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domingo, 10 de enero de 2021

Centro comercial 0/18 número extra : Margarita es una lágrima (pero no lo fue siempre)


Porlamar no es la capital del estado Nueva Esparta ni la sede de los poderes en la Isla de Margarita, pero siendo la llamada isla de las perlas un territorio siempre volcado al mar, desde que los guaiqueríes la llamaron Paraguachoa -por la abundancia de peces- su destino ha estado atado esa masa de agua que la rodea: el mar de los Caribes, el mar de los conquistadores, el mar de las perlas, el mar de las pesquerías, el mar de los libertadores, el mar del contrabando, el mar de los migrantes, el mar de la zona franca y el puerto libre y el mar del turismo. Por eso son los puertos, los puntos de contacto con el exterior, los que siempre concentraron la actividad económica de la isla, siendo Porlamar y luego, en menor medida, Juan Griego, los dos más importantes.

Era normal entonces que el comercio tradicionalmente se ubicara en las calles que conducían del mar a los espacios sociales o las sedes de la representación del poder. Así , antiguamente el comercio de Porlamar se ubicó en calles como la Guevara, que conectaba la plaza principal  y la iglesia con el mar y el mercado de pescadores – ese mercado a cuyas afueras mi bisabuelo iba cada día de la Virgen del Valle a repartir la morocota que antes aportaba año tras año con devoción a la patrona de los margariteños y de los pescadores, pero que luego de no recibir la aprobación del cura del Valle del Espíritu Santo para casarse en segundas nupcias, decidió hacerlo por lo civil y a partir de ese año trocear en sencillo esa moneda y repartirla entre los mendigos del centro de Porlamar- aunque también es justo decir que desde siempre la isla tuvo un comercio disperso por todo su territorio, comercio de pequeñas bodegas y tiendas locales entremezcladas con el comercio informal asociado al contrabando, que hacía que en muchas casas se vendieran, supuestamente en secreto, pero del conocimiento en realidad de todos, piezas de telas traídas de Trinidad y otras islas del Caribe, licores importados, quesos holandeses, alcoholados y aguas de colonia, fósforos suecos de madera, mantequillas danesas, jamones enlatados, jabones ingleses de lechuga y de pera, sábanas de pavorreal, latas de mentol chino y botellas de aceite alcanforado, ese que mi abuela Francisca me ponía en los oídos cuando me dolían, y así otras particularidades que moldearon durante décadas el gusto y apetito de los margariteños.


Entonces llegó la Zona Franca, primero, como la continuación de una vieja iniciativa que se remontaba incluso a los tiempos de la independencia y, posteriormente, bajo la figura del Puerto Libre, que exoneraba de impuestos a la importación a muchos productos  y generaba estímulos para el desarrollo de un comercio de bienes importados, que se esperaba conectar con el turismo de playa y diversión, para intentar lograr la prosperidad que los margariteños, migrantes generación tras generación, gallegos del Caribe, prosperidad que fueron -durante décadas- a buscar con diferente suerte a otros lugares del país, poblando incluso territorios antes vacantes, contribuyendo a la fundación de ciudades y pueblos tanto en el occidente del país como en los campos del oriente de Venezuela.


Los negocios de toda la vida, muchos vinculados históricamente al contrabando, como los de mi tía abuela Valentina Ordaz, que tenía su boutique – Valentina’s-  en la planta baja de una casa de dos pisos que hacía esquina en la Calle Guevara o los de Estílita Torcatt y otros comerciantes de la isla, rápidamente se acomodaron a las nuevas condiciones y a comienzos de los años 70s, cuando un servidor empieza a tener conciencia de sus visitas vacacionales a la isla, pueblan el centro de Porlamar de tiendas que desplazan los vestigios residenciales de la zona y en cuyas vitrinas pueden los margariteños ver ropas importadas de Europa y Estados Unidos, zapatos de diversas marcas, whiskies escoceses, vinos italianos, españoles y franceses, quesos y chocolates europeos, electrodomésticos, vajillas de melamina, maletas norteamericanas, televisores y equipos de sonido,  incluso carros de modelos diferentes a los que comúnmente se veían por las calles de Venezuela y cuanta cosa material pudiera el ser humano desear.


Yo era entonces un niño al vestían con interiores St. Michael (una marca inglesa que en ese país solo vendían en los Marks & Spencer y que por alguna razón que mi Mamá asociaba a la durabilidad y a los vistosos colores, fueron siempre  los interiores que use desde que estaba en el preescolar hasta que pude escogerme mi propia ropa), franelas Buster Brawn y otras de rayas con los signos masculino y femenino bordados a un costado del pecho – al más puro estilo Gualberto Ibarreto-, pantalones Wrangler o Lee y, lamentablemente, zapatos ortopédicos que me hacían a la medida en la Avenida Andrés Bello de Caracas.

Interiores St. Michael, 1970s directo de Marks & Spencer a las tiendas de Margarita

La bonanza petrolera derivada de los conflictos del medio oriente, los planes de turismo, la mejora de la infraestructura y las ventajas que suponía el Puerto Libre para la compra y venta de productos importados crearon el coctel perfecto para disparar la actividad comercial en la isla, en parte por iniciativa de los comerciantes tradicionales margariteños, gente emprendedora, qué duda cabe, mucho de eso que llaman “self-made-man” (aunque buena parte de ese grupo lo conformaran mujeres, que la sociedad margariteña fue siempre una sociedad matriarcal, de esas donde los hombres creen tener el control, pero eran las mujeres las que tomaban las decisiones en las casas y muchas de los negocios que se montaron en la isla en aquellos tiempos eran propiedad de mujeres), así como de muchos inversionistas venidos de fuera, que veían en esta alineación de los astros la expectativa de riqueza rápida y un futuro prometedor.

Estamos en la primera mitad de los años 70s. Margarita sigue siendo una sociedad cuasi rural, de pueblos donde la gente duerme con la puerta abierta para que entre la brisa por las noches y se entretenía en campeonatos locales de bolas criollas, jugando partidas de ajilei o escuchando música en las rockolas de los botiquines, pero está a punto de recibir una gran sacudida. La isla de las fiestas de la Virgen y los viajes de mi papá a Juan Griego en pantalón corto para tomarse una Ovomaltina en la Calle La Marina está por convertirse en la Margarita de la discoteca 1224, del Mosquito Coast y de las fiestas Belmont en Playa El Agua.

El turismo se multiplica rápidamente en los años 70s y con él el comercio. Frente al centro tradicional de Porlamar comienza conformarse un segundo polo comercial, en la avenida que parte a pocas cuadras de la plaza, enfrente al viejo hospital de la ciudad y promete desarrollarse sobre la carretera que lleva a Los Robles y Pampatar: la avenida 4 de Mayo, que hace honor con su nombre a la fecha de la declaración de independencia de la Provincia en 1810. Perpendicular a ella, pocas cuadras más adelante del hospital, se le conecta la Avenida Santiago Mariño, la cual vincula a la 4 de Mayo con la que hasta entonces y desde los años 50s era la infraestructura turística más importante de la isla, el hotel Bella Vista (Hotel Turismo cuando fue inaugurado en 1956), a cuya inauguración en los años 50s asistió mi mamá acompañando a su tía Valentina, entonces importante comerciante de la localidad, y como tal invitada a los actos a los que asistió Marcos Perez Jiménez y su comitiva.

El mástil con la bola de luces a la entrada de Saks

Los libros de Kevin Lynch nos enseñaron hace décadas, cuando estudiábamos urbanismo, que las ciudades pueden expresarse en bordes, sendas, nodos e hitos. El nodo conformado en el cruce de las dos sendas, la 4 de Mayo y la Santiago Mariño, concentró las primeras tiendas que, intentando transmitir una imagen de modernidad, comenzaron a localizarse a comienzos de los años 70s en estas vías para atraer la atención de los turistas que llegaban a Porlamar.

Entre la primeras tiendas del sector tenemos dos hitos que visualmente fueron la referencia para los visitantes durante los años siguientes: de una lado de la avenida, en una esquina, se ubicó La Media Naranja, una tienda con forma de media esfera de color brillante, a la que en los años sucesivos se le hicieron ampliaciones y se le adornó con palmeras y otros elementos propios de la escenografía turística; enfrente, haciendo de conclusión a la Santiago Mariño, se ubicó Saks, comercio dedicado a la ropa deportiva que imitó el nombre de una reconocida tienda niuyorkina en un local más convencional que la tienda de enfrente, pero que como hito al fin, se permitió colocar como símbolo frente a su puerta un mástil rematado con una figura antecesora del coronavirus, una bola llena de pinchos, iluminada con luces de neón y con movimientos, llamativos especialmente en las noches.


La Media Naranja se especializaba en ropa europea de altísima calidad, la que podía pagar el dólar a 4,30 bs y los entonces elevados ingresos de algunos venezolanos y no podía pagar un europeo de clase media. Saks, por su parte, se especializaba, por su parte, en ropa deportiva, siendo el principal exponente en la isla de marcas como Converse, Speedo, Nike y otras a la última moda informal o deportiva en los mediados años 70s, la que se asociaba a la imagen que proyectaban las series de televisión norteamericanas como El Hombre Nuclear, los Angeles de Charlie y otras por el estilo.


