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sábado, 3 de enero de 2015

Regreso sin gloria (como en una vieja película de Jane Fonda y John Voight, pero con luz)

Vuelo a Caracas con mi familia la penúltima semana del año, justo a tiempo para la navidad. Hay expectativas buenas y malas, pero el ambiente familiar es de alegría, es una sensación colectiva de regreso a hogar, a lo propio, al espacio de lo conocido y al ámbito de lo querido.

En Lima recibimos noticias de Caracas, muchas noticias, continuamente, de diferentes fuentes, por diferentes medios, prácticamente a diario, en el momento, pero nunca es lo mismo ver las cosas con tus propios ojos. 

La llegada

El aeropuerto de Maiquetía la tarde del 23 de diciembre tiene varias caras: la pista muestra desolación, pocos aviones ocupan los espacios de la terminal internacional; pero nosotros solo hablamos de la luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? Hay tiempo de sobra para verlo, el puente que comunica al avión con el edificio se daña en su intento de conexión con el aparato de Avianca y nos toca esperar unos 20 minutos adicionales dentro del avión. Cosas que pueden pasar en cualquier aeropuerto del mundo, pero que a nosotros nos hacen pensar de inmediato en la falta de mantenimiento. Inmigración muestra pocas colas, hay muchas taquillas funcionando simultáneamente. Nos hacen preguntas específicas sobre nuestra dirección en Caracas. Pocos gestos simpáticos, muy poca actitud "chévere", sonrisa forzada. Arriba, colgado del techo (que se ha puesto amarillo con el paso del tiempo) en un aviso de vinyl el "comandante eterno" rodeado de niños pide que "sigamos juntos". 

El salón de recogida de equipajes luce, a diferencia del resto de aeropuerto, abarrotado. Hay una explicación, como para casi todo en la vida. Varias correas de las que suben las maletas desde el borde de la pista hasta esta sala y luego las hacen girar bajo la mirada expectante de la gente están dañadas y, aunque los vuelos son pocos, los viajeros se acumulan a la espera de recibir sus cosas. También varias de las pantallas de información que cuelgan sobre las correas de equipajes están dañadas o muestran información errática, que nada tiene que ver con lo que ocurre a sus pies. Cuesta saber por dónde saldrán nuestras maletas, las cuales tardan un buen rato en aparecer.

Desde una pared, sobre un fondo blanco y verde, Cristiano Ronaldo nos invita a ser clientes del Banco Espíritu Santo, toda una metáfora del país. Este banco portugués ha sido intervenido en su país meses atrás luego de entrar en bancarrota y no sin antes destapar un enorme escándalo de corrupción, que ha permitido llevar a juicio al anterior primer ministro y ha costado a las arcas públicas cientos de millones de dólares. Producto de ese escándalo se ha sabido que Petróleos de Venezuela ha colocado allí millones de dólares, que muy probablemente se han perdido, y que esa colocación en un banco que ya para entonces estaba al borde de la quiebra ha estado asociada al pago de comisiones a funcionario públicos venezolanos. Pero eso no ha sido aquí, en el tercer mundo, sino en Europa, donde estas cosas "no van a pasar nunca", donde hay instituciones y una "sociedad educada" y, seguramente por eso, en el aeropuerto que sirve a la ciudad de Caracas los funcionarios de turno no se dan por enterados que ya no hay quien pague por esa publicidad que decora una pared del aeropuerto y que la foto del delantero del Real Madrid es lo más parecido a escupir para arriba, desde la perspectiva del gobierno de Venezuela. Minutos después de ver esa publicidad bancaria comprobamos que ningún cajero automático de ningún banco funciona ese día en el aeropuerto: apagado, dañado, aparatos que solo dan saldos de las cuentas pero no tienen efectivo o, en un caso extremo, vandalizados o recubierto por tablas de madera sin promesa de volver a la vida prontamente. 

