martes, 31 de diciembre de 2013

Pueblos tristes




He venido a Caracas por unos pocos días como no había venido antes, como un turista que tiene en el bolsillo el pasaje de vuelta, que mira los lugares familiares con otro ojo, el ojo que mezcla el compromiso con la distancia.
 
Hay días en los que me maravillo de estar aqui. Hay días en los que cierro los ojos y quisiera estar en Brooklyn, caminando por la calle con Marvin Gaye sonando en el ipod a todo volumen y la brisa fría dándome en la cara. Hay días en los que quisiera estar de vuelta en Lima. Hay días de días.
 
Hace un año en esta fecha estaba en Venecia. Primera vez en varios años que voy a recibir el año nuevo en Caracas. Hace más de una década que establecimos una férrea costumbre familiar: 24 en la Lejarazú; 25 en la Paraguachoa, 31 en Nueva York, San Juan de Puerto Rico, San Sebastian, París o Venecia. Alli donde la familia o los deseos nos llevasen. Despues de todo, creemos en eso que mi madre me dijo siempre, que uno pasa el año como lo recibe... La mudanza -aún en proceso- a Lima ha cambiado este año esa costumbre.
 
De estos pocos días, una semana, en Caracas me han llamado la atención varias cosas.
 
La basura. Está por todos lados. Es difícil no verla. Evidentemente algo que estaba mal ahora va peor. Las bolsas se acumulan por las aceras, aceras que nadie barre. Desapareció por completo el barrido de las calles  y el aseo urbano domiciliario es irregular e insuficiente. El camión pasa a lo sumo una vez a la semana y hay calles por las que evidentemente no ha pasado desde que estoy aqui. Me dicen "tiene tiempo asi, pasan de vez en cuando, cuando quieren". Unos vecinos me comentan que han tenido que contratar camiones para que se lleven la basura acumulada en su edificio.
 
La Escasez. No la percibo peor a la última vez que estuve aqui y eso no es un halago. Traje en la maleta leche en polvo y harina de trigo a solicitud de mi familia, lo cual es ya un síntoma de cómo va la cosa, pero ya en septiembre cuando estuve por última vez se estaba en una situación parecida. Las cosas aparecen y desaparecen con prontitud de los anaqueles y los automercados rara vez dan la impresión de normalidad. Hay mantequilla danesa pero no hay leche, me dicen que no la ven hace dos semanas, a la harina de trigo hace un mes. Mi mamá se disculpa diciéndome que no me hizo un postre que suele hacerme por estas fechas porque no consigió leche condensada "y mira que la buscamos", dice, mientra mi padre pone cara de que fue él quien hizo el barrido de todos los negocios del este de Caracas buscando el ingrediente necesario para el chantilly de parchita. La gente camina cabisbaja en un automercado de La Trinidad al cual llegué porque no conseguí algunas cosas por mi casa, hay pocos empleados, la "decoración" evidencia descuido, dos señoras me preguntan que dónde conseguí el papel sanitario que llevo en el carrito junto a un pernil, el muchacho que empaqueta las bolsas le pregunta a la cajera cuánto cuesta un pernil como ese, la señora le dice el precio y suelta una carcajada justo antes que el muchacho le diga que él se comerá el 31 otra cosa, que él no puede pagar "esa vaina". Le doy un billete de 100 bolívares como propina y me contesta con un feliz año sonoro. Patricia me reclama que le di mucho, yo le contesto que solo es 1,5 dólares y que todo esta muy caro. Mientras manejo pienso que con esa cantidad de bolívares pagabamos dos meses de alquiler cuando nos casamos.
 
Los precios. Todo el mundo me dice que los precios están por las nubes. Que todo está carísimo. El gobierno anuncia unas cifras de inflación muy malas, casi un 60% anual, pero resultan poco creibles porque la percepción en la calle es que los precios han subido mucho más. Vamos a un restaurant de sushi cerca de la casa, a medio camino entre la comida rápida y algo más formal. Mi hijo Diego se queja amargamente que su madre no lo lleva desde que me fui a Lima en septiempre. La madre se defiende diciendo que ella es pobre y esa comida está muy cara. Al llegar al local vecino a la plaza Lincoln me llama la atención que está solo, hasta septiembre lo recordaba siempre lleno. Al ver el menú comienzo a tejer hipótesis que explican la soledad. Los precios son exactamente el doble de los de septiembre, que a su vez eran 50% mas que los de diciembre del 2012. Mientras comemos entran 3 parejas, una sale a los 5 minutos de entrar sin nada en la mano. Ver el monto en bolívares escandaliza un poco, pero al hacer la conversión a dólares digo en voz alta "toda esta comida son 25 dólares, en Lima no costaria menos de 50". "Sí,  pero aqui nadie gana en dolares" me contesta Patricia. Conviven algunos precios calculados al valor internacional de las cosas, si se usa la tasa de cambio del mercado negro, con otros bastante más baratos para quien los ve desde la prespectiva de tener unos dólares en el bolsillo. Una par de zapatos vale la mitad en dólares que unos equivalentes en Lima, tambien un short en la tienda Nike, pero desde la óptica local, al compararlo con los sueldos venezolanos, el país es una potencia espacial, que ha puesto a orbitar como satelites de la tierra a todos los productos de consumo.
 
Areas verdes. Venezuela nunca fue muy dada al mantenimiento. Todas las ciudades tienen sus zonas feas y sus zonas más cuidadas. Pero es evidente en la situación actual que las areas verdes cercanas a mi casa están sin mantenimiento desde hace meses. Pregunto y obtengo por única respuesta "la Alcaldía se olvido de eso, dicen que no tienen  real". Tambien abundan los huecos en la calle. Y hay muchas calles oscuras. Probablemente la única novedad al respecto sean la resignación de la gente. Varios vecinos me comentan que eso no tiene solución, que la Alcaldía está quebrada y que el gobierno nacional tampoco ayuda. No hay elecciones previstas a la vista ni nada que motive algún interés. La gente no parece estar esperando ningún cambio, como no sea para peor.
 
La luz. Siempre me gustó la luz de Caracas en diciembre, sus cielos azules con una brisa fresca. Lima no tiene nada parecido, todo lo contrario, cuesta ver cielos azules en la ciudad imperial, la de los cielos color panza de burro. Nueva York sí, la gran manzana tiene esos días de cielo azul que prometen mucho frío cuando los miramos con la nariz pegada al vidrio. El cielo de diciembre y el Avila son los principales atributos de Caracas. Siempre me han gustado, pero ahora los valoro más. Son de las pocas cosas que no se deterioran, que no cuestan más que el año pasado, que no transmiten la sensación de provisionalidad, de estar en proceso de perderse, de cerrarse, de acabarse, de irse.
 
Animo amador!. Mucha gente comenta que el año que viene será peor. "El año que viene será candela" me dice alguien que me reconoce en la panadería cercana a mi casa, como respuesta a un feliz año. "Feliz año y que el año que viene puedan irse de vacaciones a Portugal" le desea una señora bajita, tipo europeo, a Fatima y Manuel, un matrimonio luso que regenta la fruteria de por mi casa desde hace décadas. "Con que tengamos comida me conformo" contesta alguien desde la cola que hacemos los que esperamos para pagar. Fatima dice que por primera vez en su vida no tiene uvas para vender un 31 de diciembre. "Las pedimos, pero no se consiguen, las que teniamos se acabaron hace dos días". Me pregunto en silencio si la gente pedirá deseos igual, sin las 12 uvas que marca la tradición.  Desear las uvas como deseo de fin de año sería un desarrollo endógeno de la tradición navideña, la serpiente que se muerde la cola. A una calle de allí, a las puertas aún cerradas del automercado Unicasa unas 20 personas hacen cola a la espera que abran el negocio. Todas las mañanas hay cola, ahora, antes no. "Es que despues hay mucha gente, hay pocos cajeros porque la empresa no está contratando gente y los productos que llegan los ponen temprano y se acaban rápido". Me voy sin hacer cola, sin intentar la compra, sin verificar si hay o no lo que me pidieron en casa. "Y por ahi viene lo de la gasolina y la devaluación", me dicen otros. Los ánimos están por el subsuelo, chapoteando con lo que queda del petróleo. El ánimo nacional será material de exportación que viaje en los tanqueros hacia China. Me pregunto si tanta nube negra no afectará el octanaje de la gasolina, si no dañará el motor de los carros que la usen en otros lares, si no comenzará a derribar aviones que viajen usando el combustible de esta "tierra de gracia".
 