La Media Naranja rápidamente creció generando otras tiendas en su entorno, pertenecientes al mismo grupo: el departamento de hombres se sacó hacia un costado, en un local construido en el retiro lateral de la tienda original, vecina de donde se construyó el hotel For You y el Margarita Suites, un edificio blanco con letras verdes que también tuvo locales comerciales en la planta baja, incluyendo una tienda de productos Cartier en cuya vitrina nunca hubo precios, pero si un pequeño aviso junto a la puerta que señalaba que si usted necesitaba ver los precios antes de entrar mejor no entrara. Justo al lado de Saks, como quien se dirige al centro de Porlamar abrió Las Naranjitas, una tienda de ropa infantil y juvenil, igualmente de marcas europeas de altísima calidad y una cuadra más hacia Los Robles, en la misma acera de la Media Naranja, en dos locales, uno antes de la panadería 4 de mayo y otro en la esquina antes del desvío hacia el viejo aeropuerto, al costado de Bencamar, otra de las fundadoras de esta zona comercial, apareció el Mini Centro, suerte de outlet de La Media Naranja, también con marcas europeas de alta calidad. Allí en el Minicentro uno podía comprarse un traje italiano, como aquel de Emmanuel Ungaro con el que me casé con Patricia o unas corbatas de seda de Ermenegildo Zegna, como las que solía usar para mis reuniones de recién graduado a comienzos de los años 90s, o un vestido de seda italiano o unos sweteres de lana inglesa como los que todavía guardo décadas después o unos zapatos de Ferragamo o una correa de Ermenegildo Zegna como la que compré en nuestra luna de miel, convencido por un vendedor que me dijo varias veces, llévela, es una correa muy buena, le va a durar muchos años, sin imaginarse que más de 26 años después todavía la uso de vez en cuando. Los productos que se veían en el Minicentro no eran productos de la última temporada, asumo que eran saldos de temporadas europeas anteriores, por eso sus precios eran inferiores a los que se veían en La Media Naranja, pero en general eran similares a los productos que entonces aparecían en las páginas de Vogue o cualquier revista internacional de modas.

En este primer momento del Puerto Libre margariteño la infraestructura todavía era precaria y no había una consolidación de los corredores comerciales. No había ni siquiera continuidad en las aceras para caminar y los carros se estacionaban en las orillas de la avenida de manera desordenada. En esta primera época, a lo largo de la Santiago Mariño solo habían comercios dispersos, muchos de ellos en simples casas unifamiliares parcialmente transformadas (como el local del restaurante El Chipi o la tienda donde mi mamá compraba sábanas y toallas Cannon o Springmaid, la Importadora Lumer, la cual tenía dos locales, cerca del cruce de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo, o la tienda de carteras argentinas de cuero ubicada cerca del hotel Bellavista y que surtió a mamá de los bolsos que usó para ir a trabajar hasta los años 80s). Lo mismo ocurría en la 4 de Mayo, la avenida llegaba solo hasta el cruce hacia el antiguo aeropuerto, donde un semáforo servía de señal para dar por concluido lo urbano y abrir espacio a lo rural, allí donde de frente se seguía hacia Los Robles en medio de un paisaje de cardones, yaques  y cujíes y edificaciones dispersas y hacia la derecha había una calle que llegaba al aeropuerto viejo, el mismo que sería sustituido en esos años por el nuevo de El Yaque. Esa era la calle donde luego se colocaron carros de comida y se le comenzó a llamar “La calle del hambre” y en cuyo comienzo estuvo en los 70s un famoso restaurante en cuya terraza, decorada con trozos de madera, podías sentarte a comer viendo en las mesas vecinas artistas o políticos de los que uno veía en la televisión. A partir de allí era solo una carretera que a los costados todavía tenía pocos locales comerciales dispersos, poco de Puerto Libre y mucho de servicios locales, mezclados con viviendas unifamiliares, como la casa de mi tía Millita, quien vivía en una calle paralela a la 4 de Mayo, cerca del local donde alquilaban unos vistosos VW Safari modelo Acapulco, esos que venían pintados desde México de blanco y azul con un techo de lona a rayas de esos mismos colores, que los turistas metían en las orillas de la playa y que a mi, en mis fantasías infantiles tipo Machtbox y Majorette, simplemente me encantaban cuando los veía pasar por la isla.


Cerca del Minicentro, cerca de la Panadería 4 de Mayo, estaba Bencamar, una de las tiendas preferidas de mi mamá. Primero tuvo un local más pequeño, pero rápidamente construyó un edificio de varios pisos, en el cual me maravillaba que los pedidos se enviasen al depósito colocando los papeles en unos recipientes cilíndricos de plástico que los empleados metían en unos tubos por donde la presión de aire los movía hasta otro piso, para que luego enviaran en un montacarga los productos que uno había comprado. Sus primeros dos pisos estaban llenos de objetos para el hogar, desde un mantel de plástico hasta un sartén, pasando por los cubiertos Oneida. Allí una mañana tan iluminada como aquella que recordaba el Coronel Aureliano Buendía al comienzo de Cien Años de Soledad, una mañana de comienzos de los años 70s, mi mamá descubrió el Teflón y desaparecieron los budares y calderos de mi casa para entrar en una era moderna antiadherente, a la que se le sumaron rápidamente sartenes eléctricos, tostadoras, batidoras de mano, cuchillos eléctricos y otras herramientas imprescindibles de la vida moderna, todas de colores beige y marrón, alguna con un toque de naranja en su diseño.

Bencamar

En el piso superior de Bencamar, creo que era el tercero, había juguetes y bicicletas, patinetas con ruedas de colores fosforescentes, trenes eléctricos, aviones y barcos a control remoto, esas cosas que uno soñaba entonces tener pero que uno ni se atrevía a pedir por no haber entendido a tiempo aquel slogan publicitario que rezaba “pida mijo que no sabe si están por darle”.

Los cambios vinieron rápidamente. El boom petrolero de mediados de los 70s hizo que mejorara el poder adquisitivo de muchas personas y el Estado invirtió en mejorar los servicios de electricidad y agua en la isla, los cuales eran sobrepasados en temporada alta. Se construyó el nuevo aeropuerto en los terrenos que habían sido expropiados a la Sucesión Tovar a finales de los años 60s (mi bisabuelo había prestado una suma de dinero a alguien en los años 20s y a su muerte mi bisabuela cobró la deuda, en los años 30s, recibiendo esos terrenos en pago. Aquello era una hacienda de criar chivos cerca del mar, cuyo capataz, Clemente, ya en sus últimos años se dedicó a administrar una bodega frente a la playa del mismo nombre y a las cual solían llevarnos cuando, incluso, la carretera era aún de tierra). 

Aeropuerto Santiago Mariño aún en construcción El Yaque 1973

La isla recibía miles de turistas en las temporadas altas, las cuales se concentraban en los meses de julio a septiembre, así como en diciembre, sin obviar que en carnavales y semana santa también había mucho movimiento. Las empresas de ferrys, como la del pariente por partida doble Fucho Tovar, invirtieron en nuevos barcos, había vuelos prácticamente cada media hora desde Caracas, incluso en las noches y madrugadas durante la temporada alta, donde los DC9 de Aeropostal y Avensa hacían colas para despegar en el aeropuerto internacional Santiago Mariño y los balnearios construidos en los años 50s y 60s, como los de La Galera, Playa El Agua y Guacuco se llenaban de turistas echados al sol. Se invirtió dinero en mejorar los sitios turísticos, como los fortines y otros edificios singulares. Se colocó mucha señalética en las carreteras de la isla, muchas de las cuales también recibieron una inversión importante. La calle Guevara se convirtió en un bulevar y en 1975 se decretó la creación del museo de arte contemporáneo de Porlamar. 

El comercio de Puerto Libre se multiplicó entonces por toda la isla, con dos focos principales: por una parte,  en Porlamar estaba el comercio de mayor prestigio, originalmente en el centro, donde la Calle Guevara se convirtió en un bulevar con una escultura del artista margariteño Francisco Narváez  y en los ejes de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo, aunque también de un comercio más popular, disperso en las calles del centro, de productos de menor calidad y precio, muchos dirigidos a revendedores que viajaban desde tierra firme a la isla a comprar productos baratos que revendían en otras zonas del país, y por otra parte en Juan Griego se creó otro foco de este comercio más popular, de los que llamaban “tiendas de turcos”, a la vez que allí y en Porlamar comenzaron a desarrollarse mercados populares como el de Conejeros, o el que se ubicó en la calle La Marina de Juan Griego, donde mi tío Enrique vendía pantalones y camisas importadas, que trasladaba en una pickup o en un Ford Maverick blanco, deportivo con rayas azules que tenía en aquellos años. Estos mercados eran galerías de pequeños puestos donde se vendía mercancía importada, incluyendo algunos de los productos tradicionalmente asociados a la isla: licores y cigarros, que al no tener impuestos costaban menos de la mitad de lo que valían en tierra firme, quesos de bola (el nombre tradicionalmente dado por los margariteños a los quesos Edam holandeses que desde hacía décadas llegaban a la isla, antes, a través del contrabando), alcoholados, jabones de lechuga o de Pera ingleses, pantalones colombianos, como los Caribú, chocolates, sábanas y toallas Cannon.

