domingo, 6 de octubre de 2013
Déjalo, eso es Chinatown
Estos días de comienzos de octubre, esta misma semana, salí de la oficina y me fui caminando, cuesta abajo por la calle Alcanfores hasta llegar a Larcomar, un centro comercial con una implantación muy particular, que lo oculta de la calle colindante y lo convierte en un conjunto de balcones que miran al Pacífico peruano, y, luego de pasar a buscar un sanguche de lomo fino y queso edam derretido por la sanguchería La Lucha (se llama así, tal cual, como la mitad de los restaurantes de la ciudad, es otro emprendimiento de Gastón Acurio) entré a ver Chinatown, la película de Polanski que están dando allí, en los multicines del Larcomar, como parte de un miniciclo (3 películas, una por semana) de este director Polaco-Americano.
Recordaba haber visto Chinatown hace unos 30 años, en los primeros años 80s y no había vuelto a verla desde entonces. Recordaba haberla visto en la Cinemateca Nacional, en el viejo edificio de la Galería de Arte Nacional, en Caracas, cuando un servidor aún estaba en el bachillerato. Recordaba que entonces me gustó mucho. Quizás por eso y quizás porque en el cine de Lima ofrecían que las películas presentadas en este ciclo se proyectarían en copias nuevas, que hacían uso de las más modernas tecnologías para garantizar un sonido e imagen más nítidos, me decidí a ir a verla.
Polanski hizo esta película ambientada en los años 30s con muchos guiños al cine clásico de los años 30s y 40s, con referencias a las novelas negras de ese entonces y logró uno de los picos de su irregular carrera cinematográfica. Una película redonda, de esas que uno se preguntá por qué no se llevó todos los premios de aquel año 1974 en el que fue estrenada, pregunta que solo tarda en responderse el tiempo que uno tarda en recordar que ese mismo año compartió carteleras con El Padrino II, Lenny, Asesinato en el Orient Express y Amacord, por citar solo algunas otras películas de ese año.
Las actuaciones de Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Huston son realmente buenas, siendo la más destacable la de Nicholson, sin lugar a dudas. Su imagen con la nariz tapada por una masa amorfa de algodón es uno de los clásicos del cine. Por esta actuación le dieron aquel año el Globo de Oro y el Bafta y estuvo nominado al Oscar al mejor actor, premio que no le dieron ni a él ni a Pacino. Polanski tambien ganó el Globo de Oro y el Bafta en 1974, y perdió el Oscar con Francis Ford Coppola.
40 años despues de su estreno Chinatown sobrevive intacta al paso de los años, como la joya que es. El crítico de cine del diario La República, aquí en Lima, le dedicó esta semana casi una página, destacando que era la mejor película de la cartelera local.
Regresé del cine a mi apartamento caminando de nuevo -ahora cuesta moderada arriba- por la calle Alcanfores, las manos en los bolsillos de la chaqueta esquivando al viento del Pacífico que no se entera que ya llegó la primavera, sonriendo, maravillado por la película, probablemente con la misma expresión que tuve aquella noche de comienzos de los 80s en Caracas, al salir caminando de la Cinemateca. En algún momento del camino me dí cuenta que estaba haciendo algo que me gusta mucho, algo que ya no puedo hacer en Caracas, algo que dejé de hacer hace algún tiempo cuando las calles se hicieron muy peligrosas para caminar por ellas en las noches. Iba a escribir de nuevo sobre ese tema que ya he tratado varias veces, pero me dije a mi mismo, como le dicen al detective encarnado con Nicholson en una de las secuencias finales de la película. "Déjalo, eso es Chinatown."
viernes, 4 de octubre de 2013
Nunca segundas partes fueron buenas (ni que decir de las terceras) crónicas parisinas tercera parte
Esto viene de un post anterior, de hace más de un año, pero me lo encontré hoy a medio escribir mientras buscaba otro archivo y pensé por qué no lo publiqué en su momento. Esta es la tercera parte del cuento de las vacaciones en París de comienzos del 2012...
5. Venezuela en París
5. Venezuela en París
Pocas cosas me impresionaron tanto en mi visita a París de 1991 como el descubrimiento, nada más salir de las estrechas escaleras de caracol colocadas a un lado de la entrada del edificio, de la segunda planta de la Santa Capilla.
Mi amigo José Enrique Pérez, entonces ya fánatico confeso del gótico, me la había mencionado, pero sin mucho estruendo, con una frase que rezaba, más o menos -estoy citando de memoria y con un margen de error de más de 20 años - "cuando vayas a ver Notre Dame no dejes de ir a ver, enfrente, a esta pequeña joya del gótico". Y así fui a verla, recuerdo, solo, al final de una mañana soleada de martes de semana santa de 1991. Casi no había nadie. Todavía conservo el folleto que me entregaron. A su lado Nuestra Señora de París me pareció una vieja casona oscura. Lo que diré puede sonar como una herejía, pero es cierto: la Catedral me gustó, de Santa Capilla me enamoré, para siempre.
