas.

Por allí por donde pasaba, las calles de esa Caracas de comienzos de los 80s estaban llenas de panaderías, cada una con su individualidad, pero todas compartiendo el modelo de la variedad y la acumulación como seña de identidad, todas con esos mundos paralelos alrededor de la maquina de café expreso, el punto de despacho del pan caliente y las neveras de los dulces o las bebidas. Con los años había menos panaderías regentadas por españoles e italianos y cada vez más por portugueses, pero los tipos de pan y dulces no respondían necesariamente a la nacionalidad del propietario, sino a esa amalgama de culturas que se había dado en las panaderías caraqueñas a lo largo de varias décadas.

Con el bachillerato comencé a ir al cine por mi cuenta y muchas veces, especialmente cuando asistía a los cines que temprano en las tardes daban funciones continuadas con un único boleto, como el Broadway o el Radio City,  pasaba antes de entrar por la panadería más cercana y entraba a ver la película con mi bolsa de panes dulces bajo el brazo. Y si no era antes de entrar al cine, a la salida, camino a mi casa, al final de la tarde o en la noche, pasaba por alguna de las panaderías del camino y caminaba luego hacia mi casa comiéndome los panes dulces que había comprado momentos antes.

Así durante años me hice visitante asiduo de la panadería de Los Ruices, que tiempo después fue rebautizada como La Gran Muralla; o La Rolls, en Chacaito, cuyo nombre hace referencia a que en su local funcionó antes la antigua agencia de los elegantes autos ingleses; o la Flor y Nata, cerca de la Plaza La Candelaria; o la Carmen, Aída, La Ducal o la Pan 900 en Sabana Grande; o La Flor de Altamira, por la que solía pasar cuando iba a los talleres del Celarg, a una cuadra de allí; o La Flor de Castilla, por la que pasaba a veces, a la salida del colegio, al sur de la Plaza Altamira; o la Edelvays o la Tívoli, en Las Palmas, por las que pasaba cuando iba al Cine Prensa; o la Río de Oro y la panadería del Centro Comercial Humboldt en Prados del Este, en las cercanías de casa de Viena, o la memoria remota de la panadería Suiza en San Bernardino, enfrente de donde me llevaban al médico mis padres de vez en cuando o en las proximidades de dónde llevábamos a Lucía al pediatra; o la Rocarena y la Doris por los lados de La Carlota; o la panadería El Placer, en la urbanización del mismo nombre, a la que iba cuando estudiaba en la USB; y Las Colinas (luego Punto Ideal) o la Magdala o la Sabrina, en Colinas de Bello Monte.



Hoy, sentado lejos de Caracas,  en Lima y escondiéndome de un calor que abruma, leo en la prensa que se llevaron preso a alguien en una panadería venezolana por usar la harina para hacer cachitos de jamón y pan dulce y no he dejado de pensar en toda la mañana en la larga lista de panaderías que visité en mi vida y la cantidad de veces que me desenchufé del mundo, camino a mi casa, pateando latas por la calle, comiéndome los cuatro panes dulces que había comprado en alguna panadería minutos antes. La explicación para tan absurda situación no es otra que la misma que explica el caos de la vida cotidiana venezolana de estos tiempos. El gobierno, en otro de sus arrebatos de ignorancia, incapacidad y mala fe voluntarista, declara la "guerra del pan" para acabar con otra de las señas de nuestra identidad, ignorando que son sus políticas económicas, su torpeza y su mala fe la que generan la escasez y no los panaderos caraqueños, esos que desde que era niño madrugan para que temprano en la mañana tengamos pan caliente y en las tardes panes dulces.

Quedará solo el circo, por lo visto.


martes, 7 de febrero de 2017

Leche condensada

Carmen Victoria me pide, a través de una videollamada de Skype, que le mande dos latas de leche condensada. Mejor cuatro, eso aquí hace tiempo que no se consigue. Es verdad, dice, voz en off de quien no aparece en el espacio cubierto por la cámara, Gonzalo Rafael, eso hace tiempo que no se ve, se desapareció por completo, mira que lo hemos buscado. Es que quiero hacerles la gelatina que les gusta a los muchachitos cuando vengan, insiste mi mamá, a pesar de que ya le he dicho que sí se las voy a mandar con patricia, cuando vaya a Caracas la próxima semana. Mándame cuatro latas, no dos, es que necesito dos para cada gelatina, y quiero hacerle una a Teresa para su cumpleaños y otra a Diego para el suyo. A ellos les gusta mucho.

Cierro la conversación luego de las despedidas de rigor, pensando en la solicitud de mi mamá como síntoma de estos tiempos. Lejos, remoto, se recuerdan las solicitudes de cremas y perfumes, de algún aparato novedoso, de algún gusto exótico, exótico para los gustos sencillos de mis padres, que siempre se han acomodado con poca cosa.

Aunque, eso sí, la leche condensada azucarada siempre ha sido un producto codiciado en mi casa.



