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martes, 24 de septiembre de 2019

Diez Casas (Parte 3. El Copey)


3. El Copey

En la misma época en que nos mudamos a la casa de Los Chorros, mi papá también compró – a crédito, para variar, recuerden siempre el mantra “fiao hasta un vapor” - por doce mil bolívares de entonces una casa en Altagracia –o Los Hatos, que es como los margariteños llaman a este pueblo del norte de la isla, que en algún tiempo remoto antes de ser pueblo fue el “hato de Suarez” -, pueblo donde habían nacido mis padres y en el cual aún vivían entonces tres de mis abuelos. 

Era una casa tradicional margariteña de paredes gruesas de ladrillos de adobe con la fachada de dos colores, creo que originalmente era verde y blanca y luego amarilla y blanca, con molduras alrededor de las grandes puertas y ventanas, techos altos de caña brava y tejas, corredor en forma de ele, pisos de cemento pulido coloreado, un tanque grande de agua tapado por láminas de zinc sobre una estructura de madera y un patio trasero amplio, largo, delimitado por una cerca de alambre de púas y en algunos tramos por malla de gallinero. Tenía, a un costado, un galpón de paredes de ladrillos grises y techo de zinc, en el cual cabían dos o tres carros grandes, al cual mi papá le puso dos puertas grandes de metal. En cuanto la compró, mi papá amplió la casa, contratando a unos albañiles de medio pelo del mismo pueblo, agregando un baño, una cocina, un lavadero y un nuevo comedor, separado del corredor por una jardinera con ladrillos rojos. También le agregó un pozo séptico al fondo del terreno y un tanque de agua elevado, alimentado por una bomba eléctrica, que siempre fue la mayor preocupación de mi papá, porque las pocas veces que alguien se metió en la casa aprovechando los meses en los que no estábamos en la isla, lo hicieron buscando llevarse ese aparato. También reconstruyó los pisos de la casa, toda la instalación eléctrica, y la pintó nuevamente, por completo, en una combinación de amarillo y blanco que destacaba especialmente en la fachada.

La casa estaba ubicada en la calle 9 de diciembre, a la que todo el mundo llamó siempre El Copey, calle que se iniciaba en la Plaza Sucre, un espacio triangular poblado de guayacanes y árboles de uva de playa, caminerías de cemento y lámparas de plástico en forma de cono invertido, en cuyos bancos de granito blanco era común ver a los lugareños esperar el transporte público, tomar la siesta, a los borrachitos pasar la rasca y a los enamorados “pelar la pava”, bajo la mirada vigilante de las casas vecinas, en las que al caer la tarde la gente sacaba las mecedoras para “agarrar el fresco”, saludar a los que pasaban y, en ocasiones, comprar una torreja azucarada o una empanada caliente a los que pasaban ofreciéndolas por la calle, a viva voz.

Cuando mi papá compró la casa, en un extremo de la plaza todavía estaba un pequeño tanque y una pila pública de agua, a la cual acudían con sus envases los vecinos de la calle que aún no tenían servicio de agua corriente en sus casas, por ejemplo, la familia de Chemané, el panadero, que andaba en una bicicleta negra con una cesta al frente, en la cual llevaba los panes de anís, las empanadas de guayaba y las rosquitas azucaradas que tanto me gustaban y que Chemané horneaba en el patio de la casa de su suegra, nuestros vecinos, a donde vivió hasta que pudo hacerse su propia casa en otra zona del pueblo. Al segundo o tercer año de nuestras vacaciones anuales allí, ya todas las casas tenían agua por tubería y entonces, ante su inutilidad, demolieron el tanque y ampliaron las áreas verdes de la plaza.

