viernes, 1 de junio de 2012

Viendo la prensa de Caracas desde Baja California

Leo, sentado junto a una mesa de la planta baja del refrigerado Hotel Fiesta Inn de Mexicali, en la agreste frontera entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América, una nota de la prensa de Caracas que da cuenta de la muy próxima fecha en la que el gobernador del Estado Miranda, en Venezuela, hará su inscripción como candidato a la Presidencia de esa República y, en consecuencia, designará como Gobernadora de dicho estado, uno de los más importantes por tamaño poblacional, nivel de actividad económica y visibilidad política, a la urbanista Adriana D Elías.

Hace sólo horas que el urbanista Matías Ramírez estaba sentado conmigo en esta misma mesa, huyéndole a los 44 grados centígrados que barren las calles de esta ciudad hermana en estética y escala visual con El Tigre y Anaco, dos cálidos rincones del oriente venezolano en los que alguna vez nos ha tocado ganarnos el pan, preparándose para tomar un avión rumbo a la capital mexicana, como escala en un viaje de trabajo hacia El Salvador.

Los tres, Adriana, Matías y un servidor, ocupamos en alguna oportunidad remota, que parece ayer pero ocurrió hace cerca de dos décadas, los tres escritorios del cuarto de atrás del Instituto de Estudios Regionales y Urbanos de la Universidad Simón Bolívar. O, para conocidos, allegados y afines, simplemente el IERU o "el instituto".

Ver la noticia en cuestión en la prensa - en realidad en la pantalla del ipad- me ha trasladado de inmediato a aquellos días de sueños amplios y recursos estrechos. Muchas veces hablamos, entre los tres, con la misma iniciativa con la que afrontábamos los proyectos laborales de entonces, sobre las posibilidades del futuro, sobre la visión de un porvenir que poco se parecía - a veces más, a veces menos- a aquel rincón del primer piso del edificio de Mecánica y Estudios Urbanos, poblado de escritorios y archivos de metal, sillas de semicuero y carteleras de corcho.

Porque sé de primera mano de los esfuerzos y sacrificios que ha supuesto para Adriana estar donde está, me produce una instantanea felicidad leer lo que leo. Se que es una suerte de "sueño realizado" (y al decir esto, estoy pensando en Onetti y no en el Miss Venezuela). Lo mismo puedo decir del Matías. Y sin embargo, siempre se pregunta uno, no sobre los demás, más bien sobre uno mismo, si uno hace todo lo que puede, si ha podido hacer otras cosas en todos estos años que vienen desde los primeros años 90s del siglo pasado, e incluso antes, cuando los fundadores de TDR Urbanistas coincidimos en la Universidad Simón Bolívar.

En una suerte de ejercio de la teoría de la relatividad, nuestras vidas personales han progresado en muchos aspectos y no así en otros, aunque creo que el balance está a la vista. Y sin embargo, el retroceso del país  diluye en parte esos avances personales, como el viajero que camina dentro de un vagón de tren que se mueve en el sentido contrario al del viajero.

Acabo de leer la prensa de Caracas y desde estas tierras lejanas es inevitable alegrarse por las noticias en la primera plana. Y los que leemos la prensa de Caracas, lamentablemente, no podemos decir eso cotidianamente. Es más, no lo podemos decir casi nunca.

Solo nos queda pensar, como lo hacíamos, reunidos en el cuarto de atrás del Instituto, que vendrán tiempos mejores.

Mexicali









miércoles, 25 de abril de 2012

Con lo que escribo

Sería tan bonito como pretencioso decir que comencé a escribir con plumas fuente porque tenía plena conciencia de la calidez y calidad de dicho objeto, por un interés personal en mostrar diferencias con los demás o simplemente por hacerme el interesante. Pero no sería cierto.

Fue solo cuestión de oportunidad. La verdad es que el niño que era comenzó a usar plumas fuentes en sus cuadernos del Santiago de León de Caracas porque tomaba las estilográficas que mi papá no usaba, que nunca usaría, que se quedaban relegadas al fondo de las gavetas del escritorio de fórmica gris y marrón, completamente vencidas, sin uso alguno, ante la practicidad de los bolígrafos y los rollerball. Papá usaba sus bolígrafos, como aquel Parker 75 de plata esterlina con el que rayaba y rayaba, y yo usaba sin que nadie se diera cuenta o sin que nadie le diera mayor importancia, la pluma del mismo juego, que no usaría nunca nadie en esa casa de Los Chorros por donde me buscaba el señor Amadeo en un autobús Ford amarillo chillón para llevarme cada mañana a la escuela.