En mi casa, cuando era niño, se compraba la leche condensada azucarada para hacer postres, comúnmente quesillos, aunque alguno que otro diciembre se usaba para hacer una versión casera del ponche crema, o para hacer la gelatina mezclada con leche y frutas, que tanto éxito tenía, o el arroz con leche, o alguna chicha. Mi mamá solía tener siempre una lata guardada en los gabinetes de la cocina, que una vez abierta, era una tentación para quienes, dándole vueltas alrededor, pedíamos nos dieran, por lo menos, una cucharada. No, hay que ponérsela completa al quesillo, que si no se le pone la medida completa no queda bien, no le metas esa mano sucia a la lata, no le pases la cuchara y la vuelvas a meter, solía escuchar, mientras sonaba el zumbido de la licuadora Oster o del asistente de cocina Electrolux, según cuál fuese el postre en preparación. El premio mayor solía ser quedarse con la lata, sacando la leche condensada remanente con una cuchara o, incluso, pasándole el dedo, hasta dejar el envase completamente limpio. No me rompas el papel de afuera, que trae una receta, me advertía mi mamá, no sin antes recordarme que debía tener cuidado con el dedo y el borde de la lata, no sea que fuese a cortarme.

Alguna rara vez nos compraban unas laticas pequeñas, a las que le abrían dos agujeros en la tapa: uno para que entrara el aire y otro para que succionáramos la leche condensada mientras pegábamos la boca a la lata. Juraría que el latón cromado no sabía a nada, pero sí sabía, y daba a la leche condensada un sabor característico, como el del agua de los bebederos de los colegios, así, pero más dulce.

Solo una vez solía comer leche condensada a mis anchas.

Cuando íbamos en vacaciones a Margarita, al menos una vez cada año, una de las playas preferidas de mis padres era la playa El Yaque, en el sur de la isla, cerca de donde está hoy el aeropuerto Santiago Mariño. Es una playa llana, muy poco profunda y sin olas ni corrientes peligrosas, por eso nos dejaban de nuestra cuenta bañarnos sin mayor supervisión, mientras los mayores jugaban dominó, o veían la carreras de caballos por televisión. Pero no era la playa El Yaque llena de windsurfistas, hoteles y pequeños negocios que existe hoy en día, hablamos de la playa El Yaque de hace más de 40 años, al principio sin carretera asfaltada, sin electricidad salvo por unas horas en las que encendían una planta eléctrica, sin más negocios que el Bar El Vigía -con su rockola, su pista de baile de cemento pulido con vista al mar y sus cuatro mesas con sillas de madera y cuero de chivo- y la bodega de Clemente y, en el medio entre ambos, rancherías de pescadores con un aviso de metal oxidado que decía "Playa El Yaque. Sucesión Tovar. Prohibida Toda Clase de Construcciones".

Clemente, el dueño de la bodega, había sido el capataz del hato de chivos que fue de mi bisabuela, quien la obtuvo a cambio del pago de una deuda que dejó por cobrar mi bisabuelo, a su muerte, hace más de 70 años. Luego de la desaparición de la hacienda, Clemente se quedó viviendo frente al mar en una casita de paredes de bloques pintadas de dos colores y techo de láminas de zinc, a la que puso enfrente, cruzando la calle, hacia el mar, ya sobre la arena, un rancho de palma y madera donde meter los carros o los peñeros. En la pared de la casa que daba hacia la calle había una ventana, por donde Clemente despachaba refrescos fríos, cervezas, panes dulces, galletas, bolsitas de champú, bombillos, papel sanitario, latas de diablitos Underwood, y, luego, en los tiempos de la zona franca y el puerto libre, en la época en que como parte de las obras del nuevo aeropuerto, en los años 70s, se construyó una nueva carretera de acceso y se asfaltó la única calle del pueblo, que corría paralela a la costa, desde la curva de la entrada hasta terminar en El Vigía, pasando antes por la puerta de la bodega de Clemente, también comenzó a vender productos importados, jamones en lata daneses, quesos de bola holandeses, chocolates kitkat, smarties y latas de leche condensada marca la pequeña holandesa.

Los Tovar teníamos crédito en la bodega de Clemente. Así que podía salir de la playa sin pedir permiso, sacudiéndome el agua y la arena, cruzar la calle dando brinquitos para no quemarme los pies, acercarme a la ventana de Clemente y pedirle cualquier cosa para que se lo anotaran a la lista de mi papá, que muy probablemente dormía, acostado en un chinchorro bajo el rancho junto a la playa.

Nada más dulce que -con la piel cargada de salitre, con el sabor del agua salada aún en los labios - sentir el frío de la lata junto a la cara insolada y saborear la leche condensada azucarada que se deslizaba fuera del envase por un agujero triangular recién hecho con un destapador de botellas o con una pequeña navaja.

