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viernes, 30 de mayo de 2014

Expatriado

Este texto es parte de una cosa que quizás alguna vez sea un libro, de momento es solo una carpeta que lleva por título "Expatriado" y en la cual se acumulan  ya unos cuantos trozos numerados como este:


12

Brooklyn. El apartamento era coqueto, luminoso y nuevo, pero pequeño. 45 metros cuadrados, sin contar los 3 metros del largo y angosto balcón con vista al patio trasero. 48 metros totales, 45 metros cuadrados bajo techo, que medidos en pies cuadrados eran un número más grande, pero siguían siendo 45 metros cuadrados. Cerca tenía el parque y enfrente una calle arbolada, ancha, tranquila y fotogénica, que a la vuelta de la esquina tenía restaurantes, librerías,  tiendas de antigüedades y una estación de metro. Pero tenía 45 metros cuadrados, en los que se amontonaban 2 camas y un sofá-cama matrimonial, un gavetero de Ikea, un televisor y un mesón de granito negro con 4 taburetes de madera. Pero eran solo 45 metros cuadrados, que palidecían ante los 150 metros del apartamento de Caracas. Pasarían todo el día en la calle, se dijeron a coro la noche de la mudanza, todavía con las maletas sin abrir. En esta ciudad hay tantas cosas para hacer, para ver, que sería un pecado estar en casa encerrados, se repitieron, mientras buscaban el mejor lugar para las maletas; pero a la vuelta de dos semanas no podían estar dentro del apartamento sin tropezarse unos a otros y coincidencialmente todos tenían ganas de ir al único baño a la misma hora y en el mismo momento. No podían ni verse. Había que hacer algo pronto.

La mañana siguiente, haciendo uso de un tercio de los ahorros que tenían en la cuenta de Miami y un permiso en el trabajo, en el cual avisó de una súbita fiebre infantil, contrató a un pequeño taller de la cuarta avenida la instalación de espejos de piso a techo. A media mañana dos obreros llevaron las láminas de vidrio y con pegamento y unas pequeñas piezas de metal las fijaron a todas las paredes de la sala y el único cuarto.  Unas dos horas antes de que salieran los niños de la escuela el trabajo estuvo terminado y se sentó en medio de la sala a contemplar la obra de su ingenio. Como por arte de magia, el espacio se había multiplicado.

Llegada la hora en que su mujer y los niños volvían al apartamento desde la escuela y la oficina, los recibió con una sonrisa, para descubrir, penosamente, que los habitantes de la casa también se habían multiplicado.
 
 
                                              GTovar NY 2007
 

martes, 9 de julio de 2013

New China


Los chinos llegaron en tromba, adueñándose en pocos meses de la ferretería Creole, la quincalla Compostela, el abasto Táchira y la venta de carne a la parrilla La Llanera, la cual, para ser justos, tenía tiempo convertida en un botiquín de medio pelo, una venta de cervezas tibias y anises nacionales entre penumbras y bombillos de luz amarillenta. Quizás por ello, porque había poco que rescatar, porque no había nada limpio o con olor a nuevo, porque no había clientela que conservar, La Llanera sufrió las mayores transformaciones entre el grupo de locales reformados aquella temporada.
Durante semanas entraron al local obreros con sacos de cemento, porcelanatos rosados y blancos, muebles de madera forrados en fórmica blanca, sillas de metal pintado con el cojín de semicuero acolchonado, paneles de vidrio de un tono ligeramente verdoso y un sofá gris, grande y de formas redondeadas. Luego de dos paralizaciones de obra por parte de la Alcaldía, por no tener los permisos necesarios para una remodelación profunda, y luego de una fiesta de pre inauguración en la que no participaron los vecinos sino solo chinos, algunos llegados en camionetas último modelo, otros llegados en motos y otras formas de movilización más discreta, finalmente abrieron al público, anunciándolo con un cartel en una de las ventanas que daban a la calle.
Cuando abrieron bajo la denominación Restauran Ling Nam, New China Food, no fui de los que corrieron a cambiar el arroz frito de La Buhardilla o El Palmar por los sabores de la nueva cocina que se ofrecía como sechuán y cantonesa moderna. Me mantuve fiel a los viejos chinos de mi barrio hasta que pudo más la presión familiar, que alegaba como justificación para el cambio las críticas positivas de los vecinos y el argumento de aprovechar al nuevo restauran, antes de que “se echara a perder”, como había pasado con varios de los negocios de la zona. Nada dura, hay que aprovechar mientras esté nuevo, esa era la consigna.
La decoración fue lo primero que me llamó la atención. En la primera visita constaté la ausencia de dragones, figuras doradas y rojas y otros añadidos típicos de los restaurantes chinos, al menos de los otros chinos que estaban cerca de mi casa. La parte visible del negocio era un salón enteramente pintado de blanco, decorado con una televisión de plasma en una esquina, una gran pecera junto a la entrada y tres paneles grandes de acrílico con fotografías retro iluminadas: una mostraba el cañón de las siete gargantas; otra el centro financiero de Shanghái; la tercera, la más próxima a las ventanas por donde entraba la luz desde la calle, era una imagen del puente de Brooklyn, antecediendo al perfil de los edificios del sur de Manhattan, incluyendo, en contraste con el cielo, las dos torres gemelas del World Trade Center.
Me senté a esperar mi pedido en el sofá dispuesto para tal fin, cerca de la puerta del negocio, y desde allí, mientras esperaba la salida de la comida, pude ver con detalle la imagen, al fondo del salón, entre los peces que daban vueltas en la caja de vidrio que los contenía. El negocio había comenzado con buen pie, y mientras salían los pedidos que precedían al mío, vi dar vueltas en el agua, como quien mira desde la costa de Brooklyn, a peces rosados, naranjas, rojos, uno largo, plateado y mal encarado, y unos negros con manchas, que parecían succionar algo del fondo de la pecera.
Luego de esa primera visita no volví a visitar La Buhardilla ni El Palmar. La comida estaba bien, mientras la esperaba me habían regalado un vaso con cocacola y dos trozos de hielo, que succioné imitando al pez que revolvía las piedras del fondo de la pecera, y al llegar a la casa descubrí que habían incluido como cortesía unos entremeses hechos de un material blanco y salado, algo parecido a una espuma frita. Tenía razones suficientes para volver.
La segunda vez me dieron a probar, mientras esperaba un servicio de pollo agridulce, lumpias y arroz frito para  llevar, un vaso de limonada preparada de un concentrado a la vez dulce y amargo, algo muy chino, dada la combinación de sabores, salvo que sabía exactamente igual que la limonada artificial que servían en el Crema Paraíso, a solo tres calles del Ling Nam. Me acomodé en el sofá, que ya comenzaba a presentar algunas manchas en la tapicería, y saboree la limonada hasta que solo quedó un trozo pequeño de hielo en el fondo del vaso, dejando pasar los minutos sin poner mucha atención a los números que mencionaba en voz alta uno de los mesoneros, cada vez que salía de la cocina una bolsa de plástico con varios envases en su interior.
Ya era un cliente. Incluso seguí siendo un cliente cuando a las pocas semanas dejaron de ofrecer bebidas gratis mientras se esperaban los pedidos para llevar y desaparecieron de las bolsas de comida los entremeses blancos y salados, sin que ni siquiera llegáramos a enterarnos de cómo se llamaban las espumas fritas.
Pronto, al salir de la oficina, a la hora en que el Ávila dejaba de verse desde la orilla del río y las luces de los carros alumbraban las aceras cuarteadas y polvorientas, solía pasar por el Ling Nam y pedir una cerveza, un refresco o una limonada, que saboreaba mientras veía de reojo, sentado en el sofá, que empezaba a deformarse por el peso de los clientes, las imágenes iluminadas al fondo del salón, los peces de colores que se mezclaban con los edificios y los puentes.
Las visitas se hicieron cada vez más frecuentes, al punto que los chinos de la barra, aún en su limitado español, comenzaron a saludarme por mi nombre y a invitarme, como en las primeras semanas del restauran, medio vaso de limonada con hielo los días que pedía comida para llevar o, en su defecto, un platito con maní salado los días en que llegaba sin ganas de comer y pedía directamente una cerveza helada o una cocacola, las cuales me tomaba, siempre, sentado en el sofá de la entrada, al otro lado de la pecera que enmarcaba la imagen del fondo.
Comencé a ir casi a diario, y luego, sin proponérmelo, sin pensarlo mucho, varias veces al día: camino a la oficina en la mañana, a la hora en que los chinos aún estaban picando zanahorias y cebollas junto a un envase plástico en un espacio al aire libre, a un costado de la puerta que comunica la cocina con la calle; al mediodía, antes de ir a comer a la casa, a la hora en la que el restauran solía estar lleno y con frecuencia debía esperar unos minutos para encontrar sitio en el sofá; en las noches, a la salida del trabajo, que era la hora en la que los chinos parecían más relajados y amigables, a la hora en la que a veces me regalaban el medio vaso de limonada amarga o un platito de maní que acompañaba la cerveza.
Si las cuentas en la oficina no habían cuadrado ese día, si la oferta necesaria para cubrir la cuota de ventas del mes aún no había sido aprobada, si había algún compañero que parecía querer mi puesto, si algún cliente había reclamado ese día una demora en la entrega de sus productos, nada de eso importaba cuando llegaba el momento de dejarse caer en el sofá, cerrar los ojos por un momento mientras el sabor amargo y dulce de la limonada se impregnaba por toda la boca, antes de abrir de nuevo los ojos para centrar la mirada en los peces de colores, en el puente, en los edificios de Manhattan.
Luego, pasadas varias semanas, comencé a extender el tiempo que estaba adentro del salón, quedándome largo rato sentado en el centro del sofá, a veces una hora en la mañana, a veces una hora al salir de la oficina, a veces a mitad de la tarde cuando simulaba en la oficina ir al banco, a veces ya con el vaso vacío entre las manos, viendo a través de la pecera la imagen de las torres brillando en el cielo de Manhattan, imaginándome que nunca habían caído, que nunca los aviones se estrellaron contra ellas, que mucho antes de que las nubes de polvo cubrieran todo, aún estabas tú allí, conmigo, en la plaza, a los pies del World Trade Center.


 
 
 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El cuarto oscuro de las revelaciones


Premio Bienal José Rafael Pocaterra 1987-1988. Prólogo de Luis Felipe Castillo.

Disponible en las librerías El Buscón (CC Paseo Las Mercedes, Centro Cultural Trasnocho, Sótano) y Kalathos (Centro Cultural Los Galpones, Urbanización Los Chorros). A partir del 19 de Noviembre, también estará disponible en las librerías Alejandría I y II del CC Paseo Las Mercedes y CC Cada Las Mercedes.

Para quienes dispongan de un iphone o un ipad con el programa iBook o cualquier otro aparato compatible (Sony eReader, etc) con archivos formato epub, escríbanme un correo electrónico a la dirección gtovarordaz@gmail.com y con gusto les enviaré -sin costo alguno- el libro en formato digital. 

Desde ya los invito a la presentación y brindis del caso, a realizarse el 19 de enero del 2012 en la Librería El Buscón del CC Paseo Las Mercedes a las 6.30 pm. 

lunes, 1 de agosto de 2011

Aniversario - El viajero que huye

Llegó agosto y con la llegada de este mes está por cumplirse un año -la próxima semana, si mis cuentas no están erradas- de la apertura de este blog. Y no es que ello sea importante ni trascendente para alguien más que mi persona, que no lo es, pero en lo personal debo agradecer los comentarios recibidos, las más de 9.000 visitas de más de 20 países -un número insólito para un personaje intrínsecamente antisocial como el que escribe estas líneas-los gestos, las recomendaciones, los saludos. Y debo agradecer especialmente que esta ventana permanezca abierta y quiero pensar que lo ocurrido en estos últimos doce meses pueda mantenerse en el tiempo.

Muchas gracias a todos los que han visitado estas páginas.

A modo de inicio de este mes aniversario del blog, aquí les dejo este cuento, El Viajero que Huye, que a diferencia de los que he publicado aquí anteriormente, es de data reciente, es de este mismo año.



El viajero que huye
Gonzalo Tovar Ordaz (2011)

1
-¿Dónde nos perdimos?- dijo en voz baja, como hablando hacia adentro, mientras apoyaba la frente en el volante de plástico azul desteñido de la Ford Windstar.
-Debimos haber cruzado antes, en la salida que pasamos, atrás, allá donde te dije- se escuchó desde el asiento de al lado.
-Sí, ¿por qué no nos salimos antes, cuando te dijimos?-  dijo mi hermana, desde el asiento de atrás, desde el otro extremo del asiento de atrás.
Volteé la cabeza hacia los dos lados. Voltee primero a verlas, a las dos, y miré luego hacia el otro lado, hacia la autopista, tratando de ver la salida que nos habíamos pasado.
-¿Dónde nos perdimos?- dijo de nuevo, aunque sólo parecía hablar para si mismo, como si estuviese solo en la camioneta. Seguía sin moverse, con la cabeza apoyada en el volante y la mirada fija en el tablero de la camioneta.
- Dijiste que sabías cómo llegar – dijo mamá, en tono de reproche, desde el asiento del acompañante, mientras se llevaba las manos a la cabeza y se pasaba los dedos por entre los cabellos, a la vez que volteaba hacia la ventana, tratando de ver algo en la distancia o, quizás,  tratando de no ver lo que pasaba en la camioneta.
De repente, mientras ellas miraban para otro lado, papá comenzó a balancear la cabeza, a darse, de manera rítmica, pequeños golpecitos en la frente con el extremo superior del volante, sin responder a los comentarios que chocaban contra las ventanas cerradas de la Ford. El seguía hablando, como si estuviera solo en la camioneta.
- Deja de hacer eso, coño, ¿estás loco o qué? Arranca de una vez, vámonos para la casa.– dijo mamá, haciendo gestos con los brazos.
Estábamos estacionados, con el motor y las luces intermitentes encendidas, en una orilla de la New Jersey Turnpike, en dirección al norte. La Ford Windstar saltaba cada vez que pasaba a nuestro lado, por la autopista, un camión a toda velocidad. No se decir exactamente donde estábamos, no conozco tan bien esa zona, pero debíamos estar muy cerca del aeropuerto de Newark, porque los aviones volaban a muy baja altura, casi haciendo tanto ruido como los camiones que pasaban a toda velocidad, a apenas centímetros de donde estaba parada la camioneta.
-¿Dónde nos perdimos?- dijo de nuevo papá, con la mirada fija en sus muslos y la frente apoyada en el volante.
En ese momento me arrimé hacia el centro del asiento de atrás para poder verlo bien, para tratar de escucharlo mejor. La radio estaba prendida, sonaba un cd de tangos, ese que le gustaba a papá y a mamá le molestaba. Ese disco es pavoso, quita esa vaina, decía ella siempre que a papá le daba por poner ese disco.  Seguían diciéndose otras cosas, se hacían gestos, pero era difícil escucharlos entre tanto ruido. Yo me quedé sentado en medio del asiento de atrás, tratando de escuchar el disco, viendo los camiones pasar.
Afuera comenzó a nevar de nuevo y los vidrios se empañaron rápidamente. Se escuchaban los camiones y los aviones, pero no se veía nada a través de los vidrios, sólo una masa blanca, sólo las luces de los camiones pasando a toda velocidad.

2
Como el automercado tenía un horario rotativo para los empleados, no podían sentarse a comer todos al mismo tiempo; pero siempre había un momento en el cual se encontraban los que estaban terminando su comida con aquellos que llegaban, vianda en mano, al espacio en medio del depósito que todos llamaban “el comedor” –así, en español-, un espacio no muy grande,  iluminado desde el techo por una lámpara cuadrada, de esas de tubos blancos. Era un espacio rodeado de estantes, montañas de cajas con mercancía y neveras. No había ventanas hacia la calle. El depósito era una caja alta de cemento, de color beige, adosada al supermercado, que era otra caja, más baja, con paredes de vidrio que dejaban ver la mercancía desde la calle.
El comedor era el sitio en el cual solían tomar su almuerzo los empleados del Key Food de Windsor Terrace, en Brooklyn. Como estaba pensado para atender a los empleados por turnos, no había mesas y asientos para todos, sólo un mesón largo y cuatro sillas de metal y plástico, así que cuando la concurrencia superaba los puestos disponibles, algunos improvisaban sus asientos y mesas con cajas de mercancía, que colocaban cerca de la mesa principal para así poder participar de la tertulia. También estaban los que se sentaban en el piso, con el almuerzo apoyado en las rodillas y la espalda recostada en las pilas de cajas o en alguna nevera. Usualmente, los más nuevos dejaban las sillas a los que tenían más tiempo trabajando en el negocio o a los de mayor edad o a las mujeres, aunque nunca faltaba un joven o un recién llegado que se saltara las normas no escritas; pero esos solían durar poco tiempo trabajando en el negocio, rápidamente se cansaban y renunciaban, o eran despedidos, en respuesta a alguna altanería con los jefes.
-Pásele, siéntese aquí nomas, aquí está su butaca– dijo uno de los que estaba sentado en el extremo de la mesa, en medio de las risas de los que ya estaban tomándose su sopa directamente del tupperware, mientras, otro de los presentes arrastraba una caja de botellas plásticas de refrescos de dos litros y se la señalaba con el puño abierto, las palmas hacia arriba, a modo de oferta.
-¿Trajo su túper, compadre? Si quiere calentar la sopa, ahí en el pasillo está el micro – dijo el mismo que habló antes, ahora con menos ruido y con menos gestos.
Muchos se conocían de afuera del negocio, de antes, y eso se notaba, para bien o para mal, en la hora de la comida. Eran vecinos o compañeros de fiesta, o amigos de los amigos, o familia. También los había que eran pareja. Belkis, la de las frutas, vivía con José Alberto, que acomodaba mercancía en los estantes y limpiaba los pasillos en las noches, antes de cerrar. Luisito, que cargaba cosas en el depósito y ayudaba a vaciar los camiones, era el hijo de Hilaria, que trabajaba pegando las etiquetas a los productos que se empacaban en el negocio y también limpiaba de vez en cuando los pasillos. Norkys era la novia de Adalberto, el de la letra bonita, al que los jefes habían puesto a escribir los anuncios de las ofertas que se pegaban en los vidrios de la entrada del súper. Unos traían a los otros cada vez que aparecía una vacante. Traían a sus familiares, vecinos o a sus amigos. Prácticamente todos vivían en Sunset Park, a unas veinte cuadras al sur del automercado. Ahí nomás, de aquí para allá, pasandito el cementerio Greenwood. Por eso, porque siempre había un vecino echando en falta la chamba, compadre, porque siempre había un recién llegado al vecindario, rara vez hacía falta poner algún aviso solicitando personal, anunciando alguna vacante en el automercado.
-Compadre ¿y de donde es usted?- dijo, viendo su sopa, el mismo que habló antes, el que presidía la mesa.- porque no lo he visto antes por el barrio. ¿Parece gringo, verdad? Así todo güerito el cuate - dijo, dirigiéndose a los otros, mientras soltaba otra carcajada.
La respuesta, que siguió al qué tal, mucho gusto, me llamo Gustavo,  generó murmullos y cruce de miradas. No habían visto antes a ningún venezolano por estos lares.  Sunset Park recibió hace décadas a los mexicanos y, luego, en los tiempos de las guerrillas y los paramilitares, a los centroamericanos. En algún momento se sumaron los colombianos. Luego vinieron dominicanos y haitianos. Y más recientemente los ecuatorianos y algunos africanos y chinos. Pero los venezolanos no eran comunes por el barrio del sur de Brooklyn en el que el banco era el Banco de América, a los restaurantes se les llamaba fonda, al bar bar, al pan pan, el Sears Express era “el siars”, y al Payless Shoes simplemente se le llamaba “el peiles”.
Pronto descubrió que había dos categorías entre los trabajadores del Key Food: los solteros y los que eran el sostén de su familia. Estos últimos tenían un trato especial por parte de sus compañeros de trabajo, de alguna forma se les protegía, siempre y cuando sus faltas o necesidad de cambiar turnos tuviese una justificación familiar. Por eso la segunda pregunta, que no esperó a que terminara de abrir el sándwich de atún que traía envuelto en una bolsa de papel marrón, fue directo al grano: ¿dónde vivía el güey y con quién?.

3
Con el paso de los días se fueron agarrando confianza, comenzaron a hacerse bromas en los pasillos, a llamarse por nombre propio o por el apodo de turno, a darse manotazos en la espalda al pasarse la guardia unos a otros. Pronto, en pocos días, los jefes descubrieron que el nuevo sabía usar la computadora y lo pusieron, primero, en la caja, a pasar las cosas por la máquina y a cobrarle a los clientes, y luego, a cuadrar las cuentas de las cajas al final de la tarde y también a hacer tareas en la máquina de la oficina, eso si, por la misma paga. Y eso que cuando fue a la entrevista con Jay, el administrador, no le dijo todo lo que sabía hacer, sólo le dijo que era una persona decente, que necesitaba el trabajo, que estaba sano, que no le daría problemas, que tenía una familia que mantener, que tenía sus papeles en regla y que estaba dispuesto a entrarle a lo que saliera. Por eso, sin rechistar, cargaba cajas, movía el montacargas -que aprendió a usar el segundo día que fue al supermercado- trapeaba los pasillos, pasaba recogiendo las cosas que se caían de los estantes e, incluso, se ocupaba con gusto de una tarea que los mayores solían dejar sólo a los muchachos, a los más jóvenes del personal: recogía los carritos vacíos,  tirados por todo el estacionamiento y los juntaba, uno dentro del otro, frente a la puerta del automercado, cada mañana y cada tarde, come rain or come shine.
Pero a los compañeros sí les dijo quien era desde el primer día.
- ¿Y eso que se le dió por venirse para el norte, compadre?- le preguntaron, ya entrados en el postre, unas galletas a las que se les había dañado el empaque, que estaban acompañando con un agua negra que sacaban de un termo plateado, a la que llamaban injustamente café. ¿Está muy jodida la cosa en su tierra? Siempre habíamos creído que los venezolanos eran ricos, que tenían harto petróleo, compa.
- Eso era antes de que Chávez los jodiera – dijo el Jairo, el moreno que estaba todo el día cargando cajas y abriendo empaques atrás, en el depósito, siempre con un discman en el bolsillo de la bata blanca y unos audífonos grandes, de colores, que le tapaban las orejas.
Les dijo primero que era una historia larga, que se acomodaran bien, que a lo mejor no daba tiempo ese día de contársela toda, que si no, se la terminaba luego. Rápidamente se dieron cuenta que era bueno para eso de echar cuentos, que cuando comenzaba, lo hacía lentamente, pero al poco tiempo iba tomando fuerza, agarrando velocidad y después el asunto era pararlo, buscar donde cortar la historia para seguir trabajando, que luego Jay les agarraba idea, les ponía el ojo, los lanzaba a la calle por quedarse echadotes oyendo historias después de la hora de la comida. Les dijo que cuando comenzó el problema él trabajaba en una empresa del gobierno, en El Tigre, que es una ciudad del oriente en donde hacía mucho calor, tanto como para derretir las calles, tanto como para que a los perros se les pegaran las patas en el asfalto, y que la gente vivía allí, en El Tigre, en medio de tanto calor, porque había mucho petróleo, porque había mucha plata. Les contó que habían hecho una huelga en la empresa, una huelga arrecha, por todo el país, porque las cosas no estaban bien, porque eso no lo aguantaba nadie, porque no podían dejar que les faltaran el respeto y, también, porque pensaban que así, parando la producción, saldrían de eso en un dos por tres. El no era uno de los jefes, de los líderes de la revuelta, pero cuando comenzó el asunto ahí mismito se sumó al asunto y se puso a la orden con la camioneta de la compañía. Y después de cómo cien días y cien noches de huelga, sí, en las noches también, porque tenían que ir a cuidar las oficinas para que los de la Guardia Nacional o los del gobierno no viniesen a tomarlas, y después de muchas asambleas y muchos rollos, la gente comenzó a cansarse, o a preocuparse porque no estaban cobrando el sueldo y ya no había como comprar la comida para llevar a la casa, y todo se fue cayendo, la gente comenzó a dudar, a dejar de ir a las reuniones, y el gobierno tomó de nuevo la empresa y los echó a toditos, a los que habían participado en la huelga y también a otros que no, así, a la calle, así mismo, sin pagarles nada, que las prestaciones sociales son inalienables en Venezuela, compadre, pero igual no nos las dieron, y lo de la caja de ahorro, que eso no era de la compañía, compa, que era de nosotros, que era la plata que habíamos ahorrado de nuestro sueldo durante años. Pero todo, todito, igual se lo quedaron. Y luego nadie nos echó una mano, que nosotros nos habíamos ido solitos a la huelga y ahora teníamos que asumir nosotros solos nuestras consecuencias.
- Pinches cabrones- dijo uno que estaba sentado en un rincón, al lado de la nevera - todititos son iguales, cuando quieren subirse a buey dicen que van a proteger al pobre, pero en lo que están arriba son capaces de chingarse a su madre. Todos los políticos son iguales, una mierda- dijo.
Casi todos asintieron, en medio de una nube de murmullos, aunque un par bajaron la cabeza para que los otros no viesen su expresión.
- ¿Y fue por eso que se trajo a su familia para el norte?- dijo el que había hablado antes, el del extremo de la mesa, uno que parecía el supervisor de los otros- ¿fue por eso que se vino para acá, compa?
Que no, que eso fue sólo el comienzo. Que al mes vinieron a sacarlo de la casa donde vivía con la mujer y los hijos, que claro que no era de él, que la casa era de la empresa, pero lo sacaron a la mala, en la madrugada, poniéndole los muebles en la calle e incluso lo golpearon en el brazo y lo empujaron hasta caerse en el jardín de enfrente, cuando discutió con el guardia que dirigía el desalojo. Que gritó que no les podían hacer eso, que había una ley del menor y del adolescente, pero igual los sacaron, ahí, delante de los vecinos.  Que como no tenía plata para una mudanza, sólo se pudo llevar lo que le cabía en el carro, que algunos vecinos se ofrecieron a guardarles las cosas que no se podía llevar, pero a ellos también les sacaron las cosas de las casas del Campo Norte en esos mismos días, y a los que no les sacaron las cosas no los volvió a ver y si los vió de nuevo no volvió a preguntarle por sus cosas, que igual no tenía donde ponerlas, porque la mujer que tenía alquilado el apartamento de Puerto La Cruz, el de al lado de la redoma de Molorca, junto a la Universidad de Oriente, ese que estaban pagando con su sueldo y su plan de vivienda de la compañía, porque en Campo Norte no pagaban nada por la casa de la compañía, pero esa no era de uno y siempre hay que tener algo de uno, total, que la mujercita no quería salirse del apartamento y cuando supo que él era uno de los botados de la compañía, con mas ganas se puso a decir que ella no se podía salir de ahí, que ella tenia un contrato de alquiler y que ahí vivía con sus hijos, que estaba la ley del menor y del adolescente, que a ella no la podía sacar así como así y menos un escuálido apátrida de esos que no querían a su país, de esos que se habían ido a la huelga para tumbar el gobierno. Entonces se fueron a vivir a donde unos amigos, pero, claro, después de unos días a nadie le gusta escuchar el llanto de los hijos de otro ni ver siempre la sala llena de gente, ni la ropa ajena colgada en el patio, y comenzaron a vernos mal y el amigo me dijo un día, mientras me invitaba una fría, una cervecita polar, que así se llama la cerveza por allá, que qué plan tenía, que mejor fuésemos buscando otro sitio a donde irnos, que el podía ayudarnos en lo que pudiese, pero que su mujer ya no nos aguantaba más, que a el le daba pena, que sabía por lo que estábamos pasando, pero que cuando llegaba a la casa su mujer comenzaba con la misma historia todas la noches y ahora le había dicho que si no nos íbamos nosotros, se iba ella.
Además, a los botados de la compañía nos pusieron en una lista y nadie nos ofrecía trabajo, y si lo hacían, nos pagaban menos, que en un trabajo que conseguí sólo por seis meses, me dijeron que me pagarían en efectivo y que no podía decirle a nadie que estaba trabajando con ellos, y también supe que a los otros, a los que trabajaban fijos, les pagaban casi el doble y tenían cestatickets y liquidación y a mi y a otro que estaba igual que yo no nos habían ofrecido nada de eso, pero bueno, no hay que ser malagradecido, que con eso que me pagaban hacíamos mercado y nos mudamos todos juntos a un apartamento con dos cuartos, que la casa de El Tigre era mucho más grande y que incluso el apartamento de Molorca tenía tres cuartos y un balcón y estaba más bonito que este que conseguimos alquilado, barato, pero por lo menos ahí no teníamos que pelear con nadie, sino a veces con los vecinos que hacían mucho ruido, y con las cucarachas, claro.
- ¿ Y ahí fue que se vino, compañero?- Dijo uno que no había hablado antes, mientras los otros miraban fijamente al narrador.
Bueno, luego seguimos así, sin mucho trabajo, con poca plata, hasta que nos ofrecieron un trabajo. Un trabajo bueno. Un gringo que había trabajado con nosotros en la compañía, uno que trabajaba para una contratista gringa, pero tenía muchos años trabajando en Venezuela, me dijo que como iba a retirarse de la empresa, con los reales que tenía para su retiro, que en realidad no pensaba jubilarse, que el día que se jubile se muere, que lo único que ha hecho es trabajar en su vida, desde que a los 16 se fue de New Jersey  a Texas a trabajar en las compañías petroleras, que iba a montar su propia compañía de consultoría, que lo ayudáramos a montarla, que él necesitaba unos ingenieros bien trabajadores como nosotros, que éramos tres, todos botados y todos nos conocíamos de antes, de cuando estudiábamos en la Bolívar, y después trabajábamos juntos en El Tigre, y él nos contrataba y nos ayudaba a sacar los papeles. Y me dio un contrato y me ayudó a sacar los papeles y lo conversamos muchas veces en la casa y al final vendimos el carro, que era lo único que nos quedaba de cuando estábamos en El Tigre y con eso compramos los pasajes y nos vinimos, porque esto aquí igual ya lo conocíamos, que tenemos familia aquí, en Brooklyn, y habíamos venido a verlos hace tiempo, cuando todavía trabajaba en la compañía, cuando todavía vivíamos en El Tigre.
-Mire licenciado- dijo uno, mientras los otros se miraban las caras entre si, probablemente haciéndose la misma pregunta – ¿Y qué hace aquí, cargando cajas en el súper, si usted es profesionista? ¿Por qué no está trabajando en la compañía del gringo? Seguro que ahí, en la oficina del gringo, le pagan más que en esta pinche tienda, si hasta en el C-Town de la calle 9 pagan mejor que aquí.

4
Cuando llegamos al Kennedy, ya papá tenía quince días en Brooklyn. El fue a buscarnos con los primos de mi mamá que viven por Parque López, perdón doctora, por Park Slope, es que mi hermana y yo siempre le decimos así, Parque López,  por echar bromas, y nos trajeron del aeropuerto para su casa, la de los primos de mamá. Ahí nos quedamos unos días: dormíamos en la sala, mi papá con mi mamá en un colchón inflable que recogíamos todas las mañanas, mi hermana en otro colchón, más pequeño, que también desinflábamos antes del desayuno, y yo en el sofá. Pero ahí estuvimos sólo unos días, porque al siguiente fin de semana ya nos habíamos mudado al apartamento de la casa de la señora Higgins.
El día que llegamos a Park Slope, apenas dejamos las maletas en la casa de los primos de mi mamá, papá nos llevó a comer por la Séptima Avenida, aquí mismo en Brooklyn, a un restaurant de comida peruana, no me acuerdo como se llama, uno que está junto al hospital, sí, ese mismo, uno peruano, aunque a mi el pollo asado me supo igual que el que vendían en la Intercomunal de El Tigre y en El Tigre nunca nos dijeron que el pollo asado era peruano. Al salir estuvimos caminando un rato, bajando la comida, viendo las casas, bien bonitas, hasta que llegamos al parque. Estábamos cansados del viaje, pero todo estaba bien bonito. Yo de lo que estaba pendiente era de los carros, había muchos modelos nuevos que no había visto en Puerto La Cruz, muchos que sólo había visto en las revistas de carros. Mamá y mi hermana sólo hablaban de las casas, de lo bueno que sería poder vivir en una casa así, como las casas que quedan cerca del parque, de Prospect Park, de lo bien que vive la gente con dinero, que cuánto costaría una casa de esas. Después de comernos unos helados que estaban buenísimos vimos el cine que está junto al parque, queríamos ir al cine, en el cine que vimos, el que está  junto a  la redoma,  ahí estaban dando la nueva de Harry Potter, que todavía no había llegado a Puerto La Cruz, pero papá nos dijo que nos tenía una sorpresa, que lo siguiéramos, que estaba cerca, a pocas cuadras de allí, que fuéramos antes de que se hiciese de noche, que otro día nos traía para el cine, pero a otro cine, a este mejor no, que ahí las películas eran sólo en inglés y no les ponían ni subtítulos.
Eran como las seis de la tarde, había bajado un poco el calor, pero todavía había mucha luz, y la gente – había bastante gente en la calle, menos que en la calle Libertad de Puerto La Cruz, pero bastante gente- caminaba solo por la acera de la derecha, a donde los edificios hacían sombra sobre la acera. Frente a la redoma, cerca del cine, estaban unas muchachas en pantalón corto sentadas en las mesas de afuera de un restaurant, Papá y yo nos quedamos viéndolas y nos reímos juntos, porque estábamos pensando lo mismo. En la acera de enfrente estaba un bar y desde la calle, a través de una vitrina que ocupaba casi toda la fachada, se veían cuatro o cinco personas gesticulando mientras alzaban las botellas de cerveza y brindaban. En las siguientes tres cuadras vimos a unos chinos que acomodaban frutas en la parte de afuera de un abasto, una peluquería, dos pizzerías, un restaurant chino, pequeño, no como los de Venezuela,  este sólo tenía una mesa y un mostrador y nada de dragones ni esas cosas, y también vimos una iglesia y una barbería y dos oficinas donde alquilaban casas. Lo supe porque tenían toda la vitrina llena de fotos de casas, con números de teléfono y precios. Pasaron varias señoras con un cochecito de bebé y mientras caminábamos por ahí nos pasó a un lado un autobús blanco, que se paró en la esquina, a subir y bajar pasajeros. Todo el mundo iba en sandalias, de esas de goma, y bermudas y pantalones cortos.
Seguimos caminando unos minutos más, cinco o diez como máximo, y comenzamos a andar por unas calles en donde ya no había negocios, ni gente, ni nada, sólo casas. Casas y más casas. Todas iguales, con el jardín enfrente o con una escalerita, directo sobre la acera. Y de repente, como quien no quiere la cosa, papá se separó de la acera por donde íbamos caminando y se acercó a la puerta de una casa, en una calle con muchos árboles, se metió la mano en el bolsillo, sacó una llave con una cinta roja y la sacudió para que la viéramos, mientras nos pedía que entráramos. Se quedó parado junto a la puerta y nosotros parados en la acera, viéndolo sin entender. Todos lo mirábamos a unos diez metros de distancia, como si se hubiese vuelto loco, le decíamos que siguiéramos, que nos devolviéramos para la casa de los primos, que estábamos cansados del viaje, que ya se iba a hacer de noche, dijo mamá. Entonces abrió la puerta con la llave que sacó del bolsillo y nos hizo una especie de reverencia. Era la casa de la señora Higgins.
Papá se había puesto a buscar casa desde que llegó a Nueva York, pero como no tenía plata para el alquiler, no se quería gastar lo que había traído, y aun no cobraba su primer sueldo, le pidió un adelanto al gringo de la compañía para pagar el mes de depósito y se lo dieron junto con el pago de su primera quincena de trabajo. El fin de semana anterior a nuestra llegada estuvo viendo varias casas y varios apartamentos y se paraba a ver en todas las vitrinas de las inmobiliarias a ver que conseguía. Comenzó viendo sólo en donde estaba durmiendo, por donde los primos de mamá, en Park Slope, pero pronto vió que era más barato por Windsor Terrace y era ahí mismo, al lado, a pocas cuadras, estaba más lejos del metro, pero también era bonito. Entonces fue a ver un apartamento que alquilaban cerca del parque, en una calle en pendiente desde donde se veía el lago del parque, bueno, en realidad no era un apartamento, era como un anexo, era el segundo piso de una casa, la casa de la Señora Higgins.

4.1
El día que salieron para la casa nueva no se querían ir. Pero cómo se iban a querer ir si la casa nueva era más pequeña, mucho más pequeña, sólo tenía dos cuartos, no tres como la de la señora. Y tenía un solo baño y la sala y el cuarto de nosotros eran casi la misma cosa. Pero les tocaba irse, no había más remedio. Eso decía papá, mientras le daba las gracias a la señora, que muy agradecido señora, que seguro nos seguimos viendo, que los muchachos van a venir a verla, si nos vamos a mudar aquí mismo, al lado, muy cerca, del otro lado del cementerio de Greenwood, si a lo mejor seguimos agarrando el metro por aquí mismo y hasta pasamos a visitarla de vez en cuando, que cuando necesite algo los muchachos seguro vienen a ayudarla, aquí le dejo el número de teléfono.
La renta del nuevo apartamento costaba bastante menos y como, después de la muerte del gringo, sus hijos no quisieron seguir con el negocio, que no, que no, que claro que había clientes, una empresa de New Jersey, pero los hijos del gringo no querían saber nada de eso, que para ellos siempre fue una locura que el viejo, en vez de irse a una casita en Tampa y retirarse tranquilo y dedicarse a pasear al perro en pantalones cortos y medias largas, se pusiese a gastar sus reales en montar una empresa de servicios petroleros, de análisis de no se que historias en unos modelos matemáticos que se hacían en las computadoras, a estas alturas, cuando lo que necesitaba era descanso. Así que los mandaron a todos, bueno en realidad no eran muchos, sólo tres, bueno, a todos para la casa, y papá, como pasaban los días y no salía nada y no había mucha plata, se puso a trabajar en el Key Food, ahí mismo, cerca de donde la señora Higgins, a donde íbamos a hacer mercado los sábados, aunque después que comenzó a trabajar ahí hacíamos el mercado en otro lado, más cerca del apartamento nuevo, del otro lado del cementerio.
En la casa nueva no cabían todas las cosas que habíamos comprado en IKEA para llenar el apartamento de la señora Higgins, así que le pedimos la camioneta prestada a Humberto, el del Key Food, sí, el que vive aquí a la vuelta de la esquina, sí, la azul, la Ford Windstar, y fuimos a llevarlas al depósito que el mismo Humberto le dijo a mi papá, que quedaba en New Jersey, cerca del puente que cruza desde Staten Island, que eran conocidos, que el depósito era de unos mexicanos, que él había trabajado ahí, que ahí se lo guardaban todo por poca lana, que si no le tocaba salir a regalar todas las cosas y a lo mejor luego luego le hacían falta.

4.2
No se si era porque la casa era muy pequeña, porque hacíamos ruido todo el tiempo, o porque no había forma en que todos estuviésemos adentro sin vernos la cara; pero a papá le dió por encerrarse en el baño. Decía que un momentico, que estaba leyendo el Village Voice, o que ya iba a salir, pero no salía, y a veces, si uno pegaba la oreja al hueco de la cerradura, lo escuchaba hablando, hablando solo, porque ahí no había nadie, no había más nadie sino él. Tal vez era porque le gustaba el baño. A mi me gustaba mucho el baño, sobretodo por el techo de vidrio que dejaba entrar la luz de la calle, por el techo de vidrio donde se veía correr el agua cuando llovía.
Primero pensamos que papá estaba mal del estómago, que el estrés pega primero por ahí,  pero cuando mamá comenzó a molestarse y llegó a abrirle la puerta con la llave de repuesto y a decirle que los muchachos tenían que bañarse, que ya era tarde, que por qué uno tenía que aguantarse las ganas de ir al baño, que qué le estaba pasando, que había un solo baño y no podía encerrarse ahí a leer el periódico, que si no sería que estaba fumando escondido o haciendo otra vaina, papá entonces no dijo nada, simplemente comenzó a llegar más tarde del Key Food, a llegar cuando ya habíamos comido, y decía que estaba haciendo horas extras, que el dinero no alcanzaba, que lo habían puesto a hacer el cierre en las computadoras y que no se podía ir hasta que no cerraran el súper, eso fue lo que dijo.
Pero yo lo vi el otro día desde la ventana de la casa. Estábamos en un cuarto piso, escaleras arriba, sin ascensor, el último piso del edificio, por eso era tan barato, y en la parte del apartamento donde dormíamos mi hermana y yo teníamos una ventaba que daba al cementerio. Como  a ella le daban miedo los muertos, que eso no era un parque, que eso era un cementerio, güillo, decía ella, señalando hacia Greenwood con los labios, pegamos mi colchón de la ventana y el de ella para el otro lado del cuarto. Y desde allí, desde mi colchón, de rodillas sobre las sábanas y con los codos en la ventana, lo vi, estoy seguro que era él.
Papá venía caminando desde el Key Food al final de la tarde y en vez de seguir por la calle derecho, bajando hacia la esquina de la casa, por esa calle larga que tiene de un lado la cerca del cementerio y del otro lado unos galpones y las puras paredes del edificio donde guardan los autobuses, en vez de seguir derechito por la calle, se metía en el parque, bueno, en el cementerio, se metía en Greenwood en vez de seguir para la casa. Al principio se devolvía hacia el norte, hacia la parte más alta del cerro, y se quedaba viendo el atardecer desde allí, donde está el monumento de los muertos que puso Brooklyn en la guerra civil, pero luego ya no volvió más para allá arriba, sino que venía y se sentaba frente a la casa, pero del lado adentro del parque, y ahí se quedaba sentado en la grama, rato, rato, un rato largo, se quedaba ahí solo, a veces viendo hacia la casa, a veces viendo hacia la calle, a veces se acostaba sobre la grama a ver el cielo, a ver los aviones pasar. A veces sin ver hacia ninguna parte.

5
Después de que el tipo nos dijera que el recibo estaba vencido, que no había nada que hacer, que allí lo decía, que solo respondían por las cosas hasta treinta días después del vencimiento del recibo, que nosotros ni habíamos llamado ni nada y ya teníamos dos meses sin pagar el depósito, nos quedamos parados un rato, sin decir nada.  Cuando habló fue para decir, vamos a buscar a tu mamá, vamos a decirle que se perdieron los muebles pero que nos pagaron el seguro, que nos vamos a IKEA a comprar otros nuevos, que vamos a comprar dos camas nuevecitas para ustedes.
Lo del seguro era puro invento, el tipo del depósito no dijo nada de eso, yo no lo escuché decir nada de eso, pero bueno, papá sabía lo que hacía. Yo no me iba a meter en eso. Llamamos por teléfono a la casa, para que se fueran arreglando, y volvimos a Brooklyn en un dos por tres, tarareando las canciones que ponían en la radio.
El regreso de Brooklyn hacia New Jersey fue otra cosa, había mucha cola y, además, en el camino comenzó a nevar.
Desde antes de salir de la casa ya estaban discutiendo, parece que a mamá no le gustó nunca lo del depósito y dijo que ella lo había dicho, que seguro ahí se perdían todas las cosas. Papá dijo que para vivir así era mejor irse y ella dijo que para dónde. Pero luego, en la camioneta de Humberto, no se dijeron más nada. Papa le puso el disco de tangos, le puso ese que dice volver y mamá se puso a ver a lo lejos, por la ventana, como la que no escuchaba nada. Siempre que peleaban, él le ponía ese disco, no se si porque a él le gustaba y ella no le dejaba ponerlo o era sólo para provocarla.
-¿Dónde nos perdimos?- dijo, con la mirada fija en sus muslos y la frente apoyada en el volante azul, desteñido.
Estábamos estacionados, con el motor y las luces intermitentes encendidas, en una orilla de la New Jersey Turnpike, en dirección al norte. La Ford Windstar de Humberto saltaba cada vez que pasaba un camión. Debíamos estar muy cerca del aeropuerto de Newark, porque los aviones volaban a muy baja altura sobre la autopista, compitiendo en ruido con los camiones que pasaban a toda velocidad, a apenas centímetros de donde estaba parada la camioneta.
Yo tuve que moverme hacia el centro del asiento de atrás para poder verlo bien, para poder escucharlo mejor. Se decían cosas. El seguía golpeándose la frente con el volante de la camioneta. También seguía sonando el disco.
Afuera comenzó a nevar de nuevo y los vidrios se empañaron rápidamente. Se escuchaban los camiones y los aviones, pero no se veía nada a través de los vidrios, solo una masa blanca, sólo las luces, luces blancas y también alguna amarilla o roja, de vez en cuando.
Entonces papá abrió la puerta y, sin decir palabra, salió de la camioneta y tiró la puerta con fuerza, sacudiendo parte de la nieve que se había acumulado en las ventanas y el techo. Froté el vidrió de mi ventana tratando de ver hacia dónde iba. Pegué la nariz a la ventana fría, mientras trataba de ver a donde estaba. Comenzó a caminar hacia el centro de la autopista. Esa fue la última vez que lo vi. Escuché las cornetas de los camiones. Escuché los carros frenando.
Mamá no nos dejó verlo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Tsunami

En mi época a este asunto se le llamaba maremoto y las escenas de estos últimos días no dejan de recordarme unas cuantas de los programas japoneses de televisión, de ultraman, godzilla, el robot gigante y compañía, que veía un servidor por las tardes, en blanco y negro, cuando llegaba del colegio a la casa de mis padres.



No importa si la cultura milenaria ha convivido con estos eventos durante siglos, no importa si la vinculación de un pueblo con estos fenómenos naturales es tan fuerte que impone un nombre en su lengua al resto del mundo. Parece que nada de eso importa cuando a la naturaleza le da por hablar.

A continuación, un cuento que escribí hace 24 años -ahórrense las cuentas, el escritor tenía 19, unos cuantos kilos menos y mejor cubierta la cabeza-, pero creo que viene bien con los temas de estos días. Está incluido en el libro El Cuarto Oscuro de las Revelaciones (1987),  y espero les guste.


EL CARNAVAL
Gonzalo Tovar Ordaz (1987)

 
Me estoy guardando para cuando llegue el carnaval
(…)
Quién me ve siempre
parado, distante,
creyendo que no sé bailar
me estoy guardando para cuando llegue el carnaval
Sólo estoy
viendo, sabiendo
sintiendo, escuchando
y no puedo hablar
me estoy guardando para cuando llegue el carnaval
(…)
Y el que me ofende
humillando, pisando
pensando que voy a aguantar
me estoy guardando para cuando llegue el carnaval
y el que me vea apenado en la vida
pensando que todo me da igual
me estoy guardando para cuando llegue el carnaval
(…)
Chico Buarque

 
        Los muchachos, que rieron de la broma hecha a mi costa y se burlaron cuando acepté pagar al guía, se retiraron de la mesa y se amontonaron alrededor mío, pegando la cara al vidrio de la cabina de teléfonos. Todos se enteraron de una vez. Finalicé la llamada y me volví hacia ellos, llevándome las manos a la cintura y sonriendo con cara de triunfo. Sé que brillaban mis ojos. Todos esperaban con expectación información más detallada de la que recién habían obtenido, más completa que la vaga referencia que recién había dado la prensa. Abrí de un golpe la puerta de la cabina y crucé el salón bajo una lluvia de peticiones y sobre las barajas que se habían volado de la mesa. “Si quieren saber algo, averígüenlo ustedes mismos”. No me digné, ni tan siquiera, a voltearme al hablarles, todo lo dije con la cara en alto viendo fijamente al frente, subiendo a saltos las escalares que llevan a las habitaciones. Todos subieron a tocar la puerta, a pedir a gritos, hasta que se cansaron, y salieron en busca del guía.
        Me asomé al balcón y gritando a todo pulmón le di las gracias por ser tan puntual. Inmediatamente respondió y su saludo retumbó por todo la casa, quebrando ventanas, partiendo vidrios, haciendo volar papeles. Apoyé los codos en la baranda y dejé caer la cabeza entre las manos. Me quedé un rato así, tocándome los lóbulos de las orejas y mirándole, mirando fijamente al mar. Ya no era blanco, ahora las olas rojas barrían la playa donde antes se jugaba pelota y dejaban marcas rosadas señalando su visita.
        Hace cuatro meses llegué en el autobús de la compañía de turismo. Viajaba solo, sentado con los zapatos puestos sobre el asiento y la maleta tirada al fondo. Siguiendo mi costumbre no abrí la boca en el camino y me limité a sacar la cabeza por la ventana, esperando el aire que nunca llegó. El hotel era una casa grande, blanca, sobre una gran duna de arena blanca, junto a un mar igualmente blanco. El mar muerto. Todo muerto. Desde el primer momento supe cuan cierta era la propuesta de la agencia de turismo: tranquilidad, tranquilidad, tranquilidad.
        Me dediqué, fundamentalmente, a dos cosas: jugaba a las cartas apostando tragos de ron, y salía, guiado por un muchacho que trabajaba en la cocina y como mandadero de los huéspedes, a recorrer los pueblos vecinos en los días de mercado, comprando cosas – casi siempre aparatos viejos y una que otra obra de orfebre – para adornar mi casa. Fue él, el guía, quien me dijo que conocía un lugar en la costa, ni muy lejos ni muy cerca, donde podía hablarse con el mar.
        Al principio me tomó por sorpresa, y me limité a creer que se trataba de alguna tradición. Algún mito o leyenda. Ya anteriormente había leído de la existencia de una historia similar que fue extraída de unos antiguos documentos descubiertos hace algunos años: todo el mundo ha oído hablar de los rollos del mar muerto. Pero la versión del guía sonaba más agradable: por las tardes me tiraba sobre la arena de la playa, con una cesta de comida y una botella de vino, a escucharle relatar cada una de las historias. Jamás quise pedirle que me llevara, temía perder todo lo que había logrado con el muchacho. No quería dejarlo ante la falsedad de su historia. Pero fue él quien me tomó la iniciativa de invitarme. Por una módica suma me llevaría a conversar con el mar.
        No tomé ninguna precaución para el día del viaje. Me levanté temprano, como siempre, y bajé las escaleras en silencio para no despertar a nadie. El guía me estaba esperando en la sala, sentado junto a la puerta de la cocina, por donde desapareció ante mi vista para reaparecer con una bolsa entre los brazos.
        Caminamos más de media hora por entre dunas de arena y cardones hasta que llegamos a una saliente que las mareas habían moldeado entre las rocas. El guía se acercó a la orilla y comenzó a llamar. Yo permanecí parado detrás. Comenzó de repente a moverse la superficie del mar y a sentirse una brisa suave. El guía se volteó hacia mí con una sonrisa enorme y dijo: “Aquí lo tienes”. La fuerza del viento había aumentado y comenzaba a oírse un susurro. El guía, arrodillado miró al mar; comenzó a hablar con voz fuerte y segura, y yo, paralizado por la sorpresa, empecé a oír al mar que le respondía balbuceando como un niño que aprende a hablar. El guía abrió la bolsa que había cargado desde el hotel y extrajo de ella una larga cuerda. “Voy a bajar un momento. No te molestes, quiere decirme algo en privado” me dijo y yo permanecí arriba, sosteniendo un extremo de la cuerda. El guía se dejó caer y se sumergió bajo el agua, mientras yo permanecí sentado sobre una roca, sintiendo la tensión en la cuerda, perfectamente extendida.
        Al entrar en el hotel sentí unas ganas enormes de detenerme en el salón, donde seguramente estarían todos ahogándose de cerveza y ron. Pero atravesé la sala sin hacer caso a las risas contenidas y subí corriendo a mi cuarto. Había oído a el mar. Y, definitivamente, no estaba nada muerto. Escribí cartas a todos mis amigos, relatando mi descubrimiento, pero ninguna llegó a salir de mi habitación: no es conveniente que lo tilden a uno de loco cuando ni siquiera se está presente para defenderse. Mandé a buscar una botella de vino blanco y me acosté a mirar el techo.
        A la mañana siguiente me paré de la cama tan temprano como me lo permitía una noche demasiado larga. Salí tratando de hacer el menor ruido. EL hotel parecía desierto, salvo por el guía, que me sonrió satisfecho desde la ventana de la cocina. Tenía el camino grabado en la mente, paso a paso, piedra a piedra, pero aún así tardé más que en mi viaje anterior: tres cuartos de hora, exactamente. Llegué a la misma saliente y grité: “Aquí estoy”, pero no obtuve respuesta alguna. Lo intenté nuevamente seis o siete veces sin obtener resultados. Comencé a desconfiar del guía. “Seguramente fue una trampa para quitarme dinero. Menos mal que retuve las cartas”. Por no dejar, caminé hasta la orilla y grité de nuevo: “Aquí estoy”. “Y que hay con eso” dijo. Una vergüenza enorme se apoderó entonces de mí, las palabras se me amontonaron en la boca sin poder salir. “¿A eso viniste, a quedarte parado como una estatua?” Levanté la cara un poco molesto por el tono en que me hablaba y dije: “Tú tampoco derrochas mucha agilidad”. Sentí entonces la súbita aparición de una corriente de aire que levantó una nube de arena y ramas. Sólo entonces comenzó a cantar El Carnaval.
Volví al hotel confiado en que el próximo domingo, poco después del desayuno, comenzaría el carnaval del mar muerto.