Afuera, camino del taxi de confianza que ha venido a buscarnos (¿viste ese cielo?, ¿viste ese azul?), podemos ver el edificio del hotel en construcción, que sigue sin ser terminado luego de casi 15 años, eso si, con una valla nueva, que reza orgullosa que, como parte del nuevo gobierno de eficiencia en la calle, se avanza de forma decidida hacia su culminación para el servicio del pueblo. Leo eficiencia y, con una sonrisa que me aproxima a Patán, el perrito de los dibujos animados que tanto me gustaban de niño, pienso en el bolívar "fuerte", en la patria "segura", en la "potencia" productiva, en la "soberanía" alimentaria. País adjetivo. El edificio está exactamente igual que cuando vine 6 meses atrás, demás está decirlo.

Mi casa

Volver a casa, de eso se trata. 

Al anochecer del 23 de diciembre el taxi, luego de cruzar la ciudad, de mostrarnos el Avila, de dejarnos ver un atardecer como no hay en Lima, nos deja rodeados de maletas rellenas de regalos y productos de la cesta básica en el estacionamiento de nuestro edificio y Jimmy Alcolck vuelve a maravillarnos con las formas que diseñó hace 50 años y por las que, entre otras cosas, le dieron el premio nacional de arquitectura. La luz es tenue y amarillenta, las lámparas del Altolar apenas alumbran el jardín, algunos pasillos y la planta baja del edificio. Las calles que nos trajeron a casa estaban también, como el edificio, casi a oscuras.

La casa está a medio camino entre el hogar y un depósito. Se acumulan las cosas propias con las de la oficina que cerramos hace poco más de un año. Pero en un par de días comienza a volver a la normalidad, a liberar espacios para sentarse, para conversar, para escuchar música, a mostrar las cosas con las que nos identificamos. No hay una definición universal de la belleza, pero aquí está lo que es bello para mi, para nosotros.Es nuestra casa. Hay polvo y hay maravillas como para amoblar las casas de Caracas, Brooklyn y Lima. 20 años de acumular muebles de los 50s y los 60s, libros, vajillas, juguetes de metal, avisos de refrescos, tarjetas postales, cuadros y más cuadros. Gavetas que muestran sorpresa tras otra. Cosas probablemente intrascendentes para muchos, cosas, muchas de ellas, sin valor económico, pero asociadas a algún viaje, a algún momento de nuestra vida. Esa es una buena definición de hogar, aunque a la vuelta goteen los grifos, parpadeen las lámparas, muestren grietas las paredes y las cerraduras tarden en reconocer a sus dueños.

Desde la autopista se escucha el murmullo de los carros al pasar.

Y desde las ventanas, la brisa fresca y seca. Y la luz. Esa luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul?

El automercado, el centro comercial y la gente

Desde Lima se tienen noticias frecuentes, incluso a través de los periódicos y noticieros de televisión peruanos, sobre la escasez de algunos productos y las penurias para hacer cosas cotidianas, también sobre la inflación. Somos el mal ejemplo, la advertencia para otros pueblos ante la tentación del atajo, por eso aparecemos frecuentemente en los noticieros. No hay sorpresas, aunque las sensaciones del primer día, el 24 en la mañana, muestren percepciones mezcladas.

Hay colas para comprar pan de jamón. También hay colas a la entrada del automercado a la espera que abran las puertas. A la luz del día la ciudad se muestra sucia, se ve que nadie barre las calles. Pero hay colas en unas panaderías y en otras no. El litro de jugo de naranja natural vale 3 veces lo que hace un año. El cachito de jamón vale el doble que en diciembre pasado. El desayuno del primer día vale casi lo que costó mi primer auto nuevo, de agencia, un Fiat Uno motor 1500 cc comprado en 1992, el desayuno vale 40 meses de mi primer sueldo como urbanista graduado en la universidad Simón Bolívar en 1990.

