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jueves, 18 de febrero de 2021

Centro comercial parte 4: La Barbería de Vito



La primera barbería de Víctor, el barbero italiano de la Avenida El Rosario de Los Chorros, estaba bajando las escaleras que están al costado sur del quiosco de periódicos del señor Lorenzo. Eran un par de pequeños locales, pintados de color pistacho, que servían de remate a ese pequeño patio que estaba como un metro por debajo de la acera oeste de la avenida, y en el cual nunca faltaban las botellas vacías. En el local a la derecha estaba el zapatero, con una máquina grande llena de cepillos, correas y piezas para las que nunca entendí la utilidad y un permanente olor a pegamento; en el local de la izquierda estaba Víctor, al que muchos llamábamos Vito, tal como él llamaba a su pequeña barbería, consistente en una sola silla de barbero y un par de sillas para la espera, el periódico del día y unas revistas y un espejo en la pared. Agarradas con los ganchos que fijaban el espejo a la pared estaban un par de postales de dos lugares de Italia que nunca llegué a identificar.

Víctor era entonces joven y más flaco que como lo conocimos luego y cuando iba a cortarme el cabello, alguna vez acompañado de mi mamá, que daba instrucciones sobre cómo era el corte que debía hacerme y dejaba pagados los 5 bolívares del servicio antes de retirarse dándome indicaciones de regresar a la casa al terminar, lo escuchaba hablar con los otros visitantes de la barbería de los planes que tenía para montar una barbería más grande en un lugar más transitado.

Aquel local olía a colonia barata que viene en frascos grandes de plástico, esas de olores cítricos que asociamos a las barberías de antes y sonaba, además de las conversaciones propias del lugar, siempre sobre futbol, política y noticias parroquiales, a lo que sonaba en una radio o a lo que se veía en un televisor pequeño a blanco y negro conectado a una antena de bigotes con accesorios de papel aluminio. En ese televisor vio Víctor los partidos de la selección de Italia en el mundial del 82 que se jugó en España y en ese pequeño local de la Avenida El Rosario celebró Víctor la victoria de la Azzurra en el mundial de naranjito cortándole el cabello gratis a todo el que pasó por su local al día siguiente.

Los sueños de Víctor comenzaron a hacerse realidad y se mudó a una barbería más grande, con varias sillas de barbero, en un local de la Avenida Principal de Montecristo. Hasta allá, a una media hora caminando desde la casa seguimos yendo a cortarnos el cabello más o menos cada mes y medio y aprovechábamos para comernos una empanada con un jugo en una lunchería que quedaba allí cerca o un cachito de jamón en la panadería que está en la esquina donde también estaba, cruzando la calle, la cauchera Estense.

Mientras estuvo en la urbanización Montecristo en los 80s por no sé qué historia inmobiliaria que nunca llegue a entender, pero de la que hablaba Vito cada vez que íbamos a cortarnos el cabello y que involucraba siempre abogados y tribunales y contratos y órdenes de desalojo y la posibilidad de quedarse incluso con el local, lo que al principio parecía la realización de ciertos sueños de prosperidad se convirtió en un conflicto de varios años que al visitar la barbería generaba cierta sensación de inestabilidad, de conflicto permanente y con el tiempo se convirtió en un desgaste que a Víctor se le notaba en la cara..

Sin mayores explicaciones, pasados unos años, Víctor volvió con su barbería, de nuevo modesta de una sola silla, a la Avenida El Rosario, pero ahora una cuadra más abajo de su ubicación original y en la acera de enfrente, un local blanco con un arco en la puerta, justo en la esquina antes de los antiguos depósitos del CADA. En esa época me llamaba la atención que Víctor también vivía en parte de ese mismo local, apenas separado por una cortina del espacio donde nos seguía cortando el cabello hasta los 90s, ahora con más peso y una barba poco poblada. No se hablaba ahora de grandes proyectos, pero se seguía hablando de futbol y política y de los personajes de la calle, mientras uno escuchaba el chasquear de las tijeras que pasaban junto a las orejas.

Cuando en octubre de 1994 me casé con Patricia, Víctor me cortó el cabello para la fecha en que me mudé de la casa de mis padres. Volví a su barbería pocas veces más luego de esa fecha. Como nuevo vecino de La Carlota comencé a frecuentar un sábado cada mes la Barbería Roma, frente al antiguo Centro Comercial Los Dos Caminos, donde otros dos italianos, mayores a Vito, recortaban entonces mi cada vez más escaso cabello y me daban unos masajes de quinina que,  aseguraban ellos, hacían que la cabeza se le oxigenara a uno, sea lo que fuese que eso quisiese decir.

