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martes, 17 de diciembre de 2019

Diez Casas. Parte 9. Villarán.


Nunca tuvimos tanto espacio. Nueve metros más que el Altolar, y todos techados, sin escaleras ni terrazas. 19 metros techados más que en Miraflores. 20 metros más que en Higuereta. Igual, en poco menos de dos años, ya lo llenamos.

Nunca estrenamos un edificio. En este apartamento todo es nuevo, llegamos cuando todavía los obreros estaban terminando las áreas comunes y los otros seis apartamentos del edificio, cuando todavía no había lámparas, ni cortinas ni calentador de agua. En el 501 vivimos los padres, en el 502 nuestros hijos, lo de la doble numeración ha sido objeto de chistes desde el primer día, desde que fue evidente que la constructora se puso a vender apartamentos en planos y los numeró mecánicamente, sin pensar.

Un pasillo largo nos comunica, es un solo apartamento, amenazado de ser separado en dos por una puerta que no existe. Somos la única puerta al salir del ascensor en el quinto piso, que en realidad es el cuarto para los que contamos los pisos en Lima con mirada venezolana.

Todo es blanco. Las paredes, los techos, los gabinetes de la cocina, los gabinetes de los baños, el sótano de estacionamiento.

Si uno se asoma por las ventanas que dan a la calle, a tres cuadras por encima de los techos de las casas vecinas,  hay un tanque de agua, grande, de concreto. Lo vemos desde la cocina y la sala, lo vemos desde el cuarto principal, lo vemos por la ventana de la escalera cuando esperamos el ascensor.

En la entrada, al costado de la calle, entre las dos entradas de los garajes hay un cepillo (Calistemo le dicen en Lima, Callistemon Citrinus es su nombre científico) donde antes hubo un pino, que murió atropellado por un camión ¿sería el mismo camión el que lo volvió a pisar al día siguiente?

El cepillo lo trajimos desde Lurín, no encontramos uno más cerca, aunque fuimos a buscarlo a varios viveros de Lima. Patricia quería una acacia flamboyant, como la que está en la acera de enfrente, en la puerta de una casa, cruzando la calle. A ella las acacias le recuerdan Las Mercedes, Colinas de Bello Monte, con sus flores anaranjadas, aunque en Lima en alguna época del año, cuando el invierno se hace más fuerte con su humedad y sus cielos grises, pierden por completo las hojas y parecen una maraña de ramas secas. A mí el cepillo, con sus flores rojas como cepillos de limpiar botellas me recuerda San Bernardino cuando me llevaban al pediatra. Nuestro cepillo era un arbolito pequeño que cabía dentro del carro, en la maleta. Ahora mide dos metros de alto y esta primavera se llenó de flores rojas y de pájaros que venían a posarse en ellas.



Me gustaría pensar que seguirá creciendo, que alguien lo regará. Que se llenará de hojas verde claro y florecerá con cientos de pequeños cepillos rojos cuando nosotros ya no estemos en esta calle, en esta ciudad, en este país. 

Quedan como noventa cuotas por pagar.  

jueves, 21 de noviembre de 2019

Diez Casas Parte 8. Higuereta.

Higuereta fue siempre un lugar de paso, una solución más o menos apresurada en un contexto de cambios. Había cambiado de trabajo y debía dejar el apartamento vinculado a mi empleo anterior. Decidimos buscar tierra adentro, lejos de la costa de Miraflores y al adentrarnos en Lima encontramos un territorio donde, a diferencia de nuestro alojamiento anterior, era raro ver a algún extranjero. Dejamos de tropezarnos en el ascensor con venezolanos, norteamericanos o franceses para mudarnos a un edificio nuevo, un apartamento de estreno, terminado de construir hace pocos meses, donde, si se escapaba algún olor, era siempre en código de lomo saltado o causa limeña. Donde la música que se escapaba por las ventanas de las cocinas vecinas evocaba a canción criolla. Los raros éramos nosotros.

Higuereta es una urbanización desarrollada en los años 60s sobre terrenos de una antigua hacienda en la que se producían vinos, se criaba ganado y se vendía leche. El antiguo propietario de la hacienda da su nombre a una avenida cercana y al colegio público que está en una esquina de esa avenida. Originalmente un desarrollo periférico de viviendas unifamiliares con jardín, con los años ha quedado absorbida por la ciudad que ha crecido mucho más allá de estos lares. En años recientes, las casas han comenzado a ser sustituidas por edificios de hasta 5 plantas, esa es la máxima altura permitida por las normas municipales en este sector. A uno de esos nuevos edificios, ubicado en una esquina, nos mudamos luego de vivir 3 años en Perú.

El apartamento de Higuereta fue un apartamento cómodo, funcional, en el cual entraba la brisa por el amplio ventanal de la ventana y se colaba la luz sobre la mesa gris del cuarto que Patricia llenó con orquídeas. Era un edificio pequeño, solo 10 apartamentos, de los cuales un tercio estaba desocupado a nuestra llegada y seguía así cuando nos fuimos, con los letreros de se vende en la fachada, colgados allí desde la culminación del edificio un año antes de nuestra mudanza. Tenía un parque grande y arbolado cerca, a una cuadra, en el cual llevábamos al perro de la casa a socializar con sus congéneres y una avenida enfrente, con una isla central ancha y arbolada a la que llevábamos al perro cuando caminar una cuadra hasta el parque nos parecía por razones de tiempo o clima una opción poco interesante.

Cuesta encontrar hechos para destacar asociados a esta casa. Los inviernos fueron suaves, los veranos pasajeros. Hizo siempre menos frío y menos calor que en el apartamento de Miraflores. Allí vimos salir a Lucía rumbo a España y la vimos volver ocho meses después, luego de haber culminado sus estudios en Madrid. Allí vimos crecer a Diego y a Teresa hasta cambiar la imagen con la que habían llegado al Perú.

Si debo quedarme con alguna anécdota, alguna cosa para recordar, tendría que decir que la calle lateral, hacia donde daban las ventanas de nuestro apartamento, se llama Jirón Asturias y el parque cercano al que iba en las noches a pasear al perro de Lucía se llama La Coruña (todas las calles y parques de la urbanización tienen nombres que hacen referencia a España). Ello no influyó en la escogencia de este apartamento para mudarnos, Patricia decidió basada en el diseño de la planta, la comodidad de los espacios, la ubicación del edificio respecto al sol. Cuando yo fui a verlo, al leer los nombres de las calles me sentí en casa y, ya mudados allí con nuestras cosas, los nombres Asturias y La Coruña, como no, me trasladaban al Puerto La Cruz de tres décadas atrás. Imposible no pensar en Geli y Pepiño con aquellos nombres a nuestro alrededor. Imposible pensar que en ese lugar alguien nos estaba cuidando.

