martes, 8 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 4 La Carlota


A Patricia le costó decidirse, su mundo giraba en torno a Colinas de Bello Monte y ella se imaginaba viviendo más cerca de la Lejarazú, la casa en la que había vivido toda su vida, y centro de la intensa vida familiar de los Armas Ponce, pero el caso es que entre las opciones que evaluamos y las prisas del caso, finalmente decidimos alquilar un apartamento en la Avenida Principal de La Carlota, rodeado de restaurantes y pequeños negocios, a tres cuadras de La Casona, la vivienda presidencial, a dos cuadras de la Avenida Francisco de Miranda y la estación del Metro de Los Dos Caminos, más cerca de la zona en la que yo, residente de Los Chorros, me había movido los 20 años previos a 1994.

La Principal de La Carlota, con sus vecinos que juegan dominó, cartas o ajedrez

El San Vicente es un edificio pequeño, cuatro pisos más sótano y penthouse, seis apartamentos en total, con un diseño racional típico de los 60s, un poco más moderno que la mayoría de los edificios de la zona, con un ascensor forrado de fórmica marrón, espejo y aluminio con franjas en relieve, con pisos y escaleras de granito gris, barandas de madera, ventanas macuto de aluminio sobre marcos de metal pintado de marrón, cerámicas cuadradas de pequeño formato, blanca en la cocina, gris en los baños con piezas sanitarias amarillas, y closets de madera. En el sótano del edificio funcionaba una distribuidora de repuestos para autos de los mismos propietarios del edificio, quienes también usaban el local comercial de la planta baja como depósito. Los dueños, italianos, vivían en el último piso, en el penthouse, y uno de sus dos hijos vivía en el primer piso, en un apartamento que parecía escapado de un videoclip de MTV, amoblado con un sofá blanco, un bar, una mesa de billar y un televisor gigante.

Los dueños del edificio hablaban italiano. En el resto de los apartamentos también, salvo en el nuestro (mientras vivíamos allí se mudó otra pareja joven en el apartamento que quedaba justo debajo del nuestro). La edad promedio del predio debió haber bajado algo, quizás unos dos o tres años, tal vez cinco considerando que en todo el edificio no vivíamos  más de 10 personas, cuando un par de veinteañeros nos mudamos en octubre de 1994 al apartamento pequeño del cuarto piso. En el apartamento de al lado al nuestro, más grande y con balcón hacia la Avenida Principal de La Carlota, vivía sola - aunque venía una persona a ayudarla- la señora Cleila, que veíamos bajar todas las tardes y sentarse en los bancos del bulevar arbolado a conversar con otras vecinas; que veíamos recibir todas las semanas a su hijo que venía a comer de vez en cuando; que invitaba a Patricia a tomar café y escuchar cuentos sobre su esposo fallecido, sobre Italia, sobre los años que tenía en Venezuela.

Habíamos puesto fecha para el matrimonio unos 4 meses antes de la mudanza, ante la inminencia de una beca y el consecuente viaje a España a hacer un doctorado en la Politécnica de Cataluña. Patricia y yo habíamos aplicado a becas en febrero de 1994 junto con otros 500 aspirantes, ambos habíamos quedado en mayo de ese año dentro de los 100 candidatos preseleccionados en la Embajada de España en Caracas, que tenía previsto ese año adjudicar 50 becas de estudios de postgrado, pero el desencadenante de la decisión fue el encuentro en junio de aquel año con un compañero de trabajo en la Universidad Simón Bolívar, hijo de un alto funcionario de la embajada, quien me felicitó por mi inminente viaje de estudios a España. Los resultados de la evaluación  de los 500 postulantes a la beca no eran públicos, en la Embajada de Caracas solo te hacían saber si habías pasado a la segunda vuelta (y con ello tus papeles viajaban a Madrid para ser evaluados por otro equipo de la Agencia Española de Cooperación Internacional), pero este compañero de trabajo, que también estaba aplicando a una beca de doctorado, tenía aquel día de junio –cortesía de su padre, claro está- la evaluación con los puntajes obtenidos por los aspirantes. El había quedado en el puesto 28, un servidor era el segundo en la lista de quinientos aspirantes ordenados de acuerdo al puntaje asignado a una carpeta que incluía notas, recomendaciones, curricula y varios ensayos explicando qué temas nos interesaban, qué aportes harían al país aquellos estudios o el por qué de esa universidad o ese programa de estudios en particular y de allí la felicitación anticipada. “Hay 50 becas –me dijo parado en el descanso de la escalera del edificio de Mecánica y Estudios Urbanos el tipo, que unos años más tarde terminó vinculado a una trama corrupta del chavismo conformada por varios excompañeros de trabajo en la USB y fue también, durante una larga temporada, cónsul de Venezuela en un país nórdico- por más que la evaluación en Madrid se haga con otros criterios, tu seguro estás entre los 50, tú te vas seguro, tu quedaste de segundo entre quinientos”. 

Esa misma noche pregunté a amigos en España e hice cuentas para ver si en el peor escenario, con una sola beca, podíamos sobrevivir Patricia y yo en Barcelona. Había vivido en Alcalá de Henares en el 91, pero siempre me habían comentado que vivir en Barcelona era más caro que vivir en Madrid. De allí a decidir la fecha del casorio, entendiendo que, en caso de recibir la beca, a finales de noviembre debía reportarme en la Politécnica, solo fue cosa de pocos días.

Dedicamos julio y agosto a acumular ahorros, sacar papeles y a organizarnos para el viaje. Yo estaba coordinando un proyecto grande del Banco Mundial cuyo principal atractivo era que estaba muy bien remunerado y me permitiría hasta octubre o noviembre de aquel año juntar dinero suficiente para llegar a España con una reserva suficiente para no pasar trabajo. Decidimos organizar un matrimonio por lo civil en la Lejarazú, la casa de Patricia en Colinas de Bello Monte, invitando solo a la familia y los amigos más cercanos. Pero se acabaron las vacaciones de verano en España y con la entrada de septiembre llegaron a la embajada desde Madrid las noticias de los resultados de las becas de AECI de aquel año y ni Patricia ni yo estábamos en la lista de los 50 afortunados (tampoco el compañero de trabajo que me mostró la lista de la primera evaluación impresa en una hojas de formas continuas, esas que tenían huequitos a los lados y a las que luego de impresas se le podían desprender los bordes). El jurado había decidido en España que en los últimos años había otorgado muchas becas a estudiantes de arquitectura y urbanismo y automáticamente quedamos excluidos todos los que pretendíamos hacer maestrías (Patricia en la Cátedra Gaudí) o doctorados en esos temas (yo en servicios públicos urbanos). Pero ya habíamos puesto fecha y soltado la noticia en la familia, así que seguimos adelante con el matrimonio y el dinero ahorrado para el viaje sirvió para ponerse a buscar apartamento y a comprar de manera apresurada algunos enseres domésticos para una familia en ciernes que tenía muchos libros y discos, tenía un equipo de sonido Sony que compré con mi primer sueldo de graduado en 1990, tenía un Fiat Uno CS motor 1500 modelo 1992 que volaba por la Autopista del Este, pero no tenía ni una lámpara, ni un mueble, ni un plato ni un sartén. Estábamos en septiembre y habíamos fijado la boda para el 20 de octubre.

En los siguientes días compramos una nevera (que 25 años después todavía es una de las dos que funcionan en casa de mis padres), una lavadora, una licuadora y un colchón ortopédico tamaño queen. Yo, como parte del proyecto del Banco Mundial en el que estaba trabajando, viajé a Margarita en esos días y aproveché de comprar en Rattan un juego de ollas que 25 años después sigue siendo el juego de ollas de la casa de Caracas y unos cubiertos Oneida que comparten las gavetas de la cocina de Caracas con otros comprados años después en IKEA. Media cuadra más allá, en la misma Avenida 4 de mayo, en Bencamar, compré unos sartenes, un abrelata y una plancha con teflón para hacer las arepas. También compramos una sanguchera. Mi mamá nos compró un juego de sábanas con manchas de colores en la Santiago Mariño y me preguntó qué mueble necesitábamos para la casa, para regalarnos uno a lo que le respondimos que un sofá. 

Con el dinero que me dio mi mamá de regalo compramos un sofá naranja de dos puestos, versión criolla de un diseño de Florence Knoll de los años 60s y, puestos en el sitio, la tienda CAPUY de Chacaito, compré la mesa redonda, versión local de un diseño de los esposos Eames, en la cual me puse a hacer el cheque por la compra del sofá. Patricia hizo gala de su título de arquitecto recibido ese mismo año en la UCV para que la mueblería nos diese el 10% de descuento correspondiente. Para acompañar la mesa redonda, tapa de madera y pata central de acero, Patricia se trajo de la Lejarazú cuatro taburetes daneses que Alfredo Julio, el papá de Patricia, había comprado en Capuy 30 años atrás. Yo me traje un televisor pequeño de la casa de mis padres, en la que había 3 y solo quedaban con mi partida dos personas. En la pared de la sala colgamos una serigrafía que le compramos a Enrico, el hermano de Patricia, y la abuela Amanda nos prestó una cocina blanca que ya no usaba y que creo había sido de su apartamento en La Urbina o de El Silencio. En una pared del cuarto colgué un pequeño cuadro que me regaló el arquitecto Julio Coll Rojas.