Cada vez que volvía en los años siguientes de visita a la casa de mis padres veía a Vito en la puerta de su local o en la puerta de alguno de los locales vecinos, usualmente con una cerveza en la mano, pero con los mismos lentes de siempre y la misma barba de escaso cabello castaño. Ha envejecido con el sector y a veces da la sensación de que se ha empobrecido con él.

La última vez que me senté en su silla fue hace como 20 años. No había cambiado la silla donde me sentaba de niño y seguía viviendo tras la cortina. En la puerta del local estaban unas gaveras de cerveza.  Ya no se guardaban muchas formas. Pero allí sigue, o seguía la última vez que pasé por allí hace dos años y lo saludé desde la acera, hablando de futbol y política. 

Espero volver a sentarme en esa silla y a mirarme en ese espejo, aunque ahora hay poco que cortar en mi cabeza y estoy a varios miles de kilómetros de distancia. Ojalá pueda reconocerme a mí mismo al mirarme al espejo y decirle a Víctor, mientras me muestra la parte de atrás de mi cabeza con un espejo pequeño de mano, que todo está bien, que vamos a salir adelante, que vamos a volver a vernos pronto.

viernes, 5 de febrero de 2021

Centro comercial parte 3: El Auto Mercado El Centro

Toma Gonzalo Enrique – decía Carmen Victoria, mejor conocida como La Nena-  anda rapidito al abasto El Centro y me compras medio kilo de pulpa negra molida. Pero no la pidas molida, que después te venden pura grasa. Pídele al carnicero el medio kilo de pulpa negra y después que te lo pese, le pides que te lo muela y que no te la mezcle con otra carne.

Yo fui, a partir de más o menos los 8 años de edad, el encargado de los mandados en mi casa. Mandados que, con mayor frecuencia, eran al auto mercado El Centro, a cuadra y media de la casa; al kiosco del señor Lorenzo a buscar El Nacional y ocasionalmente la Gaceta Hipica; a la panadería de los italianos cerca de la transversal 9 de El Rosario; a la Farmacia La Estancia, frente a los depósitos del CADA; y todos los domingos en la mañana al sellado del 5 y 6 que funcionaba en la fuente de soda ubicada al lado de la farmacia, un local rodeado de rejas verdes de formas irregulares.

Métete ese billete en el bolsillo- me decía mi mamá al verme salir de la casa en pantalón corto, medias blancas  altas con dos rayas de colores y zapatos deportivos- no lo estés enseñando por ahí, fíjate bien, no lo vayas a botar y guarda ahí mismo en el bolsillo el vuelto cuando te lo dé el señor Manuel.

Manuel era el dueño del Auto mercado El Centro, tenía un socio, pero él era la cara más visible del negocio. Era un tipo amable, cordial, buena gente, con una expresión física que iba con esa descripción anterior.  Estaba siempre –pantalón de gabardina, camisa manga corta blanca o de colores claros- en la caja ubicada a la derecha de la entrada del local, enfrente de otra caja que solo se usaba ocasionalmente.

El Auto mercado El Centro no quedaba en la avenida del mismo nombre, sino en la Avenida El Rosario. Tampoco quedaba en el centro de esa avenida. Y su principal competencia, además de un par de bodegas apenas surtidas, era el Auto mercado Alegría, un local entonces oscuro y tristísimo. Ya saben que la coherencia sigue siendo una asignatura pendiente en esa ciudad que nos vio nacer, donde mi mamá trabajaba entonces, mediados de los años 70s, en El Llanito, una urbanización en la que todas las calles tienen pendientes como del 10% y hay que ponerles piedras acuñando los cauchos de los carros cuando los estacionas en la calle.