No nos fuimos muy lejos. Cuando nuestro tiempo se acabó, luego de dos años allí, nos mudamos tan cerca con nuestras cosas, que algunas las mudamos caminando. Nuestra próxima casa queda a solo cinco cuadras de Higuereta. 

miércoles, 23 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 7. Núñez de Balboa


En el 2013, si bien ya eran evidentes los efectos del chavismo sobre la economía, las instituciones y la vida cotidiana de los venezolanos, la crisis aún no explotaba con toda su fuerza y nosotros, que teníamos ingresos en dólares por los trabajos en los que participábamos fuera del país, vivíamos aún una situación privilegiada que nos permitía comodidades que, cada vez más, comenzaban a estar fuera del alcance de la clase media.

Por una parte, la empresa española en la que trabajaba ya me había planteado unos meses antes mudarme a otro país de la región, desde donde atender con mayor facilidad los proyectos en los que estaba participando en aquellos años, principalmente en Centroamérica. En aquella Venezuela del 2013 cada vez era más complicado conseguir vuelos, era imposible para una empresa, de manera legal, cambiar bolívares por otra moneda y el mercado local de proyectos se había reducido de tal manera que, prácticamente, vivíamos en Caracas pero trabajábamos fuera. Por otra parte, la empresa que habíamos fundado más de una década atrás junto a compañeros de trabajo de la Universidad Simón Bolívar, tenía cada vez menos trabajo, al punto de solo seguir funcionando subsidiada por lo ingresos que recibíamos en dólares por nuestro trabajo en la empresa española. Nuestros principales clientes eran del sector privado, oficinas de ingeniería o arquitectura, promotoras inmobiliarias, propietarios de inmuebles. Muchos de quienes nos contrataban o estaban mudándose fuera del país o simplemente estaban trabajando al mínimo ritmo para no cerrar. Los compañeros de clases de nuestros hijos se estaban yendo, también algunos maestros. Lucía se había graduado de bachillerato y había comenzado a estudiar su carrera, pero algunos de sus profesores desaparecían a mitad de semestre, en algunas materias para poder cubrir al menos una parte del contenido se sucedían los profesores sin solución de continuidad. En ese contexto comenzamos a plantearnos irnos del país, al menos por un tiempo.

Primero me plantearon irme a Panamá, pero luego me ofrecieron un contrato por 3 años en Perú. La oferta llegó a mediados de semana, condicionada a que debía presentarme en Lima la semana siguiente. Me adelanté a la familia, que hizo varias visitas de exploración los meses siguientes. Cuando fijamos la fecha de la mudanza de la familia, condicionada por el inicio del año escolar en Perú, alquilé un apartamento cerca de mi oficina con espacio para todos (anteriormente estuve unos meses en un apartamento, más pequeño y compartido, que la empresa usaba para dar alojamiento temporal a sus empleados internacionales). Desde donde me mudé, la Avenida Vasco Núñez de Balboa, hasta donde trabajaba, la Avenida Benavides, la misma por la que Pichula Cuellar hacía piques con sus amigos en la novela corta de Vargas Llosa y que Julius veía desde la ventana del carro familiar en la novela de Bryce, recorría unas 8 cuadras, la mayoría de las cuales eran de la calle Alcanfores, una calle arbolada, con edificios de apartamentos, algunos restaurantes (entre Benavides y 28 de julio) y algunas viejas casas miraflorinas con jardín, mayormente condenadas a ser demolidas en los próximos años. Me sigue gustando mucho caminar por Alcanfores, lo sigo haciendo cada vez que puedo.



Luego de mudarme al apartamento alquilado, mientras la familia estaba aún en Caracas (se mudarían a Lima 4 meses después del Alquiler, aunque lo visitaron dos veces en el interim), asumí una rutina: me quedaba hasta tarde en la oficina entre lunes y viernes, hasta el momento en que todos ya se habían ido. Hablaba un rato con Patricia por Skype. Apagaba las luces. Cerraba la oficina. Me compraba algo de comer en el automercado Vivanda, que queda cruzando la calle, y me iba hasta la casa caminando, básicamente a dormir en un apartamento grande y vacío, desde el cual escuchaba los carros pasar, veía a otros edificios y casas y, con suerte, en los días despejados, podía ver el mar a lo lejos e, incluso, hasta podía escucharlo golpear los cantos rodados de la Costa Verde. Los fines de semana salía a caminar todo el día, cámara en mano, recorriendo calles de Lima que no conocía y tratando de entender algunas lógicas de la ciudad. Retomé la costumbre, perdida en Caracas, de ir al cine. A tres cuadras me quedaba el Centro Comercial Larcomar, donde estaban unos multicines en los que pasaban películas nuevas y algunos clásicos como parte de ciclos sobre directores o actores.

Una noche de domingo, luego de pasarme el día caminando por el Barrio Chino en el centro de Lima, hacer la compra en el automercado y de conversar dos veces con la familia, me puse a leer el periódico. En la sección de cine anunciaban que esa noche se estrenaba la nueva película de Robert Redford. Ya era casi la hora de la película, lo dudé un segundo y salí corriendo de la casa. Cuando llegué al cine de Larcomar la sala ya estaba oscura y la película estaba en su primer minuto. Me senté en el primer asiento vacío que encontré, junto al pasillo, sin reparar en quienes tenía alrededor. Cuando terminó la película, apenas las luces comenzaron a encenderse, el señor que había estado sentado a mi lado toda la película me pidió permiso para salir. Entonces el muchacho que comenzó a conocer Miraflores desde Caracas, hace casi 4 décadas, leyendo Los Cachorros dio un paso al costado para dejar salir a Mario Vargas Llosa y a la que entonces era su señora. Afuera de la sala nos lo encontramos de nuevo, esperando en la puerta de los baños a que saliera quien le acompañaba. Estaba pensativo junto a una columna, mientras los demás asistentes a la última función de la noche lo veían de lejos y le hacían gestos de aprobación o saludo.



Vivimos tres años en el apartamento de Núñez de Balboa. El tiempo pasó rápido, siempre con la mirada puesta en Venezuela. Una noticia en la televisión, una llamada de la familia, un video por internet, celebraciones por Skype. Un viaje una vez al año. A diferencia de todas nuestras casas previas, nunca lo llenamos, nunca pintamos una pared, lo devolvimos a sus dueños como lo recibimos. Los niños a veces lo añoran, con su terraza en la que le poníamos una piscina inflable a Teresa en el verano y su depósito bajo la escalera, que Diego usaba como su estudio privado. Probablemente añoran más su cercanía al mar, los parques de la zona y esa mezcla tan agradable que tiene Miraflores de restaurantes, cafés y tiendas con calles arboladas y parques muy cuidados. Nosotros también extrañamos la zona a veces, no el apartamento, aunque nos gustaba poder hacer parrillas al aire libre cuando el frío y los cielos grises se iban de Lima por unos meses. Era un apartamento muy caliente en verano y era muy húmedo en invierno. Hicimos esfuerzos por darle a la familia cierto sentido de pertenencia, pero sabemos que no lo logramos. Colocar la lamparita de papel de Noguchi en el mueble de la entrada fue en vano. En Núñez de Balboa siempre estuvimos de paso. Al cumplirse el tercer año de contrato, el mismo año en que se quemaron los cines de Larcomar, y habiendo cambiado de trabajo, bajo un cielo azul pre-veraniego nos mudamos a un apartamento más cercano al colegio de Teresa y Diego.