Alguien te mira. Los ojos de Chavez están por todos lados, en vallas, en afiches, en la televisión. Pero la gente habla poco de él. El "Gigante de América" lo llaman en la TV, en la que ahora no hay ni asomo de oposición o crítica al gobierno. Si la gente se mata en la calle o nada en la basura, en la tele ni lo mencionan, ponen "Mi pobre angelito 2 en Nueva York", si la gente demuestra su felicidad consumista abarrotando centros comerciales a medio surtir, ponen "Rambo 2 en Afganistan". Mencionan una y otra vez al Gigante de América y yo pienso en Nelson Ned. El comandante eterno es el otro calificativo que escucho varias veces. Tambien te miran los militares y guardias nacionales, ahora guardia del pueblo, que pueblan las calles. Estan en todos lados, a las puertas de todos los centros comerciales. Usan fusiles de asalto y equipamiento que no corresponde a una policía civil. Todos te miran.
 
Hay una capa densa que envuelve todo, no se si la tendré yo pegada a los ojos. La gente se mueve con una mezcla de ansiedad, angustia y tristeza. Solo había visto algo así hace años en Montevideo, pero aqui la autoestima está aún más baja.  He pasado solo poco mas de 3 meses fuera y ya se notan cambios, la mayoría no son para bien. Le ofrezco leche a mi madre, de la que traje de Lima y me dice que no, "que se la deje a los muchachitos, que ella se está tomando el café negro". Neorealismo italiano, pero con peor estética, sin mérito artistico. Caracas ciudad abierta. Cómo no pensar hoy 31, fin de año, en Otilio Galíndez. Igual nos diremos esta noche el feliz año, como quien habla con un vendedor de carros usados, preguntándose si creer o no, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Crónicas limeñas segunda parte: Comenzar de nuevo

Hace poco más de cinco siglos y un mes que, según cuentan los historiadores, Vasco Nuñez de Balboa se subió a un cerro de la hoy Panamá y desde allí vió por primera vez el mar del sur, el lago español, el océano Pacífico. Había venido de lejos el conquistador extremeño, había tenido éxitos tempranos y tambien sonados fracasos -como su intento en convertirse en hacendado en La Española- y estaba en el istmo comenzando de nuevo, combinando su mano izquierda con la derecha en el trato con los nativos de esas tierras.
 
 
 
Lo de Nuñez de Balboa viene al caso porque esta semana he alquilado un apartamento, una promesa de casa familiar a la que espero mudarme la semana que viene, en la cuadra 2 de la miraflorina calle Nuñez de Balboa, en Lima. Desde allí, desde su balcón de la séptima planta, entremirando los otros edificios y agradeciendo la fugaz ausencia de niebla limeña, puede adivinarse una masa gris que se ilumina en el horizonte, el mar del sur, el lago español, el océano Pacífico.
 
Mudarse a una nueva casa siempre es un reto. En el norte de Africa y en el Medio Oriente hay una sabia maldición popular que reza sin piedad "ojalá te mudes" como deseo a los enemigos. Yo prometí públicamente, la última vez que me mudé, hace ya más de 6 años, cuando nos fuimos al Altolar de los sueños de Patricia, no hacerlo nunca más, salvo que tuviese que irme del país en que nací. Y aquí estoy, en otro país, preparándome para armar una casa que, aunque prestada pago mediante, pueda tener el sabor de lo propio en los tiempos por venir.
 
Cuentan que Nuñez de Balboa bajó del cerro prontamente luego de su avistamiento de finales de septiembre de 1513 y en menos de dos días se encontró en la orilla del mar, en el cual se sumergió para tomar posesión en nombre de la corona española. Yo me voy a tardar algo más de una semana en tomar posesión del piso, en nombre de la empresa española en la que trabajo. Pero no soy, ni remotamente, un descubridor. Lima está llena de españoles, miles calculo yo, desde ejecutivos que duermen en piso con vista al golf hasta arquitectos jóvenes que están aquí diseñando cosas por 3000 soles brutos al mes.
 
Es una mudanza sin mudanza. porque no hay muebles que mover, no hay cajas que desembalar, no hay libros que clasificar, no hay discos que embalar. Es en realidad un comenzar de nuevo. Esta vez es volver al ritual ya superado de cubrir los mínimos, de satisfacer las necesidades básicas. Es pensar la igenie´ría de procesos del hogar: la papelera para el baño, el batidor para la leche, el abrelata para el atún, el sacacorcho para el vino, el plato para el cereal con yogurth, el cucharón para la sopa, el cuchillo para la carne, la alfombrita para el baño, la almohada para dormir, la olla para la pasta, el vaso para el jugo. Estos dias estoy haciendo listas con las cosas que tengo que comprar para que la casa funcione como una casa, para que cuando venga la familia no asocie la mudanza con la precariedad, para que evite pensar en la provisionalidad.
 
En Caracas a estas horas de viernes por la noche están saqueando comercios con permiso y apoyo gubernamental. Mañana seguirán, que remedio queda. Ya estamos en la fase de repartir las sobras. No hay nada más. Como en los divorcios, como en los funerales. Y yo estoy en cambio con mi lista en la mano, viendo precios por internet, a ver a donde voy a buscar este fin de semana el televisor y la lavadora que necesito. Estoy comenzando de nuevo, subido a la séptima planta de mi montaña blanca que mira al Pacífico, aunque este se esconda tras la bruma.
 
Alguien me dijo esta semana, en una reunión con colegas urbanistas, que era valiente comenzar de nuevo a mi edad, con tres niños y en tierras ajenas. Y yo le respondí de inmediato que no, que valiente era tratar de quedarse en Caracas con 3 niños en estos tiempos de oscuridad y escasez. Y obvié comentario alguno sobre la expresión "a mi edad" porque quien me lo decía tiene pocos años más que yo y porque el portero del edificio y la señora que me vende La República y El Comercio los sábados y los domingo me llama siempre con ese formalismo limeño que tanto me gusta "joven, ¿cómo está usted hoy?
 
Sarten con antiadherente, pañito para la cocina, mantel para el comedor, tabla para picar y cortar, copa para el vino, plato para el postre, pote cesta para la ropa sucia, colgador para las corbatas. Aquí sigo, mirando el mar del sur, comenzando de nuevo. Fregona con su tobo, cuchillo grande, pelapapas, envase de plástico para guardar las sobras, manta para la cama. Solo espero no perder la cabeza, como el español que da nombre a mi nueva calle.

domingo, 6 de octubre de 2013

Déjalo, eso es Chinatown



Estos días de comienzos de octubre, esta misma semana, salí de la oficina y me fui caminando, cuesta abajo por la calle Alcanfores hasta llegar a Larcomar, un centro comercial con una implantación muy particular, que lo oculta de la calle colindante y lo convierte en un conjunto de balcones que miran al Pacífico peruano, y, luego de pasar a buscar un sanguche de lomo fino y queso edam derretido por la sanguchería La Lucha (se llama así, tal cual, como la mitad de los restaurantes de la ciudad, es otro emprendimiento de Gastón Acurio) entré a ver Chinatown, la película de Polanski que están dando allí, en los multicines del Larcomar, como parte de un miniciclo (3 películas, una por semana) de este director Polaco-Americano.

