sábado, 15 de enero de 2011

CSNY 1971: la calle de los 4 carriles cumple 40





Estaba yo esa mañana de sábado soleado entre sentado y acostado -era difícil estar solamente de alguna de las dos maneras en aquella superficie ondulante- en una esquina del colchón de agua que Viena Rondón usaba como cama, escuchando aquella música nueva para mi, que a mis 15 años recien estaba enterándome de buena parte de los grupos que habían hecho vida en los años 60s y los 70s, las dos décadas precedentes a aquel momento, localizado temporalmente en la primera mitad de los años 80s.

Por el equipo Sony  3-en-1 ubicado en en el piso del cuarto de Viena  y, más específicamente, por el tocadiscos que estaba en la parte superior del aparato en cuestión, estaban desfilando aquella mañana discos de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones, de Mike Oldfield, la música de la película Las Fresas de la Amargura y la banda sonora del concierto de Woodstock.

Escuchando este último disco, solo en el cuarto de Viena mientras los demás habitantes, fijos y temporales, del apartamento de La Ciudadela de Prados del Este que compartían Belgica y Viena, madre e hija,  con los que haciamos alli nuestras fiestas, ensayos del grupo de teatro y catarsis juveniles varias, seguian ocupados en otras cosas en el baño, la cocina o la sala, me encontré de repente en ese momento particular del disco en el cual Stephen Stills, uno de los miembros del grupo Crosby, Stills, Nash & Young, le da por poner a prueba su limitado español y se suelta, en el fraseo final de Suite Judy Blue Eyes, en medio del más mítico de los festivales de los ya de por sí míticos años 60s, con aquella frase que dice " Viva Venezuela y Cuba,... yo me voy pal Mar Caribe...quiero son...dicen que yo no se bailá..."

CSNY 1970 ( de izquierda a derecha, Young, Nash, Crosby y Stills)

Todavía sin estar seguro de lo que había oído, porque por más que asumía aquellas visitas a casa de Viena - la hermana mayor que nunca tuve- con un rigor casi académico, convencido de que mi salvación personal pasaba por asimilar y entender toda la información que fluía por aquel apartamento-del primer piso-del edificio-del otro lado-de la pasarela peatonal-del Centro Comercial Humboldt, no estaba esperándome una frase como esa de unos tipos que cantaban arropados por la bandera de las barras y las estrellas (aunque la mitad del grupo no era estadounidense), me levanté de la cama y fui a poner un poco más atrás la aguja del tocadiscos para escuchar de nuevo al tipo de Texas dando alabanzas al Mar Caribe y a Venezuela y verificar que lo que había oído era cierto, más no evidente, porque para ser sinceros, a pesar de amplísimo talento de los artistas del caso, no es fácil darse a entender cuando uno habla una lengua que no es la propia delante de toda esa gente que estaba alli, en el Estado de NY, y aderezado por las sustancias tan en boga en esas fechas de finales de los años 60s.

Era cierto, pero ¿cuál era la explicación para ello? Fui de inmediato en busca de ayuda y recibí una versión que luego me fue corroborrada por otras personas, en otros momentos, pero siempre en los años 80s: Stephen Stills había vivido, siendo un adolescente, en Venezuela, porque su familia texana trabajaba para empresas petroleras. Una vez, años más tarde, escuche en la radio al locutor, luego de poner una canción de CSNY, decir que Stephen había vivido siendo un quiceañero con sus padres en El Tigre y Puerto La Cruz, Estado Anzoátegui, pleno oriente venezolano, así como en el Zulia, todas zonas con campamentos de las empresas petroleras. Luego, con el acceso a internet, conseguí algunas páginas que señalaban que habia vivido en Florida y algunos países del Caribe y Centroamérica, aunque por ejemplo, la wikipedia no lo asocia a Venezuela. Pero siempre, desde entonces, he dado por cierta la versión que situa a un jovern Stephen Stills en el Estado Anzoátegui, Campo Norte de San Tomé, por ejemplo, a la sombra de una mata de mango, aprendiendo a tocar la guitarra antes de irse a dar un chapuzón en la piscina del club reservado para los empleados de la nómina mayor.