Parker 75
Perdí esa pluma Parker 75 porque alguna vez la dejé olvidada en el pupitre del salón y ya no estaba allí a la vuelta del recreo. Tambien perdí, creo que en circuntancias parecidas o simplemente se me salió del bolsillo, una Sheaffer dorada, con baño de oro, según se leía en la tapa junto al clip para colgarsela en la camisa. Alguna otra tambien perdí por ahí. Pero en el camino, más o menos a la altura en la que la primaria se convierte en el bachillerato y el señor Amadeo fue sustituido por la camionetica por puesto, me enamoré de la plumas como instrumento de escritura, y ahora sí, como proyección de quien las empuñaba para garabatear apuntes en los cuadernos del colegio e historias en las hojas de reciclaje de mi casa. Cuando agarraba la Parker 21 (sin tener ni idea de qué modelo era) color azul con tapa dorada que había sido de papá en los tiempos en los que estudiaba en el pedagógico quería lanzar una señal a mi alrededor, probablemente una que hubiese podido fácilmente sustituirse por un "hola cómo estás", pero bueno, esas son ya otras historias.

Parker 21

Y junto a las pérdidas tambien gané alguna que otra producto de la suerte. Pero es difícil justificar tanta suerte. Debe haber alguna explicación más propia del concepto del destino cuando uno piensa que un servidor se ha encontrado - la primera en una acera de Caracas, la segunda en una acera de Madrid- sendas Montblanc Meisterstruck con plumín de oro y cuerpo de resina preciosa, que acompañaron bastantes años de mi escritura cotidiana. Debo decir tambien, para confirmar la tesis anterior, que alguna otra me he encontrado por ahí.

Tambien he sumado las que he comprado a lo largo de los años, desde las más humildes, como las viejas Esterbrook que buscaba en un negocio hoy desaparecido, que quedaba bajando de la Avenida Universidad, en Caracas, justo al lado de la sede principal del Banco Industrial, hasta la Boheme que ha sido mi medio de escritura cotidiana durante poco más de la última década y que compré con el pago de un trabajo que tomó algo más de tres meses de mi tiempo. Más recientemente, en mi cumpleaños me han regalado una Pilot Bamboo con la que estoy garabateando estas líneas, cargada con la misma tinta vinotinto Montblanc que compraba en el Corte Inglés de la Calle Princesa de Madrid dos décadas atrás.
Montblanc Boheme
Alguna vez, creo que en un pequeño negocio de Alcalá de Henares, en ese donde compré con los remanentes de mi beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional  durante mi estadía en esos lares -hace ya dos décadas- un par de Pelikan de émbolo, que alternaba en su uso con tintas azules, vinotinto y verdes, leía que la "estilográfica habla de la persona que la maneja". Yo me sentiría más que satisfecho si las plumas que suelo usar hablaran por mi, seguramente lo harían mejor que yo.


Pilot Bamboo / Namiki Bamboo

miércoles, 11 de abril de 2012

Alguien me debe algo

La noche de aquel 11 de abril y las primeras horas de la mañana del día 12 inmediato siguiente tuvieron en común las llamadas -nacionales y provenientes de otras tierras- que iban y venían en búsqueda de información y aprovechaban para dar la felicitación por el cumpleaños, con la argumentación, tantas veces repetida que parecía coordinada previamente entre familiares y amigos, según la cual mi regalo por los 35 que cumplía un servidor ya me había sido dado, con gran generosidad: el inminente cambio de gobierno.

Aquel día 11 habíamos caminado, primero desde la casa de mis padres en Los Chorros hasta el Parque del Este (siempre en compañía de Patricia, de mi hermano y María Gabriela, mi cuñada, quienes por aquellos días recien estaban aclimatándose de nuevo a estas tierras luego de haber vivido los 4 años previos entre Canada y España); luego ya como parte de la marcha hasta el Cubo Negro de Chuao (en donde todavía me veo acostado en una isla de la autopista, viendo el sol que brillaba esplendidamente aquella mañana, comiéndome un raspao y escuchando al gentío gritar " a Miraflores, a Miraflores"); y finalmente, hasta la Avenida Baralt, en donde, luego de una lluvia de bombas lacrimógenas provenientes de las oficinas del Ministerio del Ambiente (siempre me pareció esa una metáfora perfecta, no podía haber sido desde otra dependencia pública...) tomamos la decisión de devolvernos justo cuando comenzamos a ver a nuestro alrededor gente ensangrentada, que llebaban cargada hasta las jaulas de la Metropolitana, que arrancaban picando caucho con destino desconocido a pocos metros de nosotros.

