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jueves, 6 de noviembre de 2014

Recordar es vivir


Ella está en un hospital.
Quisiera imaginarlo desde la distancia.
Solo una vez he estado en un hospital en España, pero fue hace mucho, mucho tiempo, el siglo pasado. Solo de visita, un domingo por la tarde, entrando el verano. Solo por una vez, un tío de Olga estaba allí, recién operado, si mal no recuerdo. Estoy seguro de la pared de ladrillos y la luz amarilla de la tarde, pero no sobre quién era el enfermo. Me llamó la atención que dieran pijamas azules con el nombre del paciente y que hubiese que poner pesetas por una rendija al televisor para mirar un rato el telediario o una película. Recuerdo que me preguntaron y respondí que no era como los hospitales de Caracas, tampoco como las clínicas que conocía. Conocía clínicas mejores y peores y hospitales mucho peores.Acaso me recordaba un poco al Hospital Clínico Universitario donde nací y al que iba a veces siendo aún niño.
No sé cómo son los hospitales de Barcelona. Nunca he estado en uno. Mentira. He ido varias veces al hospital de la Santa Cruz, es bonito, pero he ido a ver el edificio, sin imaginarme a los enfermos.

Ella está en un hospital, pero no se en cual.
Quisiera saber si es un edificio grande o pequeño, si queda en el centro o en las afueras. En el ensanche o junto al mar.
Quisiera saber de qué color es la pared frente a la cama. Si está sola en el cuarto o con otros pacientes. Si hay una ventana que mire hacia la calle, si se escucha a los carros pasar, si hay árboles al otro lado de los vidrios o si, acaso, se ve el mar.
Tenía en casa -no en la de aquí, en la otra, la de Caracas- una revista de arquitectura donde había un hospital junto al mar, en Barcelona. Quisiera imaginarte allí, cerca de la arena, aunque muy probablemente me equivoque.
Quisiera que la pared fuese blanca y la ventana grande, que el mar se viese azul, desde la cama, al alcance con solo voltear la cara. Que entrase la brisa cálida desde la playa y que se escucharan las olas golpear contra la arena.
Quisiera pensar que el azul te recuerda el azul de la bahía de pozuelos, que el ruido del mar te recuerde Playa Colorada. Quisiera pensar que puedes imaginar los cocoteros, que puedes ver los ferrys pasar frente a la playa, que puedes contar los tanqueros y los veleros amarrados frente al paseo Colón, como lo hacías desde tu balcón.

¿Te acuerdas aquella vez que nos vimos en Madrid, aquella noche en casa de tu amiga, la que vivía junto a la estación de metro Vinateros? Yo te había recogido en la estación de autobuses y te llevé allí el día anterior. Venías de La Coruña ¿Recuerdas que me diste un sobre al despedirte y me pediste no abrirlo hasta que llegase a mi casa en Alcalá? ¿Recuerdas lo qué habías puesto adentro del sobre?
He fantaseado con esas 5000 pesetas durante casi veinticinco años.
Suelo hablar solo mientras manejo, o cuando camino por la calle o sentado en el baño a media luz. Lo hacía cuando tenía diez años y lo hago aún. No puedo controlarlo. Antes me daba pena al darme cuenta que estaba haciéndolo de nuevo, ahora cada vez menos. A veces soy quien no soy. A veces soy yo mismo haciendo cosas que me tocará hacer más tarde o que ya hice y quisiera haber hecho de otra forma. Hablo con los clientes con los que me voy a reunir al día siguiente, o soy un cantante, o un músico, o un atleta de alta competencia, o un escritor famoso o el ganador del premio gordo de la lotería. Cosas para los que no tengo talento o para las que no hago el menor esfuerzo, como lo de la lotería.
Es difícil ganarse la lotería, más sin comprar un boleto.
Mil veces he hecho listas en mi cabeza describiendo cómo distribuiría el dinero y en todas ellas siempre me veo entregándote un sobre con un cheque dentro. Unas veces han sido diez mil, otras veces cien mil, de cuando en cuando un millón o dos. El sobre siempre es igual al de aquella noche en Madrid. La sonrisa no cabe en la cara.

Quisiera terminar un informe que debe viajar lejos, pero esto es lo que me ha salido.

Ella está en un hospital.
Quisiera imaginarlo desde la distancia.
Quisiera que fuese un hospital junto al mar.
Quisiera entrar al cuarto y que me llamaras por mi nombre.
Quisiera que supieras que estoy hablando de ti sin que haga falta decir tu nombre.

