viernes, 10 de abril de 2015

El río de la perlas se está secando

Entre una cosa y la otra me entero a través de internet que Pearl River está en proceso de cierre, que no puede pagar el alquiler y el dueño del edificio que ocupa en una acera oeste de Broadway está pidiéndoles que se vayan. 

Pensar que las cosas que a uno le gustan no prosperan, no pueden sobrevivir, están condenadas a su desaparición, a ser sustituidas por lo anodino, lo prescindible, lo repetitivo (asumo que llegará en su sustitución un Walmart, una franquicia de ropa o de zapatos, cualquier cosa prescindible por repetitiva) es una metáfora de los miedos que a uno le asaltan cuando, metido en el tráfico, esperando el comienzo de una reunión o simplemente haciendo un alto en el ajetreo diario, entre un correo y el otro, uno se pregunta cuál es nuestro lugar en el mundo, cuántos ven las cosas desde el mismo ángulo. Peor aún cuando uno piensa que esas cosas, esos lugares, son populares, son lugares que nos sirven de encuentro con muchas otras personas. Y resulta que no, que no pueden ni siquiera pagar el alquiler.

Pearl River es una metáfora. Una metáfora de la soledad.

¿Se verá uno, también, como Pearl River, como J&R, como Pearl Paint, como Inaka, como Shackman & Co., condenado a desaparecer?

Es ley de vida, de eso están llenos los libros y los bares. La nostalgia siempre ha tenido suficiente alimento en la degradación personal y en la modificación del hábitat. Pero no deja de golpear en la boca del estómago la desaparición de las referencias.



Uno lee estas noticias sin poder evitar la sensación de pérdida. Es una despedida.

Descubrimos Pearl River Mart cuando quedaba en otro lugar de la misma ciudad, a dos cuadras de donde está ahora y en la acera de enfrente. En los mediados noventas del siglo pasado Patricia y yo solíamos ir a Nueva York con poco dinero en los bolsillos y muchas ganas de caminar por las calles llenas de gente. Y Pearl River Mart era entonces un negocio insólito, a medio camino entre un depósito, una quincalla, y una tienda de descuento con la mercancía descartada de otros sitios. En 10 metros podías pasar de zapatos chinos de tela y plástico a jabones de tocador de envoltorios de dudosa calidad, a muñecos de plástico, a tazas de cerámica japonesa de una belleza suprema. Y así era toda la planta del negocio, ubicado encima de un mercado de minitiendas y vendedores ambulantes, en una esquina de Canal Street. Diversos espacios conectados por pasillos, sumatoria de locales de formas diversas, entrada desde la calle a través de pasillos y escaleras a prueba de normas de bomberos. Lámparas de papel de arroz, juguetes de lata, caramelos chinos White Rabbit Brand, libretas, carteras de tela, budas de piedra, incienso, todo mezclado en un intenso desorden y con un gran sentido de la acumulación...así era Pearl River 20 años atrás.

La planta baja, a la izquierda las porcelanas japonesas

Con los años la situación económica de Pearl River mejoró y la nuestra también. Todo un gesto solidario, tal vez por eso el afecto. No sé exactamente hace cuántos años, pero probablemente hace una década, Pearl River se mudó poco más de una cuadra más arriba de la esquina en donde estaba anteriormente. Ahora ocupaba todo un edifico con frente a Broadway y se reorganizó con la apariencia de una tienda por departamentos. Tenía un Sótano con una farmacia china, ropa, juguetes, estatuas de buda y artículos de cocina, en la planta baja estaba en miniautomercado, las cerámicas chinas y japonesas y la sección de ropa y adornos; en el piso de arriba estaban los muebles. Se había civilizado el espacio, pero seguía manteniendo esa mezcla ecléctica de zapatos chinos con juguetes, de jabones con artefactos de cocina de dudosa calidad, de libretas con porcelanas japonesas, de latas de te verde con gomas de borrar en forma de sushi, solo que con más orden y más ambición que cuando estaba en Canal Street.