Mi amigo José Enrique Pérez, entonces ya fánatico confeso del gótico, me la había mencionado, pero sin mucho estruendo, con una frase que rezaba, más o menos -estoy citando de memoria y con un margen de error de más de 20 años - "cuando vayas a ver Notre Dame no dejes de ir a ver, enfrente, a esta pequeña joya del gótico". Y así fui a verla, recuerdo, solo, al final de una mañana soleada de martes de semana santa de 1991. Casi no había nadie. Todavía conservo el folleto que me entregaron. A su lado Nuestra Señora de París me pareció una vieja casona oscura. Lo que diré puede sonar como una herejía, pero es cierto: la Catedral me gustó, de Santa Capilla me enamoré, para siempre.
Teniendo muy presente mi impresión inicial, al volver a París 20 años despues acompañado de la familia, arrastré a Patricia, Lucía, Diego y Teresa en la mañana del día siguiente a nuestro aterrizaje en Francia, en un día gris, lluvioso y frío, hasta las puertas del Palacio de Justicia, en cuyo interior está la Santa Capilla.
Si algo ha cambiado en París en estas últimas dos décadas es que ahora hay que hacer cola para entrar a cualquier parte, y eso que se supone que estábamos en "temporada baja". Nos situamos al final de la fila, que se confundía con otra que hacían los que querían entrar a la Orangerie, y allí nos quedamos, avanzando lentamente, mientras el viento nos aguaba la nariz a los presentes y yo les recordaba a los míos que tuviesen fe, que valía la pena la espera, que verían algo que pagaría con creces el frío, el viento y el tiempo de espera en cola (mientras ellos, seguramente, se preguntaban qué hacíamos parados en una larga fila en una mañana así, con tantas cosas por ver en París, como quien hace la cola para ganarse un catarro).
Mientras nos fuimos acercando a nuestro destino, ya próximos a los controles de seguridad (detectores de metales, perros y policías, casi como en un aeropuerto) comencé a escuchar un sonido familiar. Era el vals Natalia, de Antonio Lauro, tocado por un par de viejitos, guitarra en mano, uno parado, otro sentado a su lado, bastante parecidos ambos al Capitan Haddock, incluso, probablemente, por su afición al whiskey escoces.
No pude evitar meterme la mano en el bolsillo y, sin que me temblara el pulso, hacer sobre un trapo de terciopelo negro que estaba encima de la acera, a los pies de los músicos, un modesto aporte finaciado por CADIVI. Estaba invirtiendo en la promoción de Venezuela, no se si con efectividad alguna, pero seguramente con más sensibilidad que el Ministerio de Turismo patrio.
Si el par de músicos de acera gastaron mi donativo en whiskey proveniente de las tierras altas de las islas británicas poco importa, tambien nos queda pensar que CADIVI suele tener una partida con ese fin y que ese, el escoces, es tambien, casi, un patrimonio cultural de una Venezuela que cada vez se parece menos a si misma.
Ah, Santa Capilla volvió a producir el efecto deslumbrador de la primera vez, nada más sacar la cabeza de la escalera de caracol y mirar las vidrieras de la segunda planta.
Mientras nos fuimos acercando a nuestro destino, ya próximos a los controles de seguridad (detectores de metales, perros y policías, casi como en un aeropuerto) comencé a escuchar un sonido familiar. Era el vals Natalia, de Antonio Lauro, tocado por un par de viejitos, guitarra en mano, uno parado, otro sentado a su lado, bastante parecidos ambos al Capitan Haddock, incluso, probablemente, por su afición al whiskey escoces.
No pude evitar meterme la mano en el bolsillo y, sin que me temblara el pulso, hacer sobre un trapo de terciopelo negro que estaba encima de la acera, a los pies de los músicos, un modesto aporte finaciado por CADIVI. Estaba invirtiendo en la promoción de Venezuela, no se si con efectividad alguna, pero seguramente con más sensibilidad que el Ministerio de Turismo patrio.
Si el par de músicos de acera gastaron mi donativo en whiskey proveniente de las tierras altas de las islas británicas poco importa, tambien nos queda pensar que CADIVI suele tener una partida con ese fin y que ese, el escoces, es tambien, casi, un patrimonio cultural de una Venezuela que cada vez se parece menos a si misma.
Ah, Santa Capilla volvió a producir el efecto deslumbrador de la primera vez, nada más sacar la cabeza de la escalera de caracol y mirar las vidrieras de la segunda planta.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Déjame que te cuente: primeras crónicas limeñas
Jasmines en el pelo y rosas en la cara
He vuelto a Lima luego de varios años y sigue maravillándome, como tiempo atrás, el color de sus jardines, especialmente en una ciudad en la que buena parte del año el cielo es una masa de color gris impenetrable por los rayos del sol.
