viernes, 18 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 6. Altolar.


Comenzamos a buscar una nueva casa cuando vimos que estábamos por terminar de pagar el crédito del apartamento de Bello Monte. Sí se puede, dije. Vendemos este y damos eso de inicial y seguimos pagando un crédito como hemos estado pagando hasta ahora. Fiao hasta un vapor, decía mi bisabuelo. ¡Un balcón para poner mis matas! Un edificio más pequeño que este. Un apartamento al que no le pegue todo el sol de la tarde, que no se caliente tanto. Un cuarto más para poner más cosas. Una cocina más grande, que sea más cómoda. ¡Un apartamento en Colinas de Bello Monte, cerca de casa de mi mamá! Con esos criterios nos pusimos a buscar, bueno, en realidad Patricia se puso a buscar y cada vez que veía por internet algún apartamento que le interesaba venía a mí con el planteamiento. Durante algunas semanas no avanzamos mucho, ella hacía de interesada agente inmobiliaria buscando apartamentos con terraza o balcón en Colinas de Bello Monte y yo hacía sistemáticamente de aguafiestas. Cada vez que Patricia se me acercaba con una propuesta, inmediatamente, en frente suyo, sacaba la cuenta: anja!, este lo podemos vender en tanto, tenemos tanto en el banco y tendríamos que pedir un crédito de tanto más…las cuotas nos quedaría en tanto…ummm, no se puede, este es muy caro. Tienes que conseguir uno más barato, de máximo tanto…

Pasadas varias semanas de esta misma dinámica, Patricia abandonó la búsqueda, convencida de que todos los apartamentos que le gustaban eran demasiado caros para nuestro presupuesto y que los que podíamos pagar no le representaban una mejora significativa respecto a donde estábamos. Para mudarme a ese, mejor nos quedamos aquí. Entonces yo tomé la posta.

Como era el primero al que pasaba buscando el transporte del Señor Amadeo para ir al Colegio Santiago de León de Caracas y mi mamá era fiel practicante de la filosofía según la cual el que se despierta temprano coje agua clara y, además, uno no debe salir a la calle sin haber comido previamente en su casa, me paraban todos los días, desde el comienzo de la educación primaria, a las 5 de la mañana en punto, con tiempo suficiente para lavarse, ir al baño, vestirse y desayunar. Cada día mi mamá alargaba su margariteño brazo dentro de mi cuarto y encendía la luz de la lámpara, una que parecía el foco redondo de un carro, e iluminado directamente por aquella luz que parecía para interrogatorios policiales, saltaba de la cama a pasar por el baño, vestirme y bajar a comerme algo antes de salir a la calle y caminar una cuadra para esperar el autobús Ford amarillo del Señor Amadeo (Amadeo tenía, cuando entré al colegio, un microbús Mercedes Benz, primero azul, luego amarillo, pero cuando lo cambió por un bus Ford más grande, estando yo en tercero de primaria, no podía dar la vuelta en mi calle y debíamos ir a esperarlo en la esquina). Educado con semejante rutina, hasta el día de hoy, no importa si es laborable o feriado, día de semana o sábado o domingo, si me acuesto tarde o temprano, a eso de las 5 de la mañana me es imposible dormir. Patricia tiene un ritmo contrario, o lo podríamos llamar complementario si fuésemos a cubrir turnos. Ella se acuesta y se despierta tarde, yo me duermo temprano y me despierto temprano. La felicidad es una carrera de relevos.

El tema viene al caso porque los sábados me levantaba a primera hora del día mientras todos en la casa dormían. Antes de que se levantaran podía darme un baño, leer o ver algo por internet, escuchar música con los audífonos, bajar a buscar empanadas o cachitos de jamón y, en la época de este relato, me puse a buscar por internet la nueva casa. Uno de los primeros días que me puse en esta tarea encontré un aviso que me interesó en un edificio que yo no conocía personalmente, pero del cual había leído y visto fotografías y del cual Patricia me había hablado muchas veces. Era su idea del tipo de edificio donde quería vivir. El apartamento que ofrecían estaba desocupado y, a juzgar por las fotos, necesitaba inversión para poder ocuparse. La cocina era un cuarto vacío, sin gabinetes y con las paredes cubiertas por cerámicas blancas en mal estado. Los baños se veían antiguos y faltos de mantenimiento. Daba la impresión de haber estado abandonado u ocupado por inquilinos sin consideración o por dueños sin capacidad de inversión. Hablamos de un apartamento con, entonces, más de 40 años de antigüedad. Pero estaba en el edificio adecuado, en el sitio adecuado, tenía 60 m2 más que el apartamento de Bello Monte, dos balcones y el precio, luego de un rápido ejercicio, calzó en mi estimación de lo que podríamos pagar metiéndonos en un nuevo crédito hipotecario.

No esperé a que Patricia se despertara y fui a avisarle de inmediato al cuarto. Me ignoró sin despegar la cara de la almohada. De hecho, recuerdo que se dio media vuelta y me dejó hablando solo. Después siempre me dices que no podemos comprarlo. Como media hora después se apareció en la sala, en pijama, con el pelo revuelto y cara de sueño me dijo a ver, enséñame,  ¿cuál es ese apartamento que conseguiste?   En lo que vio que era en el Altolar llamó de inmediato, hicimos una cita para poco más de una hora después, levantó a Lucía y a Diego, nos arreglamos y salimos para Bello Monte a ver la que suponíamos sería nuestra nueva casa.



Patricia conoció este edificio, que quedaba a pocas cuadras de su casa, desde muy pequeña y lo había visitado muchas veces. Allí iba con sus padres a visitar a Gego y Gerd Leuferd. Allí iban a visitar a Lourdes Blanco y Miguel Arroyo. Allí fue alguna vez a visitar a Lamis Feldman. Allí vivíeron Oswaldo Trejo y Rita Salvestrini. También vivían allí artistas de la televisión, periodistas, arquitectos conocidos.

Jimmy Alcock, el mismo arquitecto del edificio de dónde veníamos, había diseñado el Altolar en sus primeros años de ejercicio profesional, 20 años antes de su proyecto de Bello Monte, a comienzos de los 60s. Es un edificio largo y relativamente bajo, 6 plantas, ubicado sobre una colina, una montaña verde, viendo la ciudad a sus pies, adaptando su forma a la topografía del lugar donde fue implantado. Al exterior es una pared de ladrillos rojos con estructura de concreto vista, con ventanas blancas y cajas de concreto sobresalientes, en las que cada apartamento tenía un balcón y un solárium; al interior son unas torres cilíndricas para los ascensores y las escaleras y unos puentes que simulan colgar para comunicar los apartamentos con los ascensores, en un espacio protegido por un brisoleil, con vista a una vegetación tropical. Es un edificio moderno que combina austeridad en los materiales con una riqueza espacial, producto de un diseño que fue considerado uno de los atributos de su autor para otorgarle el Premio Nacional de Arquitectura. Tiene muchos achaques, pudo haber sido construido mejor, la segunda etapa está mejor construida que la primera, y el mantenimiento no ha sido el mejor, pero es un edificio con personalidad, con encanto. Tanto las autoridades nacionales como las municipales lo han declarado patrimonio cultural, lo cual no ha impedido cierta ranchificación por parte de sus vecinos. Muchos han cerrado los balcones, casi todos han cambiado los pisos, algunos han cambiado puertas y ventanas, algunos las barandas de la escalera interna de los apartamentos duplex. Dificultades para colocar los apartamentos en el mercado, costaban más o menos lo mismo que costaba una quinta en El Marques a mediados de los 60s, llevaron a la decisión de construirlo en dos etapas: la primera, la mitad oeste, en curva, construida alrededor de 1965; la segunda mitad, recta, al este de la parcela, se construyó en 1966-67. Los vecinos de la primera etapa no aceptaron integrarse con los de la segunda y luego de una serie de incidentes terminaron levantando un muro interno que divide en dos lo que había sido diseñado como un único edificio y debieron generarse dos espacios de conserjería y dos accesos de estacionamiento. A la segunda etapa se le llamó Loma Verde, aunque los arquitectos, a los que en la universidad, tanto las de Caracas como algunas del interior, los suelen mandar a ver este edificio (vaya y toque el intercomunicador y pregunte por el apartamento tal y cual, allí vive la arquitecta Patricia que tiene el apartamento original y le puede hablar sobre el edificio…zas!, se nos aparecían en la casa los estudiantes de la universidad, cámara en mano, orientados por un guachimán con vocación de guía turístico) lo llaman como un todo, Altolar.



Aquel día del 2007 nos esperaba la corredora inmobiliaria encargada de mostrar el apartamento. Era una arquitecta graduada en la Universidad Simón Bolívar, quien trató de convencernos que por ese precio podíamos conseguir algo mejor, allí mismo en Colinas de Bello Monte, que ella misma tenía otros apartamentos con un tamaño parecido que podía mostrarnos y que estaban en mejor estado por el mismo precio. Pero donde ella veía problemas nosotros veíamos oportunidades. Ella, a este apartamento no le hicieron nada en 40 años, nosotros, mira, tiene todo original, los pisos de terracota verde hechos en Italia, los mismos del apartamento de Gerd y Gego. Ella la cocina estaba tan mal que prefirieron quitar todos los gabinetes y dejar el cuarto vacío, nosotros uy, mira, no vamos a tener que quitar nada, vamos a poder diseñar la cocina a nuestro gusto, partiendo de cero. Ese mismo día en caliente le hicimos una oferta: 15% en efectivo de inmediato, 35% a través de un crédito hipotecario que tomaría de dos a tres meses y 50% a través de la venta de nuestro apartamento, que estimábamos se vendería en el mismo plazo del crédito. Incluso le ofrecimos a la corredora, para interesarla en el asunto, que le daríamos a ella misma la venta de nuestro apartamento, para que se ganara su comisión. Habían vendido varios apartamentos en los últimos meses en nuestro edificio de Bello Monte y sabíamos que se vendían rápido y el nuestro estaba bastante mejor que otros que se habían vendido recientemente.  Nos advirtió que ya había otros dos interesados y que la propietaria quería el pago de contado, de ser posible en dólares. Quedó en hacerle llegar a la dueña del apartamento nuestra oferta, pero no nos dio muchas esperanzas.