El apartamento tenía una sala-comedor con piso de granito blanco y líneas rojas donde pusimos el sofá naranja y la mesa con los taburetes bajo una lámpara con estilo de los 60s, que también vino desde la Lejarazú. Ese espacio se iluminaba con un amplio ventanal que daba al oeste, con vista hacia los tejados de las casas vecinas y en la distancia a los arboles del Museo del Transporte y el Parque del Este y al Avila. En el único cuarto, con ventana hacia el sur, hacia la azotea de un edificio vecino, más bajo, en donde todos los residentes se hablaban en portugués y hacían unas comilonas los fines de semana en el techo, recién casados el colchón estuvo como durante un mes en el piso hasta que llegó la cama que compramos en BIMA, apenas inauguraron esa tienda en Los Chorros, cerca de la casa de mis padres (de hecho probaron el sistema administrativo de las cajas con nuestra compra, la primera oficialmente registrada en esa tienda y que incluyó también una biblioteca de madera que pusimos frente al sofá).

No recuerdo si fue para inaugurar la nueva casa o fue un evento espontáneo, recién llegados de la primera parte de la luna de miel por Margarita y Sucre, en nuestro segundo fin de semana de casados, tuvimos de visita a la familia  que, obviamente, no cabía en los 46 m2, no tenía donde sentarse, los abrasaba el sol de la tarde (pusimos los cartones que envolvían la nevera tapando la ventana) y tenía más apetito que las cuatro cosas que teníamos en la cocina. Cuando se fueron todos, al final de la tarde, desaparecido el caos momentáneo, Patricia y yo nos quedamos solos en un apartamento silente donde no había absolutamente nada de comer o beber y las pocas cosas se veían revueltas, nos miramos a la cara y sin decirnos nada cerramos la puerta y nos fuimos a la pizzería Mr. Pepe, que quedaba cruzando la calle de enfrente. Nunca tuvimos nuevamente a la vez a toda la familia en este apartamento.

Como no teníamos teléfono en el San Vicente y al parecer no había líneas disponibles en la zona, al poco tiempo de mudarnos compramos nuestro primer celular, que costó más que dos meses de alquiler y que en realidad usábamos como teléfono fijo. Unos meses después apareció la línea de la CANTV y comencé a llevarme al trabajo el celular colgado en el cinturón. Con el paso de los meses el apartamento se fue llenando de plantas y muebles, cojines y juguetes, avisos de metal en las paredes, algunas de las cuales cambiaron de color: amarillo claro en la pared de la entrada, amarillo oscuro, casi marrón, en el espaldar de la cama, que ahora no estaba bajo la ventana del cuarto, como estaba cuando nos mudamos, sino en la pared opuesta.

Poco a poco fuimos descubriendo los negocios de la zona. Solía hacer la compra semanal en el Automercado Victoria del Centro Comercial Los Dos Caminos, pero disfrutaba más ir a comprar al Automercado París, cruzando la esquina de la casa, con su surtido de mortadelas y salamis, con sus mozarelas de búfala, con sus latas de aceite de oliva, con sus botellitas de Campari Soda que yo acumulaba sobre nuestra nevera Goldstar, con su señora gorda en la caja, que le lanzaba gritos a su hijo, aún más gordo, detrás de la nevera de la charcutería. La panadería Rocarena, con sus cachitos de jamón y sus pizzas, sus golfeados y su jugo de naranja natural, con su cola en navidades para comprar el pan de jamón. La pastelería Doris donde a mi mamá la llamaban los dueños, nada más verla, “la maestra Carmen”, porque mi mamá fue la que les enseñó a leer a sus dos hijos, quienes luego heredaron el negocio en el que me compraban las tortas de fresa y crema batida en mi infancia, y lo mudaron a la Avenida Rómulo Gallegos. En la esquina comprábamos frutas a dos personajes pintorescos que se hacían llamar Pixi y Dixi y alguna vez compré empanadas en una arepera que hacía esquina con la Avenida Francisco de Miranda. Al poco tiempo de mudarnos pusimos unas cortinas hechas con palitos de madera que nos hizo un muchacho portugués que vendía cestas y cortinas en la zona y al que llamábamos Joao, pero que en realidad nunca conocimos más allá de saludarlo cuando pasábamos frente a su pequeño negocio.

La Rocarena

Patricia se inscribió para estudiar la maestría en restauración de monumentos en la Central y comenzó a trabajar en proyectos con su hermano Carlo, por lo que la casa solía estar llena de planos y cartones, olor a goma UHU y tinta, incluyendo una entrega masiva para la restauración de la iglesia de Clarines, que era una suerte de proyecto familiar, porque en el último siglo había sido restaurada dos veces, la primera vez por el tío-abuelo de Patricia a comienzos del siglo XX, la segunda vez por su tío 40 años antes. Yo dejé de trabajar en la Universidad Simón Bolívar y me emplee con uno de mis profesores, Omar Hernández, primero en una oficina en Sabana Grande, al costado del Gran Café; luego en Chacao, en el Multicentro Empresarial del Este. Teníamos suficiente trabajo para pagar las cuentas y vivir con cierta holgura, pero no tanto para que no nos sobrara el tiempo. No era raro ir a almorzar a la casa cuando Patricia estaba allí (A veces trabajaba desde la casa, a veces trabajaba desde la oficina de sus hermanos en Colinas de Bello Monte, la quinta Manoa). Ella manejaba el Fiat Uno, yo andaba en Metro entre Chacao y Los Dos Caminos.

Lucía nació cuando estábamos cerca de cumplir año y medio en el edificio San Vicente. De allí salimos una mañana con el Fiat Uno lleno de cosas rumbo a la clínica en San Bernardino, era el cumpleaños de Patricia y desde entonces celebramos dos cumpleaños el mismo día, y volvimos unos días después con una muchacha gordita, blanca, de pelo castaño, que se bañaba sobre nuestra cama en una bañera plástica y usaba la que había sido mi cuna, que ahora ocupaba una esquina del único cuarto. Año y medio después del nacimiento de Lucía nos mudamos para nuestro primer apartamento propio, en Bello Monte, pero seguimos frecuentando algunos de los negocios de la zona, como la Rocarena y la Doris, incluso durante un tiempo la barbería Roma de la Avenida Rómulo Gallegos.

martes, 24 de septiembre de 2019

Diez Casas (Parte 3. El Copey)


3. El Copey

En la misma época en que nos mudamos a la casa de Los Chorros, mi papá también compró – a crédito, para variar, recuerden siempre el mantra “fiao hasta un vapor” - por doce mil bolívares de entonces una casa en Altagracia –o Los Hatos, que es como los margariteños llaman a este pueblo del norte de la isla, que en algún tiempo remoto antes de ser pueblo fue el “hato de Suarez” -, pueblo donde habían nacido mis padres y en el cual aún vivían entonces tres de mis abuelos. 

Era una casa tradicional margariteña de paredes gruesas de ladrillos de adobe con la fachada de dos colores, creo que originalmente era verde y blanca y luego amarilla y blanca, con molduras alrededor de las grandes puertas y ventanas, techos altos de caña brava y tejas, corredor en forma de ele, pisos de cemento pulido coloreado, un tanque grande de agua tapado por láminas de zinc sobre una estructura de madera y un patio trasero amplio, largo, delimitado por una cerca de alambre de púas y en algunos tramos por malla de gallinero. Tenía, a un costado, un galpón de paredes de ladrillos grises y techo de zinc, en el cual cabían dos o tres carros grandes, al cual mi papá le puso dos puertas grandes de metal. En cuanto la compró, mi papá amplió la casa, contratando a unos albañiles de medio pelo del mismo pueblo, agregando un baño, una cocina, un lavadero y un nuevo comedor, separado del corredor por una jardinera con ladrillos rojos. También le agregó un pozo séptico al fondo del terreno y un tanque de agua elevado, alimentado por una bomba eléctrica, que siempre fue la mayor preocupación de mi papá, porque las pocas veces que alguien se metió en la casa aprovechando los meses en los que no estábamos en la isla, lo hicieron buscando llevarse ese aparato. También reconstruyó los pisos de la casa, toda la instalación eléctrica, y la pintó nuevamente, por completo, en una combinación de amarillo y blanco que destacaba especialmente en la fachada.

La casa estaba ubicada en la calle 9 de diciembre, a la que todo el mundo llamó siempre El Copey, calle que se iniciaba en la Plaza Sucre, un espacio triangular poblado de guayacanes y árboles de uva de playa, caminerías de cemento y lámparas de plástico en forma de cono invertido, en cuyos bancos de granito blanco era común ver a los lugareños esperar el transporte público, tomar la siesta, a los borrachitos pasar la rasca y a los enamorados “pelar la pava”, bajo la mirada vigilante de las casas vecinas, en las que al caer la tarde la gente sacaba las mecedoras para “agarrar el fresco”, saludar a los que pasaban y, en ocasiones, comprar una torreja azucarada o una empanada caliente a los que pasaban ofreciéndolas por la calle, a viva voz.

Cuando mi papá compró la casa, en un extremo de la plaza todavía estaba un pequeño tanque y una pila pública de agua, a la cual acudían con sus envases los vecinos de la calle que aún no tenían servicio de agua corriente en sus casas, por ejemplo, la familia de Chemané, el panadero, que andaba en una bicicleta negra con una cesta al frente, en la cual llevaba los panes de anís, las empanadas de guayaba y las rosquitas azucaradas que tanto me gustaban y que Chemané horneaba en el patio de la casa de su suegra, nuestros vecinos, a donde vivió hasta que pudo hacerse su propia casa en otra zona del pueblo. Al segundo o tercer año de nuestras vacaciones anuales allí, ya todas las casas tenían agua por tubería y entonces, ante su inutilidad, demolieron el tanque y ampliaron las áreas verdes de la plaza.