Quisiera que pudieras recordar esto como lo recuerdo yo.

martes, 9 de octubre de 2012

Dancing days

Comenzaré diciendo, para delimitar el campo de acción y para no crear falsas expectativas, que un servidor nunca ha sido bueno para el baile; más aún, y para ser más preciso, soy lo que llamarían un aficionado de la música que tiene por extremidades inferiores un par de pies izquierdos, izquierdos y planos, para más señas.
 
Las fiestas de la adolescencia, las de los primeros años del bachillerato, esas donde ya no va uno a comerse la torta, a tumbar la piñata y a jugar con los amigos, sino que tienen como núcleo central el baile con las muchachas fueron siempre para mi una tortura interminable, una lucha constante con la torpeza y el sentido del ridículo. Pero bueno, hay ritmos de ritmos y, ciertamente, hay ciertas cosas para las que no se necesita mucho arte, ciertos ritmos y costumbres para los que puede aplicarse el sentido del disimulo. Y uno podía disimular las limitaciones propias cuando en la fiesta sonaba, por ejemplo, alguno de aquellos discos -uno de carátula verde, otra amarilla- de B-52s que fueron populares en las fiestas de los primeros 80s; pero por el contrario, no habia forma de maquillar las limitaciones cuando el diskjockey de turno seleccionaba, por ejemplo, un LP de Willy Colón o de Ruben Blades. 
 
Pero como reza el dicho, "nadie es profeta en su tierra". Fue necesario viajar a otro país, fue necesario vivir por un tiempo en otros lares para hacer valer ese otro dicho popular que dice que en la tierra de los ciegos el tuerto es el rey. 
 
Cuando tomé un avión con rumbo a Madrid una mañana de enero de 1991 no tenía ni la más remota idea de qué estaba sonando en las radios de España por aquellos días. La primera noche en el Colegio Mayor de San Ildefonso, en Alcalá de Henares, en medio de una fiesta de bienvenida a los que comenzábamos clases de postgrado esa semana, me enteré que el músico que arrasaba en las carteleras aquellos días era el dominicano Juan Luis Guerra y sus 440 y, para mi sorpresa, casi nadie en la fiesta compuesta de estudiantes argentinos, chilenos, mexicanos, guatemaltecos, españoles, colombianos, peruanos, brasileños, paraguayos, norteamericanos y venezolanos, tenía ni la más remota idea de cómo se bailaba aquello que sonaba tanto en las emisoras españolas, el disco de "ojalá que llueva café".

Juan Luis Guerra y los 440
 
El merengue dominicano es de los ritmos más accesibles dentro del universo del baile caribeño. Es decir, es de los ritmos más fáciles, tan fácil que hasta un urbanista con dos pies izquierdos y planos puede bailarlo sin hacer el ridículo. Sin alardes de virtud, pero sin hacer el ridículo. La diferencia estaba en que, para mi sorpresa, la gente se asombraba de aquello y hacían círculos alrededor de donde bailaba Juan Domingo Alfonzo (entonces joven abogado venezolano que hacía su maestría en Administración Pública en Alcalá desde un año antes de mi llegada) y su pareja y de donde bailaba un servidor y quien bailase esa noche conmigo. Alguien de entre el público llegó incluso a preguntar en voz alta, con la seriedad propia de un académico, que no hay que olvidar que aquella fiesta se celebraba en un recinto universitario cuatricentenario, si a los que proveniamos de Venezuela nos daban clases de baile en la universidad de Caracas, porque luego nos contaron que en el año académico previo quienes destacaban en esas lides en los guateques del Colegio Mayor de San Ildefonso eran mis colegas José Enrique Pérez y Loli Iglesias (colegas en lo del urbanismo, no en lo del doble pie izquierdo, vale la pena aclarar).

 
 
A partir de esa noche - la misma noche en que interrumpimos la fiesta para ver por televisión las imagenes del comienzo de la guerra en Irak - comenzaron unos eventos que no tenían precendente en mi vida previa y nunca han vuelto a repetirse. Nunca antes me habían tocado la puerta del cuarto, tarde en la noche, para pedirme que acompañara a alguien a una discoteca. Nunca antes me habian tocado la puerta del cuarto para pedirme que enseñara a bailar a nadie. ¿Cómo? ¿Yo? El tuerto era el rey en el país de los ciegos. 

En las semanas inmediatas siguientes asistí no sin asombro al reconocimiento  de los dj de cuanta disco de medio pelo visitamos en las tranquilas noches de Alcalá y participé de alguna que otra clase de baile improvisada, individuales y grupales. Tambien nos dimos unas vueltas por unos templetes que montaba el ayuntamiento de Alcalá los fines de semana por las noches en la plaza Cervantes, a solo decenas de metros de donde vivíamos.