 Asimismo por toda la isla, en cada pueblo, surgieron pequeñas tiendas que se sumaron al Puerto Libre, y ofrecían localmente esos mismos productos a los turistas que en vez de quedarse en los hoteles de Porlamar o Pampatar preferían alquilar una “casa vacacional” en los pueblos de la isla, como Altagracia, en pueblo de mis padres, donde en una de estas tiendas, por ejemplo la de Toñita, que quedaba cruzando la calle de nuestra casa de vacaciones, podía encontrar el perfume Drakkar Noir, que era el único que me gustaba usar hasta después de graduarme en la universidad, o los maletines Samsonite, como el que yo llevaba al colegio en primaria, añadiendo por si solo como 3 kilos a las cosas que debía llevar todos los días de mi casa al Santiago de León de Caracas y que era parecido al neceser que usaba mi mamá para viajar con sus cosméticos, o las medias panty que venían en un envase en forma de huevo y que mi mamá compraba cada año bajo la premisa de que le ayudaban con las varices en las piernas o las botellas de vino Lambrusco o de brandy Terry que los habitantes de Los Hatos, que es como popularmente llaman los margariteños a Altagracia, tomaban en la plaza Sucre a la vista de todos y sin remordimiento para sus bolsillos, considerando que cada botella de esas costaba menos de un dólar.


 Estas pequeñas tiendas de pueblo podían manejar cantidades importantes de mercancía, al punto que recuerdo que en nuestra casa de vacaciones teníamos un edificio anexo, un garaje donde podían caber tres carros grandes – mi papá tenían entonces uno de esos carros grandes,  un Chevrolet Caprice Classic 1974 en el que cabían como 10 personas sentadas y tenía una maleta donde podía meterse una mudanza -  y en algunos años mi papá se lo alquiló a Toñita para que lo usara como depósito de licores, y todo ese espacio, de piso a techo, estaba lleno de cajas de whiskey escoses, donde se entremezclaban las cajas de opciones económicas como el Black and White o el Dewars o el 100 Pipers o el Dimple con otras más costosas como el Old Parr, el Buchanans,el Chivas Regal o el Etiqueta Negra e, incluso, el Swing o el rey de los whiskeys en esa época, el Royal Salute , que venía en un envase de cerámica con tapa de corcho dentro de una bolsa de gamuza con el nombre bordado.

La diferencia de precios ante la ausencia de impuestos en los licores y cigarrillos hacía de este rubro uno de los más movidos en la Isla. Casi todas las tiendas solían vender licores, desde los ya mencionados whiskeys hasta brandys como el el Gran Duque de Alba, con su caja forrada de terciopelo rojo, vinos y espumantes – las botellas de la viuda, el champagne de Madame Clicquot, formaban parte de la escenografía de la isla y la gente se las tomaba como quien toma un refresco, los licores dulces de Marie Brizard, que a mi mamá le gustaba atesorar (para tener que invitarle a las visitas, decía siempre Carmen Victoria, aunque a nosotros en realidad casi nunca nos visitaba nadie en esos tiempos)u otros como el Amaretto o el Fra Angelico o el Cointreau o el Drambuie o el Grand Marnier o el Anis del Mono se tomaban en la isla como quien toma una bebida local de precio insignificante. Esa demanda generó la aparición de los bodegones, locales especializados en licores (con un mayor surtido que las tiendas generalistas) pero también en chocolates, embutidos, quesos, caramelos y otros productos asociados. En 1975 apareció en la Santiago Mariño uno de los bodegones más emblemáticos, Don Lolo, que en dos locales contiguos ofrecía servicios de perfumería – cosméticos y perfumes de todas partes del mundo, incluyendo los más caros que usted pueda imaginarse -  y el bodegón, en el que a mí se me iban los ojos detrás de los estantes llenos de Toblerones, paquetes de Three Musketeers o Milky Way las tabletas de chocolates suizos como los Tobler, que venían rellenos de naranja, fresa o frutos secos. Para consumos más cotidianos, en las pequeñas bodegas de los pueblos compraba chocolates Kit Kat o Smarties, en la época en los que estos todavía eran productos ingleses fabricados por Roundtree, mucho antes de que Nestle y otros acapararan casi todas las marcas internacionales de chocolate, haciendo indiferente el país de producción.


Para 1979, cuando a mis 11-12 años mi mamá comenzó a dejarme comprar por mi cuenta la ropa que usaría durante el año, los corredores de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo ya se habían consolidado. Luego de esa fase inicial precaria, donde lo único que hacía llamar avenida a aquellas calles era un separador central sembrado con pequeñas matas de cayena, se habían construido en pocos años aceras amplias con bancos para sentarse y demarcado los espacios de estacionamiento y zonas de jardinería, las viviendas prácticamente desaparecieron de esos corredores para convertirse en suerte de centros comerciales al aire libre donde podías pasarte el día comprando cualquier producto imaginable, con espacios para descansar y restaurantes, luncherias y heladerías a lo largo del recorrido. Las viejas casas transformadas en tiendas habían sido en su mayoría sustituidas por locales ad hoc o pequeños centros comerciales, algunos con formas estrambóticas como de platillos voladores y cualquier cosa capaz de llamar la atención de los compradores y otros con una imagen de glamour como el centro comercial galerias (también llamado Fermo). Marcas como Gloria Vanderbilt, Jordache, Levis, Lightning Bolt, Vans, Fred Perry, Munsingwear, Lacoste, Benetton, Sisley, Kickers, Sebago, Bass, Adidas, Nike, Converse, Kangaroos,  eran las marcas generalistas y en ciertos locales, como la Media Naranja, donde a los clientes se les ofrecía un whiskey (a los caballeros) o un vino o una copa de champan francés (a las damas) mientras hacían sus compras, podían verse las marcas italianas y francesas más finas.

Entre La Media Naranja y la Panadería  4 de Mayo apareció a finales de los 70s Rattan, que primero fueron un supermercado y una tienda de muebles y equipamiento para el hogar y que una década más adelante se había convertido en un hipermercado de productos importados, en donde podías comprar desde una caja de vino hasta los muebles para la terraza de tu apartamento de playa, pasando por un juego de ollas, una nevera de dos puertas con surtidor de agua y hielo, una bicicleta  o una moto de agua.

Rattan en 1988

A mi papá todo aquel ambiente nunca le gustó. Sus compras personales, con la ropa que necesitase para todo el siguiente año, podía resolverlas en 15 minutos en cualquier tienda cercana a nuestra casa vacacional, en una de esas tiendas de puerto libre que estaban en los pueblos y donde se conseguían camisas Van Hausen y pantalones de gabardina, pero donde no había tanta concentración de gente. Llegue a presenciar alguna vez como pedía que le mostraran un pantalón y luego de probárselo rápidamente pedía que le dieran 5 iguales de colores surtidos. A mi mamá, por el contrario, siempre le gustó ir de tiendas y no necesariamente de compras  (y hasta el día de hoy, mi hermano de vez en cuando le recuerda que el día que ya no esté con nosotros va a ir a echar sus cenizas en un Marshall para que sea feliz hasta la eternidad) y en particular para la ropa siempre tuvo el ojo entrenado: Mi abuela fue costurera toda su vida y tenía en su casa varias máquinas en las que iban señoras a coser camisas y otras prendas que luego se vendían en los campos petroleros de Anzoátegui y Monagas. Carmen Victoria, “la Nena” como la llamó siempre su familia, aprendió a coser con mi abuela al punto que con 12 años ya le había hecho el vestido de matrimonio a su hermana mayor y aun cuando no estaba muy pendiente de modas, siempre nos comentaba sobre la calidad de la ropa, los tipos de tela y la “calidad de la hechura” y mantuvo siempre y mantiene hoy en día el principio aquel por el cual era preferible tener una sola camisa buena que tener el closet lleno de cachivaches. ¨La ropa buena dura más, Gonzalo Enrique, así que al final terminas ahorrando y aunque este muy usada siempre se ve mejor, uno está más presentable y los demás se hacen una mejor impresión de uno” me decía Carmen Victoria en aquellas charlas donde conversábamos sobre que debía comprarme y qué no con el dinero que ella me daba, siendo yo todavía un niño.

A esa edad, a los doce y hasta más o menos los 16-17 años, ya en los años 80s, seguí acompañando siempre a mis padres en las vacaciones en Margarita y cada año, un día del mes de agosto, mis padres me dejaban en la puerta del Minicentro o afuera de Bencamar o enfrente de la panadería de la 4 de Mayo, con suficiente dinero en el bolsillo para recorrer a lo largo del día casi todas las tiendas de la 4 de Mayo y la Santiago Mariño y comprarme la ropa que usaría a partir de septiembre en el siguiente año escolar (estudié en un colegio sin uniforme y solo llegué a usar uno en los años finales de la secundaria, luego de la imposición de una normativa del Ministerio de Educación). Como mi mamá, disfrutaba meterme horas en aquellas tiendas y apreciar las diferencias en el diseño, la calidad de las telas o la particularidad del corte o las costuras o el tejido y sin que nadie me explicara quienes eran los principales diseñadores europeos comencé a reconocer sus diseños y a diferenciar las telas de calidad. Y siempre bajo la premisa de que era mejor tener una camisa buena que el closet lleno de cosas que se se deteriorarían rápidamente. A partir de los 18 años mis visitas a la isla fueron más cortas, algunas incluso de fin de semana (era muy barato viajar en avión en esos tiempos) y ya  por mi cuenta, sin la compañía de mis padres.