Las cifras en bolívares escandalizan, pero al cabo de unos algunos segundos, luego de hacer una conversión redondeada a dólares o a soles peruanos, se cae rápidamente en cuenta que para quienes venimos de fuera con unos dólares en el bolsillo la mayoría de los precios son solo una fracción de los que se pagan en otros países. La tragedia es para quienes viven de un sueldo pagado en bolívares, para quienes su poder adquisitivo se ha diluido en el último año. Todo un eufemismo para no llamar las cosas por su nombre: quienes ganan en bolívares se han empobrecido en estos meses a un ritmo vertiginoso. El Banco Central publica este mes las estadísticas que debió publicar y omitió, tratando de ocultar lo obvio, durante los últimos 6 meses del año y reporta una inflación cercana al 70% anual. Una cifra escandalosa y a la vez falsa, acomodada para complacer al gobierno, que no se compagina con lo que ocurre en la calle. El transporte público subió 166% durante el año, los precios en el automercado han subido entre un 100 y un 300%, según sea el producto.

Gasto en mi primera visita al automercado (tuve que ir a varios para conseguir algunas de las cosas que buscaba, algunas no aparecieron nunca, como el jabón para bañarse o el líquido para lavar los platos...al rato, familiares me advirtieron de no perder mi tiempo buscándolas, simplemente dejaron de existir hace semanas o meses)  3 veces los que me costó el Renault Twingo azul que compré nuevo, en el concesionario Renault de Colinas de Bello Monte, en 1999, y que tuvimos en casa hasta hace uno años. La compra apenas alcanzó para llenar una repisa de la nevera.

Otra cosa es el ambiente del automercado. Caras largas, violencia contenida o desplegada, como la de quienes se abalanzan sobre los bultos de HarinaPan o azúcar que lanzan en un pasillo los empleados del Excelsior Gama de Santa Fe, a sabiendas que no hace falta ni acomodar los productos de la cesta básica en las estanterías. En minutos o segundos desaparecen los productos, repartidos en carritos que corren hacia las cajas con su cacería del día. Se oyen quejas frecuentes, lamentos, mentadas de madre. ¿Esto es todos los días así o es porque hoy es día de navidad y la gente está apurada, nerviosa? pregunto a mi cuñada. "No Gonza, esto es ahora así siempre", me responde. También presencio, a finales del año, en un automercado cercano a mi casa, la llegada de decenas de motorizados y dos autobuses de transporte público repletos de gente que, evidentemente organizados previamente, se dirigen, una parte, a ponerse sin haber recogido algún producto en las colas de la caja, mientras los otros cargan con toda la leche y otros productos de la cesta básica disponible. Vuelvo tres días después, ya en el 2015, y presencio una escena parecida: personas que amarran cajas de leche a la parte de atrás de las motos, vecinos que no pueden ni entrar al automercado, policías en la calle tratando de ofrecer un poco de orden en medio del caos. Se acabó la leche. Un paquete de servilletas de papel vale los mismos bolívares que pagué en 1992 por un pasaje en avión y todos los gastos y compras (¿dónde estará el peluche de Cobi que le compré a mi sobrina en el Corte Inglés de la calle Princesa, en Madrid) de una estadía de un mes en España, visitando varias ciudades, incluyendo la Expo de Sevilla. ¿En dólares? 1,70, cinco soles peruanos.  

"Esto es un bomba de tiempo" me dice una vecina. Pero nadie sabe de cuánto tiempo estamos hablando. ¿Una semana, un mes, un año, una década? Hay quienes están dispuestos a esperar 6 horas en cola por un pollo a precio regulado, los he visto. En Cuba han esperado 60 años. "Esto no aguanta más", me dicen, bajo un cielo azul imponente, mientras las palmeras de mi edificio se mecen ante una brisa fresca de fin de año. Al fondo el Avila se ve impresionante.

¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? 

Me siento en casa, a pesar de las desgracias. Cuánto desearía que las cosas cambiaran. Un sueldo mínimo local paga 2 visitas familiares a una venta de hamburguesas y nadie queda contento a la salida. Al día siguiente de nuestra visita veo en la prensa que en ese mismo sitio, horas después, se cayeron a golpes la Defensora del Pueblo, sus guardaespaldas, y las vecinas de mesa. La Fiscalía anuncia la aprensión de la vecina de mesa en tiempo récord. La violencia está a flor de piel. 

