Mostrando entradas con la etiqueta Colegio santiago de León de Caracas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colegio santiago de León de Caracas. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de marzo de 2020

Mar interior


Yo escribí mis libros con el oído puesto sobre las palpitaciones de la angustia venezolana
Rómulo Gallegos

Esto es lo que deberían estar haciendo los literatos y no revoluciones pendejas
Juan Vicente Gómez, en referencia a Doña Barbara

Esto es un ejercicio hecho por un muchacho. Piedad (1)
GT

(1) Durante muchos años, a modo de entretenimiento, tomaba los párrafos iniciales de cuentos y novelas de autores reconocidos (Rulfo, Cortazar, Borges, Quintero, Vargas Llosa,Bryce, Onetti y en este ejemplo, Gallegos) y utilizando algunas de las frases, parte de la estructura, jugaba a reescribirlos con otras historias, con otras anécdotas. Diversiones de gente sin oficio.

Basada en hechos reales
GT



1. ¿Con quién vamos?

Un bote remonta el lago, bordeando las paredes de concreto de la margen derecha. Dos remos lo hacen avanzar mediante la lenta y penosa maniobra de dos muchachos inexpertos en tales tareas. Insensibles al sol de media mañana, sus cuerpos sudorosos cubiertos por chemises beige, a la vez que intentan remar, alternativamente, afincan en el fondo del lago los remos, cuyos cabos superiores sujetan contra sus pectorales, y encorvados por el esfuerzo, le dan impulso a la embarcación, que avanza hacia el norte, mirando al Ávila, que se refleja en aquellas aguas entre azules, grises y verdes. Y mientras ese bote avanza en silencio, otro intenta alcanzarlo, ocupado por otros jóvenes que gritan. Son ocho botes, cuatro a remos, cuatro a pedales.  En uno de los botes José Miguel se para y asume el rol de patrón de la embarcación, como un viejo baquiano de aquel espejo de agua, con la diestra a la cintura, atento al avance de los otros botes, pendiente de los vigilantes del parque, al acecho. A bordo junto a él van dos pasajeros, vestidos con idéntica indumentaria escolar. Al otro extremo del bote, un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas prestante gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al estudiante del Santiago, cuidadoso del buen parecer. Como si en su espíritu combatieran dos sentimientos contrarios acerca de las cosas que lo rodean, a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con una expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje, de la réplica de la carabela de Colón que se ve en uno de los extremos del lago; pero, en seguida, frunce el entrecejo, y la boca se le contrae en un gesto de desaliento, angustiado por saber que hacen algo que puede ser penalizado. Su compañero de viaje es uno de esos jóvenes inquietantes, de facciones asiáticas, también con el uniforme del mismo colegio. Va tendido en un extremo del bote y finge dormir. Un sol cegante de media mañana de julio en Caracas centellea en las aguas del lago del Parque del Este y sobre los árboles que pueblan sus márgenes.

Estábamos en cuarto de secundaria. Era la época de los exámenes finales. Eran las semanas previas a las vacaciones. Los estudiantes de primaria ya habían comenzado las suyas dos semanas atrás. Los pasillos del Santiago, usualmente llenos de gente, estaban en estas fechas solos. No había cola en la cafetería de Conrado. Había bancas vacías en el patio anexo a la piscina. Cuando terminamos el examen, a media mañana, el sol iluminaba el patio asfaltado y las trinitarias proyectaban su sombra en los bordes del mismo.

Alguien, no recuerdo quién, propuso saltar la cerca del patio de los venados y cruzar por las piedras la quebrada para irnos al Parque del Este. Incluso José Miguel comenzó a subir la cerca de malla metálica, pretendiendo ir al otro lado por el camino más corto. Después de una corta discusión, decidimos salir todos por la puerta principal del colegio y rodear el edificio de la Mobil para entrar al Parque  por la puerta que da a la Avenida Francisco de Miranda, enfrente a donde estaban terminando la nueva estación del Metro. No tardamos mucho en subir a los botes. No recuerdo que hiciésemos algo más antes de llegar al lago. A esa hora de la mañana y en esos tiempos en los que la gente no iba aún a hacer ejercicios al parque, no había nadie en aquellos jardines, una que otra pareja de enamorados tratando de escapar de las miradas de los demás, alguna madre con un niño, un mar verde y solo aquellos jardines desde los que se veía el Ávila y se escuchaba el rumor lejano de los carros pasando por la avenida Francisco de Miranda o por la Autopista del Este, frente a la base aérea de La Carlota.