Esa vinculación de un miembro de una banda tan conocida con Venezuela me hizo tener aún mayor interés por CSNY y sus variantes (CSN, CN, SY, etc) y por ello, al poco tiempo, compré en una tienda del Centro Plaza el más reciente disco de CSN para aquel entonces, llamado Aliados (1983), que recogía partes de sus conciertos de la gira de 1982 y algunas canciones grabadas en estudio. Tambien, para poder escucharlo en mi casa, grabé en un cassette Pioneer de 60 minutos, en el equipo de Viena, el disco Deja Vu(1970), donde cantaban la canción "our house"  que yo ponía varias veces seguidas hasta que alguien, cualquiera, venía y cambiaba el disco sin prestarme la menor atención, a mi, que tenía la cabeza recostada de la pared, el cuerpo semihundido en aquella masa suave y amorfa que era la cama de Viena y la mente en cualquier otro sitio.



CSNY ha tenido una larga vida como grupo desde 1968 hasta nuestros días (tienen una gira prevista para el 2011), a pesar de los continuos encuentros y desencuentros entre sus miembros: David Crosby, californiano ex The Birds y reconocido compositor de pop folk desde mediados de los años 60s; el mencionado Stephen Stills, exguitarrista de Buffalo Springfield; Graham Nash, británico ex guitarrista de The Hollies, y el legendario guitarrista canadiense Neil Young. Fue, en su tiempo, una suerte de superbanda que reunió a cuatro músicos provenientes de otras bandas muy exitosas y, con ello, unió sus talentos para componer y su sincronización vocal y la de sus guitarras acústicas y eléctricas. Canciones como Suite Judy Blue Eyes, Teach Your Childrens, Wooden Ships, Deja Vu, Chicago, Ohio, Southern Man o Our House son clásicos de la música popular norteamericana del siglo pasado y expresan los conflictos sociales, raciales, económicos y culturales de ese tiempo.


CSNY gira del 2006. De izquierda a derecha, Nash, Stills, Young y Crosby.

El auge de los Cds coincidió con la época en que estaba terminando la carrera en la Universidad y con uno de mis primeros sueldos me compré un equipo de sonido en el Instituto de Previsión Social de los Profesores de la Universidad Simón Bolívar que me permitía escuchar en mi cuarto de la casa de Los Chorros donde vivía con mis padres la música en el formato compacto. Uno de los primeros cds que compré fue el doble en vivo de 1971 4 Way Street, reeditado en 1992 en el entonces nuevo formato y con 4 canciones añadidas a las de la versión de 1971.



4 Way Street fue el 3er album de CSN y el segundo con la participación de Young; llegó al número 1 de las listas en 1971, alcanzando el disco de oro por sus ventas el día de mi cumpleaños, el 12 de abril de 1971. Contiene canciones grabadas por CSNY en sus conciertos de 1970 en Nueva York, Chicago y Los Angeles. Desde que lo compré en 1992 ha sido uno de mis discos preferidos y hasta hoy, en medio de los mas de 1000 cds que ocupan el mueble al fondo del comedor de mi apartamento, sigue siendo uno de los que más me gusta. Y este año está cumpliendo cuarenta años. Nada mal para el disco de un músico que pasó por El Tigre y Puerto La Cruz, camino del Salon de la Fama del Rock and Roll.

viernes, 7 de enero de 2011

La Nieve

"Muchos años después, al frente del pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella remota tarde en que su padre lo llevo a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo"

Con el párrafo anterior da inicio Gabriel García Marquez a su novela 100 Años de Soledad -uno de los libros más leídos y vendidos en lengua castellana, además de sus ediciones en las voces de otros lugares de la tierra- poniéndo el énfasis en el hielo como una materia ajena al trópico, a esta tierra en la que nos tocó vivir, tan parecida y tan distinta a la Colombia del Gabo.

No nos tocó vivir los tiempos de la ausencia del hielo en la vida cotidiana, ni siquiera el tiempo de aquellas neveras que mantenían los alimentos a partir de un hielo seco y que en mi niñez eran ruinas tiradas en los patios, al fondo de las casas en los pueblos de la isla de Margarita. No vivimos los tiempos contados por nuestros mayores, en los cuales la sal era un tesoro que permitía preservar la comida de su natural descomposición. Nuestra niñez fue la de la electricidad y en ella  el hielo producido en neveras General Electric, Westinghouse o Admiral era materia prima de la vida cotidiana, que enfriaba las bebidas, aunque en realidad lo que ocurría era que las bebidas calentaban el hielo, pero claro está, en la escuela aún no me enseñaban eso ni a mi me pasó por la cabeza entonces semejante asunto.

