Carmen Victoria me pide, a través de una videollamada de Skype, que le mande dos latas de leche condensada. Mejor cuatro, eso aquí hace tiempo que no se consigue. Es verdad, dice, voz en off de quien no aparece en el espacio cubierto por la cámara, Gonzalo Rafael, eso hace tiempo que no se ve, se desapareció por completo, mira que lo hemos buscado. Es que quiero hacerles la gelatina que les gusta a los muchachitos cuando vengan, insiste mi mamá, a pesar de que ya le he dicho que sí se las voy a mandar con Patricia, cuando vaya a Caracas la próxima semana. Mándame cuatro latas, no dos, es que necesito dos para cada gelatina, y quiero hacerle una a Teresa para su cumpleaños y otra a Diego para el suyo. A ellos les gusta mucho.
Cierro la conversación luego de las despedidas de rigor, pensando en la solicitud de mi mamá como síntoma de estos tiempos. Lejanas, remotas, se recuerdan las solicitudes de cremas y perfumes, de algún aparato novedoso, de algún gusto exótico, exótico para los gustos sencillos de mis padres, que siempre se han acomodado con poca cosa.
Aunque, eso sí, la leche condensada azucarada siempre ha sido un producto codiciado en mi casa.
En mi casa, cuando era niño, se compraba la leche condensada azucarada para hacer postres, comúnmente quesillos, aunque alguno que otro diciembre se usaba para hacer una versión casera del ponche crema, o para hacer la gelatina mezclada con leche y frutas, que tanto éxito tenía, o el arroz con leche, o alguna chicha. Mi mamá solía tener siempre una lata guardada en los gabinetes blancos y naranja de la cocina, lata que una vez abierta era una tentación para quienes, dándole vueltas alrededor, pedíamos nos dieran, por lo menos, una cucharada. No, hay que ponérsela completa al quesillo, que si no se le pone la medida completa no queda bien, no le metas esa mano sucia a la lata, no le pases la cuchara y la vuelvas a meter, solía escuchar, mientras sonaba el zumbido de la licuadora Oster o del asistente de cocina Electrolux, según cuál fuese el postre en preparación. El premio mayor solía ser quedarse con la lata, sacando la leche condensada remanente con una cuchara o, incluso, pasándole el dedo, hasta dejar el envase completamente limpio. No me rompas el papel de afuera, que trae una receta, me advertía mi mamá, no sin antes recordarme que debía tener cuidado con el dedo y el borde de la lata, no sea que fuese a cortarme.
Alguna rara vez nos compraban unas laticas pequeñas, a las que le abrían dos agujeros en la tapa: uno para que entrara el aire y otro para que succionáramos la leche condensada mientras pegábamos la boca a la lata. Juraría que el latón cromado no sabía a nada, pero sí sabía, y daba a la leche condensada un sabor característico, como el del agua de los bebederos de los colegios, así, metálico, pero más dulce.
Solo una vez solía comer leche condensada a mis anchas.
Cuando íbamos en vacaciones a Margarita, al menos una vez cada año, una de las playas preferidas de mis padres era la playa El Yaque, en el sur de la isla, cerca de donde está hoy el aeropuerto Santiago Mariño. Es una playa llana, muy poco profunda y sin olas ni corrientes peligrosas, por eso nos dejaban de nuestra cuenta bañarnos sin mayor supervisión, mientras los mayores jugaban dominó, o veían la carreras de caballos por televisión. Pero no era la playa El Yaque llena de windsurfistas, hoteles y pequeños negocios que existe hoy en día, hablamos de la playa El Yaque de hace más de 40 años, al principio sin carretera asfaltada, sin electricidad salvo por unas horas en las que encendían una planta eléctrica, sin más negocios que el Bar El Vigía -con su rockola, su pista de baile de cemento pulido con vista al mar y sus cuatro mesas con sillas de madera y cuero de chivo- y la bodega de Clemente y, en el medio entre ambos, rancherías de pescadores con un aviso de metal oxidado que decía "Playa El Yaque. Sucesión Tovar. Prohibida Toda Clase de Construcciones".
Clemente, el dueño de la bodega, había sido el capataz del hato de chivos que fue de mi bisabuela, quien la obtuvo a cambio del pago de una deuda que dejó por cobrar mi bisabuelo a su muerte, hace más de 70 años. Luego de la desaparición de la hacienda, Clemente se quedó viviendo frente al mar en una casita de paredes de bloques pintadas de dos colores y techo de láminas de zinc, a la que puso enfrente, cruzando la calle, hacia el mar, ya sobre la arena, un rancho de palma y madera donde meter los carros o los peñeros. En la pared de la casa que daba hacia la calle había una ventana, por donde Clemente despachaba refrescos fríos, cervezas, panes dulces, galletas, bolsitas de champú, bombillos, papel sanitario, latas de diablitos Underwood, y, luego, en los tiempos de la zona franca y el puerto libre, en la época en que como parte de las obras del nuevo aeropuerto, en los años 70s, se construyó una nueva carretera de acceso y se asfaltó la única calle del pueblo, que corría paralela a la costa, desde la curva de la entrada hasta terminar en El Vigía, pasando antes por la puerta de la bodega de Clemente, también comenzó a vender productos importados, jamones en lata daneses, quesos de bola holandeses, chocolates kitkat, smarties y latas de leche condensada marca la pequeña holandesa.
