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martes, 9 de octubre de 2012

Dancing days

Comenzaré diciendo, para delimitar el campo de acción y para no crear falsas expectativas, que un servidor nunca ha sido bueno para el baile; más aún, y para ser más preciso, soy lo que llamarían un aficionado de la música que tiene por extremidades inferiores un par de pies izquierdos, izquierdos y planos, para más señas.
 
Las fiestas de la adolescencia, las de los primeros años del bachillerato, esas donde ya no va uno a comerse la torta, a tumbar la piñata y a jugar con los amigos, sino que tienen como núcleo central el baile con las muchachas fueron siempre para mi una tortura interminable, una lucha constante con la torpeza y el sentido del ridículo. Pero bueno, hay ritmos de ritmos y, ciertamente, hay ciertas cosas para las que no se necesita mucho arte, ciertos ritmos y costumbres para los que puede aplicarse el sentido del disimulo. Y uno podía disimular las limitaciones propias cuando en la fiesta sonaba, por ejemplo, alguno de aquellos discos -uno de carátula verde, otra amarilla- de B-52s que fueron populares en las fiestas de los primeros 80s; pero por el contrario, no habia forma de maquillar las limitaciones cuando el diskjockey de turno seleccionaba, por ejemplo, un LP de Willy Colón o de Ruben Blades. 
 
Pero como reza el dicho, "nadie es profeta en su tierra". Fue necesario viajar a otro país, fue necesario vivir por un tiempo en otros lares para hacer valer ese otro dicho popular que dice que en la tierra de los ciegos el tuerto es el rey. 
 
Cuando tomé un avión con rumbo a Madrid una mañana de enero de 1991 no tenía ni la más remota idea de qué estaba sonando en las radios de España por aquellos días. La primera noche en el Colegio Mayor de San Ildefonso, en Alcalá de Henares, en medio de una fiesta de bienvenida a los que comenzábamos clases de postgrado esa semana, me enteré que el músico que arrasaba en las carteleras aquellos días era el dominicano Juan Luis Guerra y sus 440 y, para mi sorpresa, casi nadie en la fiesta compuesta de estudiantes argentinos, chilenos, mexicanos, guatemaltecos, españoles, colombianos, peruanos, brasileños, paraguayos, norteamericanos y venezolanos, tenía ni la más remota idea de cómo se bailaba aquello que sonaba tanto en las emisoras españolas, el disco de "ojalá que llueva café".

Juan Luis Guerra y los 440
 
El merengue dominicano es de los ritmos más accesibles dentro del universo del baile caribeño. Es decir, es de los ritmos más fáciles, tan fácil que hasta un urbanista con dos pies izquierdos y planos puede bailarlo sin hacer el ridículo. Sin alardes de virtud, pero sin hacer el ridículo. La diferencia estaba en que, para mi sorpresa, la gente se asombraba de aquello y hacían círculos alrededor de donde bailaba Juan Domingo Alfonzo (entonces joven abogado venezolano que hacía su maestría en Administración Pública en Alcalá desde un año antes de mi llegada) y su pareja y de donde bailaba un servidor y quien bailase esa noche conmigo. Alguien de entre el público llegó incluso a preguntar en voz alta, con la seriedad propia de un académico, que no hay que olvidar que aquella fiesta se celebraba en un recinto universitario cuatricentenario, si a los que proveniamos de Venezuela nos daban clases de baile en la universidad de Caracas, porque luego nos contaron que en el año académico previo quienes destacaban en esas lides en los guateques del Colegio Mayor de San Ildefonso eran mis colegas José Enrique Pérez y Loli Iglesias (colegas en lo del urbanismo, no en lo del doble pie izquierdo, vale la pena aclarar).

 
 
A partir de esa noche - la misma noche en que interrumpimos la fiesta para ver por televisión las imagenes del comienzo de la guerra en Irak - comenzaron unos eventos que no tenían precendente en mi vida previa y nunca han vuelto a repetirse. Nunca antes me habían tocado la puerta del cuarto, tarde en la noche, para pedirme que acompañara a alguien a una discoteca. Nunca antes me habian tocado la puerta del cuarto para pedirme que enseñara a bailar a nadie. ¿Cómo? ¿Yo? El tuerto era el rey en el país de los ciegos. 