La fórmula infantil que toma Teresa cuesta el 5% de lo que vale en Lima, pero su consumo mensual en Caracas equivale al 15% del salario mínimo. Vamos al Rey David y la cajera nos dice que los frascos de Nutella están de adorno, que no tienen para la venta (ellos, esta empresa venezolana, son los importadores para varios países de América Latina, incluido el Perú). El centro comercial San Ignacio tiene una imagen fantasmagórica, con varios locales cerrados, con locales a medio llenar, con vitrinas que ofrecen en venta o traspaso locales polvorientos, pero una señora en una minitienda nos vende un tu-tú de varios colores que termina de coser delante de nosotros para Teresa y nos dice que es la mercancía que más vende, que los tu-tús tienen más "salida" que los accesorios de Hello Kitty que pueblan su negocio, en un sector del centro comercial denominado Hollywood, que las niñas de Caracas sueñan con ser bailarinas. Un tu-tú cuesta la mitad de un salario mínimo, lo mismo que cuestan 2 entradas al cine en Lima.

Afuera, en los pasillos del centro comercial sopla la brisa fría de diciembre. El Avila puede verse radiante desde la plaza central, donde hay un árbol de navidad y una lancha que rifan entre quienes compren algunos productos. Hay poca gente. La librería Tecniciencias tiene montones de estantes vacíos, la tienda de discos Esperanto desapareció (y eso que la esperanza es lo último que se pierde). Los helados de yogurt cuestan la cuarta parte que en Lima, en la misma franquicia norteamericana, pero una familia típica de Caracas se gastaría el 25% de un salario mínimo en una visita al local de la planta baja del centro comercial, donde una muchacha me dice "corazón, no tienes efectivo, tengo problemas con el punto de venta, no está leyendo el chip de las tarjetas". Pago con efectivo, la misma cantidad de bolívares que me costó el Fiat Uno que compré al volver del postgrado en España y ella me dice con una sonrisa "gracias corazón".  

"Esto está al caer", me dicen, mientra yo miro al cielo. ¿Viste esa luz?, ¿viste ese cielo?


sábado, 27 de diciembre de 2014

Regalos de navidad

Mis tres hijos ya han abierto sus regalos de este año, una muñeca, un caja de auto mercado, con su carrito repleto de productos simulados (casi un chiste cruel considerando el estado de los supermercados venezolanos o podrían interpretarse como un juguete de ciencia ficción, como cuando me regalaban una nave espacial varias décadas atrás), un juego de video de Pokemón, libros y un vale para que Lucía, la mayor, escoja ropa a su gusto.

En la sala de la casa de Colinas de Bello Monte, a la que hemos llegado recién el día anterior de la navidad, han quedado las cajas regadas y los trozos de papel de regalo junto a un pequeño nacimiento italiano, de porcelana, que trajimos de París hace unos años. Este año, por primera vez que yo recuerde, no hay pino de ningún tipo o tamaño en casa, tampoco corona en la puerta. Pero no se nota mucho el desorden, ya que nuestra sala está repleta de cuadros, cajas y muebles, sumando a las cosas que normalmente la llenan las otras cosas que nos trajimos de la oficina cuando no mudamos a Lima hace un año.

Todos en casa se han ido a visitar amigos y familiares y yo me he quedado entre las cajas y las cosas, en el único extremo vacío de la mesa de comedor, tratando de terminar un informe que tengo que entregar en otro país, correo mediante, antes de que el año cierre sus puertas. Suena de vez en cuando el teléfono, preguntándonos por nuestro viaje, por cuántos días nos quedamos, por cómo vemos la cosa, por cuándo podemos vernos para conversar. Ganas de trabajar en estas fechas hay pocas, debo decirlo, y una ciudad en silencio, con nubes y brisa de lluvia, poco ayuda a la concentración. El internet que viene y va y se mueve muy lentamente y una computadora prestada a la que no le funciona bien el teclado tampoco colaboran (la mía anunció su muerte a través de un técnico el viernes pasado, en Lima, negándose a volver a su tierra de adopción y me prestaron la que usó una ex-empleada de mi oficina de Lima hasta hace un año). Se respira tristeza en el aire. Así hemos encontrado a Caracas, triste, y hoy ni siquiera se ve el Ávila ni el cielo azul, los principales atributos que le quedan a la ciudad de la eterna primavera, esa luz que nos acompañó hace pocos días mientras veníamos desde el aeropuerto.