Los Tovar teníamos crédito en la bodega de Clemente. Así que podía salir de la playa sin pedir permiso, sacudiéndome el agua y la arena, cruzar la calle dando brinquitos para no quemarme los pies, acercarme a la ventana de Clemente y pedirle cualquier cosa para que se lo anotaran a la lista de mi papá, que muy probablemente dormía, acostado en un chinchorro bajo el rancho junto a la playa.
Nada más dulce que -con la piel cargada de salitre, con el sabor del agua salada aún en los labios - sentir el frío de la lata junto a la cara insolada y saborear la leche condensada azucarada que se deslizaba fuera del envase por un agujero triangular recién hecho con un destapador de botellas o con una pequeña navaja.
Los días en la Playa El Yaque de mi niñez solían ser días solitarios, tranquilos, con poca gente, pocos conocidos. Sin nada urgente, sin prisas, sin angustias. Días con el ruido del viento arrastrando la arena y, al fondo, lejana, la música de la rockola de El Vigía. Días de caminar por la orilla de la playa, construir castillos y sistemas de drenaje en la arena, sacar erizos del mar, maravillarse viendo pasar un barco a lo lejos y cerrar los ojos e imaginarse el futuro. Días de tomar refrescos fríos, colitas Espartanas o naranja Tuey, y comer leche condensada pequeña holandesa helada, restregando la nariz contra la lata fría.
Escuchando a mi mamá por Skype pensaba en la pobreza de la Venezuela actual y en la imposibilidad de comprar una lata de leche condensada en el abasto de la esquina, haciendo necesario pedirla a familiares en otros países y, sin embargo, recordé la felicidad que me producía la leche condensada muchos años atrás y pensé que no puede ser un mal regalo, algo irrelevante una cosa que produzca esa sonrisa en la cara.
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martes, 7 de febrero de 2017
viernes, 19 de agosto de 2011
Agosto
Estamos a la mitad del mes de agosto.
Agosto suele ser asociado, por aquello de las vacaciones escolares, como una mes para el disfrute, para el ocio. Agosto y vacaciones son sinónimo, al menos por estos confines del mundo. Tal vez tenga que ver con las tradiciones que nos vienen de España, en donde agosto y verano son la misma cosa, incluso con una intensidad mayor que la nuestra, con un entender verano y vacaciones como la misma cosa, muy a pesar de los rodriguez. Aquí los agostos son las vacaciones escolares y, por extensión, muchos padres se suman a ellas, al menos durante una parte de ese período; pero en España esto del verano tiene una connotación casi religiosa, y digo esto sin ninguna consideración a la visita papal que ha generado no pocas polémicas por estas fechas en la madre patria.
En mi caso particular, agosto no suele ser un mes de vacaciones. Mis hijos tienen vacaciones y tratamos de organizar algunas cosas, alguna vez nos hemos tomado una semana para ir a la playa, pero normalmente las vacaciones familiares ocurren en otra época del año, principalmente en diciembre o enero. Pero no siempre fue así.
Cuando era niño, es decir, en edad escolar, por supuesto que tenía vacaciones desde julio hasta septiembre, pero a esa circuntancia inherente al calendario escolar venezolano debo sumar la particular circunstancia de que por ser mis padres -ambos dos- educadores, sus periodos vacacionales y los de mi escuela eran practicamente iguales, es decir, en casa saliamos todos de vacaciones más o menos en las mismas fechas y por más o menos el mismo período.
Las vacaciones de mi infancia tenían un factor común: la isla de margarita. Por eso para mi el mes de agosto hace siempre referencia a ese lugar de la geografía venezolana.
Apenas terminaban las clases y los exámenes salíamos todos de casa hacia Margarita. Los preparativos comenzaban dias antes de la partida, con una acumulación de cosas de todo tipo y naturaleza, que incluia cosas para consumir en Margarita (porque allá eran más caras o no se conseguían facilmente), cosas para la casa de vacaciones en Margarita, encargos para llevar a familiares o amigos en Margarita y cosas que iban a Margarita porque no sabiamos que hacer con ellas en la casa de Caracas y alguien decidia que era mejor guardarlas por allá, en donde el espacio no era un problema, antes de botarlas o regalarlas.
Los carros de mi padre siempre fueron carros americanos muy grandes, pero siempre el espacio parecia insufiente para tanta maleta, tanto bolso de mano, tanta caja de cartón, tanto trasto de todo tipo. En algunos años nos acompañaban tambien los perros de la casa, por lo que el Chevrolet Caprice Classic de mi padre solia partir de nuestra casa en Los Chorros rumbo a la carretera de oriente con el matetero meticulosamente lleno y el espacio de los pasajeros compartido por los 4 miembros de la familia, sus perros, bolsos, almohadas, comida para el camino y un montón de otras cosas que iban llenando el espacio siempre insuficiente.
