miércoles, 27 de julio de 2011

Discurso de orden con motivo de la imposición de la orden precursores a Arquitectos, Urbanistas e Ingenieros, así como botones de reconocimiento al trabajo en dichas áreas profesionales

Señoras, Señores
Buenos días
Es justicia comenzar estas palabras agradeciendo la iniciativa y las circunstancias que nos reúnen aquí hoy;  agradeciendo la oportunidad de compartir nuevamente con profesores, colegas, amigos y conocidos; agradeciendo el que se me permita participar de un evento como este, en el cual se reconoce la labor y trayectoria de instituciones y personas que han contribuido a crear, transmitir y poner en práctica conocimiento y recursos para hacer mejores nuestras ciudades, que es el lugar donde viven nueve de cada diez venezolanos.
Esos mismos venezolanos que siguen reclamando mejores condiciones para su desarrollo personal y colectivo. Esos mismos venezolanos que siguen exigiendo de sus autoridades y de quienes, como nosotros, hemos tenido la oportunidad de formarnos en materias intrínsecamente relacionadas con la construcción de un país, un lugar sano, seguro, decente, digno, confortable para compartir, descansar y producir.
Y es importante comenzar estas palabras, en tiempos de tantas noticias negativas, de tanta desinformación, diciendo que sí se puede, que no es justo hacer oídos sordos a tales reclamos de nuestra sociedad, porque sí es posible, con el concurso de todos, con respeto, con generosidad, con orden, con profesionalismo, dar respuesta a lo que nuestra sociedad ha reclamado durante tantos años y sigue reclamando, con justicia, hoy en día.
Hace más de veinte años que el profesor Víctor Fossi nos explicó, a nosotros, los que éramos entonces sus alumnos del taller de urbanismo en la Universidad Simón Bolívar, que planificamos para hacer que pasen cosas que no van a pasar por sí solas.
Y luego de más de dos décadas de escuchar aquella frase y enfrentados a los tiempos que nos ha tocado transitar, seguimos teniendo por delante el enorme reto de ofrecer a los hombres y mujeres de estas tierras las condiciones idóneas para su desarrollo, de planificar,  producir y mantener para los ciudadanos de este país los espacios públicos, servicios y viviendas necesarias para su desarrollo individual y colectivo.
Nuestra sociedad, esa sociedad que exige un futuro mejor, tiene la fuerza para lograrlo y tiene en nosotros, sus profesionales, instrumentos útiles para tal fin. Porque es necesario reivindicar la importancia del conocimiento técnico y la experiencia en la toma de decisiones, así como es necesario reivindicar  la importancia de la planificación como herramienta para la construcción de ese futuro mejor con el que todos soñamos.
Volviendo a la frase del profesor Fossi, tenemos el enorme reto de hacer que pasen cosas en nuestras ciudades que no van a pasar por sí solas, es decir, cosas que requieren de nuestro esfuerzo, de nuestra creatividad, de nuestra constancia, de nuestra responsabilidad, de nuestra solidaridad.
Venezuela no está condenada al éxito, como dijo alguien tiempo atrás; pero sí tiene la oportunidad de alcanzarlo y, nosotros, como profesionales de la arquitectura, el urbanismo, la ingeniería, tenemos el enorme reto de ayudar a lograr los cambios necesarios que nuestra sociedad reclama, y ello solo será posible si nos encontramos en lo común,  por encima de los intereses mezquinos; si tenemos la fuerza para vencer el egoísmo, la improvisación, el irrespeto, la deshonestidad, la violencia; si construimos desde el respeto y la generosidad una visión compartida y contribuimos todos, con fuerza, con la tarea de hacerla realidad.
Muchos de los jóvenes que hoy se gradúan en nuestras universidades creen que el futuro no queda aquí. Y tienen razones objetivas para pensar de esa manera. Sin embargo, también existen -y existirán en el futuro- en estas tierras las oportunidades que no hay ni habrá en otros lugares para los profesionales venezolanos. Y estoy seguro que incluso la experiencia de quienes hoy se van, contribuirá en un futuro no muy lejano a construir con fuerza los cambios que este país reclama.
El reto de construir un país justo, digno, decente, bueno, del que podamos sentirnos orgullosos, es sin duda un reto enorme, pero posible. A este juego le quedan más de 5 minutos y el marcador muestra que la diferencia es bastante menor que dos goles. Sí se puede. Con la fuerza de todos, si se puede lograr el país que queremos.
Muchas gracias.
Gonzalo Tovar
Vicepresidente de la Sociedad Venezolana de Urbanistas, adscrita al Colegio de Ingenieros de Venezuela
Caracas, 26 de Julio 2011

lunes, 4 de julio de 2011

Llueve en la capital de Austria

Hoy me paré sin despertarme.

