viernes, 30 de mayo de 2014

Expatriado

Este texto es parte de una cosa que quizás alguna vez sea un libro, de momento es solo una carpeta que lleva por título "Expatriado" y en la cual se acumulan  ya unos cuantos trozos numerados como este:


12

Brooklyn. El apartamento era coqueto, luminoso y nuevo, pero pequeño. 45 metros cuadrados, sin contar los 3 metros del largo y angosto balcón con vista al patio trasero. 48 metros totales, 45 metros cuadrados bajo techo, que medidos en pies cuadrados eran un número más grande, pero siguían siendo 45 metros cuadrados. Cerca tenía el parque y enfrente una calle arbolada, ancha, tranquila y fotogénica, que a la vuelta de la esquina tenía restaurantes, librerías,  tiendas de antigüedades y una estación de metro. Pero tenía 45 metros cuadrados, en los que se amontonaban 2 camas y un sofá-cama matrimonial, un gavetero de Ikea, un televisor y un mesón de granito negro con 4 taburetes de madera. Pero eran solo 45 metros cuadrados, que palidecían ante los 150 metros del apartamento de Caracas. Pasarían todo el día en la calle, se dijeron a coro la noche de la mudanza, todavía con las maletas sin abrir. En esta ciudad hay tantas cosas para hacer, para ver, que sería un pecado estar en casa encerrados, se repitieron, mientras buscaban el mejor lugar para las maletas; pero a la vuelta de dos semanas no podían estar dentro del apartamento sin tropezarse unos a otros y coincidencialmente todos tenían ganas de ir al único baño a la misma hora y en el mismo momento. No podían ni verse. Había que hacer algo pronto.

La mañana siguiente, haciendo uso de un tercio de los ahorros que tenían en la cuenta de Miami y un permiso en el trabajo, en el cual avisó de una súbita fiebre infantil, contrató a un pequeño taller de la cuarta avenida la instalación de espejos de piso a techo. A media mañana dos obreros llevaron las láminas de vidrio y con pegamento y unas pequeñas piezas de metal las fijaron a todas las paredes de la sala y el único cuarto.  Unas dos horas antes de que salieran los niños de la escuela el trabajo estuvo terminado y se sentó en medio de la sala a contemplar la obra de su ingenio. Como por arte de magia, el espacio se había multiplicado.

Llegada la hora en que su mujer y los niños volvían al apartamento desde la escuela y la oficina, los recibió con una sonrisa, para descubrir, penosamente, que los habitantes de la casa también se habían multiplicado.
 
 
                                              GTovar NY 2007
 

viernes, 16 de mayo de 2014

Los adioses

En estos días de mayo en los que en los cielos de Lima se alternan mañanas grises con otras inusualmente azules para los estándares de la ciudad de los reyes, estoy cumpliendo un año de haber estado por última vez en Nueva York y comienza a darme esa mezcla de nostalgia con ansiedad propia de quien ha estado de visita en la ciudad que nunca duerme al menos una vez cada año, desde que fui con Patricia en enero de 1985, hace ya casi 20 años, y tiene somatizada esa necesidad vital, esa carga de energía..., incluso si los números del banco no están -que no lo están- como para estar pensando en esas cosas...

Luego de haber estado allí, más o menos, unas 30 veces en los últimos 20 años, Nueva York es un montón de recuerdos, de calles, lugares, personas, olores, colores, cosas. Allí donde comimos una vez, allí donde compramos aquel regalo, allá donde fuimos por ese libro que tanto nos gusta, allí donde escuchamos esa música, allá donde nos encontramos con tal persona..lugares que forman parte de ciertas rutinas que repetimos cada vez que vamos....pero esos lugares, como tantas cosas, no son para siempre.

En estos días de mayo, decía antes, en los que los cielos de Lima juegan al verano y al invierno, me entero como quien no quiere la cosa, que J&R ha cerrado sus puertas en abril pasado y promete volver recien dentro de 6 meses, sin que pueda uno tener certeza de ese regreso y sin saber que es lo que regresará, toda vez que prometen "un concepto innovador" para unos súbditos que lo que quieren es más de lo que ofrecía en el pasado.
 
33 Park Row, la dirección original de J&R. A los lados de las puertas los folletos con ofertas
 
J&R music store fue una pequeña venta de televisores en sus inicios, en los primeros años 70s, que se ubicó en las proximidades del City Hall, en el sur de Manhattan. Con los años comenzó a vender discos, tuvo mucho éxito como tienda de discos por catálogo, a partir de finales de los años 70s y luego creció hasta practicamente ocupar todo un frente de manzana, en su apogeo, tal vez poco antes de la caída de las torres gemelas, en los años finales del siglo pasado, en los que tambien comenzó a vender a través del internet.

 
 
Cuando yo la conocí, hace casi 20 años, en medio de una nevada de comienzos de enero de 1995, J&R ocupaba poco menos de la mitad de los locales de la manzana frente al parque vecino a la alcaldía de la ciudad y seguía siendo principalmente una tienda de discos (con varios locales en la misma manzana dedicados a este rubro, cada uno especializado en un tipo de música) y videos, además de vender algunos electrodomésticos, instrumentos musicales, y computadoras, pero su principal foco seguía siendo la música, que ofrecía en sus locales de Park Row y a través del correo, para lo que imprimía unos catálogos interesantísimos, con las carátulas en colores y a su interior cientos de páginas en blanco y negro con una letra a prueba de presbicia.
 