Viendo las cajas regadas por mis hijos me ha dado por recordar lo que me dieron mis padres en las navidades de mi infancia. No tengo el registro de cada año, mi padres nunca fueron muy dados a la fotografía, no hay muchas imágenes de nuestra navidades. Algunas fueron en Caracas, otras fueron en Margarita, pero siempre hubo un regalo al pie de la cama o la hamaca, según fuese navidades en la casa de Caracas o en la de la playa. Pero no había cenas ni eventos importantes. Mis pdres siempre se han acostado temprano, incluso la noche en la que finaliza el año.

A veces llegaban cosas que yo había pedido, otras no. Varias veces me dieron ropa. Temprano, a sabiendas que no había ningún ser sobrenatural que se encargase de los regalos, comencé a escoger los regalos yo mismo, en los días previos a la navidad, pero eso tampoco era garantía de éxito. A veces me compraba yo mismo regalos que luego no eran lo que me había imaginado.

Recuerdo especialmente un año en el cual me compraron un álbum de estampillas forrado en cuero marrón claro y un sobre con 1000 estampillas de todo el mundo. Me lo compraron (yo fui con mi mamá, que le explicaba al encargado, español si mal no recuerdo, que yo a mis 11 años había pedido eso por navidades) en una tienda llamada Filven, Filatelia Venezuela, en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. Luego volví a esa tienda varias veces, a buscar sobres con estampillas organizadas por países. Recuerdo que me sentaba en el escritorio de mi papá a organizarlas en el álbum y mientras lo hacía me imaginaba como eran los lugares de dónde procedían. Todavía conservo el álbum.

Recuerdo un año donde me compraron mi primer reloj de pulsera, un reloj Oris con la correa de cuero negro con agujeritos que al parecer no salió muy bueno. Era a cuerda y lo usé menos de un año. Mi madre aún lo guarda, espero que me lo de alguna vez. Lo compraron en una joyería que quedaba a una cuadra hacia el este de la esquina de La Torre, en el centro de Caracas. Como ese reloj no salió muy bueno (aunque lo recuerdo muy bonito), al año siguiente me regalaron uno más grande, automático, uno Seiko como de submarinismo, con la correa de plástico negro y el fondo de la pantalla color naranja. Ese Seiko me lo compraron en una joyería a la que íbamos todos los años cuando viajábamos a Margarita, a la playa. Era una joyería un poco extraña, pero así eran muchas tiendas de los primeros años del puerto libre de Margarita: quedaba en medio de la nada, al borde de la carretera, cerca del pueblo de San Juan Bautista. Detrás de la tienda estaba la casa del joyero, mis padres lo conocían de toda la vida. Mi madre también conserva ese reloj que usé varios años, hasta entrado en el bachillerato.

Mi Seiko era similar a este, pero con el fondo color naranja

Un año me regalaron un avión que me compraron en una tienda de la avenida 4 de mayo. Bencamar se llamaba la tienda, me imagino que, como tantas cosas, ya no existe. Afuera, en la tapa de la caja, el avión, un Spitfire de la real fuerza aérea británica, venía pintado de camuflaje y andaba entre las nubes. A mis pocos años siempre me sentó mal que el que venía dentro de la caja no volara y solo hiciese un ruidito al rodar, empujado por la mano de su propietario, sobre el piso de cemento de la casa de mis vacaciones. No recuerdo hasta cuando lo tuve, no se si estará en algún closet de la casa de mis padres.

