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miércoles, 3 de febrero de 2021

Centro Comercial parte 2/18: La Quincalla María

 


¿De dónde era la señora María?

Comencé a escribir estas notas sobre los comercios que quedaban cerca de la casa de mis padres a partir de hacerme esa pregunta y no encontrar en mi memoria la respuesta. Busqué varios días en mi cabeza, siempre en vano, porque probablemente nunca lo supe.

¿Era española?, ¿portuguesa?.... acaso  ¿italiana? o ¿venezolana…andina, tal vez?

Solía vestir de negro y blusa blanca y tenía ese tipo físico que comúnmente se asocia a las mujeres mayores europeas de mucho tiempo atrás, señoras de cuerpo ancho, cabello recogido, estructura fuerte y carácter a tono.

La Quincalla María ocupaba, cuando nos mudamos a la Paraguachoa en 1973, la esquina de la Avenida El Rosario y la Quinta Transversal, al costado de la casa de los Berlaty (donde vivía Noemí, entonces reconocida cantante de boleros, a quien veíamos en La Feria de la Alegría), por un lado, y por el otro, la casa de los Figarella, en cuyo muro exterior  se sentaban años después Toyo y Tato a ver pasar a los amigos, a los que se bajaban de las camionetas por puesto enfrente de la sexta transversal y a los que pasaban con su carro. El Bar Nico quedaba cruzando la calle.

Para entrar a la Quincalla María había que bajar dos escalones desde la acera oeste de la avenida El Rosario y cruzar una reja baja de hierro pintado de negro, siempre cerrada con un pestillo. La mayoría de las veces había que tocar un timbre para entrar, antes de poder cruzar una puerta de vidrio enmarcada en dos vitrinas, donde solían destacar los adornos de vidrio o porcelana y en navidades algún juguete. 

En la esquina había un poste de luz a cuyo lado colgaba un aviso luminoso donde se anunciaba en letras negras sobre plásticos blancos el nombre del negocio.

El espacio interno, con pisos de baldosas de granito blanco, negro y gris, era escaso, aunque multiplicado por espejos, y estaba totalmente aprovechado con vitrinas llenas de muchos productos, pero en las que el niño que era yo solo veía las cajas con trenes eléctricos marca Lima, las pistas de carrera de carros eléctricos, los carritos Machtbox o Marjorette, los paqueticos de discos de Viewmaster que prometían imágenes de esos países que yo no conocía. Incluyo llegaron a vender videojuegos en la época en que soñábamos con una consola Atari, que finalmente compré en Margarita a finales de los 70s y las figuras de la Guerra de las Galaxias, que exhibían junto a carros a control remoto marca Rico.



A la señora María la acompañó siempre una asistente, una muchacha bastante más joven, casi una niña cuando la conocí, aunque luego la vimos crecer hasta prácticamente hacerse cargo del negocio ¿sería su hija? no lo parecía, pero tampoco propiamente una empleada. Ella buscaba otra talla u otro color cuando mi abuela o mi mamá pedían algo y se quedaban, mientras tanto, hablando con la señora María, mientras yo evitaba ver los juegos de vasos de cristal de arques, los ceniceros de vidrio, los centros de mesa y los floreros checoeslovacos, las imágenes religiosas de madera, los pañitos tejidos, los collares de perlas de imitación, los accesorios para anotar los números de teléfonos o los muñecos de peluche o los zapatos Paseo, de los que una vez me compraron unos blancos, para concentrarme solo en aquello que me gustaba.

La Avenida El Rosario tenía dos quincallas, la de la Señora María y otra, de cuyo nombre no creo acordarme, ubicada dos cuadras más arriba, en la acera de enfrente, en medio de la panadería y la tienda de fotografía, pero a mí, que siempre fui el encargado de los mandados en mi casa, rara vez me pidieron subir esas dos cuadras, y muy rara vez subí hasta ese otro negocio, aunque era de mayor tamaño (y vendía más o menos los mismos productos que la Señora María).

Todavía tengo mi Viewmaster rojo y blanco, donde veía el mundo lejano en tres dimensiones. Mi hermano creo que tiene los trenes eléctricos Lima, los suyos, los míos y los nuestros. El local creo que derivó hace unos años en venta de lotería, no podría asegurarlo. No he bajado esos dos escalones entre la acera y la tienda desde hace como 40 años.

¿De dónde era la señora María? Ojalá alguno de mis antiguos vecinos pueda leer esta nota y me aclare esa pregunta que de niño nunca me hice.

martes, 16 de abril de 2019

Apagón

La vida de los pueblos se hace en torno a las rutinas.

Cada día mi abuela Emilia, luego de almorzar en su casa de la calle San Antonio, dormía la siesta, trabajaba un rato en una máquina de coser Singer color beige, barría la casa, según estuviera llegando el agua regaba abundantemente las matas del corredor adornado con columnas panzonas de cemento y techo de tejas y caña brava,  y se bañaba todas las tardes con jabón de lechuga en un baño con piso de baldosas de cemento blanco y negro ubicado al fondo de la casa, rodeado de árboles de ciruela, uva grapette y pandelaño. Luego de espolvorearse con talco de olor, bañarse en Jean Naté y ponerse una bata limpia, Emilia cruzaba el corredor y la sala, empujaba una mecedora de mimbre afuera de la puerta de madera y se sentaba a ver pasar uno que otro carro, uno que otro vendedor de empanadas o de torrejas espolvoreadas con azúcar y a saludar a los vecinos que caminaban o montaban bicicletas por la calle. Así día tras día, hasta el anochecer, así hasta que se encendían las luces de los postes, unas luces amarillas, dispersas, que alumbraban unos metros alrededor de cada esquina, dejando espacio para la imaginación que ve personajes e historias entre las sombras de los árboles y las casas.