Local en 34 Park Row, la esquina norte de la manzana, donde funcionó la tienda de equipo fotográfico de J&R. A  media manzana se observa el letrero de la ferretería, la única tienda que en algún momento compartió la cuadra con los locales de J&R
 
J&R en esa época en que lo conocí tenía un local dedicado a la música clásica, otro al jazz y otro para la música latina y ese batido de cosas que suelen agrupar como "world music". Tambien tenía un local de tres pisos donde en uno estaba el rock y en otro la música pop; en el tercero estaban los videos, afiches y franelas. Tambien tenía un local aparte con instrumentos musicales, sobre todo muchas guitarras electricas. No se como será el cielo de los melómanos (incluso el de los melómanos sordos, como un servidor), pero debe ser algo parecido a esto. Eran unos salones desordenadamente decorados, algunos afiches, discos de oro y fotos firmadas en las paredes, que estaban cubiertas por unos módulos de madera blanca con rieles para colgar cosas, y repletos de unos muebles blancos de fórmica en los que se organizaban los miles de discos, casettes y cds en orden alfabético, con algunas mesas en los extremos para poner la mercancía en oferta. 
 
Llégué unas cuantas veces a pasarme más de medio día encerrado allí, comenzando desde la A y terminando con el último disco en la zona Z, no sin pasar un rato en los remates, los cds de 3, 4 y 5 dólares cada uno. La cosa funcionaba así, llegaba temprano en la mañana y tomaba una cesta de plástico, como las de los automercados, y comenzaba a poner allí todo lo que me llamaba la atención. Al cabo de las horas, con la cesta llena, a veces 50 o 60 discos, me ponía en un rincón a hacer una segunda vuelta, y entonces escogía lo que llegaba a la caja, al momento del pago, a veces 10, a veces 20 discos. Tambien algunos para regalo.


la tienda de discos, como la conocí, en primer plano los muebles de fórmica blanca y las mesas con los remates
 
Con los años J&R fue diversificando su oferta, dejó de ponerse el nombre "music store" para sustituirlo por el de "music and computer world", y comenzó a ocupar los locales de casi todos los negocios con los que compartía cuadra (hubo un momento en el que solo se le resistió una ferretería, que estaba allí hace 20 años y sigue allí, hasta donde se), generando un local aparte para las cámaras y equipos fotográficos, en el local de la esquina norte de la manzana, enfrente del Starbucks, y se construyó en la esquina sur un edificio de 4 plantas, donde vendian los productos Apple, los juegos de video y accesorios para computadoras. Tambien generaron un local específico para celulares y otro para electrodomésticos. El local donde inicialmente vendian las computadoras fue ocupado por impresoras y monitores, desplazando a las laptops para la planta baja del edificio nuevo, en la esquina sur.

vecinos de NY leyendo, el pasado mes de abril, el anuncio del cierre de la tienda en las puertas del local de park Row. Foto del NY Times, que reseño la noticia.
 
J&R era una presencia importante en la zona sur de Manhattan, no solo era una tienda, organizaba conciertos, eventos, firmas de discos. En algín momento se discutió llamar a Park Row como J&R Row.

Los catálogos de ofertas con la carátula de colores y las hojas impresas en letra minúscula, en blanco u negro, eran objetos preciados en mi casa. las cosas que queriamos tener -discos, videos, computadoras mac, accesorios- siempre eran más que las que podiamos pagar o meter en una maleta. Eran siempre una promesa para el próximo viaje. Debe haber alguno todavía, entre tanto papel, entre tanta caja, en la casa de Caracas.

Allí compré en cada uno de mis viajes a NY cds, accesorios, cámaras, ipods, juegos de video, discos duros, mi primer pen drive, un videobeam, cuchillos, una aspiradora (lo primero que compramos allí, Patricia y yo, en enero de 1995), pero sobre todo, en cada viaje reservaba al menos medio día para recorrer la sección de discos. Al menos la mitad de mis poco más de 1200 cds, que reposan en la casa de Caracas, salieron de J&R y sus muebles blancos de fórmica...
 
Hace un año me encontré por sorpresa, a primera hora de la mañana, al pretender ingresar al local en el cual habían concentrado en los últimos años todas las variedades de discos y videos, con un aviso que anunciaba que a partir de ese día los discos estarían en el edificio de la esquina sur. Presencié en esa primera hora de la mañana como los empleados sacaban los cds de las cajas y los acomodaban en algunos muebles blancos de fórmica que habian traido desde el otro local. Pero el espacio era mucho más pequeño que el anterior, el ambiente esa mañana era el de un velorio, no la fiesta a la que estaba acostumbrado cuando me sumergía en la música a todo volumen de la tienda original.

edificio en la esquina sur, en el cual vendían equipos Apple, laptops de otras marcas, juegos de video y equipos electrónicos, como discos duros externos, pendrives, proyectores, entre otros. Aquí, en la tercera planta, trasladaron la tienda de discos en 2013.
 