Durante cada año de casi 20 años viajamos a Nueva York para volver a encontrarnos con las mismas calles, la brisa fría y los marrones del otoño, los grises del invierno, el cielo azul y la luz, el rumor de la gente, el pan de maíz y el pavo, los adornos de navidad, el resurgir de la primavera, los anuncios del verano, la energía de la ciudad que nunca duerme. Y en cada viaje fueron desde Pearl River hasta Caracas vasijas de porcelana japonesa, carteritas de tela, libretas de papel, bolsos de plástico, latas de te verde, caramelos "de conejo", jaboncitos chinos de sándalo, juguetes de metal, postales. Cosas prescindibles todas, pero sin las cuales la vida tiene poca alegría.

El Sótano

Hace casi dos años que no he podido volver a Nueva York. La mudanza a Perú ha traído nuevos gastos y otras prioridades. No temo no volver, algún día será, algún día sobrará algo de dinero para volver, pero temo que cuando vuelva ya no encuentre lo que fui a buscar.

Pearl River es solo una quincalla, una gran quincalla. Su desaparición es irrelevante ante los problemas del mundo. Ese no es el punto. Todo o casi todo lo que allí se encuentra seguro se encontrará en alguna otra parte. Pero la ciudad y los viajes a ella ya no serán iguales, ese es el asunto.


lunes, 30 de marzo de 2015

Pez fuera del agua

En Lima nadie habla de béisbol, eso no existe en estos lados del mundo. 

Alguien me comentó tiempo atrás que había algún campo para practicarlo por allí, pero no me dijo en cuál distrito, nunca lo he visto, ni he visto una nota en prensa, ni un comentario en televisión donde se mencione, incluso como una curiosidad lejana, ese extraño deporte donde unos tipos equipados con palos de madera se enfrentan a otros, armados con guantes de cuero y pelotas blancas con costuras.


Aquí en Lima se habla y mucho de fútbol, fútbol local y fútbol de algunos otros países, sobretodo países en los que juega algún peruano. También se habla algo de voleibol, algo de automovilismo, poco la verdad, algo de boxeo y algo de surf, la tabla, como se le llama por acá al deporte de pasear sobre las olas. Pero de béisbol nada, ni siquiera como una cosa extraña, una curiosidad de tierras distantes. De béisbol en Perú no hablan ni los japoneses, una colonia importante aquí, y que, por ejemplo, en Brasil, son el núcleo duro de la práctica de este deporte en un país muy futbolero. Aquí no hay béisbol, cosa rara para mi, porque de donde vengo, el béisbol no es un deporte, es una religión. Allí, en ese país donde nací, e incluso, en esas ruinas que quedan hoy de lo que fue aquello, el béisbol es de las pocas cosas que es capaz de aglutinar a un país, de sentar juntos a unos y a otros.



En estas fechas en las que están por comenzar los juegos de una nueva temporada de las Grandes Ligas y uno no ve en la prensa local ni una pequeña seña de ese mundo paralelo, no puede uno evitar sentirse lejos, huérfano de un mundo que le acompaña desde la infancia.

En Venezuela si el béisbol es una religión, los equipos son sus iglesias, y los jugadores los santos de tanto fervor. Los niños, esos que crecen escuchando a los padres hablar del equipo preferido y admirando las gestas heroicas de sus ídolos, pronto toman partido, asumiéndose parciales de alguna divisa regional o de esas que tienen la particularidad de tener fanáticos en varias zonas del país, como los Leones o los Navegantes.



Yo crecí escuchando a mi papá hablar de los Leones del Caracas y, por tanto, desde que tengo memoria no he tenido otro equipo preferido, salvo en aquel año en que, en medio de un ambiente muy confuso para el niño que yo era (tendría 7-8 años creo yo), los Leones se convirtieron en Tibuleones y se fueron a jugar a los llanos de Venezuela, dejando a la capital sin equipo de pelota. Y cuando, siendo un niño de pantalones cortos, iba con mi padre al stadium de béisbol de la Ciudad Universitaria de Caracas, participaba del ritual de los sobrecitos de colores que vendían antes de comenzar el partido, suerte de apuesta por ver si el nombre dentro del sobre coincidía con el primer jugador en dar un hit, en cuyo caso podía uno reclamar un premio, premio que a mi nunca me tocó. Participar de la fiesta de esconderse para que no le mojara a uno la cerveza que solían lanzar al aire al momento de ocurrir un evento importante en el juego. Crecí viendo de lejos los pinchos de carne, solo porque mi padre dijo siempre que esas cosas, muchas veces de raros, colores rojos y naranjas, las hacían con carne de perro o de gato. Crecí tomando refrescos y perros calientes en el lado izquierdo de la vieja tribuna con asientos de madera, con baños con olor rancio, escuchando en la parte de arriba de la tribuna a los narradores que escuchaba desde casa a través de la radio, Carlos Tovar Bracho y Delio Amado León.