En una esquina de la plaza, en una casa amarilla y verde, estaba la zapatería La Estrella, cruzando la calle San Antonio quedaba un botiquín con rockola donde se jugaba ajiley y truco al ritmo de las canciones de Julio Jaramillo; en la otra esquina de la plaza, al costado de la bodega de su mamá, Puglia, construyeron los primos Wettel Tovar una edificación a la que los lugareños llamaban “el edificio”, una casa de aspecto moderno con techo de tejas de dos pisos, con dos apartamentos y dos locales comerciales, en los que, al amparo del Puerto Libre, se vendían electrodomésticos, colchones, muebles y bicicletas. A partir de la Plaza Sucre, donde El Copey se encontraba con la Calle San Antonio –la denominación urbana de la carretera de Juan Griego a Santa Ana del Norte-, la calle El Copey no tenía más de cuatro cuadras, pobladas de casas de una planta, cuatro negocios – dos bodegas y dos tiendas de puerto libre, a donde iba a buscar kitkats, smarties y toblerones, que se derretían en minutos al salir del ambiente controlado de las tiendas a las que acudían revendedores de ropa venidos de Caracas a buscar mejores precios que los que ofrecían las tiendas de Porlamar y Juan Griego.

Yo, advertido por mis padres de no entrar en la Calle San Antonio, por donde pasaban los carros con gran velocidad, recorría El Copey en bicicleta hasta donde desaparecían las casas, y en los bordes del camino solo se veían cardones, yaques, chivos y guaripetes y el sol calentaba el asfalto al punto de sentir que se quemaban los pies, incluso, a través de la suela de goma.

Poco tiempo después de que mi papá comprara la casa de Altagracia, en medio de boom de inversiones turísticas en la isla, hoteles, tiendas, restaurantes, nuevas avenidas, abrió sus puertas al final de la calle El Copey el Safari Margarita, un parque en el que podían verse tigres, leones, osos, cebras, jirafas, antílopes, búfalos, monos, garzas rosadas, hipopótamos y rinocerontes, en un recorrido que se hacía en carro con los animales sueltos alrededor. Solo entramos con mi papá haciendo el recorrido completo en el carro una vez, que yo recuerde, además del día de la inauguración, donde todos los habitantes del pueblo hicimos cola con nuestros carros para ver de cerca a los animales de la sabana africana en los montes en los que mi padre había ido desde niño buscando conejos o frutos de pichiguey. En la entrada de safari hubo un restaurante y una tienda de recuerdos, un parque mecánico, y construyeron poco tiempo después de la inauguración unos dinosaurios de concreto pintado a los que nos subíamos los muchachos de la zona, incluso tiempo después de que cerrara el safari, quedando solo la cervecería, viendo a lo lejos los cerros resecos bajo el sol abrasador de la isla.

A partir de entonces, en nuestras vacaciones escuchábamos desde la casa, en las noches,  acostados en nuestros chinchorros y arrullados por los ventiladores eléctricos, que apaciguaban el calor y alejaban a los zancudos, el rugir de los leones, a los que comenzaron a alimentar con los burros realengos de la isla, al punto de prácticamente verlos desaparecer en pocos años. Con mi bicicleta pedaleaba hasta la entrada del parque y me quedaba viendo los cachorros de león que tenían en un espacio confinado cercano al restaurante, también recuerdo haber ido algunas veces bordeando la cerca del parque, por afuera, y darle de comer con la mano a las jirafas, que sacaban su largo cuello por encima de la cerca perimetral, en las proximidades de la carretera que une a Santa Ana con el Valle de Pedro González, a las afueras de Altagracia.

A esa Margarita de los 70s, en la que comenzaban a sentirse los efectos de la Zona Franca, del Puerto Libre y el turismo masivo, pero en la que en sus pueblos la gente continuaba durmiendo con la puerta abierta, peregrinábamos cada año, algunas veces copando todas nuestras vacaciones escolares, por lo que estábamos allí dos meses entre julio y septiembre y luego volvíamos para navidades y fin de año. Allí aprendimos a montar bicicletas, a jugar yaqui y juegos de cartas con los vecinos, a la puerta de cuya casa nos asomábamos para ver la televisión, y también a jugar bolas criollas, a ponerle dinero a las rockolas y a disfrutar una Gaseosa Espartana o una uva Grappette a media tarde, cuando convencíamos a nuestros padres de darnos un medio para ir a la bodega, en la que a veces el bodeguero nos hacía señas desde una hamaca para que sacáramos nosotros mismos la botella fría de la nevera y le dejáramos el pago sobre la misma, junto a la botella vacía. También íbamos a la playa dos o tres veces por semana, mayormente a Playa El Yaque, al otro extremo de la isla, antigua hacienda de cría de chivos que recibió mi bisabuela como pago de una deuda hace unos 90 años y en la que décadas después se construyó el actual aeropuerto de la isla, aunque también a íbamos a Puerto Viejo, Puerto Cruz y Playa Zaragoza, en Pedro González, el pueblo vecino de Altagracia.

Playas Puerto Viejo y, al fondo Puerto Cruz, Pedro González, Isla de Margarita

También nos acercábamos cada año algunos pocos días a Porlamar, la capital comercial de la isla. Mi madre, a la que no le gustaba mucho ir a la playa, hubiese deseado ir a diario, a recorrer las tiendas y a visitar a su tía Valentina, que tenía varios negocios cerca de la calle Guevara, pero a mi papá no le gustaba para nada ir de compras, a menos que fuese a buscar alguna oferta de whiskey escocés.  La aversión de mi padre a pasarse el día de tienda en tienda era tal que, a partir de cuando cumplí 13 años, coincidiendo con la época en que dejé de ir al colegio en el transporte del señor Amadeo y comencé a volver a mi casa desde el colegio en camionetica por puesto, mis padres me llevaban por la mañana, temprano, desde Altagracia a Porlamar, después de desayunar carite frito con arepas, y me dejaban donde entonces terminaban los locales comerciales de la avenida 4 de Mayo, frente a la tienda Minicentro, con la promesa de volver a buscarme al final de la tarde en la panadería 4 de Mayo, ubicada en las proximidades de Bencamar y cerca de donde luego estuvo la tienda Rattan, a dos cuadras de Saks y La Media Naranja, los íconos comerciales de la zona en aquella época.

Cruce de las Avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño, a la izquierda La Media Naranja, años 70s

Mi mamá me daba un sobre con dinero -que yo guardaba celosamente en el bolsillo del pantalón- e instrucciones de no alejarme de las avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño. Así como mi papá tenía su mantra crediticio, mi mamá se pasó todos esos años repitiéndonos que era preferible tener una sola camisa buena que un montón de ropa de baja calidad “que no representa” y que se puede ahorrar en otras cosas menos en los zapatos. A la hora que las tiendas ya estaban abiertas y comenzaban a verse compradores en bermuda y zapato de goma paseando por aquellas avenidas, me quedaba viendo a mis padres alejarse en el Chevrolet de mi papá y, con mi hermano, nos pasábamos el día de nuestra cuenta, recorriendo tiendas, pegando la nariz en las vitrinas de las joyerías -como aquella de la planta baja del Hotel For You en la que ponían en la vitrina un aviso que rezaba “si usted necesita preguntar los precios, mejor no entre”- probando los perfumes de Don Lolo, viendo los quesos de bola holandeses apilados en los bodegones, buscando las cosas que la noche previa ya habíamos acordado con mamá, las cosas que mi hermano y yo necesitábamos comprar para el nuevo año escolar de nuestro colegio sin uniforme –usualmente unos zapatos deportivos, All Star en Saks o Adidas bajando por la Santiago Mariño, mi hermano prefería los Vans, zapatos de diario para ir al colegio, Kickers cada año, mi mamá decía que eran los únicos que le duraban a mi hermano todo el año, y, luego, ya hacia finales del bachillerato, Bass o Sebago, pantalones, Wrangler de pana, al principio, mi mamá decía que eran tan buenos como los Levis y costaban 5 o 10 bolívares más baratos y, luego, cada año, cuando ya no seguía estrictamente las recomendaciones de mi mamá, Benetton y Sisley, camisas, medias, interiores-. Cuando algunas personas se sorprenden porque cuando viajo solo suelo comprar, a ojo, ropa para toda la familia o cuando asumo con naturalidad largas listas de encargos familiares o cuando en medio de tiendas tumultuosas, tipo Century 21 o Macys, tengo “ojo” para encontrar rápidamente las cosas que estamos buscando, suelo decir que no es una habilidad natural, durante años mi mamá me preparó para ello.

Mis padres regresaron a la isla cada año, incluso varias veces al año, hasta hace muy poco, nosotros dejamos de acompañarlos en los primeros años de la universidad, a mediados de los 80s, porque ya para entonces la enamorada, los amigos, el cine o la posibilidad de quedarnos a nuestras anchas en la casa de Caracas, sin horarios, presiones o controles, era una opción más atractiva  que volver durante dos meses al pueblo de los padres, en donde no teníamos televisión y el teléfono público más cercano quedaba a 6 cuadras de la casa, en la comisaría de la policía. Volvimos a la isla por nuestra cuenta varias veces, incluso al día siguiente de nuestro matrimonio, pero nunca volvimos a quedarnos en la casa de El Copey. Mis padres, progresivamente, dejaron de usarla, porque aunque seguían viajando a la isla, preferían quedarse en un apartamento que había comprado en Juan Griego, más fácil de mantener, más fácil de cerrar cuándo regresaban a Caracas.