Esas neveras de mi infancia tenían un congelador con tendencia a formar una gruesa capa de hielo en sus paredes, que había que eliminar periódicamente, para lo que se sacaban todas las cosas guardadas alli y se les apagaba, a la espera de recoger en una bandeja plástica ubicada bajo el congelador toda el agua proveniente de aquel hielo derretido. Esa molestia desapareció ya en mi adolecencia, cuando se popularizaron unas neveras cuya publicidad destacaba que funcionaban "sin escarcha" y con ello era mucho más sencillo su mantenimiento.

A mi encantaba jugar con esa "escarcha" que se formaba en el congelador de la nevera de la casa de mis padres, pero solo podía hacerlo muy ocasionalmente, en ausencia de testigos, porque a la primera mirada en tal menester mis padres solían soltarme la frase "cierra esa puerta de la nevera, que así gasta más corriente y se va a escapar el frío..." Pero siempre que tuve la oportunidad paseaba mis carros machtbox por entre aquellas colinas llenas de nieve, imaginándome entre aquellos pasajes invernales que veía en los libros de geografía de la biblioteca de mi papá.

Porque las vacaciones de mi infancia siempre fueron a la playa o a lugares donde la nieve no formaba parte del guión, pasaron esos años sin que aquella experiencia imaginada en el refrigerador de la casa se hiciese realidad. Una vez en Mérida, ya adolescente o recien universitario, vi a lo lejos montañas nevadas, pero era como mirar una pintura, una realidad distante. Otra vez, en el páramo, al borde de la carretera, vi laderas con un leve reflejo blanco. Pero nada parecido a lo que veía por aquellos años en las películas que pasaban por la televisión o que iba a ver al cine.

En el lado sur de la Avenida Bolívar de Caracas estaba un pequeño edificio blanco, muy cerca de la plaza de toros del Nuevo Circo, que anunciaba bajo el nombre de Mucubají, pistas de patinaje sobre hielo. Nunca fui, pero desde niño me imaginé dentro de aquel edificio no una pista de patinaje sino una ladera alpina y esquiadores que se lanzaban interminablemente.

La primera vez que vi la nieve fue la mañana del sábado 10 de febrero de 1991. La tarde anterior habiamos acordado varios vecinos del Colegio Mayor de San Ildefonso ir a conocer el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y para ello tomaríamos prestado el Fiat 147 de la tía odontóloga de Catalina Londoño, arquitecto colombiana compañera de clases en aquel entonces, que vivía -la tía- por la calle Juan Bravo de Madrid, si mi memoria no me falla. Catalina se había ido a dormir la noche anterior a casa de su tía, cosa que hacia con frecuencia, y los demás partiríamos a su encuentro desde Alcalá de Henares muy temprano en la mañana.

Los dos primeros meses que viví en el Colegio Mayor de San Ildefonso usé un cuarto -compartido con un estudiante mexicano- que tenía una pequeña ventana, justo al lado derecho de mi cama, junto a mi pequeño escritorio, que miraba desde una segunda planta (lo que en Caracas llamaríamos primer piso) al patio de los filósofos y, específicamente, a un gran pino. Esa ventana, con una hoja de madera que cerraba la ventana totalmente al exterior, y otra de vidrio, que en caso que estuviese abierta la ventana de madera, dejaba pasar la luz, pero limitaba el paso del viento frío, estaba cerrada aquella mañana de sábado.

Me paré muy temprano, tal lo acordado el día anterior, y me vestí en medio de la oscuridad del cuarto, tratando de no despertar al sociólogo mexicano que dormía en la otra cama, pegada a la pared del fondo de la habitación, justo enfrente de la puerta del baño. Solo para amarrarme los zapatos y tomar la billetera de encima del escritorio entreabrí la ventana y el patio y el pino, que eran solo piedra y verde la noche anterior al irme a dormir, eran ahora una impecable mancha blanca que, a esa hora, serían las 6 de la mañana, aun no había pisado nadie. Luego nos enteraríamos que aquello no era usual y recientemente he visto por internet que luego de aquella nevada de 1991 pasaron muchos años para que cayera otra igual en Alcalá.