El auto mercado era un local rectangular que ocupaba la planta baja de un edificio de dos pisos, en cuya segunda planta había un apartamento y en cuya azotea alguna vez hubo una parra que subía desde la planta baja.  La fachada era enteramente de vidrio y encima había una superficie de metal corrugado pintado de azul claro, sobre la cual estaba el nombre del negocio. En el costado sur tenía una pequeña zona de carga, separada del resto del estacionamiento por una reja de malla ciclón, o como la llamaba mi abuela Emilia, “cerca de compañía”, porque fueron las compañía petroleras norteamericanas las que trajeron a Venezuela ese tipo de cerca, con tubos de metal y una malla de varas de metal tejidas, que luego fue muy popular durante la segunda mitad del siglo pasado. En la puerta había espacio para estacionar dos o tres carros, pero usualmente ahí estaba el Chevrolet Malibú de Manuel.

El Auto mercado El Centro era más ancho que profundo. La entrada era por el medio del local, entre las dos cajas. A la derecha había dos filas de estantes con productos y contra la pared al fondo a la derecha estaban las neveras donde iba a buscar los litros de Leche Silsa o Carabobo, la chicha El Chichero o los Rikomalt, los yogures Yoka, los Jugos Carabobo – cosa poco usual porque mi papá insistía en que eso no alimentaba, que eran pura agua con azúcar, que ni siquiera quitaban la sed-. En esas neveras también estaban las cervezas, las gelatinas y los quesillos y los refrescos fríos, la charcutería pre empacada Oscar Mayer, la margarina Mavesa en barras que mi mamá usaba para hacer las tortas en el asistente de cocina Electrolux y el queso crema Filadelfia, el mismo que cuando lo veía en el refrigerador de mi casa, hacía malabares para cortarle finas rebanadas intentando que mi mamá no se diera cuenta que desaparecía día tras día de la puerta de la nevera.

Contra la pared del fondo a la derecha, paralelas a la fachada del local estaban, primero, la nevera de la carnicería, y luego, a un lado, más cerca de las neveras de las bebidas, estaba la nevera de la charcutería, donde estaban los quesos y jamones. Encima de las neveras de vidrio estaban los cartones de huevos, que solían ser las compras más delicadas que me encargaban. Si uno corría mucho o saltaba por el camino de vuelta a la casa podía llegar con parte del mandado roto. Entonces se podía escoger entre huevos rojos y blancos, siendo estos últimos siempre más baratos por alguna razón que nunca llegué a entender.

A la izquierda del pasillo central había otras dos filas de estantes y en la pared al fondo otra, en la que estaban las escobas y productos de limpieza. En la esquina estaban las verduras que no necesitaban refrigeración y en el pasillo previo el papel sanitario y las servilletas. Junto a la caja a la izquierda de la entrada estaba la nevera de los helados Tío Rico, en la que iba a buscar los Batibatis de uva o colita o los Twist de mantecado, chocolate y un sirope de caramelo con reminiscencias de jarabe de fresas.

En el pasillo central, más corto que los otros por la presencia de las cajas, estaban las tortas del CADA, que venían envueltas en un cartón y, por arriba, un papel de celofán que impedía que uno le metiese los dedos a la generosa crema. También allí estaban las latas de los Carlton – mis preferidas- o de Paspalitos o Susis o Cocosetes, los caramelos y especialmente recuerdo unas camionetas combis Volkswagen de plástico que venían rellenas de Torontos y las bolsas con los caramelos de leche Kraft, que a comérnoslos se quedaban empegostados por todos los dientes y uno tenía que permanecer, durante largo rato, tratando de limpiárselos con la lengua.



Contra las fachadas de vidrio había estanterías más angostas que las interiores, en las que, del lado derecho del local, se colocaban los vinos, anises, rones y otras bebidas espirituosas. Del lado izquierdo del local esas vitrinas de la fachada tenían productos de limpieza.

En navidades Manuel nos regalaba siempre un calendario que mi mamá colgaba en la cocina de la casa y algún año incluso nos regaló una botella de vino. Con los años de ir tantas veces, si no me alcanzaba lo que me había dado mi mamá para la compra, Manuel me permitía llevarme los productos con la condición de volver minutos después a cubrir la diferencia.

Siempre imaginé que el Auto mercado El Centro era un negocio próspero, incluso cuando un par de veces presencié como señoras del sector le reclamaban a Manuel por los precios. Una vez una de ellas le dijo, en evidente tono de recriminación, delante de mí, que estaba pagando en la caja, que ella sabía que él “le ganaba a esos productos”, cosa que a mí a mis escasos 10 años de edad y con entrenamiento comercial en unos heladitos que hacía en el congelador de mi casa y que le vendía a mis vecinos, me parecía la cosa más normal del mundo, pero evidentemente no a la señora, que no entendía  la lógica elemental del funcionamiento de un comercio. Años después, a un gobierno que ya dura más de 20 años, se le ocurrió tratar a la economía venezolana con la lógica de esa vecina y por eso estoy escribiendo estas líneas desde la capital de otro país lejano.