Mis padres nacieron en un pueblo del norte de la isla de Margarita con tres calles, que originalmente eran tres caminos que comunicaban con Juan Griego, Santa Ana del Norte y Pedro González. Es un pueblo sin mar formado en un cruce de caminos, caminos a los que comenzaron a construirle casas de bahareque y adobe a los costados e iglesia, capilla, dispensario y escuela, en lo que habían sido los hatos de un tal Suárez. Seguramente por eso los habitantes de este pueblo nacido en un cruce de caminos cercano a un pozo de agua no se identificaban a si mismos según el nombre oficial del poblado, Altagracia, lugar de los gracitanos, sino como hateros, los que son de Los Hatos.

Por distintas razones que no vienen al caso, mis padres no se conocieron allí, en ese pueblo que era de tres calles de tierra en el que todos sus habitantes se conocían, salvo mis padres, ni siquiera porque mis abuelos paternos y maternos vivieron a unos 300 metros de distancia unos de los otros, ni porque mi padre solía pasar rumbo a su casa, siendo un niño, muchas tardes por la puerta de la casa de mi abuela materna, Emilia, ofreciendo a la venta plátanos maduritos o cachapas calientes, que traía a lomo de un burro desde El Tamoco, una finca de mi abuelo, al pie de un cerro, cercano al pueblo vecino, la villa de Santa Ana del Norte, o simplemente El Norte, como lo llamaban los hateros de entonces.

A Los Hatos o Altagracia, lo dejo al gusto del lector, llegó un día de la primera mitad del siglo XX la electricidad, probablemente entre finales de los años 30s y comienzos de los 40s, no tengo la fecha exacta..a Juan Griego había llegado en 1928 y a Santa Ana en 1936, no había un sistema interconectado, solo plantas generadoras aisladas en cada uno de los pueblos que surtían una precaria red de alumbrado público y algunas casas, al principio solo por unas cuantas horas al día....para 1946, de acuerdo a un reportaje aparecido en la revista Fomento del trimestre julio-septiembre de 1947, Altagracia contaba con una planta eléctrica con capacidad para surtir 18,5 kw, lo que apenas era suficiente para encender unos 200 bombillos. Por eso, si alguien conectaba alguna plancha no era de extrañar que todos los que se usaban la red eléctrica del pueblo sintiesen un bajón en el servicio, un parpadeo en las luces, un estremecimiento de la claridad amarillenta. Mi padre me ha repetido varias veces la anécdota que cuenta que en oportunidad de inaugurar el nuevo servicio, el jefe civil se reunió con los vecinos para poner en funcionamiento la planta eléctrica con un discurso en el que se destacaba que aquel artefacto venía a hacer realidad el sueño de Bolívar cuando dijo aquello de "moral y luces son nuestras primeras necesidades..."

A partir de los años 40s, con el aumento de los ingresos petroleros, Venezuela emprendió diversos y sucesivos planes eléctricos, orientados al crecimiento continuo de la generación y distribución de electricidad en un país de creciente población y con afanes modernizadores. Así, cada década desde entonces Venezuela multiplicó su capacidad de generación y distribución de energía eléctrica y multiplicó el consumo per cápita en el país, hasta hacerlo el más alto de latinoamérica a  partir de la década de los años 60s. De esa manera, para los años 70s del siglo pasado todas las ciudades del país tenían una cobertura cercana al 100% y se había puesto en marcha un plan por el que todo centro poblado de al menos 15 viviendas -según me explicó alguna vez en la Universidad Simón Bolívar la profesora Amita Villegas, la primera mujer ingeniero eléctrico que trabajó en CADAFE y con quién trabajé en el IERU-USB- estaba siendo servido mediante su conexión a una red nacional que integraba a empresas privadas con empresas públicas.

En mi infancia, en los años 70s, los cortes del servicio eléctrico eran casi inexistentes en Caracas, a dónde estábamos la mayor parte del año, pero cuando viajaba a Margarita por vacaciones escolares, raro era que en un mes que nos pasábamos en la isla uno o dos días no nos tocase algún apagón, aunque no fuese muy prolongado. La isla duplicaba su población en época de vacaciones y no era raro algún incidente con el servicio eléctrico en el período de mayor afluencia de temporadistas.

El corte del servicio eléctrico era acompañado siempre por un murmullo que salía de las casas vecinas y se desplazaba por el aire, si la electricidad no regresaba de inmediato se imponía el silencio. El protocolo familiar de actuación en caso de apagón repartía las funciones: unos iban a desenchufar la nevera y el televisor, otros iban a buscar velas y fósforos en la cocina. Todos iban luego a sentarse en la puerta de la casa.

Emilia seguía meciéndose en la puerta de la casa viendo pasar a los vecinos que caminaban o pedaleaban por la calle San Antonio, ahora a oscuras, salvo por el eventual paso de algún carro y sus luces, salvo por el reflejo de la luna sobre la capilla y los árboles de la cuadra. A veces eran minutos, alguna vez se prolongó por una hora o más, pero nunca como el apagón que me reportan mis padres por teléfono  mientras escribo estos recuerdos, nunca una oscuridad tan larga, nunca una sombra que envuelve todo, nunca un silencio tan prolongado.