Los días en la Playa El Yaque de mi niñez solían ser días solitarios, tranquilos, con poca gente, pocos conocidos. Sin nada urgente, sin prisas, sin angustias. Días con el ruido del viento arrastrando la arena y, al fondo, lejana, la música de la rockola de El Vigía. Días de caminar por la orilla de la playa, construir castillos y sistemas de drenaje en la arena, sacar erizos del mar, maravillarse viendo pasar un barco a lo lejos y cerrar los ojos e imaginarse el futuro. Días de tomar refrescos fríos, Colitas Espartanas o naranja Tuey, y comer leche condensada helada, restregando la nariz contra la lata fría.

Escuchando a mi mamá por Skype pensaba en la pobreza de la Venezuela actual y en la imposibilidad de comprar una lata de leche condensada en el abasto de la esquina, haciendo necesario pedirla a familiares en otros países y, sin embargo, recordé la felicidad que me producía la leche condensada muchos años atrás y pensé que no puede ser un mal regalo algo que produzca esa sonrisa en la cara.


domingo, 27 de marzo de 2016

Limastone

1.
Jorge ha oído hablar de los Stones. Sabe que son famosos, "como Los Beatles", pero no conoce su música. Alguna vez ha escuchado alguna canción por la radio, pero a el le gusta más la bachata y la salsa. Mientras nos lleva en su taxi Hyundai blanco con asientos forrados de plástico negro desde el Centro Comercial Jockey Plaza hasta el óvalo Huarochirí, la redoma en la que termina la Avenida Javier Prado, el último punto al cual se puede llegar en carro antes de cruzar el primer anillo de seguridad del concierto, va preguntándonos detalles del evento de la noche. Son poco más de las 5 de la tarde en Lima y a pocas cuadras de nuestro destino, mientras el taxi corta camino por calles locales rodeadas de casas para evitar la congestión de la vía principal, cruzamos por la calle Caracas, justo al lado de una cancha de futbolito donde dos equipos vecinales rematan el primer fin de semana de marzo. ¿Sabe a que hora salen del concierto? Va a venir mucha gente ¿verdad?¿Ustedes vinieron desde Colombia solo para ver el concierto? No, vivimos aquí hace dos años y somos de Venezuela. Uy, por allá está bien jodida la cosa ¿no? Maduro está al caer, la gente no lo quiere. Déjeme que me estacione bien, los dejó aquí en este costado, allá al frente están entrando. Bájense con cuidado. Mucha suerte, que disfruten su concierto.



2.
Margarita vende polos con imágenes serigrafiadas de los Stones que ha estampado ella misma en su casa de Los Olivos. Tiene 2 modelos para ofrecer. Bajó las imágenes de internet - la boca de Mick, la bandera inglesa- y las personalizó, poniéndole la fecha del concierto y el nombre de la ciudad, para que quienes las vean las asuman como un recuerdo del evento. Las ofrece a viva voz, caminando entre la gente, a 10 soles cada una, aunque cuando salió de su casa pensaba en venderlas hasta en 15 o 20 soles, pero al llegar al óvalo Huarochirí a media tarde de domingo se dió cuenta que la competencia sería feroz: la policía no deja acercarse al estadio Monumental a los que no tienen entradas para el concierto (aunque sospechosamente algunos vendedores ofrecen a las puertas del estadio polos, llaveros y chapas alegóricas a los Stones sin que la policía les diga nada) y en los alrededores del óvalo, a unos 500 metros del estadio, a donde van llegando los asistentes al concierto desde muy temprano en taxis, autobuses y en sus propios autos, hay un tumulto de vendedores que ofrecen polos, sweateres, chaquetas, gorros, bandanas, pañoletas, banderas, llaveros, afiches, cojines, stickers, banderines, y cuanta cosa imaginable pueda producirse en un pequeño taller de Gamarra al margen de las leyes de derecho de propiedad y a la luz de la oportunidad. Carlos y Adriana ofrecen, sentados en el piso, polos con los diseños oficiales de la gira, en la espalda tienen el detalle de la fecha y lugar de cada concierto, desde el celebrado en Santiago a comienzos de febrero, hasta el que se celebrará en México, cerrando la gira latinoamericana, a finales del mes de marzo. 15 soles, el diseño de las franelas oficiales está hace semanas en internet, de allí lo han sacado.  Carlos estaba ocupado estos días imprimiendo polos para la campaña electoral, pero escuchó en la televisión cuando dijeron que más de 50.000 personas asistirían al estadio del Universitario para ver el concierto y pensó en una oportunidad para financiar la lista escolar de su pequeño hijo, que está acostado junto a los polos mientras cae la tarde en Lima, mientras los partidarios de un par de grupos políticos entregan propaganda a los que llegan al concierto, mientras una veintena de puestos de comida - pinchos de carne color naranja, choclo con queso, sopa humeante, canchitas crujientes, pollo a la parrilla acompañado de camote anaranjado y papas sancochadas, salchipapas con mas papa que salchicha - ocupa una de las calles laterales al óvalo, cerrada al tráfico por la policía. Se escuchan voces que ofrecen entradas, se escuchan voces de otros que ofrecen comprarlas, se cambian entradas de las zonas más baratas por otras de las zonas vip más el pago de una diferencia. Otros vendedores ofrecen agua, cervezas y chicha morada. Pareciera haber más vendedores que asistentes al concierto.