Otro año me trajeron unos trenes marca Lima, eléctricos, muy bonitos. Mi hermano también tuvo alguno y, en algún momento se quedó con todos, los suyos y los mío.Venían en cajas con varios vagones y tramos de pista, pero también vendían vagones individuales, transformadores y piezas de decoración. Siempre quise hacer una maqueta que pudiese meter debajo de la cama, o colgarla del techo, como vi en un revista de la época, pero nunca tuve la maqueta, aunque la dibujé muchas veces.

Trenes Lima

Algún año, de finales de los 70s completaron el dinero que tenía guardado y me compré una consola Atari con 2 cartuchos de juegos. Alguna vez me regalaron libros. Y ropa. Ropa. Ropa. Alguna vez ya me dijeron que estaba muy grande para eso de los regalos, aunque mi madre nunca ha dejado de regalarme algo. Todos lo últimos años me ha regalado una pluma, que sabe las colecciono. Este año ha ido una Cross de color rojo.

Atari

Llueve en Caracas. Apenas se escuchan carros pasar por la autopista que veo desde la ventana de mi apartamento. No parece navidad. Este año hay muy pocos fuegos artificiales, hay poca publicidad de navidad en las calles, pocos adornos. La gente va con la cara amarrada. hay violencia contenida, hay resignación. Las calles están sucias, las luces alumbran poco, la luz en las calles es amarilla y tenue. Esta mañana vi colas en una venta de electrodomésticos cercana a mi casa, allí venden a precios regulado por el gobierno, pero me explican que la mayor parte del tiempo no hay nada para vender.

Solo voy a estar dos semanas en Caracas, pronto voy a volver a Lima a ocuparme de un nuevo trabajo, pero antes de irme voy a buscar mis dos relojes, el Oris y el Seiko de submarinismo, en casa de mis padres. Verlos funcionar de nuevo sería un bonito regalo de navidad.

  


martes, 31 de diciembre de 2013

Pueblos tristes




He venido a Caracas por unos pocos días como no había venido antes, como un turista que tiene en el bolsillo el pasaje de vuelta, que mira los lugares familiares con otro ojo, el ojo que mezcla el compromiso con la distancia.
 
Hay días en los que me maravillo de estar aqui. Hay días en los que cierro los ojos y quisiera estar en Brooklyn, caminando por la calle con Marvin Gaye sonando en el ipod a todo volumen y la brisa fría dándome en la cara. Hay días en los que quisiera estar de vuelta en Lima. Hay días de días.
 
Hace un año en esta fecha estaba en Venecia. Primera vez en varios años que voy a recibir el año nuevo en Caracas. Hace más de una década que establecimos una férrea costumbre familiar: 24 en la Lejarazú; 25 en la Paraguachoa, 31 en Nueva York, San Juan de Puerto Rico, San Sebastian, París o Venecia. Alli donde la familia o los deseos nos llevasen. Despues de todo, creemos en eso que mi madre me dijo siempre, que uno pasa el año como lo recibe... La mudanza -aún en proceso- a Lima ha cambiado este año esa costumbre.
 
De estos pocos días, una semana, en Caracas me han llamado la atención varias cosas.
 
La basura. Está por todos lados. Es difícil no verla. Evidentemente algo que estaba mal ahora va peor. Las bolsas se acumulan por las aceras, aceras que nadie barre. Desapareció por completo el barrido de las calles  y el aseo urbano domiciliario es irregular e insuficiente. El camión pasa a lo sumo una vez a la semana y hay calles por las que evidentemente no ha pasado desde que estoy aqui. Me dicen "tiene tiempo asi, pasan de vez en cuando, cuando quieren". Unos vecinos me comentan que han tenido que contratar camiones para que se lleven la basura acumulada en su edificio.
 