Pasaron los días y no hubo mayor avance. La corredora reiteró el interés de la propietaria por algún comprador que tuviese el dinero para pagar de contado. Nuestra oferta había sido rechazada. Seguimos pendientes de los periódicos, lamentando haber perdido la oportunidad de comprar el apartamento deseado, hasta que unas semanas después, otro sábado, en la misma rutina mañanera me encontré, revisando la web de un periódico, con otro apartamento interesante.  También era en el Altolar y costaba 10% menos que el que habíamos visto unas semanas atrás, no había fotos. De inmediato hicimos la cita y nos atendieron ese mismo día. La corredora era una abogada muy amable. Entramos al edificio sin saber el número del apartamento que íbamos a ver y mientras conversábamos con la corredora nos acercábamos al apartamento en venta, hasta darnos cuenta que era el mismo que ya habíamos visto. Le hicimos saber que ya lo habíamos visitado, pero nos lo había mostrado otra corredora, con otro precio. Nos dijo que ella era parte del bufete que había logrado la desocupación de los inquilinos, luego de un juicio de varios años y que tenían un poder para ofrecerlo en venta. Hicimos la misma oferta que habíamos hecho a la otra corredora y esta vez si nos mostraron interés por lo que ofrecíamos. Cuando hicimos saber a la corredora inicial que había otra persona ofreciendo el mismo apartamento y a un precio menor y que había manifestado interés por nuestra oferta se abrieron las puertas a que pudiésemos tener el apartamento deseado. Fue bonito pasar de ser un oferente rechazado a ser perseguido por las dos corredoras, quienes alegaban tener el derecho de vendernos el apartamento, quienes solicitaban de nuestra parte el compromiso de tratar con solo una de ellas. Al cabo de dos semanas la propietaria se decidió por la primera de las corredoras y, en la misma decisión, luego de conocernos personalmente, aceptó nuestra oferta. Había decidido venderle el apartamento que compró 40 años atrás, recién graduada, con sus primeros ingresos como abogada, apartamento que nunca habitó, a la muchacha con la que estuvo hablando durante un largo rato sobre el cultivo de bromelias. Cuando la corredora nos llamó para avisarnos el veredicto me dijo, literalmente, que “La señora Pacanins me ha dicho que le va a vender el apartamento a la muchacha de las bromelias”.




Vendimos nuestro apartamento con relativa rapidez. En solo una semana habíamos conseguido unos compradores, quienes tuvieron problemas luego con su banco y debieron desistir de la compra. Un mes perdido. Pero una semana más tarde teníamos nuevos compradores y logramos concretar la venta sin mayores complicaciones. Nuestro crédito con el banco estuvo un poco más complicado, pero finalmente logramos resolverlo. Tres meses después de acordar la compra estábamos recibiendo las llaves.

Los árabes tienen una maldición milenaria cuya traducción literal reza “ojalá te mudes”. Los maracuchos han hecho suya esa maldición, por lo que no es raro escuchar en el Zulia a alguien desearle el mal a otro diciéndole “ojalá te mudéis”. Tuvimos presente esa maldición mientras empacábamos más de 300 cajas con libros, juguetes y objetos diversos.

Los primeros 3 meses en el Altolar, entre septiembre y diciembre de aquel año, estuvimos inmersos en una continua remodelación. Dormíamos arriba mientras los obreros avanzaban con la remodelación de la cocina, abajo. Nos bañábamos en casa de mi suegra mientras arreglaron el primero de los baños. Teníamos un baño para todos mientras arreglaban los otros dos.  Tuvimos días sin luz, sin agua. Hubo que cambiar las tuberías de agua y el cableado eléctrico. El termo y todas las lámparas. Recubrimos la cocina, los baños y uno de los balcones con mosaico vidriado. A Patricia le pagaron un trabajo con piezas sanitarias alemanas y unas griferías de lujo que probablemente nunca hubiésemos comprado. Pusimos pisos nuevos de granito en la cocina y los baños, donde los pisos originales estaban muy deteriorados o, incluso, en algunas zonas, habían desaparecido. Tres meses después de iniciar los trabajos llegaron los gabinetes para la cocina, que compramos en el IKEA de Elizabeth, New Jersey (costaban, incluyendo el transporte, la mitad que los que nos presupuestaron en Caracas por unos similares)  y los arme en un fin de semana, para que el lunes viniera el granitero para poner el tope de la cocina. Para el día de navidad del 2007, ajustando algunas cosas los días previos, teníamos cocina y baños.

A los muebles que ya teníamos le sumamos dos seibos daneses. Compramos dos butacas azules de segunda mano diseñadas por Grete Jalk en 1960. Compramos una mesa de centro italiana usada. Vivíamos persiguiendo las ventas de segunda mano, buscando muebles y adornos de los 50s o los 60s. Pintamos unas paredes de gris, otra de amarillo. Colgué un cuadro de Starsky Brines a la entrada de la sala y otro de José Vivenes al lado de la cama. Colgué mi chinchorro de moriche en el balcón, entre las bromelias y las orquídeas de Patricia y encedimos la lamparita de papel de Noguchi en un rincón de la sala. Lucía tuvo el perro que quería. Dos años después llegó Teresa, a la que bautizamos teniendo en mente a la cantante de Madredeus. Desde nuestras ventanas veíamos el sol salir por el este de Caracas y el encender de las luces de la autopista cuando llegaba la noche. Pusimos una puerta roja en la entrada de la casa y colgamos en la escalera los avisos de metal que recolectamos a lo largo de una década, incluyendo un aviso grande de Cocacola que Ricardo nos regaló cuando se fue a Nueva York. Patricia llenó el cuarto de servicio con sus juguetes. Nos rodeaban las cosas queridas.

Nunca nos mudamos del Altolar. Hace 6 años que no vivimos allí, el mismo tiempo que lo ocupamos a diario, pero volveremos. Esta es la sexta casa de la historia pero podría ser la última. La vida solo tiene sentido si hay una meta, aunque distante o difusa. Como dice un pañuelito bordado que cuelga en la pared de la cocina de la familia en Nueva York, traducción mediante, hogar es donde está el corazón. El mío está en el Altolar aunque duerma en Lima.

lunes, 14 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 5, Bello Monte


El nuevo apartamento de Bello Monte era 43 m2 más grande que el de La Carlota y, además, quien lo diseñó exprimió esos 89 metros al punto de que siempre hemos creído que es muy difícil sacarle más provecho a ese metraje. Cuando nos mudamos tenía pisos de cerámica, sala comedor con un techo con un escalón, tres habitaciones y dos baños, cocina beige con mesita para el desayuno y paredes – a diferencia del apartamento que habíamos dejado atrás- de colores, azul, naranja, verde claro, verde oscuro, gris; paredes de concreto en las que colgar un cuadro requería de mucho esfuerzo, y ventanas corredizas con vista sobre la autopista y Colinas de Bello Monte, que Patricia llenó de plantas rápidamente y desde las cuales veíamos todas las tardes el atardecer meterse hasta el fondo de la casa y por las cuales se colaba el murmullo permanente, día y noche, de los carros pasando a toda velocidad por la autopista Francisco Fajardo, la columna vertebral que vincula el oeste, el centro y el este de Caracas.

El Conjunto Residencial Bello Monte, a la izquierda de la foto, al norte de la Autopista Francisco Fajardo y el Río Guaire

El arquitecto Jimmy Alcock había diseñado, cuando el bolívar todavía se cambiaba a razón de 4,30 por dólar, un conjunto de cinco torres de apartamentos de más de 20 pisos cada una y un centro comercial, conectados por una gran plaza, en una zona en la que predominaban pequeños edificios construidos 50 años antes, que me recordaban de alguna manera a los de La Carlota, y filas de casas de dos pisos que con los años, dada su cercanía a Sabana Grande, se habían convertido principalmente en comercios, oficinas y consultorios médicos u odontológicos, sobre unas calles en las que aún se conservaban algunos árboles grandes y un ambiente que mezclaba la actividad céntrica de Sabana Grande con cierto ambiente pueblerino. 

El Conjunto Residencial Bello Monte se comenzó a construir en la primera mitad de los años 80s, pero solo terminaron las dos primeras torres, Alfa y Beta, el estacionamiento y en su techo, el espacio de la plaza que iba a conectar con el centro comercial, al norte, sin completar. Cuando comencé la carrera de Urbanismo en la Universidad Simón Bolívar a mediados de los 80s, en el primer trabajo de campo que me encomendaron los profesores, justamente me asignaron esta zona, donde las dos primeras torres del conjunto, con su arquitectura brutalista de concreto, destacaban desde lo lejos y en la que entonces ya estaba instalada la oficina de ventas con un apartamento modelo para que los compradores pudieran hacerse una idea tridimensional de lo que se ofrecía. Recuerdo haber entrado a pedir información en mi condición de estudiante y salir con las manos vacías. Tuve que volver días después con una compañera de clases, María Eugenia, haciéndonos pasar por recién casados que estaban buscando su primer apartamento, para conseguir información sobre el número de apartamentos ya construidos y los planes futuros, planes que nunca se llegaron a materializar. Ni idea tenía yo que poco más de una década después, exactamente ahí, en ese edificio, tendríamos nuestra primera vivienda propia.

El apartamento lo compramos -luego de que los astros se alinearan, varios familiares nos prestaran dinero para completar la inicial y convenciéramos al banco de darnos un crédito a 20 años, a pesar de no tener ninguno de los dos un empleos fijo, lo que en Perú llaman “en planilla”- a los cuñados Ríos Armas, que se habían mudado a un apartamento más grande y con vista a unas matas de níspero en La Florida. Nos dejaron un aire acondicionado en el cuarto principal, medio closet lleno de libros, una biblioteca marrón y negra en uno de los tres cuartos (lo que nos impulsó a convertir esa habitación en una suerte de oficina y sala de exhibición de la creciente colección de juguetes), y durante unos meses, un dibujo sin papel de Gego, que valía más que el apartamento, obra que alguna vez estuvo expuesta en el Museo de Bellas Artes y que estuvo colgada frente al comedor de la casa, sobre una pared verde, hasta que viajó a la nueva casa de sus propietarios.

En los alrededores del apartamento teníamos el bulevar de Sabana Grande, a unas cuatro cuadras, más o menos, por donde solía ir caminando a trabajar – en 1998 comencé a trabajar cerca de Plaza Venezuela- y todavía, en los tiempos previos a la invasión de buhoneros que vino con el nuevo milenio promovida por un Gobernador de Caracas, militar retirado, que para justificar sus cuentas en dólares alegaba que eran el producto de las regalías de sus libros de poesía, podía regresar del trabajo en la noche, muchas veces entre las 8 y las 9, caminando por el bulevar sin pensar que se le iba a uno la vida por ello. Por ahí también solíamos ir a comer, usualmente los fines de semana, muchas veces al Da Vito, a dos cuadras de la casa, un negocio que conocí como pensión y pequeño restaurante familiar en mi época de estudiante y que para la época en que nos mudamos a Bello Monte era casa familiar de los dueños, en el piso de arriba, y restaurante económico con menú de precio fijo en la planta baja.  Otras tantas veces íbamos al Vecchio Molino, en la Avenida Solano, el cual me recordaba la época en que solía ir con mis padres los sábados o cuando, siendo niño, acompañaba a mi papá a saludar a alguno de sus conocidos, cuando desde allí se gobernaba a la República del Este. También solíamos ir a buscar dulcitos a La Ducal, a tres cuadras de la casa desde 1958, a pesar de las señoras cascarrabias que solían estar a cargo del mostrador. Íbamos también a los restaurantes del recientemente abierto Centro Comercial El Recreo, a buscar los golfeados de la Pan 900, a buscar los dulces de la Pastelería Carmen, a pedir arroz a Las Cancelas o La Huerta, a Las Nieves, donde a veces íbamos a buscar comida para almorzar los fines de semana o simplemente pasábamos buscando las colas de langosta con jugo de naranja y los mejores croasanes de Caracas. En ocasiones especiales, íbamos al Urrutia a buscar sus pimientos de piquillo rellenos de calamares en su tinta.