Anteayer en la noche estuve terminando -hasta poco más de las 12 de la noche- un material que quería llevar como soporte a una reunión en Bogotá; luego me paré en la madrugada, como a las 3 am, para bajar al aeropuerto de Maiquetía y tomar un avión de Avianca hasta la capital de la hermana república, y finalmente regresé a Caracas anoche, medio dormido-medio harto de que todo el mundo (taxistas, colegas, empleados de aeropuerto, compañeros de trabajo, meseros...) me pregunte sobre la enfermedad de Hugo Chavez, en un vuelo que salió del aeropuerto de El Dorado cuando en Caracas ya casi era hoy, y terminé con mis huesos en mi cama recién a eso de las 2 de la mañana.

Por eso, cuando me paré de la cama, hoy a las 6 am,  para llevar a mis hijos al colegio, tenía la cabeza en cualquier otro lado.  Así me he pasado toda la mañana, eludiendo retos intelectuales, concentrándome en tareas rutinarias, firmando cheques y facturas, mirando papeles, recordándole al contador los asuntos pendientes, resolviendo solo pequeñas urgencias, necesidades intrascendentes.

Más tarde, mientras venía manejando, con la misma cara de sueño y la misma mirada perdida, de vuelta a la oficina, luego de buscar a Lucía en su colegio, escuché en la radio una canción que tenía muchos años que no escuchaba. Lluvia es una canción del grupo La Misma Gente que sonó hasta el cansancio en los primeros años 80s en las radios venezolanas y, particulamente en la emisora que yo solía escuchar, Radiodifusora Venezuela 790 AM. Eso sí me despertó.

La Misma Gente es (porque aún anda rodando por allí, aunque con un solo miembro original, su guitarrista y cantante) un grupo de rock venezolano formado en San Antonio de Los Altos, en la periferia de Caracas, en los finales años 70s, por el guitarrista Pedro Vicente Lizardo, mejor conocido como PTT; su hermano el bajista Humberto Enrique, "Ike" Lizardo (ambos hijos del poeta Pedro Francisco Lizardo, a quien solía ver cuando acompañaba a mi papá a la librería El Gusano de Luz, frente a Parque Carabobo) y el baterista Víctor "Kasino" González. Publicaron su primer disco, un LP en cuya carátula participaron, si mi memoria no me falla, Ike y Freddy de Bari (que por aquella época trabajaba con el diseñador venezolano Santiago Pol) y al que bautizaron Por Fin, en 1983, y en el estaba Lluvia por su lado A (sí, porque a los discos se les daba vuelta...).

La Misma Gente. AulaMagna de la UCV, en algún momento de los años 80s.

Mientras escuchaba la canción me vino a la mente la carátula del disco que escuché mucho, manosee tantas veces, pero nunca tuve, a pesar de conocer a los músicos y  a un colaborador en el diseño de la portada, y me trasladé mentalmente de inmediato a la casa de los Lizardo en San Antonio de los Altos, a la que fui alguna vez en los años 80s acompañando a Freddy de Bari y a Viena Rondón. Todavía sonaba la canción en la radio y, a pesar del corneteo en la calle, estaba ahora junto a una fogata, a la orilla de la playa, cerca de la boca de la laguna, cerca del club Miami en Tacarigua de la Laguna, escuchando a Ike Lizardo tocar la guitarra mientras los zancudos hacían su agosto con los presentes, Viena Rondón, Luis Felipe Castillo, Luis Polisano, Toyo Figarella,  el Güiro Berlaty, algunos otros, algunos de los amigos y conocidos de entonces, de 1983.