Aquí estoy sentado, en Lima, esperando a que llegue la luz a Venezuela.



jueves, 4 de mayo de 2017

Mis calles

Fotografía: tomada del muro FB Ciudad de Laberintos


Las escenas se muestran en la pantalla, una tras otra, el mismo día, la misma tarde, con solo segundos de diferencia entre una y otra, como cuadros en una exhibición:

Video 1

Voces en off. La pantalla muestra, a través de una ventana con rejas de un apartamento, según se mueva el teléfono que graba, ambos extremos de una calle, una calle ancha con una fuerte pendiente. En un extremo, a la derecha, arriba, tres o cuatro cauchos atravesados, algunas piedras, unos palos y varas de metal retorcido. Humo. Y gente, gente que protesta, que gesticula, que grita. Se escucha claramente un sonoro  "Maduro, coñoetumadre" mientras suenan las cacerolas en el ambiente. Abajo, a la izquierda, algunas motos y un grupo de personas que miran a los de arriba, a la distancia, escondiéndose en una estación PDVSA de llenado de gas para vehículos y tras el muro de una casa en una esquina. Desde esa esquina vigilan, se ponen rodilla en tierra, se acuestan en el piso, sobre la acera, y muestran las pistolas. Y suenan los disparos. Se les ve disparar varias veces. No se ven guardias, ni policías, solo grupos armados, sin uniforme, que disparan a los que protestan al otro extremo de la calle. Las cacerolas siguen sonando. Desde los apartamentos se escucha a los residentes gritar insultos a los que disparan y al gobierno de Maduro. La casa  de la esquina tiene un muro muy particular, con unos dibujos hechos con piedras, rematadas con bordes de cemento y líneas de pintura negra. Es la Avenida Tamanaco de El Llanito, esa zona de nombre irónico que no deja de bajar o subir en ningún momento.

Video 2

Hay confusión y varias líneas parabólicas blancas en el aire. Una masa de gente se agolpa, entre quienes quieren correr hacia atrás y quienes quieren ponerse al frente. Varios vehículos blancos lanzan chorros de agua y bombas de gas. Motos que dan vueltas, gente que corre. Líneas blancas que caen al río, río Guaire entre gris y marrón. Gritos. Al fondo, el Ávila no se ve, oculto tras una nube blanca, nube de gases que irritan, que ciegan, que asfixian. Personas que caen, gente que es golpeada. Objetos que vuelan en uno y otro sentido. Alguna llamarada fugaz. Gritos. Sirenas. Alarmas. La toma se hace desde las Mercedes, desde el borde de la Avenida Río de Janeiro. Las tanquetas blancas avanzan y retroceden. A un costado se ven, entre las nubes blancas, edificios y una escultura de Carlos Cruz-Diez. La toma se acerca y se aleja, a veces solo deja ver 2 o 3 personas que corren, a veces es toda una composición de árboles, río, autopista, edificios y montaña. Gritos y gases. En otro gesto de la ironía, a ese conglomerado de edificios y, ahora, de gases y gritos, se le llama El Rosal.

Video 3

Gritos remotos, escaleras vacías. Tragaluces en el techo, en un espacio a doble altura. Tiendas difusas detrás de una nube blanca que cubre todo el espacio.  "Hijosdeputa", grita una voz en off. Gritos lejanos, nadie baja por las escaleras con piso de granito. Es una escalera del Centro Ciudad Comercial Tamanaco, en la zona más antigua, la primera etapa. La cámara, probablemente de alguna tienda, por la zona donde hace años estuvo una agencia del banco Consolidado o una agencia de viajes de la American Express, hace la toma justo enfrente al final de la escalera, en la segunda planta. Pisos de granito claro. La nube blanca sube hacia los tragaluces. Gritos. Alguien que cruza corriendo la escena y baja por las escaleras, corriendo, con un pañuelo en la cara, un pañuelo que se sostiene con una mano mientras corre huyendo de las bombas, de los gases. Nube blanca dentro del edificio. Imágenes difusas de palmeras dentro de una nube. Gritos lejanos.

Video 4

Una moto arde en medio de la calle, una calle franqueada por árboles y edificios de apartamentos. Al fondo la entrada a una estación del Metro con la pared lateral sin terminar, decorada con una pintura. En otro plano la autopista. A un costado un portón de hierro, obras a medio construir. Guardias que corren, alejándose. Gritos. Jóvenes que cruzan la toma de la cámara, con la cabeza envuelta. "Coñosdemadre", gritan, dirigiéndose a los guardias que se alejan, bajando por la calle. La moto arde, acostada en el medio de la calle. Vuelan algunas piedras. "Vénganse, vénganse" dice una voz en off junto a la cámara, cámara que no se mueve, aunque parece pasan cosas a su alrededor, cosas que se intuyen pero no se ven. Voces que gritan, gentes que corren, humo, bombas lacrimógenas que caen, rebotando sobre el pavimento.

Mis calles

Mi mamá, la "maestra Carmen",  trabajó una buena parte de los años 70s dando clases de primer grado de primaria, enseñando a leer y escribir, en la Unidad Educativa El Llanito, ahora llamada Juan Bautista Castro, en la Avenida Tamanaco de El Llanito, una escuela grande construida en los 60s, que atendía a niños de las zonas de edificios y casas de clase media a su alrededor como a los niños de los muy cercanos barrios de Petare, como el barrio La Línea, ubicado a solo 3 cuadras de la escuela, al margen del río Guaire, ese río entre marrón y gris que llega allí luego de pasar junto a la autopista, esa autopista donde las tanquetas del gobierno lanzan gases a los que manifiestan pidiendo cambios. Allí, en esa escuela, acompañando a mi mamá en una fiesta, vi en un televisor en blanco y negro a Argentina ganar el mundial de 1978, mientras un público de "padres y representantes" portugueses, españoles, argentinos, uruguayos, peruanos, colombianos, venezolanos, celebraban un gol de Kempes mientras participaban de una verbena del colegio. A dos cuadras de la escuela, en una vía paralela a la Tamanaco, en la calle Terepaima, en la planta baja de un edificio que mezclaba comercios con pequeñas industrias, estaba el taller de latonería y pintura de Paco, un español emigrado a Venezuela en la postguerra, quien pintó de blanco mi VW antes negro, el vw del hijo de la que fue la maestra de sus hijos, y me ayudo a prenderlo empujado cuando fui a buscarlo al final de una tarde. Esa tarde, rumbo a mi casa, en mi vw blanco del 66, a mis 20 años pasé frente a la escuela donde había trabajado mi mamá, frente a la casa de la compañera de trabajo de mi mamá cuyas hijas bailaban en el ballet de Keyla Ermecheo y pasé frente a la estación de servicios que alguna vez conocí en los 70s como de la CVP y ahora era una estación de llenado de gas, al costado de una casa con muro blanco y dibujos hechos con piedras en su fachada, piedras delimitadas con cemento y lineas pintadas de negro, bajando al puente Baloa, allí donde El Llanto pierde su nombre para convertirse simplemente en Petare.