El mostrador de la Ducal, con sus huevos de chocolate

Cuando nos mudamos a Bello Monte un servidor todavía pasaba por la barbería una vez al mes y volver a la Roma, en la Avenida Rómulo Gallegos, solía tomarme medio día, que no me sobraba. Siguiendo la sugerencia de Patricia me cambié a la Barbería Grecos de la calle Unión de Sabana Grande, a donde en el pasado se cortaban el cabello el papá y los hermanos de Patricia. Eran dos barberos, uno italiano, que daba nombre al negocio, y otro canario, que había sido el asistente personal de Carlos Andres Perez durante su gobierno de los años 70s. Salvo una vez, por enfermedad de mi barbero usual, siempre me corté el cabello con el barbero canario, que además de preguntarme por mis cuñados, echaba cuentos de las intrigas de palacio, de quienes visitaban a Carlos Andrés en Miraflores o de cómo eran los viajes acompañando al presidente en la época de la bonanza petrolera de los 70s. Enfrente a la barbería quedaban una papelería, unas tiendas de juguetes y otras de materiales para hacer maquetas en las que compraba carritos de metal y tinta para las plumas fuente.

Los 46 m2 del apartamento de La Carlota parecían poca cosa cuando nos mudamos recién casados, pero los habíamos llenado de tal manera que cuando comenzamos a meter en cajas o a envolver en plástico las cosas que habíamos acumulado en algo menos de nuestros primeros 4 años de casados, terminamos llenando dos camiones medianos. Sin embargo, al llegar al nuevo apartamento, todo ello se diluyó de tal manera en el espacio en el que el arquitecto Alcock había rendido al máximo, que parecía que la casa estaba vacía.

Como la familia Tovar Armas, al igual que la naturaleza, sufre de horror vacui, en los siguientes meses y años a nuestra mudanza fuimos acumulando, como quien tiene una misión que va más allá de su voluntad, muebles y cuadros, adornos y libros, alfombras y cosas, llenando todos los espacios, completando la decoración en la que nos sentíamos a gusto. A veces es la necesidad de rodearse de cosas que nos son afines, en las que sentirnos cómodos, acompañados. A veces es la necesidad de salvar cosas que, percibimos, desaparecerán si no les damos cobijo y sentido dentro de un grupo, un contexto. A veces es la creencia de que las cosas hablan por uno y uno quiere, cuando dice “esta es mi casa”, en el fondo decir “así soy yo”. El caso es que las fuentes de los objetos fueron varias y el flujo, durante años, fue continuo. Patricia trajo algunas cosas de la Lejarazú. Recogimos cosas en la calle. Compramos algunas cosas en Bima o en Capuy. Cuando descubrimos que en Capuy recibían la tarjeta de crédito y se podía pagar en 12, 24 o 36 cuotas sin afectar su límite de crédito, nos hicimos con una mesa de comedor larga, plegable, de madera de haya con unas bisagras a la vista en la parte superior, un diseño italiano de los años 60s que Capuy vendió mucho, con distintas opciones de acabados en madera o en fórmica, hasta entrado este siglo, y que Patricia había visto desde niña en el apartamento de Miguel Arroyo en el edificio Altolar y decía siempre que quería esa mesa para su casa. Acompañando la mesa compramos seis sillas de madera de capure y cojín de la misma tela naranja del sofá que nos regaló mi mamá, que reproducían el diseño de las sillas leggera de Gio Ponti. Para acompañar el sofá naranja que nos había regalado mi mamá cuatro años atrás compramos dos sillones del mismo diseño y tela, pero en color azul oscuro. También compramos dos mesitas auxiliares que hacían juego con la mesa del comedor y una lámpara española de vidrio blanco para colgarla sobre el comedor. En una venta de lámparas que estaba cerrando en Sabana Grande compramos a precios de remate unas lámparas españolas de los años 60s o comienzos de los 70s. Le compramos un cuadro rojo y grande al cuñado Enrico, que colgamos justo detrás de las dos butacas azules y comenzamos a llenar las paredes con cuadros que venían de la familia, fotos de Ricardo, grabados de Annella, de compras a artistas conocidos y de subastas. Compramos un saldo de muebles de oficina en el segundo piso de Capuy en Chacaíto, donde vendían los sobrantes de pedidos anteriores, muebles golpeados y remanentes de líneas descontinuadas, y los modificamos agregándoles, entre otras cosas, ruedas para habilitarlos como bibliotecas y para colocar el equipo de sonido y los discos, que estuvieron siempre debajo de la ventana de la sala.

La silla Leggera, diseñada a comienzos de los 50s por el arquitecto italiano Gio Ponti. Son fabricadas en Italia por Cassina. En Venezuela eran importadas por Capuy, quienes luego comenzaron a fabricarlas con maderas locales, como el capure.

No recuerdo que en La Carlota, salvo que estuviésemos trabajando allí, pasáramos mucho rato dentro del apartamento. Era un lugar más para dormir. Por el contrario, en el apartamento de Bello Monte, a pesar del murmullo permanente que venía de la autopista y entraba por la ventana – al cual nos acostumbramos rápidamente, al punto de a veces no sentirlo cuando alguna visita nos lo hacía notar – y del sol que calcinaba el apartamento en las tardes y calentaba los espacios hasta hacernos sudar hasta bien entrada la noche, a menos que te enclaustraras en el único cuarto con aire acondicionado, fue un apartamento en el cual solíamos estar e invitar y en el cual estaba encendido el equipo de sonido casi todo el día. La historia de los poco menos de 10 años que vivimos allí tiene una banda sonora. El apartamento de Bello Monte sonaba a Nat King Cole y Genesis; Soledad Bravo y Presuntos Implicados; Mecano y Charlie García; Serrat y Los Beatles; Pink Floyd y el Quinteto Contrapunto; Diane Krall y Cecilia Todd; Norah Jones y Elisa Rego; Los Rodríguez y Guillermo Carrasco, Rosario Flores y Fito Paez, Charles Aznavour y Sade, Police y Rubén Blades, Soda Stéreo y Madredeus, Paco de Lucía y Antonio Carlos Jobim. 
  
Cuando todavía vivíamos en La Carlota comenzamos a viajar cada año a Nueva York, primero al hotel Wolcott, en la calle 31, cerca de las tiendas de mayoristas donde Patricia y mi cuñada Gabriela compraban un montón de cosas que luego vendíamos en la Feria del Ateneo de Caracas en diciembre y, cuando nos mudamos a Bello Monte, integramos en la decoración de la casa unas vitrinas de madera que Patricia había comprado en el remate de una quincalla antigua, por Boleíta, y que, luego de quitarles la pinturas con unos químicos capaces de matar a cualquiera, fueron la decoración del puesto que durante varios años teníamos cada diciembre en la feria del Ateneo. Cuando dejamos de tener el puesto –luego lo tendría varios años Annella, mi cuñada- las vitrinas quedaron para exhibir una parte de la colección de juguetes, pero seguimos viajando cada año a Nueva York, usualmente para recibir el año nuevo, pero a veces para estar en la fiesta de thanksgiving con la familia o para estar en el cumpleaños de Ricardo o para asistir a la graduación de alguno de los sobrinos. Por eso la casa solía tener discos con etiquetas de J&R y Tower Records, platos, adornos, cojines y alfombras de Ikea, velas y portraretratos comprados en Century 21 o en Pier1 Import y bolsas de FAO Schwartz y Macys para llevar y traer cosas desde la Lejarazú, al otro lado del río, o desde la casa de mis padres en Los Chorros.

A mi hermano, cuando teníamos poco tiempo viviendo en Bello Monte, la empresa donde trabajaba lo envió a Canadá y, después de un año pasando frío en Windsor y cruzando a hacer las compras en Detroit, lo enviaron a Madrid, donde estuvo más de 2 años . Luego de un breve regreso a Venezuela, justo en la época del paro petrolero y las marchas en Caracas, se fue a Puerto Rico, cuando teníamos como 4 años viviendo en Bello Monte, anticipándose a los tiempos por venir. Con mi hermano y mi cuñada que habían llegado no hacía mucho desde Madrid fuimos Patricia y yo a la marcha del 11 de abril del 2002 y, luego de volver en la noche, luego de llegar hasta la Avenida Baralt, de que nos lanzaran bombas lacrimógenas desde las torres de El Silencio y viéramos pasar muertos y heridos cerca de la estación del metro en Capitolio, en el apartamento de Bello Monte seguimos las noticias sobre la renuncia de Chavez y los decretos de Carmona, el breve. Al día siguiente, trasnochado, en mi cumpleaños, recibí en el fax que teníamos instalado en la sala de la casa, llamadas de los amigos quienes, además de felicitarme y alegar la situación del país para no ir a la casa ese día, señalaban que el regalo era innecesario puesto que ya me lo habían dado la noche anterior. Cuando Chavez regreso dos días después nadie me dio razón de mis regalos perdidos. En los años siguientes presenciamos, y participamos, en diversas protestas que se dieron frente a la casa, en la autopista, pero probablemente la más relevante fue en el 2004 cuando, molestos porque varios vecinos del edificio tocábamos cacerolas en protesta porque la Guardia Nacional estaba reprimiendo una manifestación que se desarrollaba en la autopista, a tres motorizados de la GN no se les ocurrió mejor forma de callar las cacerolas que disparando varias veces hacia la fachada del edificio y lanzando bombas lacrimógenas dentro del conjunto residencial, lo que hizo que tuviésemos que salir de los apartamentos en medio de la humareda y escondernos en las escaleras del edificio.