3.
Cruzar la primera barrera de policías y empleados de los organizadores del concierto es un trámite sencillo. Las colas son cortas y fluidas. Recortan el primer trozo de la entrada de cartón y animan a caminar sin quedarse atrás. Anuncios públicos invitan a usar protector solar. Caminando los primeros metros del tramo de la Avenida Javier Prado que separa el óvalo Huarochirí del estadio Monumental se ven al fondo los cerros ocres de Lima y la luz amarilla de la tarde cayendo sobre el paisaje lunar de la costa peruana. La masa avanza dispersa sobre la avenida, en grupos de a dos, de a tres, de a cinco, de a diez, de a quince. Hay mucho contemporáneo de los Stones. Hay también gente joven, gente que no había nacido cuando los Stones ya eran una banda con más de tres décadas de rodaje. Al costado de la vía ofrecen gaseosas y cervezas, los vecinos de las casas cercanas a la vía se asoman en las ventanas y en las puertas mientras ven pasar a los que llegan, Hay quien improvisa un negocio de sándwiches en el garaje de su vivienda. A medio camino hay una segunda cola, dicen que para los que tienen entradas para la tribuna norte, la más popular, la de las entradas más baratas (unos 90 dólares al cambio, más o menos, la mitad del salario mínimo peruano). Los de las zonas Vip y los laterales del estadio pueden seguir avanzando por un costado de la vía. En un minuto la fila es para entrar a la tribuna norte y al minuto siguiente explican que es para cambiar las entradas más baratas por unas mejores. Hay dudas, gente que entra y sale de la fila. Omar y Helena - esposos, limeños, en sus 40s largos, sin hijos, él, contador en una empresa de transportes del mercado de Santa Anita, ella, secretaria en una empresa de productos cosméticos, escuchan a los Stones desde que se conocieron en la secundaria, tienen algunos discos, se conocen las canciones más famosas, las de los 60s y comienzos de los 70s- se alegran al escuchar la opción de cambiar las entradas, ella insiste en averiguar bien cómo es lo del cambio, si hay que pagar algo, él  le dice no te muevas de aquí mientras da una vuelta para averiguar bien. Un empleado de la empresa organizadora del evento explica a los que estamos en la fila que los Stones guardan en cada concierto 2000 entradas de zonas intermedias, entradas que en Lima cuestan alrededor de 200 dólares cada una, para sus fanáticos que llegan temprano a las zonas más baratas, donde cuestan poco menos de la mitad. Las entradas de la zona norte no son numeradas, las de los laterales sí, no hay que correr por asegurar un puesto con buen ángulo. El cambio lo hacen empleados de lo organizadores sentados en la parte de atrás de una camioneta pickup, no toma más de 5 minutos hacer el trámite y seguir camino rumbo, ahora, a la tribuna de oriente. Omar y Helena también cambian sus entradas y salen sonrientes, dando gracias por haberse ganado el premio. Luis ha venido de Cañete y también cambia su entradas y la de su hijo. Nos hemos sacado la lotería, dicen. Por eso es que es bueno venir temprano, insisten. Caminan avisando a los demás que aprovechen esta oportunidad. Alguno cambia las entradas baratas por las más caras y sigue rumiando cierta incredulidad, pensando que alguien le ha jugado una trastada, cambiándole sus entradas oficiales por otras falsas, para una zona mejor, pero falsas. Al final no es un engaño, es verdad, son entradas reales, solo que las razones no tienen nada que ver con la generosidad de Mick y su grupo. Los organizadores han sobrevendido la tribuna de las entradas más baratas y deben reubicar a parte de la gente en otras zonas más caras, donde no han podido colocar todas las entradas. Está oscureciendo a la entrada del Monumental de Lima, comienza a sentirse una ligera brisa fresca, mientras debajo de las tribunas hay pollo en brasas, choripanes, canchitas, tamales, agua helada, cervezas e inkacolas. También hay polos oficiales, sospechosamente idénticos a los que venden en el óvalo Huarochirí, pero a 5 veces su precio. La fila para los sanitarios es más larga que la que hay para entrar al concierto.