Mi Padre vendió la casa de El Copey a unos vecinos hace unos años, ellos la unieron con la parcela contigua para construir una posada turística. Todavía era amarilla y blanca y seguían en el patio las matas de anón, limón, níspero, guayaba y uva de playa. Sobre la fachada, a diferencia de cuando la compramos, hacían sombra los 3 guayacanes que le ayude a sembrar a mi papá entre la fachada y el borde de la calle, cuando mi edad solo tenía un dígito.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Diez Casas (partes 1 y 2, El Primogénito y La Paraguachoa)


1. El Primogénito

Los hermanos Issa –ingenieros ambos- construyeron un edificio alto al que pusieron su apellido por nombre hace cerca de 60 años y según mi mamá uno de ellos se mudó al penthouse al menos hasta el final de los años 60s o comienzos de los 70s. Inmerso en esa colcha de retazos que es el norte del centro de Caracas, en medio de una mezcla de lo viejo, lo moderno y lo nuevo, desde el edificio Issa podían verse las torres de El Silencio, el Ávila y los edificios a su alrededor, en su mayoría, en aquella época, más bajos. Ubicado lejos de la calle y al costado de una quebrada, a medio camino entre la Avenida Urdaneta, el Panteón Nacional y la Avenida Fuerzas Armadas, aquí queda el apartamento que fue la primera vivienda propia de mis padres. En Margarita, a la primera propiedad familiar solían bautizarla como El Primogénito, para diferenciarla de otros terrenos y casas. Así se llamaban terrenos de la familia de mis abuelos paternos y maternos. Luego que nosotros lo dejamos, en este apartamento vivió un tiempo mi abuela, allí han vivido mis tíos y primos. Cábala, apego o inercia, mis padres no han querido venderlo nunca.

Desde allí salieron mis padres a celebrar una fiesta de graduación por Los Rosales la noche del último terremoto de Caracas en los lejanos 60s y al llegar al guateque, luego de atribuirle los gritos en la calle a los bares de la Avenida Nueva Granada, recién pudieron enterarse de lo ocurrido y regresar. Al edificio lo encontraron vacío y con los muebles revueltos, con toda la vecindad esperando pasar el susto a dos cuadras de allí, en la plaza de Las Mercedes, cerca del antiguo Puesto de Salas. Mi mamá todavía guarda el único zapato con el que me encontró esa noche en la plaza, más de una vez me lo ha ofrecido para ponerlo de adorno en el retrovisor del carro.

Esquina Las Ibarras, Avenida Urdaneta. Fuente página Venebuses, fotógrafo desconocido

El mundo, entonces, hasta que cumplí 5 años y nos mudamos de allí, eran cuatro calles del centro y el puñado de edificios contenidos en esa cuadrícula, un mundo delimitado al sur por el aviso del Dr. Scholl donde una señora arrugaba la cara porque le dolían los pies, que estaba en la esquina de Las Ibarras al llegar a la avenida Urdaneta; al norte por el Santa Teresita del Niño Jesús, en donde en el baile del preescolar fui una mañana un ratón vaquero “que sacó su pistola y se quitó el sombrero”; por el estacionamiento mecánico que me maravillaba como un monstruo gigante a pocos metros de la esquina de Canónigos, en donde la calle tenía una cuesta pronunciada;  por el templo de los masones al que sigo llamando décadas después como lo llamaba de niño, “templo amazónico”.

Templo Masónico de Caracas

Enfrente al Issa hubo un edificio blanco con gestos art decó de unas 4 plantas con balcones, el cuál veía desde arriba al asomarme en las ventanas de nuestro apartamento. En la planta baja de ese edificio, que llegaba desde el borde de la quebrada hasta la esquina de Santa Bárbara, se sucedían los locales comerciales poblados de españoles, italianos y portugueses: la quincalla, la ferretería, el barbero, el pescadero, el carnicero, el botiquín. Allí enfrente vendían carritos Machtbox y Majorette, mi máxima aspiración en esos tiempos en los que al final de la tarde el horizonte era la entonces nueva torre del Banco Central y la grúa que ayudó a levantarla. Este edificio blanco fue demolido hace como 30 años, iba a ser sustituido por una torre, que no llegó a construirse nunca.

Luego de mudarnos en 1973, mis padres siguieron frecuentando durante años estas cuatro cuadras, siguieron visitando los comercios de la zona. De allí era el televisor Siera en el que veía todas las tardes al llegar del colegio El Zorro, Perdidos en el Espacio y Meteoro, de ahí era el pickup en caja de madera donde mi papá ponía discos de la Billos, de ahí eran las ollas con tapa roja de aluminio que fueron a parar a la casa de Margarita, de ahí los vasos de aluminio Magefesa que todavía guardan en la nevera en la casa de mis padres, de ahí los dulces de la pastelería italiana decorada con mármol negro, apliques dorados y letras verdes de neón en la vidriera, de ahí las monturas de los cuadros de la casa de Los Chorros, de ahí el traje verde (¿o era gris?, recuerdo que el sastre me hizo dos en esa oportunidad) que me hicieron para graduarme en la universidad, casi 20 años después de salir con nuestras cosas rumbo a la Paraguachoa.

2. Paraguachoa

Luego del nacimiento de mi hermano a finales de 1969 mis padres querían una casa más grande, con un cuarto para cada uno de los hijos, y se pusieron a buscar, en principio, apartamento. Eran los primeros años 70s. Miraron, que yo recuerde, que los acompañaba a las visitas vestido de pantalón por la rodilla y botas de cuero peludas, opciones por El Paraíso, la Avenida Libertador, Los Ruices, El Marques y San Bernardino, pero finalmente se decidieron por la casa de al lado de aquella en la que habían celebrado su matrimonio unos años antes, la casa de mi madrina Dora, en Los Chorros.

Cuando acordaron la compra venta con los Alcalá, antiguos propietarios de la casa desde su construcción a comienzos de los años 60s y viejos conocidos de mi familia, mi papá mandó a hacer por Chacao un aviso de hierro en letras cursivas para ponerlo encima de la puerta del estacionamiento y bautizó a su nuevo hogar con el mismo nombre que dieron los indios guaiqueríes a la Isla de Margarita. “Abundancia de peces”, decía mi padre que significaba aquel nombre a todo el que le preguntaba. Allí sigue ese trozo de metal fundido, atornillado a la reja, casi 50 años después.

La Paraguachoa es una casa de dos plantas de techo plano de concreto con alero, con jardín trasero con juego de muebles de metal blanco y cojines plásticos de flores, patio interno de piso rojo y jardinera perimétrica, garaje de ladrillos naranjas al que durante años “curaron” con gasoil, balcón que miraba a la calle y al jardín y al Ávila y pisos de granito blanco con líneas divisorias rojas, a donde nos mudamos justamente cuando yo iba a empezar la primaria y en el medio oriente los árabes e israelíes hacían lo suyo para que el precio del petróleo se disparara y en Venezuela comenzara a llover dinero por todos lados. Mi papá siempre dijo que la habíamos comprado justo antes de que subieran los precios y que al poco tiempo valía mucho más que lo que él había pagado, o se había comprometido a pagarle al banco por los siguientes 20 años, “fiao hasta un vapor” decía siempre mi bisabuelo –me cuentan- y todas las generaciones de la familia Tovar hemos seguido repitiendo ese mantra margariteño hasta el día de hoy.

La casa tiene un estilo típico de la época en que fue construida, pensada a finales de los 50s, construida  en los primeros 60s, con un diseño racional como parte de un conjunto de casas que repetían el mismo diseño a lo largo de una cuadra, racionalidad con techo plano de concreto adornada con bloques calados en la cocina, el lavadero y la escalera, grandes ventanales corredizos de vidrio en los extremos de la sala conectando los espacios abiertos de la parcela, ventanas macuto de aluminio y baños con piezas  “Standard de luxe” de colores haciendo juego con las baldosas de las paredes. Los Alcalá le habían hecho varias transformaciones al diseño original de la casa en la década que habían vivido allí: la terraza grande del segundo piso que todavía ostentaba entonces la casa vecina donde vivían el ingeniero Carreño y su esposa, la señora. Carmen, la bibliotecaria de mi colegio Santiago de León, la habían cerrado y convertido en el cuarto principal; habían techado el garaje generando una terraza encima a la que se llegaba abriendo una puerta corrediza de vidrio en el cuarto principal, terraza a la que siempre llamamos “el balcón”, con vistas hacia el norte y el sur, hacia los techos de otras casas y las matas de mango al sur, y hacia el Ávila y el jardín al norte; habían eliminado el césped del garaje, pavimentando toda la superficie y habían integrado los espacios inicialmente de la cocina y el lavadero tumbando la pared medianera, para generar una cocina el doble de grande a la del diseño original de la casa, sacando el lavadero hacia el patio contiguo, patio originalmente ajardinado – como el de la señora Carmen, donde crecía un granado cuyos frutos caían cada año para mi casa- que también pavimentaron con piso de terracota roja. Mi mamá aprovechó todo ese espacio de la cocina ampliada un tiempo después de mudarnos metiendo en medio una mesa redonda de fibra de vidrio y fórmica con unas sillas curvilíneas de fibra de vidrio, compradas en una fábrica de El Llanito a donde recuerdo haberla acompañado, mesa y sillas imitación de las que diseñó Saarinen para Knoll en los 50s., todo a juego con los nuevos gabinetes que mis padres mandaron a hacer para la cocina, combinado de naranja con blanco. Recuerdo haber acompañado a mis padres a un taller de carpintería que les recomendaron, un galpón al final de una calle ciega, un poco más allá de El Marques y antes de llegar a Petare, donde entre una nube de aserrín esperamos  a que el dueño del negocio nos atendiera, porque al llegar al galpón lleno de máquinas, muebles a medio hacer y piezas de fórmica estaba atendiendo a otro cliente, uno que no se me olvidó porque conocía su cara de tanto verlo en televisión anunciando nuevos autobuses o ambulancias para Caracas, el gobernador Diego Arria. El carpintero prometió ese día de mediados de los años 70s que esos muebles iban a durar para toda la vida y, visto lo visto, habría que decir que desde San Pedro para acá no se ha conocido otro de su gremio más cumplido y certero con sus predicciones.