Plaza Cervantes de Alcalá de Henares

Salí del cuarto como salen esos personajes de las películas que nunca han visto el mar y se enfrentan por primera vez a una masa infinita de agua. Me encontré junto a la cafetería del Colegio con los otros viajeros citados aquella mañana (Yolanda Martín, Barbara Rincón, Luisa Mezones y Ary Talamini) y nos hicimos fotos en la plaza San Diego, con la fachada renacentista de Gil de Ontañon como fondo. El camino a Madrid, en el tren de cercanías, nos mostró un paisaje absolutamente blanquecino. En la calle Juan Bravo seguía nevando cuando llamamos a través del intercomunicador -portero eléctrico- al piso de la tía de Catalina para anunciar nuestra llegada, pero en las calles de Madrid la nieve ya lucía como una masa grisácea, una mezcla de hielo, agua, pisadas de neumáticos, papeles viejos y aceras por lavar.

La nieve nos acompañó masivamente todo ese día en El Escorial, adonde era dificil moverse con el Fiat, sobre todo para aquella banda de estudiantes venezolanos, colombianos y brasileños que poco o nada sabían de conducir en medio de aquellas condiciones. Cuando volvimos a Madrid en la noche, para ver un concierto de Juan Luis Guerra y sus 440 en el antiguo pabellón de deportes del Real Madrid, aún nevaba, como lo hizo por varios días seguidos, casi una semana, el cielo de la meseta castellana.


Brooklyn Diciembre 2010



Estos días he visto por televisión la tormenta de nieve que paralizó buena parte de los aeropuertos de Europa y también he visto muchas fotos de la nevada que cubrió de blanco las calles de Nueva York e impidió los vuelos durante dos días y he recordado, viendo esas imagenes, esa mañana de febrero de 1991. He visto la nieve desde entonces con mucha frecuencia; casi cada año, la he visto desde aviones, trenes, trineos, bolsas plásticas y carros, y la he visto en cantidades tales que causan asombro a los propios habitantes de esos lares, pero sigue causándome tal asombro como aquella primera vez. Y no creo que sea por haber nacido en la cintura del mundo, porque mis hijos han crecido con ella y, sin embargo, veo en sus caras la misma expresión que seguro puse yo aquella mañana de febrero de 1991.


Prospect Park, Brooklyn. Dic 2010.



viernes, 31 de diciembre de 2010

felicidades

que los sueños se hagan realidad

Caracas, desde Colinas de Bello Monte

que el nuevo año traiga a todos salud, paz, felicidad y prosperidad

jueves, 30 de diciembre de 2010

Balance de fin de año

Parte 1: de las listas de fin de año

Siempre por estas fechas que se aproximan al fin de año, esté en Caracas con sus cielos azules de estos días decembrinos, su clima entre los veintipocos  y los diecitantos grados y una brisa fresca y su ritmo sosegado de ciudad mediocerrada o esté de viaje en otros lares más fríos, suelo hacer un balance del año y escribir unos papelitos, nunca más de media página tamaño carta, en donde suelo anotar mis aspiraciones materiales - desde cosas triviales, como sustituir los zapatos marrones de diario o comprar un par de camisas de vestir, hasta cambiar el auto o terminar de reunir el enganche para una casa, así como una meta de ahorro- para el año por venir, con un estimado grueso de los costos asociados, como una suerte de meta a lograr durante el nuevo año.

Hago esto desde que estudiaba en la universidad, en los lejanos años 80s, y en los meses siguientes voy tachando aquellas cosas que se van logrando. Luego, por estas fechas, vuelvo a esos papeles, usualmente guardados en alguna gaveta de mi oficina o en el cuarto de Patricia y un servidor, para hacer un balance del año. De más está decir que no todos los años y sus papeles asociados son iguales: hay unos papeles que evidencian el logro de muchas cosas; hay otros que dejan varias cosas pendientes o solo parcialmente conseguidas, en cuyo caso no llego a tacharlos y me limito a colocarles una suerte de óvalo alrededor.

Debo reconocer que con los años las listas, usualmente divididas en cosas personales, cosas para la casa y cosas para la familia, se han hecho cada vez más cortas, evidenciando cierta satisfacción material, alterada a veces solo por la necesaria renovación, como por ejemplo, la de la aspiradora de la casa, que pasó a mejor vida y me obliga a colocar la compra de una nueva en mi lista de deseos de año nuevo. Tambien es usual la inclusión en cada lista de algún cacharro tecnológico no necesariamente necesario, que debo reconocer son un vicio personal no ausente de críticas en el hogar, y que en la lista del próximo año creo corresponderá a un Ipad, esa máquinita de Apple con la que ya he jugado varias veces y que no deja de atraerme, desde que la vi en la tienda Apple de NY.