Ahora ya se ha ido, arrastrada por los cambios en los patrones de consumo, ahora más ligados al internet. No pudo esta vez con los cambios culturales, aquel negocio que sobrevivió a la crisis económica de los 70s, que logró sobrevivir a la caída de las torres gemelas y el subsiguiente deterioro del sur de Manhattan (que se llevó, por ejemplo, a la sucursal de Strand, esa fantástica librería que quedaba a pocas cuadras de J&R).

Se ha ido, como se fue hace unos años la Mega tienda Virgin de Times Square, la más espectacular puesta en escena de una tienda de discos que vi en mi vida; como se fueron todas las Tower Records, incluyendo el local más grande, el que estaba en Broadway, frente a Macys, y que ahora es una tienda de Victoria Secret, como se fueron las Circuit city, como se fueron tantas otras, incluyendo la Galería del Rock, donde compraba los discos en el Centro Plaza, en Caracas. Como se fue tambien, hace poco, Pearl Paint, una institución en Canal Street, una de las tiendas legendarias en materiales de dibujo y escritura en el sur de Manhattan, con ese local ruinoso pero con tanto encanto, donde se amontonaban las pinturas con los creyones, los cartones con los caballetes. Ahora solo nos queda Academic Records, la tienda de discos usados en la calle 18, que sigue ofreciendo discos a precios de descuento y dinosaurios de plástico, por ahora.

Cuando vuelva a Nueva York, que volveré más temprano que tarde, iré sin duda a pararme en frente del viejo local, ahora cerrado, en Park Row, a dar el pésame a un viejo amigo. Voy a extrañar, sin duda, el medio día que siempre reservaba en mis viajes para desconectarme del mundo mirando discos y soñando con poder llevarme muchos de ellos a casa.
 
 

martes, 31 de diciembre de 2013

Pueblos tristes




He venido a Caracas por unos pocos días como no había venido antes, como un turista que tiene en el bolsillo el pasaje de vuelta, que mira los lugares familiares con otro ojo, el ojo que mezcla el compromiso con la distancia.
 
Hay días en los que me maravillo de estar aqui. Hay días en los que cierro los ojos y quisiera estar en Brooklyn, caminando por la calle con Marvin Gaye sonando en el ipod a todo volumen y la brisa fría dándome en la cara. Hay días en los que quisiera estar de vuelta en Lima. Hay días de días.
 
Hace un año en esta fecha estaba en Venecia. Primera vez en varios años que voy a recibir el año nuevo en Caracas. Hace más de una década que establecimos una férrea costumbre familiar: 24 en la Lejarazú; 25 en la Paraguachoa, 31 en Nueva York, San Juan de Puerto Rico, San Sebastian, París o Venecia. Alli donde la familia o los deseos nos llevasen. Despues de todo, creemos en eso que mi madre me dijo siempre, que uno pasa el año como lo recibe... La mudanza -aún en proceso- a Lima ha cambiado este año esa costumbre.
 
De estos pocos días, una semana, en Caracas me han llamado la atención varias cosas.
 
La basura. Está por todos lados. Es difícil no verla. Evidentemente algo que estaba mal ahora va peor. Las bolsas se acumulan por las aceras, aceras que nadie barre. Desapareció por completo el barrido de las calles  y el aseo urbano domiciliario es irregular e insuficiente. El camión pasa a lo sumo una vez a la semana y hay calles por las que evidentemente no ha pasado desde que estoy aqui. Me dicen "tiene tiempo asi, pasan de vez en cuando, cuando quieren". Unos vecinos me comentan que han tenido que contratar camiones para que se lleven la basura acumulada en su edificio.
 
La Escasez. No la percibo peor a la última vez que estuve aqui y eso no es un halago. Traje en la maleta leche en polvo y harina de trigo a solicitud de mi familia, lo cual es ya un síntoma de cómo va la cosa, pero ya en septiembre cuando estuve por última vez se estaba en una situación parecida. Las cosas aparecen y desaparecen con prontitud de los anaqueles y los automercados rara vez dan la impresión de normalidad. Hay mantequilla danesa pero no hay leche, me dicen que no la ven hace dos semanas, a la harina de trigo hace un mes. Mi mamá se disculpa diciéndome que no me hizo un postre que suele hacerme por estas fechas porque no consigió leche condensada "y mira que la buscamos", dice, mientra mi padre pone cara de que fue él quien hizo el barrido de todos los negocios del este de Caracas buscando el ingrediente necesario para el chantilly de parchita. La gente camina cabisbaja en un automercado de La Trinidad al cual llegué porque no conseguí algunas cosas por mi casa, hay pocos empleados, la "decoración" evidencia descuido, dos señoras me preguntan que dónde conseguí el papel sanitario que llevo en el carrito junto a un pernil, el muchacho que empaqueta las bolsas le pregunta a la cajera cuánto cuesta un pernil como ese, la señora le dice el precio y suelta una carcajada justo antes que el muchacho le diga que él se comerá el 31 otra cosa, que él no puede pagar "esa vaina". Le doy un billete de 100 bolívares como propina y me contesta con un feliz año sonoro. Patricia me reclama que le di mucho, yo le contesto que solo es 1,5 dólares y que todo esta muy caro. Mientras manejo pienso que con esa cantidad de bolívares pagabamos dos meses de alquiler cuando nos casamos.
 