En la Paraguachoa estaba mi mamá, a los pocos meses de mudarnos, cuando la llamaron de la casa vecina a través del muro medianero – no había teléfono cuando nos mudamos y no hubo por un tiempo largo, las líneas telefónicas eran escasas entonces y los antiguos propietarios se habían llevado la suya- para avisarle que habían dicho en Radio Rumbos que mi papá estaba entre los fallecidos de un accidente de tránsito ocurrido en la Autopista del Este. Mi papá había llamado, afortunadamente, unos minutos antes del anuncio en la radio para avisar que estaba bien, un poco aturdido y golpeado, con una cortada en la frente, pero vivo y sin ningún hueso roto, luego de que un Opel Manta saltara la defensa central de la autopista por estar viendo los aviones aterrizar en La Carlota e involucrar en un choque múltiple a un Jeep del Ministerio de Obras Públicas, un camión de la Pepsicola y al Chevrolet Caprice Classic color vinotinto 1970 de mi papá, que recibió un golpe del camión y comenzó a dar vueltas hasta estrellarse, justo a la altura de la puerta del conductor, contra un poste de luz al costado de donde entonces comenzaban a construir el futuro Centro Ciudad Comercial Tamanaco, el más grande centro comercial de América Latina.

Chevy Caprice 1970

El Caprice 70 sorprendentemente sobrevivió al impacto y luego de un par de meses en el taller y del enderezado del chasis, volvió a rodar; en él bajaba mi papá los sábados en la mañana hasta el mercado al costado del puerto de La Guaira y volvía a la casa con pescado fresco antes del mediodía, luego de visitar a mi tío en Catia La Mar. Otros sábados iba al hipódromo temprano en la mañana y visitaba las caballerizas en las que tenía conocidos. Mi papá iba buscando algún dato para las carreras del fin de semana. Yo no solía acompañarlo a La Guaira, pero sí al hipódromo, me gustaba ver los caballos, el ambiente de las caballerizas y me gustaban las arepas con queso amarillo que nos comíamos en la cafetería cercana a la clínica veterinaria del hipódromo. Saliendo de las caballerizas del Hipódromo La Rinconada solíamos pasar por el mercado de Coche y llegábamos a la casa con un saco de naranjas para jugo que bebíamos a lo largo de la semana siguiente.

Un sábado de mediados de 1974 mi papá bajó a comprar pescado a La Guaira como acostumbraba, pero regresó un poco más tarde de lo usual. Saliendo del mercado dejó el Caprice 70 como cuota inicial en la misma agencia donde lo había comprado 4 años antes, Veneauto, cerca del mercado de Pariata, y regresó a la casa en un Chevrolet Caprice Classic 1974, blanco con techo de vinyl negro, al que por décadas mi papá llamó “La Lancha Nueva Esparta” y nosotros, sus hijos, que aprendimos en la década siguiente a manejar en ese palacio sobre ruedas con motor 8 cilindros, simplemente, “la lancha”. La lancha ocupó, un tiempo a solas, un tiempo compartido con otros carros, el garage de la Paraguachoa hasta el nuevo milenio y mi papá, que ya entrado en los 80s ha dejado de manejar recientemente, sigue pensando que los carros de ahora no son como los de antes y que ninguno de los carros que tuvo salió tan bueno como la lancha, uno de los últimos carros ensamblados en la vieja planta de General Motors de Antímano, antes de mudarse esta empresa a la fábrica de Valencia que cerraron hace pocos años.

Chevy Caprice Classic 1974

La Paraguachoa es la casa donde he vivido más años en mi vida. Viví en ella desde 1973 hasta 1994, con excepción de los 3 meses que me mudé con Valerie y Mabel para terminar el último trimestre de carrera a finales de los 80s y el año que me fui a estudiar a Alcalá de Henares a comienzos de los 90s, además de los, al menos, dos meses que pasábamos en Margarita cada año, en la casa de El Copey, por lo menos hasta mediados de los 80s. En esos años la casa cambió bastante, más entre los 70s y los 90s y un poco menos vertiginosamente en el nuevo milenio. Mis padres sufrían de la necesidad compulsiva de andar inventando demoliciones, ampliaciones y remodelaciones cada cierto tiempo, se necesitaran o no. Pero todos esos cambios – ventanas, acabados de los baños, jardineras, techos, rejas, escaleras de caracol, barandas en el techo, depósitos, recubrimiento de paredes-  no la han cambiando sustancialmente, sigue siendo la casa de diseño racionalista, grandes ventanales en la sala, pisos de granito blanco, solo ahora más silente, con menos movimiento, en un eterno domingo por la tarde.

El jardín, originalmente una extensión de grama bajo el sol con un árbol de mango en un rincón ha visto crecer árboles y los ha visto desaparecer, pero desde hace décadas dejó su enfoque ornamental y ha visto como los árboles de manga, guanábana, jobo de la India, cereza y en estos últimos años de aguacate asumen el protagonismo de un espacio que en el pasado tuvo morrocoyes y loros, perros e iguanas y hoy es un patio en el que apenas entra el sol, en el que llega el agua con suerte una vez a la semana, un lugar silente, sin movimiento, al que solo se acercan algunos pájaros y uno que otro gato realengo.

Los vecinos de la calle en la que jugaba pelotica de goma han envejecido, algunos han muerto. Mi madrina, ya rondando los noventas, sigue viviendo en la casa de al lado, al otro lado sigue estando la familia Carreño, aunque la señora Carmen ya no esté. El perfil de la calle no ha cambiado mucho, más muros y rejas, menos árboles, algunos jardines transformados en garajes, pero sigue siendo una calle angosta con acera de un solo lado, rodeada de casas y algunos pocos edificios bajos. La biblioteca pública de la calle paralela cerró hace más 30 años. También el supermercado El Centro y la herrería y la quincalla de la señora María y el kiosko del señor Lorenzo. Solo el barbero italiano, Vito, y el ebanista portugués seguían ahí la última vez que estuve de visita. Ninguno de los amigos vive por el sector. Yo me fui con mi maleta la tarde del día en que me casé con Patricia, dejando un cuarto lleno de cosas, y ya no volví a la Paraguachoa sino de visita, la última vez en febrero pasado.

El Ávila desde Los Chorros

Cuando en Lima el gris aturde y el ruido y las presiones hacen mella en el ánimo y quiero recordar un momento de paz, un espacio de relajación, una sensación de seguridad, suelo pensar en la vista desde el techo de la Paraguachoa al atardecer, el Ávila dorado y verde sobre el cielo azul y amarillo, con el ruido de las ramas de los árboles moviéndose por la brisa y algunos ecos remotos provenientes de la Cota Mil. 


Continuará.....  

martes, 16 de abril de 2019

Apagón

La vida de los pueblos se hace en torno a las rutinas.

Cada día mi abuela Emilia, luego de almorzar en su casa de la calle San Antonio, dormía la siesta, trabajaba un rato en una máquina de coser Singer color beige, barría la casa, según estuviera llegando el agua regaba abundantemente las matas del corredor adornado con columnas panzonas de cemento y techo de tejas y caña brava,  y se bañaba todas las tardes con jabón de lechuga en un baño con piso de baldosas de cemento blanco y negro ubicado al fondo de la casa, rodeado de árboles de ciruela, uva grapette y pandelaño. Luego de espolvorearse con talco de olor, bañarse en Jean Naté y ponerse una bata limpia, Emilia cruzaba el corredor y la sala, empujaba una mecedora de mimbre afuera de la puerta de madera y se sentaba a ver pasar uno que otro carro, uno que otro vendedor de empanadas o de torrejas espolvoreadas con azúcar y a saludar a los vecinos que caminaban o montaban bicicletas por la calle. Así día tras día, hasta el anochecer, así hasta que se encendían las luces de los postes, unas luces amarillas, dispersas, que alumbraban unos metros alrededor de cada esquina, dejando espacio para la imaginación que ve personajes e historias entre las sombras de los árboles y las casas.

Mis padres nacieron en un pueblo del norte de la isla de Margarita con tres calles, que originalmente eran tres caminos que comunicaban con Juan Griego, Santa Ana del Norte y Pedro González. Es un pueblo sin mar formado en un cruce de caminos, caminos a los que comenzaron a construirle casas de bahareque y adobe a los costados e iglesia, capilla, dispensario y escuela, en lo que habían sido los hatos de un tal Suárez. Seguramente por eso los habitantes de este pueblo nacido en un cruce de caminos cercano a un pozo de agua no se identificaban a si mismos según el nombre oficial del poblado, Altagracia, lugar de los gracitanos, sino como hateros, los que son de Los Hatos.

Por distintas razones que no vienen al caso, mis padres no se conocieron allí, en ese pueblo que era de tres calles de tierra en el que todos sus habitantes se conocían, salvo mis padres, ni siquiera porque mis abuelos paternos y maternos vivieron a unos 300 metros de distancia unos de los otros, ni porque mi padre solía pasar rumbo a su casa, siendo un niño, muchas tardes por la puerta de la casa de mi abuela materna, Emilia, ofreciendo a la venta plátanos maduritos o cachapas calientes, que traía a lomo de un burro desde El Tamoco, una finca de mi abuelo, al pie de un cerro, cercano al pueblo vecino, la villa de Santa Ana del Norte, o simplemente El Norte, como lo llamaban los hateros de entonces.