"Ciudad de cielos color panza de burro", así me la ha descrito un limeño en estos días y he encontrado la misma frase en internet en un par de páginas.
Hace ya una semana que anunciaron formalmente la primavera, pero el cielo, desde entonces, no ha cambiado de color y, por el contrario, se ha hecho más denso en estos últimos días.
No sé si será un tópico, pero en Lima el cielo es gris, y bajo, próximo al suelo, pero las flores tienen unos colores que ni en el trópico. Por llevar la contraria, será. Por mezclar cosas, por juntar extremos será, tambien, que Lima si algo tiene es que es una ciudad ecléctica.
La mejor comida de América Latina
Así, como el título, describía la comida en el Perú antes de este viaje, teniendo en mente los almuerzos y las cenas de años atrás en Arequipa, una ciudad en mi caso de muy grata recordación. Aquí en Lima algunos (compañeros de trabajo, taxistas, porteros del edificio, dependientas en tiendas, meseros en restaurantes, funcionarios ministeriales que me interrogan al saber que no soy peruano, sino un venezolano recién llegado) me han corregido con autoridad "no, de América Latina no. De América, a secas". Otros van más allá, "la mejor del mundo", comentan con orgullo patrio, con caras iluminadas por el ceviche, el rocoto relleno, el tacutacu, las humitas, los tamales y el lomo saltado. Y la verdad no tengo argumentos para quitarles razón, para contrariar el orgullo peruano por su gastronomía.
He comido maravillosamente bien en Francia y en Italia, por ejemplo. Tambien se me viene a la mente una comida -un almuerzo para ser más precisos- en La Coruña hace unos años. tambien he comido muy bien en Estados Unidos, contrariando el cliche, eso sí, a precios nada populares; pero no me atrevería a negar la definición que me han dado de la comida peruana, que está viviendo años de esplendor en Perú, y en el mundo.
De momento, en este viaje que ya no es viaje sino residencia, he ido a Mistura, la feria gastronómica anual de Lima, y me he maravillado con todas las variedades de papas y otros productos que me eran totalmente extraños. Allí, entre colas y tumultos, he comido ceviches y makis, postres y helados, frutas y chocolates. Y, como no, he tomado pisco. Interesante evento desde el punto de vista antropológico, atractivo abrebocas de la diversidad peruana, pero he comido mejor comida en las calles de Lima, para ser justos.
En estos días en Lima he vuelto a restaurantes a los que tenía años sin ir y he descubierto otros que son verdaderas joyas. El más destacado, Maido, aqui a pocas calles de la oficina. El 11vo. mejor restaurante de América Latina de acuerdo al más reciente ranking votado por chefs y periodistas y ampliamente difundido en los periódicos de todo el mundo a comienzos de este mes de septiembre es un local pequeño, con muy pocas mesas, perdido en una calle angosta de Miraflores, a solo una cuadra de otro de los finalistas del ranking latinoamericano, el Rafael, que no conozco aún y que me han mencionado como el mejor restaurante de Lima. Solo una cosa tengo que decir del Maido, restaurante Nikkei, esa combinación de la cocina peruana con la japonesa y en este caso tambien con algo de influencia china, al menos de las chifas de Lima: he comido sushi en locales de medio pelo y en restaurantes de auténtico lujo, he probado comida japonesa en Nueva York, en Londres y en unos cuantos otros paises, incluyendo el propio Perú, pero sin duda, la que me comí en el Maido ha sido de las mejores. Y lo peor es que cuando comento esto, de inmediato me dicen que digo eso porque aún no conozco otros sitios, y de inmediato comienzas a recitarme direcciones limeñas.
En estos últimos dos meses tambien he comido muy bien en La Pescadería, un local amplio y de horario irregular en el vecino distrito de Barranco, en El Pez Amigo, en los límites entre Miraflores y Barranco; y en Pescados Capitales, a donde volvi luego de años para encontrar la misma sazón que me encantó años atrás, en la avenida Mariscal La Mar, en los límites entre Miraflores y Magdalena del Mar. Igualmente puedo mencionar Alfresco, otro restaurante ubicado a pocas cuadras de mi oficina. Y el Fiesta Chiclayana, tambien incluido en la muy reciente lista de los mejores 50s lugares para comer al sur del Río Grande.
Limeños al volante
La impresión que todo el que llega a Lima se hace de inmediato respecto de sus habitantes puede incluir muchos matices, pero un elemento común suele ser la amabilidad de la gente, la educación en el trato, la cordialidad con el que llega. Por ello resulta especialmente incomprensible la rudeza de su manejo de los vehículos, el trato que se dan entre si los conductores, la agresivadad con la que se conducen en el tránsito de la ciudad.
