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viernes, 10 de abril de 2015

El río de la perlas se está secando

Entre una cosa y la otra me entero a través de internet que Pearl River está en proceso de cierre, que no puede pagar el alquiler y el dueño del edificio que ocupa en una acera oeste de Broadway está pidiéndoles que se vayan. 

Pensar que las cosas que a uno le gustan no prosperan, no pueden sobrevivir, están condenadas a su desaparición, a ser sustituidas por lo anodino, lo prescindible, lo repetitivo (asumo que llegará en su sustitución un Walmart, una franquicia de ropa o de zapatos, cualquier cosa prescindible por repetitiva) es una metáfora de los miedos que a uno le asaltan cuando, metido en el tráfico, esperando el comienzo de una reunión o simplemente haciendo un alto en el ajetreo diario, entre un correo y el otro, uno se pregunta cuál es nuestro lugar en el mundo, cuántos ven las cosas desde el mismo ángulo. Peor aún cuando uno piensa que esas cosas, esos lugares, son populares, son lugares que nos sirven de encuentro con muchas otras personas. Y resulta que no, que no pueden ni siquiera pagar el alquiler.

Pearl River es una metáfora. Una metáfora de la soledad.

¿Se verá uno, también, como Pearl River, como J&R, como Pearl Paint, como Inaka, como Shackman & Co., condenado a desaparecer?

Es ley de vida, de eso están llenos los libros y los bares. La nostalgia siempre ha tenido suficiente alimento en la degradación personal y en la modificación del hábitat. Pero no deja de golpear en la boca del estómago la desaparición de las referencias.



Uno lee estas noticias sin poder evitar la sensación de pérdida. Es una despedida.

Descubrimos Pearl River Mart cuando quedaba en otro lugar de la misma ciudad, a dos cuadras de donde está ahora y en la acera de enfrente. En los mediados noventas del siglo pasado Patricia y yo solíamos ir a Nueva York con poco dinero en los bolsillos y muchas ganas de caminar por las calles llenas de gente. Y Pearl River Mart era entonces un negocio insólito, a medio camino entre un depósito, una quincalla, y una tienda de descuento con la mercancía descartada de otros sitios. En 10 metros podías pasar de zapatos chinos de tela y plástico a jabones de tocador de envoltorios de dudosa calidad, a muñecos de plástico, a tazas de cerámica japonesa de una belleza suprema. Y así era toda la planta del negocio, ubicado encima de un mercado de minitiendas y vendedores ambulantes, en una esquina de Canal Street. Diversos espacios conectados por pasillos, sumatoria de locales de formas diversas, entrada desde la calle a través de pasillos y escaleras a prueba de normas de bomberos. Lámparas de papel de arroz, juguetes de lata, caramelos chinos White Rabbit Brand, libretas, carteras de tela, budas de piedra, incienso, todo mezclado en un intenso desorden y con un gran sentido de la acumulación...así era Pearl River 20 años atrás.

La planta baja, a la izquierda las porcelanas japonesas

Con los años la situación económica de Pearl River mejoró y la nuestra también. Todo un gesto solidario, tal vez por eso el afecto. No sé exactamente hace cuántos años, pero probablemente hace una década, Pearl River se mudó poco más de una cuadra más arriba de la esquina en donde estaba anteriormente. Ahora ocupaba todo un edifico con frente a Broadway y se reorganizó con la apariencia de una tienda por departamentos. Tenía un Sótano con una farmacia china, ropa, juguetes, estatuas de buda y artículos de cocina, en la planta baja estaba en miniautomercado, las cerámicas chinas y japonesas y la sección de ropa y adornos; en el piso de arriba estaban los muebles. Se había civilizado el espacio, pero seguía manteniendo esa mezcla ecléctica de zapatos chinos con juguetes, de jabones con artefactos de cocina de dudosa calidad, de libretas con porcelanas japonesas, de latas de te verde con gomas de borrar en forma de sushi, solo que con más orden y más ambición que cuando estaba en Canal Street.