Para finalizar la descripción de esta séptima casa, anexo lo que escribí la semana que me mudé a ella, en el 2013, aun sin la familia, aunque los primeros dos días que dormimos ahí estaba Patricia de visita. El tiempo da una perspectiva distinta. Esto es lo que pensaba entonces.  

Hace poco más de cinco siglos y un mes que, según cuentan los historiadores, Vasco Núñez de Balboa se subió a un cerro de lo que hoy es Panamá y desde allí vió por primera vez el Mar del Sur, el Lago Español, el océano Pacífico. Había venido de lejos el conquistador extremeño, había tenido éxitos tempranos y también sonados fracasos -como su intento en convertirse en hacendado en La Española- y estaba en el istmo comenzando de nuevo, combinando su mano izquierda con la derecha en el trato con los nativos de esas tierras.

 Lo de Núñez de Balboa viene al caso porque esta semana he alquilado un apartamento, una promesa de casa familiar a la que espero mudarme la semana que viene, en la cuadra 2 de la miraflorina calle Vasco Núñez de Balboa, en Lima. Desde allí, desde su balcón de la séptima planta, entre mirando los otros edificios y agradeciendo la fugaz ausencia de niebla limeña, puede adivinarse una masa gris que se ilumina en el horizonte, el Mar del Sur, el Lago Español, el océano Pacífico.

Mudarse a una nueva casa siempre es un reto. En el norte de África y en el Medio Oriente hay una sabia maldición popular que reza sin piedad "ojalá te mudes" como deseo a los enemigos. Yo prometí públicamente, la última vez que me mudé, hace ya más de 6 años, cuando nos fuimos al Altolar de los sueños de Patricia, no hacerlo nunca más, salvo que tuviese que irme del país en que nací. Y aquí estoy, en otro país, preparándome para armar una casa que, aunque prestada pago mediante, pueda tener el sabor de lo propio en los tiempos por venir.



Cuentan que Núñez de Balboa bajó del cerro prontamente luego de su avistamiento de finales de septiembre de 1513 y en menos de dos días se encontró en la orilla del mar, en el cual se sumergió para tomar posesión en nombre de la corona española. Yo me voy a tardar algo más de una semana en tomar posesión del piso, en nombre de la empresa española en la que trabajo. Pero no soy, ni remotamente, un descubridor. Lima está llena de españoles, miles calculo yo, desde ejecutivos que duermen en piso con vista al campo de golf de San Isidro hasta arquitectos jóvenes que están aquí diseñando cosas por 3000 soles brutos al mes.

Es una mudanza sin mudanza, porque no hay muebles que mover, no hay cajas que desembalar, no hay libros que clasificar, no hay discos que embalar. Es en realidad un comenzar de nuevo. Esta vez es volver al ritual que creíamos ya superado de cubrir los mínimos, de satisfacer las necesidades básicas. Es pensar la ingeniería de procesos del hogar: la papelera para el baño, el batidor para la leche, el abrelatas para el atún, el sacacorchos para el vino, el plato para el cereal con yogurt, el cucharón para la sopa, el cuchillo para la carne, la alfombrita para el baño, la almohada para dormir, la olla para la pasta, el vaso para el jugo. Estos días estoy haciendo listas con las cosas que tengo que comprar para que la casa funcione como una casa, para que cuando venga la familia desde Caracas no asocie la mudanza con la precariedad, para que evite pensar en la provisionalidad.

En Caracas a estas horas de viernes por la noche están saqueando comercios con permiso y apoyo gubernamental. Mañana seguirán, que remedio queda. Ya estamos en la fase de repartir las sobras. No hay nada más. Como en los divorcios, como en los funerales. Y yo estoy en cambio con mi lista en la mano, viendo precios por internet, a ver a donde voy a buscar este fin de semana el televisor y la lavadora que necesito. Estoy comenzando de nuevo, subido a la séptima planta de mi montaña blanca que mira al Pacífico, aunque este se esconda tras la bruma limeña.

Alguien me dijo esta semana, en una reunión con colegas urbanistas, que era valiente comenzar de nuevo “a mi edad, con tres hijos y en tierras ajenas”. Y yo le respondí de inmediato que no, que valiente era tratar de quedarse en Caracas con 3 hijos en estos tiempos de oscuridad y escasez. Y obvié comentario alguno sobre la expresión "a mi edad" porque quien me lo decía tiene pocos años más que yo y porque el portero del edificio y la señora que me vende La República y El Comercio los sábados y los domingo me llama siempre con ese formalismo limeño que tanto me gusta "joven, ¿cómo está usted hoy?

Sartén con antiadherente, pañito para la cocina, mantel para el comedor, tabla para cortar, copa para el vino, plato para el postre, cesta para la ropa sucia, colgador para las corbatas. Aquí sigo, mirando el Mar del Sur, comenzando de nuevo. Fregona con su tobo, cuchillo grande, pela papas, envase de plástico para guardar las sobras, manta para la cama. Solo espero no perder la cabeza, como el español que da nombre a mi nueva calle.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Lima-Caracas Deja Vu

El arquitecto, compañero de muchas reuniones con amigos y colegas de trabajo y aspiraciones de país, Enrique Larrañaga, me pregunta por Lima. La ciudad de los reyes, la de los cielos color panza de burro, la capital gastronómica de América y tantos otros sobrenombres. Lima, una ciudad que él no conoce y yo, la verdad, tampoco, aunque desde hace unos meses vivo en ella. Una ciudad a la que, por otra parte, los dos conocemos, parcialmente, en la medida en la que podemos recordar como era Caracas y los caraqueños hace 40 años. 
 
Uno no suele vivir en una ciudad, ni aún habiendo nacido en ella. Uno vive en algunas de sus partes,  en lo que conoce, en lo que transita, físicamente o en los recuerdos. Por eso, cada vez que en la tan limeña y pituca cafetería San Antonio, en la Avenida Vasco Nuñez de Balboa de Miraflores, muerdo un eclair de caramelo, siento que vivo en Caracas, pero no en "cualquier" Caracas, sino en la Caracas en la que a mis 5 años de edad me compraban mis padres ese mismo dulce, con ese particularmente idéntico sabor que no había vuelto a probar en ninguna otra parte desde hacía tantos años, en una pastelería que ya no existe salvo en mi memoria, en los primeros años 70s, regentada entonces por italianos, con muebles y vitrinas doradas, con fachada en marmol negro-verdoso y aviso de neón verde en el vidrio que daba hacia la calle, a escasa cuadra y media de la esquina de Las Ibarras, a la vuelta de la esquina de donde está el Templo Masónico de Caracas.
 