En esa misma época en la cual mi mamá trabajaba en El Llanito, mi papá solía ir los domingos temprano en la mañana al entonces nuevo Centro Ciudad Comercial Tamanaco, entonces el mayor centro comercial de América latina, con sus pisos de granito claro y sus escaleras con barandas forradas con alfombras con rayas de colores ocres. Al pie de la escalera del patio a doble altura de la primera etapa del centro comercial, al costado de unas fuentes de agua y palmeras, había un café donde los domingos en la mañana sellaban apuestas de carreras de caballos, adonde mi papá se reunía con sus amigos para pronosticar fallidamente los ganadores de cada tarde, mientras yo me comía cada semana un cruasán que escandalizaba a mi papá por su precio (5 bolívares) y me daba vueltas entre tiendas cerradas y pasillos vacíos de una ciudad que los domingos se despertaba tarde. Arriba, en la segunda planta, adonde comienzan las escaleras, había una tienda de ropa para hombres y una agencia de viajes, y a un costado Beco, la tienda por departamentos. Mientras mi papá leía El Nacional e intercambiaba opiniones sobre los caballos con sus amigos, yo miraba la tienda de equipos electrónicos de la esquina siguiente, la oficina de Viasa donde ofrecían viajes a Europa o distintos países de América, o la joyería cuya fachada de mármol oscuro enmarcaba una vitrina con relojes, collares y anillos. Encima de la escalera había unos tragaluces de plástico, a través de los cuales, conforme avanzaba la mañana, entraba la luz que aclaraba los pasillos más temprano oscuros y solitarios.

Cuando salíamos del Centro Comercial Tamanaco en el Chevrolet Caprice Classic 74 blanco con el techo de vinilo negro de mi papá no había una rutina fija. Alguna vez íbamos al mercado de Coche a buscar sacos de naranja o maíz, alguna vez íbamos a las caballerizas del hipódromo La Rinconada, algunas veces simplemente volvíamos a la casa, a la Quinta Paraguachoa, en Los Chorros.

Años después, cuando dejé la casa de mis padres en Los Chorros me mudé con Patricia a La Carlota. Luego, al poco tiempo, ya con Lucía, nos mudamos a Bello Monte, a un apartamento que compramos con un crédito que firmé en una oficina de banco, ubicada en un edificio de El Rosal, a un costado de la Autopista Francisco Fajardo, un edificio con una escultura de Carlos Cruz Diez en la fachada. Un edificio que vi construir al costado de una bomba de gasolina, un edificio que vi levantarse, con sus vidrios verdes, cuando pasaba caminando desde Chacaíto rumbo a Colinas de Bello Monte, a la casa de Patricia.

Colinas de Bello Monte, allí donde enmarcada por árboles, edificios y gritos arde una moto de la Guardia Nacional volteada en medio de la calle Miguel Angel, enfrente a la Carnicería Belmont, apenas metros más allá de la panadería Sabrina, a pocos metros de la agencia del banco Provincial, de la venta de accesorios para carros, de la entrada inferior del Centro Polo y de unas obras interminables del Metro, ahora seguramente paralizadas, luego de años de escándalos de corrupción y múltiples incumplimientos del gobierno, el mismo gobierno al que sostienen los guardias que corren.

Sí, esas que arden y gritan llenas de gases son mis calles, aunque solo las vea a través de la pantalla de la computadora, como cuadros en una exhibición. Mis calles y, más temprano que tarde, voy a volver a ellas.



viernes, 17 de marzo de 2017

Elogio del pan dulce

En una Caracas que entonces -al menos así la miraba yo, vestido con mis pantalones cortos por la rodilla y las infaltables franelas a rayas de colores que me compraba mi mamá en Margarita- funcionaba a una menor velocidad que la actual, una ciudad en la que iba del colegio Santiago de León, en La Floresta, a almorzar a mi casa en Los Chorros, en el autobús amarillo del señor Amadeo, y volvía en la tarde al colegio luego de jugar un mini partido de pelotica de goma con los Delgado, que vivían en la esquina de mi misma calle, la panadería El Rosario, el kiosco de periódicos del señor Lorenzo y el abasto El Centro fueron los primeros lugares de excursión a los que se me permitió ir por mi cuenta, usualmente a hacer mandados.

En esos días de los años 70s en los que mi edad apenas rondaba los dos dígitos, mi madre solía pedirme al final de la tarde, luego de verme llegar de la segunda tanda del colegio, y justo cuando me preparaba para poner en el viejo televisor marca Siera, con mueble de madera y tope de mármol gris, al Zorro, o Perdidos en el espacio, que fuera a la panadería a buscar un bolívar de pan sobado, una variante más suave del pan francés al que entonces llamábamos "de a locha", porque su precio de venta era a razón de 8 panes por un bolívar. Algunas noches el mandado consistía en pan y un litro de leche. Y en algunas ocasiones especiales, también, pan dulce.