En los 80s vino el viernes negro y el control de cambios, pero Margarita tuvo un tratamiento especial, incluyendo el dólar preferencial para la importación de licores, lo cual mantuvo el atractivo de la isla como fuente de aprovisionamiento nacional de whiskies escoceses y otras bebidas internacionales. La situación económica no eran tan buena como en los 70s, disminuyó significativamente el número de revendedores que iban a la isla a comprar mercancía para ofrecerla en otras zonas del país, pero en la isla se siguió viviendo del turismo y el comercio, la cantidad de turistas nacionales seguía siendo muy alta y además se sumaron turistas internacionales, por ejemplo, obreros canadienses que venían en vuelos charter de vacaciones a Margarita y Puerto La Cruz atraídos por paquetes turísticos muy baratos o turistas españoles que llegaban huyendo del invierno. Esto se mantuvo por lo menos hasta mediados de los años 90s. En 1991 las agencias de viaje de Alcalá de Henares, donde se había ido a estudiar este servidor, solían colocar en sus vitrinas ofertas para ir a Isla Margarita, en donde algunas empresas españolas habían invertido en complejos turísticos, como el de Isla Bonita, financiado por la ONCE de España.


   

La avenida 4 de Mayo siguió creciendo hacia Los Robles y la rápida urbanización de los terrenos entre Los Robles y Pampatar (proceso que se había iniciado a finales de los 60s con la Urbanización Playa El Angel y otras posteriores, como la Urbanización Jorge Coll, que tuvo su apogeo en los 80s y 90s) para la construcción de casas y apartamentos comparables a los del Este de Caracas contribuyó a desplazar el eje comercial hacia esa zona, aunque todavía en los años 90s la Santiago Mariño y la 4 de Mayo seguían siendo las zonas comerciales de mayor prestigio y sus tiendas seguían ofreciendo productos de muy alta calidad, como el reloj Rado de material cerámico negro que mi mamá se ponía cada vez que tenía una ocasión especial y que había comprado a comienzos de los 90s en una joyería de la 4 de Mayo o las corbatas italianas que yo me compraba para lucir en las reuniones de mi trabajo en la Universidad Simón Bolívar o los sartenes, juegos de ollas y cubiertos que Patricia y yo compramos en Rattan en 1994 cuando, recién casados, fuimos a pasarnos unos días en la isla y nos quedamos en un hotel de la Avenida 4 de Mayo.

El desarrollo de centros comerciales, a partir de la inauguración del CC Central Madeirense  de la urbanización Jorge Coll en 1985 incidió el desplazamiento del interés comercial fuera de los corredores de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo. En un proceso que tomó un cuarto de siglo, los clientes se fueron desplazando hacia otras opciones.  En 1996 se inaugura una nueva tienda Rattan (Rattan Plaza) de muchas mayores dimensiones frente a la urbanización Jorge Coll, dejando a la de la avenida 4 de Mayo como una sucursal de menor tamaño y en 1999 Central Madeirense inaugura su Hipermecado Central. Ya a comienzos de este nuevo siglo se inaugura en Pampatar el Centro comercial Sambil, cerca de donde funcionó desde 1986 hasta 1996 el canódromo y a sus costados, algunos años más, la gallera monumental y el parque de atracciones isla mágica. Los Centros comerciales La Redoma, la Vela, el Costa Azul, el mal Center, el Caribean Center, el AB, entre otros, entraron a competir por la clientela que progresivamente se fue alejando de las dos avenidas principales de Porlamar para desplazarse a los centros comerciales, que ofrecían mayor seguridad y comodidades para estacionarse.

A finales de 2009 visitamos la isla por última vez con la familia y todavía sobrevivía parte del ambiente comercial de las avenidas Santiago Mariño y la 4 de Mayo. Aunque muchas de las compras en esa oportunidad las hicimos en los centros comerciales, todavía podían verse los bodegones llenos de licores, embutidos y quesos importados y en Bencamar todavía ofrecían los sartenes de Teflón que eran la marca registrada de la cocina de mi mamá.

El rápido deterioro económico de Venezuela en la última década se reflejó también en la isla, al punto que para el 2018 más del 70% de los locales comerciales de las avenidas  Santiago Mariño y la 4 de mayo estaban cerrados y los que sobrevivían lo hacían con inventarios modestos, en muchos casos con mercancía de una calidad que nada recuerda lo que allí se vendió décadas atrás. Hoy la situación es peor, con centros comerciales abandonados y casi total ausencia de visitantes.

Los finales tienen sus símbolos. Uno de ellos podría ser el platillo volador, hoy en ruinas, que quedaba cruzando la calle frente a Adams (donde luego estuvo Clouds, tienda que tambien tenía una sucursal en la Santiago Mariño), muy cerca de la agencia del Banco Unión, el edificio que tenía una acera recubierta de baldosas de color cobrizo, a pocos metros de Saks, pasando el Hotel Flamingo. También podría ser el momento en que quitaron la bola de luces de la puerta de Saks para hacer espacio a una venta de pollos Arturos. Aunque probablemente el final llegó mucho antes, no tanto como el viernes negro de comienzos de los 80s ni el sacudón que supuso los saqueos de 1989 o los intentos de golpes de estado de 1992. El verdadero símbolo del final de una época llegó en 1998, cuando demolieron el viejo domo de La Media Naranja para dar paso a un centro comercial de tiendas sin encanto, como adivinando que en esa fecha también se comenzaba a demoler lo que quedaba del país que construyó “el centro comercial a cielo abierto” de Porlamar. 

Hotel Margarita Concorde 1979

 

martes, 24 de septiembre de 2019

Diez Casas (Parte 3. El Copey)


3. El Copey

En la misma época en que nos mudamos a la casa de Los Chorros, mi papá también compró – a crédito, para variar, recuerden siempre el mantra “fiao hasta un vapor” - por doce mil bolívares de entonces una casa en Altagracia –o Los Hatos, que es como los margariteños llaman a este pueblo del norte de la isla, que en algún tiempo remoto antes de ser pueblo fue el “hato de Suarez” -, pueblo donde habían nacido mis padres y en el cual aún vivían entonces tres de mis abuelos. 

Era una casa tradicional margariteña de paredes gruesas de ladrillos de adobe con la fachada de dos colores, creo que originalmente era verde y blanca y luego amarilla y blanca, con molduras alrededor de las grandes puertas y ventanas, techos altos de caña brava y tejas, corredor en forma de ele, pisos de cemento pulido coloreado, un tanque grande de agua tapado por láminas de zinc sobre una estructura de madera y un patio trasero amplio, largo, delimitado por una cerca de alambre de púas y en algunos tramos por malla de gallinero. Tenía, a un costado, un galpón de paredes de ladrillos grises y techo de zinc, en el cual cabían dos o tres carros grandes, al cual mi papá le puso dos puertas grandes de metal. En cuanto la compró, mi papá amplió la casa, contratando a unos albañiles de medio pelo del mismo pueblo, agregando un baño, una cocina, un lavadero y un nuevo comedor, separado del corredor por una jardinera con ladrillos rojos. También le agregó un pozo séptico al fondo del terreno y un tanque de agua elevado, alimentado por una bomba eléctrica, que siempre fue la mayor preocupación de mi papá, porque las pocas veces que alguien se metió en la casa aprovechando los meses en los que no estábamos en la isla, lo hicieron buscando llevarse ese aparato. También reconstruyó los pisos de la casa, toda la instalación eléctrica, y la pintó nuevamente, por completo, en una combinación de amarillo y blanco que destacaba especialmente en la fachada.

La casa estaba ubicada en la calle 9 de diciembre, a la que todo el mundo llamó siempre El Copey, calle que se iniciaba en la Plaza Sucre, un espacio triangular poblado de guayacanes y árboles de uva de playa, caminerías de cemento y lámparas de plástico en forma de cono invertido, en cuyos bancos de granito blanco era común ver a los lugareños esperar el transporte público, tomar la siesta, a los borrachitos pasar la rasca y a los enamorados “pelar la pava”, bajo la mirada vigilante de las casas vecinas, en las que al caer la tarde la gente sacaba las mecedoras para “agarrar el fresco”, saludar a los que pasaban y, en ocasiones, comprar una torreja azucarada o una empanada caliente a los que pasaban ofreciéndolas por la calle, a viva voz.

Cuando mi papá compró la casa, en un extremo de la plaza todavía estaba un pequeño tanque y una pila pública de agua, a la cual acudían con sus envases los vecinos de la calle que aún no tenían servicio de agua corriente en sus casas, por ejemplo, la familia de Chemané, el panadero, que andaba en una bicicleta negra con una cesta al frente, en la cual llevaba los panes de anís, las empanadas de guayaba y las rosquitas azucaradas que tanto me gustaban y que Chemané horneaba en el patio de la casa de su suegra, nuestros vecinos, a donde vivió hasta que pudo hacerse su propia casa en otra zona del pueblo. Al segundo o tercer año de nuestras vacaciones anuales allí, ya todas las casas tenían agua por tubería y entonces, ante su inutilidad, demolieron el tanque y ampliaron las áreas verdes de la plaza.