4.
Faltan dos horas para el inicio del concierto. Está oscureciendo en Lima. La prensa ha anunciado que los Stones son puntuales y han ofrecido comenzar a tocar a las 9 de la noche. A esta hora aún hay muchos huecos en las tribunas, la de occidente está casi vacía y abajo, en la cancha, las manchas de gente no ocupan más de la mitad del espacio. Enrique vino solo. Tiene unos 40 años, nunca se ha casado, vive en un cuarto alquilado en el centro de Lima. Trabaja en el Hard Rock Café del Centro Comercial Jockey Plaza haciendo de todo un poco. Le gusta mucho la música. Dice que trata de ir a todos los conciertos a los que le alcanza con su sueldo. Vió a Metálica y a Rafael. Vió a Merillion y a Olga Tañón. Me dice que trajo sus binoculares para ver más de cerca el concierto, me los ofrece: son color naranja, de plástico, a medio camino entre los que regalan en las fiestas infantiles y algún producto de baja gama de décadas atrás. Solo funciona por uno de los ojos, el otro no enfoca. Que bueno que cambiaron las entradas, dice Enrique, quien no se cree aún su suerte. Desde aquí los veremos bien cerca, nunca me habían regalado unas entradas tan buenas, me dice, mientras se pone encima de su camisa de cuadros y de un sweater de color gris, gastado, un polo de los Stones que compró en el óvalo Huarochirí al final de la tarde. Es de los de 15 soles. Este me queda de recuerdo, me dice, tenemos muchos años esperando que vinieran a Perú. Aquí antes no venía nadie. Ahora están viniendo todos, ya tengo mis entradas para ver a Coldplay el mes que viene. Me dice que tiene un gato y un grabador de casettes. También tiene discos de vinilo, pero solo para coleccionarlos, porque no tiene dónde escucharlos. ¿Ustedes no son de aquí, verdad? pregunta Enrique, mientras nos mira a Patricia y a mi a través de unos lentes gruesos con una montura que podría ser tan vieja como los Stones. ¿Ustedes son de Colombia, verdad? nos pregunta, mientras nos dice que se perdió el concierto de Juanes en Lima. Le aclaramos que somos de Venezuela y me recuerda que fue a ver a Olga Tañón. Ella es puertoriqueña, le digo, y el pone cara de incredulidad. Pensé que era venezolana, me dice y yo le contesto que ella también lo cree a veces. Son las 7 y 15 cuando entran a escena los teloneros, Frágil, una banda peruana formada en los 70s, que comenzó haciendo covers de Genesis y Yes. Enrique me cuenta la historia de los teloneros, me dice que son unas leyendas locales. Me ofrece el bi-monóculo de plástico naranja para que los vea. Se ven mayores que los Stones. Cuesta entender las letras de las canciones, el sonido no ayuda. Todo el estadio corea cuando cantan una que se llama "Avenida Larco". Esa avenida está cerca de mi casa, aunque a mi, que poco se de Frágil y de la historia del rock peruano, la Avenida Larco me suena más a la churrería Manolos o a la agencia del BBVA donde tengo mi cuenta de banco. Luego de 7 canciones y la aparición en escena del antiguo cantante de la banda, retirado de la misma hace unos años, los asistentes los despiden con muchos aplausos y habiendo coreado enteras las dos últimas canciones.



5.
Quince minuto antes de las 9 el estadio Monumental está casi lleno. La gente no ha parado de llegar después de la actuación de los teloneros. A las 9 diría que no cabe un alma, ni en la cancha ni en las tribunas. Los organizadores han abierto puertas entre algunas zonas y han desplazado personas de la abarrotada tribuna norte hacia la cancha y las esquinas al fondo de las tribunas laterales. La tribuna de occidente, vacía hace solo una hora, luce ahora repleta. En todo el lugar hay unas 50.000 personas, la mayoría con polos negros alusivos a los Stones. Hay miles de luces por todos lados, los celulares de los asistentes. Puntualmente, se encienden las imágenes en las pantallas laterales del escenario y entre fuegos artificiales aparecen los protagonistas en escena. Lucrecia Maita vino sola. Tiene 65, aunque aparenta tener más de 70. Llegó a Lima desde la sierra en los sesentas, cuando ella era una adolescente, a trabajar en una casa de familia, donde duró poco para dedicarse luego a la costura y, finalmente, luego de casarse, a las labores del hogar.  Vive con una hija y una hermana en Jesús María, pero ninguna quería venir. Ella no estaba dispuesta a perdérselo, así que hizo una colecta entre sus tres hijos para que entre todos le pagaran los 300 soles de la entrada. También se ganó el cambio a una ubicación mejor, cortesía de los Stones. Lucrecia ama a Mick Jagger, le ha parecido guapísimo desde que conoció sus discos en los 60s, al llegar a Lima. Bailábamos con sus discos en los 60s, me dice. Lucrecia mide un metro cincuenta y para poder ver hacia el escenario, con su polo negro de los Stones cubierto por una chaqueta amarilla impermeable, parecida a la que usan los empleados de la Municipalidad de Lima, tiene que subirse sobre el asiento de plástico. Patricia dice que se la quiere llevar para la casa. La gente grita y salta en la tribuna, sobre la tarima ya han entrado Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts y han comenzado el concierto con  "Start Me Up". Lucrecia se la conoce de memoria y nos señala con picardía hacia la tarima mientras baila y canta toda la canción. Patricia insiste en llevársela para la casa, aun cuando la energía le dure poco y a la segunda canción Lucrecia tenga que sentarse mientras se pasa la mano por las piernas. Aún así, tiene mejor aspecto que Keith Richard.