Los precios. Todo el mundo me dice que los precios están por las nubes. Que todo está carísimo. El gobierno anuncia unas cifras de inflación muy malas, casi un 60% anual, pero resultan poco creibles porque la percepción en la calle es que los precios han subido mucho más. Vamos a un restaurant de sushi cerca de la casa, a medio camino entre la comida rápida y algo más formal. Mi hijo Diego se queja amargamente que su madre no lo lleva desde que me fui a Lima en septiempre. La madre se defiende diciendo que ella es pobre y esa comida está muy cara. Al llegar al local vecino a la plaza Lincoln me llama la atención que está solo, hasta septiembre lo recordaba siempre lleno. Al ver el menú comienzo a tejer hipótesis que explican la soledad. Los precios son exactamente el doble de los de septiembre, que a su vez eran 50% mas que los de diciembre del 2012. Mientras comemos entran 3 parejas, una sale a los 5 minutos de entrar sin nada en la mano. Ver el monto en bolívares escandaliza un poco, pero al hacer la conversión a dólares digo en voz alta "toda esta comida son 25 dólares, en Lima no costaria menos de 50". "Sí,  pero aqui nadie gana en dolares" me contesta Patricia. Conviven algunos precios calculados al valor internacional de las cosas, si se usa la tasa de cambio del mercado negro, con otros bastante más baratos para quien los ve desde la prespectiva de tener unos dólares en el bolsillo. Una par de zapatos vale la mitad en dólares que unos equivalentes en Lima, tambien un short en la tienda Nike, pero desde la óptica local, al compararlo con los sueldos venezolanos, el país es una potencia espacial, que ha puesto a orbitar como satelites de la tierra a todos los productos de consumo.
 
Areas verdes. Venezuela nunca fue muy dada al mantenimiento. Todas las ciudades tienen sus zonas feas y sus zonas más cuidadas. Pero es evidente en la situación actual que las areas verdes cercanas a mi casa están sin mantenimiento desde hace meses. Pregunto y obtengo por única respuesta "la Alcaldía se olvido de eso, dicen que no tienen  real". Tambien abundan los huecos en la calle. Y hay muchas calles oscuras. Probablemente la única novedad al respecto sean la resignación de la gente. Varios vecinos me comentan que eso no tiene solución, que la Alcaldía está quebrada y que el gobierno nacional tampoco ayuda. No hay elecciones previstas a la vista ni nada que motive algún interés. La gente no parece estar esperando ningún cambio, como no sea para peor.
 
La luz. Siempre me gustó la luz de Caracas en diciembre, sus cielos azules con una brisa fresca. Lima no tiene nada parecido, todo lo contrario, cuesta ver cielos azules en la ciudad imperial, la de los cielos color panza de burro. Nueva York sí, la gran manzana tiene esos días de cielo azul que prometen mucho frío cuando los miramos con la nariz pegada al vidrio. El cielo de diciembre y el Avila son los principales atributos de Caracas. Siempre me han gustado, pero ahora los valoro más. Son de las pocas cosas que no se deterioran, que no cuestan más que el año pasado, que no transmiten la sensación de provisionalidad, de estar en proceso de perderse, de cerrarse, de acabarse, de irse.
 
Animo amador!. Mucha gente comenta que el año que viene será peor. "El año que viene será candela" me dice alguien que me reconoce en la panadería cercana a mi casa, como respuesta a un feliz año. "Feliz año y que el año que viene puedan irse de vacaciones a Portugal" le desea una señora bajita, tipo europeo, a Fatima y Manuel, un matrimonio luso que regenta la fruteria de por mi casa desde hace décadas. "Con que tengamos comida me conformo" contesta alguien desde la cola que hacemos los que esperamos para pagar. Fatima dice que por primera vez en su vida no tiene uvas para vender un 31 de diciembre. "Las pedimos, pero no se consiguen, las que teniamos se acabaron hace dos días". Me pregunto en silencio si la gente pedirá deseos igual, sin las 12 uvas que marca la tradición.  Desear las uvas como deseo de fin de año sería un desarrollo endógeno de la tradición navideña, la serpiente que se muerde la cola. A una calle de allí, a las puertas aún cerradas del automercado Unicasa unas 20 personas hacen cola a la espera que abran el negocio. Todas las mañanas hay cola, ahora, antes no. "Es que despues hay mucha gente, hay pocos cajeros porque la empresa no está contratando gente y los productos que llegan los ponen temprano y se acaban rápido". Me voy sin hacer cola, sin intentar la compra, sin verificar si hay o no lo que me pidieron en casa. "Y por ahi viene lo de la gasolina y la devaluación", me dicen otros. Los ánimos están por el subsuelo, chapoteando con lo que queda del petróleo. El ánimo nacional será material de exportación que viaje en los tanqueros hacia China. Me pregunto si tanta nube negra no afectará el octanaje de la gasolina, si no dañará el motor de los carros que la usen en otros lares, si no comenzará a derribar aviones que viajen usando el combustible de esta "tierra de gracia".
 