Lucía comenzó a ir al colegio cuando vivíamos en el apartamento de Bello Monte y allí vivíamos cuando nació Diego en el 2004. Al principió Diego compartió cuarto con su hermana y luego, el cuarto que llamábamos “la oficina” pasó a ser su cuarto y la computadora y la impresora y algunos de los muebles fueron a dar a una oficina que habíamos alquilado en Chacaíto, en el edificio EASO, desde un tiempo antes. En esta época, con el comienzo del nuevo milenio, también registré con dos amigos de la universidad la empresa con la que nos ganamos la vida mientras estuvimos en Venezuela y a la que simbólicamente mantenemos activa hasta hoy, con la esperanza de volver a trabajar en ella algún día.

La inflación y la devaluación diluyeron el monto del crédito que nos parecía gran cosa cuando compramos el apartamento y cierta consolidación profesional, que hacía que cada vez tuviésemos más trabajos y mejor remunerados, además de comenzar a trabajar cada vez más fuera de Venezuela en este período, permitieron amortizar el crédito hipotecario en menos de la mitad del tiempo acordado inicialmente con el banco. Cuando avizoramos que estábamos por terminar de pagar el apartamento y que el crédito que alguna vez representó hasta el 60% de mis ingresos ya no suponía ni el 10% del mismo, comenzamos a pensar en una nueva casa, en la que seguir llenando los espacios. Patricia volvió entonces a su interés inicial, cruzar el río hacia el sur, buscar un apartamento por Colinas de Bello Monte, la zona en la que había vivido casi toda su vida. En los meses siguientes vendimos el apartamento de Bello Monte e invertimos los ahorros en el que seguimos pensando será nuestra casa definitiva, aunque desde hace 6 años no vivamos en ella.

martes, 8 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 4 La Carlota


A Patricia le costó decidirse, su mundo giraba en torno a Colinas de Bello Monte y ella se imaginaba viviendo más cerca de la Lejarazú, la casa en la que había vivido toda su vida, y centro de la intensa vida familiar de los Armas Ponce, pero el caso es que entre las opciones que evaluamos y las prisas del caso, finalmente decidimos alquilar un apartamento en la Avenida Principal de La Carlota, rodeado de restaurantes y pequeños negocios, a tres cuadras de La Casona, la vivienda presidencial, a dos cuadras de la Avenida Francisco de Miranda y la estación del Metro de Los Dos Caminos, más cerca de la zona en la que yo, residente de Los Chorros, me había movido los 20 años previos a 1994.

La Principal de La Carlota, con sus vecinos que juegan dominó, cartas o ajedrez

El San Vicente es un edificio pequeño, cuatro pisos más sótano y penthouse, seis apartamentos en total, con un diseño racional típico de los 60s, un poco más moderno que la mayoría de los edificios de la zona, con un ascensor forrado de fórmica marrón, espejo y aluminio con franjas en relieve, con pisos y escaleras de granito gris, barandas de madera, ventanas macuto de aluminio sobre marcos de metal pintado de marrón, cerámicas cuadradas de pequeño formato, blanca en la cocina, gris en los baños con piezas sanitarias amarillas, y closets de madera. En el sótano del edificio funcionaba una distribuidora de repuestos para autos de los mismos propietarios del edificio, quienes también usaban el local comercial de la planta baja como depósito. Los dueños, italianos, vivían en el último piso, en el penthouse, y uno de sus dos hijos vivía en el primer piso, en un apartamento que parecía escapado de un videoclip de MTV, amoblado con un sofá blanco, un bar, una mesa de billar y un televisor gigante.

Los dueños del edificio hablaban italiano. En el resto de los apartamentos también, salvo en el nuestro (mientras vivíamos allí se mudó otra pareja joven en el apartamento que quedaba justo debajo del nuestro). La edad promedio del predio debió haber bajado algo, quizás unos dos o tres años, tal vez cinco considerando que en todo el edificio no vivíamos  más de 10 personas, cuando un par de veinteañeros nos mudamos en octubre de 1994 al apartamento pequeño del cuarto piso. En el apartamento de al lado al nuestro, más grande y con balcón hacia la Avenida Principal de La Carlota, vivía sola - aunque venía una persona a ayudarla- la señora Cleila, que veíamos bajar todas las tardes y sentarse en los bancos del bulevar arbolado a conversar con otras vecinas; que veíamos recibir todas las semanas a su hijo que venía a comer de vez en cuando; que invitaba a Patricia a tomar café y escuchar cuentos sobre su esposo fallecido, sobre Italia, sobre los años que tenía en Venezuela.

Habíamos puesto fecha para el matrimonio unos 4 meses antes de la mudanza, ante la inminencia de una beca y el consecuente viaje a España a hacer un doctorado en la Politécnica de Cataluña. Patricia y yo habíamos aplicado a becas en febrero de 1994 junto con otros 500 aspirantes, ambos habíamos quedado en mayo de ese año dentro de los 100 candidatos preseleccionados en la Embajada de España en Caracas, que tenía previsto ese año adjudicar 50 becas de estudios de postgrado, pero el desencadenante de la decisión fue el encuentro en junio de aquel año con un compañero de trabajo en la Universidad Simón Bolívar, hijo de un alto funcionario de la embajada, quien me felicitó por mi inminente viaje de estudios a España. Los resultados de la evaluación  de los 500 postulantes a la beca no eran públicos, en la Embajada de Caracas solo te hacían saber si habías pasado a la segunda vuelta (y con ello tus papeles viajaban a Madrid para ser evaluados por otro equipo de la Agencia Española de Cooperación Internacional), pero este compañero de trabajo, que también estaba aplicando a una beca de doctorado, tenía aquel día de junio –cortesía de su padre, claro está- la evaluación con los puntajes obtenidos por los aspirantes. El había quedado en el puesto 28, un servidor era el segundo en la lista de quinientos aspirantes ordenados de acuerdo al puntaje asignado a una carpeta que incluía notas, recomendaciones, curricula y varios ensayos explicando qué temas nos interesaban, qué aportes harían al país aquellos estudios o el por qué de esa universidad o ese programa de estudios en particular y de allí la felicitación anticipada. “Hay 50 becas –me dijo parado en el descanso de la escalera del edificio de Mecánica y Estudios Urbanos el tipo, que unos años más tarde terminó vinculado a una trama corrupta del chavismo conformada por varios excompañeros de trabajo en la USB y fue también, durante una larga temporada, cónsul de Venezuela en un país nórdico- por más que la evaluación en Madrid se haga con otros criterios, tu seguro estás entre los 50, tú te vas seguro, tu quedaste de segundo entre quinientos”. 

Esa misma noche pregunté a amigos en España e hice cuentas para ver si en el peor escenario, con una sola beca, podíamos sobrevivir Patricia y yo en Barcelona. Había vivido en Alcalá de Henares en el 91, pero siempre me habían comentado que vivir en Barcelona era más caro que vivir en Madrid. De allí a decidir la fecha del casorio, entendiendo que, en caso de recibir la beca, a finales de noviembre debía reportarme en la Politécnica, solo fue cosa de pocos días.

Dedicamos julio y agosto a acumular ahorros, sacar papeles y a organizarnos para el viaje. Yo estaba coordinando un proyecto grande del Banco Mundial cuyo principal atractivo era que estaba muy bien remunerado y me permitiría hasta octubre o noviembre de aquel año juntar dinero suficiente para llegar a España con una reserva suficiente para no pasar trabajo. Decidimos organizar un matrimonio por lo civil en la Lejarazú, la casa de Patricia en Colinas de Bello Monte, invitando solo a la familia y los amigos más cercanos. Pero se acabaron las vacaciones de verano en España y con la entrada de septiembre llegaron a la embajada desde Madrid las noticias de los resultados de las becas de AECI de aquel año y ni Patricia ni yo estábamos en la lista de los 50 afortunados (tampoco el compañero de trabajo que me mostró la lista de la primera evaluación impresa en una hojas de formas continuas, esas que tenían huequitos a los lados y a las que luego de impresas se le podían desprender los bordes). El jurado había decidido en España que en los últimos años había otorgado muchas becas a estudiantes de arquitectura y urbanismo y automáticamente quedamos excluidos todos los que pretendíamos hacer maestrías (Patricia en la Cátedra Gaudí) o doctorados en esos temas (yo en servicios públicos urbanos). Pero ya habíamos puesto fecha y soltado la noticia en la familia, así que seguimos adelante con el matrimonio y el dinero ahorrado para el viaje sirvió para ponerse a buscar apartamento y a comprar de manera apresurada algunos enseres domésticos para una familia en ciernes que tenía muchos libros y discos, tenía un equipo de sonido Sony que compré con mi primer sueldo de graduado en 1990, tenía un Fiat Uno CS motor 1500 modelo 1992 que volaba por la Autopista del Este, pero no tenía ni una lámpara, ni un mueble, ni un plato ni un sartén. Estábamos en septiembre y habíamos fijado la boda para el 20 de octubre.

En los siguientes días compramos una nevera (que 25 años después todavía es una de las dos que funcionan en casa de mis padres), una lavadora, una licuadora y un colchón ortopédico tamaño queen. Yo, como parte del proyecto del Banco Mundial en el que estaba trabajando, viajé a Margarita en esos días y aproveché de comprar en Rattan un juego de ollas que 25 años después sigue siendo el juego de ollas de la casa de Caracas y unos cubiertos Oneida que comparten las gavetas de la cocina de Caracas con otros comprados años después en IKEA. Media cuadra más allá, en la misma Avenida 4 de mayo, en Bencamar, compré unos sartenes, un abrelata y una plancha con teflón para hacer las arepas. También compramos una sanguchera. Mi mamá nos compró un juego de sábanas con manchas de colores en la Santiago Mariño y me preguntó qué mueble necesitábamos para la casa, para regalarnos uno a lo que le respondimos que un sofá. 

Con el dinero que me dio mi mamá de regalo compramos un sofá naranja de dos puestos, versión criolla de un diseño de Florence Knoll de los años 60s y, puestos en el sitio, la tienda CAPUY de Chacaito, compré la mesa redonda, versión local de un diseño de los esposos Eames, en la cual me puse a hacer el cheque por la compra del sofá. Patricia hizo gala de su título de arquitecto recibido ese mismo año en la UCV para que la mueblería nos diese el 10% de descuento correspondiente. Para acompañar la mesa redonda, tapa de madera y pata central de acero, Patricia se trajo de la Lejarazú cuatro taburetes daneses que Alfredo Julio, el papá de Patricia, había comprado en Capuy 30 años atrás. Yo me traje un televisor pequeño de la casa de mis padres, en la que había 3 y solo quedaban con mi partida dos personas. En la pared de la sala colgamos una serigrafía que le compramos a Enrico, el hermano de Patricia, y la abuela Amanda nos prestó una cocina blanca que ya no usaba y que creo había sido de su apartamento en La Urbina o de El Silencio. En una pared del cuarto colgué un pequeño cuadro que me regaló el arquitecto Julio Coll Rojas.