Yo escuché por la radio debutar a Willibaldo Quintana, que en alguno de los turnos de su primer juego soltó un doblete, que lamentablemente no ayudo a que mi equipo ganara el juego. Yo escuché por la radio dar jonrones a Antonio Armas y escuché por la radio a un importado de apellido Miller robarse muchas bases. 



El equipo de mi infancia es una mezcla de años y temporadas. Si reviso las estadísticas probablemente solo jugaron todos juntos un año o dos, o nunca, pero así es la memoria, uno mezcla los hechos con los afectos y arma un equipo con el foco en las cosas más cercanas, en los recuerdos más próximos. El Caracas de mi niñez tenía a el Gato Galarraga en la primera,a Jesús Marcano Trillo en la segunda base, tenía todavía a Cesar Tovar y a Vitico Davalillo en los jardines, tenía a Antonio Armas en el center field, tenía a Baudilio Díaz en la receptoría, tenía a Diego Seguí sobre la lomita y a un relevista gordo, de apellido Marcano, que tomaba cervezas con mi papá en Juan Griego.  Yo, que supe de las hazañas de Ubaldo Heredia, de Gonzalo Marquez, de Luis Peñalver, vii comenzar a jugar vi comenzar a jugar a Bob Abreu, yo recuerdo el No Hit No Run de Urbano Lugo. Yo vi comenzar a jugar a Omar Vizquel, tal vez el último jugador de los Leones con el que he sentido esa identificación que sentía de niño.



Yo tengo todavía en la casa de Caracas barajitas de cartón con los los nombres de Cesar Tovar y Antonio Armas, yo tuve en mi cuarto de la casa de Los Chorros afiches pintados por mi en láminas de papel bond en los cuales los leones siempre vencían a los otros equipos. 



En estos días de primavera del norte comenzarán los juegos de las Grandes Ligas y la total ausencia de noticias locales sobre ese mundo paralelo no hace otra cosa que recordarme que vengo de un mundo distinto, que todavía soy un pez fuera del agua.

jueves, 15 de enero de 2015

Ricardo Armas Fotógrafo

Ricardo Armas es, además de fotógrafo, mi cuñado y mi amigo, y cuando, hace un rato, Linkedin me preguntó si quería hacerle una recomendación, se me ocurrió que a esta hora, cuando ya los pasillos de la oficina está vacíos y se ha hecho oscuro en Lima, era mejor recomendarlo por aqui. 

Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.

Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué. 

En fin, esto es lo que hay.









































sábado, 3 de enero de 2015

Regreso sin gloria (como en una vieja película de Jane Fonda y John Voight, pero con luz)

Vuelo a Caracas con mi familia la penúltima semana del año, justo a tiempo para la navidad. Hay expectativas buenas y malas, pero el ambiente familiar es de alegría, es una sensación colectiva de regreso a hogar, a lo propio, al espacio de lo conocido y al ámbito de lo querido.

En Lima recibimos noticias de Caracas, muchas noticias, continuamente, de diferentes fuentes, por diferentes medios, prácticamente a diario, en el momento, pero nunca es lo mismo ver las cosas con tus propios ojos. 

La llegada

El aeropuerto de Maiquetía la tarde del 23 de diciembre tiene varias caras: la pista muestra desolación, pocos aviones ocupan los espacios de la terminal internacional; pero nosotros solo hablamos de la luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? Hay tiempo de sobra para verlo, el puente que comunica al avión con el edificio se daña en su intento de conexión con el aparato de Avianca y nos toca esperar unos 20 minutos adicionales dentro del avión. Cosas que pueden pasar en cualquier aeropuerto del mundo, pero que a nosotros nos hacen pensar de inmediato en la falta de mantenimiento. Inmigración muestra pocas colas, hay muchas taquillas funcionando simultáneamente. Nos hacen preguntas específicas sobre nuestra dirección en Caracas. Pocos gestos simpáticos, muy poca actitud "chévere", sonrisa forzada. Arriba, colgado del techo (que se ha puesto amarillo con el paso del tiempo) en un aviso de vinyl el "comandante eterno" rodeado de niños pide que "sigamos juntos". 