Alguien te mira. Los ojos de Chavez están por todos lados, en vallas, en afiches, en la televisión. Pero la gente habla poco de él. El "Gigante de América" lo llaman en la TV, en la que ahora no hay ni asomo de oposición o crítica al gobierno. Si la gente se mata en la calle o nada en la basura, en la tele ni lo mencionan, ponen "Mi pobre angelito 2 en Nueva York", si la gente demuestra su felicidad consumista abarrotando centros comerciales a medio surtir, ponen "Rambo 2 en Afganistan". Mencionan una y otra vez al Gigante de América y yo pienso en Nelson Ned. El comandante eterno es el otro calificativo que escucho varias veces. Tambien te miran los militares y guardias nacionales, ahora guardia del pueblo, que pueblan las calles. Estan en todos lados, a las puertas de todos los centros comerciales. Usan fusiles de asalto y equipamiento que no corresponde a una policía civil. Todos te miran.
 
Hay una capa densa que envuelve todo, no se si la tendré yo pegada a los ojos. La gente se mueve con una mezcla de ansiedad, angustia y tristeza. Solo había visto algo así hace años en Montevideo, pero aqui la autoestima está aún más baja.  He pasado solo poco mas de 3 meses fuera y ya se notan cambios, la mayoría no son para bien. Le ofrezco leche a mi madre, de la que traje de Lima y me dice que no, "que se la deje a los muchachitos, que ella se está tomando el café negro". Neorealismo italiano, pero con peor estética, sin mérito artistico. Caracas ciudad abierta. Cómo no pensar hoy 31, fin de año, en Otilio Galíndez. Igual nos diremos esta noche el feliz año, como quien habla con un vendedor de carros usados, preguntándose si creer o no, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Crónicas limeñas segunda parte: Comenzar de nuevo

Hace poco más de cinco siglos y un mes que, según cuentan los historiadores, Vasco Nuñez de Balboa se subió a un cerro de la hoy Panamá y desde allí vió por primera vez el mar del sur, el lago español, el océano Pacífico. Había venido de lejos el conquistador extremeño, había tenido éxitos tempranos y tambien sonados fracasos -como su intento en convertirse en hacendado en La Española- y estaba en el istmo comenzando de nuevo, combinando su mano izquierda con la derecha en el trato con los nativos de esas tierras.
 
 
 
Lo de Nuñez de Balboa viene al caso porque esta semana he alquilado un apartamento, una promesa de casa familiar a la que espero mudarme la semana que viene, en la cuadra 2 de la miraflorina calle Nuñez de Balboa, en Lima. Desde allí, desde su balcón de la séptima planta, entremirando los otros edificios y agradeciendo la fugaz ausencia de niebla limeña, puede adivinarse una masa gris que se ilumina en el horizonte, el mar del sur, el lago español, el océano Pacífico.
 
Mudarse a una nueva casa siempre es un reto. En el norte de Africa y en el Medio Oriente hay una sabia maldición popular que reza sin piedad "ojalá te mudes" como deseo a los enemigos. Yo prometí públicamente, la última vez que me mudé, hace ya más de 6 años, cuando nos fuimos al Altolar de los sueños de Patricia, no hacerlo nunca más, salvo que tuviese que irme del país en que nací. Y aquí estoy, en otro país, preparándome para armar una casa que, aunque prestada pago mediante, pueda tener el sabor de lo propio en los tiempos por venir.
 
Cuentan que Nuñez de Balboa bajó del cerro prontamente luego de su avistamiento de finales de septiembre de 1513 y en menos de dos días se encontró en la orilla del mar, en el cual se sumergió para tomar posesión en nombre de la corona española. Yo me voy a tardar algo más de una semana en tomar posesión del piso, en nombre de la empresa española en la que trabajo. Pero no soy, ni remotamente, un descubridor. Lima está llena de españoles, miles calculo yo, desde ejecutivos que duermen en piso con vista al golf hasta arquitectos jóvenes que están aquí diseñando cosas por 3000 soles brutos al mes.
 
Es una mudanza sin mudanza. porque no hay muebles que mover, no hay cajas que desembalar, no hay libros que clasificar, no hay discos que embalar. Es en realidad un comenzar de nuevo. Esta vez es volver al ritual ya superado de cubrir los mínimos, de satisfacer las necesidades básicas. Es pensar la igenie´ría de procesos del hogar: la papelera para el baño, el batidor para la leche, el abrelata para el atún, el sacacorcho para el vino, el plato para el cereal con yogurth, el cucharón para la sopa, el cuchillo para la carne, la alfombrita para el baño, la almohada para dormir, la olla para la pasta, el vaso para el jugo. Estos dias estoy haciendo listas con las cosas que tengo que comprar para que la casa funcione como una casa, para que cuando venga la familia no asocie la mudanza con la precariedad, para que evite pensar en la provisionalidad.
 