Recordaba haber visto Chinatown hace unos 30 años, en los primeros años 80s y no había vuelto a verla desde entonces. Recordaba haberla visto en la Cinemateca Nacional, en el viejo edificio de la Galería de Arte Nacional, en Caracas, cuando un servidor aún estaba en el bachillerato. Recordaba que entonces me gustó mucho. Quizás por eso y quizás porque en el cine de Lima ofrecían que las películas presentadas en este ciclo se proyectarían en copias nuevas, que hacían uso de las más modernas tecnologías para garantizar un sonido e imagen más nítidos, me decidí a ir a verla.

Polanski hizo esta película ambientada en los años 30s con muchos guiños al cine clásico de los años 30s y 40s, con referencias a las novelas negras de ese entonces y logró uno de los picos de su irregular carrera cinematográfica. Una película redonda, de esas que uno se preguntá por qué no se llevó todos los premios de aquel año 1974 en el que fue estrenada, pregunta que solo tarda en responderse el tiempo que uno tarda en recordar que ese mismo año compartió carteleras con El Padrino II, Lenny, Asesinato en el Orient Express y Amacord, por citar solo algunas otras películas de ese año.

Las actuaciones de Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Huston son realmente buenas, siendo la más destacable la de Nicholson, sin lugar a dudas. Su imagen con la nariz tapada por una masa amorfa de algodón es uno de los clásicos del cine. Por esta actuación le dieron aquel año el Globo de Oro y el Bafta y estuvo nominado al Oscar al mejor actor, premio que no le dieron ni a él ni a Pacino. Polanski tambien ganó el Globo de Oro y el Bafta en 1974, y perdió el Oscar con Francis Ford Coppola.

40 años despues de su estreno Chinatown sobrevive intacta al paso de los años, como la joya que es. El crítico de cine del diario La República, aquí en Lima, le dedicó esta semana casi una página, destacando que era la mejor película de la cartelera local.

Regresé del cine a mi apartamento caminando de nuevo -ahora cuesta moderada arriba- por la calle Alcanfores, las manos en los bolsillos de la chaqueta esquivando al viento del Pacífico que no se entera que ya llegó la primavera, sonriendo, maravillado por la película, probablemente con la misma expresión que tuve aquella noche de comienzos de los 80s en Caracas, al salir caminando de la Cinemateca. En algún momento del camino me dí cuenta que estaba haciendo algo que me gusta mucho, algo que ya no puedo hacer en Caracas, algo que dejé de hacer hace algún tiempo cuando las calles se hicieron muy peligrosas para caminar por ellas en las noches. Iba a escribir de nuevo sobre ese tema que ya he tratado varias veces, pero me dije a mi mismo, como le dicen al detective encarnado con Nicholson en una de las secuencias finales de la película. "Déjalo, eso es Chinatown."

viernes, 4 de octubre de 2013

Nunca segundas partes fueron buenas (ni que decir de las terceras) crónicas parisinas tercera parte

Esto viene de un post anterior, de hace más de un año, pero me lo encontré hoy a medio escribir mientras buscaba otro archivo y pensé  por qué no lo publiqué en su momento. Esta es la tercera parte del cuento de las vacaciones en París de comienzos del 2012...

5. Venezuela en París

Pocas cosas me impresionaron tanto en mi visita a París de 1991 como el descubrimiento, nada más salir de las estrechas escaleras de caracol colocadas a un lado de la entrada del edificio, de la segunda planta de la Santa Capilla.

Mi amigo José Enrique Pérez, entonces ya fánatico confeso del gótico, me la había mencionado, pero sin mucho estruendo, con una frase que rezaba, más o menos -estoy citando de memoria y con un margen de error de más de 20 años - "cuando vayas a ver Notre Dame no dejes de ir a ver, enfrente, a esta pequeña joya del gótico". Y así fui a verla, recuerdo, solo, al final de una mañana soleada de martes de semana santa de 1991. Casi no había nadie. Todavía conservo el folleto que me entregaron. A su lado Nuestra Señora de París me pareció una vieja casona oscura. Lo que diré puede sonar como una herejía, pero es cierto: la Catedral me gustó, de Santa Capilla me enamoré, para siempre.

Teniendo muy presente mi impresión inicial, al volver a París 20 años despues acompañado de la familia, arrastré a Patricia, Lucía, Diego y Teresa en la mañana del día siguiente a nuestro aterrizaje en Francia, en un día gris, lluvioso y frío, hasta las puertas del Palacio de Justicia, en cuyo interior está la Santa Capilla.

Si algo ha cambiado en París en estas últimas dos décadas es que ahora hay que hacer cola para entrar a cualquier parte, y eso que se supone que estábamos en "temporada baja". Nos situamos al final de la fila, que se confundía con otra que hacían los que querían entrar a la Orangerie, y allí nos quedamos, avanzando lentamente, mientras el viento nos aguaba la nariz a los presentes y yo les recordaba a los míos que tuviesen fe, que valía la pena la espera, que verían algo que pagaría con creces el frío, el viento y el tiempo de espera en cola (mientras ellos, seguramente, se preguntaban qué hacíamos parados en una larga fila en una mañana así, con tantas cosas por ver en París, como quien hace la cola para ganarse un catarro).

Mientras nos fuimos acercando a nuestro destino, ya próximos a los controles de seguridad (detectores de metales, perros y policías, casi como en un aeropuerto) comencé a escuchar un sonido familiar. Era el vals Natalia, de Antonio Lauro, tocado por un par de viejitos, guitarra en mano, uno parado, otro sentado a su lado, bastante parecidos ambos al Capitan Haddock, incluso, probablemente, por su afición al whiskey escoces.

No pude evitar meterme la mano en el bolsillo y, sin que me temblara el pulso, hacer sobre un trapo de terciopelo negro que estaba encima de la acera, a los pies de los músicos, un modesto aporte finaciado por CADIVI. Estaba invirtiendo en la promoción de Venezuela, no se si con efectividad alguna, pero seguramente con más sensibilidad que el Ministerio de Turismo patrio.

Si el par de músicos de acera gastaron mi donativo en whiskey proveniente de las tierras altas de las islas británicas poco importa, tambien nos queda pensar  que CADIVI suele tener una partida con ese fin y que ese, el escoces, es tambien, casi, un patrimonio cultural de una Venezuela que cada vez se parece menos a si misma.

Ah, Santa Capilla volvió a producir el efecto deslumbrador de la primera vez, nada más sacar la cabeza de la escalera de caracol y mirar las vidrieras de la segunda planta.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Déjame que te cuente: primeras crónicas limeñas

Jasmines en el pelo y rosas en la cara

He vuelto a Lima luego de varios años y sigue maravillándome, como tiempo atrás, el color de sus jardines, especialmente en una ciudad en la que buena parte del año el cielo es una masa de color gris impenetrable por los rayos del sol.

"Ciudad de cielos color panza de burro", así me la ha descrito un limeño en estos días y he encontrado la misma frase en internet en un par de páginas.

Hace ya una semana que anunciaron formalmente la primavera, pero el cielo, desde entonces, no ha cambiado de color y, por el contrario, se ha hecho más denso en estos últimos días.

No sé si será un tópico, pero en Lima el cielo es gris, y bajo, próximo al suelo, pero las flores tienen unos colores que ni en el trópico. Por llevar la contraria, será. Por mezclar cosas, por juntar extremos será, tambien, que Lima si algo tiene es que es una ciudad ecléctica.