El caso es que no imaginé que el auto mercado tuviese problemas y que por ello nos sorprendió cuando de una día para el otro lo cerraron  y tiempo después ocuparon su local con una venta de repuestos que, creo, dura hasta hoy en día. Nunca supe si fueron diferencias entre los socios, un aumento indiscriminado del monto del alquiler del local o la quiebra del negocio en sí lo que llevó a su cierre. Ya para entonces creo que estaba en la Universidad y mi mamá hacía las compras en el Central Madeirense de Los Ruices. Eran aún el siglo pasado.

Años después vi ocasionalmente a Manuel de visita por la zona, tomándose una cerveza en la puerta del Bar Nico, estacionando su Malibú junto a la mata de mangos a la entrada de la sexta transversal o conversando con sus antiguos vecinos enfrente al kiosco que fue del señor Lorenzo. Me gustaría volver a encontrármelo para poder decirle que yo era feliz dando vueltas por los pasillos de su negocio, el primer lugar donde me sentí, eso que llaman ahora “empoderado” – palabra fea que no se usaba entonces, pero de moda en estos tiempos más confusos-  por mi madre.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Centro Comercial parte 2/18: La Quincalla María

 


¿De dónde era la señora María?

Comencé a escribir estas notas sobre los comercios que quedaban cerca de la casa de mis padres a partir de hacerme esa pregunta y no encontrar en mi memoria la respuesta. Busqué varios días en mi cabeza, siempre en vano, porque probablemente nunca lo supe.

¿Era española?, ¿portuguesa?.... acaso  ¿italiana? o ¿venezolana…andina, tal vez?

Solía vestir de negro y blusa blanca y tenía ese tipo físico que comúnmente se asocia a las mujeres mayores europeas de mucho tiempo atrás, señoras de cuerpo ancho, cabello recogido, estructura fuerte y carácter a tono.

La Quincalla María ocupaba, cuando nos mudamos a la Paraguachoa en 1973, la esquina de la Avenida El Rosario y la Quinta Transversal, al costado de la casa de los Berlaty (donde vivía Noemí, entonces reconocida cantante de boleros, a quien veíamos en La Feria de la Alegría), por un lado, y por el otro, la casa de los Figarella, en cuyo muro exterior  se sentaban años después Toyo y Tato a ver pasar a los amigos, a los que se bajaban de las camionetas por puesto enfrente de la sexta transversal y a los que pasaban con su carro. El Bar Nico quedaba cruzando la calle.

Para entrar a la Quincalla María había que bajar dos escalones desde la acera oeste de la avenida El Rosario y cruzar una reja baja de hierro pintado de negro, siempre cerrada con un pestillo. La mayoría de las veces había que tocar un timbre para entrar, antes de poder cruzar una puerta de vidrio enmarcada en dos vitrinas, donde solían destacar los adornos de vidrio o porcelana y en navidades algún juguete. 

En la esquina había un poste de luz a cuyo lado colgaba un aviso luminoso donde se anunciaba en letras negras sobre plásticos blancos el nombre del negocio.

El espacio interno, con pisos de baldosas de granito blanco, negro y gris, era escaso, aunque multiplicado por espejos, y estaba totalmente aprovechado con vitrinas llenas de muchos productos, pero en las que el niño que era yo solo veía las cajas con trenes eléctricos marca Lima, las pistas de carrera de carros eléctricos, los carritos Machtbox o Marjorette, los paqueticos de discos de Viewmaster que prometían imágenes de esos países que yo no conocía. Incluyo llegaron a vender videojuegos en la época en que soñábamos con una consola Atari, que finalmente compré en Margarita a finales de los 70s y las figuras de la Guerra de las Galaxias, que exhibían junto a carros a control remoto marca Rico.