Digámoslo sin muchas vueltas: en Lima se maneja a la brava, como salvajes, conductores de trato calmado al tener los pies sobre la tierra se convierten nada más sentarse tras el volante en competidores feroces, que se lanzan el carro unos a otros, que se abalanzan sobre las esquinas sin miramientos sobre peatones y otros vehículos. No en balde son muy frecuentes los accidentes de tránsito en las calles de Lima, es raro el noticiero que no destaque el volcamiento de un bus, el choque entre dos vehículos en una intersección o el atropellamiento de un peatón. Y ello sin distingo de ocupación, nivel educativo, rango de ingresos y clase social del conductor. Sea un taxi, un microbús (una combi, dirían aqui), un pequeño auto familiar, una gran camioneta 4 x 4 o un elegante vehículo europeo de lujo, el comportamiento agresivo en el tránsito es un factor amalgamador de las clases sociales de Lima, un elemento unificador de la Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, San Isidro y Miraflores.
Hay días en los que, inevitablemente, me pongo a imaginar al equipo de Disney que desarrolló aquella vieja película de Goofy/Tribilín de varias décadas atrás, aquella en la que un cordial ciudadano se convierte en un auténtico demonio nada mas subirse a su carro, y no puedo evitar pensar que han debido inspirarse en la forma de conducir de los limeños.
He vuelto a Lima luego de varios años y sigue maravillándome, como tiempo atrás, el color de sus jardines, especialmente en una ciudad en la que buena parte del año el cielo es una masa de color gris impenetrable por los rayos del sol.
"Ciudad de cielos color panza de burro", así me la ha descrito un limeño en estos días y he encontrado la misma frase en internet en un par de páginas.
Hace ya una semana que anunciaron formalmente la primavera, pero el cielo, desde entonces, no ha cambiado de color y, por el contrario, se ha hecho más denso en estos últimos días.
No sé si será un tópico, pero en Lima el cielo es gris, y bajo, próximo al suelo, pero las flores tienen unos colores que ni en el trópico. Por llevar la contraria, será. Por mezclar cosas, por juntar extremos será, tambien, que Lima si algo tiene es que es una ciudad ecléctica.
La mejor comida de América Latina
Así, como el título, describía la comida en el Perú antes de este viaje, teniendo en mente los almuerzos y las cenas de años atrás en Arequipa, una ciudad en mi caso de muy grata recordación. Aquí en Lima algunos (compañeros de trabajo, taxistas, porteros del edificio, dependientas en tiendas, meseros en restaurantes, funcionarios ministeriales que me interrogan al saber que no soy peruano, sino un venezolano recién llegado) me han corregido con autoridad "no, de América Latina no. De América, a secas". Otros van más allá, "la mejor del mundo", comentan con orgullo patrio, con caras iluminadas por el ceviche, el rocoto relleno, el tacutacu, las humitas, los tamales y el lomo saltado. Y la verdad no tengo argumentos para quitarles razón, para contrariar el orgullo peruano por su gastronomía.
He comido maravillosamente bien en Francia y en Italia, por ejemplo. Tambien se me viene a la mente una comida -un almuerzo para ser más precisos- en La Coruña hace unos años. tambien he comido muy bien en Estados Unidos, contrariando el cliche, eso sí, a precios nada populares; pero no me atrevería a negar la definición que me han dado de la comida peruana, que está viviendo años de esplendor en Perú, y en el mundo.
De momento, en este viaje que ya no es viaje sino residencia, he ido a Mistura, la feria gastronómica anual de Lima, y me he maravillado con todas las variedades de papas y otros productos que me eran totalmente extraños. Allí, entre colas y tumultos, he comido ceviches y makis, postres y helados, frutas y chocolates. Y, como no, he tomado pisco. Interesante evento desde el punto de vista antropológico, atractivo abrebocas de la diversidad peruana, pero he comido mejor comida en las calles de Lima, para ser justos.
| Chancho al palo. Mistura 2013. Magdalena del mar, Lima. |
En estos días en Lima he vuelto a restaurantes a los que tenía años sin ir y he descubierto otros que son verdaderas joyas. El más destacado, Maido, aqui a pocas calles de la oficina. El 11vo. mejor restaurante de América Latina de acuerdo al más reciente ranking votado por chefs y periodistas y ampliamente difundido en los periódicos de todo el mundo a comienzos de este mes de septiembre es un local pequeño, con muy pocas mesas, perdido en una calle angosta de Miraflores, a solo una cuadra de otro de los finalistas del ranking latinoamericano, el Rafael, que no conozco aún y que me han mencionado como el mejor restaurante de Lima. Solo una cosa tengo que decir del Maido, restaurante Nikkei, esa combinación de la cocina peruana con la japonesa y en este caso tambien con algo de influencia china, al menos de las chifas de Lima: he comido sushi en locales de medio pelo y en restaurantes de auténtico lujo, he probado comida japonesa en Nueva York, en Londres y en unos cuantos otros paises, incluyendo el propio Perú, pero sin duda, la que me comí en el Maido ha sido de las mejores. Y lo peor es que cuando comento esto, de inmediato me dicen que digo eso porque aún no conozco otros sitios, y de inmediato comienzas a recitarme direcciones limeñas.