En las semanas inmediatas siguientes asistí no sin asombro al reconocimiento  de los dj de cuanta disco de medio pelo visitamos en las tranquilas noches de Alcalá y participé de alguna que otra clase de baile improvisada, individuales y grupales. Tambien nos dimos unas vueltas por unos templetes que montaba el ayuntamiento de Alcalá los fines de semana por las noches en la plaza Cervantes, a solo decenas de metros de donde vivíamos.

Tambien en las semanas siguientes se hizo público que Juan Luis Guerra - que acababa de lanzar al mercado un nuevo disco, bachata rosa, que incluia aquello de la bilirrubina- haría 4 presentaciones en España, una de ellas el sábado 16 de febrero de 1991, en el pabellón de deportes del Real Madrid. Por supuesto fuimos varios en Alcalá los que rápidamente nos hicimos con una entrada a cambio de 2500 pesetas, unos 16 euros de los de ahora, más o menos.

Aquel sábado 16 de febrero habíamos planificado, como actividad previa al concierto, un viaje, en la mañana, a San Lorenzo del Escorial, al norte de Madrid. El plan era salir muy temprano de Alcalá rumbo a Madrid, tren de cercanías mediante, para encontrarnos con nuestra compañera de clases, la arquitecto colombiana Catalina Londoño, quien había conseguido que su tía, una odontóloga que vivía en la calle Juan Bravo, nos prestase su Fiat 147. Nos levantamos muy temprano Luisa Mezones y un servidor y dos compañeras que estudiaban técnicas de informática para la gestión pública, además de mi compañero de clases brasileño Ary Talamini, para descubir con gran sorpresa que durante la noche había caído la primera gran nevada en 4 años, nevada que se repitió durante los 3 días siguientes.

Colegio Mayor de San Ildefonso, visto desde la Plaza san Diego de Alcalá de Henares


Nevó durante buena parte del día y en la noche, y a la hora del concierto hacía un frío capaz de congelar a cualquiera. Sin embargo, no cabía un alma en el hoy demolido pabellón de deportes del Real Madrid.  Las 5000 entradas disponibles estaban vendidas con anterioridad y a las afueras se había formado un tumulto entre quienes entraban, quienes querían hacerlo sin tener entradas y quienes ofrecían hasta cuatro veces el precio que marcaban los tickets.

Para mi sorpresa, que al entrar esperaba encontrarme con un público conformado principalmente por inmigrantes latinoamericanos, quienes habían comprado las entradas para el concierto de Juan Luis Guerra eran en su gran mayoría españoles, los mismos españoles que tenían las canciones de 440 en los primeros lugares de las carteleras de popularidad, pero a los que nadie había enseñado como se bailaba aquello. Españoles que habían comprado entradas para escuchar los pegajosos ritmos y las letras del músico dominicano al que, además, Camarón y Ana Belén acababan de versionar una de sus canciones; pero que no iban a bailar aquella noche en el pabellón de deportes del Real Madrid.

Cuando los camarógrafos del telediario de Televisión Española necesitaron escoger una toma del público para poner en evidencia el éxito del aquel concierto, escogieron de entre todos los asistentes, principalmente sentados, a un grupo de unas 15 personas, pueden ser pocos menos, pocos más, de estudiantes de postgrado que habían venido desde Alcalá de Henares y que bailaban en el medio de la tribuna, junto a una baranda de metal de la cual colgaban las banderas de España y la República Dominicana, haciendo maromas sobre las escaleras y entre las sillas, y al hacer zoom se centraron en una pareja que bailaba en el pasillo, a la izquierda de la toma. Era una muchacha a la que no conocía previamente y a la que nunca volví a ver y que me pidió que le enseñara como se bailaba aquello que estábamos bailando los que veíamos el concierto cerca de donde ella estaba viéndolo, sentada, junto a su hermana.