Quizás por la frustación derivada de los eventos posteriores, quizas por el casancio producto de tanta caminata y tanta gritadera para unos insubordinados amateur, quizas por el pesar que produce el pensar - mientras veía por televisión la bufonada de Carmona y las idas y venidas de la información- que nos merecemos como país todo lo que nos pasa, jamas pedi compensación alguna por aquel engaño, por aquella oferta fraudulenta. Como regalo de mi cumpleaños 35 escuche repetidas veces que había recibido un nuevo comienzo, la esperanza de un nuevo país, la oportunidad de enmendar la dirección, la posibilidad de un futuro mejor. Y mañana voy a cumplir 45 echando en falta, 10 años despues, semejante regalo, que sigue sin materializarse.

En estas fechas estoy pensando que alguien me debe algo, y con 10 años de intereses.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Covers: reescribiendo un cuento de Ednodio Quintero

Siempre quise estar en una banda, un grupo musical, aunque desde siempre supe que no tenía el más mínimo asomo de talento para ello. Nunca se me ha dado el cante y a pesar del dinero desperdiciado por mis padres en clases de música e instrumentos, no se tocar nada más allá del timbre de la puerta. Ni siquiera se me dió el baile. Se tiene o no se tiene, es un hecho, y decir lo contrario asumiendo la perserverancia como paliativo no es más que una distracción de la realidad. No pasa nada, pero igual me hubiese gustado estar en una banda, no de esas famosas, sino de esas de patio de colegio, de plaza y fiesta de barrio, de matatigres con poco oficio que hacen covers, versiones para decirlo en cristiano, de las canciones que les gustan, no se, tocar en la fiesta profondos de los graduandos de bachillerato como si fuera lo mismo canciones de Cerati, Police y los Beatles, sin que nadie recuerde pasadas dos horas del final del guateque quien tocaba aquella música o generaba aquel ruido.

Hubo un tiempo en que hacer versiones era toda una industria. Por ejemplo, aqui en Venezuela grupos como los Darts o los 007 hacían versiones de canciones de grupos ingleses y norteamericanos en los 60s traducidas al español, o mejor aún, hacían versiones que mantenían la música y el ritmo, tal vez algún verso o estribillo, pero ante la imposibilidad de la coexistencia de los ritmos con el traducir literalmente los éxitos del extranjero, debían escribir nuevas letras, que sonaban parecidas a las versiones originales, pero con palabras y significados totalmente diferentes. Y para mi gusto, algunas resultaron incluso mejores que las originales. Ya por los 80s me gustaba mucho un grupo cuya única finalidad era tocar en pequeños locales nocturnos, Electrodos era una banda de covers donde cantaba Pedro Castillo, entonces en el tope de la popularidad con Aditus, que mataba tigres algunas noches tocando canciones de Police, Asia, Yes y otros grupos en boga en aquellos primeros años de la universidad.

Todo este cuento viene al caso porque en estos primeros meses de este año he retomado una vieja costumbre, algo que solía hacer décadas atras: covers de los cuentos que me gustaban. En la opción más frecuentemente seleccionada, solía copiar una primera frase o incluso un primer párrafo y a partir de allí escribía de nuevo la misma historia o trataba de hacerlo, porque comúnmente terminaba contando otra cosa. Una opción más sofisticada de este entretenimiento consistía en extraer del cuento original algunas partes, frases sueltas, y luego procedía a reescribirlo o a escribir una nueva historia usando los elementos tomados del cuento original. Es un simil de las grupos de música de patio de colegio, tocando versiones de las canciones que les gustaría componer. Al final, de una forma o la otra, uno de deja de tratar de hacer lo que quiere.