En estos últimos dos meses tambien he comido muy bien en La Pescadería, un local amplio y de horario irregular en el vecino distrito de Barranco, en El Pez Amigo, en los límites entre Miraflores y Barranco; y en Pescados Capitales, a donde volvi luego de años para encontrar la misma sazón que me encantó años atrás, en la avenida Mariscal La Mar, en los límites entre Miraflores y Magdalena del Mar. Igualmente puedo mencionar Alfresco, otro restaurante ubicado a pocas cuadras de mi oficina. Y el Fiesta Chiclayana, tambien incluido en la muy reciente lista de los mejores 50s lugares para comer al sur del Río Grande.
Limeños al volante
La impresión que todo el que llega a Lima se hace de inmediato respecto de sus habitantes puede incluir muchos matices, pero un elemento común suele ser la amabilidad de la gente, la educación en el trato, la cordialidad con el que llega. Por ello resulta especialmente incomprensible la rudeza de su manejo de los vehículos, el trato que se dan entre si los conductores, la agresivadad con la que se conducen en el tránsito de la ciudad.
Digámoslo sin muchas vueltas: en Lima se maneja a la brava, como salvajes, conductores de trato calmado al tener los pies sobre la tierra se convierten nada más sentarse tras el volante en competidores feroces, que se lanzan el carro unos a otros, que se abalanzan sobre las esquinas sin miramientos sobre peatones y otros vehículos. No en balde son muy frecuentes los accidentes de tránsito en las calles de Lima, es raro el noticiero que no destaque el volcamiento de un bus, el choque entre dos vehículos en una intersección o el atropellamiento de un peatón. Y ello sin distingo de ocupación, nivel educativo, rango de ingresos y clase social del conductor. Sea un taxi, un microbús (una combi, dirían aqui), un pequeño auto familiar, una gran camioneta 4 x 4 o un elegante vehículo europeo de lujo, el comportamiento agresivo en el tránsito es un factor amalgamador de las clases sociales de Lima, un elemento unificador de la Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, San Isidro y Miraflores.
Hay días en los que, inevitablemente, me pongo a imaginar al equipo de Disney que desarrolló aquella vieja película de Goofy/Tribilín de varias décadas atrás, aquella en la que un cordial ciudadano se convierte en un auténtico demonio nada mas subirse a su carro, y no puedo evitar pensar que han debido inspirarse en la forma de conducir de los limeños.
miércoles, 31 de julio de 2013
Irse
No recuerdo especialmente el día del aniversario de Caracas como una fecha patria relevante.
Era muy pequeño, pocos días más de tres meses de edad, cuando se celebró el cuatricentenario de la ciudad y los cuentos que escucho de esos tiempos suelen referirse al terremoto que sacudió a Caracas en aquellos días y no a las fiestas, inauguraciones de obras públicas, publicaciones y otros eventos que se programaron para cuando la sultana del Avila, exsucursal del cielo, cumpliese cuatro siglos de la fecha, el día del apostol Santiago, en la que, presuntamente, Diego de Losada la fundase en nombre de dios y la corona española, bajo la denominación de Santiago de León de Caracas.
Esa fecha, 25 de julio, solo tuvo alguna significación especial cuando correspondió al acto de graduación de la secundaria. Estudie la primaria y el bachillerato en el Colegio Santiago de León de Caracas y luego de pasarme más de una década por esos edificios de la urbanización La Floresta, nos despedimos rumbo a la universidad, como ocurre cada año desde hace décadas, en el día de la fundación de la ciudad que da nombre al colegio.
Casualmente, en estos días finales de julio, anticipándose a que el próximo año se cumplen 3 décadas de la promoción de la que formamos parte, se ha organizado -facebook mediante- un grupo para promover algún evento, un encuentro, una fiesta, de los que aquella tarde-noche de julio de 1984 salimos, diploma en mano, por la calle San Carlos de la Floresta.
Durante años nos repitieron, muchas veces, que formábamos parte de una élite, de los continuadores de una estirpe de profesionales, artistas, empresarios, y dirigentes políticos y sociales exalumnos del Santigo de León, que integrábamos un club selecto, jóvenes privilegiados, escogidos para gerenciar las próximas décadas de Venezuela, para dirigir la construcción de un país mejor, más productivo, más próspero, más justo. Se nos repetía con frecuencia que recibíamos la educación de mayor calidad que se impartía en Venezuela, que nuestros profesores eran muy destacados docentes, como cabría esperarse de una institución forjadora "de la virtud y el saber", como lo dicen las primeras estrofas de su himno.