Juan Luis Guerra y 440 en Venevisión, 1987. En Venezuela y otros países de latinoamérica Juan Luis Guerra y 440 tenían ya varios años de popularidad antes de hacerse conocidos en España, a comienzos de los noventas

Alguien consiguió una grabación del telediario de aquel domingo de febrero de 1991 que vimos entre risas y burlas varias veces en el televisor del salon de clases y que ha sido mi única aparición en la televisión española, mucho antes de que se pusieran de moda programas como "mira quien baila". Afortunadamente no se dónde quedó, no recuerdo haber traido el cassette de VHS de vuelta a Venezuela. Pero en estos días que son ya dos décadas despues, al abrir un libro cayó en mis manos un viejo recorte de periódico, uno fechado lunes 18 de febrero de 1991 y en el cual el periodista de El Pais Ignacio Saenz de Tejada, para describir lo ocurrido en aquella noche de sábado utilizó como título "verano en la nieve", justo antes de explicar que "la primera actuación de Juan Luis Guerra y 440 tuvo un carácter de verdadera apoteosis".       
 
  

jueves, 2 de febrero de 2012

Mediodía en París (notas sobre la ciudad luz escritas bajo las sombras de Corpoelec)


1.    Ciudad Luz

Llegando de la Ciudad Luz se me ha quemado el monitor de mi computadora de la oficina. El que me ha vendido uno nuevo, luego de valorar que la reparación no se justificaba por la pequeña diferencia en costo respecto de la compra de uno nuevo y más grande- dice que ha sido seguramente por las fluctuaciones en la luz – en la energía eléctrica ha querido decir-. Y vaya que las ha habido en los veinte años que separan mi anterior visita a Paris de esta más reciente.

“Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, dijo el padre de la patria, y nunca tanto como ahora fueron certeras esas palabras.

2.    París era una fiesta

La primera vez que fui a París fue en una semana santa, la de 1991.

El viaje había comenzado el año anterior, porque José Enrique y Loli me habían dado en los meses finales de 1990 un catálogo de la agencia Mundo Joven (una agencia de turismo especializada en viajes para menores de 28 años, aunque también organizaba algunos paquetes exclusivamente para “adultos mayores, asumo que por aquello de la “juventud prolongada” de la que tanto se habla en Europa, y me imagino ahora se hablará más por lo del cambio de edad en las fechas de jubilación) con la advertencia de que tenía que reservar con tiempo, de ser posible al llegar a Alcalá de Henares en enero de 1991, el plan que escogiera para las vacaciones, pues en caso contrario corría el riesgo de quedarme de Rodríguez, condenando a una semana santa madrileña , lo que visto así en la distancia y desde la perspectiva caraqueña, tampoco me suena nada mal.

Antes de partir de Caracas estudié el catálogo como el devoto que asume el turismo internacional como su religión, aunque debo confesar que también me detuve en los viajes a las distintas regiones de España, los que finalmente nunca tomé a través de la agencia sino como viajero individual en tren o autobús.

Al llegar a Alcalá me apresuré a conseguir el nuevo catálogo de la agencia y a divulgar sus virtudes entre los compañeros de clases. Mi decisión ya estaba hecha: me iría toda la semana santa a París, sin más distracciones y ajetreos. Al principio varios compañeros y compañeras de clases se decantaron por el mismo viaje que yo había seleccionado, pero al paso de las semanas fueron modificando las reservas que habían hecho, cambiándose a viajes que en el mismo tiempo abarcaban otros destinos. Unos se cambiaron a un paquete que incluía por prácticamente el mismo costo París y Londres, otros tomaron un paquete que incluía Paris- Bélgica y Países Bajos (así le llamaba la agencia, lo de Holanda al parecer se usaba sólo para mencionar el origen del “queso de bola”). Al final, cuando se acercaba la fecha del viaje y había que pagar la porción restante para asegurar el cupo (el paquete completo, bus Madrid-Paris, hotel, desayunos, un bolsito y una guía, además de un paseo por la zona del Loira, salía por unas 17.000 pesetas!), me quedé como el único del grupo que se había decantado por pasarse la semana santa en un único lugar.