6.
Avanza la noche. "Hola mis causitas" grita el cantante británico en un español bastante aporreado. Mick Jagger se mueve por el escenario de tal manera que es difícil quitarle los ojos de encima. Uno no deja de pensar en la edad del tipo y en la forma como salta y baila. Ya son 73 años "y el kilometraje", acota un compañero de tribuna. Se cambia de ropa varias veces, camina por una larga pasarela en el medio del público agolpado en la cancha de la U. Tiene la voz entera, me dice Enrique, maravillado, quitándose los binoculares naranja de la cara. Detrás nuestro saltan y bailan. Al voltear a verlos me encuentro a una familia conformada por un tío y tres sobrinos, una chica y dos chicos. Los dos menores se saben todas las canciones y no dejan de dar las gracias a su tío por haberlos traído. Que increíble, no puede ser, dice ella, que debe estar cercana a los 20s. Entre canción y canción pasan los vendedores de cerveza y agua, de vez en cuando pasa alguien ofreciendo sanduches de chorizo, cigarros por unidad y chocolates triangula. Hay algunos errores de interpretación, pero, en general, estamos ante un espectáculo profesional, de músicos con mucho rodaje y recursos, un evento planificado en el que abundan los medio audiovisuales y donde cada pieza ha sido estudiada. La ropa, las luces, los bailes, la secuencia de temas...Hay olor a mariguana en el ambiente. Volví a sentirme como en los tiempos en los que iba con frecuencia al Poliedro de Caracas. Jagger explica que le gusta la comida peruana, Keith cuenta que trataron de venir varias veces y que finalmente se dió la oportunidad. Hay empatía con el público, a pesar de que mucha gente parece no conocer sino un puñado de canciones clásicas de los Stones. Angie es la más coreada. La frase en la cual Jagger dice que en Lima cantan mejor que en Santiago es la más celebrada por el público. Lucrecia ha tomado un segundo aire. Los Stones se dejan acompañar por un coro de jóvenes peruanos. Luego de un apoteosis de luces y efectos mientras cantaban "simpatía por el diablo", rematan la faena cantando una versión de 7 minutos de Satisfaction (I cant get no). Hay fuegos artificiales sobre la tarima y no hay más canciones en toda la noche. La gente pide otra, pero las voces se apagan rápidamente mientras los técnicos comienzan a desmontar equipos. La gente corre a los sanitarios. Los vendedores de cerveza y agua intentan rematar la mercancía que sobró, ya no hay humo en los fogones de los sanchipapas. Lucrecia está feliz, se le nota en la cara. Comenta con Patricia que ha disfrutado el concierto. Enrique dice que valió la pena la espera de tantos años. Los sobrinos vuelven a agradecerle al tío, ya pueden morirse en paz, dicen, mientras vamos desocupando nuestros asientos. Durante la próxima hora y media la Avenida Javier Prado estará llena de carros ocupados por personas con polos negros, con imágenes alusivas a los Stones. Cuando los pasajeros voltean a ver a los de los carros vecinos y descubren que vienen del mismo concierto, se hacen gestos, se tocan la corneta uno a otros. El efecto se diluye en los alrededores de la vía expresa. Arriba en mi calle, en Miraflores, no hay nadie en las aceras. Apenas si hay carros en la calle. Se acabó la fiesta, como diría Serrat. A pocas cuadras el Pacífico sigue golpeando contra las piedras de la Costa Verde. Las otras piedras van camino a Colombia.

viernes, 10 de abril de 2015

El río de la perlas se está secando

Entre una cosa y la otra me entero a través de internet que Pearl River está en proceso de cierre, que no puede pagar el alquiler y el dueño del edificio que ocupa en una acera oeste de Broadway está pidiéndoles que se vayan. 

Pensar que las cosas que a uno le gustan no prosperan, no pueden sobrevivir, están condenadas a su desaparición, a ser sustituidas por lo anodino, lo prescindible, lo repetitivo (asumo que llegará en su sustitución un Walmart, una franquicia de ropa o de zapatos, cualquier cosa prescindible por repetitiva) es una metáfora de los miedos que a uno le asaltan cuando, metido en el tráfico, esperando el comienzo de una reunión o simplemente haciendo un alto en el ajetreo diario, entre un correo y el otro, uno se pregunta cuál es nuestro lugar en el mundo, cuántos ven las cosas desde el mismo ángulo. Peor aún cuando uno piensa que esas cosas, esos lugares, son populares, son lugares que nos sirven de encuentro con muchas otras personas. Y resulta que no, que no pueden ni siquiera pagar el alquiler.

Pearl River es una metáfora. Una metáfora de la soledad.

¿Se verá uno, también, como Pearl River, como J&R, como Pearl Paint, como Inaka, como Shackman & Co., condenado a desaparecer?