En Caracas a estas horas de viernes por la noche están saqueando comercios con permiso y apoyo gubernamental. Mañana seguirán, que remedio queda. Ya estamos en la fase de repartir las sobras. No hay nada más. Como en los divorcios, como en los funerales. Y yo estoy en cambio con mi lista en la mano, viendo precios por internet, a ver a donde voy a buscar este fin de semana el televisor y la lavadora que necesito. Estoy comenzando de nuevo, subido a la séptima planta de mi montaña blanca que mira al Pacífico, aunque este se esconda tras la bruma.
 
Alguien me dijo esta semana, en una reunión con colegas urbanistas, que era valiente comenzar de nuevo a mi edad, con tres niños y en tierras ajenas. Y yo le respondí de inmediato que no, que valiente era tratar de quedarse en Caracas con 3 niños en estos tiempos de oscuridad y escasez. Y obvié comentario alguno sobre la expresión "a mi edad" porque quien me lo decía tiene pocos años más que yo y porque el portero del edificio y la señora que me vende La República y El Comercio los sábados y los domingo me llama siempre con ese formalismo limeño que tanto me gusta "joven, ¿cómo está usted hoy?
 
Sarten con antiadherente, pañito para la cocina, mantel para el comedor, tabla para picar y cortar, copa para el vino, plato para el postre, pote cesta para la ropa sucia, colgador para las corbatas. Aquí sigo, mirando el mar del sur, comenzando de nuevo. Fregona con su tobo, cuchillo grande, pelapapas, envase de plástico para guardar las sobras, manta para la cama. Solo espero no perder la cabeza, como el español que da nombre a mi nueva calle.

domingo, 6 de octubre de 2013

Déjalo, eso es Chinatown



Estos días de comienzos de octubre, esta misma semana, salí de la oficina y me fui caminando, cuesta abajo por la calle Alcanfores hasta llegar a Larcomar, un centro comercial con una implantación muy particular, que lo oculta de la calle colindante y lo convierte en un conjunto de balcones que miran al Pacífico peruano, y, luego de pasar a buscar un sanguche de lomo fino y queso edam derretido por la sanguchería La Lucha (se llama así, tal cual, como la mitad de los restaurantes de la ciudad, es otro emprendimiento de Gastón Acurio) entré a ver Chinatown, la película de Polanski que están dando allí, en los multicines del Larcomar, como parte de un miniciclo (3 películas, una por semana) de este director Polaco-Americano.

Recordaba haber visto Chinatown hace unos 30 años, en los primeros años 80s y no había vuelto a verla desde entonces. Recordaba haberla visto en la Cinemateca Nacional, en el viejo edificio de la Galería de Arte Nacional, en Caracas, cuando un servidor aún estaba en el bachillerato. Recordaba que entonces me gustó mucho. Quizás por eso y quizás porque en el cine de Lima ofrecían que las películas presentadas en este ciclo se proyectarían en copias nuevas, que hacían uso de las más modernas tecnologías para garantizar un sonido e imagen más nítidos, me decidí a ir a verla.

Polanski hizo esta película ambientada en los años 30s con muchos guiños al cine clásico de los años 30s y 40s, con referencias a las novelas negras de ese entonces y logró uno de los picos de su irregular carrera cinematográfica. Una película redonda, de esas que uno se preguntá por qué no se llevó todos los premios de aquel año 1974 en el que fue estrenada, pregunta que solo tarda en responderse el tiempo que uno tarda en recordar que ese mismo año compartió carteleras con El Padrino II, Lenny, Asesinato en el Orient Express y Amacord, por citar solo algunas otras películas de ese año.

Las actuaciones de Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Huston son realmente buenas, siendo la más destacable la de Nicholson, sin lugar a dudas. Su imagen con la nariz tapada por una masa amorfa de algodón es uno de los clásicos del cine. Por esta actuación le dieron aquel año el Globo de Oro y el Bafta y estuvo nominado al Oscar al mejor actor, premio que no le dieron ni a él ni a Pacino. Polanski tambien ganó el Globo de Oro y el Bafta en 1974, y perdió el Oscar con Francis Ford Coppola.

40 años despues de su estreno Chinatown sobrevive intacta al paso de los años, como la joya que es. El crítico de cine del diario La República, aquí en Lima, le dedicó esta semana casi una página, destacando que era la mejor película de la cartelera local.

Regresé del cine a mi apartamento caminando de nuevo -ahora cuesta moderada arriba- por la calle Alcanfores, las manos en los bolsillos de la chaqueta esquivando al viento del Pacífico que no se entera que ya llegó la primavera, sonriendo, maravillado por la película, probablemente con la misma expresión que tuve aquella noche de comienzos de los 80s en Caracas, al salir caminando de la Cinemateca. En algún momento del camino me dí cuenta que estaba haciendo algo que me gusta mucho, algo que ya no puedo hacer en Caracas, algo que dejé de hacer hace algún tiempo cuando las calles se hicieron muy peligrosas para caminar por ellas en las noches. Iba a escribir de nuevo sobre ese tema que ya he tratado varias veces, pero me dije a mi mismo, como le dicen al detective encarnado con Nicholson en una de las secuencias finales de la película. "Déjalo, eso es Chinatown."

viernes, 4 de octubre de 2013

Nunca segundas partes fueron buenas (ni que decir de las terceras) crónicas parisinas tercera parte

Esto viene de un post anterior, de hace más de un año, pero me lo encontré hoy a medio escribir mientras buscaba otro archivo y pensé  por qué no lo publiqué en su momento. Esta es la tercera parte del cuento de las vacaciones en París de comienzos del 2012...