En una esquina de la plaza, en una casa amarilla y verde, estaba la zapatería La Estrella, cruzando la calle San Antonio quedaba un botiquín con rockola donde se jugaba ajiley y truco al ritmo de las canciones de Julio Jaramillo; en la otra esquina de la plaza, al costado de la bodega de su mamá, Puglia, construyeron los primos Wettel Tovar una edificación a la que los lugareños llamaban “el edificio”, una casa de aspecto moderno con techo de tejas de dos pisos, con dos apartamentos y dos locales comerciales, en los que, al amparo del Puerto Libre, se vendían electrodomésticos, colchones, muebles y bicicletas. A partir de la Plaza Sucre, donde El Copey se encontraba con la Calle San Antonio –la denominación urbana de la carretera de Juan Griego a Santa Ana del Norte-, la calle El Copey no tenía más de cuatro cuadras, pobladas de casas de una planta, cuatro negocios – dos bodegas y dos tiendas de puerto libre, a donde iba a buscar kitkats, smarties y toblerones, que se derretían en minutos al salir del ambiente controlado de las tiendas a las que acudían revendedores de ropa venidos de Caracas a buscar mejores precios que los que ofrecían las tiendas de Porlamar y Juan Griego.

Yo, advertido por mis padres de no entrar en la Calle San Antonio, por donde pasaban los carros con gran velocidad, recorría El Copey en bicicleta hasta donde desaparecían las casas, y en los bordes del camino solo se veían cardones, yaques, chivos y guaripetes y el sol calentaba el asfalto al punto de sentir que se quemaban los pies, incluso, a través de la suela de goma.

Poco tiempo después de que mi papá comprara la casa de Altagracia, en medio de boom de inversiones turísticas en la isla, hoteles, tiendas, restaurantes, nuevas avenidas, abrió sus puertas al final de la calle El Copey el Safari Margarita, un parque en el que podían verse tigres, leones, osos, cebras, jirafas, antílopes, búfalos, monos, garzas rosadas, hipopótamos y rinocerontes, en un recorrido que se hacía en carro con los animales sueltos alrededor. Solo entramos con mi papá haciendo el recorrido completo en el carro una vez, que yo recuerde, además del día de la inauguración, donde todos los habitantes del pueblo hicimos cola con nuestros carros para ver de cerca a los animales de la sabana africana en los montes en los que mi padre había ido desde niño buscando conejos o frutos de pichiguey. En la entrada de safari hubo un restaurante y una tienda de recuerdos, un parque mecánico, y construyeron poco tiempo después de la inauguración unos dinosaurios de concreto pintado a los que nos subíamos los muchachos de la zona, incluso tiempo después de que cerrara el safari, quedando solo la cervecería, viendo a lo lejos los cerros resecos bajo el sol abrasador de la isla.

A partir de entonces, en nuestras vacaciones escuchábamos desde la casa, en las noches,  acostados en nuestros chinchorros y arrullados por los ventiladores eléctricos, que apaciguaban el calor y alejaban a los zancudos, el rugir de los leones, a los que comenzaron a alimentar con los burros realengos de la isla, al punto de prácticamente verlos desaparecer en pocos años. Con mi bicicleta pedaleaba hasta la entrada del parque y me quedaba viendo los cachorros de león que tenían en un espacio confinado cercano al restaurante, también recuerdo haber ido algunas veces bordeando la cerca del parque, por afuera, y darle de comer con la mano a las jirafas, que sacaban su largo cuello por encima de la cerca perimetral, en las proximidades de la carretera que une a Santa Ana con el Valle de Pedro González, a las afueras de Altagracia.

A esa Margarita de los 70s, en la que comenzaban a sentirse los efectos de la Zona Franca, del Puerto Libre y el turismo masivo, pero en la que en sus pueblos la gente continuaba durmiendo con la puerta abierta, peregrinábamos cada año, algunas veces copando todas nuestras vacaciones escolares, por lo que estábamos allí dos meses entre julio y septiembre y luego volvíamos para navidades y fin de año. Allí aprendimos a montar bicicletas, a jugar yaqui y juegos de cartas con los vecinos, a la puerta de cuya casa nos asomábamos para ver la televisión, y también a jugar bolas criollas, a ponerle dinero a las rockolas y a disfrutar una Gaseosa Espartana o una uva Grappette a media tarde, cuando convencíamos a nuestros padres de darnos un medio para ir a la bodega, en la que a veces el bodeguero nos hacía señas desde una hamaca para que sacáramos nosotros mismos la botella fría de la nevera y le dejáramos el pago sobre la misma, junto a la botella vacía. También íbamos a la playa dos o tres veces por semana, mayormente a Playa El Yaque, al otro extremo de la isla, antigua hacienda de cría de chivos que recibió mi bisabuela como pago de una deuda hace unos 90 años y en la que décadas después se construyó el actual aeropuerto de la isla, aunque también a íbamos a Puerto Viejo, Puerto Cruz y Playa Zaragoza, en Pedro González, el pueblo vecino de Altagracia.