El mismo que propuso saltar la cerca ahora arengaba a todos los que aún estaban en la orilla a subirse a los botes. En algún momento, parado en un extremo del bote, entre tanto movimiento y tanta gesticulación, comenzó a balancearse, y, entre manotazos, cayó al agua parado. Había menos de un metro de profundidad entre el fondo de concreto pintado de azul celeste y la superficie del agua, que ahora le llegaba a la cintura y le mojaba la parte baja de la franela del colegio. Todos se rieron ruidosamente, se escuchó una carcajada colectiva que recordaba a una bandada de loros de los que solían dar vueltas por el parque.

-          Yo no voy a ser el único pendejo en mojarme – gritó el tipo, mientras se acercaba a los otros botes, dando pequeños saltos con cada pierna, apoyándose en el fondo del lago.

Había volteado uno o dos botes, no recuerdo exactamente cuántos, cuando se escucharon los silbatos desde la orilla. Luego vinieron los gritos y las órdenes. Miramos hacia los lados, no había forma de escapar. Los que aun estábamos secos, a bordo de los botes, tuvimos que lanzarnos al agua y acercarnos caminando a la orilla.




15. Toda horizontes, toda caminos...

Aquella mañana  no estuvo la luz encendida en la oficina del puesto de la Guardia Nacional en el Parque del Este, por el contraste entre el resplandor exterior y la oscuridad de la pequeña oficina, poco podía verse dentro desde el patio a donde el Sargento nos había llevado y nos había ordenado ponernos en filas, pero cuando el Capitán salió de la oficina, ninguno de los alumnos del Santiago–aquellos que se habían mojado al caer de los botes, la mayoría , y los únicos todavía secos, solo tres o cuatro de todo el grupo–  que habían escoltado a su subalterno, el Sargento López,  en el viaje desde el lago, corriendo detrás de una moto Vespa blanca por el camino de concreto por el que también circulaba a aquella hora de final de la mañana el trencito con los visitantes del parque, no lo conocieron. Alguno de ellos, hijo de militares, pudo haberlo visto en alguna fiesta en su casa o en el Círculo Militar o acompañando a su padre en alguna diligencia, pero aquel día, entre el ajetreo de la carrera a paso forzado desde el lago hasta el puesto de la Guardia y los nervios por no saber qué represalia tomarían los militares, ninguno de los del salón lo recordó en un primer momento.

Al principio el Capitán se mostraba seguro, caminando entre nosotros, parados bajo el sol, firmes, rectos, los brazos al costado del cuerpo, algunos aún chorreando agua. El Capitán comenzó su discurso en un tono altisonante, advirtiendo que nos harían pasar uno por uno por un pequeño escritorio gris para dar nuestros datos y los de nuestros representantes, a quienes llamarían para que viniesen a buscarnos, advertidos de la grave falta cometida. El Sargento López se sentó en una silla de metal junto al escritorio y comenzó a recabar los datos de los estudiantes de la primera fila. Y de repente el Capitán se detuvo, se quedó mirando a una de nuestras compañeras de clases y luego de un largo silencio preguntó:

– señorita, ¿usted no es la hija de mi General García?

- Sí, el general es mi papá.

El Capitán enumeró las veces que el General lo había ayudado con su carrera, las veces que había conversado con él, la última vez que lo había apoyado para conseguir su ascenso de grado. Explicó que no podía producirle ese mal momento al General, una persona muy ocupada que no tenía tiempo para venir a buscar a su hija por un problema menor, que nosotros éramos muchachos de un buen colegio, de buenas familias, que seguramente no intentaríamos otra vez hacer algo parecido en el futuro.

De repente aparentaba  más edad de la que realmente tenía. Había envejecido en un momento, tenía la faz cavada por las huellas del momento, pero mostraba también, impresa en el rostro y en la mirada, la calma trágica de las determinaciones supremas.