A Los Hatos o Altagracia, lo dejo al gusto del lector, llegó un día de la primera mitad del siglo XX la electricidad, probablemente entre finales de los años 30s y comienzos de los 40s, no tengo la fecha exacta..a Juan Griego había llegado en 1928 y a Santa Ana en 1936, no había un sistema interconectado, solo plantas generadoras aisladas en cada uno de los pueblos que surtían una precaria red de alumbrado público y algunas casas, al principio solo por unas cuantas horas al día....para 1946, de acuerdo a un reportaje aparecido en la revista Fomento del trimestre julio-septiembre de 1947, Altagracia contaba con una planta eléctrica con capacidad para surtir 18,5 kw, lo que apenas era suficiente para encender unos 200 bombillos. Por eso, si alguien conectaba alguna plancha no era de extrañar que todos los que se usaban la red eléctrica del pueblo sintiesen un bajón en el servicio, un parpadeo en las luces, un estremecimiento de la claridad amarillenta. Mi padre me ha repetido varias veces la anécdota que cuenta que en oportunidad de inaugurar el nuevo servicio, el jefe civil se reunió con los vecinos para poner en funcionamiento la planta eléctrica con un discurso en el que se destacaba que aquel artefacto venía a hacer realidad el sueño de Bolívar cuando dijo aquello de "moral y luces son nuestras primeras necesidades..."

A partir de los años 40s, con el aumento de los ingresos petroleros, Venezuela emprendió diversos y sucesivos planes eléctricos, orientados al crecimiento continuo de la generación y distribución de electricidad en un país de creciente población y con afanes modernizadores. Así, cada década desde entonces Venezuela multiplicó su capacidad de generación y distribución de energía eléctrica y multiplicó el consumo per cápita en el país, hasta hacerlo el más alto de latinoamérica a  partir de la década de los años 60s. De esa manera, para los años 70s del siglo pasado todas las ciudades del país tenían una cobertura cercana al 100% y se había puesto en marcha un plan por el que todo centro poblado de al menos 15 viviendas -según me explicó alguna vez en la Universidad Simón Bolívar la profesora Amita Villegas, la primera mujer ingeniero eléctrico que trabajó en CADAFE y con quién trabajé en el IERU-USB- estaba siendo servido mediante su conexión a una red nacional que integraba a empresas privadas con empresas públicas.

En mi infancia, en los años 70s, los cortes del servicio eléctrico eran casi inexistentes en Caracas, a dónde estábamos la mayor parte del año, pero cuando viajaba a Margarita por vacaciones escolares, raro era que en un mes que nos pasábamos en la isla uno o dos días no nos tocase algún apagón, aunque no fuese muy prolongado. La isla duplicaba su población en época de vacaciones y no era raro algún incidente con el servicio eléctrico en el período de mayor afluencia de temporadistas.

El corte del servicio eléctrico era acompañado siempre por un murmullo que salía de las casas vecinas y se desplazaba por el aire, si la electricidad no regresaba de inmediato se imponía el silencio. El protocolo familiar de actuación en caso de apagón repartía las funciones: unos iban a desenchufar la nevera y el televisor, otros iban a buscar velas y fósforos en la cocina. Todos iban luego a sentarse en la puerta de la casa.

Emilia seguía meciéndose en la puerta de la casa viendo pasar a los vecinos que caminaban o pedaleaban por la calle San Antonio, ahora a oscuras, salvo por el eventual paso de algún carro y sus luces, salvo por el reflejo de la luna sobre la capilla y los árboles de la cuadra. A veces eran minutos, alguna vez se prolongó por una hora o más, pero nunca como el apagón que me reportan mis padres por teléfono  mientras escribo estos recuerdos, nunca una oscuridad tan larga, nunca una sombra que envuelve todo, nunca un silencio tan prolongado.

Aquí estoy sentado, en Lima, esperando a que llegue la luz a Venezuela.



jueves, 4 de mayo de 2017

Mis calles

Fotografía: tomada del muro FB Ciudad de Laberintos


Las escenas se muestran en la pantalla, una tras otra, el mismo día, la misma tarde, con solo segundos de diferencia entre una y otra, como cuadros en una exhibición:

Video 1

Voces en off. La pantalla muestra, a través de una ventana con rejas de un apartamento, según se mueva el teléfono que graba, ambos extremos de una calle, una calle ancha con una fuerte pendiente. En un extremo, a la derecha, arriba, tres o cuatro cauchos atravesados, algunas piedras, unos palos y varas de metal retorcido. Humo. Y gente, gente que protesta, que gesticula, que grita. Se escucha claramente un sonoro  "Maduro, coñoetumadre" mientras suenan las cacerolas en el ambiente. Abajo, a la izquierda, algunas motos y un grupo de personas que miran a los de arriba, a la distancia, escondiéndose en una estación PDVSA de llenado de gas para vehículos y tras el muro de una casa en una esquina. Desde esa esquina vigilan, se ponen rodilla en tierra, se acuestan en el piso, sobre la acera, y muestran las pistolas. Y suenan los disparos. Se les ve disparar varias veces. No se ven guardias, ni policías, solo grupos armados, sin uniforme, que disparan a los que protestan al otro extremo de la calle. Las cacerolas siguen sonando. Desde los apartamentos se escucha a los residentes gritar insultos a los que disparan y al gobierno de Maduro. La casa  de la esquina tiene un muro muy particular, con unos dibujos hechos con piedras, rematadas con bordes de cemento y líneas de pintura negra. Es la Avenida Tamanaco de El Llanito, esa zona de nombre irónico que no deja de bajar o subir en ningún momento.

Video 2

Hay confusión y varias líneas parabólicas blancas en el aire. Una masa de gente se agolpa, entre quienes quieren correr hacia atrás y quienes quieren ponerse al frente. Varios vehículos blancos lanzan chorros de agua y bombas de gas. Motos que dan vueltas, gente que corre. Líneas blancas que caen al río, río Guaire entre gris y marrón. Gritos. Al fondo, el Ávila no se ve, oculto tras una nube blanca, nube de gases que irritan, que ciegan, que asfixian. Personas que caen, gente que es golpeada. Objetos que vuelan en uno y otro sentido. Alguna llamarada fugaz. Gritos. Sirenas. Alarmas. La toma se hace desde las Mercedes, desde el borde de la Avenida Río de Janeiro. Las tanquetas blancas avanzan y retroceden. A un costado se ven, entre las nubes blancas, edificios y una escultura de Carlos Cruz-Diez. La toma se acerca y se aleja, a veces solo deja ver 2 o 3 personas que corren, a veces es toda una composición de árboles, río, autopista, edificios y montaña. Gritos y gases. En otro gesto de la ironía, a ese conglomerado de edificios y, ahora, de gases y gritos, se le llama El Rosal.

Video 3

Gritos remotos, escaleras vacías. Tragaluces en el techo, en un espacio a doble altura. Tiendas difusas detrás de una nube blanca que cubre todo el espacio.  "Hijosdeputa", grita una voz en off. Gritos lejanos, nadie baja por las escaleras con piso de granito. Es una escalera del Centro Ciudad Comercial Tamanaco, en la zona más antigua, la primera etapa. La cámara, probablemente de alguna tienda, por la zona donde hace años estuvo una agencia del banco Consolidado o una agencia de viajes de la American Express, hace la toma justo enfrente al final de la escalera, en la segunda planta. Pisos de granito claro. La nube blanca sube hacia los tragaluces. Gritos. Alguien que cruza corriendo la escena y baja por las escaleras, corriendo, con un pañuelo en la cara, un pañuelo que se sostiene con una mano mientras corre huyendo de las bombas, de los gases. Nube blanca dentro del edificio. Imágenes difusas de palmeras dentro de una nube. Gritos lejanos.

Video 4

Una moto arde en medio de la calle, una calle franqueada por árboles y edificios de apartamentos. Al fondo la entrada a una estación del Metro con la pared lateral sin terminar, decorada con una pintura. En otro plano la autopista. A un costado un portón de hierro, obras a medio construir. Guardias que corren, alejándose. Gritos. Jóvenes que cruzan la toma de la cámara, con la cabeza envuelta. "Coñosdemadre", gritan, dirigiéndose a los guardias que se alejan, bajando por la calle. La moto arde, acostada en el medio de la calle. Vuelan algunas piedras. "Vénganse, vénganse" dice una voz en off junto a la cámara, cámara que no se mueve, aunque parece pasan cosas a su alrededor, cosas que se intuyen pero no se ven. Voces que gritan, gentes que corren, humo, bombas lacrimógenas que caen, rebotando sobre el pavimento.

Mis calles

Mi mamá, la "maestra Carmen",  trabajó una buena parte de los años 70s dando clases de primer grado de primaria, enseñando a leer y escribir, en la Unidad Educativa El Llanito, ahora llamada Juan Bautista Castro, en la Avenida Tamanaco de El Llanito, una escuela grande construida en los 60s, que atendía a niños de las zonas de edificios y casas de clase media a su alrededor como a los niños de los muy cercanos barrios de Petare, como el barrio La Línea, ubicado a solo 3 cuadras de la escuela, al margen del río Guaire, ese río entre marrón y gris que llega allí luego de pasar junto a la autopista, esa autopista donde las tanquetas del gobierno lanzan gases a los que manifiestan pidiendo cambios. Allí, en esa escuela, acompañando a mi mamá en una fiesta, vi en un televisor en blanco y negro a Argentina ganar el mundial de 1978, mientras un público de "padres y representantes" portugueses, españoles, argentinos, uruguayos, peruanos, colombianos, venezolanos, celebraban un gol de Kempes mientras participaban de una verbena del colegio. A dos cuadras de la escuela, en una vía paralela a la Tamanaco, en la calle Terepaima, en la planta baja de un edificio que mezclaba comercios con pequeñas industrias, estaba el taller de latonería y pintura de Paco, un español emigrado a Venezuela en la postguerra, quien pintó de blanco mi VW antes negro, el vw del hijo de la que fue la maestra de sus hijos, y me ayudo a prenderlo empujado cuando fui a buscarlo al final de una tarde. Esa tarde, rumbo a mi casa, en mi vw blanco del 66, a mis 20 años pasé frente a la escuela donde había trabajado mi mamá, frente a la casa de la compañera de trabajo de mi mamá cuyas hijas bailaban en el ballet de Keyla Ermecheo y pasé frente a la estación de servicios que alguna vez conocí en los 70s como de la CVP y ahora era una estación de llenado de gas, al costado de una casa con muro blanco y dibujos hechos con piedras en su fachada, piedras delimitadas con cemento y lineas pintadas de negro, bajando al puente Baloa, allí donde El Llanto pierde su nombre para convertirse simplemente en Petare.