La mejor comida de América Latina

Así, como el título, describía la comida en el Perú antes de este viaje, teniendo en mente los almuerzos y las cenas de años atrás en Arequipa, una ciudad en mi caso de muy grata recordación. Aquí en Lima algunos (compañeros de trabajo, taxistas, porteros del edificio, dependientas en tiendas, meseros en restaurantes, funcionarios ministeriales que me interrogan al saber que no soy peruano, sino un venezolano recién llegado) me han corregido con autoridad "no, de América Latina no. De América, a secas". Otros van más allá, "la mejor del mundo", comentan con orgullo patrio, con caras iluminadas por el ceviche, el rocoto relleno, el tacutacu, las humitas, los tamales y el lomo saltado. Y la verdad no tengo argumentos para quitarles razón, para contrariar el orgullo peruano por su gastronomía.

He comido maravillosamente bien en Francia y en Italia, por ejemplo. Tambien se me viene a la mente una comida -un almuerzo para ser más precisos- en La Coruña hace unos años. tambien he comido muy bien en Estados Unidos, contrariando el cliche, eso sí, a precios nada populares; pero no me atrevería a negar la definición que me han dado de la comida peruana, que está viviendo años de esplendor en Perú, y en el mundo.

De momento, en este viaje que ya no es viaje sino residencia, he ido a Mistura, la feria gastronómica anual de Lima, y me he maravillado con todas las variedades de papas y otros productos que me eran totalmente extraños. Allí, entre colas y tumultos, he comido ceviches y makis, postres y helados, frutas y chocolates. Y, como no, he tomado pisco. Interesante evento desde el punto de vista antropológico, atractivo abrebocas de la diversidad peruana, pero he comido mejor comida en las calles de Lima, para ser justos.

Chancho al palo. Mistura 2013. Magdalena del mar, Lima.

En estos días en Lima he vuelto a restaurantes a los que tenía años sin ir y he descubierto otros que son verdaderas joyas. El más destacado, Maido, aqui a pocas calles de la oficina. El 11vo. mejor restaurante de América Latina de acuerdo al más reciente ranking votado por chefs y periodistas y ampliamente difundido en los periódicos de todo el mundo a comienzos de este mes de septiembre es un local pequeño, con muy pocas mesas, perdido en una calle angosta de Miraflores, a solo una cuadra de otro de los finalistas del ranking latinoamericano, el Rafael, que no conozco  aún y que me han mencionado como el mejor restaurante de Lima. Solo una cosa tengo que decir del Maido, restaurante Nikkei, esa combinación de la cocina peruana con la japonesa y en este caso tambien con algo de influencia china, al menos de las chifas de Lima: he comido sushi en locales de medio pelo y en restaurantes de auténtico lujo, he probado comida japonesa en Nueva York, en Londres y en unos cuantos otros paises, incluyendo el propio Perú, pero sin duda, la que me comí en el Maido ha sido de las mejores. Y lo peor es que cuando comento esto, de inmediato me dicen que digo eso porque aún no conozco otros sitios, y de inmediato comienzas a recitarme direcciones limeñas.

En estos últimos dos meses tambien he comido muy bien en La Pescadería, un local amplio y de horario irregular en el vecino distrito de Barranco, en El Pez Amigo, en los límites entre Miraflores y Barranco; y en Pescados Capitales, a donde volvi luego de años para encontrar la misma sazón que me encantó años atrás, en la avenida Mariscal La Mar, en los límites entre Miraflores y Magdalena del Mar. Igualmente puedo mencionar Alfresco, otro restaurante ubicado a pocas cuadras de mi oficina. Y el Fiesta Chiclayana, tambien incluido en la muy reciente lista de los mejores 50s lugares para comer al sur del Río Grande.

Limeños al volante

La impresión que todo el que llega a Lima se hace de inmediato respecto de sus habitantes puede incluir muchos matices, pero un elemento común suele ser la amabilidad de la gente, la educación en el trato, la cordialidad con el que llega. Por ello resulta especialmente incomprensible la rudeza de su manejo de los vehículos, el trato que se dan entre si los conductores, la agresivadad con la que se conducen en el tránsito de la ciudad. 

Digámoslo sin muchas vueltas: en Lima se maneja a la brava, como salvajes, conductores de trato calmado al tener los pies sobre la tierra se convierten nada más sentarse tras el volante en competidores feroces, que se lanzan el carro unos a otros, que se abalanzan sobre las esquinas sin miramientos sobre peatones y otros vehículos. No en balde son muy frecuentes los accidentes de tránsito en las calles de Lima, es raro el noticiero que no destaque el volcamiento de un bus, el choque entre dos vehículos en una intersección o el atropellamiento de un peatón. Y ello sin distingo de ocupación, nivel educativo, rango de ingresos y clase social del conductor. Sea un taxi, un microbús (una combi, dirían aqui), un pequeño auto familiar, una gran camioneta 4 x 4 o un elegante vehículo europeo de lujo, el comportamiento agresivo en el tránsito es un factor amalgamador de las clases sociales de Lima, un elemento unificador de la Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, San Isidro y Miraflores.

Hay días en los que, inevitablemente, me pongo a imaginar al equipo de Disney que desarrolló aquella vieja película de Goofy/Tribilín de varias décadas atrás, aquella en la que un cordial ciudadano se convierte en un auténtico demonio nada mas subirse a su carro, y no puedo evitar pensar que han debido inspirarse en la forma de conducir de los limeños.

  

miércoles, 31 de julio de 2013

Irse

No recuerdo especialmente el día del aniversario de Caracas como una fecha patria relevante.
 
Era muy pequeño, pocos días más de tres meses de edad, cuando se celebró el cuatricentenario de la ciudad y los cuentos que escucho de esos tiempos suelen referirse al terremoto que sacudió a Caracas en aquellos días y no a las fiestas, inauguraciones de obras públicas, publicaciones y otros eventos que se programaron para cuando la sultana del Avila, exsucursal del cielo, cumpliese cuatro siglos de la fecha, el día del apostol Santiago, en la que, presuntamente, Diego de Losada la fundase en nombre de dios y la corona española, bajo la denominación de Santiago de León de Caracas.
 
Esa fecha, 25 de julio, solo tuvo alguna significación especial cuando correspondió al acto de graduación de la secundaria. Estudie la primaria y el bachillerato en el Colegio Santiago de León de Caracas y luego de pasarme más de una década por esos edificios de la urbanización La Floresta, nos despedimos rumbo a la universidad, como ocurre cada año desde hace décadas, en el día de la fundación de la ciudad que da nombre al colegio.
 
Casualmente, en estos días finales de julio, anticipándose a que el próximo año se cumplen 3 décadas de la promoción de la que formamos parte, se ha organizado -facebook mediante- un grupo para promover algún evento, un encuentro, una fiesta, de los que aquella tarde-noche de julio de 1984 salimos, diploma en mano, por la calle San Carlos de la Floresta.
 
Durante años nos repitieron, muchas veces, que formábamos parte de una élite, de los continuadores de una estirpe de profesionales, artistas, empresarios, y dirigentes políticos y sociales exalumnos del Santigo de León, que integrábamos un club selecto, jóvenes privilegiados,  escogidos para gerenciar las próximas décadas de Venezuela, para dirigir la construcción de un país mejor, más productivo, más próspero, más justo. Se nos repetía con frecuencia que recibíamos la educación de mayor calidad que se impartía en Venezuela, que nuestros profesores eran muy destacados docentes, como cabría esperarse de una institución forjadora "de la virtud y el saber", como lo dicen las primeras estrofas de su himno.
 
Visto lo visto, muchos de los supuestos de nuestra formación en "el Santiago" no se han cumplido. Hay por ahí algún ministro, algún dirigente político, hay deportistas destacados, hay compañeros exitosos, escritores, profesionales, docentes, empresarios. Lo que no estuvo fue el país.
 
En medio de la organización del evento aniversario del próximo año, tratando se hacer un inventario de dónde están los compañeros de aquella tarde-noche de 1984 es fácil darse cuenta que más de la mitad no vive en Venezuela. Las razones no hay que explicarlas. Cualquier periódico de estos lares escogido al azar explica claramente por qué esa élite, esos privilegiados, viven ahora a miles de kilómetros de Caracas.
 