El apartamento tenía una sala-comedor con piso de granito blanco y líneas rojas donde pusimos el sofá naranja y la mesa con los taburetes bajo una lámpara con estilo de los 60s, que también vino desde la Lejarazú. Ese espacio se iluminaba con un amplio ventanal que daba al oeste, con vista hacia los tejados de las casas vecinas y en la distancia a los arboles del Museo del Transporte y el Parque del Este y al Avila. En el único cuarto, con ventana hacia el sur, hacia la azotea de un edificio vecino, más bajo, en donde todos los residentes se hablaban en portugués y hacían unas comilonas los fines de semana en el techo, recién casados el colchón estuvo como durante un mes en el piso hasta que llegó la cama que compramos en BIMA, apenas inauguraron esa tienda en Los Chorros, cerca de la casa de mis padres (de hecho probaron el sistema administrativo de las cajas con nuestra compra, la primera oficialmente registrada en esa tienda y que incluyó también una biblioteca de madera que pusimos frente al sofá).

No recuerdo si fue para inaugurar la nueva casa o fue un evento espontáneo, recién llegados de la primera parte de la luna de miel por Margarita y Sucre, en nuestro segundo fin de semana de casados, tuvimos de visita a la familia  que, obviamente, no cabía en los 46 m2, no tenía donde sentarse, los abrasaba el sol de la tarde (pusimos los cartones que envolvían la nevera tapando la ventana) y tenía más apetito que las cuatro cosas que teníamos en la cocina. Cuando se fueron todos, al final de la tarde, desaparecido el caos momentáneo, Patricia y yo nos quedamos solos en un apartamento silente donde no había absolutamente nada de comer o beber y las pocas cosas se veían revueltas, nos miramos a la cara y sin decirnos nada cerramos la puerta y nos fuimos a la pizzería Mr. Pepe, que quedaba cruzando la calle de enfrente. Nunca tuvimos nuevamente a la vez a toda la familia en este apartamento.

Como no teníamos teléfono en el San Vicente y al parecer no había líneas disponibles en la zona, al poco tiempo de mudarnos compramos nuestro primer celular, que costó más que dos meses de alquiler y que en realidad usábamos como teléfono fijo. Unos meses después apareció la línea de la CANTV y comencé a llevarme al trabajo el celular colgado en el cinturón. Con el paso de los meses el apartamento se fue llenando de plantas y muebles, cojines y juguetes, avisos de metal en las paredes, algunas de las cuales cambiaron de color: amarillo claro en la pared de la entrada, amarillo oscuro, casi marrón, en el espaldar de la cama, que ahora no estaba bajo la ventana del cuarto, como estaba cuando nos mudamos, sino en la pared opuesta.

Poco a poco fuimos descubriendo los negocios de la zona. Solía hacer la compra semanal en el Automercado Victoria del Centro Comercial Los Dos Caminos, pero disfrutaba más ir a comprar al Automercado París, cruzando la esquina de la casa, con su surtido de mortadelas y salamis, con sus mozarelas de búfala, con sus latas de aceite de oliva, con sus botellitas de Campari Soda que yo acumulaba sobre nuestra nevera Goldstar, con su señora gorda en la caja, que le lanzaba gritos a su hijo, aún más gordo, detrás de la nevera de la charcutería. La panadería Rocarena, con sus cachitos de jamón y sus pizzas, sus golfeados y su jugo de naranja natural, con su cola en navidades para comprar el pan de jamón. La pastelería Doris donde a mi mamá la llamaban los dueños, nada más verla, “la maestra Carmen”, porque mi mamá fue la que les enseñó a leer a sus dos hijos, quienes luego heredaron el negocio en el que me compraban las tortas de fresa y crema batida en mi infancia, y lo mudaron a la Avenida Rómulo Gallegos. En la esquina comprábamos frutas a dos personajes pintorescos que se hacían llamar Pixi y Dixi y alguna vez compré empanadas en una arepera que hacía esquina con la Avenida Francisco de Miranda. Al poco tiempo de mudarnos pusimos unas cortinas hechas con palitos de madera que nos hizo un muchacho portugués que vendía cestas y cortinas en la zona y al que llamábamos Joao, pero que en realidad nunca conocimos más allá de saludarlo cuando pasábamos frente a su pequeño negocio.

La Rocarena

Patricia se inscribió para estudiar la maestría en restauración de monumentos en la Central y comenzó a trabajar en proyectos con su hermano Carlo, por lo que la casa solía estar llena de planos y cartones, olor a goma UHU y tinta, incluyendo una entrega masiva para la restauración de la iglesia de Clarines, que era una suerte de proyecto familiar, porque en el último siglo había sido restaurada dos veces, la primera vez por el tío-abuelo de Patricia a comienzos del siglo XX, la segunda vez por su tío 40 años antes. Yo dejé de trabajar en la Universidad Simón Bolívar y me emplee con uno de mis profesores, Omar Hernández, primero en una oficina en Sabana Grande, al costado del Gran Café; luego en Chacao, en el Multicentro Empresarial del Este. Teníamos suficiente trabajo para pagar las cuentas y vivir con cierta holgura, pero no tanto para que no nos sobrara el tiempo. No era raro ir a almorzar a la casa cuando Patricia estaba allí (A veces trabajaba desde la casa, a veces trabajaba desde la oficina de sus hermanos en Colinas de Bello Monte, la quinta Manoa). Ella manejaba el Fiat Uno, yo andaba en Metro entre Chacao y Los Dos Caminos.

Lucía nació cuando estábamos cerca de cumplir año y medio en el edificio San Vicente. De allí salimos una mañana con el Fiat Uno lleno de cosas rumbo a la clínica en San Bernardino, era el cumpleaños de Patricia y desde entonces celebramos dos cumpleaños el mismo día, y volvimos unos días después con una muchacha gordita, blanca, de pelo castaño, que se bañaba sobre nuestra cama en una bañera plástica y usaba la que había sido mi cuna, que ahora ocupaba una esquina del único cuarto. Año y medio después del nacimiento de Lucía nos mudamos para nuestro primer apartamento propio, en Bello Monte, pero seguimos frecuentando algunos de los negocios de la zona, como la Rocarena y la Doris, incluso durante un tiempo la barbería Roma de la Avenida Rómulo Gallegos.

martes, 24 de septiembre de 2019

Diez Casas (Parte 3. El Copey)


3. El Copey

En la misma época en que nos mudamos a la casa de Los Chorros, mi papá también compró – a crédito, para variar, recuerden siempre el mantra “fiao hasta un vapor” - por doce mil bolívares de entonces una casa en Altagracia –o Los Hatos, que es como los margariteños llaman a este pueblo del norte de la isla, que en algún tiempo remoto antes de ser pueblo fue el “hato de Suarez” -, pueblo donde habían nacido mis padres y en el cual aún vivían entonces tres de mis abuelos. 

Era una casa tradicional margariteña de paredes gruesas de ladrillos de adobe con la fachada de dos colores, creo que originalmente era verde y blanca y luego amarilla y blanca, con molduras alrededor de las grandes puertas y ventanas, techos altos de caña brava y tejas, corredor en forma de ele, pisos de cemento pulido coloreado, un tanque grande de agua tapado por láminas de zinc sobre una estructura de madera y un patio trasero amplio, largo, delimitado por una cerca de alambre de púas y en algunos tramos por malla de gallinero. Tenía, a un costado, un galpón de paredes de ladrillos grises y techo de zinc, en el cual cabían dos o tres carros grandes, al cual mi papá le puso dos puertas grandes de metal. En cuanto la compró, mi papá amplió la casa, contratando a unos albañiles de medio pelo del mismo pueblo, agregando un baño, una cocina, un lavadero y un nuevo comedor, separado del corredor por una jardinera con ladrillos rojos. También le agregó un pozo séptico al fondo del terreno y un tanque de agua elevado, alimentado por una bomba eléctrica, que siempre fue la mayor preocupación de mi papá, porque las pocas veces que alguien se metió en la casa aprovechando los meses en los que no estábamos en la isla, lo hicieron buscando llevarse ese aparato. También reconstruyó los pisos de la casa, toda la instalación eléctrica, y la pintó nuevamente, por completo, en una combinación de amarillo y blanco que destacaba especialmente en la fachada.

La casa estaba ubicada en la calle 9 de diciembre, a la que todo el mundo llamó siempre El Copey, calle que se iniciaba en la Plaza Sucre, un espacio triangular poblado de guayacanes y árboles de uva de playa, caminerías de cemento y lámparas de plástico en forma de cono invertido, en cuyos bancos de granito blanco era común ver a los lugareños esperar el transporte público, tomar la siesta, a los borrachitos pasar la rasca y a los enamorados “pelar la pava”, bajo la mirada vigilante de las casas vecinas, en las que al caer la tarde la gente sacaba las mecedoras para “agarrar el fresco”, saludar a los que pasaban y, en ocasiones, comprar una torreja azucarada o una empanada caliente a los que pasaban ofreciéndolas por la calle, a viva voz.

Cuando mi papá compró la casa, en un extremo de la plaza todavía estaba un pequeño tanque y una pila pública de agua, a la cual acudían con sus envases los vecinos de la calle que aún no tenían servicio de agua corriente en sus casas, por ejemplo, la familia de Chemané, el panadero, que andaba en una bicicleta negra con una cesta al frente, en la cual llevaba los panes de anís, las empanadas de guayaba y las rosquitas azucaradas que tanto me gustaban y que Chemané horneaba en el patio de la casa de su suegra, nuestros vecinos, a donde vivió hasta que pudo hacerse su propia casa en otra zona del pueblo. Al segundo o tercer año de nuestras vacaciones anuales allí, ya todas las casas tenían agua por tubería y entonces, ante su inutilidad, demolieron el tanque y ampliaron las áreas verdes de la plaza.

En una esquina de la plaza, en una casa amarilla y verde, estaba la zapatería La Estrella, cruzando la calle San Antonio quedaba un botiquín con rockola donde se jugaba ajiley y truco al ritmo de las canciones de Julio Jaramillo; en la otra esquina de la plaza, al costado de la bodega de su mamá, Puglia, construyeron los primos Wettel Tovar una edificación a la que los lugareños llamaban “el edificio”, una casa de aspecto moderno con techo de tejas de dos pisos, con dos apartamentos y dos locales comerciales, en los que, al amparo del Puerto Libre, se vendían electrodomésticos, colchones, muebles y bicicletas. A partir de la Plaza Sucre, donde El Copey se encontraba con la Calle San Antonio –la denominación urbana de la carretera de Juan Griego a Santa Ana del Norte-, la calle El Copey no tenía más de cuatro cuadras, pobladas de casas de una planta, cuatro negocios – dos bodegas y dos tiendas de puerto libre, a donde iba a buscar kitkats, smarties y toblerones, que se derretían en minutos al salir del ambiente controlado de las tiendas a las que acudían revendedores de ropa venidos de Caracas a buscar mejores precios que los que ofrecían las tiendas de Porlamar y Juan Griego.