A Viena Rondón la conocí en la biblioteca Enrique Bernardo Nuñez (hoy desaparecida) en la 5ta transversal de la Avenida El Rosario de Los Chorros, la calle paralela a la de la casa de mis padres. Ella tenía 19 años, yo 14, más o menos. Era la hermana que nunca tuve, era mi referencia a seguir en un mundo que me era esquivo, el de las mujeres. Ella estudiaba artes en la Universidad Central de Venezuela y trabajaba como maquilladora en películas, videos musicales y obras de teatro. Estábamos juntos en un grupo de teatro, compartíamos clases de fotografía y su casa era el centro de referencia de buena parte de lo que pasaba en mi vida en aquel entonces. El apartamento de Prados del Este  que compartía con Belgica, su madre, una abogada pequeñita de cabello largo y lentes para leer, con la que compartía -además de casa y cierto parecido físico- una actitud ante la vida y una sobredosis de espíritu jóven, fue el primer lugar donde me quede a dormir con cierta regularidad fuera de la casa de mis padres. Fue alli donde comencé a escuchar nombres de películas que debía ver, de obras de teatro que debía mirar, de músicos que debía escuchar. Sentado en la alfombra o echado en la cama de agua del cuarto de Viena -al fondo del apartamento, a la derecha, el que tenía una foto de los Beatles pegada en la puerta- descubrí a Mike Oldfield, a Pink Floyd, a King Crimson, Yes, los Rolling Stones, Focus, a Crosby Stills Nash and Young, a Simon y Garfunkel, a Jethro Tull, a Emerson Lake and Palmer, a the Doors y a tantos otros músicos.

No tengo ninguna de las cosas que me regaló, solo sus recuerdos. Puedo verla parada del lado afuera de la reja de garage de la casa de mis padres con una camisa manga larga, tela como escocesa, de cuadros, cuello blanco, tan de moda en los 80s, que me trajo de uno de sus viajes en barco. Como su tío era capitan de un barco mercante, ella solía irse a Brasil, a Estados Unidos, a Europa, a la India, que se yo adonde había ido antes de conocerla, en algún barco de carga y volver solo semanas o meses después. Me encantaba oirla contar como los marinos le abrian las llaves de los sistemas contra incendio del barco, que toman agua del mar y la lanzan sobre cubierta, para que ella pudiese tomar en bikini baños de mar en medio del Caribe o del Atlántico. 

Acabo de verificar algo que ya sabía. No guardo en mis archivos ninguna fotografía de Viena. Puede que tenga alguna en algún negativo blanco y negro de entonces, de esos que permanecen sin copiar. Pero cuando cierro los ojos puedo ver claramente su rostro, blanco, su cabello negro, largo y liso; puedo escuchar su risa, esa como de conejo de dibujos animados, puedo ver las zapatillas rojas que solía usar, puedo recordar sus manos, puedo recordar la expresión de su cara la última vez que la ví, esa vez que la llevé de la Universidad Simón Bolívar a su casa de entonces, una especie de platillo volador colgado en un barranco con vista hacia los Valles del Tuy y hacia Los Guayabitos, que compartía con alguien de origen griego al que nunca conocí.

Los últimos años nos veíamos muy poco. Siempre en la Simón -siempre por casualidad- a donde ella daba unos cursos y yo daba carreras en el IERU. No me enteré como terminó lo del griego. Tampoco tuve mucho detalle cuando terminó con Freddy -el cocodrilo- ni con Gonzalo,el que trabajaba en el Poliedro. Nunca supe cuándo se fue a vivir a Mérida, cuando ella y Belgica se mudaron al páramo, que en el imaginario venezolano es el destino perfecto para las almas libres como la suya. Me enteré tarde, tiempo despues, que un carro se la había llevado por delante, dejándonos solo su recuerdo, sin tener conciencia de cuanto de ella hay en cuanto somos, en lo que quisieramos ser.

El doctor PTT Lizardo está cantando esa parte que dice "lluvia, dile lo que yo no se decir".

sábado, 25 de junio de 2011

¿sueñan los fotógrafos con ovejas eléctricas?

Como preámbulo a la presentación en Caracas -el próximo mes de julio- de su más reciente trabajo, con una exposición titulada "dilatación voluntaria del iris"; así como a la salida de un libro que recoge una parte de ese trabajo de los años recientes, Ricardo Armas, fotógrafo venezolano, Premio Nacional de Fotografía, residenciado desde finales del siglo pasado en Nueva York, nos ha hecho llegar algunas de esas imágenes.