5. Venezuela en París

Pocas cosas me impresionaron tanto en mi visita a París de 1991 como el descubrimiento, nada más salir de las estrechas escaleras de caracol colocadas a un lado de la entrada del edificio, de la segunda planta de la Santa Capilla.

Mi amigo José Enrique Pérez, entonces ya fánatico confeso del gótico, me la había mencionado, pero sin mucho estruendo, con una frase que rezaba, más o menos -estoy citando de memoria y con un margen de error de más de 20 años - "cuando vayas a ver Notre Dame no dejes de ir a ver, enfrente, a esta pequeña joya del gótico". Y así fui a verla, recuerdo, solo, al final de una mañana soleada de martes de semana santa de 1991. Casi no había nadie. Todavía conservo el folleto que me entregaron. A su lado Nuestra Señora de París me pareció una vieja casona oscura. Lo que diré puede sonar como una herejía, pero es cierto: la Catedral me gustó, de Santa Capilla me enamoré, para siempre.

Teniendo muy presente mi impresión inicial, al volver a París 20 años despues acompañado de la familia, arrastré a Patricia, Lucía, Diego y Teresa en la mañana del día siguiente a nuestro aterrizaje en Francia, en un día gris, lluvioso y frío, hasta las puertas del Palacio de Justicia, en cuyo interior está la Santa Capilla.

Si algo ha cambiado en París en estas últimas dos décadas es que ahora hay que hacer cola para entrar a cualquier parte, y eso que se supone que estábamos en "temporada baja". Nos situamos al final de la fila, que se confundía con otra que hacían los que querían entrar a la Orangerie, y allí nos quedamos, avanzando lentamente, mientras el viento nos aguaba la nariz a los presentes y yo les recordaba a los míos que tuviesen fe, que valía la pena la espera, que verían algo que pagaría con creces el frío, el viento y el tiempo de espera en cola (mientras ellos, seguramente, se preguntaban qué hacíamos parados en una larga fila en una mañana así, con tantas cosas por ver en París, como quien hace la cola para ganarse un catarro).

Mientras nos fuimos acercando a nuestro destino, ya próximos a los controles de seguridad (detectores de metales, perros y policías, casi como en un aeropuerto) comencé a escuchar un sonido familiar. Era el vals Natalia, de Antonio Lauro, tocado por un par de viejitos, guitarra en mano, uno parado, otro sentado a su lado, bastante parecidos ambos al Capitan Haddock, incluso, probablemente, por su afición al whiskey escoces.

No pude evitar meterme la mano en el bolsillo y, sin que me temblara el pulso, hacer sobre un trapo de terciopelo negro que estaba encima de la acera, a los pies de los músicos, un modesto aporte finaciado por CADIVI. Estaba invirtiendo en la promoción de Venezuela, no se si con efectividad alguna, pero seguramente con más sensibilidad que el Ministerio de Turismo patrio.

Si el par de músicos de acera gastaron mi donativo en whiskey proveniente de las tierras altas de las islas británicas poco importa, tambien nos queda pensar  que CADIVI suele tener una partida con ese fin y que ese, el escoces, es tambien, casi, un patrimonio cultural de una Venezuela que cada vez se parece menos a si misma.

Ah, Santa Capilla volvió a producir el efecto deslumbrador de la primera vez, nada más sacar la cabeza de la escalera de caracol y mirar las vidrieras de la segunda planta.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Déjame que te cuente: primeras crónicas limeñas

Jasmines en el pelo y rosas en la cara

He vuelto a Lima luego de varios años y sigue maravillándome, como tiempo atrás, el color de sus jardines, especialmente en una ciudad en la que buena parte del año el cielo es una masa de color gris impenetrable por los rayos del sol.

"Ciudad de cielos color panza de burro", así me la ha descrito un limeño en estos días y he encontrado la misma frase en internet en un par de páginas.

Hace ya una semana que anunciaron formalmente la primavera, pero el cielo, desde entonces, no ha cambiado de color y, por el contrario, se ha hecho más denso en estos últimos días.

No sé si será un tópico, pero en Lima el cielo es gris, y bajo, próximo al suelo, pero las flores tienen unos colores que ni en el trópico. Por llevar la contraria, será. Por mezclar cosas, por juntar extremos será, tambien, que Lima si algo tiene es que es una ciudad ecléctica.