La Escasez. No la percibo peor a la última vez que estuve aqui y eso no es un halago. Traje en la maleta leche en polvo y harina de trigo a solicitud de mi familia, lo cual es ya un síntoma de cómo va la cosa, pero ya en septiembre cuando estuve por última vez se estaba en una situación parecida. Las cosas aparecen y desaparecen con prontitud de los anaqueles y los automercados rara vez dan la impresión de normalidad. Hay mantequilla danesa pero no hay leche, me dicen que no la ven hace dos semanas, a la harina de trigo hace un mes. Mi mamá se disculpa diciéndome que no me hizo un postre que suele hacerme por estas fechas porque no consigió leche condensada "y mira que la buscamos", dice, mientra mi padre pone cara de que fue él quien hizo el barrido de todos los negocios del este de Caracas buscando el ingrediente necesario para el chantilly de parchita. La gente camina cabisbaja en un automercado de La Trinidad al cual llegué porque no conseguí algunas cosas por mi casa, hay pocos empleados, la "decoración" evidencia descuido, dos señoras me preguntan que dónde conseguí el papel sanitario que llevo en el carrito junto a un pernil, el muchacho que empaqueta las bolsas le pregunta a la cajera cuánto cuesta un pernil como ese, la señora le dice el precio y suelta una carcajada justo antes que el muchacho le diga que él se comerá el 31 otra cosa, que él no puede pagar "esa vaina". Le doy un billete de 100 bolívares como propina y me contesta con un feliz año sonoro. Patricia me reclama que le di mucho, yo le contesto que solo es 1,5 dólares y que todo esta muy caro. Mientras manejo pienso que con esa cantidad de bolívares pagabamos dos meses de alquiler cuando nos casamos.
 
Los precios. Todo el mundo me dice que los precios están por las nubes. Que todo está carísimo. El gobierno anuncia unas cifras de inflación muy malas, casi un 60% anual, pero resultan poco creibles porque la percepción en la calle es que los precios han subido mucho más. Vamos a un restaurant de sushi cerca de la casa, a medio camino entre la comida rápida y algo más formal. Mi hijo Diego se queja amargamente que su madre no lo lleva desde que me fui a Lima en septiempre. La madre se defiende diciendo que ella es pobre y esa comida está muy cara. Al llegar al local vecino a la plaza Lincoln me llama la atención que está solo, hasta septiembre lo recordaba siempre lleno. Al ver el menú comienzo a tejer hipótesis que explican la soledad. Los precios son exactamente el doble de los de septiembre, que a su vez eran 50% mas que los de diciembre del 2012. Mientras comemos entran 3 parejas, una sale a los 5 minutos de entrar sin nada en la mano. Ver el monto en bolívares escandaliza un poco, pero al hacer la conversión a dólares digo en voz alta "toda esta comida son 25 dólares, en Lima no costaria menos de 50". "Sí,  pero aqui nadie gana en dolares" me contesta Patricia. Conviven algunos precios calculados al valor internacional de las cosas, si se usa la tasa de cambio del mercado negro, con otros bastante más baratos para quien los ve desde la prespectiva de tener unos dólares en el bolsillo. Una par de zapatos vale la mitad en dólares que unos equivalentes en Lima, tambien un short en la tienda Nike, pero desde la óptica local, al compararlo con los sueldos venezolanos, el país es una potencia espacial, que ha puesto a orbitar como satelites de la tierra a todos los productos de consumo.
 
Areas verdes. Venezuela nunca fue muy dada al mantenimiento. Todas las ciudades tienen sus zonas feas y sus zonas más cuidadas. Pero es evidente en la situación actual que las areas verdes cercanas a mi casa están sin mantenimiento desde hace meses. Pregunto y obtengo por única respuesta "la Alcaldía se olvido de eso, dicen que no tienen  real". Tambien abundan los huecos en la calle. Y hay muchas calles oscuras. Probablemente la única novedad al respecto sean la resignación de la gente. Varios vecinos me comentan que eso no tiene solución, que la Alcaldía está quebrada y que el gobierno nacional tampoco ayuda. No hay elecciones previstas a la vista ni nada que motive algún interés. La gente no parece estar esperando ningún cambio, como no sea para peor.
 