La panadería en cuestión quedaba a unas cuatro cuadras de mi casa, saliendo por mi calle hasta la avenida y subiendo hacia el Ávila. La Panadería ocupaba la planta baja de una casa con frente a la avenida El Rosario, en cuya parte superior vivían los panaderos, de origen italiano. Tenía los muebles de madera oscura y un mostrador en forma de u, con tope de vidrio, separado de los hornos y la zona de amasado por unos muebles altos, forrados en su interior por laminado blanco, en los que se exhibían diversos productos. El techo del local tenía unas formas plásticas que intentaban simular cristales, tras los cuales se ocultaban las lámparas. Tenía, a la derecha de la entrada, una vitrina refrigerada para las tortas y los dulces fríos  y otra para los quesos y jamones y una máquina grande de hacer café, al costado izquierdo del mostrador. Detrás de la barra, donde solían estar los empleados junto a los dueños del negocio, incluyendo una señora grande y gruesa, la propietaria, estaban las neveras para los jugos, maltas, refrescos y la leche.

Ese era el prototipo de la panadería caraqueña, un local animado y decorado por la acumulación, donde se podía conseguir pan caliente, recién hecho, a distintas horas del día, y a la vez podía comerse cachitos de jamón, dulces, sandwiches, queso, embutidos, tomar jugos o comprar enlatados, cajas de cereal, unas baterías o una afeitadora.

No es común en el mundo ese modelo de panadería tan propio de Venezuela. No lo hay acá en Perú, donde escribo esto pensando en las noticias del día. Tampoco lo vi en España, Francia o Italia. Ni en Estados Unidos ni en ninguno de los países de latinoamérica por donde me ha tocado pasar. Alguna vez vi algo parecido en Portugal, esa mezcla de casa de abastos, panadería, pastelería, bar, café, charcutería, restaurante y venta de artículos de playa, donde la gente entra y sale o se queda allí para conversar con sus vecinos mientras come pan caliente o se toma un café expreso.

En las proximidades del cambio de década los propietarios vendieron la panadería de la avenida El Rosario a una familia portuguesa y meses después escuché a mi madre comentar que los anteriores dueños de la panadería habían muerto en el sur de Italia, en un terremoto que destruyó su pueblo, al cual habían vuelto solo meses atrás, luego de pasar más de 20 años en Venezuela (El terremoto de Irpinia, 23 de noviembre de 1980). Los nuevos propietarios también partieron al poco tiempo, convirtiendo la panadería en una venta de muebles que nunca tuvo mayor éxito.

Con la entrada en bachillerato en 1979 dejé de viajar en el transporte escolar y comencé a usar el transporte público para ir al colegio. Muchas veces regresaba caminando a la casa desde La Floresta solo para guardar el dinero que me daban para los pasajes (y gastármelo en idas al cine o en comprarme algún disco o libro). En ese tiempo comencé a caminar por todas las zonas que quedaban en los alrededores del camino entre mi casa y el colegio: Los Ruices, Los Dos Caminos, La Carlota, Sebucán, Santa Eduvigis, Los Palos Grandes y Altamira. También me aventuré algunos días a recorrer Chacao, Sabana Grande y el centro de Caracas.

Por allí por donde pasaba, las calles de esa Caracas de comienzos de los 80s estaban llenas de panaderías, cada una con su individualidad, pero todas compartiendo el modelo de la variedad y la acumulación como seña de identidad, todas con esos mundos paralelos alrededor de la maquina de café expreso, el punto de despacho del pan caliente y las neveras de los dulces o las bebidas. Con los años había menos panaderías regentadas por españoles e italianos y cada vez más por portugueses, pero los tipos de pan y dulces no respondían necesariamente a la nacionalidad del propietario, sino a esa amalgama de culturas que se había dado en las panaderías caraqueñas a lo largo de varias décadas.

Con el bachillerato comencé a ir al cine por mi cuenta y muchas veces, especialmente cuando asistía a los cines que temprano en las tardes daban funciones continuadas con un único boleto, como el Broadway o el Radio City,  pasaba antes de entrar por la panadería más cercana y entraba a ver la película con mi bolsa de panes dulces bajo el brazo. Y si no era antes de entrar al cine, a la salida, camino a mi casa, al final de la tarde o en la noche, pasaba por alguna de las panaderías del camino y caminaba luego hacia mi casa comiéndome los panes dulces que había comprado momentos antes.

Así durante años me hice visitante asiduo de la panadería de Los Ruices, que tiempo después fue rebautizada como La Gran Muralla; o La Rolls, en Chacaito, cuyo nombre hace referencia a que en su local funcionó antes la antigua agencia de los elegantes autos ingleses; o la Flor y Nata, cerca de la Plaza La Candelaria; o la Carmen, Aída, la Ducal o la Pan 900 en Sabana Grande; o La Flor de Altamira, por la que solía pasar cuando iba a los talleres del Celarg, a una cuadra de allí; o La Flor de Castilla, por la que pasaba a veces, a la salida del colegio, al sur de la Plaza Altamira; o la Edelways o la Tívoli, en Las Palmas, por las que pasaba cuando iba al Cine Prensa; o la Río de Oro y la panadería del Centro Comercial Humboldt en Prados del Este, en las cercanías de casa de Viena, o la memoria remota de la panadería Suiza en San Bernardino, enfrente de donde me llevaban al médico mis padres de vez en cuando o en las proximidades de dónde llevábamos a Lucía al pediatra; o la Rocarena y la Doris por los lados de La Carlota; o la panadería El Placer, en la urbanización del mismo nombre, a la que iba cuando estudiaba en la USB; y Las Colinas (luego Punto Ideal) o la Magdala o la Sabrina, en Colinas de Bello Monte.