La Lima que estoy comenzando a conocer es mucho más grande que Caracas en extensión territorial y en número de personas. Y tiene otra historia, aunque tambien tiene procesos comunes con la capital de la República Bolivariana, procesos de los que, asumo, el petróleo nos llevó a los caraqueños por otros caminos. A juzgar por la ciudad construida y sus espacios, Lima fue una ciudad más importante que Caracas antes de que el Perú fuese una República y tambien en unos cuantos momentos republicanos, pero no en la segunda mitad del siglo pasado, en los tiempos que me tocó nacer y vivir en Caracas. En Caracas hubo más dinero en la segunda mitad del siglo XX y más ambición de modernidad o menos apego por las tradiciones.
 
El Centro
 
Lima tiene un centro histórico, El Cercado, que Caracas nunca tuvo. Caracas tuvo uno, pero diferente, un centro histórico más pequeño y modesto. Lima tiene un centro de ciudad que aún aglutina muchas funciones públicas y privadas y aún aglomera población y actividades. Un centro tan prodigioso (declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO) como descuidado, con una riqueza degradada (aunque me dicen ha pasado momentos peores y me consta, porque lo he visto en estos meses que llevo aqui, que se están haciendo algunas cosas puntuales por mejorarlo aunque hay mucho, mucho por hacer). Hay cierta cultura del fachadismo que disimula algunas de las tragedias del centro de Lima, pero es evidente que pudiera estar mucho mejor. En muchas calles bastaría con agua y jabón, en muchos edificios vendría bien solo quitar el polvo y poner pintura. Muchos otros edificios esperan ser salvados de la destrucción y dentro de muchos edificos hay que erradicar la miseria. Y mucho ayudaría una señalización y una iluminación decente, que no la hay. Y en general falta mucho dinero y voluntad para poner en valor este centro magnífico, mejorando el tejido social y la apropiación pública de sus espacios.
 
El centro de Lima tiene edificios fantásticos y espacios monumentales, pero muchos de ellos, no todos, venidos a menos. Un buen ejemplo es la Plaza San Martín (San Martín es aquí El Libertador, no Bolívar, que contradiciendo mis clases de primaria en el Santiago de León de Caracas, es considerado solo un actor secundario).

La Plaza san Martín es mi plaza preferida en el centro de Lima (mucho más que la Plaza de Armas, a escasas cuadras, el verdadero centro del poder, con el Palacio Presidencial, la Catedral, la Alcaldía y uno de los dos clubes más tradicionales de la ciudad, el de la Unión, con una arquitectura que me recuerda y mucho a la reurbanización de El Silencio por parte de Villanueva). Es imponente, como lo es la estatua ecuestre del escultor español Benlluire en su centro (que, vista desde lo lejos, podría ser de Bolívar con solo cambiarle el nombre, el escultor hizo una suerte de monumento genérico que podría atribuirse sin mayor dificultad a varios heroes de la independencia americana). La plaza tiene a un costado el Gran Hotel Bolívar, construido para el centenario de la Batalla de Ayacucho (y bautizado originalmente con el nombre de la batalla y no el de Bolívar), el que fuera hace muchos años el principal hotel de Lima y uno de los dos (el otro es el Maury, a unas tres-cuatro cuadras) que disputan ser la cuna del pisco sour, esa bebida local con la que se comienzan tantas comidas y conversaciones. Sigue siendo grande y hermoso un edificio que tras su evidente decadencia mezcla el art noveau con cierto potpurri estílistico al que tanto se acercó cierta arquitectura premoderna peruana. El Bolívar hoy es solo un hotel de 3 estrellas con puertas con apliques de bronce, con un McDonalds en la planta baja. En el otro extremo de la plaza se ubicaba uno de los mayores cines de Lima, el Metro, donde alguna vez se estrenó "Lo que el viento se llevó". Hoy pueden verse a través de una reja cerrada una alfombra roja sucia, los restos de la taquilla y las puertas de la sala con apliques de bronce, los restos de su pasantía como iglesia evangélica. Alrededor de la plaza, los edificios con portales crean una envolvente común, aunque fueron construidos en distintos momentos, entre los años 20s y los 40s del siglo pasado. Siempre hay gente en la Plaza San Martín, más en la propia plaza que en sus alrededores, donde están tambien el Club Nacional y el teatro Colón, que transmiten cierta sensación de soledad, cierta tristeza, cierta nostalgia por los tiempos en los que esta plaza era el centro de la bohemia limeña, nostalgia que hace juego con los cielos grises de Lima.
 
Plaza San Martín. Monumento de Benlluire. (Foto GTO)
 
A pocas cuadras de la plaza San Martín se ubica el barrio chino, tan decrépito y caótico como interesante, tan marginal como intenso, tan chino y tan peruano a la vez, barrio chaufa. A un costado del barrio chino está el mercado central, un edificio moderno, de mediados del siglo pasado, algo desabrido y bastante descuidado, pero vivo. Trato de ir cada vez que puedo, desoyendo ciertos mensajes que desaconsejan la zona por razones de seguridad. Allí fui a comprar no hace muchos días una aguja para coser un pavo relleno, por allí fui a buscar una bandeja para meter el ave en el horno. Allí volveré pronto.
 
En el centro de Lima hay iglesias y conventos y edificios públicos magníficos, como la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Tambien están las antiguas oficinas principales de los bancos y empresas de seguros, algunos de ellos reconvertidos en instalaciones culturales ante la mudanza de las sedes centrales al distrito financiero, a San Isidro, centros culturales de mayor o menor vida a los que suelo ir de vez en cuando a ver exposiciones, algunas excelentes, como una que vi hoy en la sede del banco de Comercio del Perú, sobre obras patrimoniales restauradas con el auspicio del banco. Tambien hay muchos edificios en ruinas y zonas degradadas, con edificios subdivididos y tugurizados, con una sensación de enorme pobreza en las calles, que contrasta con la monumentalidad y riqueza de otros espacios cercanos. Tambien hay elementos sueltos de arquitectura moderna, de mediados del siglo pasado, muchos de ellos descuidados más no severamente intervenidos, con potencial para recuperar su imagen y vistosidad original.
 
Tambien hay en el centro de Lima la manifestación de una costumbre local, la agrupación de los comercios según su especialidad. Asi se puede encontrar la calle de las imprentas, de los libros de segunda mano, de las zapaterias, de las ópticas o de la venta de medicinas naturistas. Una costubre que Caracas tambien tuvo y fue perdiendo.
 
Miraflores
 
Aqui es donde vivo, aqui es donde tengo más referencias, porque es en esta zona de Lima a donde siempre llegué a dormir todas las otras veces que vine por razones de trabajo, a partir del año 2005. Tambien me resulta familiar porque conserva mucho del sabor que tuvo en décadas pasadas, muchos de los elementos físicos y espirituales que uno puede leer en Los Cachorros (Vargas Llosa) o en los cuentos de Bryce Echenique que acompañaron mis años de secundaria y la universidad.
 