Quienes emigran tambien son un élite. Se necesita determinación para dejar una cierta zona de confort, el lugar conocido, de la relaciones hechas, y apostar por enfrentarse a un entorno diferente, a veces hostil, con tal de perseguir una idea, una aspiración de bienestar o un sueño de realización personal. Quizas la educación en el Santiago estába preparándonos, sin saberlo, sin quererlo, para ese reto, el de la emigración, que ha afrontado esta generación de venezolanos, a diferencia de las generaciones que nos precedieron.
 
Este año el día de Santiago tambien tuvo un significado especial. Ese día, 25 de julio, sentado en una oficina de Lima, firmé los papeles aceptando un trabajo en otro país, un trabajo permanente, no esas visitas de una semana o dos que me han tenido dando vueltas por América Latina desde mediados de la década pasada. 
 
Aún cuando uno puede tropezarse a diario con una esquina o un edificio conocido, con los sabores familiares, con los sonidos y la luz de este sitio en el que crecimos, a pesar de que cada día al levantarme de mi cama veo al Avila por la ventana, hace tiempo que uno se siente extranjero en estos lares, que ha dejado de reconocer como suyo el tono de voz y otros sonidos, que le cuesta cada vez más verse reflejado en el otro, en el que te mira en la calle. No tengo edad para vivir añorando una ciudad que ya no existe, y vivir en las mismas coordenadas geográficas donde una vez estuvo esa ciudad no ayuda a idealizarla, a pensar que sigue allí, sino a sentirse extraño, ajeno, disperso.
 
¿Qué estaban pensando este 25 de julio quienes salieron del Santiago diploma en mano? ¿Les habran dicho, como a nosotros, que serían los responsables de la patria nueva, próspera, justa, moderna?¿Se lo habrán creido o tienen, como la mayoría de los compañeros de mi hija Lucía, que este año terminó su bachillerato, la mirada fija en otros lares? El país como plataforma de lanzamiento y nunca como destino.
 
Yo, por mi parte, firmé esos papeles en Lima ese día y no me sentí extraño, no percibí ningún sobresalto. No caminé ese día por la Calle Alcanfores de Miraflores pensando en el Avila, el Cine Prensa, el Radio City, el Centro Plaza, el Crema Paraiso o la Cinemateca Nacional. No.
 
Debe ser porque en lo más profundo ya me había ido hace ya mucho, mucho tiempo.
 
  

martes, 9 de julio de 2013

New China


Los chinos llegaron en tromba, adueñándose en pocos meses de la ferretería Creole, la quincalla Compostela, el abasto Táchira y la venta de carne a la parrilla La Llanera, la cual, para ser justos, tenía tiempo convertida en un botiquín de medio pelo, una venta de cervezas tibias y anises nacionales entre penumbras y bombillos de luz amarillenta. Quizás por ello, porque había poco que rescatar, porque no había nada limpio o con olor a nuevo, porque no había clientela que conservar, La Llanera sufrió las mayores transformaciones entre el grupo de locales reformados aquella temporada.
Durante semanas entraron al local obreros con sacos de cemento, porcelanatos rosados y blancos, muebles de madera forrados en fórmica blanca, sillas de metal pintado con el cojín de semicuero acolchonado, paneles de vidrio de un tono ligeramente verdoso y un sofá gris, grande y de formas redondeadas. Luego de dos paralizaciones de obra por parte de la Alcaldía, por no tener los permisos necesarios para una remodelación profunda, y luego de una fiesta de pre inauguración en la que no participaron los vecinos sino solo chinos, algunos llegados en camionetas último modelo, otros llegados en motos y otras formas de movilización más discreta, finalmente abrieron al público, anunciándolo con un cartel en una de las ventanas que daban a la calle.
Cuando abrieron bajo la denominación Restauran Ling Nam, New China Food, no fui de los que corrieron a cambiar el arroz frito de La Buhardilla o El Palmar por los sabores de la nueva cocina que se ofrecía como sechuán y cantonesa moderna. Me mantuve fiel a los viejos chinos de mi barrio hasta que pudo más la presión familiar, que alegaba como justificación para el cambio las críticas positivas de los vecinos y el argumento de aprovechar al nuevo restauran, antes de que “se echara a perder”, como había pasado con varios de los negocios de la zona. Nada dura, hay que aprovechar mientras esté nuevo, esa era la consigna.
La decoración fue lo primero que me llamó la atención. En la primera visita constaté la ausencia de dragones, figuras doradas y rojas y otros añadidos típicos de los restaurantes chinos, al menos de los otros chinos que estaban cerca de mi casa. La parte visible del negocio era un salón enteramente pintado de blanco, decorado con una televisión de plasma en una esquina, una gran pecera junto a la entrada y tres paneles grandes de acrílico con fotografías retro iluminadas: una mostraba el cañón de las siete gargantas; otra el centro financiero de Shanghái; la tercera, la más próxima a las ventanas por donde entraba la luz desde la calle, era una imagen del puente de Brooklyn, antecediendo al perfil de los edificios del sur de Manhattan, incluyendo, en contraste con el cielo, las dos torres gemelas del World Trade Center.
Me senté a esperar mi pedido en el sofá dispuesto para tal fin, cerca de la puerta del negocio, y desde allí, mientras esperaba la salida de la comida, pude ver con detalle la imagen, al fondo del salón, entre los peces que daban vueltas en la caja de vidrio que los contenía. El negocio había comenzado con buen pie, y mientras salían los pedidos que precedían al mío, vi dar vueltas en el agua, como quien mira desde la costa de Brooklyn, a peces rosados, naranjas, rojos, uno largo, plateado y mal encarado, y unos negros con manchas, que parecían succionar algo del fondo de la pecera.
Luego de esa primera visita no volví a visitar La Buhardilla ni El Palmar. La comida estaba bien, mientras la esperaba me habían regalado un vaso con cocacola y dos trozos de hielo, que succioné imitando al pez que revolvía las piedras del fondo de la pecera, y al llegar a la casa descubrí que habían incluido como cortesía unos entremeses hechos de un material blanco y salado, algo parecido a una espuma frita. Tenía razones suficientes para volver.
La segunda vez me dieron a probar, mientras esperaba un servicio de pollo agridulce, lumpias y arroz frito para  llevar, un vaso de limonada preparada de un concentrado a la vez dulce y amargo, algo muy chino, dada la combinación de sabores, salvo que sabía exactamente igual que la limonada artificial que servían en el Crema Paraíso, a solo tres calles del Ling Nam. Me acomodé en el sofá, que ya comenzaba a presentar algunas manchas en la tapicería, y saboree la limonada hasta que solo quedó un trozo pequeño de hielo en el fondo del vaso, dejando pasar los minutos sin poner mucha atención a los números que mencionaba en voz alta uno de los mesoneros, cada vez que salía de la cocina una bolsa de plástico con varios envases en su interior.
Ya era un cliente. Incluso seguí siendo un cliente cuando a las pocas semanas dejaron de ofrecer bebidas gratis mientras se esperaban los pedidos para llevar y desaparecieron de las bolsas de comida los entremeses blancos y salados, sin que ni siquiera llegáramos a enterarnos de cómo se llamaban las espumas fritas.
Pronto, al salir de la oficina, a la hora en que el Ávila dejaba de verse desde la orilla del río y las luces de los carros alumbraban las aceras cuarteadas y polvorientas, solía pasar por el Ling Nam y pedir una cerveza, un refresco o una limonada, que saboreaba mientras veía de reojo, sentado en el sofá, que empezaba a deformarse por el peso de los clientes, las imágenes iluminadas al fondo del salón, los peces de colores que se mezclaban con los edificios y los puentes.
Las visitas se hicieron cada vez más frecuentes, al punto que los chinos de la barra, aún en su limitado español, comenzaron a saludarme por mi nombre y a invitarme, como en las primeras semanas del restauran, medio vaso de limonada con hielo los días que pedía comida para llevar o, en su defecto, un platito con maní salado los días en que llegaba sin ganas de comer y pedía directamente una cerveza helada o una cocacola, las cuales me tomaba, siempre, sentado en el sofá de la entrada, al otro lado de la pecera que enmarcaba la imagen del fondo.
Comencé a ir casi a diario, y luego, sin proponérmelo, sin pensarlo mucho, varias veces al día: camino a la oficina en la mañana, a la hora en que los chinos aún estaban picando zanahorias y cebollas junto a un envase plástico en un espacio al aire libre, a un costado de la puerta que comunica la cocina con la calle; al mediodía, antes de ir a comer a la casa, a la hora en la que el restauran solía estar lleno y con frecuencia debía esperar unos minutos para encontrar sitio en el sofá; en las noches, a la salida del trabajo, que era la hora en la que los chinos parecían más relajados y amigables, a la hora en la que a veces me regalaban el medio vaso de limonada amarga o un platito de maní que acompañaba la cerveza.
Si las cuentas en la oficina no habían cuadrado ese día, si la oferta necesaria para cubrir la cuota de ventas del mes aún no había sido aprobada, si había algún compañero que parecía querer mi puesto, si algún cliente había reclamado ese día una demora en la entrega de sus productos, nada de eso importaba cuando llegaba el momento de dejarse caer en el sofá, cerrar los ojos por un momento mientras el sabor amargo y dulce de la limonada se impregnaba por toda la boca, antes de abrir de nuevo los ojos para centrar la mirada en los peces de colores, en el puente, en los edificios de Manhattan.
Luego, pasadas varias semanas, comencé a extender el tiempo que estaba adentro del salón, quedándome largo rato sentado en el centro del sofá, a veces una hora en la mañana, a veces una hora al salir de la oficina, a veces a mitad de la tarde cuando simulaba en la oficina ir al banco, a veces ya con el vaso vacío entre las manos, viendo a través de la pecera la imagen de las torres brillando en el cielo de Manhattan, imaginándome que nunca habían caído, que nunca los aviones se estrellaron contra ellas, que mucho antes de que las nubes de polvo cubrieran todo, aún estabas tú allí, conmigo, en la plaza, a los pies del World Trade Center.