Ver esas fotografías, que es ver lo que Ricardo mira cotidianamente a través de una Lumix de bolsillo que suele acompañarlo cada vez que sale de su casa en Brooklyn, no sorprende, porque esas imagenes son coherentes con su discurso personal, con las preocupaciones y los temas de conversación de quien mira el mundo desde una perspectiva personal, de quien comprende que lo global se construye a partir de la sumatoria de lo local, que la gran imagen colectiva se elabora a partir de la agregación de pequeñas imagenes que todos vamos acumulando en nuestra memoria, y él está en uno de los lugares del mundo donde eso es más evidente.



Nueva York ha sido etiquetada, no pocas veces, como la capital del mundo, y todas las vías de información que contribuyen a moldear lo que pensamos, sea una película de Woody Allen o de King Kong, sea un capítulo de Seinfield o de CSI NY, sea un libro de Paul Auster, sea un disco de Sinatra o de Simon & Garfunkel, sea un reportaje en el noticiero de CNN o una reseña  en el períodico de algún evento, suelen contribuir a la imagen grandilocuente de esta ciudad, tan parecida a la imagen que los norteamericanos tratan de proyectar de sí mismos, pero tan diferente del resto de las ciudades de los Estados Unidos.

El rey Kong vino desde una isla lejana a morir, luchando con aviones de guerra, agarrado a la antena del Empire Estate. Suena como una historia singular, como un hecho espectacular, pero en el contexto niuyorkino no lo es, porque cada día llegan a esta ciudad - y lo han hecho así durante décadas, durante siglos- miles de reyes y reinas de tierras lejanas, reyes y reinas de sus casas, reyes y reinas de sus familias, reyes y reinas de sus pequeñas, medianas o grandes historias empresariales, familiares o personales, que aportan a ese hervidero de energía su memoria personal, su grano de diversidad cultural, su necesidad de decir, de hacer, de mostrar, que es alavez un deseo de integrarse y de mostrar las diferencias personales, todo a la vez y sin una pizca de contradicción.



Incluso mucho antes de que fotografiar fuese un hecho cotidiano, corriente, antes de que todos llevásemos en el bolsillo un teléfono que sirve para hacer fotos, antes de que los niños hiciesen fotos con los relojes de pulsera o los video juegos portátiles, ya era Nueva York el objeto de deseo de muchas cámaras fotográficas. En pocos lugares del mundo se ve a tanta gente fotografíando algo, lo que sea, fotografiándose. Pero lo que retratan esos millones de imágenes que se toman en la ciudad no es el todo; el objeto de esas miles, millones de fotografías, son los detalles -una calle, un edificio, un arbol, un graffitti, un reflejo en una vitrina, un aviso publicitario, una papelera, alguien que se cruza en nuestro camino- que contribuyen a la construcción un discurso coral. Es un caos, pero al referirnos a él lo llamamos ciudad y le damos un sentido integrador a lo que vemos con la amalgama que produce el bagaje cultural de cada quien.

Las semanas previas a ver estas fotos de Ricardo Armas hemos estado hablando con él sobre Blade Runner, tambien sobre Rimbaud. Y ya que mencionamos alegorías surealistas, tambien hemos estado conversando con él sobre lo que ocurre en Venezuela. En los años previos tambien hemos hablado -en nuestras visitas a Nueva York, en sus visitas a Caracas, en las llamadas por teléfono- de Paul Auster, de Javier Marías, de Mike Jagger, de Joaquín Sabina. Podemos encontrar referencias  a cualquiera de ellos en Nueva York, y podemos encontar referencias de cada uno de ellos en las imagenes que muestra Ricardo.



Algunas de las vanguardias artísticas atribuyeron valores sombríos a la ciudad moderna; otras vieron belleza, poesía, música, incluso en el caos, la incomunicación, la violencia, el individualismo que prometían las grandes ciudades. Nueva York ha respondido durante mucho tiempo dando la razón a ambos puntos de vista, mostrando que la gran maquinaria se compone de muchas pequeñas piezas, que la gran energía que esa ciudad irradia -energía positiva que atrae, energía negativa que aleja-  se produce a partir de millones de pequeños chispazos que nos esperan a la vuelta de la esquina, al bajar las escaleras del metro, al entrar en una tienda, al volver a ver, con otra luz, ese mismo edificio que ha estado allí por décadas, al detenernos en algún pequeño detalle, alfijarnos en el transcurrir de un efímero momento. Y hay personas, como Ricardo, que tienen el talento y la habilidad para mostrárnoslo. 