Visto lo visto, muchos de los supuestos de nuestra formación en "el Santiago" no se han cumplido. Hay por ahí algún ministro, algún dirigente político, hay deportistas destacados, hay compañeros exitosos, escritores, profesionales, docentes, empresarios. Lo que no estuvo fue el país.
En medio de la organización del evento aniversario del próximo año, tratando se hacer un inventario de dónde están los compañeros de aquella tarde-noche de 1984 es fácil darse cuenta que más de la mitad no vive en Venezuela. Las razones no hay que explicarlas. Cualquier periódico de estos lares escogido al azar explica claramente por qué esa élite, esos privilegiados, viven ahora a miles de kilómetros de Caracas.
Quienes emigran tambien son un élite. Se necesita determinación para dejar una cierta zona de confort, el lugar conocido, de la relaciones hechas, y apostar por enfrentarse a un entorno diferente, a veces hostil, con tal de perseguir una idea, una aspiración de bienestar o un sueño de realización personal. Quizas la educación en el Santiago estába preparándonos, sin saberlo, sin quererlo, para ese reto, el de la emigración, que ha afrontado esta generación de venezolanos, a diferencia de las generaciones que nos precedieron.
Este año el día de Santiago tambien tuvo un significado especial. Ese día, 25 de julio, sentado en una oficina de Lima, firmé los papeles aceptando un trabajo en otro país, un trabajo permanente, no esas visitas de una semana o dos que me han tenido dando vueltas por América Latina desde mediados de la década pasada.
Aún cuando uno puede tropezarse a diario con una esquina o un edificio conocido, con los sabores familiares, con los sonidos y la luz de este sitio en el que crecimos, a pesar de que cada día al levantarme de mi cama veo al Avila por la ventana, hace tiempo que uno se siente extranjero en estos lares, que ha dejado de reconocer como suyo el tono de voz y otros sonidos, que le cuesta cada vez más verse reflejado en el otro, en el que te mira en la calle. No tengo edad para vivir añorando una ciudad que ya no existe, y vivir en las mismas coordenadas geográficas donde una vez estuvo esa ciudad no ayuda a idealizarla, a pensar que sigue allí, sino a sentirse extraño, ajeno, disperso.
¿Qué estaban pensando este 25 de julio quienes salieron del Santiago diploma en mano? ¿Les habran dicho, como a nosotros, que serían los responsables de la patria nueva, próspera, justa, moderna?¿Se lo habrán creido o tienen, como la mayoría de los compañeros de mi hija Lucía, que este año terminó su bachillerato, la mirada fija en otros lares? El país como plataforma de lanzamiento y nunca como destino.
Yo, por mi parte, firmé esos papeles en Lima ese día y no me sentí extraño, no percibí ningún sobresalto. No caminé ese día por la Calle Alcanfores de Miraflores pensando en el Avila, el Cine Prensa, el Radio City, el Centro Plaza, el Crema Paraiso o la Cinemateca Nacional. No.
Debe ser porque en lo más profundo ya me había ido hace ya mucho, mucho tiempo.
martes, 9 de julio de 2013
New China
Los
chinos llegaron en tromba, adueñándose en pocos meses de la ferretería Creole,
la quincalla Compostela, el abasto Táchira y la venta de carne a la parrilla La
Llanera, la cual, para ser justos, tenía tiempo convertida en un botiquín de
medio pelo, una venta de cervezas tibias y anises nacionales entre penumbras y bombillos
de luz amarillenta. Quizás por ello, porque había poco que rescatar, porque no
había nada limpio o con olor a nuevo, porque no había clientela que conservar, La
Llanera sufrió las mayores transformaciones entre el grupo de locales
reformados aquella temporada.
Durante
semanas entraron al local obreros con sacos de cemento, porcelanatos rosados y
blancos, muebles de madera forrados en fórmica blanca, sillas de metal pintado con
el cojín de semicuero acolchonado, paneles de vidrio de un tono ligeramente
verdoso y un sofá gris, grande y de formas redondeadas. Luego de dos
paralizaciones de obra por parte de la Alcaldía, por no tener los permisos
necesarios para una remodelación profunda, y luego de una fiesta de pre
inauguración en la que no participaron los vecinos sino solo chinos, algunos llegados
en camionetas último modelo, otros llegados en motos y otras formas de
movilización más discreta, finalmente abrieron al público, anunciándolo con un
cartel en una de las ventanas que daban a la calle.
Cuando
abrieron bajo la denominación Restauran Ling Nam, New China Food, no
fui de los que corrieron a cambiar el arroz frito de La Buhardilla o El Palmar
por los sabores de la nueva cocina que se ofrecía como sechuán y cantonesa
moderna. Me mantuve fiel a los viejos chinos de mi barrio hasta que pudo más la
presión familiar, que alegaba como justificación para el cambio las críticas
positivas de los vecinos y el argumento de aprovechar al nuevo restauran, antes
de que “se echara a perder”, como había pasado con varios de los negocios de la
zona. Nada dura, hay que aprovechar mientras esté nuevo, esa era la consigna.