Durante cada año de casi 20 años viajamos a Nueva York para volver a encontrarnos con las mismas calles, la brisa fría y los marrones del otoño, los grises del invierno, el cielo azul y la luz, el rumor de la gente, el pan de maíz y el pavo, los adornos de navidad, el resurgir de la primavera, los anuncios del verano, la energía de la ciudad que nunca duerme. Y en cada viaje fueron desde Pearl River hasta Caracas vasijas de porcelana japonesa, carteritas de tela, libretas de papel, bolsos de plástico, latas de te verde, caramelos "de conejo", jaboncitos chinos de sándalo, juguetes de metal, postales. Cosas prescindibles todas, pero sin las cuales la vida tiene poca alegría.

El Sótano

Hace casi dos años que no he podido volver a Nueva York. La mudanza a Perú ha traído nuevos gastos y otras prioridades. No temo no volver, algún día será, algún día sobrará algo de dinero para volver, pero temo que cuando vuelva ya no encuentre lo que fui a buscar.

Pearl River es solo una quincalla, una gran quincalla. Su desaparición es irrelevante ante los problemas del mundo. Ese no es el punto. Todo o casi todo lo que allí se encuentra seguro se encontrará en alguna otra parte. Pero la ciudad y los viajes a ella ya no serán iguales, ese es el asunto.


jueves, 15 de enero de 2015

Ricardo Armas Fotógrafo

Ricardo Armas es, además de fotógrafo, mi cuñado y mi amigo, y cuando, hace un rato, Linkedin me preguntó si quería hacerle una recomendación, se me ocurrió que a esta hora, cuando ya los pasillos de la oficina está vacíos y se ha hecho oscuro en Lima, era mejor recomendarlo por aqui. 

Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.

Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué. 

En fin, esto es lo que hay.









































lunes, 13 de octubre de 2014

El oso bipolar y otros animales de la ciudad gótica

Lucía, en medio de una visita familiar a un zoológico del norte de Lima, descubrió este fin de semana que Gus había dejado de ocupar su rincón del zoológico de Manhattan hace ya casi un año. ¿Quién pondrá ahora la pata contra el vidrio? se preguntó mi hija mayor en voz alta, ¿quién nadará dando vueltas en el estanque de agua fría? dijo, desentendiéndose de los búfalos de agua que tenía enfrente y de la jirafa que se rascaba el cuello contra un tubo, a sus espaldas.

Gus

Gus murió en año pasado a los 27 años, una edad muy avanzada para los de su especie, los osos polares nacidos y criados en cautiverio. Nosotros lo vimos casi durante toda la última década, quizá algunos años más, primero con Lucía, luego con Diego y, finalmente, con Teresa, que ya lo conoció viudo, sin su compañera de casi toda la vida, que murío algún tiempo antes que él.


Gus

Gus se hizo famoso por reproducir la conducta de sus vecinos de ciudad, fue excéntrico, nervioso, neurótico, compulsivo. Una suerte Woody Allen gordo y con pelo blanco, encerrado en una sección al fondo a la izquierda del zoologico de Manhattan, en Central Park. Gus, el oso bipolar, como le bautizó la prensa niuyorquina de manera burlona tiempo atrás, cuando se hizo conocido por tratarse con antidepresivos y calmantes y por tener entre el personal a su disposición a un psiquiatra veterinario. Los artículos de prensa le asignaron a lo largo de los años muchas conductas extrañas, siendo la de dedicarse a nadar de manera compulsiva durante más de 12 horas al día la más evidente, pero a nosotros siempre nos llamó la atención que parecía no gustarle el agua fría en el invierno y parecía más animado en los días más calurosos del verano niuyorquino que en los días fríos del mes de enero.

El recordar la muerte de Gus en estos días de polémica internacional por el caso de Excálibur, el perro de la enfermera, y el ébola, nos hizo pensar en los otros animales de Nueva York, en tratar de rescatar algunos de nuestra memoria, en intentar describir la ciudad desde sus animales.