En este año que termina el centro de la lista estaba en torno a pagar algunas deudas de corto plazo contraidas para completar la inicial del apartamento de Brooklyn, cosa que cumpli a cabalidad; sin embargo, tambien me propuse comenzar a amortizar la hipoteca, cosa que, la verdad, no me dieron la cuentas para comenzar a hacerlo, por lo que acabo de ponerlo de nuevo en la lista del 2011, esa que estoy escribiendo mientras se imprimen un montón de planillas que debo llevar al SENIAT, en esta mi décima visita en el último mes, haciendo trámites administrativos propios de quien trata de llevar una empresa en Venezuela.

Para el próximo año he comenzado la lista, esa que estoy haciendo, aqui, solo, en mi oficina, porque todos los demás están de vacaciones y yo también debería estarlo, en vez de andar leyendome no se que historias de Bangladesh y Ruanda, además de las consabidas planillas del SENIAT, apartando el dinero necesario para la impresión de "El Cuarto Oscuro de las Revelaciones", un libro de cuentos que escribí 25 años atras y por el que me dieron el premio de la Bienal José Rafael Pocaterra del Ateneo de Valencia, que, además del dinero que financió la compra de mi primer auto, incluía la publicación, que nunca fue, en buena parte por mi desidia. Estos últimos meses he escuchado a tantas personas decir que la vida es corta y que es necesario tener todo en orden y establecer prioridades, que me he contagiado del espíritu de ese comentario. Quizas por eso no he comenzado la lista de este año con otra cosa que no sea apartar el dinero para pagar a la imprenta las copias de ese libro, aunque solo sea para regalárselo a los amigos, que son pocos, para ser sincero.

  

Parte 2: de las expectativas de año nuevo 

El 2010 termina con varias semanas de noticias y eventos que se suceden, en lo personal y en lo que al país se refiere. No alcanzan los días para procesar lo que ocurre a nuestro alrededor, con conflictos que no llegan a madurar cuando se superponen otros, tan o más importantes. Con ese panorama, el que se ve el la televisión, en los diarios y en la calle, es difícil ser optimista en un país como este, incluso para aquellos que siguen pensando - que no es mi caso-  que las cosas no pueden ir a peor.

Es raro que pase una semana y no se encuentre uno con alguien que le comente que está preparando su viaje, sin retorno, hacia otros lares porque "no quiere esto para sus hijos". O que te cuente que la empresa donde trabajaba ha cerrado sus puertas o que se ha mudado o vendido el carro, porque ya no podía con las cuentas.  Y uno, que no está en esos trances, no deja de preocuparse, viendo tantas barbas arder.

En la comida de navidad de las clases de Kárate de Diego, alguien me comentó que en el 2011 se iba del país, que no aguantaba más, que esto se iba a poner peor y que se iba ahora que podía y no luego, cuando ya no pudiese hacerlo. Lo dijo con un acento que denotaba que llegó a Venezuela hace años, cuando era un niño, desde el norte de Europa. Patricia y yo lo comentamos en la noche, con la luz del cuarto apagada, para no despertar a Teresa, y, como tantas otras veces, no llegamos a ninguna parte. 

Mi trabajo trata de ver hacia el futuro, y aunque hace ya décadas que dije que este país es un edificio con las bases mal hechas, sigo debatiéndome entre la comodidad de lo alcanzado y la cercanía de la familia respecto de lo que esa visión del futuro suele decirme casi a diario.

Hay días en los que provoca salir al aeropuerto con lo puesto e irse para no volver más. Hay días en los que uno se dice que en ninguna otra parte tendrá de nuevo las cosas que ha reunido aqui. No es un tema fácil.

Las expectativas para el año nuevo no son positivas, porque el gobierno avanza en una forma de autoritarismo a la venezolana; porque la vida cotidiana sigue descomponiéndose bajo el desarrollo de la "anarquía del siglo XXI" y porque la relativamente buena situación personal y familiar comienza a hacerse sospechosa en medio de tanto desastre.