La
decoración fue lo primero que me llamó la atención. En la primera visita constaté
la ausencia de dragones, figuras doradas y rojas y otros añadidos típicos de
los restaurantes chinos, al menos de los otros chinos que estaban cerca de mi
casa. La parte visible del negocio era un salón enteramente pintado de blanco,
decorado con una televisión de plasma en una esquina, una gran pecera junto a
la entrada y tres paneles grandes de acrílico con fotografías retro iluminadas:
una mostraba el cañón de las siete gargantas; otra el centro financiero de
Shanghái; la tercera, la más próxima a las ventanas por donde entraba la luz
desde la calle, era una imagen del puente de Brooklyn, antecediendo al perfil
de los edificios del sur de Manhattan, incluyendo, en contraste con el cielo,
las dos torres gemelas del World Trade Center.
Me
senté a esperar mi pedido en el sofá dispuesto para tal fin, cerca de la puerta
del negocio, y desde allí, mientras esperaba la salida de la comida, pude ver
con detalle la imagen, al fondo del salón, entre los peces que daban vueltas en
la caja de vidrio que los contenía. El negocio había comenzado con buen pie, y
mientras salían los pedidos que precedían al mío, vi dar vueltas en el agua,
como quien mira desde la costa de Brooklyn, a peces rosados, naranjas, rojos,
uno largo, plateado y mal encarado, y unos negros con manchas, que parecían
succionar algo del fondo de la pecera.
Luego
de esa primera visita no volví a visitar La Buhardilla ni El Palmar. La comida
estaba bien, mientras la esperaba me habían regalado un vaso con cocacola y dos trozos de hielo, que
succioné imitando al pez que revolvía las piedras del fondo de la pecera, y al
llegar a la casa descubrí que habían incluido como cortesía unos entremeses
hechos de un material blanco y salado, algo parecido a una espuma frita. Tenía
razones suficientes para volver.
La
segunda vez me dieron a probar, mientras esperaba un servicio de pollo
agridulce, lumpias y arroz frito para
llevar, un vaso de limonada preparada de un concentrado a la vez dulce y
amargo, algo muy chino, dada la combinación de sabores, salvo que sabía
exactamente igual que la limonada artificial que servían en el Crema Paraíso, a
solo tres calles del Ling Nam. Me acomodé en el sofá, que ya comenzaba a
presentar algunas manchas en la tapicería, y saboree la limonada hasta que solo
quedó un trozo pequeño de hielo en el fondo del vaso, dejando pasar los minutos
sin poner mucha atención a los números que mencionaba en voz alta uno de los
mesoneros, cada vez que salía de la cocina una bolsa de plástico con varios
envases en su interior.
Ya
era un cliente. Incluso seguí siendo un cliente cuando a las pocas semanas
dejaron de ofrecer bebidas gratis mientras se esperaban los pedidos para llevar
y desaparecieron de las bolsas de comida los entremeses blancos y salados, sin
que ni siquiera llegáramos a enterarnos de cómo se llamaban las espumas fritas.
Pronto,
al salir de la oficina, a la hora en que el Ávila dejaba de verse desde la
orilla del río y las luces de los carros alumbraban las aceras cuarteadas y
polvorientas, solía pasar por el Ling Nam y pedir una cerveza, un refresco o
una limonada, que saboreaba mientras veía de reojo, sentado en el sofá, que
empezaba a deformarse por el peso de los clientes, las imágenes iluminadas al
fondo del salón, los peces de colores que se mezclaban con los edificios y los
puentes.
Las
visitas se hicieron cada vez más frecuentes, al punto que los chinos de la
barra, aún en su limitado español, comenzaron a saludarme por mi nombre y a
invitarme, como en las primeras semanas del restauran, medio vaso de limonada
con hielo los días que pedía comida para llevar o, en su defecto, un platito
con maní salado los días en que llegaba sin ganas de comer y pedía directamente
una cerveza helada o una cocacola,
las cuales me tomaba, siempre, sentado en el sofá de la entrada, al otro lado
de la pecera que enmarcaba la imagen del fondo.
Comencé
a ir casi a diario, y luego, sin proponérmelo, sin pensarlo mucho, varias veces
al día: camino a la oficina en la mañana, a la hora en que los chinos aún
estaban picando zanahorias y cebollas junto a un envase plástico en un espacio
al aire libre, a un costado de la puerta que comunica la cocina con la calle; al
mediodía, antes de ir a comer a la casa, a la hora en la que el restauran solía
estar lleno y con frecuencia debía esperar unos minutos para encontrar sitio en
el sofá; en las noches, a la salida del trabajo, que era la hora en la que los
chinos parecían más relajados y amigables, a la hora en la que a veces me
regalaban el medio vaso de limonada amarga o un platito de maní que acompañaba
la cerveza.