Comencé por hacer una lista:

  • El día que volé en un 747 de Pan Am desde Madrid a Nueva York en el verano de 1991  me llamó la atención la cantidad de gaviotas que había ese día en el aeropuerto Kennedy. Cientos, miles, tal vez. Llovía a cántaros, había mucha niebla, al punto de dificultar e, incluso, suspender de a ratos las actividades aéreas. Y había muchas gaviotas, por eso las he asociado siempre a Nueva York. Más que el águila, más que ninguna otra, estas aves deberían estar en el escudo de la ciudad.
  • Había ratas en el metro cuando Patricia y yo nos metimos en esos túneles grises en enero de 1995, escapando del frío, la nieve y el cansancio en las piernas. El metro ha mejorado su aspecto en estos veinte años, se ve más limpio, dentro de las limitaciones del caso y con las variaciones presupuestarias de estas dos décadas; éro de vez en cuando se ve una rata correr entre los rieles, buscar las oscuridad, evadir los compuestos con veneno que suele haber junto a los rieles.
  • En Union Square hay un mercado de productos naturales y artesanías algunos días a la semana. La primera vez que Patricia y yo nos tropezamos con ese evento, tambien en 1995, había una vaca en uno de los puestos. Vendían leche fresca, desafiando normas sanitarias, aun muchos años antes que el asunto orgánico se pusiera de moda. Cada vez que vuelvo, sin confesarlo, busco con la mirada el puesto de la vaca, que, por supuesto, ya no será la misma (El que la busca con la mirada tampoco lo es). No está siempre, la he vuelto a ver 3 o 4 veces en 20 años, pero la feria en cuestión quedó bautizada en el tiempo como "el mercado de la vaca", esté dicho animal o no justo al norte de la calle 14, entre vegetales, panes, frutas, galletas y mieles.
  • Hay muchos perros en Nueva York. Hay clases sociales perrunas e, incluso, temas raciales entre ellos. Hay paseadores de perros con 20 animalitos tirando de las cuerdas, ansiosos por llegar al parque. Hay perros de compañía más parecidos a sus dueños que a nadie más en el mundo. Hay perros de perros. Y está Max, el perro de mi familia en Brooklyn. Max, un tipo grande, blanco con manchas como un caballo de la pradera, como los caballos de la películas de vaqueros e indios que veía en mi casa de Los Chorros en los 70s y en los 80s, un perro mestizo adicto a las galletas y a la comida hecha en casa, que fue primero de mi sobrino Sebastían, luego fue adoptado, durante varios años, por mi cuñado Ricardo, y ahora, este año, ha vuelto a las manos de su dueño original, que lo recibió junto con la casa de sus padres en Brooklyn. Salir a pasearlo por las noches, llegando hasta el borde del cementerio de Greenwood, es una de las cosas que más extraño de mis viajes a la gran manzana. Es un perro de Nueva York, eso explique que le guste sentarse en el sofá a ver televisión (sentarse, no echarse, insisto) y que caminando sin correa, desafiando las leyes de la ciudad, sepa pararse en los semáforos y respetar las normas de tránsito mucho mejor que la mayoría de los limeños, caraqueños y niuyorquinos. 
  • Antes de Max, hace muchos, muchos años, en una lejana galaxia ubicada a una cuadra de Prospect Park y a unas 20 cuadras de la casa de la calle 18, mis sobrinos tuvieron un acure (un cuy, dicho en peruano, un guinea pig, en niuyorquino) marrón que, como no podía ser de otra forma, se llamaba Brownie. A Brownie lo dejaron al cuidado de unos amigos en unas vacaciones en las que fueron a Venezuela, un verano ardiente en el que hubo un mega apagón en Nueva York y Brownie cayó víctima de tal infortunio, de tal combinación de desastres. En Perú, cada vez que me ofrecen sin éxito ese lujo de la gastronomía local, el cuy chantado, no puedo evitar pensar en el verano de Brownie, y entonces se me quita cualquier gana de probar uno de los platos típicos del Perú. 
  • Hay pericos y otras aves tropicales en el oeste de Brooklyn, en Prospect Park y en Greenwood. Cuenta la leyenda urbana que los habitantes a partir de los años 60s de Sunset Park y otros barrios vecinos al sur del cementerio trajeron de sus países de origen, México, Honduras, El Salvador, Guatemala, entre otros, aves tropicales que, fugitivas de su cautiverio lograron adaptarse al clima de Brooklyn, sobreviviendo al frío extremo y reproduciénndose. No es raro verles, con sus ruidos y sus ademanes de tierra caliente entre las tumbas de marmol de los heroes de la guerra civil norteamericana. Se adpataron sus dueños y se adaptaron ellos, que son ahora más norteamericanos que muchos de sus dueños originales, que nunca aprendieron a hablar inglés, que vivieron y trabajaron en una suerte de gueto en el cual el Bank of América es el Banco de América, se compra pan en "la panadería" y carne en "la carnicería" y donde ahora se entremezclan el chino y el ruso con los acentos propios de centroamérica. 
 