Miraflores era hasta hace pocas décadas una zona de casas con jardín de clase media alta y colegios de curas y de monjas, pero la última década de bonanza económica (que parece estar perdiendo fuelle, a juzgar por las cifras oficiales) se ha encargado de convertirla en una zona de edificios de clase media alta, comercios y restaurantes. Edificios de mejor o peor factura, muchos de ellos correctos en términos de arquitectura, aunque algo repetitivos. Miraflores tambien es una zona de calles arboladas y parques muy bien mantenidos, de paisajismos clásicos como los que uno veía en las viejas postales de Caracas, como los que se ven en un viejo libro que tengo en casa y que muestra los parques y plazas de la sultana del Avila en los mediados años 50s. Es Miraflores tambien una zona de cafes y restaurantes, de mucho turista y residente-por-razones-de-trabajo-no-se-hasta-cuando-me-quedo-que-si-la-cosa-mejora-en-España-me vuelvo-a-Madrid. 
 
Miraflores es como fue Chacao y La Castellana y Altamira 40 años atrás, pero con edificios nuevos y ciclovías y turistas y Larcomar (una de las mejores inplantaciones para un centro comercial, casi invisible desde la calle, con vista al mar y 70% enterrado bajo una plaza que limita con unos acantilados). Y cuando me siento en el café Manolo, en la avenida Larco, a tiro de piedra del Parque Kennedy, me traslado de inmediato a las viejas cafeterias de Chacao a las que iba de niño o, más aún, al café Las Gradillas, al que tanto le gustaba ir a Patricia hasta finales del siglo pasado, a la vuelta de la esquina de la Plaza Bolívar de Caracas. Muchos restaurantes de Miraflores, no los nuevos, los que tratan de exprimir la moda de la comida peruana, sino los de siempre, los del menú en la puerta, me recuerdan tanto al restaurante Rex, al que solía ir en el centro de Caracas décadas atrás.

Larcomar
 
Miraflores está junto al mar. Desde el borde del acantilado (en esta parte, Lima se ubica sobre una terraza, a unos 100 metros sobre la playa de piedras redondas y grises) se ven en el día el mar oscuro y uno que otro barquito que pasa. Tambien muchos surfistas y de vez en cuando parapentes que cruzan el cielo usualmente gris. En las noches no se le suele ver, salvo por el reflejo de la luz de la cruz del morro de Chorrillos sobre el mar, pero entonces, solo en las noches, se le escucha batirse sobre la orilla, revolver las piedras, golpear la costa verde, curioso nombre para un desierto.
 
Barranco
 
Vivo casi en el límite de Miraflores con este distrito que es bastante menos homogéneo que Miraflores. En Barranco hay zonas de edificios nuevos de apartamentos de lujo que ven al mar, hay zonas de casitas modestas y talleres mecánicos, hay zonas de bares y restaurantes de medio pelo, zonas de zonas, pero si alguna le caracteriza es una zona, cercana al mar, de viejas casonas del siglo XVIII y comienzos del XIX, una suerte de El Paraiso junto al mar (¿Macuto?). Muchas de esas viejas casonas están abandonadas, otras se han reconvertido en restaurantes, hoteles o tiendas. Tiene vida Barranco y muchas cosas para ver.

MATE
 
En Barranco está el relativamente nuevo Museo de Arte Contemporaneo de Lima, un conjunto de edificios de una altura, bonito e interesante, que ojalá pueda crecer con el tiempo, tanto en lo físico como en su contenido. Ya he tenido la oportunidad de ver allí muy buenas exposiciones, como por ejemplo una de Vik Muñiz que visité un tiempo atrás, pero el museo adolece de una mayor colección propia. Para alguien, como es mi caso, que creció saliendo del colegio para ir a ver a Henry Moore o Robert Rauschemberg, siente que este museo está en deuda con el tamaño de Lima, una ciudad de 9 millones de habitantes. Tambien está en Barranco la sede del MATE, la casa-museo-galería del fotógrafo Mario Testino, uno de los más reputados fotógrafos de moda en el mundo y que a través de esta iniciativa pretende retribuir a su ciudad de origen algo de lo que ha generado su éxito. Realmente notable, con un estándar de calidad internacional en la intervención del edificio y en la museografía. A un lado del MATE está el museo Pedro de Osma, un palacete barranquino lleno de pinturas barrocas e imágenes de madera que, en conjunto con sus jardines, transmite una imagen de opulenta belleza.
 
En Barranco está el puentecito al cual cantaba Chabuca, en Barranco tambien están muchos de los bares a los que van los jóvenes los viernes y sábados por la noche. A Barranco tambien  llegó la moda de la comida peruana y hay muchos restaurantes donde comer ceviches y causas, lomos saltados y tacu-tacus, suspiros limeños y picarones. Tambien hay tiendas de artesanías y galerías de arte, un rubro, este último, donde creo hay una oportunidad de crecer importante, donde hay por desarrollar una cultura de coleccionismo y de un mercado del arte con cierta sustancia, como lo tuvo y todavía parcialmente tiene Caracas.
 
San Isidro
 
Aqui es donde trabajo. San Isidro fue asiento de grandes casonas y urbanizaciones de clase media alta, a la par de su vecina Miraflores, pero incluso - es mi percepción- con más dinero, con mas tradición alrededor del campo de golf y su club. Ahora es el centro financiero de Lima, con grandes edificios nuevos de oficinas y hoteles, con centros comerciales y edificios de apartamentos para altos ejecutivos internacionales, con algunos de los colegios privados tradicionales de clase alta en Lima.
 
Es bonito San Isidro, con su olivar que las leyendas locales asocian a las siembras de los primeros españoles, con su campo de golf y su club de estilo californiano, con sus tiendas de lujo y sus restaurantes (aqui se ha mudado hace poco desde su anterior dirección en Miraflores el Astrid y Gastón, el más famoso restaurante peruano) pero no tiene a mi entender el espíritu de Miraflores. Provoca más caminar por Miraflores que por San Isidro, a pesar de los muchos parques de este último, de las calles arboladas, a pesar de de los buenos ejemplos de edificios de arquitectura moderna (Hay unas cuantas joyas del midcentury en las calles de San Isidro, muchos de ellos muy bien mantenidos).

Olivar de San Isidro
 
Lima tambien tiene, aunque esa de momento no es mi Lima, una periferia de barrios, los conos, pueblos de invasión, lugares a los que han llegado los inmigrantes de la sierra, los que vinieron huyendo de la violencia o la pobreza. Me recuerdan en muchos casos a los barrios de Caracas, pero bastante menos densos. Su imagen me recuerda los barrios del interior de Venezuela, los de las colinas de Puerto La Cruz y Barcelona, por ejemplo, menos compactos que los de Caracas o, tal vez, a las fotos de los barrios de Caracas en los finales 50s o en los años 60s.
 
Lima tambien tiene un puerto, El Callao, que tiene formas familiares a una mezcla de Catia la Mar con La Guaira, un coctel de tradiciones y marginalidad que me es muy familiar, que me recuerda tanto a los fines de semana en que con mi papá bajaba al litoral central a visitar a sus primos.
 