  

domingo, 12 de junio de 2011

Los que se van

Este es un tema que hace tiempo está sobre la mesa, de esos de los que se habla, pero creo que aún se habla en voz baja, muy baja, para todo el ruido que produce en el presente y las secuelas que traerá en el futuro.

No es un proceso nuevo, como escucho decir con frecuencia, porque si se ven con cuidado las cifras disponibles, es un proceso que se inició al menos en los años 80s, con los primeros regresos, a partir de la crisis económica asociada al viernes negro, de inmigrantes europeos y, muy especialmente, sus hijos, aunque sí es cierto que se ha acentuado en la última década. Y cuenta con todos los insumos que una sociedad -la nuestra- puede aportarle para consolidarse, hacerse mayor, en los años por venir.

Luego del desfile incesante de familiares, amigos y conocidos  por los trámites de migración, cada vez va consolidándose en quienes repetimos los mismos gestos y palabras de despedida la sensación de estarnos quedando solos.

La semana pasada asistimos a la circunstancia de conocer la despedida hacia otras tierras de dos compañeros de trabajo.Hace poco más de 3 meses que vivimos el evento previo entre quienes trabajamos juntos. Y ahora nos preguntamos, ¿quién será el próximo?

La revista colombiana Semana publicó un artículo en su último número sobre el impacto que está teniendo la migración de profesionales e inversionistas venezolanos hacia ese país, a un ritmo de más de 800 permisos de residencia por mes, un número nada despreciable si se considera el perfil de los viajeros, y eso sin contar los muchos que van y vienen aprovechando estar a solo hora y media de vuelo desde Caracas, muchos que están comprando apartamentos o explorando negocios sin mover a la familia, sin asumir el desplazamiento del hogar. Lo mismo ocurre en sitios como Panamá, Costa Rica, República Dominicana, México y Perú, además de, claro está, de la Florida, ante las dificultades de los destinos europeos que acogieron no pocos venezolanos durante los últimos 20 años.

Las razones que suelen mencionarse hacen referencia al pasado reciente y al presente nacional, y casi todas coinciden en la inseguridad personal, la ausencia de oportunidades de desarrollo profesional, la inseguridad jurídica a las inversiones, las amenazas a la propiedad privada, el temor a los abusos de quienes gobiernan y el deterioro de los servicios públicos y de la vida cotidiana. Todas esas son razones ciertas y nos las han mencionado todos los que conocemos y se han ido. Pero la razón de fondo,la que hace factor común, es aún más grave. La desesperanza no es otra cosa que la convicción de que el futuro no será mejor,de que los problemas que nos molestan no se resolverán,sino que, por el contrario, que las condiciones serán peores. Es el desmoronamiento de aquel viejo dicho que rezaba que la esperanza es lo último que se pierde. 

Y entre quienes no tienen planes concretos, suelo uno escuchar aquello de estar a la espera de qué ocurrirá en diciembre del 2012, fecha que puede suponer un hito para alargar las colas en Maiquetía, para incrementar las relaciones basadas en el skype, para seguir exportando la materia prima necesaria para revertir tanto deterioro.  

domingo, 29 de mayo de 2011

El Viejo Victoria

Crucé la infancia y la adolescencia en un colegio con piscina, una piscina azul celeste de 25 metros de largo, enmarcada en palmeras, rejas con enredaderas, un gimnasio alto y blanco y un edificio de aulas y oficinas administrativas. Tenía un lado más profundo, al norte, el cual solo conocimos despues de varios años de clases en el lado sur, a donde los más pequeños dábamos brazadas en las mañanas, de este a oeste, bajo las ventanas de algunos salones reservados a los estudiantes de bachillerato.


Por aquello de la mente sana en el cuerpo sano, una o dos veces a la semana, durante todo el año escolar, año tras año, desfilábamos por aquella piscina, traje de baño arena azul marino - lentes plásticos speedo, y hacíamos series en los distintos estilos, bajo las órdenes de los profesores, el principal de ellos, Alfonso Victoria, a quien -con los años- pasamos de decirle "profesor Victoria" a decirle simplemente "el viejo Victoria", quizas como una forma de diferenciarlo de su hijo, que tambien daba clases en el colegio Santiago de León de Caracas.