Max y yo hace casi 12 años, 1 grado bajo cero, en la casa de Brooklyn




viernes, 30 de mayo de 2014

Expatriado

Este texto es parte de una cosa que quizás alguna vez sea un libro, de momento es solo una carpeta que lleva por título "Expatriado" y en la cual se acumulan  ya unos cuantos trozos numerados como este:


12

Brooklyn. El apartamento era coqueto, luminoso y nuevo, pero pequeño. 45 metros cuadrados, sin contar los 3 metros del largo y angosto balcón con vista al patio trasero. 48 metros totales, 45 metros cuadrados bajo techo, que medidos en pies cuadrados eran un número más grande, pero siguían siendo 45 metros cuadrados. Cerca tenía el parque y enfrente una calle arbolada, ancha, tranquila y fotogénica, que a la vuelta de la esquina tenía restaurantes, librerías,  tiendas de antigüedades y una estación de metro. Pero tenía 45 metros cuadrados, en los que se amontonaban 2 camas y un sofá-cama matrimonial, un gavetero de Ikea, un televisor y un mesón de granito negro con 4 taburetes de madera. Pero eran solo 45 metros cuadrados, que palidecían ante los 150 metros del apartamento de Caracas. Pasarían todo el día en la calle, se dijeron a coro la noche de la mudanza, todavía con las maletas sin abrir. En esta ciudad hay tantas cosas para hacer, para ver, que sería un pecado estar en casa encerrados, se repitieron, mientras buscaban el mejor lugar para las maletas; pero a la vuelta de dos semanas no podían estar dentro del apartamento sin tropezarse unos a otros y coincidencialmente todos tenían ganas de ir al único baño a la misma hora y en el mismo momento. No podían ni verse. Había que hacer algo pronto.

La mañana siguiente, haciendo uso de un tercio de los ahorros que tenían en la cuenta de Miami y un permiso en el trabajo, en el cual avisó de una súbita fiebre infantil, contrató a un pequeño taller de la cuarta avenida la instalación de espejos de piso a techo. A media mañana dos obreros llevaron las láminas de vidrio y con pegamento y unas pequeñas piezas de metal las fijaron a todas las paredes de la sala y el único cuarto.  Unas dos horas antes de que salieran los niños de la escuela el trabajo estuvo terminado y se sentó en medio de la sala a contemplar la obra de su ingenio. Como por arte de magia, el espacio se había multiplicado.

Llegada la hora en que su mujer y los niños volvían al apartamento desde la escuela y la oficina, los recibió con una sonrisa, para descubrir, penosamente, que los habitantes de la casa también se habían multiplicado.
 
 
                                              GTovar NY 2007
 

viernes, 16 de mayo de 2014

Los adioses

En estos días de mayo en los que en los cielos de Lima se alternan mañanas grises con otras inusualmente azules para los estándares de la ciudad de los reyes, estoy cumpliendo un año de haber estado por última vez en Nueva York y comienza a darme esa mezcla de nostalgia con ansiedad propia de quien ha estado de visita en la ciudad que nunca duerme al menos una vez cada año, desde que fui con Patricia en enero de 1985, hace ya casi 20 años, y tiene somatizada esa necesidad vital, esa carga de energía..., incluso si los números del banco no están -que no lo están- como para estar pensando en esas cosas...