A la señora María la acompañó siempre una asistente, una muchacha bastante más joven, casi una niña cuando la conocí, aunque luego la vimos crecer hasta prácticamente hacerse cargo del negocio ¿sería su hija? no lo parecía, pero tampoco propiamente una empleada. Ella buscaba otra talla u otro color cuando mi abuela o mi mamá pedían algo y se quedaban, mientras tanto, hablando con la señora María, mientras yo evitaba ver los juegos de vasos de cristal de arques, los ceniceros de vidrio, los centros de mesa y los floreros checoeslovacos, las imágenes religiosas de madera, los pañitos tejidos, los collares de perlas de imitación, los accesorios para anotar los números de teléfonos o los muñecos de peluche o los zapatos Paseo, de los que una vez me compraron unos blancos, para concentrarme solo en aquello que me gustaba.

La Avenida El Rosario tenía dos quincallas, la de la Señora María y otra, de cuyo nombre no creo acordarme, ubicada dos cuadras más arriba, en la acera de enfrente, en medio de la panadería y la tienda de fotografía, pero a mí, que siempre fui el encargado de los mandados en mi casa, rara vez me pidieron subir esas dos cuadras, y muy rara vez subí hasta ese otro negocio, aunque era de mayor tamaño (y vendía más o menos los mismos productos que la Señora María).

Todavía tengo mi Viewmaster rojo y blanco, donde veía el mundo lejano en tres dimensiones. Mi hermano creo que tiene los trenes eléctricos Lima, los suyos, los míos y los nuestros. El local creo que derivó hace unos años en venta de lotería, no podría asegurarlo. No he bajado esos dos escalones entre la acera y la tienda desde hace como 40 años.

¿De dónde era la señora María? Ojalá alguno de mis antiguos vecinos pueda leer esta nota y me aclare esa pregunta que de niño nunca me hice.

domingo, 3 de enero de 2021

Centro comercial parte 1/18: BAR NICO



Desde siempre tuvo problemas de personalidad. Uno en el día, otro –supuestamente, a decir de Carmen Victoria- en las noches. Uno en el frente, a la luz del sol que lo alumbraba por las tardes desde el oeste, sin puertas  y a la vista de todos; otro en el fondo, a oscuras y sin ventanas.

Así fue siempre el Nico, dos en uno.

En la esquina de la 6ta. Transversal de la Avenida El Rosario, su letrero siempre apuntó a lunchería o restaurante, acompañado primero – en los tiempos en los que yo pasaba enfrente en pantalón corto y medias hasta debajo de la rodilla sorteando a los carros y motos subidos a la escasa acera-  por el logo azul y rojo de la Pepsi Cola, cuando esta hacía llamarse simplemente Pepsi , y luego con el color característico de la Coca Cola, ya en la época en que a lo largo de la Avenida El Rosario alguien se había encargado de llenarla de piezas de concreto que impedían, al mismo tiempo, que los carros se subieran a las aceras y que los peatones circularan con comodidad. También tuvo un letrero patrocinado por los cigarrillos Belmont, con sus colores blanco y azul. Pero, con independencia del letrero en la fachada, desde que nos mudamos a la calle lateral en julio de 1973, mis padres siempre lo llamaron Bar Nico, como todos los vecinos de la cuadra.

Cuando lo conocí tenía una fachada de cemento recubierto con pintura de aceite y una puerta santamaría larga, que al ser levantada dejaba ver una barra de acero, fórmica y vidrio, techo con figuras de plástico, taburetes giratorios de metal y semicuero y una máquina grande, roja,  de hacer café, a la derecha de la fachada.

Cuando a partir de cuarto grado de primaria el señor Amadeo cambió su microbús Mercedes Benz por un autobús Ford con el doble de capacidad y ya no pudo entrar a la estrecha calle donde vivíamos, cada mañana caminaba a 10 para las 6 a esperar el transporte escolar en la esquina de la Avenida El Rosario. A esa hora escuchaba subir la santamaría del Bar Nico, a esa hora a veces alumbrados por el poste todavía estaban algunos clientes de la noche anterior en la esquina.  

Los taburetes que hacían fila frente a la barra solían estar llenos al mediodía y en las tardes, ocupados por los obreros de los cercanos depósitos del CADA, de la fábrica de campanas de acero inoxidable que luego fue venta de muebles  o algunos otros que caminaban al mediodía desde Boleíta Norte buscando un lugar económico donde comer. Ahí paraba también algún vendedor ambulante de boletos de lotería y el hijo del señor Lorenzo, el del kiosko de periódicos que quedaba cruzando la calle.