En esa misma época en la cual mi mamá trabajaba en El Llanito, mi papá solía ir los domingos temprano en la mañana al entonces nuevo Centro Ciudad Comercial Tamanaco, entonces el mayor centro comercial de América latina, con sus pisos de granito claro y sus escaleras con barandas forradas con alfombras con rayas de colores ocres. Al pie de la escalera del patio a doble altura de la primera etapa del centro comercial, al costado de unas fuentes de agua y palmeras, había un café donde los domingos en la mañana sellaban apuestas de carreras de caballos, adonde mi papá se reunía con sus amigos para pronosticar fallidamente los ganadores de cada tarde, mientras yo me comía cada semana un cruasán que escandalizaba a mi papá por su precio (5 bolívares) y me daba vueltas entre tiendas cerradas y pasillos vacíos de una ciudad que los domingos se despertaba tarde. Arriba, en la segunda planta, adonde comienzan las escaleras, había una tienda de ropa para hombres y una agencia de viajes, y a un costado Beco, la tienda por departamentos. Mientras mi papá leía El Nacional e intercambiaba opiniones sobre los caballos con sus amigos, yo miraba la tienda de equipos electrónicos de la esquina siguiente, la oficina de Viasa donde ofrecían viajes a Europa o distintos países de América, o la joyería cuya fachada de mármol oscuro enmarcaba una vitrina con relojes, collares y anillos. Encima de la escalera había unos tragaluces de plástico, a través de los cuales, conforme avanzaba la mañana, entraba la luz que aclaraba los pasillos más temprano oscuros y solitarios.

Cuando salíamos del Centro Comercial Tamanaco en el Chevrolet Caprice Classic 74 blanco con el techo de vinilo negro de mi papá no había una rutina fija. Alguna vez íbamos al mercado de Coche a buscar sacos de naranja o maíz, alguna vez íbamos a las caballerizas del hipódromo La Rinconada, algunas veces simplemente volvíamos a la casa, a la Quinta Paraguachoa, en Los Chorros.

Años después, cuando dejé la casa de mis padres en Los Chorros me mudé con Patricia a La Carlota. Luego, al poco tiempo, ya con Lucía, nos mudamos a Bello Monte, a un apartamento que compramos con un crédito que firmé en una oficina de banco, ubicada en un edificio de El Rosal, a un costado de la Autopista Francisco Fajardo, un edificio con una escultura de Carlos Cruz Diez en la fachada. Un edificio que vi construir al costado de una bomba de gasolina, un edificio que vi levantarse, con sus vidrios verdes, cuando pasaba caminando desde Chacaíto rumbo a Colinas de Bello Monte, a la casa de Patricia.

Colinas de Bello Monte, allí donde enmarcada por árboles, edificios y gritos arde una moto de la Guardia Nacional volteada en medio de la calle Miguel Angel, enfrente a la Carnicería Belmont, apenas metros más allá de la panadería Sabrina, a pocos metros de la agencia del banco Provincial, de la venta de accesorios para carros, de la entrada inferior del Centro Polo y de unas obras interminables del Metro, ahora seguramente paralizadas, luego de años de escándalos de corrupción y múltiples incumplimientos del gobierno, el mismo gobierno al que sostienen los guardias que corren.

Sí, esas que arden y gritan llenas de gases son mis calles, aunque solo las vea a través de la pantalla de la computadora, como cuadros en una exhibición. Mis calles y, más temprano que tarde, voy a volver a ellas.



viernes, 17 de marzo de 2017

Elogio del pan dulce

En una Caracas que entonces -al menos así la miraba yo, vestido con mis pantalones cortos por la rodilla y las infaltables franelas a rayas de colores que me compraba mi mamá en Margarita- funcionaba a una menor velocidad que la actual, una ciudad en la que iba del colegio Santiago de León, en La Floresta, a almorzar a mi casa en Los Chorros, en el autobús amarillo del señor Amadeo, y volvía en la tarde al colegio luego de jugar un mini partido de pelotica de goma con los Delgado, que vivían en la esquina de mi misma calle, la panadería El Rosario, el kiosco de periódicos del señor Lorenzo y el abasto El Centro fueron los primeros lugares de excursión a los que se me permitió ir por mi cuenta, usualmente a hacer mandados.

En esos días de los años 70s en los que mi edad apenas rondaba los dos dígitos, mi madre solía pedirme al final de la tarde, luego de verme llegar de la segunda tanda del colegio, y justo cuando me preparaba para poner en el viejo televisor marca Siera, con mueble de madera y tope de mármol gris, al Zorro, o Perdidos en el espacio, que fuera a la panadería a buscar un bolívar de pan sobado, una variante más suave del pan francés al que entonces llamábamos "de a locha", porque su precio de venta era a razón de 8 panes por un bolívar. Algunas noches el mandado consistía en pan y un litro de leche. Y en algunas ocasiones especiales, también, pan dulce.

La panadería en cuestión quedaba a unas cuatro cuadras de mi casa, saliendo por mi calle hasta la avenida y subiendo hacia el Ávila. La Panadería ocupaba la planta baja de una casa con frente a la avenida El Rosario, en cuya parte superior vivían los panaderos, de origen italiano. Tenía los muebles de madera oscura y un mostrador en forma de u, con tope de vidrio, separado de los hornos y la zona de amasado por unos muebles altos, forrados en su interior por laminado blanco, en los que se exhibían diversos productos. El techo del local tenía unas formas plásticas que intentaban simular cristales, tras los cuales se ocultaban las lámparas. Tenía, a la derecha de la entrada, una vitrina refrigerada para las tortas y los dulces fríos  y otra para los quesos y jamones y una máquina grande de hacer café, al costado izquierdo del mostrador. Detrás de la barra, donde solían estar los empleados junto a los dueños del negocio, incluyendo una señora grande y gruesa, la propietaria, estaban las neveras para los jugos, maltas, refrescos y la leche.

Ese era el prototipo de la panadería caraqueña, un local animado y decorado por la acumulación, donde se podía conseguir pan caliente, recién hecho, a distintas horas del día, y a la vez podía comerse cachitos de jamón, dulces, sandwiches, queso, embutidos, tomar jugos o comprar enlatados, cajas de cereal, unas baterías o una afeitadora.

No es común en el mundo ese modelo de panadería tan propio de Venezuela. No lo hay acá en Perú, donde escribo esto pensando en las noticias del día. Tampoco lo vi en España, Francia o Italia. Ni en Estados Unidos ni en ninguno de los países de latinoamérica por donde me ha tocado pasar. Alguna vez vi algo parecido en Portugal, esa mezcla de casa de abastos, panadería, pastelería, bar, café, charcutería, restaurante y venta de artículos de playa, donde la gente entra y sale o se queda allí para conversar con sus vecinos mientras come pan caliente o se toma un café expreso.

En las proximidades del cambio de década los propietarios vendieron la panadería de la avenida El Rosario a una familia portuguesa y meses después escuché a mi madre comentar que los anteriores dueños de la panadería habían muerto en el sur de Italia, en un terremoto que destruyó su pueblo, al cual habían vuelto solo meses atrás, luego de pasar más de 20 años en Venezuela (El terremoto de Irpinia, 23 de noviembre de 1980). Los nuevos propietarios también partieron al poco tiempo, convirtiendo la panadería en una venta de muebles que nunca tuvo mayor éxito.

Con la entrada en bachillerato en 1979 dejé de viajar en el transporte escolar y comencé a usar el transporte público para ir al colegio. Muchas veces regresaba caminando a la casa desde La Floresta solo para guardar el dinero que me daban para los pasajes (y gastármelo en idas al cine o en comprarme algún disco o libro). En ese tiempo comencé a caminar por todas las zonas que quedaban en los alrededores del camino entre mi casa y el colegio: Los Ruices, Los Dos Caminos, La Carlota, Sebucán, Santa Eduvigis, Los Palos Grandes y Altamira. También me aventuré algunos días a recorrer Chacao, Sabana Grande y el centro de Caracas.

Por allí por donde pasaba, las calles de esa Caracas de comienzos de los 80s estaban llenas de panaderías, cada una con su individualidad, pero todas compartiendo el modelo de la variedad y la acumulación como seña de identidad, todas con esos mundos paralelos alrededor de la maquina de café expreso, el punto de despacho del pan caliente y las neveras de los dulces o las bebidas. Con los años había menos panaderías regentadas por españoles e italianos y cada vez más por portugueses, pero los tipos de pan y dulces no respondían necesariamente a la nacionalidad del propietario, sino a esa amalgama de culturas que se había dado en las panaderías caraqueñas a lo largo de varias décadas.

Con el bachillerato comencé a ir al cine por mi cuenta y muchas veces, especialmente cuando asistía a los cines que temprano en las tardes daban funciones continuadas con un único boleto, como el Broadway o el Radio City,  pasaba antes de entrar por la panadería más cercana y entraba a ver la película con mi bolsa de panes dulces bajo el brazo. Y si no era antes de entrar al cine, a la salida, camino a mi casa, al final de la tarde o en la noche, pasaba por alguna de las panaderías del camino y caminaba luego hacia mi casa comiéndome los panes dulces que había comprado momentos antes.