A Lima no llegó nunca el petróleo, ni aun en los años más recientes de bonanza económica. Años en los que comenzaron a aparecer autopistas y estaciones de metro, centros comerciales (el mayor, el Jockey Plaza, al costado del Hipódromo, podría estar en Orlando o Miami sin cambiarle ni un ladrillo), teatros y hoteles de 5 estrellas. El dinero se reparte muy desigualmente, todavía tiene una tasa de motorización menor a la de Caracas y un transporte público que deja mucho que desear. El comportamiento señorial de los limenos se deshace en cuanto toman un volante, cruzar en carro una esquina suele ser un asunto que se regula según la ley de la selva. Ni hablar de los peatones.
 
Surco, Surquillo, Pueblo Libre, Magdalena del Mar, La Molina son algunas otras zonas de Lima a las que he ido alguna vez o suelo ir. La Molina tiene un no se que con las urbanizaciones de periferia venezolanas, esa mezcla de colegios, centros comerciales y casas. Por allí estudia Diego. Por allí no siento nada en particular, hay un vacío de espíritu. En el resto de Lima suelo encontrar referencias muy fuertes a lo que fueron zonas de Caracas como Los Rosales o Las Acacias, tantas avenidas como la Avenida Victoria, o tramos de la Andrés Bello o la Nueva Granada o la San Martín de muchos años atrás. En ese contexto, es inevitable sentir, caminando por Lima, un Deja Vu a la Caracas de mi primera niñez.


Sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, una de las casonas mejor conservadas en el centro de Lima.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Crónicas limeñas segunda parte: Comenzar de nuevo

Hace poco más de cinco siglos y un mes que, según cuentan los historiadores, Vasco Nuñez de Balboa se subió a un cerro de la hoy Panamá y desde allí vió por primera vez el mar del sur, el lago español, el océano Pacífico. Había venido de lejos el conquistador extremeño, había tenido éxitos tempranos y tambien sonados fracasos -como su intento en convertirse en hacendado en La Española- y estaba en el istmo comenzando de nuevo, combinando su mano izquierda con la derecha en el trato con los nativos de esas tierras.
 
 
 
Lo de Nuñez de Balboa viene al caso porque esta semana he alquilado un apartamento, una promesa de casa familiar a la que espero mudarme la semana que viene, en la cuadra 2 de la miraflorina calle Nuñez de Balboa, en Lima. Desde allí, desde su balcón de la séptima planta, entremirando los otros edificios y agradeciendo la fugaz ausencia de niebla limeña, puede adivinarse una masa gris que se ilumina en el horizonte, el mar del sur, el lago español, el océano Pacífico.
 
Mudarse a una nueva casa siempre es un reto. En el norte de Africa y en el Medio Oriente hay una sabia maldición popular que reza sin piedad "ojalá te mudes" como deseo a los enemigos. Yo prometí públicamente, la última vez que me mudé, hace ya más de 6 años, cuando nos fuimos al Altolar de los sueños de Patricia, no hacerlo nunca más, salvo que tuviese que irme del país en que nací. Y aquí estoy, en otro país, preparándome para armar una casa que, aunque prestada pago mediante, pueda tener el sabor de lo propio en los tiempos por venir.
 
Cuentan que Nuñez de Balboa bajó del cerro prontamente luego de su avistamiento de finales de septiembre de 1513 y en menos de dos días se encontró en la orilla del mar, en el cual se sumergió para tomar posesión en nombre de la corona española. Yo me voy a tardar algo más de una semana en tomar posesión del piso, en nombre de la empresa española en la que trabajo. Pero no soy, ni remotamente, un descubridor. Lima está llena de españoles, miles calculo yo, desde ejecutivos que duermen en piso con vista al golf hasta arquitectos jóvenes que están aquí diseñando cosas por 3000 soles brutos al mes.
 
Es una mudanza sin mudanza. porque no hay muebles que mover, no hay cajas que desembalar, no hay libros que clasificar, no hay discos que embalar. Es en realidad un comenzar de nuevo. Esta vez es volver al ritual ya superado de cubrir los mínimos, de satisfacer las necesidades básicas. Es pensar la igenie´ría de procesos del hogar: la papelera para el baño, el batidor para la leche, el abrelata para el atún, el sacacorcho para el vino, el plato para el cereal con yogurth, el cucharón para la sopa, el cuchillo para la carne, la alfombrita para el baño, la almohada para dormir, la olla para la pasta, el vaso para el jugo. Estos dias estoy haciendo listas con las cosas que tengo que comprar para que la casa funcione como una casa, para que cuando venga la familia no asocie la mudanza con la precariedad, para que evite pensar en la provisionalidad.
 
En Caracas a estas horas de viernes por la noche están saqueando comercios con permiso y apoyo gubernamental. Mañana seguirán, que remedio queda. Ya estamos en la fase de repartir las sobras. No hay nada más. Como en los divorcios, como en los funerales. Y yo estoy en cambio con mi lista en la mano, viendo precios por internet, a ver a donde voy a buscar este fin de semana el televisor y la lavadora que necesito. Estoy comenzando de nuevo, subido a la séptima planta de mi montaña blanca que mira al Pacífico, aunque este se esconda tras la bruma.
 
Alguien me dijo esta semana, en una reunión con colegas urbanistas, que era valiente comenzar de nuevo a mi edad, con tres niños y en tierras ajenas. Y yo le respondí de inmediato que no, que valiente era tratar de quedarse en Caracas con 3 niños en estos tiempos de oscuridad y escasez. Y obvié comentario alguno sobre la expresión "a mi edad" porque quien me lo decía tiene pocos años más que yo y porque el portero del edificio y la señora que me vende La República y El Comercio los sábados y los domingo me llama siempre con ese formalismo limeño que tanto me gusta "joven, ¿cómo está usted hoy?
 
Sarten con antiadherente, pañito para la cocina, mantel para el comedor, tabla para picar y cortar, copa para el vino, plato para el postre, pote cesta para la ropa sucia, colgador para las corbatas. Aquí sigo, mirando el mar del sur, comenzando de nuevo. Fregona con su tobo, cuchillo grande, pelapapas, envase de plástico para guardar las sobras, manta para la cama. Solo espero no perder la cabeza, como el español que da nombre a mi nueva calle.

domingo, 6 de octubre de 2013

Déjalo, eso es Chinatown



Estos días de comienzos de octubre, esta misma semana, salí de la oficina y me fui caminando, cuesta abajo por la calle Alcanfores hasta llegar a Larcomar, un centro comercial con una implantación muy particular, que lo oculta de la calle colindante y lo convierte en un conjunto de balcones que miran al Pacífico peruano, y, luego de pasar a buscar un sanguche de lomo fino y queso edam derretido por la sanguchería La Lucha (se llama así, tal cual, como la mitad de los restaurantes de la ciudad, es otro emprendimiento de Gastón Acurio) entré a ver Chinatown, la película de Polanski que están dando allí, en los multicines del Larcomar, como parte de un miniciclo (3 películas, una por semana) de este director Polaco-Americano.

Recordaba haber visto Chinatown hace unos 30 años, en los primeros años 80s y no había vuelto a verla desde entonces. Recordaba haberla visto en la Cinemateca Nacional, en el viejo edificio de la Galería de Arte Nacional, en Caracas, cuando un servidor aún estaba en el bachillerato. Recordaba que entonces me gustó mucho. Quizás por eso y quizás porque en el cine de Lima ofrecían que las películas presentadas en este ciclo se proyectarían en copias nuevas, que hacían uso de las más modernas tecnologías para garantizar un sonido e imagen más nítidos, me decidí a ir a verla.