Luego de haber estado allí, más o menos, unas 30 veces en los últimos 20 años, Nueva York es un montón de recuerdos, de calles, lugares, personas, olores, colores, cosas. Allí donde comimos una vez, allí donde compramos aquel regalo, allá donde fuimos por ese libro que tanto nos gusta, allí donde escuchamos esa música, allá donde nos encontramos con tal persona..lugares que forman parte de ciertas rutinas que repetimos cada vez que vamos....pero esos lugares, como tantas cosas, no son para siempre.

En estos días de mayo, decía antes, en los que los cielos de Lima juegan al verano y al invierno, me entero como quien no quiere la cosa, que J&R ha cerrado sus puertas en abril pasado y promete volver recien dentro de 6 meses, sin que pueda uno tener certeza de ese regreso y sin saber que es lo que regresará, toda vez que prometen "un concepto innovador" para unos súbditos que lo que quieren es más de lo que ofrecía en el pasado.
 
33 Park Row, la dirección original de J&R. A los lados de las puertas los folletos con ofertas
 
J&R music store fue una pequeña venta de televisores en sus inicios, en los primeros años 70s, que se ubicó en las proximidades del City Hall, en el sur de Manhattan. Con los años comenzó a vender discos, tuvo mucho éxito como tienda de discos por catálogo, a partir de finales de los años 70s y luego creció hasta practicamente ocupar todo un frente de manzana, en su apogeo, tal vez poco antes de la caída de las torres gemelas, en los años finales del siglo pasado, en los que tambien comenzó a vender a través del internet.

 
 
Cuando yo la conocí, hace casi 20 años, en medio de una nevada de comienzos de enero de 1995, J&R ocupaba poco menos de la mitad de los locales de la manzana frente al parque vecino a la alcaldía de la ciudad y seguía siendo principalmente una tienda de discos (con varios locales en la misma manzana dedicados a este rubro, cada uno especializado en un tipo de música) y videos, además de vender algunos electrodomésticos, instrumentos musicales, y computadoras, pero su principal foco seguía siendo la música, que ofrecía en sus locales de Park Row y a través del correo, para lo que imprimía unos catálogos interesantísimos, con las carátulas en colores y a su interior cientos de páginas en blanco y negro con una letra a prueba de presbicia.
 
Local en 34 Park Row, la esquina norte de la manzana, donde funcionó la tienda de equipo fotográfico de J&R. A  media manzana se observa el letrero de la ferretería, la única tienda que en algún momento compartió la cuadra con los locales de J&R
 
J&R en esa época en que lo conocí tenía un local dedicado a la música clásica, otro al jazz y otro para la música latina y ese batido de cosas que suelen agrupar como "world music". Tambien tenía un local de tres pisos donde en uno estaba el rock y en otro la música pop; en el tercero estaban los videos, afiches y franelas. Tambien tenía un local aparte con instrumentos musicales, sobre todo muchas guitarras electricas. No se como será el cielo de los melómanos (incluso el de los melómanos sordos, como un servidor), pero debe ser algo parecido a esto. Eran unos salones desordenadamente decorados, algunos afiches, discos de oro y fotos firmadas en las paredes, que estaban cubiertas por unos módulos de madera blanca con rieles para colgar cosas, y repletos de unos muebles blancos de fórmica en los que se organizaban los miles de discos, casettes y cds en orden alfabético, con algunas mesas en los extremos para poner la mercancía en oferta. 
 
Llégué unas cuantas veces a pasarme más de medio día encerrado allí, comenzando desde la A y terminando con el último disco en la zona Z, no sin pasar un rato en los remates, los cds de 3, 4 y 5 dólares cada uno. La cosa funcionaba así, llegaba temprano en la mañana y tomaba una cesta de plástico, como las de los automercados, y comenzaba a poner allí todo lo que me llamaba la atención. Al cabo de las horas, con la cesta llena, a veces 50 o 60 discos, me ponía en un rincón a hacer una segunda vuelta, y entonces escogía lo que llegaba a la caja, al momento del pago, a veces 10, a veces 20 discos. Tambien algunos para regalo.