Tambien en las semanas siguientes se hizo público que Juan Luis Guerra - que acababa de lanzar al mercado un nuevo disco, bachata rosa, que incluia aquello de la bilirrubina- haría 4 presentaciones en España, una de ellas el sábado 16 de febrero de 1991, en el pabellón de deportes del Real Madrid. Por supuesto fuimos varios en Alcalá los que rápidamente nos hicimos con una entrada a cambio de 2500 pesetas, unos 16 euros de los de ahora, más o menos.

Aquel sábado 16 de febrero habíamos planificado, como actividad previa al concierto, un viaje, en la mañana, a San Lorenzo del Escorial, al norte de Madrid. El plan era salir muy temprano de Alcalá rumbo a Madrid, tren de cercanías mediante, para encontrarnos con nuestra compañera de clases, la arquitecto colombiana Catalina Londoño, quien había conseguido que su tía, una odontóloga que vivía en la calle Juan Bravo, nos prestase su Fiat 147. Nos levantamos muy temprano Luisa Mezones y un servidor y dos compañeras que estudiaban técnicas de informática para la gestión pública, además de mi compañero de clases brasileño Ary Talamini, para descubir con gran sorpresa que durante la noche había caído la primera gran nevada en 4 años, nevada que se repitió durante los 3 días siguientes.

Colegio Mayor de San Ildefonso, visto desde la Plaza san Diego de Alcalá de Henares


Nevó durante buena parte del día y en la noche, y a la hora del concierto hacía un frío capaz de congelar a cualquiera. Sin embargo, no cabía un alma en el hoy demolido pabellón de deportes del Real Madrid.  Las 5000 entradas disponibles estaban vendidas con anterioridad y a las afueras se había formado un tumulto entre quienes entraban, quienes querían hacerlo sin tener entradas y quienes ofrecían hasta cuatro veces el precio que marcaban los tickets.

Para mi sorpresa, que al entrar esperaba encontrarme con un público conformado principalmente por inmigrantes latinoamericanos, quienes habían comprado las entradas para el concierto de Juan Luis Guerra eran en su gran mayoría españoles, los mismos españoles que tenían las canciones de 440 en los primeros lugares de las carteleras de popularidad, pero a los que nadie había enseñado como se bailaba aquello. Españoles que habían comprado entradas para escuchar los pegajosos ritmos y las letras del músico dominicano al que, además, Camarón y Ana Belén acababan de versionar una de sus canciones; pero que no iban a bailar aquella noche en el pabellón de deportes del Real Madrid.

Cuando los camarógrafos del telediario de Televisión Española necesitaron escoger una toma del público para poner en evidencia el éxito del aquel concierto, escogieron de entre todos los asistentes, principalmente sentados, a un grupo de unas 15 personas, pueden ser pocos menos, pocos más, de estudiantes de postgrado que habían venido desde Alcalá de Henares y que bailaban en el medio de la tribuna, junto a una baranda de metal de la cual colgaban las banderas de España y la República Dominicana, haciendo maromas sobre las escaleras y entre las sillas, y al hacer zoom se centraron en una pareja que bailaba en el pasillo, a la izquierda de la toma. Era una muchacha a la que no conocía previamente y a la que nunca volví a ver y que me pidió que le enseñara como se bailaba aquello que estábamos bailando los que veíamos el concierto cerca de donde ella estaba viéndolo, sentada, junto a su hermana.

Juan Luis Guerra y 440 en Venevisión, 1987. En Venezuela y otros países de latinoamérica Juan Luis Guerra y 440 tenían ya varios años de popularidad antes de hacerse conocidos en España, a comienzos de los noventas

Alguien consiguió una grabación del telediario de aquel domingo de febrero de 1991 que vimos entre risas y burlas varias veces en el televisor del salon de clases y que ha sido mi única aparición en la televisión española, mucho antes de que se pusieran de moda programas como "mira quien baila". Afortunadamente no se dónde quedó, no recuerdo haber traido el cassette de VHS de vuelta a Venezuela. Pero en estos días que son ya dos décadas despues, al abrir un libro cayó en mis manos un viejo recorte de periódico, uno fechado lunes 18 de febrero de 1991 y en el cual el periodista de El Pais Ignacio Saenz de Tejada, para describir lo ocurrido en aquella noche de sábado utilizó como título "verano en la nieve", justo antes de explicar que "la primera actuación de Juan Luis Guerra y 440 tuvo un carácter de verdadera apoteosis".       
 