–Recojan sus cosas y váyanse a sus casas –díjole a los estudiantes, pendientes de sus palabras. Váyanse directo para sus casas, no se queden por aquí. Ya aquí no hay nada que hacer. Pueden irse. Usted, señorita, llévele mis saludos al General. Y no vuelvan a repetir lo que ha pasado hoy, dedíquense a sus estudios, ustedes son muchachos de bien, no le den más preocupaciones a sus padres.

Horas más tarde, los funcionarios de Inparques lo vieron pasar, Lambedero abajo. Lo saludaron a distancia, pero no obtuvieron respuesta. El Capitán iba absorto, fija hacia adelante la vista, al paso sosegado de su moto, el manubrio suelto y las manos abandonadas sobre las piernas, bajo el cielo de la tarde. Tierras áridas, quebradas por barrancas y surcadas de terroneras. Visitantes flacos, de miradas mustias, lamían helados aquí y allá, en una obsesión impresionante. Blanqueaban al sol las caminerías de concreto. El Capitán se detuvo a contemplar desde la distancia a un grupo de visitantes del parque, y con pensamientos de sí mismo materializados en sensación, sintió en la sequedad saburrosa de su lengua, ardida de fiebre y de sed, la aspereza y la amargura de aquella tierra. Luego, haciendo un esfuerzo por librarse de la fascinación que aquellos sitios y aquel espectáculo ejercían sobre su espíritu, aceleró la Vespa  y prosiguió su errar sombrío por las caminerías del Parque del Este. Algo extraño sucedía en el tremedal, donde de ordinario reinaba un silencio de muerte. Numerosas bandadas de patos, cotúas, garzas y otras aves acuáticas de variados colores volaban describiendo círculos atormentados en torno a las charcas y lanzando gritos de un pánico impresionante. Por momentos, las de más remontado vuelo desaparecían detrás del palmar, las otras bajaban a posarse en las orillas del trágico remanso, y al restablecerse el silencio, daba la impresión de una pausa angustiosa; pero en seguida, reemprendiendo unas el vuelo, y reapareciendo las otras, volvían a girar en torno al centro de su bestial terror. No obstante el profundo ensimismamiento en que iba sumido, el Capitán refrenó de pronto la moto: una rata joven se debatía chillando al borde del tremedal apresada por una culebra de aguas cuya cabeza apenas sobresalía del pantano. Rígidos los remos temblorosos, hundidas las pezuñas en la blanda tierra de la ribera, contraído el cuello por el esfuerzo desesperado, blancos de terror los ojos, el animal cautivo agotaba su vigor contra la formidable contracción de los anillos de la serpiente que se exhibía al público y se bañaba en sudor mortal. –Ya ésa no se escapa –murmuró el Capitán–.

Hoy llegó la malla de alambre comprada con el producto del petróleo – las entradas al parque no alcanzan ni para el costo de los tickets de cartón blanco que se entregaban a los visitantes en las dos puertas de entrada-, y comenzaron los trabajos. Ya están plantados los nuevos postes, de los rollos de alambre iban saliendo las mallas, y en la tierra de los innumerables caminos por donde hace tiempo se pierden, rumbeando, las esperanzas errantes, el alambrado comenzaba a trazar uno solo y derecho hacia el porvenir. El Capitán, como viese que el parque iba a quedar totalmente encerrado y ya no podrían las personas ajenas venir a caer bajo su jurisdicción, se encogió de hombros y se dijo: –¡Se acabó esto, míster Danger! Acá nos ocuparemos solo de los enamorados que vienen a pelar la pava al parque.  Cogió su arma de reglamento, se la terció a la espalda, montó a la moto y, de paso, les gritó a los obreros que trabajaban en la cerca: –No gasten tanto alambre en cercar el parque. Díganle al doctor de Inparques que el Capitán se va también.

Transcurre el tiempo prescrito por la ley para que los estudiantes puedan entrar nuevamente en el parque. El Capitán, de quien no se han vuelto a tener noticias, ya no está a cargo del puesto de la Guardia Nacional y desaparece del este de Caracas el nombre de El Miedo y todo vuelve a ser Altamira, La Floresta, Los Palos Grandes, Sebucán, La Carlota. ¡Llanura venezolana! ¡Propicia para el esfuerzo como lo fuera para la hazaña, tierra de horizontes abiertos donde una raza buena ama, sufre y espera!...

miércoles, 31 de julio de 2013

Irse

No recuerdo especialmente el día del aniversario de Caracas como una fecha patria relevante.
 