La luz. Siempre me gustó la luz de Caracas en diciembre, sus cielos azules con una brisa fresca. Lima no tiene nada parecido, todo lo contrario, cuesta ver cielos azules en la ciudad imperial, la de los cielos color panza de burro. Nueva York sí, la gran manzana tiene esos días de cielo azul que prometen mucho frío cuando los miramos con la nariz pegada al vidrio. El cielo de diciembre y el Avila son los principales atributos de Caracas. Siempre me han gustado, pero ahora los valoro más. Son de las pocas cosas que no se deterioran, que no cuestan más que el año pasado, que no transmiten la sensación de provisionalidad, de estar en proceso de perderse, de cerrarse, de acabarse, de irse.
 
Animo amador!. Mucha gente comenta que el año que viene será peor. "El año que viene será candela" me dice alguien que me reconoce en la panadería cercana a mi casa, como respuesta a un feliz año. "Feliz año y que el año que viene puedan irse de vacaciones a Portugal" le desea una señora bajita, tipo europeo, a Fatima y Manuel, un matrimonio luso que regenta la fruteria de por mi casa desde hace décadas. "Con que tengamos comida me conformo" contesta alguien desde la cola que hacemos los que esperamos para pagar. Fatima dice que por primera vez en su vida no tiene uvas para vender un 31 de diciembre. "Las pedimos, pero no se consiguen, las que teniamos se acabaron hace dos días". Me pregunto en silencio si la gente pedirá deseos igual, sin las 12 uvas que marca la tradición.  Desear las uvas como deseo de fin de año sería un desarrollo endógeno de la tradición navideña, la serpiente que se muerde la cola. A una calle de allí, a las puertas aún cerradas del automercado Unicasa unas 20 personas hacen cola a la espera que abran el negocio. Todas las mañanas hay cola, ahora, antes no. "Es que despues hay mucha gente, hay pocos cajeros porque la empresa no está contratando gente y los productos que llegan los ponen temprano y se acaban rápido". Me voy sin hacer cola, sin intentar la compra, sin verificar si hay o no lo que me pidieron en casa. "Y por ahi viene lo de la gasolina y la devaluación", me dicen otros. Los ánimos están por el subsuelo, chapoteando con lo que queda del petróleo. El ánimo nacional será material de exportación que viaje en los tanqueros hacia China. Me pregunto si tanta nube negra no afectará el octanaje de la gasolina, si no dañará el motor de los carros que la usen en otros lares, si no comenzará a derribar aviones que viajen usando el combustible de esta "tierra de gracia".
 
Alguien te mira. Los ojos de Chavez están por todos lados, en vallas, en afiches, en la televisión. Pero la gente habla poco de él. El "Gigante de América" lo llaman en la TV, en la que ahora no hay ni asomo de oposición o crítica al gobierno. Si la gente se mata en la calle o nada en la basura, en la tele ni lo mencionan, ponen "Mi pobre angelito 2 en Nueva York", si la gente demuestra su felicidad consumista abarrotando centros comerciales a medio surtir, ponen "Rambo 2 en Afganistan". Mencionan una y otra vez al Gigante de América y yo pienso en Nelson Ned. El comandante eterno es el otro calificativo que escucho varias veces. Tambien te miran los militares y guardias nacionales, ahora guardia del pueblo, que pueblan las calles. Estan en todos lados, a las puertas de todos los centros comerciales. Usan fusiles de asalto y equipamiento que no corresponde a una policía civil. Todos te miran.
 
Hay una capa densa que envuelve todo, no se si la tendré yo pegada a los ojos. La gente se mueve con una mezcla de ansiedad, angustia y tristeza. Solo había visto algo así hace años en Montevideo, pero aqui la autoestima está aún más baja.  He pasado solo poco mas de 3 meses fuera y ya se notan cambios, la mayoría no son para bien. Le ofrezco leche a mi madre, de la que traje de Lima y me dice que no, "que se la deje a los muchachitos, que ella se está tomando el café negro". Neorealismo italiano, pero con peor estética, sin mérito artistico. Caracas ciudad abierta. Cómo no pensar hoy 31, fin de año, en Otilio Galíndez. Igual nos diremos esta noche el feliz año, como quien habla con un vendedor de carros usados, preguntándose si creer o no, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde.