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viernes, 1 de junio de 2012

Viendo la prensa de Caracas desde Baja California

Leo, sentado junto a una mesa de la planta baja del refrigerado Hotel Fiesta Inn de Mexicali, en la agreste frontera entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América, una nota de la prensa de Caracas que da cuenta de la muy próxima fecha en la que el gobernador del Estado Miranda, en Venezuela, hará su inscripción como candidato a la Presidencia de esa República y, en consecuencia, designará como Gobernadora de dicho estado, uno de los más importantes por tamaño poblacional, nivel de actividad económica y visibilidad política, a la urbanista Adriana D Elías.

Hace sólo horas que el urbanista Matías Ramírez estaba sentado conmigo en esta misma mesa, huyéndole a los 44 grados centígrados que barren las calles de esta ciudad hermana en estética y escala visual con El Tigre y Anaco, dos cálidos rincones del oriente venezolano en los que alguna vez nos ha tocado ganarnos el pan, preparándose para tomar un avión rumbo a la capital mexicana, como escala en un viaje de trabajo hacia El Salvador.

Los tres, Adriana, Matías y un servidor, ocupamos en alguna oportunidad remota, que parece ayer pero ocurrió hace cerca de dos décadas, los tres escritorios del cuarto de atrás del Instituto de Estudios Regionales y Urbanos de la Universidad Simón Bolívar. O, para conocidos, allegados y afines, simplemente el IERU o "el instituto".

Ver la noticia en cuestión en la prensa - en realidad en la pantalla del ipad- me ha trasladado de inmediato a aquellos días de sueños amplios y recursos estrechos. Muchas veces hablamos, entre los tres, con la misma iniciativa con la que afrontábamos los proyectos laborales de entonces, sobre las posibilidades del futuro, sobre la visión de un porvenir que poco se parecía - a veces más, a veces menos- a aquel rincón del primer piso del edificio de Mecánica y Estudios Urbanos, poblado de escritorios y archivos de metal, sillas de semicuero y carteleras de corcho.

Porque sé de primera mano de los esfuerzos y sacrificios que ha supuesto para Adriana estar donde está, me produce una instantanea felicidad leer lo que leo. Se que es una suerte de "sueño realizado" (y al decir esto, estoy pensando en Onetti y no en el Miss Venezuela). Lo mismo puedo decir del Matías. Y sin embargo, siempre se pregunta uno, no sobre los demás, más bien sobre uno mismo, si uno hace todo lo que puede, si ha podido hacer otras cosas en todos estos años que vienen desde los primeros años 90s del siglo pasado, e incluso antes, cuando los fundadores de TDR Urbanistas coincidimos en la Universidad Simón Bolívar.

En una suerte de ejercio de la teoría de la relatividad, nuestras vidas personales han progresado en muchos aspectos y no así en otros, aunque creo que el balance está a la vista. Y sin embargo, el retroceso del país  diluye en parte esos avances personales, como el viajero que camina dentro de un vagón de tren que se mueve en el sentido contrario al del viajero.

Acabo de leer la prensa de Caracas y desde estas tierras lejanas es inevitable alegrarse por las noticias en la primera plana. Y los que leemos la prensa de Caracas, lamentablemente, no podemos decir eso cotidianamente. Es más, no lo podemos decir casi nunca.

Solo nos queda pensar, como lo hacíamos, reunidos en el cuarto de atrás del Instituto, que vendrán tiempos mejores.

Mexicali









viernes, 21 de octubre de 2011

En 1988 me fui de casa por primera vez (para Valerie, que cumplió años esta semana)

Corría 1988, estábamos viendo las últimas materias necesarias para terminar la carrera de urbanismo en la Universidad Simón Bolívar, esas que entonces se agrupaban todas bajo la etiqueta de "talleres de urbanismo" y que para aquellas fechas (a diferencia de hoy en día, cuando el término taller se aplica a un número mayor de materias de la carrera, distribuidas a lo largo de varios años del pensum) eran un síntoma de culminación inminente de algo, de cambio de status, eramos los que estábamos en los talleres, el lugar donde se reunian las distintas cadenas temáticas de los estudios y los estudiantes poníamos (o hacíamos el intento) en práctica todo aquello de la visión sistémica con la que se ensalzaba y a la vez se justificaba ante su entorno de "instituto tecnológico" el estudio del urbanismo como carrera de pregrado en la Universidad Simón Bolívar.

Los trabajos  de los talleres de urbanismo eran trabajos en equipo: se hacían en equipo y se presentaban en equipo. Como todas las cosas en la vida, las circunstancias en las cuales nos ocurren las cosas suelen ser la sumatoría de lo que somos y lo que hacemos a lo largo de un período de tiempo. Tambien ocurren otras cosas a nuestro alrededor sobre las cuales no tenemos control, eso que llaman el azar, y que tambien mete su mano para que las cosas ocurran de una manera en particular y no de otra.

Por la suma de muchas circunstancias propias y tambien por otros temas más propios del azar, a diferencia de otras personas, un servidor no tenía un equipo preestablecido cuando llegué a los talleres de urbanismo y terminé en uno, junto a Valerie Pérez Leray  y Mabel Penaloza, dos estudiantes de urbanismo que habían entrado a la universidad antes que yo y, por esa razón, no habíamos visto ninguna materia juntos, previamente, a lo largo de la carrera. Es decir, no nos conocíamos de antes. Adicionalmente, por provenir de cohortes diferentes de la universidad, nuestros horarios y materias en cursos - aparte de los talleres- no solían coincidir. Todo un reto de convivencia, al que se le sumaban los diferentes intereses de cada quien y las distintas circunstancias personales de cada uno de nosotros. No voy a gastar tinta en los detalles, voy a simplifircarlo diciendo que yo era a mis 21, si mal no recuerdo el número, un "carajito de su casa", haciendo equipo de taller con ese par de mujeres hechas y derechas.

Dado que nuestros horarios no coincidían, la única opción de adelantar algo del trabajo de los talleres era por las noches y ahí apareció el primer problema. Cada uno de nosotros vivía distante del otro: Mabel vivía con su mamá en Manzanares, en el extremo sureste de la ciudad; Valerie vivía en casa de unos familiares en Los Pomelos, en la subida de El Cafetal a Los Naranjos, y yo vivía en la casa de mis padres en Los Chorros, al noreste de Caracas. Unir aquellos tres puntos en las noches no era una tarea fácil, aún cuando el tránsito y la inseguridad en la Caracas de veintitantos años atrás eran temas menores en relación a la situación actual. Valerie no tenía carro, Mabel tenía un Renault con más golpes y abolladuras que piezas sanas y yo tenía el viejo Volkswagen blanco modelo 66, quer a pesar de sus achaques mostró ser más confiable que el carro de Mabel. Si la reunión era en mi casa, Mabel pasaba buscando a Valerie y venían juntas a trabajar; si la reunión era casa de Valerie, Mabel y yo nos íbamos en nuestros carros; si la reunión era casa de Mabel, donde no solíamos reunirnos (creo q sólo fuimos 1 o 2 veces), yo buscaba a Valerie y luego la dejaba de vuelta en su casa.

Era aparatoso e incómodo. También era improductivo, porque entre contarse los chismes - las desaventuras de Mabel con su novio de entonces solían ser un tópico fijo- y comerse la torta que, por ejemplo, mi madre invitaba para que "esos pobre muchachos no estuviesen trabajando hasta tarde con el estómago vacío" se consumía buena parte del tiempo disponible y el trabajo no avanzaba. Pero lo que puso en evidencia la insostenibilidad del modelo fue la poca confiabilidad del carro de Mabel: una noche, tarde, cerca de la medianoche, se quedó accidentada luego de dejar a Valerie en su casa y eso disparó los mecanismos para montar un plan B.

Los padres de Mabel, en proceso de separación, tenían una casa en Santa Fe, desocupada en remodelación, esperando por una próxima venta. El plan B consistía en mudarse los tres - Valerie, Mabel y yo- allí mientras terminábamos los talleres de urbanismo. Y eso hicimos, porque sin importar los horarios de cada quien, a la hora de la cena estábamos todos trabajando en nuestras entregas y a la hora de decir basta, tengo ganas de dormir, no había que salir a repartir a nadie, recorriendo media Caracas, sino sólo había que cepillarse los dientes y tirarse en una cama del piso de arriba.

Mis padres pusieron cara de no entender mucho cuando se los expliqué, pero antes de que comentaran algo, ya yo estaba saliendo de la casa de Los Chorros con mi almohada y mi cobija. Esa fue la primera vez que me fui de la casa de mis padres, así, como dice la canción de Serrat, aunque en realidad, la banda sonora de esa casa de Santa Fé no venía de España sino de México: Mabel y Valerie escuchaban día tras día y noche tras noche a Emmanuel, el cantante mexicano tan en boga por aquellos días de finales de los años 80s.





Emmanuel desapareció luego de nuestras vidas hasta que en estos días, luego de muchos años sin venir a Caracas y sin verlo en la televisión ni escucharlo en la radio, estuvo de paso por estas tierras. Quizas por eso sus canciones reaparecieron en las emisoras locales y me tropecé con una de ellas mientras llevaba a mi hija a una fiesta, casualmente cerca de Santa Fe. 

- Papá, ¿qué oyes?, por favor... me dijo Lucía, poniendo un gesto de asco en la cara.

Y entonces le conté que a su mamá le encantaba como cantaba y bailaba ese mexicano 20 años atras y que, además, el tipo le había puesto música a mi último año en la universidad, aunque era completamente incompatible con mis discos de Genesis, Yes y Pink Floyd.

- !Que horrendo!, ustedes tenían problemas... - me dijo.

Y probablemente sea cierto.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Pensando en Puerto La Cruz

Cuando sonó el teléfono, estaba  pensando en cualquier cosa, mientras manejaba a unos 120 km/hr en algún lugar de la Autopista Regional del Centro, rumbo a Maracay, siguiendo a un autobús que portaba en su vidrio trasero como seña de identidad, en grandes letras fosforescentes, "el regreso del invencible", con una tipografía de destellos azules y plateados, que destacaban especialmente sobre la carrocería del Bluebird, entre naranja y amarilla.

Contesté sin saber quién llamaba, pero aún con el aparato a mitad de camino entre el asiento de al lado y la oreja escuche una voz que era claramente familiar. Era Geli desde Puerto La Cruz.  Sin esperar a oir que me decía, comencé a imaginarme la letanía de problemas asociados a su reciente aterrizaje en la realidad nacional; pero antes que hablarme del alto costo de la vida, la falta de leche completa en los automercados, la delincuencia, los apagones o las cadenas presidenciales, me soltó, entre una suspiro largo, aqui estoy chamo, viendo esta maravilla, la bahía de pozuelos!  y de inmediato la imaginé, teléfono en mano, parada junto a la puerta del balcón de su apartamento de la calle Libertad, viendo el mar azul, las islas, los barcos y el Paseo Colón, con sus palmeras y sus carros, con el sol bañando todo aquello desde aquellas primeras horas de la mañana. Seguía en medio de la autopista, en algún lugar entre Las Tejerías y La Encrucijada, tratando de pasar al invencible retornado, pero mi cabeza estaba, para terror de la aseguradora, a 300 kilómetros de distancia, en la costa norte del estado Anzoátegui.

Puerto La Cruz desde el mar

Puerto la Cruz, y su vecina Barcelona, las capitales económica y gubernamental, respectivamente, del estado Anzoátegui, fueron siempre, en mi niñez, una referencia próxima pero desconocida. Siempre pasabamos por allí, pero nunca era nuestro destino. Casi todas las vacaciones ibamos a Margarita, a veces hasta por dos meses, y cruzábamos Barcelona y Puerto la Cruz para tomar el ferry en el Paseo Colón. Pero muy rara vez comiamos allí, rara vez hacíamos algo más que poner gasolina en la estación de servicios junto a la redoma, en la salida hacia Caracas. Pero con el fin de la adolescencia, la compra del primer auto, los primeros viajes en grupo y los primeros compromisos de trabajo, Puerto la Cruz se convirtió en un destino familiar, un lugar a donde se deseaba ir y se disfrutaba estar.

A finales de los años 80s y comienzos de los 90s Puerto la Cruz vivía una suerte de esplendor económico, que se mantuvo por lo menos hasta que el alzamiento de Hugo Chavez y la posterior caída del Gobierno de Carlos Andrés Pérez anunciara tiempos borrascosos por estas tierras. La industria petrolera venezolana había volcado importantes inversiones en los alrededores de la ciudad y en la ciudad misma, a la cual se habían desplazado desde Caracas las oficinas principales de Corpoven, una de las más grandes empresas filiales de Petróleos de Venezuela y, quizás más importante aún, se esperaban muchas más inversiones en los años venideros, junto a contingentes de profesionales y sus familias. La promesa de nuevas autopistas, servicios, viviendas y comercios se transformaba en un optimismo que contagiaba a quienes llegaban de visita. Los profesores de universidad con los que solía trabajar en aquellos tiempos hacían cuentas para retirarse en un apartamento con vista a la Bahía de Pozuelos o en una casita con acceso a un canal de Lecherías, mientras los asistentes de investigación del Instituto de Estudios Regionales y Urbanos de la Universidad Simón Bolívar descubríamos que los viáticos que pagaba Corpoven a la Universidad alcanzaban para almorzar como unos reyes, comiendo pasta con marisco en la terraza del Hotel Neptuno, viendo el mar y el cielo azul desde la última planta del edificio ubicado en una esquina del Paseo Colón, y aún sobraba algo para comprar revistas y caramelos en el aeropuerto.


Puerto La Cruz desde el mar

El primer proyecto que tuve bajo mi responsabilidad (porque al profesor que le tocaba coordinarlo solo -me estreno en la nueva recien aprobada ortografía castellana, nótese que solo no tiene acento- lo vimos el día en que fue a buscar el cheque de su paga; de hecho, lo borré de los créditos del informe final, con el visto bueno de quienes dirigían el Instituto) al terminar la carrera fue uno en Puerto La Cruz, pagado a la Universidad por Corpoven y en coordinación con el Lawrence Laboratory de la Universidad de Berkeley, de donde venían a revisar nuestro trabajo, que finalmente sirvió de base para un estudio de esa universidad sobre el consumo de energía en América Latina . Primero había que sectorizar la ciudad, lo cual me obligó a recorrerla para poder conocerla con detalle, lo que hice a bordo de un taxi, un Chevrolet Caprice Classic si mi memoria no me falla, que pagábamos por días, a cambio de recibos escritos en hojas de cuaderno, un servidor y un joven dibujante del Instituto, estudiante de los últimos años de la Carrera de Urbanismo, designado como asistente de campo para aquel proyecto, Matías Ramírez. Luego de pasarnos todo el día bajo el sol, conociendo los sitios interesantes y los barrios miserables de la ciudad, terminábamos siempre, en cuanto caía la noche, en algún restaurante o algun bar del Paseo Colón y sus alrededores, con una cerveza helada en la mano y pescados o mariscos sobre la mesa. Recuerdo especialmente un bar, regentado por un canadiense que había venido como turista y se había quedado por esos lares, ubicado en una calle transversal al Paseo Colón, más o menos al frente de donde Geli me sigue hablando, adonde podias tomarte un cerveza fría escuchando a Journey, Kansas, Saga, Boston, Queen, Fleetwood Mac o cualesquiera de los grupos de entonces.

Para la Segunda parte de ese, mi primer proyecto, había que caracterizar el consumo de energía en los hogares de cada uno de los sectores en los que habíamos fraccionado la ciudad, para lo que debíamos aplicar, con base en una muestra previamente diseñada con rigor estadístico, unas encuestas sobre tenencia de electrodomésticos y costumbres de uso, media hora de cuántos bombillos tiene en casa, señora, y cada cuanto tiempo enciende la lavadora doñita o de qué modelo es su refrigerador, tiene dos puertas o una? mientras le mostraba una tarjeta con los modelos de nevera más corrientes en aquellos días . Pero, luego de aplicar las pruebas piloto y corregir el cuestionario con base en esa primera experiencia, no era a mi a quién correspondía aplicar las encuestas, sino a un montón de encuestadores, seleccionados entre las más selectas "lumbreras" de la facultad de Ingeniería Civil de la Universidad de Oriente, todos con bastantes más años que yo y poca pinta de salir adelante en la vida, aunque quién sabe, a lo mejor alguno de ellos está dirigiendo este país. Siempre hay una razón para estar como estamos. A mi, lo que me correspondía en esta segunda etapa del trabajo, además de escribir los informes y presentar en Caracas los resultados, incluyendo una láminas en inglés patatero que le mostraba algunos sábados en el Ministerio de Minas e Hidrocarburos, en las torres de Parque Central, a los de Berkeley, era entregarles a los encuestadores cada semana un nuevo lote de cuestionarios y asignarles nuevos planos con zonas en las que debían trabajar; pero eso lo hacía en un dos por tres, a la sombra de un arból en la Plaza Bolívar de Puerto La Cruz, porque en cada uno de los viajes, que durante meses fueron casi semanales, ahora me acompañaba Jose Enrique, y la agenda apuntaba a irse temprano a Playa Colorada o a quedarse a esperar la noche, diluyendo el calor en el balcón de Geli, viendo el Mar Caribe desde la perspectiva de una buena empanada, pan, jamón y queso, cerveza Polar bien fría y, en las ocasiones especiales, las últimas botellas del Viña Sol, embotellado en España por las bodegas franco españolas, especialmente para el Bar Restaurant Asturias, Puerto la Cruz, Venezuela, como lo decía su etiqueta.


Paseo Colón, Puerto La Cruz

El aviso que anuncia la entrada en Maracay me sorprendió recordando las noches en la barra del Tío Pepe o el Parador del Puerto o el paté del Chic & Choc, que untábamos con pan escuchando a Víctor Cuica tocar el saxofón los sábados por la noche; los helados de la sede original de la 4D y de la Gelatería Milano y los dulces árabes de la pastelería del Paseo Colón, por los que tanta broma me echaron por aquel entonces, al punto de dejar de llamarme por mi nombre.

Geli ha terminado la llamada con la promesa de vernos antes de su regreso a España y yo, que estoy buscando donde estacionar en medio del calor de Maracay, sigo preguntándome cuándo realmente se jodió todo aquello, cuándo se perdió la magía, cuándo se acabó el espacio para el optimismo, cuándo Puerto La Cruz dejó de ser una fiesta, al menos para nosotros.

En estos días en los que, motivado por un par de presentaciones a las que se me ha invitado, he estado pensando sobre el significado de la palabra éxito, me he preguntado a mi mismo cuánto nos parecemos a lo que queríamos ser entonces, dos décadas atrás, sentados al sol en el balcón de Geli, en Puerto La Cruz. Soñábamos entonces con ganar 20 mil bolívares al mes (que eran unos 3000 dólares de entonces, más o menos el doble de lo que nos pagaba el IERU), cambiar el viejo Volkswagen blanco por un auto nuevo e irnos al otro lado del mar a estudiar lo que fuese, porque lo importante era viajar, no el motivo. Muchos de los sueños materiales de entonces, incluso alguno de los que sonaban más disparatados, se han cumplido; no puedo quejarme a ese respecto; solo es una pena que no pueda compartirlo con Pepiño y Bea, que eran parte importante de aquellos días de 1990.


Centro Comercial Plaza Mayor, Lecherías

Todavía conservo una carta de felicitación que me enviaron del Ministerio de Energía y Minas por los resultados de aquel, mi primer proyecto, y una copia de un libro de la Universidad de Berkeley, en el cual me agradecen - eso sí, en un pie de página en letra a prueba de presbicia-, a mi que entonces tenía 22 o 23 años, y me citan como autor de uno de los documentos en los cuáles basaban su investigación sobre patrones de consumo energético en América Latina. Dos de lo colaboradores de dicho trabajo -con los que sigo trabajando ahora, veinte años después- son los padrinos de mis dos hijas y gané una madre putativa que está pendiente de mi, aunque ahora viva casi todo el año en una callecita angosta de Gracia, en Barcelona, y no en la Calle Libertad, en Puerto La Cruz. 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Exito

He recibido en estos días una invitación a hablar en público, bajo el argumento "que usted es un urbanista exitoso y un ejemplo para los profesionales de este país", al cual he respondido amablemente, en medio de muchas dudas. Hace unos meses recibí una invitación parecida, de parte de los estudiantes de la Carrera de Urbanismo, que me puso a pensar durante varios días y me dejó no pocas incertidumbres, aún no resueltas. 

Lo primero que me vino a la mente cuando recibí la más antigua de las invitaciones se remonta a una anécdota de comienzos de la década de los años 90s.  La carrera de Urbanismo de la Universidad Simón Bolívar vívía años bajos en lo que a atracción de nuevos estudiantes se refiere. La mayor parte de la gran cantidad de estudiantes que habían entrado a la universidad en la primera mitad de los 80s ya había concluido los cursos o se había ido con sus ideas a otra parte, mientras en la segunda mitad de los ochentas, por diversas razones, algunas de las cuales no tenían que ver directamente con la carrera o con el urbanismo como disciplina,  el número de nuevos inscritos había mermado de manera progresiva y sostenida hasta ese eufemismo bancario de "las dos cifras muy bajas" al año, alcanzando su éxtasis un año en el cual sólo una persona se había inscrito para estudiar urbanismo. Ante tal situación, el arquitecto y urbanista Lorenzo González Casas, coordinador  de la carrera por aquel entonces, organizó un programa de presentaciones en los colegios de educación secundaria que solían aportar más estudiantes a la Simón Bolívar, en los cuales se divulgaba el contenido, justificación y virtudes de la carrera, virtudes que nos tocaba personificar a un profesor, un estudiante y a un egresado (yo, recien egresado entonces). Visitamos varios de los más renombrados colegios caraqueños, incluyendo el Santiago de León adonde yo había estudiado "toda mi vida" y el asunto de convencer a los estudiantes de secundaria que yo era un modelo de lo que ellos podrían ser en el futuro resultó más complicado de lo que pensaba inicialmente: un día iba en estricto traje y corbata, tratando de proyectar prosperidad y la vinculación a un trabajo de apariencia ejecutiva y recibía las quejas de unos estudiantes que se empeñaban en ver el perfil social del urbanismo y que no dudaban en acusarme de yuppie; otro día, reaccionando a la experiencia previa, iba de jeans y look sport y recibía el desprecio de unos estudiantes que querían una carrera donde al graduarse pudiesen "ganar bastante plata" e ir a trabajar vestidos como unos chicos de Wall Street en unas oficinas de lujo.


Campus de la Universidad Simón Bolívar, Valle de Sartenejas, Caracas

No se si alguno de mis performances de entonces convenció efectivamente a alguien de irse a estudiar urbanismo a la Simón, pero lo que si me dejó como enseñanza aquella gira era que cada quién definía el éxito de manera diferente.

Esa es la misma reflexión que he hecho ahora. Me piden exhibirme como modelo y uno no deja de preguntarse ¿modelo de qué? ¿qué es ser exitoso para unos estudiantes de urbanismo o para unos profesionales recien graduados de ingeniería o para unos líderes comunitarios? ¿cómo se define el éxito en estos tiempos de crisis moral, política y económica? ¿en qué estaban pensando quienes me invitaron?

El éxito puede tener varias dimensiones, que incluyen la prosperidad, la satisfacción y la felicidad, pero cada quién establece los indicadores de éxito en cada una de esas dimensiones. ¿cuánto dinero o bienes hacen que uno se considere próspero? ¿cuán satisfecho estamos con lo que hacemos y tenemos? ¿ qué tan feliz me siento con lo que he hecho en la vida, incluso con independencia de las otras dos dimensiones?

Recuerdo que uno de los argumentos en los que poníamos más énfasis para tratar de vender la carrera de urbanismo a los estudiantes de quinto de bachillerato era que los urbanistas podían trabajar en sector privado y ganar sueldos comparativos a los de cualquier ingeniero; hoy, si quisieramos enamorar a los estudiantes del último año de secundaria de los colegios privados más prestigiosos de Caracas, probablemente tendríamos que argumentar que hay muchos urbanistas trabajando fuera de Venezuela y que han sido exitosos en su transición laboral a otros países.

La situación del país, con toda su carga de incertidumbre, pesimismo y ablandamiento de la autoestima ciudadana, hace relativos muchos de los elementos que servían de pivote a esa imagen objetivo de nosotros mismos, que todos nos trazamos, con mayor o menor detalle, en algún momento de nuestras vidas. Tener la casa, la familia o el empleo soñado transmite poco sentimiento de logro si se percibe que se está en un permanente riesgo.

¿Con qué sueñan esos ingenieros recien graduados a los que quieren que les hable? ¿Con qué sueñan para sí mismos los estudiantes de urbanismo de la Universidad Simón Bolívar? ¿Coincidirán en algo con los sueños que teníamos al salir hace 25 años del Santiago de León hacia la Universidad Simón Bolívar? ¿Tendrán algo que ver con los que nos han acompañado estas últimas dos décadas de ejercicio profesional y familiar? Tal vez lo único en común sea que no dejamos de soñar, o tal vez no. Cuando tenga una respuesta les cuento.