El salón de recogida de equipajes luce, a diferencia del resto de aeropuerto, abarrotado. Hay una explicación, como para casi todo en la vida. Varias correas de las que suben las maletas desde el borde de la pista hasta esta sala y luego las hacen girar bajo la mirada expectante de la gente están dañadas y, aunque los vuelos son pocos, los viajeros se acumulan a la espera de recibir sus cosas. También varias de las pantallas de información que cuelgan sobre las correas de equipajes están dañadas o muestran información errática, que nada tiene que ver con lo que ocurre a sus pies. Cuesta saber por dónde saldrán nuestras maletas, las cuales tardan un buen rato en aparecer.

Desde una pared, sobre un fondo blanco y verde, Cristiano Ronaldo nos invita a ser clientes del Banco Espíritu Santo, toda una metáfora del país. Este banco portugués ha sido intervenido en su país meses atrás luego de entrar en bancarrota y no sin antes destapar un enorme escándalo de corrupción, que ha permitido llevar a juicio al anterior primer ministro y ha costado a las arcas públicas cientos de millones de dólares. Producto de ese escándalo se ha sabido que Petróleos de Venezuela ha colocado allí millones de dólares, que muy probablemente se han perdido, y que esa colocación en un banco que ya para entonces estaba al borde de la quiebra ha estado asociada al pago de comisiones a funcionario públicos venezolanos. Pero eso no ha sido aquí, en el tercer mundo, sino en Europa, donde estas cosas "no van a pasar nunca", donde hay instituciones y una "sociedad educada" y, seguramente por eso, en el aeropuerto que sirve a la ciudad de Caracas los funcionarios de turno no se dan por enterados que ya no hay quien pague por esa publicidad que decora una pared del aeropuerto y que la foto del delantero del Real Madrid es lo más parecido a escupir para arriba, desde la perspectiva del gobierno de Venezuela. Minutos después de ver esa publicidad bancaria comprobamos que ningún cajero automático de ningún banco funciona ese día en el aeropuerto: apagado, dañado, aparatos que solo dan saldos de las cuentas pero no tienen efectivo o, en un caso extremo, vandalizados o recubierto por tablas de madera sin promesa de volver a la vida prontamente. 

Afuera, camino del taxi de confianza que ha venido a buscarnos (¿viste ese cielo?, ¿viste ese azul?), podemos ver el edificio del hotel en construcción, que sigue sin ser terminado luego de casi 15 años, eso si, con una valla nueva, que reza orgullosa que, como parte del nuevo gobierno de eficiencia en la calle, se avanza de forma decidida hacia su culminación para el servicio del pueblo. Leo eficiencia y, con una sonrisa que me aproxima a Patán, el perrito de los dibujos animados que tanto me gustaban de niño, pienso en el bolívar "fuerte", en la patria "segura", en la "potencia" productiva, en la "soberanía" alimentaria. País adjetivo. El edificio está exactamente igual que cuando vine 6 meses atrás, demás está decirlo.

Mi casa

Volver a casa, de eso se trata. 

Al anochecer del 23 de diciembre el taxi, luego de cruzar la ciudad, de mostrarnos el Avila, de dejarnos ver un atardecer como no hay en Lima, nos deja rodeados de maletas rellenas de regalos y productos de la cesta básica en el estacionamiento de nuestro edificio y Jimmy Alcolck vuelve a maravillarnos con las formas que diseñó hace 50 años y por las que, entre otras cosas, le dieron el premio nacional de arquitectura. La luz es tenue y amarillenta, las lámparas del Altolar apenas alumbran el jardín, algunos pasillos y la planta baja del edificio. Las calles que nos trajeron a casa estaban también, como el edificio, casi a oscuras.