Yo, advertido por mis padres de no entrar en la Calle San Antonio, por donde pasaban los carros con gran velocidad, recorría El Copey en bicicleta hasta donde desaparecían las casas, y en los bordes del camino solo se veían cardones, yaques, chivos y guaripetes y el sol calentaba el asfalto al punto de sentir que se quemaban los pies, incluso, a través de la suela de goma.

Poco tiempo después de que mi papá comprara la casa de Altagracia, en medio de boom de inversiones turísticas en la isla, hoteles, tiendas, restaurantes, nuevas avenidas, abrió sus puertas al final de la calle El Copey el Safari Margarita, un parque en el que podían verse tigres, leones, osos, cebras, jirafas, antílopes, búfalos, monos, garzas rosadas, hipopótamos y rinocerontes, en un recorrido que se hacía en carro con los animales sueltos alrededor. Solo entramos con mi papá haciendo el recorrido completo en el carro una vez, que yo recuerde, además del día de la inauguración, donde todos los habitantes del pueblo hicimos cola con nuestros carros para ver de cerca a los animales de la sabana africana en los montes en los que mi padre había ido desde niño buscando conejos o frutos de pichiguey. En la entrada de safari hubo un restaurante y una tienda de recuerdos, un parque mecánico, y construyeron poco tiempo después de la inauguración unos dinosaurios de concreto pintado a los que nos subíamos los muchachos de la zona, incluso tiempo después de que cerrara el safari, quedando solo la cervecería, viendo a lo lejos los cerros resecos bajo el sol abrasador de la isla.

A partir de entonces, en nuestras vacaciones escuchábamos desde la casa, en las noches,  acostados en nuestros chinchorros y arrullados por los ventiladores eléctricos, que apaciguaban el calor y alejaban a los zancudos, el rugir de los leones, a los que comenzaron a alimentar con los burros realengos de la isla, al punto de prácticamente verlos desaparecer en pocos años. Con mi bicicleta pedaleaba hasta la entrada del parque y me quedaba viendo los cachorros de león que tenían en un espacio confinado cercano al restaurante, también recuerdo haber ido algunas veces bordeando la cerca del parque, por afuera, y darle de comer con la mano a las jirafas, que sacaban su largo cuello por encima de la cerca perimetral, en las proximidades de la carretera que une a Santa Ana con el Valle de Pedro González, a las afueras de Altagracia.

A esa Margarita de los 70s, en la que comenzaban a sentirse los efectos de la Zona Franca, del Puerto Libre y el turismo masivo, pero en la que en sus pueblos la gente continuaba durmiendo con la puerta abierta, peregrinábamos cada año, algunas veces copando todas nuestras vacaciones escolares, por lo que estábamos allí dos meses entre julio y septiembre y luego volvíamos para navidades y fin de año. Allí aprendimos a montar bicicletas, a jugar yaqui y juegos de cartas con los vecinos, a la puerta de cuya casa nos asomábamos para ver la televisión, y también a jugar bolas criollas, a ponerle dinero a las rockolas y a disfrutar una Gaseosa Espartana o una uva Grappette a media tarde, cuando convencíamos a nuestros padres de darnos un medio para ir a la bodega, en la que a veces el bodeguero nos hacía señas desde una hamaca para que sacáramos nosotros mismos la botella fría de la nevera y le dejáramos el pago sobre la misma, junto a la botella vacía. También íbamos a la playa dos o tres veces por semana, mayormente a Playa El Yaque, al otro extremo de la isla, antigua hacienda de cría de chivos que recibió mi bisabuela como pago de una deuda hace unos 90 años y en la que décadas después se construyó el actual aeropuerto de la isla, aunque también a íbamos a Puerto Viejo, Puerto Cruz y Playa Zaragoza, en Pedro González, el pueblo vecino de Altagracia.

Playas Puerto Viejo y, al fondo Puerto Cruz, Pedro González, Isla de Margarita

También nos acercábamos cada año algunos pocos días a Porlamar, la capital comercial de la isla. Mi madre, a la que no le gustaba mucho ir a la playa, hubiese deseado ir a diario, a recorrer las tiendas y a visitar a su tía Valentina, que tenía varios negocios cerca de la calle Guevara, pero a mi papá no le gustaba para nada ir de compras, a menos que fuese a buscar alguna oferta de whiskey escocés.  La aversión de mi padre a pasarse el día de tienda en tienda era tal que, a partir de cuando cumplí 13 años, coincidiendo con la época en que dejé de ir al colegio en el transporte del señor Amadeo y comencé a volver a mi casa desde el colegio en camionetica por puesto, mis padres me llevaban por la mañana, temprano, desde Altagracia a Porlamar, después de desayunar carite frito con arepas, y me dejaban donde entonces terminaban los locales comerciales de la avenida 4 de Mayo, frente a la tienda Minicentro, con la promesa de volver a buscarme al final de la tarde en la panadería 4 de Mayo, ubicada en las proximidades de Bencamar y cerca de donde luego estuvo la tienda Rattan, a dos cuadras de Saks y La Media Naranja, los íconos comerciales de la zona en aquella época.

Cruce de las Avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño, a la izquierda La Media Naranja, años 70s

Mi mamá me daba un sobre con dinero -que yo guardaba celosamente en el bolsillo del pantalón- e instrucciones de no alejarme de las avenidas 4 de Mayo y Santiago Mariño. Así como mi papá tenía su mantra crediticio, mi mamá se pasó todos esos años repitiéndonos que era preferible tener una sola camisa buena que un montón de ropa de baja calidad “que no representa” y que se puede ahorrar en otras cosas menos en los zapatos. A la hora que las tiendas ya estaban abiertas y comenzaban a verse compradores en bermuda y zapato de goma paseando por aquellas avenidas, me quedaba viendo a mis padres alejarse en el Chevrolet de mi papá y, con mi hermano, nos pasábamos el día de nuestra cuenta, recorriendo tiendas, pegando la nariz en las vitrinas de las joyerías -como aquella de la planta baja del Hotel For You en la que ponían en la vitrina un aviso que rezaba “si usted necesita preguntar los precios, mejor no entre”- probando los perfumes de Don Lolo, viendo los quesos de bola holandeses apilados en los bodegones, buscando las cosas que la noche previa ya habíamos acordado con mamá, las cosas que mi hermano y yo necesitábamos comprar para el nuevo año escolar de nuestro colegio sin uniforme –usualmente unos zapatos deportivos, All Star en Saks o Adidas bajando por la Santiago Mariño, mi hermano prefería los Vans, zapatos de diario para ir al colegio, Kickers cada año, mi mamá decía que eran los únicos que le duraban a mi hermano todo el año, y, luego, ya hacia finales del bachillerato, Bass o Sebago, pantalones, Wrangler de pana, al principio, mi mamá decía que eran tan buenos como los Levis y costaban 5 o 10 bolívares más baratos y, luego, cada año, cuando ya no seguía estrictamente las recomendaciones de mi mamá, Benetton y Sisley, camisas, medias, interiores-. Cuando algunas personas se sorprenden porque cuando viajo solo suelo comprar, a ojo, ropa para toda la familia o cuando asumo con naturalidad largas listas de encargos familiares o cuando en medio de tiendas tumultuosas, tipo Century 21 o Macys, tengo “ojo” para encontrar rápidamente las cosas que estamos buscando, suelo decir que no es una habilidad natural, durante años mi mamá me preparó para ello.

Mis padres regresaron a la isla cada año, incluso varias veces al año, hasta hace muy poco, nosotros dejamos de acompañarlos en los primeros años de la universidad, a mediados de los 80s, porque ya para entonces la enamorada, los amigos, el cine o la posibilidad de quedarnos a nuestras anchas en la casa de Caracas, sin horarios, presiones o controles, era una opción más atractiva  que volver durante dos meses al pueblo de los padres, en donde no teníamos televisión y el teléfono público más cercano quedaba a 6 cuadras de la casa, en la comisaría de la policía. Volvimos a la isla por nuestra cuenta varias veces, incluso al día siguiente de nuestro matrimonio, pero nunca volvimos a quedarnos en la casa de El Copey. Mis padres, progresivamente, dejaron de usarla, porque aunque seguían viajando a la isla, preferían quedarse en un apartamento que había comprado en Juan Griego, más fácil de mantener, más fácil de cerrar cuándo regresaban a Caracas.

Mi Padre vendió la casa de El Copey a unos vecinos hace unos años, ellos la unieron con la parcela contigua para construir una posada turística. Todavía era amarilla y blanca y seguían en el patio las matas de anón, limón, níspero, guayaba y uva de playa. Sobre la fachada, a diferencia de cuando la compramos, hacían sombra los 3 guayacanes que le ayude a sembrar a mi papá entre la fachada y el borde de la calle, cuando mi edad solo tenía un dígito.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Diez Casas (partes 1 y 2, El Primogénito y La Paraguachoa)


1. El Primogénito

Los hermanos Issa –ingenieros ambos- construyeron un edificio alto al que pusieron su apellido por nombre hace cerca de 60 años y según mi mamá uno de ellos se mudó al penthouse al menos hasta el final de los años 60s o comienzos de los 70s. Inmerso en esa colcha de retazos que es el norte del centro de Caracas, en medio de una mezcla de lo viejo, lo moderno y lo nuevo, desde el edificio Issa podían verse las torres de El Silencio, el Ávila y los edificios a su alrededor, en su mayoría, en aquella época, más bajos. Ubicado lejos de la calle y al costado de una quebrada, a medio camino entre la Avenida Urdaneta, el Panteón Nacional y la Avenida Fuerzas Armadas, aquí queda el apartamento que fue la primera vivienda propia de mis padres. En Margarita, a la primera propiedad familiar solían bautizarla como El Primogénito, para diferenciarla de otros terrenos y casas. Así se llamaban terrenos de la familia de mis abuelos paternos y maternos. Luego que nosotros lo dejamos, en este apartamento vivió un tiempo mi abuela, allí han vivido mis tíos y primos. Cábala, apego o inercia, mis padres no han querido venderlo nunca.