Varias personas me han dicho que están a la espera de lo que pasará en el 2012, en las próximas elecciones. Otros no tienen los ahorros, o las ganas o la energía para comenzar de nuevo. Tambien hay quien se han ido y ha vuelto. Hay quienes ven oportunidades en las crisis. Hay quienes las han pasado peores. No es un tema fácil.

Mientras tanto, sigo haciendo cartas de recomendación para exalumnos que se van a Canada o a Australia o a Colombia. De alguna manera, nos estamos quedando solos.

Por ahora, Patricia y yo seguiremos preguntándonos, con las luces del cuarto apagadas, ¿ y qué vamos a hacer nosotros? Me gustaría tener una respuesta, que, por ahora, no tengo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Fotos de Mexico


Bellas Artes

Museo de la  cultura popular

zocalo

Zócalo

Chapultepec


Mexico DF 2010













martes, 21 de diciembre de 2010

Velásquez redescubierto

Los diarios de buena parte del mundo reproducen hoy la historia del redescubrimiento de un cuadro del pintor sevillano, nacido en 1599, entre los fondos del Museo Metropolitano de Nueva York. El cuadro en cuestión, una pintura de Felipe IV, fue atribuido durante mucho tiempo, décadas, siglos,  a Velásquez, lo que era corroborado por el recibo original -fechado en 1620- de la venta del cuadro, de puño y letra del pintor,  y también perteneciente al mencionado museo niuyorkino; pero la obra  había sufrido -en el sentido literal de esta palabra- tantas restauraciones e intervenciones de baja calidad, que hace unos 35 años y como parte de una investigación que también cuestionó la autoría de otras obras del museo, los expertos asumieron que no era sino una copia realizada por el taller del artista, ya que Diego no podía haber hecho pinceladas tan burdas como aquellas.



El uso de técnicas como los rayos x y una investigación que incluyó la revisión de algunas obras en el Museo de El Prado, en Madrid , así como un proceso de limpieza, durante más de un año, permitió a los especialistas del MET eliminar las intervenciones hechas a solicitud de sus propietarios previos y redescubrir la obra original, que ha sido restaurada en lo físico y en su atribución, convirtiéndose, nuevamente, luego de casi 40 años de abandono, en una de las atracciones del museo ubicado en Central Park.

Leyendo esta noticia desde la cama donde estoy recuperándome de mi corta pasantía por la clínica - cólico nefrítico mediante- y bajo los efectos del coctel de pastillas que me hacen tomar, lo cual se evidencia claramente en las mamarrachadas que escribo,  recuerdo que viví un largo amorío con el pintor de Las Meninas, cortesía de la Agencia Española de Cooperación Internacional. El día gris de enero de hace casi 20 años en que aterricé en Barajas para comenzar un postgrado en Planificación y Gestión Urbanística, junto con el cheque de mi primera quincena de beca, 37.500 pesetas de entonces, aquellas que se cambiaban a razón 2 por cada bolívar de la República de Venezuela y a razón de 9 por cada dólar estadounidense, recibí dos carnets, ambos con mi fotografía: uno que me aseguraba atención médica mientras durase mi curso y beca y otro, mucho más valioso para mi, porque lo del seguro no sonaba como algo muy necesario cuando uno tiene solo 23 años de andadura, que aseguraba que don Gonzalo Tovar Ordaz era becario de estudios de postgrado y tenía entre las prevendas inherentes a su condición el libre acceso, sin paga ni otra condición que no fuese el horario, a los museos regentados por el Estado español.

La verdad es que aquella condición expresada en un pequeño trozo de cartón plastificado fue de las cosas que más aprecié durante los meses siguientes: Mis puntos de contacto entre Alcalá de Henares, donde dormía y estudiaba, y Madrid, a donde iba cuantas veces podía escaparme de las clases, que no fueron pocas veces, o tenía algo de tiempo libre, eran la parada de autobuses de la Avenida de América y, la más de las veces, la estación de Atocha. En los alrededores de Atocha estaban el entonces nuevo museo Reina Sofía, aún sin el Guernica, que entonces estaba en el Casón del Buen Retiro, y El Prado, a solo 2 calles de mi tren de cercanías.