la tienda de discos, como la conocí, en primer plano los muebles de fórmica blanca y las mesas con los remates
 
Con los años J&R fue diversificando su oferta, dejó de ponerse el nombre "music store" para sustituirlo por el de "music and computer world", y comenzó a ocupar los locales de casi todos los negocios con los que compartía cuadra (hubo un momento en el que solo se le resistió una ferretería, que estaba allí hace 20 años y sigue allí, hasta donde se), generando un local aparte para las cámaras y equipos fotográficos, en el local de la esquina norte de la manzana, enfrente del Starbucks, y se construyó en la esquina sur un edificio de 4 plantas, donde vendian los productos Apple, los juegos de video y accesorios para computadoras. Tambien generaron un local específico para celulares y otro para electrodomésticos. El local donde inicialmente vendian las computadoras fue ocupado por impresoras y monitores, desplazando a las laptops para la planta baja del edificio nuevo, en la esquina sur.

vecinos de NY leyendo, el pasado mes de abril, el anuncio del cierre de la tienda en las puertas del local de park Row. Foto del NY Times, que reseño la noticia.
 
J&R era una presencia importante en la zona sur de Manhattan, no solo era una tienda, organizaba conciertos, eventos, firmas de discos. En algín momento se discutió llamar a Park Row como J&R Row.

Los catálogos de ofertas con la carátula de colores y las hojas impresas en letra minúscula, en blanco u negro, eran objetos preciados en mi casa. las cosas que queriamos tener -discos, videos, computadoras mac, accesorios- siempre eran más que las que podiamos pagar o meter en una maleta. Eran siempre una promesa para el próximo viaje. Debe haber alguno todavía, entre tanto papel, entre tanta caja, en la casa de Caracas.

Allí compré en cada uno de mis viajes a NY cds, accesorios, cámaras, ipods, juegos de video, discos duros, mi primer pen drive, un videobeam, cuchillos, una aspiradora (lo primero que compramos allí, Patricia y yo, en enero de 1995), pero sobre todo, en cada viaje reservaba al menos medio día para recorrer la sección de discos. Al menos la mitad de mis poco más de 1200 cds, que reposan en la casa de Caracas, salieron de J&R y sus muebles blancos de fórmica...
 
Hace un año me encontré por sorpresa, a primera hora de la mañana, al pretender ingresar al local en el cual habían concentrado en los últimos años todas las variedades de discos y videos, con un aviso que anunciaba que a partir de ese día los discos estarían en el edificio de la esquina sur. Presencié en esa primera hora de la mañana como los empleados sacaban los cds de las cajas y los acomodaban en algunos muebles blancos de fórmica que habian traido desde el otro local. Pero el espacio era mucho más pequeño que el anterior, el ambiente esa mañana era el de un velorio, no la fiesta a la que estaba acostumbrado cuando me sumergía en la música a todo volumen de la tienda original.

edificio en la esquina sur, en el cual vendían equipos Apple, laptops de otras marcas, juegos de video y equipos electrónicos, como discos duros externos, pendrives, proyectores, entre otros. Aquí, en la tercera planta, trasladaron la tienda de discos en 2013.
 
Ahora ya se ha ido, arrastrada por los cambios en los patrones de consumo, ahora más ligados al internet. No pudo esta vez con los cambios culturales, aquel negocio que sobrevivió a la crisis económica de los 70s, que logró sobrevivir a la caída de las torres gemelas y el subsiguiente deterioro del sur de Manhattan (que se llevó, por ejemplo, a la sucursal de Strand, esa fantástica librería que quedaba a pocas cuadras de J&R).