El viejo Victoria tenía un tipo atlético, una calvicie evidente, poseía un caracter fuerte, aunque no era raro verle sonreir mientras nos miraba detras de unos lentes RayBan de marco dorado y vidrios verdes, desde la orilla de la piscina. Habia llegado de España en los primeros años de la postguerra, antes de contar con la mayoría de edad. No se en que año comenzó a dar clases en la piscina del Santiago, tampoco se en que año dejó de darlas, durante toda mi primaria y bachillerato estuvo allí, casi como parte de la infraestructura del Colegio. Simplemente, llegó antes que yo, y se fué despues de mi.

El viejo, junto al lado sur de la piscina del Santiago
A mi, en lo personal, lo del cuerpo sano nunca se me dió muy bien, y prefería ver la piscina desde afuera y no desde adentro. En más de una oportunidad escuché los regaños del viejo, quien nos exigía, a mi y a otros compañeros, más y nos ponía como ejemplo a alguno de los estudiantes de años superiores, que durante horas daba brazadas en un carril de la piscina, normalmente el del extremo este, para orgullo del entrenador y verguenza de los que tragábamos agua, tratando de terminar las series de estilo pecho o mariposa.

Esos estudiantes de años superiores terminaron siendo la selección de Venezuela que asistió a los Juegos Olimpícos de Moscú, en 1980, cuando aún estaban rematando el bachillerato y, cuatro años más tarde, ya siendo estudiantes universitarios, pero siempre vinculados al viejo Victoria, en los juegos de Los Angeles, dos de ellos, Rafael Vidal y Alberto Mestre, obtuvieron, respectivamente, la medalla de bronce y un cuarto lugar, que los ubicaban en la élite del deporte mundial.

Rafael Vidal
Más de una vez los vi nadar durante horas, desde las ventanas de los salones de clases, con las palmeras y el Avila como fondo, en donde dejaba de prestar atención a la física, la química o la geografía, para quedarme embelezado viendo la luz sobre la montaña y las ondas sobre el agua.

El periódico de hoy domingo trae la noticia de que al viejo Victoria se le acabó la piscina, a sus cerca de 80 años, en la Isla de Margarita; pero lejos de darme tristeza, desde esta mañana, solo me ha dado por imaginármelo, como siempre, con una Chemisse Lacoste blanca , los lentes Rayban, un silbato colgado al cuello y la piel quemada por el sol, parado en la orilla de una piscina, en la que Rafael Vidal no se cansa de nadar .Esa sería una buena imagen publicitaria para el cielo.  

  
  

martes, 17 de mayo de 2011

El último tren

A Arica ya no llegan trenes. El último tren de la línea que va al sur de Perú, a Tacna, llegó hace más de 3 meses. El último tren de la línea que va a Bolivia, el que subía a La Paz, llegó hace varios años.

Se dice que volverán y que con ellos vendran tiempos mejores. También he oído en estos días que no importa si vuelven, porque se sabe que volverán a irse, más temprano que tarde. Funcionan unos meses, unos años, me dicen, y siempre, luego de períodos de precariedad, vuelven a parar. Eso nos hace pensar que pueden volver; pero tambien nos hace dudar, no tener la certeza de que estarán aquí si volvemos alguna vez en nuestra vida al norte de Chile, a donde estoy ahora escuchando rugir al oceano Pacífico junto a la ventana de mi habitación.

Vivimos tiempos de últimos trenes. Nuestros hijos no conocen muchas de las tecnologías que acompañaron nuestros días. Todo pasa y todo queda, como dijo el poeta español, aquel que murió lejos de su hogar. Crecí con máquinas de escribir, cassettes, camaras de película, proyectores de diapositivas, retroproyectores, betamaxes y vheses, tocadiscos, ataris, buscapersonas, telegramas e hilos musicales...

Línea  Arica Tacna

Acaba de pasar un barco pesquero frente a mi ventana, veo sus luces en medio de la noche, balanceándose sobre las olas, mientras el pacífico se hace sordo a su nombre y sigue golpeando con fuerza las piedras que bordean el Hotel Arica.

El ferrocarril es una referencia lejana para los caraqueños de mi edad. Para mi, en mi infancia y adolescencia, solo existía cuando se apagaban las luces del cine. Quizas por eso les asigno a los trenes un valor romántico que supera con creces su valor funcional.