Playas Puerto Viejo y, al fondo Puerto Cruz, Pedro González, Isla de Margarita

También nos acercábamos cada año algunos pocos días a Porlamar, la capital comercial de la isla. Mi madre, a la que no le gustaba mucho ir a la playa, hubiese deseado ir a diario, a recorrer las tiendas y a visitar a su tía Valentina, que tenía varios negocios cerca de la calle Guevara, pero a mi papá no le gustaba para nada ir de compras, a menos que fuese a buscar alguna oferta de whiskey escocés.  La aversión de mi padre a pasarse el día de tienda en tienda era tal que, a partir de cuando cumplí 13 años, coincidiendo con la época en que dejé de ir al colegio en el transporte del señor Amadeo y comencé a volver a mi casa desde el colegio en camionetica por puesto, mis padres me llevaban por la mañana, temprano, desde Altagracia a Porlamar, después de desayunar carite frito con arepas, y me dejaban donde entonces terminaban los locales comerciales de la avenida 4 de Mayo, frente a la tienda Minicentro, con la promesa de volver a buscarme al final de la tarde en la panadería 4 de Mayo, ubicada en las proximidades de Bencamar y cerca de donde luego estuvo la tienda Rattan, a dos cuadras de Saks y La Media Naranja, los íconos comerciales de la zona en aquella época.

Cruce de las Avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño, a la izquierda La Media Naranja, años 70s

Mi mamá me daba un sobre con dinero -que yo guardaba celosamente en el bolsillo del pantalón- e instrucciones de no alejarme de las avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño. Así como mi papá tenía su mantra crediticio, mi mamá se pasó todos esos años repitiéndonos que era preferible tener una sola camisa buena que un montón de ropa de baja calidad “que no representa” y que se puede ahorrar en otras cosas menos en los zapatos. A la hora que las tiendas ya estaban abiertas y comenzaban a verse compradores en bermuda y zapato de goma paseando por aquellas avenidas, me quedaba viendo a mis padres alejarse en el Chevrolet de mi papá y, con mi hermano, nos pasábamos el día de nuestra cuenta, recorriendo tiendas, pegando la nariz en las vitrinas de las joyerías -como aquella de la planta baja del Hotel For You en la que ponían en la vitrina un aviso que rezaba “si usted necesita preguntar los precios, mejor no entre”- probando los perfumes de Don Lolo, viendo los quesos de bola holandeses apilados en los bodegones, buscando las cosas que la noche previa ya habíamos acordado con mamá, las cosas que mi hermano y yo necesitábamos comprar para el nuevo año escolar de nuestro colegio sin uniforme –usualmente unos zapatos deportivos, All Star en Saks o Adidas bajando por la Santiago Mariño, mi hermano prefería los Vans, zapatos de diario para ir al colegio, Kickers cada año, mi mamá decía que eran los únicos que le duraban a mi hermano todo el año, y, luego, ya hacia finales del bachillerato, Bass o Sebago, pantalones, Wrangler de pana, al principio, mi mamá decía que eran tan buenos como los Levis y costaban 5 o 10 bolívares más baratos y, luego, cada año, cuando ya no seguía estrictamente las recomendaciones de mi mamá, Benetton y Sisley, camisas, medias, interiores-. Cuando algunas personas se sorprenden porque cuando viajo solo suelo comprar, a ojo, ropa para toda la familia o cuando asumo con naturalidad largas listas de encargos familiares o cuando en medio de tiendas tumultuosas, tipo Century 21 o Macys, tengo “ojo” para encontrar rápidamente las cosas que estamos buscando, suelo decir que no es una habilidad natural, durante años mi mamá me preparó para ello.