Si
las cuentas en la oficina no habían cuadrado ese día, si la oferta necesaria
para cubrir la cuota de ventas del mes aún no había sido aprobada, si había
algún compañero que parecía querer mi puesto, si algún cliente había reclamado
ese día una demora en la entrega de sus productos, nada de eso importaba cuando
llegaba el momento de dejarse caer en el sofá, cerrar los ojos por un momento
mientras el sabor amargo y dulce de la limonada se impregnaba por toda la boca,
antes de abrir de nuevo los ojos para centrar la mirada en los peces de colores,
en el puente, en los edificios de Manhattan.
Luego,
pasadas varias semanas, comencé a extender el tiempo que estaba adentro del
salón, quedándome largo rato sentado en el centro del sofá, a veces una hora en
la mañana, a veces una hora al salir de la oficina, a veces a mitad de la tarde
cuando simulaba en la oficina ir al banco, a veces ya con el vaso vacío entre
las manos, viendo a través de la pecera la imagen de las torres brillando en el
cielo de Manhattan, imaginándome que nunca habían caído, que nunca los aviones
se estrellaron contra ellas, que mucho antes de que las nubes de polvo
cubrieran todo, aún estabas tú allí, conmigo, en la plaza, a los pies del World
Trade Center.
miércoles, 12 de junio de 2013
Master Frank
Robert Frank ha sido una referencia importantísima para muchos fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Es uno de esos personajes singulares de la historía que, a través de su obra, pueden marcar un antes y un después, pueden decir que las cosas no serían iguales sin ellos, porque con su visión particular cambiaron la forma de ver de otros.
Artista singular, vinculado a muchos otros artistas singulares, Frank nació en Suiza y se desplazó a los Estados Unidos en la postguerra. Protegido de esa otra leyenda, Walker Evans, Frank construyó ese hito de la fotografía de autor, Los Americanos, a finales de los años 50s, una suerte de libro maldito que fue rechazado por muchos editores de los Estados Unidos hasta que finalmente vió la luz en Europa con un prólogo de Keruak. Y entonces nada fue igual. Y desde entonces es una piedra de referencia para quien ame la fotografía.
En los 60s desplazó su atención a otros medios audiovisuales, produciendo varias películas, incluido su famoso documental sobre los Rolling Stones de comienzos de los 70s, el que se dice es la mejor película hecha en relación a las piedras rodantes.
Frank vive semiretirado desde hace años, evitando las luces que aún siguen a esta leyenda de la fotografía. En Europa se están publicando sus archivos, incluyendo viejos libros publicados hace décadas o maquetas nunca publicadas. Hace dos años en París compre su libro sobre el Perú, hecho en los años 40s, y hace unas semanas compré en Nueva York su más reciente libro, editado en 2013.
Para celebrar al maestro, aqui una pequeña selección de su trabajo.
Artista singular, vinculado a muchos otros artistas singulares, Frank nació en Suiza y se desplazó a los Estados Unidos en la postguerra. Protegido de esa otra leyenda, Walker Evans, Frank construyó ese hito de la fotografía de autor, Los Americanos, a finales de los años 50s, una suerte de libro maldito que fue rechazado por muchos editores de los Estados Unidos hasta que finalmente vió la luz en Europa con un prólogo de Keruak. Y entonces nada fue igual. Y desde entonces es una piedra de referencia para quien ame la fotografía.
En los 60s desplazó su atención a otros medios audiovisuales, produciendo varias películas, incluido su famoso documental sobre los Rolling Stones de comienzos de los 70s, el que se dice es la mejor película hecha en relación a las piedras rodantes.
Frank vive semiretirado desde hace años, evitando las luces que aún siguen a esta leyenda de la fotografía. En Europa se están publicando sus archivos, incluyendo viejos libros publicados hace décadas o maquetas nunca publicadas. Hace dos años en París compre su libro sobre el Perú, hecho en los años 40s, y hace unas semanas compré en Nueva York su más reciente libro, editado en 2013.
Para celebrar al maestro, aqui una pequeña selección de su trabajo.
martes, 4 de junio de 2013
Mark Rayden
Taschen ha publicado recientemente una edición pupular - con igual contenido y mucho más barata que la edición previa del 1500 ejemplares firmados- de la retrospectiva del artista norteamericano Mark Rayden, dibujante, pintor y escultor de culto en Estados Unidos y el lejano oriente. Si alguno tiene el chance de ponerle la mano a uno de estos libros, agradecerá el paseo por sus páginas que mezclan la ironía y el tono perturbador del trabajo de este gran dibujante.
Aqui compartimos alguno de los trabajos de Ryden, incluyendo el que probablemente sea su obra más conocida, aunque los millones de personas que han tenido en sus manos el disco del Michael Jackson muy probablemente no sepan quien es el autor de la carátula.
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