Polanski hizo esta película ambientada en los años 30s con muchos guiños al cine clásico de los años 30s y 40s, con referencias a las novelas negras de ese entonces y logró uno de los picos de su irregular carrera cinematográfica. Una película redonda, de esas que uno se preguntá por qué no se llevó todos los premios de aquel año 1974 en el que fue estrenada, pregunta que solo tarda en responderse el tiempo que uno tarda en recordar que ese mismo año compartió carteleras con El Padrino II, Lenny, Asesinato en el Orient Express y Amacord, por citar solo algunas otras películas de ese año.

Las actuaciones de Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Huston son realmente buenas, siendo la más destacable la de Nicholson, sin lugar a dudas. Su imagen con la nariz tapada por una masa amorfa de algodón es uno de los clásicos del cine. Por esta actuación le dieron aquel año el Globo de Oro y el Bafta y estuvo nominado al Oscar al mejor actor, premio que no le dieron ni a él ni a Pacino. Polanski tambien ganó el Globo de Oro y el Bafta en 1974, y perdió el Oscar con Francis Ford Coppola.

40 años despues de su estreno Chinatown sobrevive intacta al paso de los años, como la joya que es. El crítico de cine del diario La República, aquí en Lima, le dedicó esta semana casi una página, destacando que era la mejor película de la cartelera local.

Regresé del cine a mi apartamento caminando de nuevo -ahora cuesta moderada arriba- por la calle Alcanfores, las manos en los bolsillos de la chaqueta esquivando al viento del Pacífico que no se entera que ya llegó la primavera, sonriendo, maravillado por la película, probablemente con la misma expresión que tuve aquella noche de comienzos de los 80s en Caracas, al salir caminando de la Cinemateca. En algún momento del camino me dí cuenta que estaba haciendo algo que me gusta mucho, algo que ya no puedo hacer en Caracas, algo que dejé de hacer hace algún tiempo cuando las calles se hicieron muy peligrosas para caminar por ellas en las noches. Iba a escribir de nuevo sobre ese tema que ya he tratado varias veces, pero me dije a mi mismo, como le dicen al detective encarnado con Nicholson en una de las secuencias finales de la película. "Déjalo, eso es Chinatown."

lunes, 30 de septiembre de 2013

Déjame que te cuente: primeras crónicas limeñas

Jasmines en el pelo y rosas en la cara

He vuelto a Lima luego de varios años y sigue maravillándome, como tiempo atrás, el color de sus jardines, especialmente en una ciudad en la que buena parte del año el cielo es una masa de color gris impenetrable por los rayos del sol.

"Ciudad de cielos color panza de burro", así me la ha descrito un limeño en estos días y he encontrado la misma frase en internet en un par de páginas.

Hace ya una semana que anunciaron formalmente la primavera, pero el cielo, desde entonces, no ha cambiado de color y, por el contrario, se ha hecho más denso en estos últimos días.

No sé si será un tópico, pero en Lima el cielo es gris, y bajo, próximo al suelo, pero las flores tienen unos colores que ni en el trópico. Por llevar la contraria, será. Por mezclar cosas, por juntar extremos será, tambien, que Lima si algo tiene es que es una ciudad ecléctica.

La mejor comida de América Latina

Así, como el título, describía la comida en el Perú antes de este viaje, teniendo en mente los almuerzos y las cenas de años atrás en Arequipa, una ciudad en mi caso de muy grata recordación. Aquí en Lima algunos (compañeros de trabajo, taxistas, porteros del edificio, dependientas en tiendas, meseros en restaurantes, funcionarios ministeriales que me interrogan al saber que no soy peruano, sino un venezolano recién llegado) me han corregido con autoridad "no, de América Latina no. De América, a secas". Otros van más allá, "la mejor del mundo", comentan con orgullo patrio, con caras iluminadas por el ceviche, el rocoto relleno, el tacutacu, las humitas, los tamales y el lomo saltado. Y la verdad no tengo argumentos para quitarles razón, para contrariar el orgullo peruano por su gastronomía.

He comido maravillosamente bien en Francia y en Italia, por ejemplo. Tambien se me viene a la mente una comida -un almuerzo para ser más precisos- en La Coruña hace unos años. tambien he comido muy bien en Estados Unidos, contrariando el cliche, eso sí, a precios nada populares; pero no me atrevería a negar la definición que me han dado de la comida peruana, que está viviendo años de esplendor en Perú, y en el mundo.

De momento, en este viaje que ya no es viaje sino residencia, he ido a Mistura, la feria gastronómica anual de Lima, y me he maravillado con todas las variedades de papas y otros productos que me eran totalmente extraños. Allí, entre colas y tumultos, he comido ceviches y makis, postres y helados, frutas y chocolates. Y, como no, he tomado pisco. Interesante evento desde el punto de vista antropológico, atractivo abrebocas de la diversidad peruana, pero he comido mejor comida en las calles de Lima, para ser justos.

Chancho al palo. Mistura 2013. Magdalena del mar, Lima.

En estos días en Lima he vuelto a restaurantes a los que tenía años sin ir y he descubierto otros que son verdaderas joyas. El más destacado, Maido, aqui a pocas calles de la oficina. El 11vo. mejor restaurante de América Latina de acuerdo al más reciente ranking votado por chefs y periodistas y ampliamente difundido en los periódicos de todo el mundo a comienzos de este mes de septiembre es un local pequeño, con muy pocas mesas, perdido en una calle angosta de Miraflores, a solo una cuadra de otro de los finalistas del ranking latinoamericano, el Rafael, que no conozco  aún y que me han mencionado como el mejor restaurante de Lima. Solo una cosa tengo que decir del Maido, restaurante Nikkei, esa combinación de la cocina peruana con la japonesa y en este caso tambien con algo de influencia china, al menos de las chifas de Lima: he comido sushi en locales de medio pelo y en restaurantes de auténtico lujo, he probado comida japonesa en Nueva York, en Londres y en unos cuantos otros paises, incluyendo el propio Perú, pero sin duda, la que me comí en el Maido ha sido de las mejores. Y lo peor es que cuando comento esto, de inmediato me dicen que digo eso porque aún no conozco otros sitios, y de inmediato comienzas a recitarme direcciones limeñas.

En estos últimos dos meses tambien he comido muy bien en La Pescadería, un local amplio y de horario irregular en el vecino distrito de Barranco, en El Pez Amigo, en los límites entre Miraflores y Barranco; y en Pescados Capitales, a donde volvi luego de años para encontrar la misma sazón que me encantó años atrás, en la avenida Mariscal La Mar, en los límites entre Miraflores y Magdalena del Mar. Igualmente puedo mencionar Alfresco, otro restaurante ubicado a pocas cuadras de mi oficina. Y el Fiesta Chiclayana, tambien incluido en la muy reciente lista de los mejores 50s lugares para comer al sur del Río Grande.