Hoy, sentado lejos de Caracas,  en Lima, y escondiéndome de un calor que abruma, leo en la prensa que se llevaron preso a alguien en una panadería venezolana por usar la harina para hacer cachitos de jamón y pan dulce y no he dejado de pensar en toda la mañana en la larga lista de panaderías que visité en mi vida y la cantidad de veces que me desenchufé del mundo, camino a mi casa, pateando latas por la calle, comiéndome los cuatro panes dulces que había comprado en alguna panadería minutos antes. La explicación para tan absurda situación no es otra que la misma que explica el caos de la vida cotidiana venezolana de estos tiempos. El gobierno, en otro de sus arrebatos de ignorancia, incapacidad y mala fe voluntarista, declara la "guerra del pan" para acabar con otra de las señas de nuestra identidad, ignorando que son sus políticas económicas, su torpeza y su mala fe las que generan la escasez y no los panaderos caraqueños, esos que desde que era niño madrugan para que temprano en la mañana tengamos pan caliente y en las tardes panes dulces.

Quedará solo el circo, por lo visto.


jueves, 15 de enero de 2015

Ricardo Armas Fotógrafo

Ricardo Armas es, además de fotógrafo, mi cuñado y mi amigo, y cuando, hace un rato, Linkedin me preguntó si quería hacerle una recomendación, se me ocurrió que a esta hora, cuando ya los pasillos de la oficina está vacíos y se ha hecho oscuro en Lima, era mejor recomendarlo por aqui. 

Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.

Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué. 

En fin, esto es lo que hay.









































lunes, 25 de febrero de 2013

explicando la inflación, o la economía sentimental

Mientras venimos en el carro desde el colegio hacia la casa, en plena hora del almuerzo, en la hora de las colas y del calor de la exsucursal del cielo, en el programa de la radio un economista habla de la inflación y de las diferencias entre las cifras oficiales y la percepción de los ciudadanos de a pié. La devaluación de la moneda, un mal endémico que vuelve a repetirse por enésima vez en las últimas tres décadas es un tema de portada en todos los periódicos del país. Diego -mi hijo de 8 años- me pregunta algo sobre el tema que comentan en el programa, pero casi de inmediato pide que le baje el volumen al radio y que mejor nos dediquemos a algún otro asunto más interesante, como las navidades o la posibilidad de ir algún día a conocer el parque de Disney en Orlando.
 
Pero yo, en medio de las colas de los padres que buscan a sus hijos en los colegios de Las Mercedes - a medio camino entre la escuela de mis 3 hijos y nuestra casa- me quedo pensando en cómo explicarle lo de la inflación a un niño de 8 años y que se entienda el enorme cambio que hemos vivido quienes hemos estado en estos lares las últimas décadas.
 
Lo primero que hay que explicar es que los precios de antes no eran iguales a los de ahora, que nuestra moneda ha extraviado 3 ceros en un intento vano de restarle dramatismo a la pérdida de poder de compra de esos papelitos en los cuales los héroes patrios y algunas especies animales características del país son manoseados sin descanso, a la par que devaluados. Y aclarado lo anterior, traté de explicarme haciendo un repaso de los precios asociados a los hechos trascendentes de la vida de uno.
 
Mis padres compraron su primer apartamento, en el edificio Issa, de Santa Bárbara a Canonigos, en el centro de Caracas, en los mediados años 60s, por la suma de unos 80.000 bolívares, es decir, 80 bolívares de los de ahora, más o menos lo que le daba a Lucía, la mayor de mis hijas, para ir a ver una película al cine hace unos seis meses atrás, porque ahora con menos de 100 no se conforma, ni porque alguno de sus amigos le invite la entrada.
 
Cuando yo era pequeño, mi papá compró un terreno de 11.000 metros cuadrados en la isla de Margarita pensando en algún día construir una casa que nunca hizo, por 3500 bolívares de entonces, es decir, 3,5 bolívares de los de ahora (iba a usar la denominación oficial, Bolívar Fuerte, pero en un ataque de pena con risa me he detenido a tiempo de hacer en ridículo) lo que yo acabo de pagar por una hora de estacionamiento.
 
A mediados de los 70s, en la misma época en que compró el terreno de Margarita, Papá bajó desde Caracas al mercado de La Guaira en su Chevrolet Caprice 1970 color vinotinto a buscar unos pescados y, luego de encontrarse con un familiar que tenía un carro nuevo y acompañarlo al concesionario Veneauto, que funcionó durante muchos años en la Avenida Soublette, frente al mar, regresó a la casa con el pescado y un flamante Chevrolet Caprice Classic color blanco con techo de vinil negro modelo 1974 que costó la pequeña fortuna de 40.000 bolívares, es decir, menos de la mitad de los que costó anoche una pequeña caja de pastas secas en la panadería que Teresa, mi menor hija, debía llevar hoy a una fiesta de navidad en su colegio.

Un año antes del evento del cambio de carro, mis padres habían decidido mudarse del apartamento en el edificio Issa a una quinta en Los Chorros, por la que pagaron entonces 165.000 bolívares, es decir, lo que me costó hoy un helado familiar y unas galletas que compré para la misma fiesta colegial en cuestión, pero ahora como aporte de Diego, mi otro hijo.
 
Cuando terminé el bachillerato, a mediados de los años 80s, las mensualidades del Colegio Santiago de León de Caracas alcanzaban, más o menos, los 700 bolívares, es decir, 0,70 bolívares actuales, un monto insignificante al punto de caer dentro del carro sin justificar mucho esfuerzo en su búsqueda. Cuando entré a la universidad algunos de mis compañeros de clases me señalaban porque recibía de mis padres una mesada muy generosa para pagar el transporte y los almuerzos, unos 25 bolívares diarios, cifra para la cual hoy no hay moneda tan pequeña en nuestro cono monetario.
 