En aquella barra servían en las mañanas arepas rellenas y empanadas, también sanguches de panes de aspecto seco y duro, jugos de naranjas recién exprimidas o cuartos o medios litros de jugo, chicha o ricomalt, que salían de una nevera localizada a la izquierda de la fachada, detrás del mostrador. Al mediodía podían verse unas sopas que salían humeantes de la parte de atrás del negocio, siempre con un aspecto viscoso, amarillento en la superficie, y algunos guisos con arroz, recuerdo servidos en platos plásticos – no desechables- de colores. Al final del día se veía poca comida en aquella barra, usualmente había gente bebiéndose alguna cerveza y fumándose un cigarro mientras uno pasaba rumbo al vecino de cuadra supermercado El Centro.

Algunas veces, aún de pantalones cortos y en función de mandadero de mi mamá, me aventuré a comprarme alguna chuchería o un cuarto de litro de jugo pasteurizado de frutas  buscando espacio entre quienes ocupaban los taburetes giratorios y alternaban miradas hacia la Avenida El Rosario con otras hacia los portugueses que administraban el negocio desde atrás del mostrador.

Los dueños siempre fueron dos, lusitanos ambos, uno flaco, otro más gordito. Uno de ellos estacionaba todos los días su carro al costado del bar, en la entrada a la 6ta. Transversal, antes de la puerta de la ebanistería de sus compatriotas, antes de la primera mata de mangos de la cuadra, en la acera de enfrente a la casa de los Delgado. En esa fachada lateral había una puerta de hierro que daba a la parte de atrás del bar, por la que sacaban las gaveras vacías de cerveza o por donde se asomaban a fumar hombres y mujeres mientras veían pasar los carros que subían o bajaban por la Avenida El Rosario.

Al costado de la barra de la fachada había una puerta  que daba al bar. En algún tiempo tuvo una puerta de vidrio, y en otra época una cortina de cuentas que colgaban y hacían ruido al ser cruzadas por quienes entraban o salían. Por ahí escuchaba salir la música, usualmente salsa y otros ritmos tropicales y, a veces, el sonido de las piezas del dominó cuando golpeaban las mesas.

Nunca crucé la cortina de cuentas. Siempre me imaginé el interior con rockola y mesas de pantry llenas de botellas vacías, con el piso de cemento recubierto de baldosas de vinil, con una barra oscura, con espejos en los que se reflejaban las mujeres que fumaban entre los obreros de la fábrica de Pan Puropán, que iban ahí a gastarse la paga de los viernes.

Alguna vez vino la policía a hacer alguna redada. También más de una vez vi a la patrulla de la PM parada en la esquina y a los ocupantes con una polarcita fría en la mano. Alguna vez se comentó en la cocina de mi casa que algún vecino más cercano a la esquina reseñó algún escándalo de la noche anterior, algún botellazo, algún cliente al que sacaban por no pagar.

Alguna vez me sobrepuse a la mala fama del lugar y me comí parado enfrente, viendo los carros subir y bajar por la Avenida El Rosario, mirando hacia arriba la Silla de Caracas, un helado – en algún momento de la historia vendieron Tío Rico- o una gelatina o un flan de los que venían en vasito plástico, con una tapa de lámina delgada de aluminio desprendible,  con un oso o una niña dibujada en el exterior.

En los alrededores del cambio de siglo a uno de los dueños – creo que quedaba el más bajo-le dio por remozar el local y recubrieron la fachada de tablillas de arcilla (de moda entonces entre los nuevos edificios de apartamentos), cambiaron las baldosas de las paredes del interior, eliminaron la fila de taburetes y renovaron los muebles. Así sigue.

 Recién he descubierto el interior más de 40 años después  a través de las fotos que alguien ha subido al internet. Hay dos televisores viejos para ver el futbol y las mesas tal como las imaginé siempre. No cabe mucha gente dentro. Estando a miles de kilómetros puedo escuchar la música y el ruido de las piezas del dominó al golpear las mesas.

El dueño tiene un carro viejo, uno con motor 8 cilindros americano, de la época en que el país era una potencia petrolera, que sigue parando al cruzar la esquina, junto a la pared lateral del negocio, cerca de la misma mata de mango. También tiene una pickup, creo. La máquina de café desapareció hace años, creo que en la misma época en que se fueron los taburetes. Antes se fueron los depósitos del CADA y las fábricas de Pan Puropán y de las campanas de cocina. De Boleíta ya no bajan obreros a almorzar. Mi madre hace tiempo que no menciona el lugar y mi padre ahora es hasta amigo del dueño, a quien los vecinos de toda la vida saludan como un miembro respetable de la comunidad.