A modo de ejemplo del resultado de esos divertimentos y más concretamente de uno reciente, de este mismo año, voy a poner en estas páginas un caso de lo que explico. Como más de la mitad de los lectores de este blog provienen de otras tierras y no tuvieron la suerte de que les pusieran a leer en bachillerato a Ednodio Quintero, escritor venezolano nacido en 1947, me voy a tomar la libertad de colocar primero el cuento origen de todo este asunto y luego, la versión de este "músico de viernes por la noche".

La Muerte Viaja a Caballo. Ednodio Quintero (1974)

Al atardecer,sentado en la silla de cuero de becerro el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, fragil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.
A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al rio, avanzaba la muerte en un frénetico y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador reconocío la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la linea ímaginaría del patio. Y el abuelo que había aguardado desde siempre este momento disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre si´mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.
La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patío y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, en semicirculo rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.


Cover: La Muerte Viaja. Gonzalo Tovar (2012)

Con el permiso – y espero que el perdón- de Ednodio Quintero
Al atardecer, sentado frente a la pantalla de plasma de cuarenta y seis pulgadas en una silla de cuero modelo mariposa, diseño del arquitecto Bonet, mientras miraba con el desgano propio de un jubilado una vieja película de vaqueros, creyó ver una figura alada, oscura, frágil, que se alzaba zigzagueante desde la ventana hasta la lámpara encendida en el centro del techo de la sala. Aquel presagio le hizo recordar una vieja lectura de décadas atrás y trató, torpemente, de levantarse de la silla, intentando adelantarse al desenlace que creía conocer, pero enseguida recordó que nunca había habido armas en aquella casa y momentáneamente no supo qué hacer, hundido de nuevo en la silla marrón, sin respuestas frente a la contingencia.
-          Razón tenían quienes me dijeron que leer tantas vainas raras terminaría haciéndome daño.
Un joven Clint Eastwood cabalgaba frenéticamente, vestido íntegramente de negro sobre una montura del mismo color por un estrecho camino paralelo a un río, directamente hacia la cámara, mientras el sonido dolby home cinema con seis cornetas envolventes abrazaba todos los objetos en el cuarto. El abuelo, todavía hundido en la silla de cuero, reconoció en el televisor la imagen de su enemigo y luego de pararse de la silla marrón, no sin dificultad, dio un pequeño salto por encima de los cojines y se atrincheró detrás del sofá negro, con las manos desnudas, clavando las uñas en las rendijas del parquet y apretando la mandíbula hasta hacer rechinar los dientes. El abuelo, a pesar de que había aguardado desde siempre este momento, no sabía qué hacer, dominado por el miedo y sin medios para defenderse, optó por lanzar, ciegamente, sin ver hacia el objetivo que se acercaba a toda velocidad, el pesado cenicero verde y rojo de ICET arte murano, una de las pocas cosas de la vieja casa de Caracas que aún decoraba la sala de la familia en Brooklyn.
El estallido nos hizo bajar a saltos por las escaleras y, sin acuerdo previo, pararnos en semicírculo rodeando al caído. Mamá se separó del grupo e inclinándose sobre la víctima del impacto, la tomó por los extremos firmemente, sacudiéndola, primero, y frotándola, luego, en el lugar en el que presumíamos había recibido el golpe,  mientras apretaba frenéticamente los botones del control remoto, a la vez que pateaba hacia un lado de la sala los trozos de vidrio verde.
Entonces vimos reaparecer la imagen en la pantalla de plasma, que era el centro de nuestro hogar. El abuelo, viejo actor retirado, que durante años se había vanagloriado de sus papeles como extra en películas del lejano oeste, yacía vestido como un campesino mexicano con la mirada perdida hacia el cielo y la boca abierta, mientras el jinete vestido de negro lo remataba de un disparo.  
Lee Friedlander. Tomado del Blog de mi cuñado, Ricardo Armas (entre ojos)


lunes, 19 de marzo de 2012

W Eugene Smith o por qué este blog se llama como se llama

Este blog se llama como se llama porque una mujer de Deleitosa, España, le contestó al fotógrafo W. Eugene Smith en 1950 que "cuando ella cerraba los ojos, todo lo que miraba era suyo...". Aqui va un pequeño homenaje a uno de los más importantes fotógrafos del siglo XX:

Deleitosa

Sus hijos "camino del paraiso..."