Así durante años me hice visitante asiduo de la panadería de Los Ruices, que tiempo después fue rebautizada como La Gran Muralla; o La Rolls, en Chacaito, cuyo nombre hace referencia a que en su local funcionó antes la antigua agencia de los elegantes autos ingleses; o la Flor y Nata, cerca de la Plaza La Candelaria; o la Carmen, Aída, la Ducal o la Pan 900 en Sabana Grande; o La Flor de Altamira, por la que solía pasar cuando iba a los talleres del Celarg, a una cuadra de allí; o La Flor de Castilla, por la que pasaba a veces, a la salida del colegio, al sur de la Plaza Altamira; o la Edelways o la Tívoli, en Las Palmas, por las que pasaba cuando iba al Cine Prensa; o la Río de Oro y la panadería del Centro Comercial Humboldt en Prados del Este, en las cercanías de casa de Viena, o la memoria remota de la panadería Suiza en San Bernardino, enfrente de donde me llevaban al médico mis padres de vez en cuando o en las proximidades de dónde llevábamos a Lucía al pediatra; o la Rocarena y la Doris por los lados de La Carlota; o la panadería El Placer, en la urbanización del mismo nombre, a la que iba cuando estudiaba en la USB; y Las Colinas (luego Punto Ideal) o la Magdala o la Sabrina, en Colinas de Bello Monte.



Hoy, sentado lejos de Caracas,  en Lima, y escondiéndome de un calor que abruma, leo en la prensa que se llevaron preso a alguien en una panadería venezolana por usar la harina para hacer cachitos de jamón y pan dulce y no he dejado de pensar en toda la mañana en la larga lista de panaderías que visité en mi vida y la cantidad de veces que me desenchufé del mundo, camino a mi casa, pateando latas por la calle, comiéndome los cuatro panes dulces que había comprado en alguna panadería minutos antes. La explicación para tan absurda situación no es otra que la misma que explica el caos de la vida cotidiana venezolana de estos tiempos. El gobierno, en otro de sus arrebatos de ignorancia, incapacidad y mala fe voluntarista, declara la "guerra del pan" para acabar con otra de las señas de nuestra identidad, ignorando que son sus políticas económicas, su torpeza y su mala fe las que generan la escasez y no los panaderos caraqueños, esos que desde que era niño madrugan para que temprano en la mañana tengamos pan caliente y en las tardes panes dulces.

Quedará solo el circo, por lo visto.


martes, 7 de febrero de 2017

Leche condensada

Carmen Victoria me pide, a través de una videollamada de Skype, que le mande dos latas de leche condensada. Mejor cuatro, eso aquí hace tiempo que no se consigue. Es verdad, dice, voz en off de quien no aparece en el espacio cubierto por la cámara, Gonzalo Rafael, eso hace tiempo que no se ve, se desapareció por completo, mira que lo hemos buscado. Es que quiero hacerles la gelatina que les gusta a los muchachitos cuando vengan, insiste mi mamá, a pesar de que ya le he dicho que sí se las voy a mandar con Patricia, cuando vaya a Caracas la próxima semana. Mándame cuatro latas, no dos, es que necesito dos para cada gelatina, y quiero hacerle una a Teresa para su cumpleaños y otra a Diego para el suyo. A ellos les gusta mucho.

Cierro la conversación luego de las despedidas de rigor, pensando en la solicitud de mi mamá como síntoma de estos tiempos. Lejanas, remotas, se recuerdan las solicitudes de cremas y perfumes, de algún aparato novedoso, de algún gusto exótico, exótico para los gustos sencillos de mis padres, que siempre se han acomodado con poca cosa.

Aunque, eso sí, la leche condensada azucarada siempre ha sido un producto codiciado en mi casa.



En mi casa, cuando era niño, se compraba la leche condensada azucarada para hacer postres, comúnmente quesillos, aunque alguno que otro diciembre se usaba para hacer una versión casera del ponche crema, o para hacer la gelatina mezclada con leche y frutas, que tanto éxito tenía, o el arroz con leche, o alguna chicha. Mi mamá solía tener siempre una lata guardada en los gabinetes blancos y naranja de la cocina, lata que una vez abierta era una tentación para quienes, dándole vueltas alrededor, pedíamos nos dieran, por lo menos, una cucharada. No, hay que ponérsela completa al quesillo, que si no se le pone la medida completa no queda bien, no le metas esa mano sucia a la lata, no le pases la cuchara y la vuelvas a meter, solía escuchar, mientras sonaba el zumbido de la licuadora Oster o del asistente de cocina Electrolux, según cuál fuese el postre en preparación. El premio mayor solía ser quedarse con la lata, sacando la leche condensada remanente con una cuchara o, incluso, pasándole el dedo, hasta dejar el envase completamente limpio. No me rompas el papel de afuera, que trae una receta, me advertía mi mamá, no sin antes recordarme que debía tener cuidado con el dedo y el borde de la lata, no sea que fuese a cortarme.

Alguna rara vez nos compraban unas laticas pequeñas, a las que le abrían dos agujeros en la tapa: uno para que entrara el aire y otro para que succionáramos la leche condensada mientras pegábamos la boca a la lata. Juraría que el latón cromado no sabía a nada, pero sí sabía, y daba a la leche condensada un sabor característico, como el del agua de los bebederos de los colegios, así, metálico, pero más dulce.

Solo una vez solía comer leche condensada a mis anchas.

Cuando íbamos en vacaciones a Margarita, al menos una vez cada año, una de las playas preferidas de mis padres era la playa El Yaque, en el sur de la isla, cerca de donde está hoy el aeropuerto Santiago Mariño. Es una playa llana, muy poco profunda y sin olas ni corrientes peligrosas, por eso nos dejaban de nuestra cuenta bañarnos sin mayor supervisión, mientras los mayores jugaban dominó, o veían la carreras de caballos por televisión. Pero no era la playa El Yaque llena de windsurfistas, hoteles y pequeños negocios que existe hoy en día, hablamos de la playa El Yaque de hace más de 40 años, al principio sin carretera asfaltada, sin electricidad salvo por unas horas en las que encendían una planta eléctrica, sin más negocios que el Bar El Vigía -con su rockola, su pista de baile de cemento pulido con vista al mar y sus cuatro mesas con sillas de madera y cuero de chivo- y la bodega de Clemente y, en el medio entre ambos, rancherías de pescadores con un aviso de metal oxidado que decía "Playa El Yaque. Sucesión Tovar. Prohibida Toda Clase de Construcciones".

Clemente, el dueño de la bodega, había sido el capataz del hato de chivos que fue de mi bisabuela, quien la obtuvo a cambio del pago de una deuda que dejó por cobrar mi bisabuelo a su muerte, hace más de 70 años. Luego de la desaparición de la hacienda, Clemente se quedó viviendo frente al mar en una casita de paredes de bloques pintadas de dos colores y techo de láminas de zinc, a la que puso enfrente, cruzando la calle, hacia el mar, ya sobre la arena, un rancho de palma y madera donde meter los carros o los peñeros. En la pared de la casa que daba hacia la calle había una ventana, por donde Clemente despachaba refrescos fríos, cervezas, panes dulces, galletas, bolsitas de champú, bombillos, papel sanitario, latas de diablitos Underwood, y, luego, en los tiempos de la zona franca y el puerto libre, en la época en que como parte de las obras del nuevo aeropuerto, en los años 70s, se construyó una nueva carretera de acceso y se asfaltó la única calle del pueblo, que corría paralela a la costa, desde la curva de la entrada hasta terminar en El Vigía, pasando antes por la puerta de la bodega de Clemente, también comenzó a vender productos importados, jamones en lata daneses, quesos de bola holandeses, chocolates kitkat, smarties y latas de leche condensada marca la pequeña holandesa.

Los Tovar teníamos crédito en la bodega de Clemente. Así que podía salir de la playa sin pedir permiso, sacudiéndome el agua y la arena, cruzar la calle dando brinquitos para no quemarme los pies, acercarme a la ventana de Clemente y pedirle cualquier cosa para que se lo anotaran a la lista de mi papá, que muy probablemente dormía, acostado en un chinchorro bajo el rancho junto a la playa.

Nada más dulce que -con la piel cargada de salitre, con el sabor del agua salada aún en los labios - sentir el frío de la lata junto a la cara insolada y saborear la leche condensada azucarada que se deslizaba fuera del envase por un agujero triangular recién hecho con un destapador de botellas o con una pequeña navaja.

Los días en la Playa El Yaque de mi niñez solían ser días solitarios, tranquilos, con poca gente, pocos conocidos. Sin nada urgente, sin prisas, sin angustias. Días con el ruido del viento arrastrando la arena y, al fondo, lejana, la música de la rockola de El Vigía. Días de caminar por la orilla de la playa, construir castillos y sistemas de drenaje en la arena, sacar erizos del mar, maravillarse viendo pasar un barco a lo lejos y cerrar los ojos e imaginarse el futuro. Días de tomar refrescos fríos, colitas Espartanas o naranja Tuey, y comer leche condensada pequeña holandesa helada, restregando la nariz contra la lata fría.

Escuchando a mi mamá por Skype pensaba en la pobreza de la Venezuela actual y en la imposibilidad de comprar una lata de leche condensada en el abasto de la esquina, haciendo necesario pedirla a familiares en otros países y, sin embargo, recordé la felicidad que me producía la leche condensada muchos años atrás y pensé que no puede ser un mal regalo, algo irrelevante una cosa que produzca esa sonrisa en la cara.