Con el paso de los días entre Madrid y Alcalá comenzó una rutina que consistía en que antes de irme a la estación de Atocha, entonces una obra nueva del Arquitecto Rafael Moneo, en busca del tren que me llevaba a casa, me pasaba a hacer una corta visita, siempre focalizada, por alguna de las salas de El Prado. Tambien había días en que llegando a Madrid pasaba a hacer mi visita de rigor por El Prado, y no pocos días me senté en alguna sala, a veces con mucho público, a veces casi desierta, y estuve largo rato, a veces horas, viendo aquellos cuadros que despertaban en mi verdadera fascinación, desde los tiempos que los veía en el libro de educación artística de Cándido Millán y ni imaginaba poder tenerlos tan cerca.

Uno siempre tiene sus preferencias, y yo tenía entonces, en 1991, especial predilección por Velasquez y la sala central de la segunda planta de El Prado, aquella reservada en esas fechas para obras del pintor de Sevilla. Habia un banco donde uno podía sentarse horas a ver al perro de Las Meninas, al punto de verle bostezar u oirle ladrar a los japoneses que se hacían fotos entre él y yo.



Aun tengo el carnet que me dieron en enero de 1991, pero, claro está, ya ha perdido sus superpoderes. Y el internet, con todo su poder planetario, aun no se acerca a la experiencia de mirar el reloj y decir ummm... tengo que correr mucho para tomar el tren de las y 15...mejor vamos a visitar a Velásquez y nos vamos luego a Alcalá...  

lunes, 13 de diciembre de 2010

Anacronismos

Hace unos días, en noviembre pasado,  fui hasta B&H a cumplir un encargo que me habían hecho desde Caracas: buscar unas cajas de placas 4x5, película Kodak de formato grande, que, como tantas otras cosas, no se está consiguiendo en la Venezuela del socialismo del siglo XXI.

B&H es una tienda bastante conocida, que se originó alrededor de la fotografía, pero que se ha ido expandiendo con ayuda de internet hasta convertirse en un hipermercado de la tecnología del alcance internacional, donde convergen quienes buscan asuntos relacionados con la fotografía, el video, el sonido, la computación, entre una largo etcétera. Es una tienda bastante grande, pero no es raro que esté abarrotada de gente y que en los alrededores, en la aceras próximas al negocio de toldos verdes que ocupa un edificio en esquina en la calle 34 de Manhattan, uno se tropiece con personas de distintas nacionalidades que están más pendientes de probar la cámara que acaban de comprar, o el lente, o la batería o el bolso, que de lo que ocurre a su alrededor. Nunca he visto las cuentas de la casa, pero siempre que uno va hasta este negocio sale con la idea cierta de su éxito. 



Ese día, B&H estaba más abarrotada que nunca, con largas filas para hacer pedidos en todos los departamentos, incluso algunos que uno no supone dignos de tanta actividad. Por ejemplo, uno no termina de entender, aunque tenga la fila enfrente, que exista tanta gente interesada en comprar un telescopio o un binocular como para que se forme un tumulto frente a los dos vendedores, creyentes de la fe judía a juzgar por su indumentaria, que tratan de dar respuesta a los interesados en tales temas. Los mismo, con diferentes dimensiones, claro está, ocurría en la sección de equipos usados, o en las de computadoras, o en los stands de las diferentes marcas de cámaras fotográficas. Sólo una sección de la tienda echaba en falta visitantes.

A la sección de película fotográfica le han asignado un espacio importante en la planta baja de la tienda, adyacente a la de los equipos de iluminación y a los de laboratorio de fotografía. En esa zona tambien queda lo que uno esperaría fuese un importante polo de atracción de visitantes: el único baño público de la tienda. En la sección de película hay varios mostradores y unos muebles, con subdivisiones, donde se acumulan cajas de distintos tamaños y colores. Enfrente hay muebles parecidos, donde hay cajas más grandes, contentivas de papel fotográfico. Nada más separarse, a la izquierda, de la senda que conduce al baño, se adentra uno en un espacio solitario, adonde apenas se sienten los ecos del ruido, suma de murmullos, que se acumula en todo el resto de los dos pisos de la tienda. Hay tres vendedores, según mi análisis instantáneo, que de inmediato brincan sobre su presa, a diferencia de las otras zonas, a donde hay que perseguir a los vendedores si uno quiere ser tomado en cuenta. "Podemos servirle en algo" dice uno, casi al unísono de otro que señala "need help?" , como si no terminara de creerse que tengo una razón para estar ahí, como si pensara que estoy perdido entre los recovecos de la tienda.