Chaplin


Pittsburg

Su casa en distrito de las flores NYC


En su apartamento de NY

Gales

Pittsburg

Deleitosa

Eugene Smith en sus últimos años





jueves, 15 de marzo de 2012

Tardes con Cruz-Diez (Mediodía en París, parte 2)

Aprovechando la visita familiar a París del pasado mes de enero, programamos -luego de mucha insistencia familiar- una visita a Carlos Cruz-Diez, artísta venezolano de amplio reconocimiento internacional, residenciado en Francia desde hace unos 50 años y una de las voces más importantes del movimiento cinético, que tanta fuerza tuvo décadas atrás - especialmente en Europa- y que en años recientes ha resurgido entre la crítica, incluso en los Estados Unidos en donde "los cinéticos" nunca fueron de muy alta estima, con una importante revalorización de las obras y de los artistas que las crearon, a través de múltiples exposiciones, publicaciones e incorporación de obras en espacios públicos.

Desde la perspectiva de los venezolanos que tuvimos nuestra infancia en el período de la "Gran Venezuela", el arte cinético era "el arte moderno", con toda la carga ideológica que ello implica y, por supuesto, fue parte muy importante de nuestra educación sentimental. El país que se soñaba moderno o que al menos tenía aspiraciones de serlo se mostraba, entre otras cosas, a través de un conjunto de artistas que eran referencias internacionales, con trabajos expuestos en importantes museos del mundo u obras instaladas en edificios y espacios públicos de los 5 continentes, y que eran una prueba viviente que el país podía generar motivos de orgullo patrio más allá del petróleo, los boxeadores, las misses y los jugadores de pelota.

Yo, con lo apátrida que suelo ser, no pude evitar sentirme orgulloso hace 20 años al notar que en el techo sobre la entrada del Centro Pompidou estaba una obra azul de Jesús Soto y que en su colección permanente, la más importante en Europa de arte moderno, en el  mismo piso que los Picasso y los Magritte, estaban en paredes enfrentadas, mirándose una a la otra, obras de Jesús Soto y de Carlos Cruz Diez.

Carlos Cruz Diez décadas atrás en Caracas, junto a una de sus obras, hoy muy deteriorada.


Carlos Cruz Diez trabajó como diseñador gráfico y como ilustrador - antes de su partida a Francia- en diferentes publicaciones, como Elite y El Farol, junto a mi suegro, Alfredo Armas Alfonzo, con quien le unió durante décadas una entrañable amistad, aderezada con oporto y pescados con crema preparados por Aída, la abuela de mis hijos. Para Patricia, Cruz-Diez fue un personaje casi cotidiano durante su infancia y juventud temprana, aunque tenía muchos años sin verle. Por ello sólo nos bastó una llamada telefónica para hacer una cita en su apartamento de París, a donde nos recibió rodeado de sus hijos y de sus colaboradores.

Organizamos las tareas de ese día pensando en la visita que habíamos programado para esa tarde, ubicamos en el plano la calle donde Cruz Diez ha vivido desde los años 60s y buscamos otras cosas que hacer o lugares cercanos de interés para asegurarnos de estar cerca de allí desde temprano y llegar puntuales a la hora acordada y allí llegamos, empujando el coche de "La Tere" por la cuesta que lleva al portal del edificio y halando del brazo a Diego, a quien habíamos adoctrinado previamente, haciéndole saber que  aquel que conocería ese día era una persona muy importante y había sido uno de los mejores amigos de su abuelo.

aeropuerto de Maiquetía


Supimos reconocer cuál era el edificio al ver el viejo letrero -perfectamente conservado- de la carnicería en la planta baja, legado de los antiguos ocupantes del local, desde hace años sede de uno de los talleres del artista, que tiene varios espacios de trabajo en esa misma calle, además de la sede de la Fundación Cruz-Diez y su propia casa de habitación, justo encima de la carnicería en cuestión.

Las personas talentosas, creativas, con independencia de su simpatía, suelen tener un aura, un carisma particular que hace que de una u otra forma nos interesemos en ellas. Si ello lo combinamos con la enorme simpatía de "el maestro", como le suelen llamar quienes trabajan con él, así como la energía que irradia al comentar todos los proyectos en los que a sus alrededor de 80 años sigue involucrado (Corea, Argentina, Miami, Boston, Texas, Paris...), nos enfrentamos sin duda a una personalidad encantadora, que enriquece la vivencia de los momentos que compartimos con él y nos impulsa a ser mejores .