 

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Paraiso


Para Víctor y Pierre


Víctor subió a la piedra grande, gris, a cuyo costado caía el agua como metro y medio hasta la poza de aguas oscuras. Puso los brazos apuntando al frente, respiró hondo, infló el pecho y se lanzó.

Nos juntamos en mi casa temprano en la mañana, cuando apenas comenzaba a aclarar el día. Mis padres dormían aún. No se escuchaba a nadie en la calle. Sonó el timbre y salí de inmediato por la puerta de la cocina, bordeando el carro blanco, grande, de mi papá, con mi morral colgando de un brazo. Me había parado muy temprano, todavía oscuro y, luego de vestirme, me senté en la mesa de la cocina a esperar a que los compañeros del colegio viniesen a mi casa y pudiese mostrarles aquel camino y aquel río del que les había hablado varias veces.

Las casas de mis amigos del colegio solían entrañar misterios, cosas para contar. Los objetos traídos de los viajes, las obras de arte, las antigüedades, las bibliotecas , los carros deportivos de los padres que no era común verlos en la calle. La mía, en cambio, era un libro abierto, seco, con apenas adornos y muebles, con todo a la vista, con poco o nada por descubrir. El cerro, al que en esa época subía casi cada fin de semana, muchas veces solo, alguna vez con mi vecino Luife, que subía y bajaba corriendo, cronometrando los minutos que tardaba en darse un chapuzón en el río y estar de vuelta en la Avenida El Rosario, era en cambio, mi misterio por ofrecer. Era como si mi casa, que quedaba a pocas cuadras de la montaña, se ampliara y tuviese vista sobre toda la ciudad y luego incluyera, a falta de otras amenidades, un anexo, un cuarto grande, verde, con sorpresas por descubrir detrás de cada árbol, detrás de cada sonido, por el que discurría entre las piedras un río de agua fría, oscura, un murmullo que baja a la ciudad. Y yo era el guía de aquel territorio por descubrir, era mi cerro.

Al final de la Avenida El Rosario, por la que apenas si pasaba algún carro a aquellas horas, compramos unos panes, unas garrafas de jugo de naranja y unos chocolates. Dos cuadras más arriba de la panadería cruzamos caminando por el hombrillo el túnel de la Avenida Boyacá que comunica con la Avenida Principal de Boleita y escuchando el eco de nuestras voces salimos al costado de la autopista, allí donde comenzaba el camino de tierra entre algunos árboles.

El cerro al principio es empinado, pero los que subían entonces por el Estribo de Duarte habían hecho caminos que permitían ir zigzagueando la ladera, por lo menos hasta donde estaba el monumento improvisado a los bomberos muertos.

Hay que dejar una piedra aquí – dije, mientras colocaba una piedra sobre la cruz – es una muestra de respeto por lo que murieron apagando incendios en este cerro.

Este primer tramo tenía unos arboles sembrados y vueltos a sembrar en los años cercanos, arboles parcialmente quemados que se empeñaban en volver a reverdecer, al menos parcialmente.

Pico Oriental desde el Estribo de Duarte


Mientras comenzábamos el segundo tramo, con más piedras y menos camino, con las laderas despejadas cada lado, sin árboles, precipicios a cada lado de la cumbrera por donde iba la trocha, conté la historia de los incendios que ocurrían cada año, bien por alguna colilla de cigarro dejada al costado de la autopista, bien por alguna botella olvidada en la montaña, la que actuaba como un lente y junto a los rayos del sol bastaba para prender el monte seco.

Pasamos el primer helipuerto, una terraza pequeña, cortada en la tierra rojiza de la montaña, en la que los días de incendios los helicópteros solían bajar o subir bomberos, en la que a veces recargaban agua de unos tanques de metal – australianos los llamábamos entonces – para lanzarla contra las laderas llenas de espigas amarillas y violetas..