La casa está a medio camino entre el hogar y un depósito. Se acumulan las cosas propias con las de la oficina que cerramos hace poco más de un año. Pero en un par de días comienza a volver a la normalidad, a liberar espacios para sentarse, para conversar, para escuchar música, a mostrar las cosas con las que nos identificamos. No hay una definición universal de la belleza, pero aquí está lo que es bello para mi, para nosotros.Es nuestra casa. Hay polvo y hay maravillas como para amoblar las casas de Caracas, Brooklyn y Lima. 20 años de acumular muebles de los 50s y los 60s, libros, vajillas, juguetes de metal, avisos de refrescos, tarjetas postales, cuadros y más cuadros. Gavetas que muestran sorpresa tras otra. Cosas probablemente intrascendentes para muchos, cosas, muchas de ellas, sin valor económico, pero asociadas a algún viaje, a algún momento de nuestra vida. Esa es una buena definición de hogar, aunque a la vuelta goteen los grifos, parpadeen las lámparas, muestren grietas las paredes y las cerraduras tarden en reconocer a sus dueños.

Desde la autopista se escucha el murmullo de los carros al pasar.

Y desde las ventanas, la brisa fresca y seca. Y la luz. Esa luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul?

El automercado, el centro comercial y la gente

Desde Lima se tienen noticias frecuentes, incluso a través de los periódicos y noticieros de televisión peruanos, sobre la escasez de algunos productos y las penurias para hacer cosas cotidianas, también sobre la inflación. Somos el mal ejemplo, la advertencia para otros pueblos ante la tentación del atajo, por eso aparecemos frecuentemente en los noticieros. No hay sorpresas, aunque las sensaciones del primer día, el 24 en la mañana, muestren percepciones mezcladas.

Hay colas para comprar pan de jamón. También hay colas a la entrada del automercado a la espera que abran las puertas. A la luz del día la ciudad se muestra sucia, se ve que nadie barre las calles. Pero hay colas en unas panaderías y en otras no. El litro de jugo de naranja natural vale 3 veces lo que hace un año. El cachito de jamón vale el doble que en diciembre pasado. El desayuno del primer día vale casi lo que costó mi primer auto nuevo, de agencia, un Fiat Uno motor 1500 cc comprado en 1992, el desayuno vale 40 meses de mi primer sueldo como urbanista graduado en la universidad Simón Bolívar en 1990.

Las cifras en bolívares escandalizan, pero al cabo de unos algunos segundos, luego de hacer una conversión redondeada a dólares o a soles peruanos, se cae rápidamente en cuenta que para quienes venimos de fuera con unos dólares en el bolsillo la mayoría de los precios son solo una fracción de los que se pagan en otros países. La tragedia es para quienes viven de un sueldo pagado en bolívares, para quienes su poder adquisitivo se ha diluido en el último año. Todo un eufemismo para no llamar las cosas por su nombre: quienes ganan en bolívares se han empobrecido en estos meses a un ritmo vertiginoso. El Banco Central publica este mes las estadísticas que debió publicar y omitió, tratando de ocultar lo obvio, durante los últimos 6 meses del año y reporta una inflación cercana al 70% anual. Una cifra escandalosa y a la vez falsa, acomodada para complacer al gobierno, que no se compagina con lo que ocurre en la calle. El transporte público subió 166% durante el año, los precios en el automercado han subido entre un 100 y un 300%, según sea el producto.

Gasto en mi primera visita al automercado (tuve que ir a varios para conseguir algunas de las cosas que buscaba, algunas no aparecieron nunca, como el jabón para bañarse o el líquido para lavar los platos...al rato, familiares me advirtieron de no perder mi tiempo buscándolas, simplemente dejaron de existir hace semanas o meses)  3 veces los que me costó el Renault Twingo azul que compré nuevo, en el concesionario Renault de Colinas de Bello Monte, en 1999, y que tuvimos en casa hasta hace uno años. La compra apenas alcanzó para llenar una repisa de la nevera.