Era muy pequeño, pocos días más de tres meses de edad, cuando se celebró el cuatricentenario de la ciudad y los cuentos que escucho de esos tiempos suelen referirse al terremoto que sacudió a Caracas en aquellos días y no a las fiestas, inauguraciones de obras públicas, publicaciones y otros eventos que se programaron para cuando la sultana del Avila, exsucursal del cielo, cumpliese cuatro siglos de la fecha, el día del apostol Santiago, en la que, presuntamente, Diego de Losada la fundase en nombre de dios y la corona española, bajo la denominación de Santiago de León de Caracas.
 
Esa fecha, 25 de julio, solo tuvo alguna significación especial cuando correspondió al acto de graduación de la secundaria. Estudie la primaria y el bachillerato en el Colegio Santiago de León de Caracas y luego de pasarme más de una década por esos edificios de la urbanización La Floresta, nos despedimos rumbo a la universidad, como ocurre cada año desde hace décadas, en el día de la fundación de la ciudad que da nombre al colegio.
 
Casualmente, en estos días finales de julio, anticipándose a que el próximo año se cumplen 3 décadas de la promoción de la que formamos parte, se ha organizado -facebook mediante- un grupo para promover algún evento, un encuentro, una fiesta, de los que aquella tarde-noche de julio de 1984 salimos, diploma en mano, por la calle San Carlos de la Floresta.
 
Durante años nos repitieron, muchas veces, que formábamos parte de una élite, de los continuadores de una estirpe de profesionales, artistas, empresarios, y dirigentes políticos y sociales exalumnos del Santigo de León, que integrábamos un club selecto, jóvenes privilegiados,  escogidos para gerenciar las próximas décadas de Venezuela, para dirigir la construcción de un país mejor, más productivo, más próspero, más justo. Se nos repetía con frecuencia que recibíamos la educación de mayor calidad que se impartía en Venezuela, que nuestros profesores eran muy destacados docentes, como cabría esperarse de una institución forjadora "de la virtud y el saber", como lo dicen las primeras estrofas de su himno.
 
Visto lo visto, muchos de los supuestos de nuestra formación en "el Santiago" no se han cumplido. Hay por ahí algún ministro, algún dirigente político, hay deportistas destacados, hay compañeros exitosos, escritores, profesionales, docentes, empresarios. Lo que no estuvo fue el país.
 
En medio de la organización del evento aniversario del próximo año, tratando se hacer un inventario de dónde están los compañeros de aquella tarde-noche de 1984 es fácil darse cuenta que más de la mitad no vive en Venezuela. Las razones no hay que explicarlas. Cualquier periódico de estos lares escogido al azar explica claramente por qué esa élite, esos privilegiados, viven ahora a miles de kilómetros de Caracas.
 
Quienes emigran tambien son un élite. Se necesita determinación para dejar una cierta zona de confort, el lugar conocido, de la relaciones hechas, y apostar por enfrentarse a un entorno diferente, a veces hostil, con tal de perseguir una idea, una aspiración de bienestar o un sueño de realización personal. Quizas la educación en el Santiago estába preparándonos, sin saberlo, sin quererlo, para ese reto, el de la emigración, que ha afrontado esta generación de venezolanos, a diferencia de las generaciones que nos precedieron.
 
Este año el día de Santiago tambien tuvo un significado especial. Ese día, 25 de julio, sentado en una oficina de Lima, firmé los papeles aceptando un trabajo en otro país, un trabajo permanente, no esas visitas de una semana o dos que me han tenido dando vueltas por América Latina desde mediados de la década pasada. 
 
Aún cuando uno puede tropezarse a diario con una esquina o un edificio conocido, con los sabores familiares, con los sonidos y la luz de este sitio en el que crecimos, a pesar de que cada día al levantarme de mi cama veo al Avila por la ventana, hace tiempo que uno se siente extranjero en estos lares, que ha dejado de reconocer como suyo el tono de voz y otros sonidos, que le cuesta cada vez más verse reflejado en el otro, en el que te mira en la calle. No tengo edad para vivir añorando una ciudad que ya no existe, y vivir en las mismas coordenadas geográficas donde una vez estuvo esa ciudad no ayuda a idealizarla, a pensar que sigue allí, sino a sentirse extraño, ajeno, disperso.
 