 
 
 

miércoles, 12 de junio de 2013

Master Frank

Robert Frank ha sido una referencia importantísima para muchos fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Es uno de esos personajes singulares de la historía que, a través de su obra, pueden marcar un antes y un después, pueden decir que las cosas no serían iguales sin ellos, porque con su visión particular cambiaron la forma de ver de otros.

Artista singular, vinculado a muchos otros artistas singulares, Frank nació en Suiza y se desplazó a los Estados Unidos en la postguerra. Protegido de esa otra leyenda, Walker Evans, Frank construyó ese hito de la fotografía de autor, Los Americanos, a finales de los años 50s, una suerte de libro maldito que fue rechazado por muchos editores de los Estados Unidos hasta que finalmente vió la luz en Europa con un prólogo de Keruak. Y entonces nada fue igual. Y desde entonces es una piedra de referencia para quien ame la fotografía.

En los 60s desplazó su atención a otros medios audiovisuales, produciendo varias películas, incluido su famoso documental sobre los Rolling Stones de comienzos de los 70s, el que se dice es la mejor película hecha en relación a las piedras rodantes.

Frank vive semiretirado desde hace años, evitando las luces que aún siguen a esta leyenda de la fotografía. En Europa se están publicando sus archivos, incluyendo viejos libros publicados hace décadas o maquetas nunca publicadas. Hace dos años en París compre su libro sobre el Perú, hecho en los años 40s, y hace unas semanas compré en Nueva York su más reciente libro, editado en 2013.

Para celebrar al maestro, aqui una pequeña selección de su trabajo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 4 de junio de 2013

Mark Rayden

Taschen ha publicado recientemente una edición pupular - con igual contenido y mucho más barata que la edición previa del 1500 ejemplares firmados- de la retrospectiva del artista norteamericano Mark Rayden, dibujante, pintor y escultor de culto en Estados Unidos y el lejano oriente. Si alguno tiene el chance de ponerle la mano a uno de estos libros, agradecerá el paseo por sus páginas que mezclan la ironía y el tono perturbador del trabajo de este gran dibujante.
 
Aqui compartimos alguno de los trabajos de Ryden, incluyendo el que probablemente sea su obra más conocida, aunque los millones de personas que han tenido en sus manos el disco del Michael Jackson muy probablemente no sepan quien es el autor de la carátula.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

lunes, 25 de febrero de 2013

explicando la inflación, o la economía sentimental

Mientras venimos en el carro desde el colegio hacia la casa, en plena hora del almuerzo, en la hora de las colas y del calor de la exsucursal del cielo, en el programa de la radio un economista habla de la inflación y de las diferencias entre las cifras oficiales y la percepción de los ciudadanos de a pié. La devaluación de la moneda, un mal endémico que vuelve a repetirse por enésima vez en las últimas tres décadas es un tema de portada en todos los periódicos del país. Diego -mi hijo de 8 años- me pregunta algo sobre el tema que comentan en el programa, pero casi de inmediato pide que le baje el volumen al radio y que mejor nos dediquemos a algún otro asunto más interesante, como las navidades o la posibilidad de ir algún día a conocer el parque de Disney en Orlando.
 
Pero yo, en medio de las colas de los padres que buscan a sus hijos en los colegios de Las Mercedes - a medio camino entre la escuela de mis 3 hijos y nuestra casa- me quedo pensando en cómo explicarle lo de la inflación a un niño de 8 años y que se entienda el enorme cambio que hemos vivido quienes hemos estado en estos lares las últimas décadas.
 
Lo primero que hay que explicar es que los precios de antes no eran iguales a los de ahora, que nuestra moneda ha extraviado 3 ceros en un intento vano de restarle dramatismo a la pérdida de poder de compra de esos papelitos en los cuales los héroes patrios y algunas especies animales características del país son manoseados sin descanso, a la par que devaluados. Y aclarado lo anterior, traté de explicarme haciendo un repaso de los precios asociados a los hechos trascendentes de la vida de uno.
 
Mis padres compraron su primer apartamento, en el edificio Issa, de Santa Bárbara a Canonigos, en el centro de Caracas, en los mediados años 60s, por la suma de unos 80.000 bolívares, es decir, 80 bolívares de los de ahora, más o menos lo que le daba a Lucía, la mayor de mis hijas, para ir a ver una película al cine hace unos seis meses atrás, porque ahora con menos de 100 no se conforma, ni porque alguno de sus amigos le invite la entrada.
 
Cuando yo era pequeño, mi papá compró un terreno de 11.000 metros cuadrados en la isla de Margarita pensando en algún día construir una casa que nunca hizo, por 3500 bolívares de entonces, es decir, 3,5 bolívares de los de ahora (iba a usar la denominación oficial, Bolívar Fuerte, pero en un ataque de pena con risa me he detenido a tiempo de hacer en ridículo) lo que yo acabo de pagar por una hora de estacionamiento.
 
A mediados de los 70s, en la misma época en que compró el terreno de Margarita, Papá bajó desde Caracas al mercado de La Guaira en su Chevrolet Caprice 1970 color vinotinto a buscar unos pescados y, luego de encontrarse con un familiar que tenía un carro nuevo y acompañarlo al concesionario Veneauto, que funcionó durante muchos años en la Avenida Soublette, frente al mar, regresó a la casa con el pescado y un flamante Chevrolet Caprice Classic color blanco con techo de vinil negro modelo 1974 que costó la pequeña fortuna de 40.000 bolívares, es decir, menos de la mitad de los que costó anoche una pequeña caja de pastas secas en la panadería que Teresa, mi menor hija, debía llevar hoy a una fiesta de navidad en su colegio.