En B&H tampoco tenían la película que me habían encargado. Pídala por internet -me dijo uno de los vendedores con el brazo recostado del monitor que daba fe de los inventarios- que en cuanto la ubiquemos se la enviamos.  Puso cara de cierta frustración, de pena, de quien le han asignado la tarea del sepulturero, de músico del Titanic. Estaba claro que allí no tenía perspectiva alguna de ganar alguna comisión por ventas, de destacar entre los vendedores del negocio, de ser tomado en cuenta, como no fuese por su vocación de sacrificio. Esos tres vendedores eran una suerte de monumento al pasado del negocio, a los cimientos del éxito actual, solo que este ocurría fuera de allí, en el piso de arriba, adonde la gente se daba codazos para escuchar explicaciones sobre megapixels y tamaño de los sensores.

Caminando de vuelta al metro seguramente pudieron confundirme con los clientes que absortos en sus cámaras se desentienden de todo lo que ocurre a su alrededor. Solo que yo no llevaba ninguna bolsa verde con las letras B&H impresas en gran tamaño. Iba pensando en todos los rollos de película que habían pasado por mis manos. Iba pensando en los rollos Kodak y Agfa de 110 que compraba para la primera cámara Kodak Instamatic que tuve en mi vida, una que compré siendo un niño de pantalones cortos en una tienda de JuanGriego, en Margarita, con mis propios ahorros y que ahora está en alguna gaveta de la casa de mis padres en Los Chorros. Pensé tambien en los rollos de 35 mm que compraba para la Yashica TL Electro de mi padre, que el no usaba pero cuidaba con mucho celo, por lo que solo podía usarla para situaciones muy específicas y siempre con sentido de austeridad, nada de andar botando fotos, que el revelado es muy caro, siempre me decían en casa y lo internalicé de tal modo que ahora, aun usando cámaras digitales, tomo solo las fotos que de alguna manera ya he procesado y digerido. Pensé tambien en todos los rollos de Plus X Pan y Tri X Pan y de Ilford que acompañaron mi adolescencia, aquellos con los que tomaba fotos en el colegio durante el bachillerato.



Llegué al metro de Herald Square sintiéndome un dinosaurio, alguien que había crecido con una tecnología ahora en desuso, incomprendida por la gran mayoría de los mortales, sin importar que llevase colgado al hombro un bolso con una cámara y tres lentes de última tecnología. Porque la verdad es que yo tambien tenía casi una década sin usar rollos de fotografías - carretes, para mis lectores internacionales, que son casi tantos como los locales - hasta que hace unos meses, movido por el regalo de una Olympus Pen EES2, probé gastarme uno de TriXPan, o su equivalente, que sigue saliendo en una cajita beige y verde que recuerda a la de los viejos tiempos.

Esa noche en Brooklyn, mi cuñado Ricardo me mostró los negativos resultado de ese ejercicio, orientado más bien a probar la cámara en diferentes situaciones y a probar mis propias limitaciones. Me los mostraba en el sótano de su casa de Brooklyn porque en Caracas, como no te lo reveles tu mismo no hay forma de verlas; en Caracas hasta donde yo se ya no hay tiendas a donde llevar un carrete de película de blanco y negro para esperar, una vez develado el misterio, los resultados de aquel asunto.  Como los viejos tiempos ya pasaron, en este caso se necesitó de un scaner y algo de masaje informático para poder ver las fotos en la pantalla de la computadora y recordar los días en que me encerraba en el laboratorio de la biblioteca Enrique Bernardo Nuñez, a una cuadra de la casa de mis padres en Los Chorros, o en el laboratorio del Santiago de León, en el segundo piso del edificio donde entonces funcionaba la biblioteca de la Sra. Carreño y el cafetín del Sr. Conrado.

Las fotos que acompañan estas páginas son de ese carrete, el primer rollo que he usado en este siglo. Seguramente vendrán otros, porquer ahora soy dueño de una flamante Olympus Pen FT, la misma con la que saliera retratado W. Eugene Smith en los anuncios publicitarios de finales de los años 60s, aunque solo fuese un asunto de necesidad vital, de pagar las cuentas, porque por más que busco por internet, jamas he visto una foto de Eugene en el formato de medio cuadro que caracteriza a las Pen.