  

martes, 21 de diciembre de 2010

Velásquez redescubierto

Los diarios de buena parte del mundo reproducen hoy la historia del redescubrimiento de un cuadro del pintor sevillano, nacido en 1599, entre los fondos del Museo Metropolitano de Nueva York. El cuadro en cuestión, una pintura de Felipe IV, fue atribuido durante mucho tiempo, décadas, siglos,  a Velásquez, lo que era corroborado por el recibo original -fechado en 1620- de la venta del cuadro, de puño y letra del pintor,  y también perteneciente al mencionado museo niuyorkino; pero la obra  había sufrido -en el sentido literal de esta palabra- tantas restauraciones e intervenciones de baja calidad, que hace unos 35 años y como parte de una investigación que también cuestionó la autoría de otras obras del museo, los expertos asumieron que no era sino una copia realizada por el taller del artista, ya que Diego no podía haber hecho pinceladas tan burdas como aquellas.



El uso de técnicas como los rayos x y una investigación que incluyó la revisión de algunas obras en el Museo de El Prado, en Madrid , así como un proceso de limpieza, durante más de un año, permitió a los especialistas del MET eliminar las intervenciones hechas a solicitud de sus propietarios previos y redescubrir la obra original, que ha sido restaurada en lo físico y en su atribución, convirtiéndose, nuevamente, luego de casi 40 años de abandono, en una de las atracciones del museo ubicado en Central Park.

Leyendo esta noticia desde la cama donde estoy recuperándome de mi corta pasantía por la clínica - cólico nefrítico mediante- y bajo los efectos del coctel de pastillas que me hacen tomar, lo cual se evidencia claramente en las mamarrachadas que escribo,  recuerdo que viví un largo amorío con el pintor de Las Meninas, cortesía de la Agencia Española de Cooperación Internacional. El día gris de enero de hace casi 20 años en que aterricé en Barajas para comenzar un postgrado en Planificación y Gestión Urbanística, junto con el cheque de mi primera quincena de beca, 37.500 pesetas de entonces, aquellas que se cambiaban a razón 2 por cada bolívar de la República de Venezuela y a razón de 9 por cada dólar estadounidense, recibí dos carnets, ambos con mi fotografía: uno que me aseguraba atención médica mientras durase mi curso y beca y otro, mucho más valioso para mi, porque lo del seguro no sonaba como algo muy necesario cuando uno tiene solo 23 años de andadura, que aseguraba que don Gonzalo Tovar Ordaz era becario de estudios de postgrado y tenía entre las prevendas inherentes a su condición el libre acceso, sin paga ni otra condición que no fuese el horario, a los museos regentados por el Estado español.

La verdad es que aquella condición expresada en un pequeño trozo de cartón plastificado fue de las cosas que más aprecié durante los meses siguientes: Mis puntos de contacto entre Alcalá de Henares, donde dormía y estudiaba, y Madrid, a donde iba cuantas veces podía escaparme de las clases, que no fueron pocas veces, o tenía algo de tiempo libre, eran la parada de autobuses de la Avenida de América y, la más de las veces, la estación de Atocha. En los alrededores de Atocha estaban el entonces nuevo museo Reina Sofía, aún sin el Guernica, que entonces estaba en el Casón del Buen Retiro, y El Prado, a solo 2 calles de mi tren de cercanías.



Con el paso de los días entre Madrid y Alcalá comenzó una rutina que consistía en que antes de irme a la estación de Atocha, entonces una obra nueva del Arquitecto Rafael Moneo, en busca del tren que me llevaba a casa, me pasaba a hacer una corta visita, siempre focalizada, por alguna de las salas de El Prado. Tambien había días en que llegando a Madrid pasaba a hacer mi visita de rigor por El Prado, y no pocos días me senté en alguna sala, a veces con mucho público, a veces casi desierta, y estuve largo rato, a veces horas, viendo aquellos cuadros que despertaban en mi verdadera fascinación, desde los tiempos que los veía en el libro de educación artística de Cándido Millán y ni imaginaba poder tenerlos tan cerca.

Uno siempre tiene sus preferencias, y yo tenía entonces, en 1991, especial predilección por Velasquez y la sala central de la segunda planta de El Prado, aquella reservada en esas fechas para obras del pintor de Sevilla. Habia un banco donde uno podía sentarse horas a ver al perro de Las Meninas, al punto de verle bostezar u oirle ladrar a los japoneses que se hacían fotos entre él y yo.



Aun tengo el carnet que me dieron en enero de 1991, pero, claro está, ya ha perdido sus superpoderes. Y el internet, con todo su poder planetario, aun no se acerca a la experiencia de mirar el reloj y decir ummm... tengo que correr mucho para tomar el tren de las y 15...mejor vamos a visitar a Velásquez y nos vamos luego a Alcalá...