Un año antes del evento del cambio de carro, mis padres habían decidido mudarse del apartamento en el edificio Issa a una quinta en Los Chorros, por la que pagaron entonces 165.000 bolívares, es decir, lo que me costó hoy un helado familiar y unas galletas que compré para la misma fiesta colegial en cuestión, pero ahora como aporte de Diego, mi otro hijo.
 
Cuando terminé el bachillerato, a mediados de los años 80s, las mensualidades del Colegio Santiago de León de Caracas alcanzaban, más o menos, los 700 bolívares, es decir, 0,70 bolívares actuales, un monto insignificante al punto de caer dentro del carro sin justificar mucho esfuerzo en su búsqueda. Cuando entré a la universidad algunos de mis compañeros de clases me señalaban porque recibía de mis padres una mesada muy generosa para pagar el transporte y los almuerzos, unos 25 bolívares diarios, cifra para la cual hoy no hay moneda tan pequeña en nuestro cono monetario.
 
Todavía en los años 80s el cine comercial costaba 10 bolívares por función y en la Cinemateca Nacional pagábamos 4 bolívares los estudiantes, cifras para las cuales tampoco hay hoy moneda de tan baja denominación para pagar con exactitud. Con el premio de la Bienal Pocaterra completé el dinero para comprar mi primer carro en 1988, un VW escarabajo que me costó 20.000 bolívares, lo que vale hoy una empanada y un jugo en la cantina del colegio de mis hijos.
 
Cuando terminé la carrera, hace poco más de 20 años, cobraba a la Universidad Simón Bolívar como investigador la cantidad de 11000 bolívares por mes, es decir, menos de lo que cuesta hoy un cachito de jamón en la panadería de por mi casa. Cuando me fui a España a hacer el postgrado me llevé la pequeña fortuna de 80.000 bolívares, que había ahorrado luego de tener hasta tres trabajos en simultáneo y  casi ningún gasto, como corresponde a un señorito recien graduado que vive en casa de sus padres. Aquellos bolívares, que entonces equivalían a 160.000 pesetas, no alcanzan hoy para comprar una entrada para el cine.
 
Compré mi primer auto nuevo en 1992, a mi regreso de España, un Fiat Uno motor 1.6 con el que salí flamante de una agencia que quedaba en la Avenida Principal de Las Mercedes. Ya la inflación y las devaluaciones comenzaban a hacer estragos, pero aún así aquellos 525000 bolívares de entonces no alcanzan hoy para comprar los dos cartuchos de la impresora de inyección de tinta de mi casa.
 
Patricia y yo nos casamos en 1994 y nos mudamos a un apartamento en La Carlota por el cual comenzamos pagando 45000 bolívares al mes, es decir, lo que hoy compra 20 fotocopias en la papelería que está junto a mi oficina. En 1997, hace solo 15 años, compramos nuestro anterior apartamento de Bello Monte por 25 millones de los de aquellos días, dinero que ahora solo alcanza para pagar el seguro de un año de los autos de la casa. En esos mismos años finales de los 90s compré un Renault Twingo que costó poco más de 5 millones de bolívares de entonces, y por el cual pagué una inicial de 3 millones, una cantidad que hoy no alcanza para pagar el mercado quincenal que hacemos en la casa, y el cual languidece a los 10 días ante las quejas de la falta de pan de sandwich o de jamón o queso.
 
Siempre he sido aficionado a las plumas fuente. Escribo con plumas fuente desde que estaba en primaria, porque tuve la oportunidad de usar las que mi papá no usaba y quedé enganchado con ese vicio. A comienzos de la década pasada compré una Montblanc Boheme con plumín de oro blanco y apliques de platino por 165.000 bolívares, dinero resultante de haber culminado un trabajo. Con ese dinero hoy en día puedo pagar una lavada del carro de la casa, eso sí, sin ser muy generoso en la propina a los muchachos encargados del secado del vehículo. Tambien podría pagarme un corte de cabello en una barbería de medio pelo en Sabana Grande, no en esas, más caras, que se ubican en los centros comerciales.

Estoy llegando a mi casa, dejando atrás las colas, y escucho a un diputado decir flamantemente y que sin se le arrugue una sola pestaña que no entiende por qué tanto ruido por una devaluación del 46%, si su abuela nunca vió un dolar y fue absolutamente feliz durante toda su vida. Me imagino que su padre, el hijo de la señora que nunca vió un dolar, no se tomó el trabajo de explicarse que es eso de los que hablan tanto en estos días nuestras radios.
 
 
 
 

viernes, 1 de febrero de 2013

Ciao Bella ( a propósito de las vacaciones de fin de año)

Italianos eran los dueños de la pastelería donde me comía los canoli de crema en mis primeros años -flequillo hasta cubrir las cejas, pantalón justo sobre la rodilla, botas de cuero encima del tobillo, dejando a la vista las medias blancas-, un local con vitrina a la calle bajo una marquesina curva, de pisos y paredes de marmol negro, granito y espejos con detalles de bronce, letrero de neón dentro del ventanal, que quedaba a mano derecha bajando por la avenida Norte 1 a medio camino desde donde hoy está la Biblioteca Nacional rumbo a la esquina de Las Ibarras, en las proximidades de la avenida Urdaneta de los primeros años 70s.

Italianos eran tambien los dueños de la mueblería -ubicada en la misma calle Norte 1, un poco más al sur, a la vuelta de la esquina de la sede de la logia masónica-, donde mis padres compraron mi cuna y la de mi hermano, italiana esta última, claro está.
 
En aquellos días en los que desde la ventana del apartamento se veía levantar la torre del Banco Central, por los pasillos del edificio Issa, la primera vivienda en propiedad de mis padres, entre las esquinas de Santa Barbara a Canonigos, podía escucharse -entre otras cosas- a Nicola di Bari, Domenico Modugno y luego mis primas escuchaban a Alejandro Cocciante. El constructor del edificio, un ingeniero de origen italiano llegado en la postguerra a la entonces próspera Venezuela, vivía en el penthouse del edificio bautizado con su apellido.
 
Italiano era el sastre de la esquina, la señora de la mercería, italiano el barbero de los primeros cortes de cabello, ubicado al lado de la pescadería, enfrente del edificio en donde vivíamos,  barbería en la que tambien me compraban carritos de metal como premio por haberme portado bien o en generosa contribución de mi tío memé.
 
Italianos eran los vecinos de enfrente cuando mis padres compraron la casa de Los Chorros, en 1973 y nos mudamos al este de Caracas. Daniele y no Daniel se llamaba el niño con el que jugaba en la casa -paredes grises, ventanas con geranios, jardín pequeño al frente- en la que probé, en un cumpleaños infantil, el proseco por primera vez.

Italiano era el señor Amadeo, que me recogía en mi casa de Los Chorros y me llevaba al colegio, primero en un microbus Mercedes con detalles de madera y plástico beige en su interior, y luego en un autobus Ford, más grande, hasta que entré en el bachillerato y pedi a mis padres me dejaran ir en las camioneticas por puesto.
 
Italianos eran los dueños de la panadería de la Avenida El Rosario de Los Chorros - un reducto de emigrantes europeos, españoles, italianos, portugueses, checos, húngaros, que se acomodaron en callecitas alrededor de la avenida por la que entonces apenas si pasaban carros- a la que iba cada tarde a buscar los panes de a locha por encargo de mi madre. En el sur de Italia fueron a morir en un terremoto, pocos meses despues de haber vendido la panadería y de despedirse con bombos y platillos del vecindario rumbo a su tierra natal, hace ya más de tres décadas. 