Cuando esa noche de enero del 2012 caminamos bajo un llovizna aquella calle de París rumbo al apartamentico del Marais adonde ibamos a dormir todas las noches, luego de pasar la tarde con el maestro y de visitar sus talleres y espacios de trabajo, llevábamos bajo el brazo, junto a una gráfica dedicada de su puño y letra a "Patricia y su combo" -familia cercana de una que está en la pared junto a la computadora de mi oficina y de otra que luce en la sala del apartamento del Altolar- la esperanza de que Lucía, Diego y Teresa hubiesen aprovechado cabalmente aquella experiencia enriquecedora, la oportunidad de conocer a un artista y su espacio vital, un artista que es un pedazo de lo mejor de aquel país lleno de defectos, pero que tenía como slogan "un país para querer". 

  

jueves, 2 de febrero de 2012

Mediodía en París (notas sobre la ciudad luz escritas bajo las sombras de Corpoelec)


1.    Ciudad Luz

Llegando de la Ciudad Luz se me ha quemado el monitor de mi computadora de la oficina. El que me ha vendido uno nuevo, luego de valorar que la reparación no se justificaba por la pequeña diferencia en costo respecto de la compra de uno nuevo y más grande- dice que ha sido seguramente por las fluctuaciones en la luz – en la energía eléctrica ha querido decir-. Y vaya que las ha habido en los veinte años que separan mi anterior visita a Paris de esta más reciente.

“Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, dijo el padre de la patria, y nunca tanto como ahora fueron certeras esas palabras.

2.    París era una fiesta

La primera vez que fui a París fue en una semana santa, la de 1991.

El viaje había comenzado el año anterior, porque José Enrique y Loli me habían dado en los meses finales de 1990 un catálogo de la agencia Mundo Joven (una agencia de turismo especializada en viajes para menores de 28 años, aunque también organizaba algunos paquetes exclusivamente para “adultos mayores, asumo que por aquello de la “juventud prolongada” de la que tanto se habla en Europa, y me imagino ahora se hablará más por lo del cambio de edad en las fechas de jubilación) con la advertencia de que tenía que reservar con tiempo, de ser posible al llegar a Alcalá de Henares en enero de 1991, el plan que escogiera para las vacaciones, pues en caso contrario corría el riesgo de quedarme de Rodríguez, condenando a una semana santa madrileña , lo que visto así en la distancia y desde la perspectiva caraqueña, tampoco me suena nada mal.

Antes de partir de Caracas estudié el catálogo como el devoto que asume el turismo internacional como su religión, aunque debo confesar que también me detuve en los viajes a las distintas regiones de España, los que finalmente nunca tomé a través de la agencia sino como viajero individual en tren o autobús.

Al llegar a Alcalá me apresuré a conseguir el nuevo catálogo de la agencia y a divulgar sus virtudes entre los compañeros de clases. Mi decisión ya estaba hecha: me iría toda la semana santa a París, sin más distracciones y ajetreos. Al principio varios compañeros y compañeras de clases se decantaron por el mismo viaje que yo había seleccionado, pero al paso de las semanas fueron modificando las reservas que habían hecho, cambiándose a viajes que en el mismo tiempo abarcaban otros destinos. Unos se cambiaron a un paquete que incluía por prácticamente el mismo costo París y Londres, otros tomaron un paquete que incluía Paris- Bélgica y Países Bajos (así le llamaba la agencia, lo de Holanda al parecer se usaba sólo para mencionar el origen del “queso de bola”). Al final, cuando se acercaba la fecha del viaje y había que pagar la porción restante para asegurar el cupo (el paquete completo, bus Madrid-Paris, hotel, desayunos, un bolsito y una guía, además de un paseo por la zona del Loira, salía por unas 17.000 pesetas!), me quedé como el único del grupo que se había decantado por pasarse la semana santa en un único lugar.

La verdad, aunque me atraía la posibilidad de viajar a otros lugares, tenía la expectativa de ver tanto en París que seriamente nunca consideré ninguna de las otras opciones. Había vivido los años recientes iluminado por el cine francés que proyectaban en la Cinemateca Nacional y el Cine Prensa. Había escuchado hasta la saciedad – y para sorpresa de amigos y familiares que no entendían tal inclinación- música francesa desde Aznavour hasta Jarré, pasando por Brel y compañía, y mi madre me recordaba de vez en cuando a sus antepasados – que obviamente también eran míos- franceses, hecho que explicaba el que una mujer nacida el Altagracia, Estado Nueva Esparta, fuese blanca transparente y con el cabello claro. París no era una opción, era un destino.