Desde allí salieron mis padres a celebrar una fiesta de graduación por Los Rosales la noche del último terremoto de Caracas en los lejanos 60s y al llegar al guateque, luego de atribuirle los gritos en la calle a los bares de la Avenida Nueva Granada, recién pudieron enterarse de lo ocurrido y regresar. Al edificio lo encontraron vacío y con los muebles revueltos, con toda la vecindad esperando pasar el susto a dos cuadras de allí, en la plaza de Las Mercedes, cerca del antiguo Puesto de Salas. Mi mamá todavía guarda el único zapato con el que me encontró esa noche en la plaza, más de una vez me lo ha ofrecido para ponerlo de adorno en el retrovisor del carro.

Esquina Las Ibarras, Avenida Urdaneta. Fuente página Venebuses, fotógrafo desconocido

El mundo, entonces, hasta que cumplí 5 años y nos mudamos de allí, eran cuatro calles del centro y el puñado de edificios contenidos en esa cuadrícula, un mundo delimitado al sur por el aviso del Dr. Scholl donde una señora arrugaba la cara porque le dolían los pies, que estaba en la esquina de Las Ibarras al llegar a la avenida Urdaneta; al norte por el Santa Teresita del Niño Jesús, en donde en el baile del preescolar fui una mañana un ratón vaquero “que sacó su pistola y se quitó el sombrero”; por el estacionamiento mecánico que me maravillaba como un monstruo gigante a pocos metros de la esquina de Canónigos, en donde la calle tenía una cuesta pronunciada;  por el templo de los masones al que sigo llamando décadas después como lo llamaba de niño, “templo amazónico”.

Templo Masónico de Caracas

Enfrente al Issa hubo un edificio blanco con gestos art decó de unas 4 plantas con balcones, el cuál veía desde arriba al asomarme en las ventanas de nuestro apartamento. En la planta baja de ese edificio, que llegaba desde el borde de la quebrada hasta la esquina de Santa Bárbara, se sucedían los locales comerciales poblados de españoles, italianos y portugueses: la quincalla, la ferretería, el barbero, el pescadero, el carnicero, el botiquín. Allí enfrente vendían carritos Machtbox y Majorette, mi máxima aspiración en esos tiempos en los que al final de la tarde el horizonte era la entonces nueva torre del Banco Central y la grúa que ayudó a levantarla. Este edificio blanco fue demolido hace como 30 años, iba a ser sustituido por una torre, que no llegó a construirse nunca.

Luego de mudarnos en 1973, mis padres siguieron frecuentando durante años estas cuatro cuadras, siguieron visitando los comercios de la zona. De allí era el televisor Siera en el que veía todas las tardes al llegar del colegio El Zorro, Perdidos en el Espacio y Meteoro, de ahí era el pickup en caja de madera donde mi papá ponía discos de la Billos, de ahí eran las ollas con tapa roja de aluminio que fueron a parar a la casa de Margarita, de ahí los vasos de aluminio Magefesa que todavía guardan en la nevera en la casa de mis padres, de ahí los dulces de la pastelería italiana decorada con mármol negro, apliques dorados y letras verdes de neón en la vidriera, de ahí las monturas de los cuadros de la casa de Los Chorros, de ahí el traje verde (¿o era gris?, recuerdo que el sastre me hizo dos en esa oportunidad) que me hicieron para graduarme en la universidad, casi 20 años después de salir con nuestras cosas rumbo a la Paraguachoa.

2. Paraguachoa

Luego del nacimiento de mi hermano a finales de 1969 mis padres querían una casa más grande, con un cuarto para cada uno de los hijos, y se pusieron a buscar, en principio, apartamento. Eran los primeros años 70s. Miraron, que yo recuerde, que los acompañaba a las visitas vestido de pantalón por la rodilla y botas de cuero peludas, opciones por El Paraíso, la Avenida Libertador, Los Ruices, El Marques y San Bernardino, pero finalmente se decidieron por la casa de al lado de aquella en la que habían celebrado su matrimonio unos años antes, la casa de mi madrina Dora, en Los Chorros.

Cuando acordaron la compra venta con los Alcalá, antiguos propietarios de la casa desde su construcción a comienzos de los años 60s y viejos conocidos de mi familia, mi papá mandó a hacer por Chacao un aviso de hierro en letras cursivas para ponerlo encima de la puerta del estacionamiento y bautizó a su nuevo hogar con el mismo nombre que dieron los indios guaiqueríes a la Isla de Margarita. “Abundancia de peces”, decía mi padre que significaba aquel nombre a todo el que le preguntaba. Allí sigue ese trozo de metal fundido, atornillado a la reja, casi 50 años después.

La Paraguachoa es una casa de dos plantas de techo plano de concreto con alero, con jardín trasero con juego de muebles de metal blanco y cojines plásticos de flores, patio interno de piso rojo y jardinera perimétrica, garaje de ladrillos naranjas al que durante años “curaron” con gasoil, balcón que miraba a la calle y al jardín y al Ávila y pisos de granito blanco con líneas divisorias rojas, a donde nos mudamos justamente cuando yo iba a empezar la primaria y en el medio oriente los árabes e israelíes hacían lo suyo para que el precio del petróleo se disparara y en Venezuela comenzara a llover dinero por todos lados. Mi papá siempre dijo que la habíamos comprado justo antes de que subieran los precios y que al poco tiempo valía mucho más que lo que él había pagado, o se había comprometido a pagarle al banco por los siguientes 20 años, “fiao hasta un vapor” decía siempre mi bisabuelo –me cuentan- y todas las generaciones de la familia Tovar hemos seguido repitiendo ese mantra margariteño hasta el día de hoy.

La casa tiene un estilo típico de la época en que fue construida, pensada a finales de los 50s, construida  en los primeros 60s, con un diseño racional como parte de un conjunto de casas que repetían el mismo diseño a lo largo de una cuadra, racionalidad con techo plano de concreto adornada con bloques calados en la cocina, el lavadero y la escalera, grandes ventanales corredizos de vidrio en los extremos de la sala conectando los espacios abiertos de la parcela, ventanas macuto de aluminio y baños con piezas  “Standard de luxe” de colores haciendo juego con las baldosas de las paredes. Los Alcalá le habían hecho varias transformaciones al diseño original de la casa en la década que habían vivido allí: la terraza grande del segundo piso que todavía ostentaba entonces la casa vecina donde vivían el ingeniero Carreño y su esposa, la señora. Carmen, la bibliotecaria de mi colegio Santiago de León, la habían cerrado y convertido en el cuarto principal; habían techado el garaje generando una terraza encima a la que se llegaba abriendo una puerta corrediza de vidrio en el cuarto principal, terraza a la que siempre llamamos “el balcón”, con vistas hacia el norte y el sur, hacia los techos de otras casas y las matas de mango al sur, y hacia el Ávila y el jardín al norte; habían eliminado el césped del garaje, pavimentando toda la superficie y habían integrado los espacios inicialmente de la cocina y el lavadero tumbando la pared medianera, para generar una cocina el doble de grande a la del diseño original de la casa, sacando el lavadero hacia el patio contiguo, patio originalmente ajardinado – como el de la señora Carmen, donde crecía un granado cuyos frutos caían cada año para mi casa- que también pavimentaron con piso de terracota roja. Mi mamá aprovechó todo ese espacio de la cocina ampliada un tiempo después de mudarnos metiendo en medio una mesa redonda de fibra de vidrio y fórmica con unas sillas curvilíneas de fibra de vidrio, compradas en una fábrica de El Llanito a donde recuerdo haberla acompañado, mesa y sillas imitación de las que diseñó Saarinen para Knoll en los 50s., todo a juego con los nuevos gabinetes que mis padres mandaron a hacer para la cocina, combinado de naranja con blanco. Recuerdo haber acompañado a mis padres a un taller de carpintería que les recomendaron, un galpón al final de una calle ciega, un poco más allá de El Marques y antes de llegar a Petare, donde entre una nube de aserrín esperamos  a que el dueño del negocio nos atendiera, porque al llegar al galpón lleno de máquinas, muebles a medio hacer y piezas de fórmica estaba atendiendo a otro cliente, uno que no se me olvidó porque conocía su cara de tanto verlo en televisión anunciando nuevos autobuses o ambulancias para Caracas, el gobernador Diego Arria. El carpintero prometió ese día de mediados de los años 70s que esos muebles iban a durar para toda la vida y, visto lo visto, habría que decir que desde San Pedro para acá no se ha conocido otro de su gremio más cumplido y certero con sus predicciones.

En la Paraguachoa estaba mi mamá, a los pocos meses de mudarnos, cuando la llamaron de la casa vecina a través del muro medianero – no había teléfono cuando nos mudamos y no hubo por un tiempo largo, las líneas telefónicas eran escasas entonces y los antiguos propietarios se habían llevado la suya- para avisarle que habían dicho en Radio Rumbos que mi papá estaba entre los fallecidos de un accidente de tránsito ocurrido en la Autopista del Este. Mi papá había llamado, afortunadamente, unos minutos antes del anuncio en la radio para avisar que estaba bien, un poco aturdido y golpeado, con una cortada en la frente, pero vivo y sin ningún hueso roto, luego de que un Opel Manta saltara la defensa central de la autopista por estar viendo los aviones aterrizar en La Carlota e involucrar en un choque múltiple a un Jeep del Ministerio de Obras Públicas, un camión de la Pepsicola y al Chevrolet Caprice Classic color vinotinto 1970 de mi papá, que recibió un golpe del camión y comenzó a dar vueltas hasta estrellarse, justo a la altura de la puerta del conductor, contra un poste de luz al costado de donde entonces comenzaban a construir el futuro Centro Ciudad Comercial Tamanaco, el más grande centro comercial de América Latina.

Chevy Caprice 1970

El Caprice 70 sorprendentemente sobrevivió al impacto y luego de un par de meses en el taller y del enderezado del chasis, volvió a rodar; en él bajaba mi papá los sábados en la mañana hasta el mercado al costado del puerto de La Guaira y volvía a la casa con pescado fresco antes del mediodía, luego de visitar a mi tío en Catia La Mar. Otros sábados iba al hipódromo temprano en la mañana y visitaba las caballerizas en las que tenía conocidos. Mi papá iba buscando algún dato para las carreras del fin de semana. Yo no solía acompañarlo a La Guaira, pero sí al hipódromo, me gustaba ver los caballos, el ambiente de las caballerizas y me gustaban las arepas con queso amarillo que nos comíamos en la cafetería cercana a la clínica veterinaria del hipódromo. Saliendo de las caballerizas del Hipódromo La Rinconada solíamos pasar por el mercado de Coche y llegábamos a la casa con un saco de naranjas para jugo que bebíamos a lo largo de la semana siguiente.