En una esquina de la plaza, en una casa amarilla y verde, estaba la zapatería La Estrella, cruzando la calle San Antonio quedaba un botiquín con rockola donde se jugaba ajiley y truco al ritmo de las canciones de Julio Jaramillo; en la otra esquina de la plaza, al costado de la bodega de su mamá, Puglia, construyeron los primos Wettel Tovar una edificación a la que los lugareños llamaban “el edificio”, una casa de aspecto moderno con techo de tejas de dos pisos, con dos apartamentos y dos locales comerciales, en los que, al amparo del Puerto Libre, se vendían electrodomésticos, colchones, muebles y bicicletas. A partir de la Plaza Sucre, donde El Copey se encontraba con la Calle San Antonio –la denominación urbana de la carretera de Juan Griego a Santa Ana del Norte-, la calle El Copey no tenía más de cuatro cuadras, pobladas de casas de una planta, cuatro negocios – dos bodegas y dos tiendas de puerto libre, a donde iba a buscar kitkats, smarties y toblerones, que se derretían en minutos al salir del ambiente controlado de las tiendas a las que acudían revendedores de ropa venidos de Caracas a buscar mejores precios que los que ofrecían las tiendas de Porlamar y Juan Griego.

Yo, advertido por mis padres de no entrar en la Calle San Antonio, por donde pasaban los carros con gran velocidad, recorría El Copey en bicicleta hasta donde desaparecían las casas, y en los bordes del camino solo se veían cardones, yaques, chivos y guaripetes y el sol calentaba el asfalto al punto de sentir que se quemaban los pies, incluso, a través de la suela de goma.

Poco tiempo después de que mi papá comprara la casa de Altagracia, en medio de boom de inversiones turísticas en la isla, hoteles, tiendas, restaurantes, nuevas avenidas, abrió sus puertas al final de la calle El Copey el Safari Margarita, un parque en el que podían verse tigres, leones, osos, cebras, jirafas, antílopes, búfalos, monos, garzas rosadas, hipopótamos y rinocerontes, en un recorrido que se hacía en carro con los animales sueltos alrededor. Solo entramos con mi papá haciendo el recorrido completo en el carro una vez, que yo recuerde, además del día de la inauguración, donde todos los habitantes del pueblo hicimos cola con nuestros carros para ver de cerca a los animales de la sabana africana en los montes en los que mi padre había ido desde niño buscando conejos o frutos de pichiguey. En la entrada de safari hubo un restaurante y una tienda de recuerdos, un parque mecánico, y construyeron poco tiempo después de la inauguración unos dinosaurios de concreto pintado a los que nos subíamos los muchachos de la zona, incluso tiempo después de que cerrara el safari, quedando solo la cervecería, viendo a lo lejos los cerros resecos bajo el sol abrasador de la isla.

A partir de entonces, en nuestras vacaciones escuchábamos desde la casa, en las noches,  acostados en nuestros chinchorros y arrullados por los ventiladores eléctricos, que apaciguaban el calor y alejaban a los zancudos, el rugir de los leones, a los que comenzaron a alimentar con los burros realengos de la isla, al punto de prácticamente verlos desaparecer en pocos años. Con mi bicicleta pedaleaba hasta la entrada del parque y me quedaba viendo los cachorros de león que tenían en un espacio confinado cercano al restaurante, también recuerdo haber ido algunas veces bordeando la cerca del parque, por afuera, y darle de comer con la mano a las jirafas, que sacaban su largo cuello por encima de la cerca perimetral, en las proximidades de la carretera que une a Santa Ana con el Valle de Pedro González, a las afueras de Altagracia.

A esa Margarita de los 70s, en la que comenzaban a sentirse los efectos de la Zona Franca, del Puerto Libre y el turismo masivo, pero en la que en sus pueblos la gente continuaba durmiendo con la puerta abierta, peregrinábamos cada año, algunas veces copando todas nuestras vacaciones escolares, por lo que estábamos allí dos meses entre julio y septiembre y luego volvíamos para navidades y fin de año. Allí aprendimos a montar bicicletas, a jugar yaqui y juegos de cartas con los vecinos, a la puerta de cuya casa nos asomábamos para ver la televisión, y también a jugar bolas criollas, a ponerle dinero a las rockolas y a disfrutar una Gaseosa Espartana o una uva Grappette a media tarde, cuando convencíamos a nuestros padres de darnos un medio para ir a la bodega, en la que a veces el bodeguero nos hacía señas desde una hamaca para que sacáramos nosotros mismos la botella fría de la nevera y le dejáramos el pago sobre la misma, junto a la botella vacía. También íbamos a la playa dos o tres veces por semana, mayormente a Playa El Yaque, al otro extremo de la isla, antigua hacienda de cría de chivos que recibió mi bisabuela como pago de una deuda hace unos 90 años y en la que décadas después se construyó el actual aeropuerto de la isla, aunque también a íbamos a Puerto Viejo, Puerto Cruz y Playa Zaragoza, en Pedro González, el pueblo vecino de Altagracia.

Playas Puerto Viejo y, al fondo Puerto Cruz, Pedro González, Isla de Margarita

También nos acercábamos cada año algunos pocos días a Porlamar, la capital comercial de la isla. Mi madre, a la que no le gustaba mucho ir a la playa, hubiese deseado ir a diario, a recorrer las tiendas y a visitar a su tía Valentina, que tenía varios negocios cerca de la calle Guevara, pero a mi papá no le gustaba para nada ir de compras, a menos que fuese a buscar alguna oferta de whiskey escocés.  La aversión de mi padre a pasarse el día de tienda en tienda era tal que, a partir de cuando cumplí 13 años, coincidiendo con la época en que dejé de ir al colegio en el transporte del señor Amadeo y comencé a volver a mi casa desde el colegio en camionetica por puesto, mis padres me llevaban por la mañana, temprano, desde Altagracia a Porlamar, después de desayunar carite frito con arepas, y me dejaban donde entonces terminaban los locales comerciales de la avenida 4 de Mayo, frente a la tienda Minicentro, con la promesa de volver a buscarme al final de la tarde en la panadería 4 de Mayo, ubicada en las proximidades de Bencamar y cerca de donde luego estuvo la tienda Rattan, a dos cuadras de Saks y La Media Naranja, los íconos comerciales de la zona en aquella época.

Cruce de las Avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño, a la izquierda La Media Naranja, años 70s

Mi mamá me daba un sobre con dinero -que yo guardaba celosamente en el bolsillo del pantalón- e instrucciones de no alejarme de las avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño. Así como mi papá tenía su mantra crediticio, mi mamá se pasó todos esos años repitiéndonos que era preferible tener una sola camisa buena que un montón de ropa de baja calidad “que no representa” y que se puede ahorrar en otras cosas menos en los zapatos. A la hora que las tiendas ya estaban abiertas y comenzaban a verse compradores en bermuda y zapato de goma paseando por aquellas avenidas, me quedaba viendo a mis padres alejarse en el Chevrolet de mi papá y, con mi hermano, nos pasábamos el día de nuestra cuenta, recorriendo tiendas, pegando la nariz en las vitrinas de las joyerías -como aquella de la planta baja del Hotel For You en la que ponían en la vitrina un aviso que rezaba “si usted necesita preguntar los precios, mejor no entre”- probando los perfumes de Don Lolo, viendo los quesos de bola holandeses apilados en los bodegones, buscando las cosas que la noche previa ya habíamos acordado con mamá, las cosas que mi hermano y yo necesitábamos comprar para el nuevo año escolar de nuestro colegio sin uniforme –usualmente unos zapatos deportivos, All Star en Saks o Adidas bajando por la Santiago Mariño, mi hermano prefería los Vans, zapatos de diario para ir al colegio, Kickers cada año, mi mamá decía que eran los únicos que le duraban a mi hermano todo el año, y, luego, ya hacia finales del bachillerato, Bass o Sebago, pantalones, Wrangler de pana, al principio, mi mamá decía que eran tan buenos como los Levis y costaban 5 o 10 bolívares más baratos y, luego, cada año, cuando ya no seguía estrictamente las recomendaciones de mi mamá, Benetton y Sisley, camisas, medias, interiores-. Cuando algunas personas se sorprenden porque cuando viajo solo suelo comprar, a ojo, ropa para toda la familia o cuando asumo con naturalidad largas listas de encargos familiares o cuando en medio de tiendas tumultuosas, tipo Century 21 o Macys, tengo “ojo” para encontrar rápidamente las cosas que estamos buscando, suelo decir que no es una habilidad natural, durante años mi mamá me preparó para ello.

Mis padres regresaron a la isla cada año, incluso varias veces al año, hasta hace muy poco, nosotros dejamos de acompañarlos en los primeros años de la universidad, a mediados de los 80s, porque ya para entonces la enamorada, los amigos, el cine o la posibilidad de quedarnos a nuestras anchas en la casa de Caracas, sin horarios, presiones o controles, era una opción más atractiva  que volver durante dos meses al pueblo de los padres, en donde no teníamos televisión y el teléfono público más cercano quedaba a 6 cuadras de la casa, en la comisaría de la policía. Volvimos a la isla por nuestra cuenta varias veces, incluso al día siguiente de nuestro matrimonio, pero nunca volvimos a quedarnos en la casa de El Copey. Mis padres, progresivamente, dejaron de usarla, porque aunque seguían viajando a la isla, preferían quedarse en un apartamento que había comprado en Juan Griego, más fácil de mantener, más fácil de cerrar cuándo regresaban a Caracas.