Mis padres regresaron a la isla cada año, incluso varias veces al año, hasta hace muy poco, nosotros dejamos de acompañarlos en los primeros años de la universidad, a mediados de los 80s, porque ya para entonces la enamorada, los amigos, el cine o la posibilidad de quedarnos a nuestras anchas en la casa de Caracas, sin horarios, presiones o controles, era una opción más atractiva  que volver durante dos meses al pueblo de los padres, en donde no teníamos televisión y el teléfono público más cercano quedaba a 6 cuadras de la casa, en la comisaría de la policía. Volvimos a la isla por nuestra cuenta varias veces, incluso al día siguiente de nuestro matrimonio, pero nunca volvimos a quedarnos en la casa de El Copey. Mis padres, progresivamente, dejaron de usarla, porque aunque seguían viajando a la isla, preferían quedarse en un apartamento que había comprado en Juan Griego, más fácil de mantener, más fácil de cerrar cuándo regresaban a Caracas.

Mi Padre vendió la casa de El Copey a unos vecinos hace unos años, ellos la unieron con la parcela contigua para construir una posada turística. Todavía era amarilla y blanca y seguían en el patio las matas de anón, limón, níspero, guayaba y uva de playa. Sobre la fachada, a diferencia de cuando la compramos, hacían sombra los 3 guayacanes que le ayude a sembrar a mi papá entre la fachada y el borde de la calle, cuando mi edad solo tenía un dígito.

martes, 16 de abril de 2019

Apagón

La vida de los pueblos se hace en torno a las rutinas.

Cada día mi abuela Emilia, luego de almorzar en su casa de la calle San Antonio, dormía la siesta, trabajaba un rato en una máquina de coser Singer color beige, barría la casa, según estuviera llegando el agua regaba abundantemente las matas del corredor adornado con columnas panzonas de cemento y techo de tejas y caña brava,  y se bañaba todas las tardes con jabón de lechuga en un baño con piso de baldosas de cemento blanco y negro ubicado al fondo de la casa, rodeado de árboles de ciruela, uva grapette y pandelaño. Luego de espolvorearse con talco de olor, bañarse en Jean Naté y ponerse una bata limpia, Emilia cruzaba el corredor y la sala, empujaba una mecedora de mimbre afuera de la puerta de madera y se sentaba a ver pasar uno que otro carro, uno que otro vendedor de empanadas o de torrejas espolvoreadas con azúcar y a saludar a los vecinos que caminaban o montaban bicicletas por la calle. Así día tras día, hasta el anochecer, así hasta que se encendían las luces de los postes, unas luces amarillas, dispersas, que alumbraban unos metros alrededor de cada esquina, dejando espacio para la imaginación que ve personajes e historias entre las sombras de los árboles y las casas.

Mis padres nacieron en un pueblo del norte de la isla de Margarita con tres calles, que originalmente eran tres caminos que comunicaban con Juan Griego, Santa Ana del Norte y Pedro González. Es un pueblo sin mar formado en un cruce de caminos, caminos a los que comenzaron a construirle casas de bahareque y adobe a los costados e iglesia, capilla, dispensario y escuela, en lo que habían sido los hatos de un tal Suárez. Seguramente por eso los habitantes de este pueblo nacido en un cruce de caminos cercano a un pozo de agua no se identificaban a si mismos según el nombre oficial del poblado, Altagracia, lugar de los gracitanos, sino como hateros, los que son de Los Hatos.

Por distintas razones que no vienen al caso, mis padres no se conocieron allí, en ese pueblo que era de tres calles de tierra en el que todos sus habitantes se conocían, salvo mis padres, ni siquiera porque mis abuelos paternos y maternos vivieron a unos 300 metros de distancia unos de los otros, ni porque mi padre solía pasar rumbo a su casa, siendo un niño, muchas tardes por la puerta de la casa de mi abuela materna, Emilia, ofreciendo a la venta plátanos maduritos o cachapas calientes, que traía a lomo de un burro desde El Tamoco, una finca de mi abuelo, al pie de un cerro, cercano al pueblo vecino, la villa de Santa Ana del Norte, o simplemente El Norte, como lo llamaban los hateros de entonces.