Pasamos la torre del tendido eléctrico. La ciudad podía verse abajo, a lo lejos, silente. Ahora solo se escuchaba el viento contra la montaña. Ya estaban despejándose las nubes grises. Podía verse azul la piscina del Club Hebraica, la masa verde que envolvía a las casas de Los Chorros, Los techos grises de Boleita Norte. Tomamos algunas fotos, comimos alguna fruta y un chocolate. Hice algún comentario que parecía salido de los consejos de nutrición de las Selecciones de Readers Digest sobre la importancia del potasio cuando se hace algún esfuerzo físico y el por qué comer chocolate o tomate. Yo había llevado de ambos. Me llamó la atención el que Víctor llevase cada cubierto enganchado a un corcho, para que ninguna parte filosa pudiese hacer daño dentro de su morral. Me pareció tan sofisticado, yo los llevaba envueltos en una servilleta de papel.

Tardamos unos 45 minutos en hacer cumbre en el segundo helipuerto. Desde allí se podía ver desde Petare hasta el centro de Caracas y al fondo se distinguían algunas de las montañas cercanas a El Hatillo y la Universidad Simón Bolívar. Esperamos a Pierre, que tardaba un poco más en subir. La ciudad se estaba despertando abajo, pero yo tenía la sensación de estar caminando desde hacía muchas horas. Ya había salido el sol pero aún no desplegaba toda su potencia.

Desde el segundo helipuerto se sigue un camino más o menos llano, con barrancos a ambos lados, hasta el cruce con el camino que lleva a La Julia, hasta que nos adentramos en el bosque, por el camino a la izquierda y deja de verse y escucharse la ciudad. Y deja de verse el sol, salvo por los reflejos que se cuelan entre las ramas altas de los árboles, algunos de 20 metros o más. La trocha no tiene más de 30 o 40 centímetros de ancho, ya no es piedra sino barro, más o menos seco según hubiese llovido en los días previos, más o menos marrón según cuántas hojas o palos secos hubiesen caído y se hubiesen desecho. Un camino que cruza algunos hilos de agua, que sube y baja dentro de un bosque espeso, donde al costado todo es verde, denso. Cada murmullo, sonido, ruido, es una sospecha de un ser vivo, una serpiente, una araña, un roedor, un pájaro.

El camino tiene pocas bifurcaciones. Caminos que se juntan dentro de la montaña. Algunos tienen una tablitas de madera con los nombres. Cachimbo. La Julia. Ruta 77. Pico Oriental. En otros hay que apelar a la memoria. Yo soy el que conozco la ruta a Paraíso.



La quebrada Tócome queda al fondo de un pequeño cañón, donde se combinan rocas grandes, angulosas, con otras más pequeñas, redondeadas, como huevos gigantes. Las piedras son grises. La luz es verde. El agua es fría. El sol apenas entra bajo la copa de los árboles.A esta zona con una secuencia de pequeñas cascadas y algunas pozas de agua fría se le conoce como Paraiso. Ponemos los jugos a enfriar dentro del río, acuñados entre las piedras. Ponemos los morrales sobre unas piedras al costado de la poza. Nos quitamos los zapatos y hundimos los pies en el agua helada. Víctor sube a la piedra grande, gris, a cuyo costado cae el agua como metro y medio hasta la poza de aguas oscuras. Puso los brazos apuntando al frente, infló el pecho y se lanzó.

Cuando salió no veía nada. Se había lanzado al agua sin quitarse los lentes, redondos.

Buscamos bajo el agua durante al menos media hora, entre las piedras, entre las hojas, sin conseguir nada.

Nos bañamos un rato en el río. Comimos los panes que habíamos subido. Nos quedamos un rato viendo a los árboles moverse, escuchar los sonidos del bosque. Creímos escuchar a alguien que hablaba en alguno de los caminos que ve al río desde arriba.

Pierre y yo llevamos a Víctor agarrado del brazo todo el camino de regreso. Mientras regresábamos nos repitió varias veces que no veía nada sin lentes. Nunca le he preguntado si veía la ciudad cuando bajábamos, si veía los barrancos mientras lo llevábamos cuesta abajo. Siempre me pregunté, yo que entonces me jactaba de la vista de águila que ya no tengo, como vio Víctor aquel cerro mientras regresábamos, como se veía la ciudad desde arriba.

Caracas desde el Estribo de Duarte


Manchas de colores, quizás. Formas superpuestas, tal vez. Así también lo recuerdo yo. Recuerdo que aquella tarde el cielo era azul, el viento soplaba desde el este y la ciudad era un murmullo abajo, lejos. 

Tan lejos como ahora.. Teníamos 14 o 15 años.