Estación de laLínea Arica La Paz

Quizas por eso, al pararnos frente a la estación de Arica esperamos ver los pasajeros que no están, ver los viajeros que no existen. Quizas por eso es que nos gustaría volver a estas tierras en medio del desierto y subir junto a la familia al altiplano a bordo de un tren. Quizas por eso soñamos con ir a ver a la señorita de Tacna en un ferrocarril que nos traslade, más que a otras tierras, a otros tiempos, los tiempos en que eramos felices al ver oscurecerse lasala de la Cinemateca Nacional, el Radio City, el Broadway o El Trebol...

Estación Arica


Estación Arica






sábado, 14 de mayo de 2011

Serrat x2 en el Municipal

Saliendo de la Carnicería Trebol con unos paquetes de milanesas, medallones, bistecks y otras joyas de urgente necesidad de reposición en el congelador de la casa, me he parado en la tienda Recordland de Las Mercedes, otrora emporio del disco que, como todos los exemporios del disco, vive sus horas bajas ante la cada vez menor venta de grabaciones legales en formato físico.

No tenían lo que andaba buscando, pero a un lado de la puerta de entrada tenían a  precio de remate -más o menos un tercio de lo que valen los cds recien llegados- buena parte de los discos de Joan Manuel Serrat de los 70s y comienzos de los años 80s, la época en que las letras y la música del nano todavía andaban de la mano, justamente los discos que solía poner -en formato cassette, claro está-  en el laboratorio de fotografía del Santiago, cuando me quedaba encerrado ahí por las tardes, luego de las clases.

Salí del negocio con una bolsita en la mano, tarareando mentalmente -para suerte de quienes me rodeaban, que el cante no se me ha dado nunca bien- los versos de "Pueblo Blanco", ansioso por sentarme en el carro y poner a sonar el disco, camino a mi casa.

Mientras manejaba, escuchando el disco, recordé la primera vez que vi en vivo a Serrat, aunque con la confianza que le tenemos de este lado del charco, bien podría decirle directamente Joan Manuel.


El disco que compré a precio de saldo

Era 1983 y el país estaba inmerso en los festejos del bicentenario de Simón Bolívar. La fiesta de los 70s ya había llegado a su fin y los opinadores de oficio hablaban de la resaca que nos había quedado, ignorantes que el verdadero dolor de cabeza se prolongaría por las décadas sucesivas. Sin embargo, recuerdo a aquel año, el año en que estaba en cuarto de bachillerato y pasé al último año de la secundaria,  como uno lleno de actividades culturales, conciertos, obras de teatro, exposiciones y otros eventos de diferente monta.

Con la mitad del dinero que me pagó Levi Rossell en un teatro que estaba en los sótanos de Parque Central - a donde llegué por recomendación de Luigi Polisano- por unas fotos que le tomé con la Yashica TL Electro de mi padre mientras presentaba una obra de teatro sobre Reverón en el Teatro Municipal (la otra mitad del dinero se la di a Victor Quintero, que puso el laboratorio de su abuelo en Las Palmas y los materiales para revelar y copiar) me compré con varias semanas de anticipación una entrada para asistir un domingo en la tarde, casi noche, al concierto de Serrat en el Teatro Municipal de Caracas. Como el dinero de las fotos no era mucho, la entrada en cuestión me daba derecho a escuchar a Serrat - eso sí- pero apenas a verle, siempre desde arriba, muy arriba, porque mi asiento estaba en gallinero lateral derecho, más arriba que la lámpara que ilumina la sala.

Pero nada más llegar a Venezuela el viernes antes del espectáculo, Joan Manuel anunció que, adicionalmente al concierto previsto, daría uno gratis para los jóvenes de Venezuela que celebraban el bicentenario del libertador (suena cursi, tan de la retórica gubernamental de estos  tiempos de hoy, pero recuerdo que fue exactamente así como lo anunciaba la prensa de aquellas fechas). A tal fin, se ofrecía un concierto adicional, de puertas abiertas, en el mismo Teatro Municipal, a primera hora de la tarde.


Serrat en 1982

Varios de los amigos/as de entonces, que no habían tenido la oportunidad de comprar una entrada para las funciones de pago, hablaron de presentarse temprano a las puertas del Teatro Municipal, anticipando  la fuerte competencia por las sillas, que no son muchas en el viejo teatro del centro de la ciudad. Y así lo hicieron, se fueron desde la mañana, apertrechados con panes de jamón y queso envueltos en papel de aluminio y otras reservas producto del reciclaje de lo que había esa mañana de 1983 en las respectivas neveras.