La verdad, aunque me atraía la posibilidad de viajar a otros lugares, tenía la expectativa de ver tanto en París que seriamente nunca consideré ninguna de las otras opciones. Había vivido los años recientes iluminado por el cine francés que proyectaban en la Cinemateca Nacional y el Cine Prensa. Había escuchado hasta la saciedad – y para sorpresa de amigos y familiares que no entendían tal inclinación- música francesa desde Aznavour hasta Jarré, pasando por Brel y compañía, y mi madre me recordaba de vez en cuando a sus antepasados – que obviamente también eran míos- franceses, hecho que explicaba el que una mujer nacida el Altagracia, Estado Nueva Esparta, fuese blanca transparente y con el cabello claro. París no era una opción, era un destino.

La chica que nos atendía en Mundo Joven estaba al tanto de todo lo que ocurría y el día que fui a llevar el último pago me preguntó si no quería cambiarme a alguno de los otros planes, que estaba al tanto que todos los otros y otras que se habían inscrito inicialmente conmigo se habían cambiado, y que aún había algunos cupos disponibles en viajes que combinaban dos o más países. Le respondí que no, que me quedaría solo, que quería estar toda la semana santa en París. Entonces me comentó, con un gesto pícaro que no entendí  hasta días después, cuando el viaje ya había iniciado, que ya que viajaría solo, me buscaría un “buen grupo” para que pudiera pasarla bien en París.

Para la salida nos citaron como a las 4 de la tarde al final de calle Princesa en Madrid, a donde llegué procedente de Alcalá – tren de cercanías y metro mediante-  con un  morral negro y un bolsito de tela con los 4 trapos que llevaba para la ocasión. Hacía mucha brisa fría y el cielo era azul intenso cuando el autobús arrancó con los viajeros, si mal no recuerdo, a eso de las 5 de la tarde.

Al “buen grupo” al cual me asignó la chica de la agencia podían confundirlo fácilmente con una excursión de un colegio de señoritas. Entre los alrededor de 50 pasajeros del autobús en cuestión, solo éramos del sexo masculino el chofer (un tipo bajito, barrigón, con una chaqueta negra de cuero y lentes oscuros como de los años 70s); el hermano de Pili Puertas, que estudiaba periodismo, creo, y vivía por Entrevías; un arquitecto que me asignaron como compañero de cuarto en París y que viajaba junto a dos amigas- también arquitectas recién graduadas- bastante pijas; otro más a quien no recuerdo específicamente y un chico que subió junto a su hermana  al bus en Burgos, a donde hicimos la primera parada de esa noche.

En ese viaje conocí a Olga Fernández López, a Pili Puertas y a su hermano, y a las hermanas Baños. Pero esa es otra historia, que merece ser contada por separado.



3.    Hoteles parisinos o la memoria como mala consejera

Recordaba con afecto el viejo hotel Home Montmartroise de la calle Chevalier de La Barre, a donde nos alojó la agencia Mundo Joven a nuestra llegada a París, la mañana siguiente a nuestra salida de Madrid y luego de parar en Burgos, en San Sebastián, y en una estación de gasolina a la afueras de nuestro destino, a donde tomamos un desayuno de aspiraciones americanas. Todavía conservo la tarjeta que me daba acceso a la habitación, en el último piso del hotel, y desde cuya ventana tenía una vista privilegiada de los tejados de París.

Cuando comencé a planificar el viaje de vacaciones familiares de este último fin de año, ya con la decisión de recibir el año 2012 en la capital de Francia, me apresuré a averiguar por internet si todavía existía ese hotelito de 4 plantas y 3 estrellas, ubicado en un callejón a los pies de la basílica del Sacre Coeur.

Por no hacerle caso a la canción aquella que reza que “donde has sido feliz no debieras tratar de volver...” me encontré con que el Home Montmartroise aún existe y que las imágenes que lo describen parecieran haber sido tomadas veinte años atrás. No han gastado un centavo en mejoras, lo cual puede ser muy bueno para la nostalgia, pero pésimo para el negocio.

Luego de revisar una parte de las interminables críticas negativas de diverso calibre, me encontré una crítica positiva – creo que la única que vi- que resume toda la situación. Alguien que durmió allí le recrimina a los otros que opinan negativamente diciendo “pero ¿que coño esperaban encontrar por lo que cuesta una noche en este hotel?...”