El camino incluia dos grandes etapas, la carretera y el ferry. La carretera que en aquella época solía hacerse entre 5 y 6 horas entre Caracas y Puerto La Cruz; y el ferry que podía tomar 4 o 5 horas más el tiempo de espera en el muelle, que solían ser horas. Era el viaje de todo un día.
La carretera entre Caracas y Puerto la Cruz nos mostraba diferentes paisajes: al principio no existía la autopista hacia Guarenas y el trayecto, nada más salir de Caracas, se hacía por una vieja carretera, siempre congestinada, de la que recuerdo siempre la imagen a la entrada de la urbanización Miranda, ahora integrada dentro de la ciudad. El tramo que lleva hasta Barlovento, hasta la zona de la población de El Guapo, solía tener un tránsito más fluido y su paisaje siempre verde estaba acompañado de ventas de comidas preparadas y frutas a la orilla del camino y paraderos un poco más formales, normalmente asociados a las estaciones de gasolina, en las que se mezclaba la venta de cavas de anime, flotadores, papel sanitario con arepas de mal aspecto, cervezas, rockolas y máquinas de pinball. Para los que ibamos en el carro era la zona para parar a comprar cachapas de maiz o frutas. El segundo tramo en la carretera, más hacia el oriente, ya apuntando hacia Anzoátegui, eran tierras más secas, más ocres, más calurosas y que nos llevaban hasta la entrada de Barcelona, a veces con la angustia de llegar a tiempo al terminal de ferrys, de acuerdo a los horarios de los tickets guardados en la guantera de Caprice.
El tramo final de viaje eran siempre los ferrys que olian a gasoil y a mar, y en los que la brisa barria sus cubiertas, que era el lugar a donde solíamos irnos mi hermano y yo durante casi todo el trayecto, mientras nuestros padres solían dormirse adentro, al cobijo del aire acondicionado.
La estancia en Margarita, a veces por un mes, a veces por mes y medio, eran tiempos tranquilos, sosegados, de playas poco concurridas y paseos en bicicleta, de compras a precios irrepetibles y de visitas familiares, en una isla que tiene poco que ver con lo que es Margarita hoy en día. Era una isla de pueblos que recien despertaban a la zona franca, a los comercios libres de impuestos de cosas importadas, a las mareas de turistas venidos desde Caracas.
La vuelta a Caracas de toda la familia, calcinada luego de tantos días de exposición solar indiscriminada, suponía un proceso de rellenado del carro bastante similar al del viaje previo: los objetos que se quedaban en Margarita eran sustituidos por las compras de la zona franca y luego del puerto libre y, de nuevo, el espacio en el Caprice Classic solía ser insuficiente y requería de largas horas de meter y sacar cosas, hasta encontrar el acomodo a tanto trasto.
Eran los tiempos de las vajillas de melamina a 100 Bs. (de los de antes, no de estos que presumen de una fortaleza que nunca han tenido); de los televisores chinos en blanco y negro de 13 pulgadas; de los radio grabadores de cassete Sanyo o Sony; de las sábanas de pavoreal, de la mantequilla Brum, de las cajas de fósforos de madera; de las botellas de vino lambrusco a 2 bs; de los maletines Sansonite de plástico duro y aluminio; de las botellas de whiskey escoces a 10 bs; de las toallas Cannon; de los zapatos Kickers hechos en Francia; de los chocolates americanos, suizos e ingleses que llegaban a caracas totalmente derretidos; de los pantalones wrangler de pana; de los jabones de lechuga hechos en Inglaterra; del queso Frygo de panela envuelto en una caja de cartón; de las botellas de Duque de Alba metidas en su cajita; de los sartenes de teflón de Bencamar; de los zapatos Converse all star de 90 bs; de la camisas Lightning Bolt; de las barajas de Heraclio Fournier, los cartuchos para jugar en el Atari, de tantas otras cosas de las que solía llenarse el carro junto con latas de suspiros que nos hacía mi abuela, de frascos de delicada de guayaba, de paquetes de huevas de lisa salada, de ruedas de sierra congelada. Realmente, viéndolo así en la distancia, tiene su mérito acomodar todo ese universo en un carro y traerlo de vuelta por la carretera de oriente, a veces haciendo colas por horas, hasta llegar siempre en la noche a la casa de Los Chorros, siempre con ropa y zapatos nuevos, siempre con ganas de ver de nuevo a los amigos.
Estamos a la mitad del mes de agosto, hace años que tomo vacaciones -aunque este último año no las tomé- a finales de año. Hace años que suelo salir a buscar el frío a otros lares, pero durante muchos años, agosto era un mes de vacaciones escolares, un mes que era sinónimo de carretera, ferry, pueblo y playa.
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