¿Qué estaban pensando este 25 de julio quienes salieron del Santiago diploma en mano? ¿Les habran dicho, como a nosotros, que serían los responsables de la patria nueva, próspera, justa, moderna?¿Se lo habrán creido o tienen, como la mayoría de los compañeros de mi hija Lucía, que este año terminó su bachillerato, la mirada fija en otros lares? El país como plataforma de lanzamiento y nunca como destino.
 
Yo, por mi parte, firmé esos papeles en Lima ese día y no me sentí extraño, no percibí ningún sobresalto. No caminé ese día por la Calle Alcanfores de Miraflores pensando en el Avila, el Cine Prensa, el Radio City, el Centro Plaza, el Crema Paraiso o la Cinemateca Nacional. No.
 
Debe ser porque en lo más profundo ya me había ido hace ya mucho, mucho tiempo.
 
  

martes, 21 de septiembre de 2010

Al maestro con cariño: seis grados de separación entre Cartier Bresson y Susana Benko

Es viernes, son las 6 y media de la tarde y a esta hora queda muy poca gente en la oficina. Escucho sonidos de llaves, puertas que se cierran, pisadas por los pasillos. Afuera está lloviendo. Hace media hora que todo está oscuro y  como una hora que no suena el teléfono.

Henry Cartier Bresson
Comencé a escribir estas líneas pensando en hacer una nota sobre Henry Cartier Bresson, el fotógrafo frances cuya obra ha sido asociada durante décadas con el título de la edición americana de uno de sus libros: el momento decisivo. Pensaba escribir sobre la exposición que tuve la oportunidad de ver el pasado mes de junio en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y el amplio (y, por cierto, poco atractivo en términos de diseño) catálogo que la acompañaba. Queria hablarles de las imagenes alli presentes, y de como conocí parte de ese trabajo en los años 80s, a través de una exposición organizada en el Museo de Bellas Artes de Caracas.



Comencé a escribir y la exposición del Museo de Bellas Artes me llevó rápidamente al catálogo de la misma, el cual apareció hace poco en mi casa, donde, luego de 3 años de haberme mudado, todavía estoy abriendo el remanente de las 300 cajas que formaban la mudanza, mientras trato de encontrar un lugar a tanto libro o revista. Y el catálogo me llevó directamente a la curadora de la exposición.


Entrada al Colegio Santiago de León de Caracas

Susana Benko fue mi profesora de literatura en el 4to año de secundaria en el Colegio Santiago de León de Caracas. Por muchas circunstancias que no vienen al caso, a mi generación en el Colegio, en el cual estudié la educación primaria y la secundaria hasta graduarme de bachiller en 1984, le correspondieron algunos de los últimos años del ejercicio laboral de algunos de los profesores y profesoras que había trabajado allí durante décadas. Algunos de los compañeros de clases, siguiendo una tradición no escrita en "el santiago", que es como se le llamaba y se le sigue llamando a este colegio caraqueño, eran hijos de exalumnos, y al comienzo del año escolar tenían un reporte hecho por sus padres de lo que nos esperaba con algunos de nuestros profesores. Ese no era el caso de Susana.