Un sábado de mediados de 1974 mi papá bajó a comprar pescado a La Guaira como acostumbraba, pero regresó un poco más tarde de lo usual. Saliendo del mercado dejó el Caprice 70 como cuota inicial en la misma agencia donde lo había comprado 4 años antes, Veneauto, cerca del mercado de Pariata, y regresó a la casa en un Chevrolet Caprice Classic 1974, blanco con techo de vinyl negro, al que por décadas mi papá llamó “La Lancha Nueva Esparta” y nosotros, sus hijos, que aprendimos en la década siguiente a manejar en ese palacio sobre ruedas con motor 8 cilindros, simplemente, “la lancha”. La lancha ocupó, un tiempo a solas, un tiempo compartido con otros carros, el garage de la Paraguachoa hasta el nuevo milenio y mi papá, que ya entrado en los 80s ha dejado de manejar recientemente, sigue pensando que los carros de ahora no son como los de antes y que ninguno de los carros que tuvo salió tan bueno como la lancha, uno de los últimos carros ensamblados en la vieja planta de General Motors de Antímano, antes de mudarse esta empresa a la fábrica de Valencia que cerraron hace pocos años.

Chevy Caprice Classic 1974

La Paraguachoa es la casa donde he vivido más años en mi vida. Viví en ella desde 1973 hasta 1994, con excepción de los 3 meses que me mudé con Valerie y Mabel para terminar el último trimestre de carrera a finales de los 80s y el año que me fui a estudiar a Alcalá de Henares a comienzos de los 90s, además de los, al menos, dos meses que pasábamos en Margarita cada año, en la casa de El Copey, por lo menos hasta mediados de los 80s. En esos años la casa cambió bastante, más entre los 70s y los 90s y un poco menos vertiginosamente en el nuevo milenio. Mis padres sufrían de la necesidad compulsiva de andar inventando demoliciones, ampliaciones y remodelaciones cada cierto tiempo, se necesitaran o no. Pero todos esos cambios – ventanas, acabados de los baños, jardineras, techos, rejas, escaleras de caracol, barandas en el techo, depósitos, recubrimiento de paredes-  no la han cambiando sustancialmente, sigue siendo la casa de diseño racionalista, grandes ventanales en la sala, pisos de granito blanco, solo ahora más silente, con menos movimiento, en un eterno domingo por la tarde.

El jardín, originalmente una extensión de grama bajo el sol con un árbol de mango en un rincón ha visto crecer árboles y los ha visto desaparecer, pero desde hace décadas dejó su enfoque ornamental y ha visto como los árboles de manga, guanábana, jobo de la India, cereza y en estos últimos años de aguacate asumen el protagonismo de un espacio que en el pasado tuvo morrocoyes y loros, perros e iguanas y hoy es un patio en el que apenas entra el sol, en el que llega el agua con suerte una vez a la semana, un lugar silente, sin movimiento, al que solo se acercan algunos pájaros y uno que otro gato realengo.

Los vecinos de la calle en la que jugaba pelotica de goma han envejecido, algunos han muerto. Mi madrina, ya rondando los noventas, sigue viviendo en la casa de al lado, al otro lado sigue estando la familia Carreño, aunque la señora Carmen ya no esté. El perfil de la calle no ha cambiado mucho, más muros y rejas, menos árboles, algunos jardines transformados en garajes, pero sigue siendo una calle angosta con acera de un solo lado, rodeada de casas y algunos pocos edificios bajos. La biblioteca pública de la calle paralela cerró hace más 30 años. También el supermercado El Centro y la herrería y la quincalla de la señora María y el kiosko del señor Lorenzo. Solo el barbero italiano, Vito, y el ebanista portugués seguían ahí la última vez que estuve de visita. Ninguno de los amigos vive por el sector. Yo me fui con mi maleta la tarde del día en que me casé con Patricia, dejando un cuarto lleno de cosas, y ya no volví a la Paraguachoa sino de visita, la última vez en febrero pasado.

El Ávila desde Los Chorros

Cuando en Lima el gris aturde y el ruido y las presiones hacen mella en el ánimo y quiero recordar un momento de paz, un espacio de relajación, una sensación de seguridad, suelo pensar en la vista desde el techo de la Paraguachoa al atardecer, el Ávila dorado y verde sobre el cielo azul y amarillo, con el ruido de las ramas de los árboles moviéndose por la brisa y algunos ecos remotos provenientes de la Cota Mil. 


Continuará.....  

martes, 16 de abril de 2019

Apagón

La vida de los pueblos se hace en torno a las rutinas.

Cada día mi abuela Emilia, luego de almorzar en su casa de la calle San Antonio, dormía la siesta, trabajaba un rato en una máquina de coser Singer color beige, barría la casa, según estuviera llegando el agua regaba abundantemente las matas del corredor adornado con columnas panzonas de cemento y techo de tejas y caña brava,  y se bañaba todas las tardes con jabón de lechuga en un baño con piso de baldosas de cemento blanco y negro ubicado al fondo de la casa, rodeado de árboles de ciruela, uva grapette y pandelaño. Luego de espolvorearse con talco de olor, bañarse en Jean Naté y ponerse una bata limpia, Emilia cruzaba el corredor y la sala, empujaba una mecedora de mimbre afuera de la puerta de madera y se sentaba a ver pasar uno que otro carro, uno que otro vendedor de empanadas o de torrejas espolvoreadas con azúcar y a saludar a los vecinos que caminaban o montaban bicicletas por la calle. Así día tras día, hasta el anochecer, así hasta que se encendían las luces de los postes, unas luces amarillas, dispersas, que alumbraban unos metros alrededor de cada esquina, dejando espacio para la imaginación que ve personajes e historias entre las sombras de los árboles y las casas.

Mis padres nacieron en un pueblo del norte de la isla de Margarita con tres calles, que originalmente eran tres caminos que comunicaban con Juan Griego, Santa Ana del Norte y Pedro González. Es un pueblo sin mar formado en un cruce de caminos, caminos a los que comenzaron a construirle casas de bahareque y adobe a los costados e iglesia, capilla, dispensario y escuela, en lo que habían sido los hatos de un tal Suárez. Seguramente por eso los habitantes de este pueblo nacido en un cruce de caminos cercano a un pozo de agua no se identificaban a si mismos según el nombre oficial del poblado, Altagracia, lugar de los gracitanos, sino como hateros, los que son de Los Hatos.

Por distintas razones que no vienen al caso, mis padres no se conocieron allí, en ese pueblo que era de tres calles de tierra en el que todos sus habitantes se conocían, salvo mis padres, ni siquiera porque mis abuelos paternos y maternos vivieron a unos 300 metros de distancia unos de los otros, ni porque mi padre solía pasar rumbo a su casa, siendo un niño, muchas tardes por la puerta de la casa de mi abuela materna, Emilia, ofreciendo a la venta plátanos maduritos o cachapas calientes, que traía a lomo de un burro desde El Tamoco, una finca de mi abuelo, al pie de un cerro, cercano al pueblo vecino, la villa de Santa Ana del Norte, o simplemente El Norte, como lo llamaban los hateros de entonces.

A Los Hatos o Altagracia, lo dejo al gusto del lector, llegó un día de la primera mitad del siglo XX la electricidad, probablemente entre finales de los años 30s y comienzos de los 40s, no tengo la fecha exacta..a Juan Griego había llegado en 1928 y a Santa Ana en 1936, no había un sistema interconectado, solo plantas generadoras aisladas en cada uno de los pueblos que surtían una precaria red de alumbrado público y algunas casas, al principio solo por unas cuantas horas al día....para 1946, de acuerdo a un reportaje aparecido en la revista Fomento del trimestre julio-septiembre de 1947, Altagracia contaba con una planta eléctrica con capacidad para surtir 18,5 kw, lo que apenas era suficiente para encender unos 200 bombillos. Por eso, si alguien conectaba alguna plancha no era de extrañar que todos los que se usaban la red eléctrica del pueblo sintiesen un bajón en el servicio, un parpadeo en las luces, un estremecimiento de la claridad amarillenta. Mi padre me ha repetido varias veces la anécdota que cuenta que en oportunidad de inaugurar el nuevo servicio, el jefe civil se reunió con los vecinos para poner en funcionamiento la planta eléctrica con un discurso en el que se destacaba que aquel artefacto venía a hacer realidad el sueño de Bolívar cuando dijo aquello de "moral y luces son nuestras primeras necesidades..."

A partir de los años 40s, con el aumento de los ingresos petroleros, Venezuela emprendió diversos y sucesivos planes eléctricos, orientados al crecimiento continuo de la generación y distribución de electricidad en un país de creciente población y con afanes modernizadores. Así, cada década desde entonces Venezuela multiplicó su capacidad de generación y distribución de energía eléctrica y multiplicó el consumo per cápita en el país, hasta hacerlo el más alto de latinoamérica a  partir de la década de los años 60s. De esa manera, para los años 70s del siglo pasado todas las ciudades del país tenían una cobertura cercana al 100% y se había puesto en marcha un plan por el que todo centro poblado de al menos 15 viviendas -según me explicó alguna vez en la Universidad Simón Bolívar la profesora Amita Villegas, la primera mujer ingeniero eléctrico que trabajó en CADAFE y con quién trabajé en el IERU-USB- estaba siendo servido mediante su conexión a una red nacional que integraba a empresas privadas con empresas públicas.

En mi infancia, en los años 70s, los cortes del servicio eléctrico eran casi inexistentes en Caracas, a dónde estábamos la mayor parte del año, pero cuando viajaba a Margarita por vacaciones escolares, raro era que en un mes que nos pasábamos en la isla uno o dos días no nos tocase algún apagón, aunque no fuese muy prolongado. La isla duplicaba su población en época de vacaciones y no era raro algún incidente con el servicio eléctrico en el período de mayor afluencia de temporadistas.

El corte del servicio eléctrico era acompañado siempre por un murmullo que salía de las casas vecinas y se desplazaba por el aire, si la electricidad no regresaba de inmediato se imponía el silencio. El protocolo familiar de actuación en caso de apagón repartía las funciones: unos iban a desenchufar la nevera y el televisor, otros iban a buscar velas y fósforos en la cocina. Todos iban luego a sentarse en la puerta de la casa.

Emilia seguía meciéndose en la puerta de la casa viendo pasar a los vecinos que caminaban o pedaleaban por la calle San Antonio, ahora a oscuras, salvo por el eventual paso de algún carro y sus luces, salvo por el reflejo de la luna sobre la capilla y los árboles de la cuadra. A veces eran minutos, alguna vez se prolongó por una hora o más, pero nunca como el apagón que me reportan mis padres por teléfono  mientras escribo estos recuerdos, nunca una oscuridad tan larga, nunca una sombra que envuelve todo, nunca un silencio tan prolongado.

Aquí estoy sentado, en Lima, esperando a que llegue la luz a Venezuela.