Visto lo visto, alquilé un apartamento en el 22 de la Rue Pastourelle, al norte del Marais, lo cual terminó siendo una muy buena decisión. Eso sí, cuando llevé a la familia a conocer la iglesia del Sagrado Corazón y a ver la ciudad desde arriba, no dejé de sonreír al reconocer al viejo hotel y recordar que ahí fuimos felices alguna vez.



Estas historias continuarán...

viernes, 7 de enero de 2011

La Nieve

"Muchos años después, al frente del pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella remota tarde en que su padre lo llevo a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo"

Con el párrafo anterior da inicio Gabriel García Marquez a su novela 100 Años de Soledad -uno de los libros más leídos y vendidos en lengua castellana, además de sus ediciones en las voces de otros lugares de la tierra- poniéndo el énfasis en el hielo como una materia ajena al trópico, a esta tierra en la que nos tocó vivir, tan parecida y tan distinta a la Colombia del Gabo.

No nos tocó vivir los tiempos de la ausencia del hielo en la vida cotidiana, ni siquiera el tiempo de aquellas neveras que mantenían los alimentos a partir de un hielo seco y que en mi niñez eran ruinas tiradas en los patios, al fondo de las casas en los pueblos de la isla de Margarita. No vivimos los tiempos contados por nuestros mayores, en los cuales la sal era un tesoro que permitía preservar la comida de su natural descomposición. Nuestra niñez fue la de la electricidad y en ella  el hielo producido en neveras General Electric, Westinghouse o Admiral era materia prima de la vida cotidiana, que enfriaba las bebidas, aunque en realidad lo que ocurría era que las bebidas calentaban el hielo, pero claro está, en la escuela aún no me enseñaban eso ni a mi me pasó por la cabeza entonces semejante asunto.

Esas neveras de mi infancia tenían un congelador con tendencia a formar una gruesa capa de hielo en sus paredes, que había que eliminar periódicamente, para lo que se sacaban todas las cosas guardadas alli y se les apagaba, a la espera de recoger en una bandeja plástica ubicada bajo el congelador toda el agua proveniente de aquel hielo derretido. Esa molestia desapareció ya en mi adolecencia, cuando se popularizaron unas neveras cuya publicidad destacaba que funcionaban "sin escarcha" y con ello era mucho más sencillo su mantenimiento.

A mi encantaba jugar con esa "escarcha" que se formaba en el congelador de la nevera de la casa de mis padres, pero solo podía hacerlo muy ocasionalmente, en ausencia de testigos, porque a la primera mirada en tal menester mis padres solían soltarme la frase "cierra esa puerta de la nevera, que así gasta más corriente y se va a escapar el frío..." Pero siempre que tuve la oportunidad paseaba mis carros machtbox por entre aquellas colinas llenas de nieve, imaginándome entre aquellos pasajes invernales que veía en los libros de geografía de la biblioteca de mi papá.

Porque las vacaciones de mi infancia siempre fueron a la playa o a lugares donde la nieve no formaba parte del guión, pasaron esos años sin que aquella experiencia imaginada en el refrigerador de la casa se hiciese realidad. Una vez en Mérida, ya adolescente o recien universitario, vi a lo lejos montañas nevadas, pero era como mirar una pintura, una realidad distante. Otra vez, en el páramo, al borde de la carretera, vi laderas con un leve reflejo blanco. Pero nada parecido a lo que veía por aquellos años en las películas que pasaban por la televisión o que iba a ver al cine.

En el lado sur de la Avenida Bolívar de Caracas estaba un pequeño edificio blanco, muy cerca de la plaza de toros del Nuevo Circo, que anunciaba bajo el nombre de Mucubají, pistas de patinaje sobre hielo. Nunca fui, pero desde niño me imaginé dentro de aquel edificio no una pista de patinaje sino una ladera alpina y esquiadores que se lanzaban interminablemente.