Benjamín Armas Camero y Berta Salazar

Hace muchos años, décadas inclusive, que no pronuncio los nombres de esos profesores y profesoras, aunque de vez en cuando, por una o por otra razón, los recuerdo. Nunca he tenido buena memoria con los nombres y los números, a veces me cuesta incluso recordar mi propio numero de teléfono; pero siempre he sido bueno con las imagenes, puedo recordarlas con facilidad y con mucho detalle. Estoy tratando de escoger algunas fotos de Cartier Bresson, pero tratándose de él, las que me gustan siempre serán más de las que pueda publicar aqui, además, en la exposición del MoMA pude ver algunas que nunca había visto, por lo que el panorama incluso se ha ampliado, haciendo más difícil la selección. Sin embargo, cuando cierro los ojos frente a la computadora, tratando de recordar cuáles de las expuestas en NY estaban tambien en la exposición del MBA de Caracas, no dejo de mirar los pasillos de piso de granito del Santiago y puedo ver claramente al profesor Luis Toro, chaqueta marron claro a cuadros, parado en la puerta del laboratorio de biología. Pasan los minutos, mientras suenan las cornetas de los carros abajo en la calle, y puedo ver al profesor Benjamin Armas Camero, corpulento, traje gris-camisa blanca-corbata angosta a rayas en el salón adyacente al auditorio del colegio, llenando de números un pizarron de color verde. Ha dejado de llover en Caracas, han apagado el aire acondicionado del edificio, se siente adentro de la oficina el calor húmedo de la calle y pienso en Cándido Millán, siempre con un gesto bondadoso, en los salones del edificio de la biblioteca, enseñándonos historia del arte o dibujo técnico; en Rafael Emilio Guillen sonriente, dando las clases de Geografía; en el profesor Pernalete, pantalón gris-chaqueta azul, tratando de enseñarnos algo de historia; en Bertha Salazar riéndose de nosotros mientras tratamos de pronunciar el inglés; en el profesor Echezuría, cara seria, traje gris oscuro, camisa blanca y corbata negra; en la actitud maternal de Clemencia Clemente, que puso su nombre a nuestra promoción en calidad de madrina de graduación...

Profesor Candido Millán
En medio de aquel staff de profesores de la vieja guardia santiaguera (aunque algunos de ellos muy modernos en sus métodos y/o conocimientos), Susana Benko llegó a darnos clases de literatura a mediados del año escolar, porque el profesor inicialmente designado para el cargo, Rodolfo Porro, había abandonado su curso debido a que lo nombraron director del fondo nacional del cine o algo parecido. Con algunos contactos del profesor Porro habiamos creado meses antes el enésimo cineclub del colegio, que presentaba en el auditorio lo que nadie quería ver, con un viejo proyector verde de 16 mm, pero la verdad no recuerdo sus clases como nada memorable. Eran finales de 1982 o comienzos de 1983, teniamos 15 años. Con esos profesores de largos años de magisterio y amplia experiencia en esas mismas aulas solíamos mantener una relación en principio distante, enmarcada en el respeto, que se iba suavizando con el paso de las clases y el descubrimiento del caracter jovial de algunos de ellos, que se escondía tras la seriedad aparente. Con Susana fue diferente desde el principio: debía tener unos veintipocos, el cabello castaño y usaba ocasionalmente una boina roja. Alguien nos dijo que era exalumna del colegio. Era en cierta forma - aunque ella se esforzaba por imponer cierta distancia y respeto- una más de nosotros y sin que ella supiese - al menos eso creo yo - al poco tiempo se había conformado un grupo conocido como el "club de fans de Susana Benko" que sumaba entre sus filas a no menos de 5 o 6 miembros, incluso recuerdo a alguno que no era su alumno. Más de una vez mientras Pierre, Víctor y yo esperábamos la hora de la película de la Cinemateca Nacional, sentados en la puerta de la Galeria de Arte Nacional, la vimos salir del vecino Museo de Bellas Artes, donde trabajaba por aquel entonces.


Han pasado los años y lamentablemente cuando se de alguno de esos profesores, comunmente son malas nuevas. Antes de su muerte, supimos de la enfermedad de Cándido y participamos cuando su familia solicitó colaboración para sufragar los gastos médicos, con gusto pero no sin cierta amargura que deja el pensar que una persona talentosa como él, luego de tantos años de trabajo, necesitase de la colaboración para atender necesidades tan básicas como un tratamiento médico. El año pasado supimos de la muerte de Berta y este año de la de Benjamín. A Susana la veo de vez en cuando - la última, desde lo lejos, en una exposición de fotografías de los hermanos Gasparini, en Las Mercedes - en alguna visita a alguna galería de arte o a algún museo, aunque para ser sinceros, esa es una costumbre que hemos perdido por completo, la de reservar el domingo en la mañana para recorrer los museos de Caracas. Quizas porque las responsabilidades y los ritmos son otros. Quizas porque sentimos que esos museos poco nos recuerdan lo que fueron. Quizas porque las últimas veces que fuimos nos sentimos tan solos y tan tristes en aquellas salas, que lo que provocaba era salir corriendo directo al aeropuerto de Maiquetía y montarse con lo puesto en el primer avión que saliese para cualquier parte. Pero ese es otro tema, de cual podemos hablar otro día.