Es ley de vida, de eso están llenos los libros y los bares. La nostalgia siempre ha tenido suficiente alimento en la degradación personal y en la modificación del hábitat. Pero no deja de golpear en la boca del estómago la desaparición de las referencias.



Uno lee estas noticias sin poder evitar la sensación de pérdida. Es una despedida.

Descubrimos Pearl River Mart cuando quedaba en otro lugar de la misma ciudad, a dos cuadras de donde está ahora y en la acera de enfrente. En los mediados noventas del siglo pasado Patricia y yo solíamos ir a Nueva York con poco dinero en los bolsillos y muchas ganas de caminar por las calles llenas de gente. Y Pearl River Mart era entonces un negocio insólito, a medio camino entre un depósito, una quincalla, y una tienda de descuento con la mercancía descartada de otros sitios. En 10 metros podías pasar de zapatos chinos de tela y plástico a jabones de tocador de envoltorios de dudosa calidad, a muñecos de plástico, a tazas de cerámica japonesa de una belleza suprema. Y así era toda la planta del negocio, ubicado encima de un mercado de minitiendas y vendedores ambulantes, en una esquina de Canal Street. Diversos espacios conectados por pasillos, sumatoria de locales de formas diversas, entrada desde la calle a través de pasillos y escaleras a prueba de normas de bomberos. Lámparas de papel de arroz, juguetes de lata, caramelos chinos White Rabbit Brand, libretas, carteras de tela, budas de piedra, incienso, todo mezclado en un intenso desorden y con un gran sentido de la acumulación...así era Pearl River 20 años atrás.

La planta baja, a la izquierda las porcelanas japonesas

Con los años la situación económica de Pearl River mejoró y la nuestra también. Todo un gesto solidario, tal vez por eso el afecto. No sé exactamente hace cuántos años, pero probablemente hace una década, Pearl River se mudó poco más de una cuadra más arriba de la esquina en donde estaba anteriormente. Ahora ocupaba todo un edifico con frente a Broadway y se reorganizó con la apariencia de una tienda por departamentos. Tenía un Sótano con una farmacia china, ropa, juguetes, estatuas de buda y artículos de cocina, en la planta baja estaba en miniautomercado, las cerámicas chinas y japonesas y la sección de ropa y adornos; en el piso de arriba estaban los muebles. Se había civilizado el espacio, pero seguía manteniendo esa mezcla ecléctica de zapatos chinos con juguetes, de jabones con artefactos de cocina de dudosa calidad, de libretas con porcelanas japonesas, de latas de te verde con gomas de borrar en forma de sushi, solo que con más orden y más ambición que cuando estaba en Canal Street.

Durante cada año de casi 20 años viajamos a Nueva York para volver a encontrarnos con las mismas calles, la brisa fría y los marrones del otoño, los grises del invierno, el cielo azul y la luz, el rumor de la gente, el pan de maíz y el pavo, los adornos de navidad, el resurgir de la primavera, los anuncios del verano, la energía de la ciudad que nunca duerme. Y en cada viaje fueron desde Pearl River hasta Caracas vasijas de porcelana japonesa, carteritas de tela, libretas de papel, bolsos de plástico, latas de te verde, caramelos "de conejo", jaboncitos chinos de sándalo, juguetes de metal, postales. Cosas prescindibles todas, pero sin las cuales la vida tiene poca alegría.

El Sótano

Hace casi dos años que no he podido volver a Nueva York. La mudanza a Perú ha traído nuevos gastos y otras prioridades. No temo no volver, algún día será, algún día sobrará algo de dinero para volver, pero temo que cuando vuelva ya no encuentre lo que fui a buscar.

Pearl River es solo una quincalla, una gran quincalla. Su desaparición es irrelevante ante los problemas del mundo. Ese no es el punto. Todo o casi todo lo que allí se encuentra seguro se encontrará en alguna otra parte. Pero la ciudad y los viajes a ella ya no serán iguales, ese es el asunto.


lunes, 30 de marzo de 2015

Pez fuera del agua

En Lima nadie habla de béisbol, eso no existe en estos lados del mundo. 

Alguien me comentó tiempo atrás que había algún campo para practicarlo por allí, pero no me dijo en cuál distrito, nunca lo he visto, ni he visto una nota en prensa, ni un comentario en televisión donde se mencione, incluso como una curiosidad lejana, ese extraño deporte donde unos tipos equipados con palos de madera se enfrentan a otros, armados con guantes de cuero y pelotas blancas con costuras.


Aquí en Lima se habla y mucho de fútbol, fútbol local y fútbol de algunos otros países, sobretodo países en los que juega algún peruano. También se habla algo de voleibol, algo de automovilismo, poco la verdad, algo de boxeo y algo de surf, la tabla, como se le llama por acá al deporte de pasear sobre las olas. Pero de béisbol nada, ni siquiera como una cosa extraña, una curiosidad de tierras distantes. De béisbol en Perú no hablan ni los japoneses, una colonia importante aquí, y que, por ejemplo, en Brasil, son el núcleo duro de la práctica de este deporte en un país muy futbolero. Aquí no hay béisbol, cosa rara para mi, porque de donde vengo, el béisbol no es un deporte, es una religión. Allí, en ese país donde nací, e incluso, en esas ruinas que quedan hoy de lo que fue aquello, el béisbol es de las pocas cosas que es capaz de aglutinar a un país, de sentar juntos a unos y a otros.