Entonces, algunos de mis amigos o los de mi hermano se llamaban Daniele, Luigi, Giovanni, Giuseppe, Maurizio, Freddy.
 
Italianas eran las botellas de vino Lambrusco que vendían en Margarita por dos bolívares de los de antes. Italianas eran la botellas de Chianti que vendían en la zona franca por cuatro bolívares de entonces. Italianos los chocolates de Ferrero que me comía derretidos por el calor neoespartano en mis vacaciones de agosto. Italiana la ropa que compraba en el minicentro, en la Avenida 4 de Mayo de Margarita y con la que solía ir a clases durante el año.

Italiano era Bruno, el mecánico bonachón que me arreglaba en su electroauto de la avenida principal de Los Ruices mi primer carro, a finales de los ochentas. Italiano, un Fiat UNO CSE, fue el primer carro que saqué de una agencia forrado en plásticos y con olor a nuevo, una vez graduado de la universidad y a la vuelta del postgrado en España.
 
Italiano era - y es - Victorio, Vito para los amigos, el barbero que me cortó el cabello durante largos años en la Avenida El Rosario, primero, luego en Montecristo y despues, de vuelta en la avenida el rosario. Vito fue el barbero que afeitó gratis a todos los vecinos que desfilaron por su negocio el día que Italia ganó el mundial de futbol de 1982. Italiano era el zapatero que trabaja en el local vecino del primer local de la barbería de Vito. Italianos eran tambien los barberos de la barbería Roma de Los Dos Caminos, a donde comencé a cortarme el cabello cuando me casé con Patricia y me mudé de la casa de mis padres.
 
Italiano era el traje con el que me casé. El mismo con el que se casó luego mi hermano. Italiana era la corbata que usé entonces y tambien los zapatos.Italiana era la correa de Ermenegildo Zegna que me compré durante la luna de miel y aún uso casi a diario.
 
Italianos eran los dueños del edificio a donde nos mudamos Patricia y yo al casarnos, en la avenida principal de La Carlota - un concentrado de italianos, españoles y portugueses y uno que otro francés al sur de la avenida Francisco de Miranda en el este de Caracas-. Italiana la señora Cleila, nuestra vecina de entonces, italianos casi todos los que vivían en el edificio. Italianos los del automercado París, a la vuelta de la esquina del edificio, que me vendían pecorino romano, parmesano reggiano, mortaleda con pistacho, pandoro y galletas de amaretto. Italianos los dueños de la pastelería Doris, entonces allí mismo, en la planta baja del edifico Guarimba, a la vuelta de la esquina del extremo norte de la Carlota- a donde mi madre me compraba las tortas de fresa con crema para mi cumpleaños. Italianos los dueños de la pastelería Las Nieves a donde le compraban las tortas San Honoré a mi hermano.Italiano el señor del camión de los helados Dolomiti que pasaba por la esquina de mi casa.
 
Italiano el Vecchio Mulino, el restaurant al cual solían llevarnos mis padres los fines de semana. El mismo restaurant de la Avenida Solano López al cual fuimos tantas veces Patricia y yo cuando nos mudamos a Bello Monte. Italianos eran el da Vito, la Sarten de Plata y el Da Guido. Italiano era el restaurant de la Casa de Italia, en La Candelaria. Italiano, al menos en parte, el restaurant da Pipo, al cual ibamos con José Enrique en los primeros años noventas. Italiano era el restaurant Rex, a donde ibamos a almorzar los sábados al mediodía Patricia y yo luego de revisar los negocios del centro de Caracas en busqueda de viejos juguetes de metal en los últimos años del siglo pasado.
 
Enrico, Carlo, Annella, se llaman algunos de los hermanos de Patricia, como herencia de la pasantía italiana de los Armas Ponce en los lejanos años 50s.
 
Italianas, Candy si mal no recuerdo, eran la cocina, el horno, la campana y el fregadero de la cocina que remodelamos en el primer apartamento que compramos Patricia y yo. Italiana es la pluma Montegrappa modelo Fortuna con la que estoy escribiendo estas líneas.
 

¿Como no sentirse uno en casa entonces, nada más bajarse del avión en el aeropuerto de Roma? ¿Cómo no pegar la nariz a las vitrinas de las pastelerías como las que hubo y ya casi no quedan en Caracas? ¿Cómo no pensar en un deja vu cuando la carta y la decoración del restaurante de nuestro hotel en Roma, ahí, a tiro de piedra de la Villa Borghese, se parecía tanto a dónde comiamos décadas atras en esa Caracas que ya no existe?





 
 
 
 
 

martes, 22 de enero de 2013

En la ciudad de la furia

El tipo golpeaba fuertemente con su mano el vidrio derecho del carro. Sus huellas deben seguir ahi, un día despues, entre la gruesa capa de polvo que recubre integramente al Volkswagen. Ese que manejo de vez en cuando, solo cuando debo ir, como ayer, a una zona de la ciudad diferente de donde duermo y trabajo, no es un auto lujoso, tampoco es un modelo de años recientes, además tiene varios golpes y raspones visibles que contribuyen a su imagen proletaria, que hace justicia a la tradución de la marca, el carro del pueblo. Una imagen promovida exprofeso, en una ciudad donde la conseja popular indica que es mejor "pasar agachado".  
 
El tipo golpeaba el vidrio con una mano mientras con la otra trataba de abrir una puerta que estaba cerrada, afortunadamente, con seguro. Entre un intento y otro me hacia señas, y vociferaba, mientras los conductores de los carros vecinos tocaban repetidamente la corneta, tratando de llamar la atención de alguien inexistente - la autoridad- o provocar la huida del motorizado ante la sensación de inferioridad numérica.
 
Quería el anillo, la alianza de matrimonio que uso desde hace poco más de 18 años.
 
Traté de explicarle al parrillero de la moto, el tipo que golpeba mi carro, que el anillo no sale de mi dedo, ni siquiera usando jabones o cremas, pero el tipo no tenía ganas de entender, no se si alguna vez habrá entendido algo o, tal vez, por lo contrario, estaba ahí golpeando las ventanas o soltando una patada hacia la puerta justamente porque ha entendido el mundo en que vivimos, la ciudad en la que estamos.
 
No es fácil hacer entender por señas, gestos y voces que se entremezclan con el corneteo de varios carros, a la espera del cambio de semáforo o la aparición de un policía de esos que poco se ven en Caracas o que cuando se ven infunden más temor que los propios delincuentes, que quien fue a buscar ese anillo (junto a una pareja de idéntico tamaño pero con distinta inscripción) a donde un joyero muy entrado en años, que trabajaba dos décadas atrás desde su propia casa, de Pinto a Miseria, a la vuelta de la esquina de la avenida Fuerzas Armadas, pesaba entonces unos 20 kilos menos y, en consecuencia, tenía los dedos bastante más flacos que ahora.
 
Patricia perdió el suyo en circunstancias afines, hace ya 16 años. Un tipo la amenazó con un palo, a plena luz del día, a las puertas de la estación del metro de Los Dos Caminos. Tenía, creo, siete meses de embarazo de Lucía, quien ya está este año graduándose del bachillerato.

El tipo se cansó de golpear el vidrio o de intentar abrir la puerta, soltó un golpe final o una patada, no se bien, que retumbó dentro del carro y apagó el grito que lanzó al aire y se fue gesticulando dentro de una nube de humo. Se fue a buscar otra víctima con menos historias, un trámite más sencillo.

La señora del carro de al lado me preguntó entonces, entre señas y gestos, si los tipos querían el teléfono. Le respondí que no, que solo querían el anillo. "Que raro, siempre quieren el celular", me dijo la señora, 60 años, tal vez, poco maquillaje, cabello castaño arreglado, antes de comentarme, ya en una conversación de ventana a ventana, con los vidrios abajo, con la adrenalina reubicándose por todo el cuerpo "¿será que estaba pensando casarse?