La chica que nos atendía en Mundo Joven estaba al tanto de todo lo que ocurría y el día que fui a llevar el último pago me preguntó si no quería cambiarme a alguno de los otros planes, que estaba al tanto que todos los otros y otras que se habían inscrito inicialmente conmigo se habían cambiado, y que aún había algunos cupos disponibles en viajes que combinaban dos o más países. Le respondí que no, que me quedaría solo, que quería estar toda la semana santa en París. Entonces me comentó, con un gesto pícaro que no entendí  hasta días después, cuando el viaje ya había iniciado, que ya que viajaría solo, me buscaría un “buen grupo” para que pudiera pasarla bien en París.

Para la salida nos citaron como a las 4 de la tarde al final de calle Princesa en Madrid, a donde llegué procedente de Alcalá – tren de cercanías y metro mediante-  con un  morral negro y un bolsito de tela con los 4 trapos que llevaba para la ocasión. Hacía mucha brisa fría y el cielo era azul intenso cuando el autobús arrancó con los viajeros, si mal no recuerdo, a eso de las 5 de la tarde.

Al “buen grupo” al cual me asignó la chica de la agencia podían confundirlo fácilmente con una excursión de un colegio de señoritas. Entre los alrededor de 50 pasajeros del autobús en cuestión, solo éramos del sexo masculino el chofer (un tipo bajito, barrigón, con una chaqueta negra de cuero y lentes oscuros como de los años 70s); el hermano de Pili Puertas, que estudiaba periodismo, creo, y vivía por Entrevías; un arquitecto que me asignaron como compañero de cuarto en París y que viajaba junto a dos amigas- también arquitectas recién graduadas- bastante pijas; otro más a quien no recuerdo específicamente y un chico que subió junto a su hermana  al bus en Burgos, a donde hicimos la primera parada de esa noche.

En ese viaje conocí a Olga Fernández López, a Pili Puertas y a su hermano, y a las hermanas Baños. Pero esa es otra historia, que merece ser contada por separado.



3.    Hoteles parisinos o la memoria como mala consejera

Recordaba con afecto el viejo hotel Home Montmartroise de la calle Chevalier de La Barre, a donde nos alojó la agencia Mundo Joven a nuestra llegada a París, la mañana siguiente a nuestra salida de Madrid y luego de parar en Burgos, en San Sebastián, y en una estación de gasolina a la afueras de nuestro destino, a donde tomamos un desayuno de aspiraciones americanas. Todavía conservo la tarjeta que me daba acceso a la habitación, en el último piso del hotel, y desde cuya ventana tenía una vista privilegiada de los tejados de París.

Cuando comencé a planificar el viaje de vacaciones familiares de este último fin de año, ya con la decisión de recibir el año 2012 en la capital de Francia, me apresuré a averiguar por internet si todavía existía ese hotelito de 4 plantas y 3 estrellas, ubicado en un callejón a los pies de la basílica del Sacre Coeur.

Por no hacerle caso a la canción aquella que reza que “donde has sido feliz no debieras tratar de volver...” me encontré con que el Home Montmartroise aún existe y que las imágenes que lo describen parecieran haber sido tomadas veinte años atrás. No han gastado un centavo en mejoras, lo cual puede ser muy bueno para la nostalgia, pero pésimo para el negocio.

Luego de revisar una parte de las interminables críticas negativas de diverso calibre, me encontré una crítica positiva – creo que la única que vi- que resume toda la situación. Alguien que durmió allí le recrimina a los otros que opinan negativamente diciendo “pero ¿que coño esperaban encontrar por lo que cuesta una noche en este hotel?...”

Visto lo visto, alquilé un apartamento en el 22 de la Rue Pastourelle, al norte del Marais, lo cual terminó siendo una muy buena decisión. Eso sí, cuando llevé a la familia a conocer la iglesia del Sagrado Corazón y a ver la ciudad desde arriba, no dejé de sonreír al reconocer al viejo hotel y recordar que ahí fuimos felices alguna vez.



Estas historias continuarán...