Otra cosa es el ambiente del automercado. Caras largas, violencia contenida o desplegada, como la de quienes se abalanzan sobre los bultos de HarinaPan o azúcar que lanzan en un pasillo los empleados del Excelsior Gama de Santa Fe, a sabiendas que no hace falta ni acomodar los productos de la cesta básica en las estanterías. En minutos o segundos desaparecen los productos, repartidos en carritos que corren hacia las cajas con su cacería del día. Se oyen quejas frecuentes, lamentos, mentadas de madre. ¿Esto es todos los días así o es porque hoy es día de navidad y la gente está apurada, nerviosa? pregunto a mi cuñada. "No Gonza, esto es ahora así siempre", me responde. También presencio, a finales del año, en un automercado cercano a mi casa, la llegada de decenas de motorizados y dos autobuses de transporte público repletos de gente que, evidentemente organizados previamente, se dirigen, una parte, a ponerse sin haber recogido algún producto en las colas de la caja, mientras los otros cargan con toda la leche y otros productos de la cesta básica disponible. Vuelvo tres días después, ya en el 2015, y presencio una escena parecida: personas que amarran cajas de leche a la parte de atrás de las motos, vecinos que no pueden ni entrar al automercado, policías en la calle tratando de ofrecer un poco de orden en medio del caos. Se acabó la leche. Un paquete de servilletas de papel vale los mismos bolívares que pagué en 1992 por un pasaje en avión y todos los gastos y compras (¿dónde estará el peluche de Cobi que le compré a mi sobrina en el Corte Inglés de la calle Princesa, en Madrid) de una estadía de un mes en España, visitando varias ciudades, incluyendo la Expo de Sevilla. ¿En dólares? 1,70, cinco soles peruanos.  

"Esto es un bomba de tiempo" me dice una vecina. Pero nadie sabe de cuánto tiempo estamos hablando. ¿Una semana, un mes, un año, una década? Hay quienes están dispuestos a esperar 6 horas en cola por un pollo a precio regulado, los he visto. En Cuba han esperado 60 años. "Esto no aguanta más", me dicen, bajo un cielo azul imponente, mientras las palmeras de mi edificio se mecen ante una brisa fresca de fin de año. Al fondo el Avila se ve impresionante.

¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? 

Me siento en casa, a pesar de las desgracias. Cuánto desearía que las cosas cambiaran. Un sueldo mínimo local paga 2 visitas familiares a una venta de hamburguesas y nadie queda contento a la salida. Al día siguiente de nuestra visita veo en la prensa que en ese mismo sitio, horas después, se cayeron a golpes la Defensora del Pueblo, sus guardaespaldas, y las vecinas de mesa. La Fiscalía anuncia la aprensión de la vecina de mesa en tiempo récord. La violencia está a flor de piel. 

La fórmula infantil que toma Teresa cuesta el 5% de lo que vale en Lima, pero su consumo mensual en Caracas equivale al 15% del salario mínimo. Vamos al Rey David y la cajera nos dice que los frascos de Nutella están de adorno, que no tienen para la venta (ellos, esta empresa venezolana, son los importadores para varios países de América Latina, incluido el Perú). El centro comercial San Ignacio tiene una imagen fantasmagórica, con varios locales cerrados, con locales a medio llenar, con vitrinas que ofrecen en venta o traspaso locales polvorientos, pero una señora en una minitienda nos vende un tu-tú de varios colores que termina de coser delante de nosotros para Teresa y nos dice que es la mercancía que más vende, que los tu-tús tienen más "salida" que los accesorios de Hello Kitty que pueblan su negocio, en un sector del centro comercial denominado Hollywood, que las niñas de Caracas sueñan con ser bailarinas. Un tu-tú cuesta la mitad de un salario mínimo, lo mismo que cuestan 2 entradas al cine en Lima.

Afuera, en los pasillos del centro comercial sopla la brisa fría de diciembre. El Avila puede verse radiante desde la plaza central, donde hay un árbol de navidad y una lancha que rifan entre quienes compren algunos productos. Hay poca gente. La librería Tecniciencias tiene montones de estantes vacíos, la tienda de discos Esperanto desapareció (y eso que la esperanza es lo último que se pierde). Los helados de yogurt cuestan la cuarta parte que en Lima, en la misma franquicia norteamericana, pero una familia típica de Caracas se gastaría el 25% de un salario mínimo en una visita al local de la planta baja del centro comercial, donde una muchacha me dice "corazón, no tienes efectivo, tengo problemas con el punto de venta, no está leyendo el chip de las tarjetas". Pago con efectivo, la misma cantidad de bolívares que me costó el Fiat Uno que compré al volver del postgrado en España y ella me dice con una sonrisa "gracias corazón".  

"Esto está al caer", me dicen, mientra yo miro al cielo. ¿Viste esa luz?, ¿viste ese cielo?