Limeños al volante

La impresión que todo el que llega a Lima se hace de inmediato respecto de sus habitantes puede incluir muchos matices, pero un elemento común suele ser la amabilidad de la gente, la educación en el trato, la cordialidad con el que llega. Por ello resulta especialmente incomprensible la rudeza de su manejo de los vehículos, el trato que se dan entre si los conductores, la agresivadad con la que se conducen en el tránsito de la ciudad. 

Digámoslo sin muchas vueltas: en Lima se maneja a la brava, como salvajes, conductores de trato calmado al tener los pies sobre la tierra se convierten nada más sentarse tras el volante en competidores feroces, que se lanzan el carro unos a otros, que se abalanzan sobre las esquinas sin miramientos sobre peatones y otros vehículos. No en balde son muy frecuentes los accidentes de tránsito en las calles de Lima, es raro el noticiero que no destaque el volcamiento de un bus, el choque entre dos vehículos en una intersección o el atropellamiento de un peatón. Y ello sin distingo de ocupación, nivel educativo, rango de ingresos y clase social del conductor. Sea un taxi, un microbús (una combi, dirían aqui), un pequeño auto familiar, una gran camioneta 4 x 4 o un elegante vehículo europeo de lujo, el comportamiento agresivo en el tránsito es un factor amalgamador de las clases sociales de Lima, un elemento unificador de la Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, San Isidro y Miraflores.

Hay días en los que, inevitablemente, me pongo a imaginar al equipo de Disney que desarrolló aquella vieja película de Goofy/Tribilín de varias décadas atrás, aquella en la que un cordial ciudadano se convierte en un auténtico demonio nada mas subirse a su carro, y no puedo evitar pensar que han debido inspirarse en la forma de conducir de los limeños.

  

miércoles, 31 de julio de 2013

Irse

No recuerdo especialmente el día del aniversario de Caracas como una fecha patria relevante.
 
Era muy pequeño, pocos días más de tres meses de edad, cuando se celebró el cuatricentenario de la ciudad y los cuentos que escucho de esos tiempos suelen referirse al terremoto que sacudió a Caracas en aquellos días y no a las fiestas, inauguraciones de obras públicas, publicaciones y otros eventos que se programaron para cuando la sultana del Avila, exsucursal del cielo, cumpliese cuatro siglos de la fecha, el día del apostol Santiago, en la que, presuntamente, Diego de Losada la fundase en nombre de dios y la corona española, bajo la denominación de Santiago de León de Caracas.
 
Esa fecha, 25 de julio, solo tuvo alguna significación especial cuando correspondió al acto de graduación de la secundaria. Estudie la primaria y el bachillerato en el Colegio Santiago de León de Caracas y luego de pasarme más de una década por esos edificios de la urbanización La Floresta, nos despedimos rumbo a la universidad, como ocurre cada año desde hace décadas, en el día de la fundación de la ciudad que da nombre al colegio.
 
Casualmente, en estos días finales de julio, anticipándose a que el próximo año se cumplen 3 décadas de la promoción de la que formamos parte, se ha organizado -facebook mediante- un grupo para promover algún evento, un encuentro, una fiesta, de los que aquella tarde-noche de julio de 1984 salimos, diploma en mano, por la calle San Carlos de la Floresta.
 
Durante años nos repitieron, muchas veces, que formábamos parte de una élite, de los continuadores de una estirpe de profesionales, artistas, empresarios, y dirigentes políticos y sociales exalumnos del Santigo de León, que integrábamos un club selecto, jóvenes privilegiados,  escogidos para gerenciar las próximas décadas de Venezuela, para dirigir la construcción de un país mejor, más productivo, más próspero, más justo. Se nos repetía con frecuencia que recibíamos la educación de mayor calidad que se impartía en Venezuela, que nuestros profesores eran muy destacados docentes, como cabría esperarse de una institución forjadora "de la virtud y el saber", como lo dicen las primeras estrofas de su himno.
 
Visto lo visto, muchos de los supuestos de nuestra formación en "el Santiago" no se han cumplido. Hay por ahí algún ministro, algún dirigente político, hay deportistas destacados, hay compañeros exitosos, escritores, profesionales, docentes, empresarios. Lo que no estuvo fue el país.
 
En medio de la organización del evento aniversario del próximo año, tratando se hacer un inventario de dónde están los compañeros de aquella tarde-noche de 1984 es fácil darse cuenta que más de la mitad no vive en Venezuela. Las razones no hay que explicarlas. Cualquier periódico de estos lares escogido al azar explica claramente por qué esa élite, esos privilegiados, viven ahora a miles de kilómetros de Caracas.
 
Quienes emigran tambien son un élite. Se necesita determinación para dejar una cierta zona de confort, el lugar conocido, de la relaciones hechas, y apostar por enfrentarse a un entorno diferente, a veces hostil, con tal de perseguir una idea, una aspiración de bienestar o un sueño de realización personal. Quizas la educación en el Santiago estába preparándonos, sin saberlo, sin quererlo, para ese reto, el de la emigración, que ha afrontado esta generación de venezolanos, a diferencia de las generaciones que nos precedieron.
 
Este año el día de Santiago tambien tuvo un significado especial. Ese día, 25 de julio, sentado en una oficina de Lima, firmé los papeles aceptando un trabajo en otro país, un trabajo permanente, no esas visitas de una semana o dos que me han tenido dando vueltas por América Latina desde mediados de la década pasada. 
 
Aún cuando uno puede tropezarse a diario con una esquina o un edificio conocido, con los sabores familiares, con los sonidos y la luz de este sitio en el que crecimos, a pesar de que cada día al levantarme de mi cama veo al Avila por la ventana, hace tiempo que uno se siente extranjero en estos lares, que ha dejado de reconocer como suyo el tono de voz y otros sonidos, que le cuesta cada vez más verse reflejado en el otro, en el que te mira en la calle. No tengo edad para vivir añorando una ciudad que ya no existe, y vivir en las mismas coordenadas geográficas donde una vez estuvo esa ciudad no ayuda a idealizarla, a pensar que sigue allí, sino a sentirse extraño, ajeno, disperso.
 
¿Qué estaban pensando este 25 de julio quienes salieron del Santiago diploma en mano? ¿Les habran dicho, como a nosotros, que serían los responsables de la patria nueva, próspera, justa, moderna?¿Se lo habrán creido o tienen, como la mayoría de los compañeros de mi hija Lucía, que este año terminó su bachillerato, la mirada fija en otros lares? El país como plataforma de lanzamiento y nunca como destino.
 
Yo, por mi parte, firmé esos papeles en Lima ese día y no me sentí extraño, no percibí ningún sobresalto. No caminé ese día por la Calle Alcanfores de Miraflores pensando en el Avila, el Cine Prensa, el Radio City, el Centro Plaza, el Crema Paraiso o la Cinemateca Nacional. No.
 
Debe ser porque en lo más profundo ya me había ido hace ya mucho, mucho tiempo.