La mejor comida de América Latina

Así, como el título, describía la comida en el Perú antes de este viaje, teniendo en mente los almuerzos y las cenas de años atrás en Arequipa, una ciudad en mi caso de muy grata recordación. Aquí en Lima algunos (compañeros de trabajo, taxistas, porteros del edificio, dependientas en tiendas, meseros en restaurantes, funcionarios ministeriales que me interrogan al saber que no soy peruano, sino un venezolano recién llegado) me han corregido con autoridad "no, de América Latina no. De América, a secas". Otros van más allá, "la mejor del mundo", comentan con orgullo patrio, con caras iluminadas por el ceviche, el rocoto relleno, el tacutacu, las humitas, los tamales y el lomo saltado. Y la verdad no tengo argumentos para quitarles razón, para contrariar el orgullo peruano por su gastronomía.

He comido maravillosamente bien en Francia y en Italia, por ejemplo. Tambien se me viene a la mente una comida -un almuerzo para ser más precisos- en La Coruña hace unos años. tambien he comido muy bien en Estados Unidos, contrariando el cliche, eso sí, a precios nada populares; pero no me atrevería a negar la definición que me han dado de la comida peruana, que está viviendo años de esplendor en Perú, y en el mundo.

De momento, en este viaje que ya no es viaje sino residencia, he ido a Mistura, la feria gastronómica anual de Lima, y me he maravillado con todas las variedades de papas y otros productos que me eran totalmente extraños. Allí, entre colas y tumultos, he comido ceviches y makis, postres y helados, frutas y chocolates. Y, como no, he tomado pisco. Interesante evento desde el punto de vista antropológico, atractivo abrebocas de la diversidad peruana, pero he comido mejor comida en las calles de Lima, para ser justos.

Chancho al palo. Mistura 2013. Magdalena del mar, Lima.

En estos días en Lima he vuelto a restaurantes a los que tenía años sin ir y he descubierto otros que son verdaderas joyas. El más destacado, Maido, aqui a pocas calles de la oficina. El 11vo. mejor restaurante de América Latina de acuerdo al más reciente ranking votado por chefs y periodistas y ampliamente difundido en los periódicos de todo el mundo a comienzos de este mes de septiembre es un local pequeño, con muy pocas mesas, perdido en una calle angosta de Miraflores, a solo una cuadra de otro de los finalistas del ranking latinoamericano, el Rafael, que no conozco  aún y que me han mencionado como el mejor restaurante de Lima. Solo una cosa tengo que decir del Maido, restaurante Nikkei, esa combinación de la cocina peruana con la japonesa y en este caso tambien con algo de influencia china, al menos de las chifas de Lima: he comido sushi en locales de medio pelo y en restaurantes de auténtico lujo, he probado comida japonesa en Nueva York, en Londres y en unos cuantos otros paises, incluyendo el propio Perú, pero sin duda, la que me comí en el Maido ha sido de las mejores. Y lo peor es que cuando comento esto, de inmediato me dicen que digo eso porque aún no conozco otros sitios, y de inmediato comienzas a recitarme direcciones limeñas.

En estos últimos dos meses tambien he comido muy bien en La Pescadería, un local amplio y de horario irregular en el vecino distrito de Barranco, en El Pez Amigo, en los límites entre Miraflores y Barranco; y en Pescados Capitales, a donde volvi luego de años para encontrar la misma sazón que me encantó años atrás, en la avenida Mariscal La Mar, en los límites entre Miraflores y Magdalena del Mar. Igualmente puedo mencionar Alfresco, otro restaurante ubicado a pocas cuadras de mi oficina. Y el Fiesta Chiclayana, tambien incluido en la muy reciente lista de los mejores 50s lugares para comer al sur del Río Grande.

Limeños al volante

La impresión que todo el que llega a Lima se hace de inmediato respecto de sus habitantes puede incluir muchos matices, pero un elemento común suele ser la amabilidad de la gente, la educación en el trato, la cordialidad con el que llega. Por ello resulta especialmente incomprensible la rudeza de su manejo de los vehículos, el trato que se dan entre si los conductores, la agresivadad con la que se conducen en el tránsito de la ciudad. 

Digámoslo sin muchas vueltas: en Lima se maneja a la brava, como salvajes, conductores de trato calmado al tener los pies sobre la tierra se convierten nada más sentarse tras el volante en competidores feroces, que se lanzan el carro unos a otros, que se abalanzan sobre las esquinas sin miramientos sobre peatones y otros vehículos. No en balde son muy frecuentes los accidentes de tránsito en las calles de Lima, es raro el noticiero que no destaque el volcamiento de un bus, el choque entre dos vehículos en una intersección o el atropellamiento de un peatón. Y ello sin distingo de ocupación, nivel educativo, rango de ingresos y clase social del conductor. Sea un taxi, un microbús (una combi, dirían aqui), un pequeño auto familiar, una gran camioneta 4 x 4 o un elegante vehículo europeo de lujo, el comportamiento agresivo en el tránsito es un factor amalgamador de las clases sociales de Lima, un elemento unificador de la Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, San Isidro y Miraflores.

Hay días en los que, inevitablemente, me pongo a imaginar al equipo de Disney que desarrolló aquella vieja película de Goofy/Tribilín de varias décadas atrás, aquella en la que un cordial ciudadano se convierte en un auténtico demonio nada mas subirse a su carro, y no puedo evitar pensar que han debido inspirarse en la forma de conducir de los limeños.