Yo, por mi parte, tenedor de una entrada al portador para la función de pago, manifesté mis dudas al respecto, pero, finalmente, movido por la ingenuidad propia del quinceañero que yo era entonces y que me hizo pensar en algún momento que esa función de regalo era algo especial, diferente a las otras funciones ofrecidas, me decidí a última hora, más o menos al mediodía, a subirme a una camionetica por puestos que hacía la ruta Los Chorros- El Silencio y que tenía su parada final junto al viejo edificio de Identificación y Extranjería, en la parcela contigua al oeste del Teatro Municipal.

Era fin de semana y a esa hora del mediodía pocos eran los pasajeros que hacían el recorrido desde Los Chorros hacia el centro de la ciudad, así que en el tramo final recuerdo estar solo junto al chofer , en el asiento individual que queda al otro lado del motor de las camionetas Dogde que conformaban la flota de transportes de la línea de Los Chorros. Nada más llegar a la parada final, alrededor de la una de la tarde, la hora prevista para el concierto, comencé a caminar los 40 metros que me separaban  del Teatro Municipal.

Desde donde yo iba caminando, desde el noroeste del teatro, me sorprendió no ver a nadie afuera. No había filas para entrar ni aglomeraciones de ningún tipo. Mi primera reacción fue pensar que ya estaban todos adentro y que, incluso, ya había comenzado el concierto, y que acababa de hacer un viaje en vano desde el otro lado de la ciudad.


El disco más reciente de aquellos días

Los últimos metros de caminata los hice junto a alguien que andaba con evidente apuro y al parecer iba al mismo sitio adonde iba yo. Cuando llegamos, uno junto al otro, a la reja de la escalera noroeste del Teatro Municipal, él empujó la reja, que estaba parcialmente abierta y comenzó a subir los escalones, y yo tras él. Por un momento pensé que, al igual que yo, él, pantalón blue jean, camisa blanca y chaqueta de cuero negro, estaba llegando tarde y no quería perderse lo que faltaba del espectáculo, pero pronto supe que en realidad trabajaba allí.

Al final de las escaleras, bajo el atrio de entrada,  al momento en que nosotros llegábamos alguien, desde adentro, abría una de las 2 hojas de madera de la puerta y por allí pasamos rápidamente, primero él, luego yo, que seguí, casi corriendo, hacia el patio de butacas. Solo cuando estuve allí, en medio del teatro vacío, sin nadie más entre el público, caí en cuenta que aún no abrian las puertas para quienes esperaban desde la mañana frente a la fachada este del Teatro Municipal.

A los 5 minutos de estar allí, dudando si sentarme en primera fila o en segunda, o si a la derecha del pasillo central o a la izquierda, adivinando por la ubicación de los instrumentos a dónde se pararía a cantar Joan Manuel, sonó un ruido similar al que deben haber sentido los pasajeros del Titanic al escuchar el agua inundando el barco y, de repente, aparecieron montones de personas, empujándose unos a otros, corriendo, tratando de llegar a los mejores puestos. Mientras escribo esto, me viene claramente a la cabeza la imagen de Maureen López -overall de blue jean, franela blanca- preguntándome que dónde me había metido, que no me habían visto afuera, que ellos estaban afuera desde la mañana;a la par que se quejaba porque en medio del tumulto que se formó al abrir las puertas le habian empotrado en la ropa un cambur y algo más que había traido para comer, un sandwich, tal vez.

El concierto fue exactamente igual al otro, al que vería despues con mi entrada de gallinero, las mismas canciones, el mismo orden.Incluso los comentarios y los chistes. Me puso en evidencia, no sin algo de decepción, que lo que sonaba tan natural era en realidad algo planificado, producto del ensayo. La diferencia estaba en que en este caso, escuchaba a Joan Manuel cantar señora, aquellas pequeñas cosas o mediterraneo, viéndole directamente a la cara y no desde los tejados del teatro.

Que yo recuerde, ha sido la única vez que he visto a artista alguno dos  veces en una misma gira. Y puedo decir, ahora, mientras escucho uno de sus viejos discos, que lo disfruté por partida doble.