La primera vez que vi la nieve fue la mañana del sábado 10 de febrero de 1991. La tarde anterior habiamos acordado varios vecinos del Colegio Mayor de San Ildefonso ir a conocer el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y para ello tomaríamos prestado el Fiat 147 de la tía odontóloga de Catalina Londoño, arquitecto colombiana compañera de clases en aquel entonces, que vivía -la tía- por la calle Juan Bravo de Madrid, si mi memoria no me falla. Catalina se había ido a dormir la noche anterior a casa de su tía, cosa que hacia con frecuencia, y los demás partiríamos a su encuentro desde Alcalá de Henares muy temprano en la mañana.

Los dos primeros meses que viví en el Colegio Mayor de San Ildefonso usé un cuarto -compartido con un estudiante mexicano- que tenía una pequeña ventana, justo al lado derecho de mi cama, junto a mi pequeño escritorio, que miraba desde una segunda planta (lo que en Caracas llamaríamos primer piso) al patio de los filósofos y, específicamente, a un gran pino. Esa ventana, con una hoja de madera que cerraba la ventana totalmente al exterior, y otra de vidrio, que en caso que estuviese abierta la ventana de madera, dejaba pasar la luz, pero limitaba el paso del viento frío, estaba cerrada aquella mañana de sábado.

Me paré muy temprano, tal lo acordado el día anterior, y me vestí en medio de la oscuridad del cuarto, tratando de no despertar al sociólogo mexicano que dormía en la otra cama, pegada a la pared del fondo de la habitación, justo enfrente de la puerta del baño. Solo para amarrarme los zapatos y tomar la billetera de encima del escritorio entreabrí la ventana y el patio y el pino, que eran solo piedra y verde la noche anterior al irme a dormir, eran ahora una impecable mancha blanca que, a esa hora, serían las 6 de la mañana, aun no había pisado nadie. Luego nos enteraríamos que aquello no era usual y recientemente he visto por internet que luego de aquella nevada de 1991 pasaron muchos años para que cayera otra igual en Alcalá.


Plaza Cervantes de Alcalá de Henares

Salí del cuarto como salen esos personajes de las películas que nunca han visto el mar y se enfrentan por primera vez a una masa infinita de agua. Me encontré junto a la cafetería del Colegio con los otros viajeros citados aquella mañana (Yolanda Martín, Barbara Rincón, Luisa Mezones y Ary Talamini) y nos hicimos fotos en la plaza San Diego, con la fachada renacentista de Gil de Ontañon como fondo. El camino a Madrid, en el tren de cercanías, nos mostró un paisaje absolutamente blanquecino. En la calle Juan Bravo seguía nevando cuando llamamos a través del intercomunicador -portero eléctrico- al piso de la tía de Catalina para anunciar nuestra llegada, pero en las calles de Madrid la nieve ya lucía como una masa grisácea, una mezcla de hielo, agua, pisadas de neumáticos, papeles viejos y aceras por lavar.

La nieve nos acompañó masivamente todo ese día en El Escorial, adonde era dificil moverse con el Fiat, sobre todo para aquella banda de estudiantes venezolanos, colombianos y brasileños que poco o nada sabían de conducir en medio de aquellas condiciones. Cuando volvimos a Madrid en la noche, para ver un concierto de Juan Luis Guerra y sus 440 en el antiguo pabellón de deportes del Real Madrid, aún nevaba, como lo hizo por varios días seguidos, casi una semana, el cielo de la meseta castellana.


Brooklyn Diciembre 2010



Estos días he visto por televisión la tormenta de nieve que paralizó buena parte de los aeropuertos de Europa y también he visto muchas fotos de la nevada que cubrió de blanco las calles de Nueva York e impidió los vuelos durante dos días y he recordado, viendo esas imagenes, esa mañana de febrero de 1991. He visto la nieve desde entonces con mucha frecuencia; casi cada año, la he visto desde aviones, trenes, trineos, bolsas plásticas y carros, y la he visto en cantidades tales que causan asombro a los propios habitantes de esos lares, pero sigue causándome tal asombro como aquella primera vez. Y no creo que sea por haber nacido en la cintura del mundo, porque mis hijos han crecido con ella y, sin embargo, veo en sus caras la misma expresión que seguro puse yo aquella mañana de febrero de 1991.


Prospect Park, Brooklyn. Dic 2010.