Se ha ido, como se fue hace unos años la Mega tienda Virgin de Times Square, la más espectacular puesta en escena de una tienda de discos que vi en mi vida; como se fueron todas las Tower Records, incluyendo el local más grande, el que estaba en Broadway, frente a Macys, y que ahora es una tienda de Victoria Secret, como se fueron las Circuit city, como se fueron tantas otras, incluyendo la Galería del Rock, donde compraba los discos en el Centro Plaza, en Caracas. Como se fue tambien, hace poco, Pearl Paint, una institución en Canal Street, una de las tiendas legendarias en materiales de dibujo y escritura en el sur de Manhattan, con ese local ruinoso pero con tanto encanto, donde se amontonaban las pinturas con los creyones, los cartones con los caballetes. Ahora solo nos queda Academic Records, la tienda de discos usados en la calle 18, que sigue ofreciendo discos a precios de descuento y dinosaurios de plástico, por ahora.

Cuando vuelva a Nueva York, que volveré más temprano que tarde, iré sin duda a pararme en frente del viejo local, ahora cerrado, en Park Row, a dar el pésame a un viejo amigo. Voy a extrañar, sin duda, el medio día que siempre reservaba en mis viajes para desconectarme del mundo mirando discos y soñando con poder llevarme muchos de ellos a casa.
 
 

jueves, 18 de octubre de 2012

William Klein

William Klein es uno de los más importantes fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX. Se ganó la vida como fotógrafo de modas, para Vogue y otras publicaciones del ramo, pero probablemente será recordado principalmente por sus fotografías hechas con niños y pistolas en las calles de Nueva York. Aqui les dejo una pequeña selección de su trabajo que incluye algunas de las fotos de modas, algunas fotografías de Nueva York y una que otra de sus trabajos en Europa y Asia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
William Klein
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 14 de junio de 2012

Hay vida despues de la vida: En búsqueda de Vivian Maier

Esta es una de esas historias, de ese tipo de historias que me gustaba encontrar en las Selecciones de Readers Digest. Una de esas historias que volvía a leer una y otra vez, en esos tiempos cuando la edad pasa de tener un dígito a dos y el tiempo libre es materia abundante. 

Esta es la historia: Una mujer, norteamericana pero de infancia y primera juventud en Francia, de nombre judio pero, según cuentan, católica, al principio, y luego anticatólica, o antireligión, por usar dos términos usados por quienes la conocieron. Esta mujer regresa luego de la segunda guerra mundial a los Estados Unidos sin apenas saber inglés. Dicen que aprendió el idioma en Nueva York viendo películas y asistiendo a obras de teatro. Amante de los clásicos y del cine europeo, socialista, feminista, dada a usar ropas austeras y, frecuentemente, chaquetas y zapatos de hombre, aparentemente poco sociable, con rutinas constantes a lo largo de los años, esta mujer se dedicó durante décadas a trabajar como niñera de familias acomodadas de Nueva York y Chicago (mayormente en esta última ciudad). Y tambien, asi como Leonardo "tambien pintaba", Viviean Maier, que es como se llamaba esta mujer, tambien hacía fotografías. Fotografías, miles de fotografías que nunca mostró a nadie.

Cuando en sus últimos años perdió la casa en que vivía, las cosas de Vivian terminaron en un depósito. Cuando dejó de pagar el alquiler del depósito, remataron los muebles y demás objetos almacenados para compensar a los propietarios. Entre las cosas subastadas había unos 100.000 negativos, mayormente contentivos de fotografías tomadas entre los años 50s y los 70s (aunque hay fotografías hasta los tempranos 90s), además de otros 30.000 negativos aún sin revelar.

John Maloof, un corredor inmobiliario de Chicago, que estaba buscando imagenes antiguas para un libro que escribía sobre la historia construida de la ciudad de Chicago, compró en una subasta de muebles unos 30.000 negativos por 400 dólares. Al ver con detalle lo que había comprado, se apresuró a comprar los otros lotes de negativos y película por revelar. Había encontrado una mina de oro.

Vivian Maier murió en el año 2009, antes de que su trabajo fotográfico fuese divulgado. Antes de que galerías y críticos de arte se apresuraran a etiquetarla como una de las más importantes fotografas norteamericanas del siglo XX. El año pasado, Powerhouse, una editorial de Brooklyn especializada en libros de fotografía, ha publicado el primer libro sobre su obra. Es una joya, como lo es el trabajo de Vivian Maier. 


















Libro publicado por Powerhouse (Dumbo, Brooklyn)