En estas fechas en las que están por comenzar los juegos de una nueva temporada de las Grandes Ligas y uno no ve en la prensa local ni una pequeña seña de ese mundo paralelo, no puede uno evitar sentirse lejos, huérfano de un mundo que le acompaña desde la infancia.

En Venezuela si el béisbol es una religión, los equipos son sus iglesias, y los jugadores los santos de tanto fervor. Los niños, esos que crecen escuchando a los padres hablar del equipo preferido y admirando las gestas heroicas de sus ídolos, pronto toman partido, asumiéndose parciales de alguna divisa regional o de esas que tienen la particularidad de tener fanáticos en varias zonas del país, como los Leones o los Navegantes.



Yo crecí escuchando a mi papá hablar de los Leones del Caracas y, por tanto, desde que tengo memoria no he tenido otro equipo preferido, salvo en aquel año en que, en medio de un ambiente muy confuso para el niño que yo era (tendría 7-8 años creo yo), los Leones se convirtieron en Tibuleones y se fueron a jugar a los llanos de Venezuela, dejando a la capital sin equipo de pelota. Y cuando, siendo un niño de pantalones cortos, iba con mi padre al stadium de béisbol de la Ciudad Universitaria de Caracas, participaba del ritual de los sobrecitos de colores que vendían antes de comenzar el partido, suerte de apuesta por ver si el nombre dentro del sobre coincidía con el primer jugador en dar un hit, en cuyo caso podía uno reclamar un premio, premio que a mi nunca me tocó. Participar de la fiesta de esconderse para que no le mojara a uno la cerveza que solían lanzar al aire al momento de ocurrir un evento importante en el juego. Crecí viendo de lejos los pinchos de carne, solo porque mi padre dijo siempre que esas cosas, muchas veces de raros, colores rojos y naranjas, las hacían con carne de perro o de gato. Crecí tomando refrescos y perros calientes en el lado izquierdo de la vieja tribuna con asientos de madera, con baños con olor rancio, escuchando en la parte de arriba de la tribuna a los narradores que escuchaba desde casa a través de la radio, Carlos Tovar Bracho y Delio Amado León.

Yo escuché por la radio debutar a Willibaldo Quintana, que en alguno de los turnos de su primer juego soltó un doblete, que lamentablemente no ayudo a que mi equipo ganara el juego. Yo escuché por la radio dar jonrones a Antonio Armas y escuché por la radio a un importado de apellido Miller robarse muchas bases. 



El equipo de mi infancia es una mezcla de años y temporadas. Si reviso las estadísticas probablemente solo jugaron todos juntos un año o dos, o nunca, pero así es la memoria, uno mezcla los hechos con los afectos y arma un equipo con el foco en las cosas más cercanas, en los recuerdos más próximos. El Caracas de mi niñez tenía a el Gato Galarraga en la primera,a Jesús Marcano Trillo en la segunda base, tenía todavía a Cesar Tovar y a Vitico Davalillo en los jardines, tenía a Antonio Armas en el center field, tenía a Baudilio Díaz en la receptoría, tenía a Diego Seguí sobre la lomita y a un relevista gordo, de apellido Marcano, que tomaba cervezas con mi papá en Juan Griego.  Yo, que supe de las hazañas de Ubaldo Heredia, de Gonzalo Marquez, de Luis Peñalver, vii comenzar a jugar vi comenzar a jugar a Bob Abreu, yo recuerdo el No Hit No Run de Urbano Lugo. Yo vi comenzar a jugar a Omar Vizquel, tal vez el último jugador de los Leones con el que he sentido esa identificación que sentía de niño.



Yo tengo todavía en la casa de Caracas barajitas de cartón con los los nombres de Cesar Tovar y Antonio Armas, yo tuve en mi cuarto de la casa de Los Chorros afiches pintados por mi en láminas de papel bond en los cuales los leones siempre vencían a los otros equipos. 



En estos días de primavera del norte comenzarán los juegos de las Grandes Ligas y la total ausencia de noticias locales sobre ese mundo paralelo no hace otra cosa que recordarme que vengo de un mundo distinto, que todavía soy un pez fuera del agua.

jueves, 15 de enero de 2015

Ricardo Armas Fotógrafo

Ricardo Armas es, además de fotógrafo, mi cuñado y mi amigo, y cuando, hace un rato, Linkedin me preguntó si quería hacerle una recomendación, se me ocurrió que a esta hora, cuando ya los pasillos de la oficina está vacíos y se ha hecho oscuro en Lima, era mejor recomendarlo por aqui. 

Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.

Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué. 

En fin, esto es lo que hay.