Todavía en los años 80s el cine comercial costaba 10 bolívares por función y en la Cinemateca Nacional pagábamos 4 bolívares los estudiantes, cifras para las cuales tampoco hay hoy moneda de tan baja denominación para pagar con exactitud. Con el premio de la Bienal Pocaterra completé el dinero para comprar mi primer carro en 1988, un VW escarabajo que me costó 20.000 bolívares, lo que vale hoy una empanada y un jugo en la cantina del colegio de mis hijos.
 
Cuando terminé la carrera, hace poco más de 20 años, cobraba a la Universidad Simón Bolívar como investigador la cantidad de 11000 bolívares por mes, es decir, menos de lo que cuesta hoy un cachito de jamón en la panadería de por mi casa. Cuando me fui a España a hacer el postgrado me llevé la pequeña fortuna de 80.000 bolívares, que había ahorrado luego de tener hasta tres trabajos en simultáneo y  casi ningún gasto, como corresponde a un señorito recien graduado que vive en casa de sus padres. Aquellos bolívares, que entonces equivalían a 160.000 pesetas, no alcanzan hoy para comprar una entrada para el cine.
 
Compré mi primer auto nuevo en 1992, a mi regreso de España, un Fiat Uno motor 1.6 con el que salí flamante de una agencia que quedaba en la Avenida Principal de Las Mercedes. Ya la inflación y las devaluaciones comenzaban a hacer estragos, pero aún así aquellos 525000 bolívares de entonces no alcanzan hoy para comprar los dos cartuchos de la impresora de inyección de tinta de mi casa.
 
Patricia y yo nos casamos en 1994 y nos mudamos a un apartamento en La Carlota por el cual comenzamos pagando 45000 bolívares al mes, es decir, lo que hoy compra 20 fotocopias en la papelería que está junto a mi oficina. En 1997, hace solo 15 años, compramos nuestro anterior apartamento de Bello Monte por 25 millones de los de aquellos días, dinero que ahora solo alcanza para pagar el seguro de un año de los autos de la casa. En esos mismos años finales de los 90s compré un Renault Twingo que costó poco más de 5 millones de bolívares de entonces, y por el cual pagué una inicial de 3 millones, una cantidad que hoy no alcanza para pagar el mercado quincenal que hacemos en la casa, y el cual languidece a los 10 días ante las quejas de la falta de pan de sandwich o de jamón o queso.
 
Siempre he sido aficionado a las plumas fuente. Escribo con plumas fuente desde que estaba en primaria, porque tuve la oportunidad de usar las que mi papá no usaba y quedé enganchado con ese vicio. A comienzos de la década pasada compré una Montblanc Boheme con plumín de oro blanco y apliques de platino por 165.000 bolívares, dinero resultante de haber culminado un trabajo. Con ese dinero hoy en día puedo pagar una lavada del carro de la casa, eso sí, sin ser muy generoso en la propina a los muchachos encargados del secado del vehículo. Tambien podría pagarme un corte de cabello en una barbería de medio pelo en Sabana Grande, no en esas, más caras, que se ubican en los centros comerciales.

Estoy llegando a mi casa, dejando atrás las colas, y escucho a un diputado decir flamantemente y que sin se le arrugue una sola pestaña que no entiende por qué tanto ruido por una devaluación del 46%, si su abuela nunca vió un dolar y fue absolutamente feliz durante toda su vida. Me imagino que su padre, el hijo de la señora que nunca vió un dolar, no se tomó el trabajo de explicarse que es eso de los que hablan tanto en estos días nuestras radios.
 
 
 
 

miércoles, 11 de abril de 2012

Alguien me debe algo

La noche de aquel 11 de abril y las primeras horas de la mañana del día 12 inmediato siguiente tuvieron en común las llamadas -nacionales y provenientes de otras tierras- que iban y venían en búsqueda de información y aprovechaban para dar la felicitación por el cumpleaños, con la argumentación, tantas veces repetida que parecía coordinada previamente entre familiares y amigos, según la cual mi regalo por los 35 que cumplía un servidor ya me había sido dado, con gran generosidad: el inminente cambio de gobierno.

Aquel día 11 habíamos caminado, primero desde la casa de mis padres en Los Chorros hasta el Parque del Este (siempre en compañía de Patricia, de mi hermano y María Gabriela, mi cuñada, quienes por aquellos días recien estaban aclimatándose de nuevo a estas tierras luego de haber vivido los 4 años previos entre Canada y España); luego ya como parte de la marcha hasta el Cubo Negro de Chuao (en donde todavía me veo acostado en una isla de la autopista, viendo el sol que brillaba esplendidamente aquella mañana, comiéndome un raspao y escuchando al gentío gritar " a Miraflores, a Miraflores"); y finalmente, hasta la Avenida Baralt, en donde, luego de una lluvia de bombas lacrimógenas provenientes de las oficinas del Ministerio del Ambiente (siempre me pareció esa una metáfora perfecta, no podía haber sido desde otra dependencia pública...) tomamos la decisión de devolvernos justo cuando comenzamos a ver a nuestro alrededor gente ensangrentada, que llebaban cargada hasta las jaulas de la Metropolitana, que arrancaban picando caucho con destino desconocido a pocos metros de nosotros.

Quizás por la frustación derivada de los eventos posteriores, quizas por el casancio producto de tanta caminata y tanta gritadera para unos insubordinados amateur, quizas por el pesar que produce el pensar - mientras veía por televisión la bufonada de Carmona y las idas y venidas de la información- que nos merecemos como país todo lo que nos pasa, jamas pedi compensación alguna por aquel engaño, por aquella oferta fraudulenta. Como regalo de mi cumpleaños 35 escuche repetidas veces que había recibido un nuevo comienzo, la esperanza de un nuevo país, la oportunidad de enmendar la dirección, la posibilidad de un futuro mejor. Y mañana voy a cumplir 45 echando en falta, 10 años despues, semejante regalo, que sigue sin materializarse.