Mi Padre vendió la casa de El Copey a unos vecinos hace unos años, ellos la unieron con la parcela contigua para construir una posada turística. Todavía era amarilla y blanca y seguían en el patio las matas de anón, limón, níspero, guayaba y uva de playa. Sobre la fachada, a diferencia de cuando la compramos, hacían sombra los 3 guayacanes que le ayude a sembrar a mi papá entre la fachada y el borde de la calle, cuando mi edad solo tenía un dígito.

martes, 16 de abril de 2019

Apagón

La vida de los pueblos se hace en torno a las rutinas.

Cada día mi abuela Emilia, luego de almorzar en su casa de la calle San Antonio, dormía la siesta, trabajaba un rato en una máquina de coser Singer color beige, barría la casa, según estuviera llegando el agua regaba abundantemente las matas del corredor adornado con columnas panzonas de cemento y techo de tejas y caña brava,  y se bañaba todas las tardes con jabón de lechuga en un baño con piso de baldosas de cemento blanco y negro ubicado al fondo de la casa, rodeado de árboles de ciruela, uva grapette y pandelaño. Luego de espolvorearse con talco de olor, bañarse en Jean Naté y ponerse una bata limpia, Emilia cruzaba el corredor y la sala, empujaba una mecedora de mimbre afuera de la puerta de madera y se sentaba a ver pasar uno que otro carro, uno que otro vendedor de empanadas o de torrejas espolvoreadas con azúcar y a saludar a los vecinos que caminaban o montaban bicicletas por la calle. Así día tras día, hasta el anochecer, así hasta que se encendían las luces de los postes, unas luces amarillas, dispersas, que alumbraban unos metros alrededor de cada esquina, dejando espacio para la imaginación que ve personajes e historias entre las sombras de los árboles y las casas.

Mis padres nacieron en un pueblo del norte de la isla de Margarita con tres calles, que originalmente eran tres caminos que comunicaban con Juan Griego, Santa Ana del Norte y Pedro González. Es un pueblo sin mar formado en un cruce de caminos, caminos a los que comenzaron a construirle casas de bahareque y adobe a los costados e iglesia, capilla, dispensario y escuela, en lo que habían sido los hatos de un tal Suárez. Seguramente por eso los habitantes de este pueblo nacido en un cruce de caminos cercano a un pozo de agua no se identificaban a si mismos según el nombre oficial del poblado, Altagracia, lugar de los gracitanos, sino como hateros, los que son de Los Hatos.

Por distintas razones que no vienen al caso, mis padres no se conocieron allí, en ese pueblo que era de tres calles de tierra en el que todos sus habitantes se conocían, salvo mis padres, ni siquiera porque mis abuelos paternos y maternos vivieron a unos 300 metros de distancia unos de los otros, ni porque mi padre solía pasar rumbo a su casa, siendo un niño, muchas tardes por la puerta de la casa de mi abuela materna, Emilia, ofreciendo a la venta plátanos maduritos o cachapas calientes, que traía a lomo de un burro desde El Tamoco, una finca de mi abuelo, al pie de un cerro, cercano al pueblo vecino, la villa de Santa Ana del Norte, o simplemente El Norte, como lo llamaban los hateros de entonces.

A Los Hatos o Altagracia, lo dejo al gusto del lector, llegó un día de la primera mitad del siglo XX la electricidad, probablemente entre finales de los años 30s y comienzos de los 40s, no tengo la fecha exacta..a Juan Griego había llegado en 1928 y a Santa Ana en 1936, no había un sistema interconectado, solo plantas generadoras aisladas en cada uno de los pueblos que surtían una precaria red de alumbrado público y algunas casas, al principio solo por unas cuantas horas al día....para 1946, de acuerdo a un reportaje aparecido en la revista Fomento del trimestre julio-septiembre de 1947, Altagracia contaba con una planta eléctrica con capacidad para surtir 18,5 kw, lo que apenas era suficiente para encender unos 200 bombillos. Por eso, si alguien conectaba alguna plancha no era de extrañar que todos los que se usaban la red eléctrica del pueblo sintiesen un bajón en el servicio, un parpadeo en las luces, un estremecimiento de la claridad amarillenta. Mi padre me ha repetido varias veces la anécdota que cuenta que en oportunidad de inaugurar el nuevo servicio, el jefe civil se reunió con los vecinos para poner en funcionamiento la planta eléctrica con un discurso en el que se destacaba que aquel artefacto venía a hacer realidad el sueño de Bolívar cuando dijo aquello de "moral y luces son nuestras primeras necesidades..."

A partir de los años 40s, con el aumento de los ingresos petroleros, Venezuela emprendió diversos y sucesivos planes eléctricos, orientados al crecimiento continuo de la generación y distribución de electricidad en un país de creciente población y con afanes modernizadores. Así, cada década desde entonces Venezuela multiplicó su capacidad de generación y distribución de energía eléctrica y multiplicó el consumo per cápita en el país, hasta hacerlo el más alto de latinoamérica a  partir de la década de los años 60s. De esa manera, para los años 70s del siglo pasado todas las ciudades del país tenían una cobertura cercana al 100% y se había puesto en marcha un plan por el que todo centro poblado de al menos 15 viviendas -según me explicó alguna vez en la Universidad Simón Bolívar la profesora Amita Villegas, la primera mujer ingeniero eléctrico que trabajó en CADAFE y con quién trabajé en el IERU-USB- estaba siendo servido mediante su conexión a una red nacional que integraba a empresas privadas con empresas públicas.

En mi infancia, en los años 70s, los cortes del servicio eléctrico eran casi inexistentes en Caracas, a dónde estábamos la mayor parte del año, pero cuando viajaba a Margarita por vacaciones escolares, raro era que en un mes que nos pasábamos en la isla uno o dos días no nos tocase algún apagón, aunque no fuese muy prolongado. La isla duplicaba su población en época de vacaciones y no era raro algún incidente con el servicio eléctrico en el período de mayor afluencia de temporadistas.

El corte del servicio eléctrico era acompañado siempre por un murmullo que salía de las casas vecinas y se desplazaba por el aire, si la electricidad no regresaba de inmediato se imponía el silencio. El protocolo familiar de actuación en caso de apagón repartía las funciones: unos iban a desenchufar la nevera y el televisor, otros iban a buscar velas y fósforos en la cocina. Todos iban luego a sentarse en la puerta de la casa.

Emilia seguía meciéndose en la puerta de la casa viendo pasar a los vecinos que caminaban o pedaleaban por la calle San Antonio, ahora a oscuras, salvo por el eventual paso de algún carro y sus luces, salvo por el reflejo de la luna sobre la capilla y los árboles de la cuadra. A veces eran minutos, alguna vez se prolongó por una hora o más, pero nunca como el apagón que me reportan mis padres por teléfono  mientras escribo estos recuerdos, nunca una oscuridad tan larga, nunca una sombra que envuelve todo, nunca un silencio tan prolongado.

Aquí estoy sentado, en Lima, esperando a que llegue la luz a Venezuela.



sábado, 27 de diciembre de 2014

Regalos de navidad

Mis tres hijos ya han abierto sus regalos de este año, una muñeca, un caja de auto mercado, con su carrito repleto de productos simulados (casi un chiste cruel considerando el estado de los supermercados venezolanos o podrían interpretarse como un juguete de ciencia ficción, como cuando me regalaban una nave espacial varias décadas atrás), un juego de video de Pokemón, libros y un vale para que Lucía, la mayor, escoja ropa a su gusto.

En la sala de la casa de Colinas de Bello Monte, a la que hemos llegado recién el día anterior de la navidad, han quedado las cajas regadas y los trozos de papel de regalo junto a un pequeño nacimiento italiano, de porcelana, que trajimos de París hace unos años. Este año, por primera vez que yo recuerde, no hay pino de ningún tipo o tamaño en casa, tampoco corona en la puerta. Pero no se nota mucho el desorden, ya que nuestra sala está repleta de cuadros, cajas y muebles, sumando a las cosas que normalmente la llenan las otras cosas que nos trajimos de la oficina cuando no mudamos a Lima hace un año.

Todos en casa se han ido a visitar amigos y familiares y yo me he quedado entre las cajas y las cosas, en el único extremo vacío de la mesa de comedor, tratando de terminar un informe que tengo que entregar en otro país, correo mediante, antes de que el año cierre sus puertas. Suena de vez en cuando el teléfono, preguntándonos por nuestro viaje, por cuántos días nos quedamos, por cómo vemos la cosa, por cuándo podemos vernos para conversar. Ganas de trabajar en estas fechas hay pocas, debo decirlo, y una ciudad en silencio, con nubes y brisa de lluvia, poco ayuda a la concentración. El internet que viene y va y se mueve muy lentamente y una computadora prestada a la que no le funciona bien el teclado tampoco colaboran (la mía anunció su muerte a través de un técnico el viernes pasado, en Lima, negándose a volver a su tierra de adopción y me prestaron la que usó una ex-empleada de mi oficina de Lima hasta hace un año). Se respira tristeza en el aire. Así hemos encontrado a Caracas, triste, y hoy ni siquiera se ve el Ávila ni el cielo azul, los principales atributos que le quedan a la ciudad de la eterna primavera, esa luz que nos acompañó hace pocos días mientras veníamos desde el aeropuerto.