A Los Hatos o Altagracia, lo dejo al gusto del lector, llegó un día de la primera mitad del siglo XX la electricidad, probablemente entre finales de los años 30s y comienzos de los 40s, no tengo la fecha exacta..a Juan Griego había llegado en 1928 y a Santa Ana en 1936, no había un sistema interconectado, solo plantas generadoras aisladas en cada uno de los pueblos que surtían una precaria red de alumbrado público y algunas casas, al principio solo por unas cuantas horas al día....para 1946, de acuerdo a un reportaje aparecido en la revista Fomento del trimestre julio-septiembre de 1947, Altagracia contaba con una planta eléctrica con capacidad para surtir 18,5 kw, lo que apenas era suficiente para encender unos 200 bombillos. Por eso, si alguien conectaba alguna plancha no era de extrañar que todos los que se usaban la red eléctrica del pueblo sintiesen un bajón en el servicio, un parpadeo en las luces, un estremecimiento de la claridad amarillenta. Mi padre me ha repetido varias veces la anécdota que cuenta que en oportunidad de inaugurar el nuevo servicio, el jefe civil se reunió con los vecinos para poner en funcionamiento la planta eléctrica con un discurso en el que se destacaba que aquel artefacto venía a hacer realidad el sueño de Bolívar cuando dijo aquello de "moral y luces son nuestras primeras necesidades..."

A partir de los años 40s, con el aumento de los ingresos petroleros, Venezuela emprendió diversos y sucesivos planes eléctricos, orientados al crecimiento continuo de la generación y distribución de electricidad en un país de creciente población y con afanes modernizadores. Así, cada década desde entonces Venezuela multiplicó su capacidad de generación y distribución de energía eléctrica y multiplicó el consumo per cápita en el país, hasta hacerlo el más alto de latinoamérica a  partir de la década de los años 60s. De esa manera, para los años 70s del siglo pasado todas las ciudades del país tenían una cobertura cercana al 100% y se había puesto en marcha un plan por el que todo centro poblado de al menos 15 viviendas -según me explicó alguna vez en la Universidad Simón Bolívar la profesora Amita Villegas, la primera mujer ingeniero eléctrico que trabajó en CADAFE y con quién trabajé en el IERU-USB- estaba siendo servido mediante su conexión a una red nacional que integraba a empresas privadas con empresas públicas.

En mi infancia, en los años 70s, los cortes del servicio eléctrico eran casi inexistentes en Caracas, a dónde estábamos la mayor parte del año, pero cuando viajaba a Margarita por vacaciones escolares, raro era que en un mes que nos pasábamos en la isla uno o dos días no nos tocase algún apagón, aunque no fuese muy prolongado. La isla duplicaba su población en época de vacaciones y no era raro algún incidente con el servicio eléctrico en el período de mayor afluencia de temporadistas.

El corte del servicio eléctrico era acompañado siempre por un murmullo que salía de las casas vecinas y se desplazaba por el aire, si la electricidad no regresaba de inmediato se imponía el silencio. El protocolo familiar de actuación en caso de apagón repartía las funciones: unos iban a desenchufar la nevera y el televisor, otros iban a buscar velas y fósforos en la cocina. Todos iban luego a sentarse en la puerta de la casa.

Emilia seguía meciéndose en la puerta de la casa viendo pasar a los vecinos que caminaban o pedaleaban por la calle San Antonio, ahora a oscuras, salvo por el eventual paso de algún carro y sus luces, salvo por el reflejo de la luna sobre la capilla y los árboles de la cuadra. A veces eran minutos, alguna vez se prolongó por una hora o más, pero nunca como el apagón que me reportan mis padres por teléfono  mientras escribo estos recuerdos, nunca una oscuridad tan larga, nunca una sombra que envuelve todo, nunca un silencio tan prolongado.

Aquí estoy sentado, en Lima, esperando a que llegue la luz a Venezuela.