En estas fechas estoy pensando que alguien me debe algo, y con 10 años de intereses.


lunes, 24 de enero de 2011

23 de enero: fotos de los tiempos de las marchas

Ayer fue 23 de enero. Como un pequeño homenaje a esta fecha patria, hemos puesto aqui algunas fotos nuestras de cuando Caracas vivía el tiempo de las marchas, allá en los comienzos de la década pasada.
















lunes, 1 de noviembre de 2010

Exito

He recibido en estos días una invitación a hablar en público, bajo el argumento "que usted es un urbanista exitoso y un ejemplo para los profesionales de este país", al cual he respondido amablemente, en medio de muchas dudas. Hace unos meses recibí una invitación parecida, de parte de los estudiantes de la Carrera de Urbanismo, que me puso a pensar durante varios días y me dejó no pocas incertidumbres, aún no resueltas. 

Lo primero que me vino a la mente cuando recibí la más antigua de las invitaciones se remonta a una anécdota de comienzos de la década de los años 90s.  La carrera de Urbanismo de la Universidad Simón Bolívar vívía años bajos en lo que a atracción de nuevos estudiantes se refiere. La mayor parte de la gran cantidad de estudiantes que habían entrado a la universidad en la primera mitad de los 80s ya había concluido los cursos o se había ido con sus ideas a otra parte, mientras en la segunda mitad de los ochentas, por diversas razones, algunas de las cuales no tenían que ver directamente con la carrera o con el urbanismo como disciplina,  el número de nuevos inscritos había mermado de manera progresiva y sostenida hasta ese eufemismo bancario de "las dos cifras muy bajas" al año, alcanzando su éxtasis un año en el cual sólo una persona se había inscrito para estudiar urbanismo. Ante tal situación, el arquitecto y urbanista Lorenzo González Casas, coordinador  de la carrera por aquel entonces, organizó un programa de presentaciones en los colegios de educación secundaria que solían aportar más estudiantes a la Simón Bolívar, en los cuales se divulgaba el contenido, justificación y virtudes de la carrera, virtudes que nos tocaba personificar a un profesor, un estudiante y a un egresado (yo, recien egresado entonces). Visitamos varios de los más renombrados colegios caraqueños, incluyendo el Santiago de León adonde yo había estudiado "toda mi vida" y el asunto de convencer a los estudiantes de secundaria que yo era un modelo de lo que ellos podrían ser en el futuro resultó más complicado de lo que pensaba inicialmente: un día iba en estricto traje y corbata, tratando de proyectar prosperidad y la vinculación a un trabajo de apariencia ejecutiva y recibía las quejas de unos estudiantes que se empeñaban en ver el perfil social del urbanismo y que no dudaban en acusarme de yuppie; otro día, reaccionando a la experiencia previa, iba de jeans y look sport y recibía el desprecio de unos estudiantes que querían una carrera donde al graduarse pudiesen "ganar bastante plata" e ir a trabajar vestidos como unos chicos de Wall Street en unas oficinas de lujo.


Campus de la Universidad Simón Bolívar, Valle de Sartenejas, Caracas

No se si alguno de mis performances de entonces convenció efectivamente a alguien de irse a estudiar urbanismo a la Simón, pero lo que si me dejó como enseñanza aquella gira era que cada quién definía el éxito de manera diferente.

Esa es la misma reflexión que he hecho ahora. Me piden exhibirme como modelo y uno no deja de preguntarse ¿modelo de qué? ¿qué es ser exitoso para unos estudiantes de urbanismo o para unos profesionales recien graduados de ingeniería o para unos líderes comunitarios? ¿cómo se define el éxito en estos tiempos de crisis moral, política y económica? ¿en qué estaban pensando quienes me invitaron?

El éxito puede tener varias dimensiones, que incluyen la prosperidad, la satisfacción y la felicidad, pero cada quién establece los indicadores de éxito en cada una de esas dimensiones. ¿cuánto dinero o bienes hacen que uno se considere próspero? ¿cuán satisfecho estamos con lo que hacemos y tenemos? ¿ qué tan feliz me siento con lo que he hecho en la vida, incluso con independencia de las otras dos dimensiones?

Recuerdo que uno de los argumentos en los que poníamos más énfasis para tratar de vender la carrera de urbanismo a los estudiantes de quinto de bachillerato era que los urbanistas podían trabajar en sector privado y ganar sueldos comparativos a los de cualquier ingeniero; hoy, si quisieramos enamorar a los estudiantes del último año de secundaria de los colegios privados más prestigiosos de Caracas, probablemente tendríamos que argumentar que hay muchos urbanistas trabajando fuera de Venezuela y que han sido exitosos en su transición laboral a otros países.

La situación del país, con toda su carga de incertidumbre, pesimismo y ablandamiento de la autoestima ciudadana, hace relativos muchos de los elementos que servían de pivote a esa imagen objetivo de nosotros mismos, que todos nos trazamos, con mayor o menor detalle, en algún momento de nuestras vidas. Tener la casa, la familia o el empleo soñado transmite poco sentimiento de logro si se percibe que se está en un permanente riesgo.

¿Con qué sueñan esos ingenieros recien graduados a los que quieren que les hable? ¿Con qué sueñan para sí mismos los estudiantes de urbanismo de la Universidad Simón Bolívar? ¿Coincidirán en algo con los sueños que teníamos al salir hace 25 años del Santiago de León hacia la Universidad Simón Bolívar? ¿Tendrán algo que ver con los que nos han acompañado estas últimas dos décadas de ejercicio profesional y familiar? Tal vez lo único en común sea que no dejamos de soñar, o tal vez no. Cuando tenga una respuesta les cuento.