Viendo las cajas regadas por mis hijos me ha dado por recordar lo que me dieron mis padres en las navidades de mi infancia. No tengo el registro de cada año, mi padres nunca fueron muy dados a la fotografía, no hay muchas imágenes de nuestra navidades. Algunas fueron en Caracas, otras fueron en Margarita, pero siempre hubo un regalo al pie de la cama o la hamaca, según fuese navidades en la casa de Caracas o en la de la playa. Pero no había cenas ni eventos importantes. Mis pdres siempre se han acostado temprano, incluso la noche en la que finaliza el año.

A veces llegaban cosas que yo había pedido, otras no. Varias veces me dieron ropa. Temprano, a sabiendas que no había ningún ser sobrenatural que se encargase de los regalos, comencé a escoger los regalos yo mismo, en los días previos a la navidad, pero eso tampoco era garantía de éxito. A veces me compraba yo mismo regalos que luego no eran lo que me había imaginado.

Recuerdo especialmente un año en el cual me compraron un álbum de estampillas forrado en cuero marrón claro y un sobre con 1000 estampillas de todo el mundo. Me lo compraron (yo fui con mi mamá, que le explicaba al encargado, español si mal no recuerdo, que yo a mis 11 años había pedido eso por navidades) en una tienda llamada Filven, Filatelia Venezuela, en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. Luego volví a esa tienda varias veces, a buscar sobres con estampillas organizadas por países. Recuerdo que me sentaba en el escritorio de mi papá a organizarlas en el álbum y mientras lo hacía me imaginaba como eran los lugares de dónde procedían. Todavía conservo el álbum.

Recuerdo un año donde me compraron mi primer reloj de pulsera, un reloj Oris con la correa de cuero negro con agujeritos que al parecer no salió muy bueno. Era a cuerda y lo usé menos de un año. Mi madre aún lo guarda, espero que me lo de alguna vez. Lo compraron en una joyería que quedaba a una cuadra hacia el este de la esquina de La Torre, en el centro de Caracas. Como ese reloj no salió muy bueno (aunque lo recuerdo muy bonito), al año siguiente me regalaron uno más grande, automático, uno Seiko como de submarinismo, con la correa de plástico negro y el fondo de la pantalla color naranja. Ese Seiko me lo compraron en una joyería a la que íbamos todos los años cuando viajábamos a Margarita, a la playa. Era una joyería un poco extraña, pero así eran muchas tiendas de los primeros años del puerto libre de Margarita: quedaba en medio de la nada, al borde de la carretera, cerca del pueblo de San Juan Bautista. Detrás de la tienda estaba la casa del joyero, mis padres lo conocían de toda la vida. Mi madre también conserva ese reloj que usé varios años, hasta entrado en el bachillerato.

Mi Seiko era similar a este, pero con el fondo color naranja

Un año me regalaron un avión que me compraron en una tienda de la avenida 4 de mayo. Bencamar se llamaba la tienda, me imagino que, como tantas cosas, ya no existe. Afuera, en la tapa de la caja, el avión, un Spitfire de la real fuerza aérea británica, venía pintado de camuflaje y andaba entre las nubes. A mis pocos años siempre me sentó mal que el que venía dentro de la caja no volara y solo hiciese un ruidito al rodar, empujado por la mano de su propietario, sobre el piso de cemento de la casa de mis vacaciones. No recuerdo hasta cuando lo tuve, no se si estará en algún closet de la casa de mis padres.

Otro año me trajeron unos trenes marca Lima, eléctricos, muy bonitos. Mi hermano también tuvo alguno y, en algún momento se quedó con todos, los suyos y los mío.Venían en cajas con varios vagones y tramos de pista, pero también vendían vagones individuales, transformadores y piezas de decoración. Siempre quise hacer una maqueta que pudiese meter debajo de la cama, o colgarla del techo, como vi en un revista de la época, pero nunca tuve la maqueta, aunque la dibujé muchas veces.

Trenes Lima

Algún año, de finales de los 70s completaron el dinero que tenía guardado y me compré una consola Atari con 2 cartuchos de juegos. Alguna vez me regalaron libros. Y ropa. Ropa. Ropa. Alguna vez ya me dijeron que estaba muy grande para eso de los regalos, aunque mi madre nunca ha dejado de regalarme algo. Todos lo últimos años me ha regalado una pluma, que sabe las colecciono. Este año ha ido una Cross de color rojo.

Atari

Llueve en Caracas. Apenas se escuchan carros pasar por la autopista que veo desde la ventana de mi apartamento. No parece navidad. Este año hay muy pocos fuegos artificiales, hay poca publicidad de navidad en las calles, pocos adornos. La gente va con la cara amarrada. hay violencia contenida, hay resignación. Las calles están sucias, las luces alumbran poco, la luz en las calles es amarilla y tenue. Esta mañana vi colas en una venta de electrodomésticos cercana a mi casa, allí venden a precios regulado por el gobierno, pero me explican que la mayor parte del tiempo no hay nada para vender.

Solo voy a estar dos semanas en Caracas, pronto voy a volver a Lima a ocuparme de un nuevo trabajo, pero antes de irme voy a buscar mis dos relojes, el Oris y el Seiko de submarinismo, en casa de mis padres. Verlos funcionar de nuevo sería un bonito regalo de navidad.

  


jueves, 21 de agosto de 2014

El Yaque

Mis vacaciones de niño solían ser en la isla de Margarita, en el oriente venezolano. Cada año, a finales de julio, nada más comenzar las vacaciones escolares y sin regreso hasta bien entrado el mes de septiembre, salíamos de Caracas en un carro lleno de cosas rumbo a Margarita, la tierra de mis padres, y allí se combinaban, en un territorio que abarcaba un radio de una hora de viaje en auto, como máximo, dos mundos paralelos: había una Margarita que apuntaba al mundo exterior, la de las tiendas de la zona franca (y luego el puerto libre), los carros importados, los electrodomésticos de última generación, la ropa de marca, las bebidas y los perfumes, los restaurantes y los turistas ; y otra Margarita, que era la de mis padres, la de los pueblos al margen de los turistas, donde se mezclaba cierta inocencia con algunas miserias, a donde no había llegado - para bien y para mal-, ni por asomo la modernidad. Eran pueblos es los que todavía estaba presente la generación de mis abuelos, con sus costumbres y sus casas, con las imagenes de un mundo que estaba por desaparecer.
 
En los pueblos del norte de la isla, de donde son mis padres, Altagracia (Los Hatos), Santa Ana (El Norte), Tacarigua, Pedro González...se vivía entonces una vida tranquila, silenciosa, lenta, de casas de colores con las puertas abiertas y viejitos meciéndose en sillas de mimbre a las puertas de sus casas, viendo pasar la gente al atardecer, escuchando a los que ofrecían empanadas de carne o de queso blanco o torrejas espolvoreadas con azucar o pan dulce con anís o suspiros o conservas de alguna fruta. Pueblos de botiquines con rockolas y plazas silenciosas sembradas de arbolitos de dividive pintados de blanco hasta la mitad del tronco, de bicicletas y gente caminando por la orilla de la calle, de peleas de gallos, apuestas con barajas (el truco, el ajiley...) y caballos y campeonatos de bolas criollas. Pueblos de bodegas con panes colgados de los techos, jamones en lata y neveras con refrescos helados detras de los mostradores. Pueblos sin teléfonos públicos, salvo en alguna plaza o comisaría, pueblos con pocos televisores, pueblos de apagones frecuentes y lluvias torrenciales alternadas con un calor de infarto, pueblos con racionamiento de agua y de niños jugando en el piso en el frente de las puertas de sus casas. Pueblos de pozos sépticos y tiendas de toda la vida, en las que se ofrecía el ventilador eléctrico, el zapato de cuero, el mantel de plástico y la pieza de tela para coser. Pueblos de señoras que cosen en máquinas Singer o que hacen tortas para vender, pueblos de señores que hacen alpargatas con suela de cauchos de carro o tejen chinchorros de pabilo. Pueblos sin funeraria ni peluquería.

En esos pueblos ibamos a dormir y tambien pásabamos algunos días, sin hacer mucha cosa, buscado frutas en el fondo de la casa, montando bicicleta por las calles, visitando a los familiares, yendo a cazar conejos o a ver un terreno que estaba en venta.

Isla de Margarita
 
Esas estadías en el pueblo eran una suerte de tiempo muerto. Las vacaciones eran realmente en la Playa. Margarita tiene muchas y muy buenas playas y cerca del pueblo de mis padres y mis abuelos hay varias muy buenas, pero cuando era pequeño solían llevarme especialmente a una que quedaba al otro extremo de la isla, cerca de donde está ahora el aeropuerto internacional Santiago Mariño, aeropuerto que cuando comencé a visitar esa playa era solo un proyecto en construcción. La playa El Yaque.
 
Al Yaque se llegaba luego de cruzar la isla de norte a sur y saliendo de los senderos asfaltados, desviándose a la izquierda de la carretera que llevaba hasta Punta de Piedras, donde tomábamos el ferry de regreso a tierra firme. Al Yaque se llegaba en los primeros años 70s circulando por trochas arenosas, por las que andaba con cierta dificultad el Chevrolet Caprice Classic 1970 color vinotinto de mi papá, un carro enorme y espacioso, en cuya maleta metiamos tripas de caucho infladas y cavas de anime con comida y bebidas. Desde sus asientos de tela negra forrados de plástico y a través de sus ventanas eléctricas veiamos a los lados del camino un paisaje árido de cactus y cujíes, de chivos y culebras, de arena y bolsas plásticas, de cercas oxidadas y todas las tonalidades ocres, hasta llegar al caserío de pescadores donde se encontraba la playa. Sabiamos que habiamos llegado cuando nos encontábamos con un letrero grande que rezaba "El Yaque, Sucesión Tovar, prohibida toda clase de construcciones..."
 
 El Yaque había sido una hacienda de cría de chivos a cuya propiedad accedió mi bisabuela Domitila Rojas de Tovar más de 80 años atrás, ejecutando la garantía de un préstamo hecho por mi bisabuelo en los años 20s del siglo pasado. Era un lugar estéril y árido, lejos de todo, cerca de nada. El pueblo más cercano, Los Bagres, a unos 15 minutos en auto, era en mi infancia apenas un caserío de pocas viviendas secas, de ranchos de bahareque y casitas de techos bajos, con calles de tierra, en los tiempos en los que iba a la playa en pantalón corto, con trajes de baño de tela elástica y apliques en forma de ancla y franelas de algodón a rayas. El Yaque estaba lejos de todo, pero colindando, eso si, con un mar azul y calmo, con aguas calidas y casi sin olas y un viento constante que arrastraba por su orilla la arena blanca, no tan fina, de conchas marinas trituradas .
 
El Yaque era entonces un caserío de pescadores, no más de 10 o 15 casas alineadas frente al mar que tenía como fondo la isla de Coche, más otras tantas casas, casi todas de miembros de la familia, primos cercanos y lejanos, casas de playa, ranchos en muchos de los casos. En un extremo, junto a la entrada, estaba la bodega de Clemente, un par de cuartos pintados en dos colores bajo un techo de zinc con una ventana hacia la calle, por donde el viejo Clemente me despachaba latas de leche condensada Bella Holandesa que chupaba a través de dos agujeros en el propio envase, chocolates derretidos y refrescos de uva Grapette y colitas Espartanas frias, que solo podía llevarme lejos de la bodega con la condicón de devolverle la botella. Clemente tenía tambien, cruzando la calle, entre su bodega y el mar, un rancho grande de palma, una estructura de madera y palma seca donde guardaba mi papá el carro de los embates del sol. Al otro extremo del pueblo, donde acababa la playa, pasando las casas de los primos y las casitas de los pescadores, estaba un bar de cierta envergadura, lo que llamaban en Margarita un balneario, un cuarto grande, quizas 200 metros cuadrados, puede ser menos,  con un mostrador para servir cervezas, una rockola que gritaba música a todo volumen, unas matas de coco enano adornadas con banderolas de plástico de alguna marca de cigarros o de cerveza, mesas de madera y cuero sobre un piso de cemento pulido. Era el balneario de El Vigia.
 
Al Yaque de los primeros años 70s no llegaba el asfalto, ni la energía eléctrica. Tenía una planta a gasolina que prendian de a ratos, que nada más caer la noche servía para alumbrar cuatro postes con luces amarillas titilantes. Clemente - que había sido capataz en la vieja hacienda de los Tovar, y por ello recibía con afecto y cierto respeto a mi papá, el nieto de los viejos dueños, que había salido de la Isla a estudiar y había vuelto con carros americanos nuevos, grandes, - tenía la suya para poder enfriar los refrescos y las cervezas y para prender los dos bombillos que alumbraban su casa y la puerta de la bodega. El Vigía, asumo, tendría tambien la suya. Yo al Vigía no iba mucho, mis padres me pedía no me acercara por allá.
 
Además de las nostalgias familiares por un pasado lejano, al Yaque me llevaban por las caracteristicas muy particulares de esa playa: es muy poco profunda (el niño que era podia caminar 20 o 30 metros desde la orilla, mar adentro, sin que el nivel del agua llegara a sobrepasarme el pecho), no tiene olas ni corrientes fuertes, el agua es caliente y completamente cristalina. Entonces se podían ver estrellas anaranjadas con cinco puntas y erizos verdes con muchas espinas. No se si quedará alguno. Para llevar a un niño de 5 años a la playa, este era un lugar perfecto, sin los riesgos de las playas del norte de la isla, con sus olas y sus remolinos, sin las aglemeraciones de las playas a las que llegaban las carreteras asfaltadas, con las personas amontonándose en la arena.
 
Mi mamá no me dejaba bañarme sin una franela, para que no me quemara la espalda, para que luego pudiese dormir en la noche y no sintiese ni la fiebre ni las molestias de los insolados y me untaba todo de unas cremas rosadas coopertone, que al contacto con la arena que movia de oeste a este el viento sobre la orilla de la playa,  me convertían en una suerte de milanesa ambulante, gordita y blanca.

A veces ibamos solos. A veces con amigos de mis padres y sus hijos. A veces con el padrino de mi hermano y sus hijos. pero muchas veces solos, por lo que me acostumbré a pasar esos días haciendo construcciones en la arena o flotando sobre el agua cálida, sin temor, sabiendo que el fondo del mar estaba a muy poca distancia.

La zona donde alguna vez estuvo El Vigía
 
Pasaron los años de la infancia y llegaron los del bachillerato. En ese trasitar el viejo clemente murió algún día sin que yo me enterara y comenzamos a ir a la casa de una de las primas de mi papá, donde había baño y cocina, y una parrillera y un techo de asbesto bajo el cual bebía whiskey escoses mi papá, y mi mamá nos miraba caminar por la orilla de la playa o bañarnos bajo el sol. Ya estaba funcionando el aeropuerto y habían construido una carretera asfaltada, con la que llegó la luz eléctrica. Tambien habían comenzado a aparecer más casas cerca de la playa y aparecieron nuevos dueños de los terrenos, con el concurso de jueces y notarios de dudosa moralidad, según se comentaba, y con la complicidad de una familia extensa, con dificultades para ponerse de acuerdo en nada.
 
Entonces se descubrió, ya en los años 80s, que las aguas tranquilas y poco profundas, pero con un viento constante durante todos los días de todo el año de la Playa El Yaque la hacían un sitio excepcional para el windsurf (y luego para el kite) y entonces comenzaron a llegar los turistas que rechazaban antes estas playas por su poca profundidad, por su falta de un marco escénico de cocoteros, por la ausencia de servicios, y llegaron los vendedores de comida, los fabricantes de hielo, los hoteleros, las escuelas de surf, las discotecas y las tiendas. Y entonces la playa solitaria, la playa de las huevas de pescado y las lisas saladas secándose al sol se encontró llena de gente, comenzaron a sembrarle palmeras, comenzaron a construirle hoteles y casas vacacionales, y se llenó de musica y carros en todas su calles, que ahora eran varias, y nunca más volvió a ser la misma.

El Yaque
 
Si uno va ahora a El Yaque, se encontrará un sitio al cual van expresamente turistas de distintos paises, gentes que van a Margarita desde Europa para quedarse a dormir allí,  practicar el windsurf dia tras día en El Yaque, a 15 minutos del aeropuerto, y no en los hoteles de Porlamar o Pampatar. El Yaque se ha convertido desde hace unos 20 años en un lugar donde se  celebran pruebas válidas para el campeonato mundial de windsurf (una de las 3 mejores playas del mundo para ese deporte, según los entendidos) y campeonatos internacionales, donde hay escuelas para la tabla y hoteles, edificios de apartamentos, restaurantes y posadas, bares y tiendas con aire acondicionado. Seguramente un lugar mejor que el que yo conocí, con sus casas sin baño, con su calle de tierra, con la imposibilidad de salir de allí cuando llovía. Cuando he ido despues, incluso alguna vez he tenido que devolverme, por no encontrar donde sentarme.
 
Hasta comienzos de los 80s estuvo el letrero de la sucesión Tovar. Clemente debe estar en el viejo cementerio que quedaba cerca de El Vigía. No lo se a ciencia cierta. Lo que fue El Vigía está ahora rodeado de otros negocios, más grandes, más modernos, que alquilan sillas, tienen música a todo volumen y han delimitado el espacio en la arena como un reparto de territorios comerciales. El mar de vez en cuando cobra revancha y la franja de arena se hace más grande o casi desaparece, según se muestren los tiempos. ´Cuando era niño, dependiendo del año, a veces había una gran franja de arena, otra vez el mar golpeaba suavemente los muros de las casas. Con los años y el boom de turismo en El Yaque la franja de arena ganó terreno, por un tiempo, y luego ha retrocedido a como yo la recordaba de niño, amenazando los negocios que han ocupado la costa. Todavía se ven algunos peñeros, algunos barquitos, pocos, muy pocos, pero básicamente lo que se ven son velas de tablas de windsurf. Alejándose del mar, el pueblo sigue terminando en los cactus y yaques adornados con bolsas plásticas en proceso de degradación. Mis padres, que llegan a dormir al norte de la isla, siguen llevando a sus nietos a esas aguas poco profundas, a esa playa de aguas calientes y arena de conchas molidas, que queda al otro extremo de la isla.

El Yaque al atardecer