domingo, 10 de enero de 2021

Centro comercial 0/18 número extra : Margarita es una lágrima (pero no lo fue siempre)


Porlamar no es la capital del estado Nueva Esparta ni la sede de los poderes en la Isla de Margarita, pero siendo la llamada isla de las perlas un territorio siempre volcado al mar, desde que los guaiqueríes la llamaron Paraguachoa -por la abundancia de peces- su destino ha estado atado esa masa de agua que la rodea: el mar de los Caribes, el mar de los conquistadores, el mar de las perlas, el mar de las pesquerías, el mar de los libertadores, el mar del contrabando, el mar de los migrantes, el mar de la zona franca y el puerto libre y el mar del turismo. Por eso son los puertos, los puntos de contacto con el exterior, los que siempre concentraron la actividad económica de la isla, siendo Porlamar y luego, en menor medida, Juan Griego, los dos más importantes.

Era normal entonces que el comercio tradicionalmente se ubicara en las calles que conducían del mar a los espacios sociales o las sedes de la representación del poder. Así , antiguamente el comercio de Porlamar se ubicó en calles como la Guevara, que conectaba la plaza principal  y la iglesia con el mar y el mercado de pescadores – ese mercado a cuyas afueras mi bisabuelo iba cada día de la Virgen del Valle a repartir la morocota que antes aportaba año tras año con devoción a la patrona de los margariteños y de los pescadores, pero que luego de no recibir la aprobación del cura del Valle del Espíritu Santo para casarse en segundas nupcias, decidió hacerlo por lo civil y a partir de ese año trocear en sencillo esa moneda y repartirla entre los mendigos del centro de Porlamar- aunque también es justo decir que desde siempre la isla tuvo un comercio disperso por todo su territorio, comercio de pequeñas bodegas y tiendas locales entremezcladas con el comercio informal asociado al contrabando, que hacía que en muchas casas se vendieran, supuestamente en secreto, pero del conocimiento en realidad de todos, piezas de telas traídas de Trinidad y otras islas del Caribe, licores importados, quesos holandeses, alcoholados y aguas de colonia, fósforos suecos de madera, mantequillas danesas, jamones enlatados, jabones ingleses de lechuga y de pera, sábanas de pavorreal, latas de mentol chino y botellas de aceite alcanforado, ese que mi abuela Francisca me ponía en los oídos cuando me dolían, y así otras particularidades que moldearon durante décadas el gusto y apetito de los margariteños.


Entonces llegó la Zona Franca, primero, como la continuación de una vieja iniciativa que se remontaba incluso a los tiempos de la independencia y, posteriormente, bajo la figura del Puerto Libre, que exoneraba de impuestos a la importación a muchos productos  y generaba estímulos para el desarrollo de un comercio de bienes importados, que se esperaba conectar con el turismo de playa y diversión, para intentar lograr la prosperidad que los margariteños, migrantes generación tras generación, gallegos del Caribe, prosperidad que fueron -durante décadas- a buscar con diferente suerte a otros lugares del país, poblando incluso territorios antes vacantes, contribuyendo a la fundación de ciudades y pueblos tanto en el occidente del país como en los campos del oriente de Venezuela.


Los negocios de toda la vida, muchos vinculados históricamente al contrabando, como los de mi tía abuela Valentina Ordaz, que tenía su boutique – Valentina’s-  en la planta baja de una casa de dos pisos que hacía esquina en la Calle Guevara o los de Estílita Torcatt y otros comerciantes de la isla, rápidamente se acomodaron a las nuevas condiciones y a comienzos de los años 70s, cuando un servidor empieza a tener conciencia de sus visitas vacacionales a la isla, pueblan el centro de Porlamar de tiendas que desplazan los vestigios residenciales de la zona y en cuyas vitrinas pueden los margariteños ver ropas importadas de Europa y Estados Unidos, zapatos de diversas marcas, whiskies escoceses, vinos italianos, españoles y franceses, quesos y chocolates europeos, electrodomésticos, vajillas de melamina, maletas norteamericanas, televisores y equipos de sonido,  incluso carros de modelos diferentes a los que comúnmente se veían por las calles de Venezuela y cuanta cosa material pudiera el ser humano desear.


Yo era entonces un niño al vestían con interiores St. Michael (una marca inglesa que en ese país solo vendían en los Marks & Spencer y que por alguna razón que mi Mamá asociaba a la durabilidad y a los vistosos colores, fueron siempre  los interiores que use desde que estaba en el preescolar hasta que pude escogerme mi propia ropa), franelas Buster Brawn y otras de rayas con los signos masculino y femenino bordados a un costado del pecho – al más puro estilo Gualberto Ibarreto-, pantalones Wrangler o Lee y, lamentablemente, zapatos ortopédicos que me hacían a la medida en la Avenida Andrés Bello de Caracas.

Interiores St. Michael, 1970s directo de Marks & Spencer a las tiendas de Margarita

La bonanza petrolera derivada de los conflictos del medio oriente, los planes de turismo, la mejora de la infraestructura y las ventajas que suponía el Puerto Libre para la compra y venta de productos importados crearon el coctel perfecto para disparar la actividad comercial en la isla, en parte por iniciativa de los comerciantes tradicionales margariteños, gente emprendedora, qué duda cabe, mucho de eso que llaman “self-made-man” (aunque buena parte de ese grupo lo conformaran mujeres, que la sociedad margariteña fue siempre una sociedad matriarcal, de esas donde los hombres creen tener el control, pero eran las mujeres las que tomaban las decisiones en las casas y muchas de los negocios que se montaron en la isla en aquellos tiempos eran propiedad de mujeres), así como de muchos inversionistas venidos de fuera, que veían en esta alineación de los astros la expectativa de riqueza rápida y un futuro prometedor.

Estamos en la primera mitad de los años 70s. Margarita sigue siendo una sociedad cuasi rural, de pueblos donde la gente duerme con la puerta abierta para que entre la brisa por las noches y se entretenía en campeonatos locales de bolas criollas, jugando partidas de ajilei o escuchando música en las rockolas de los botiquines, pero está a punto de recibir una gran sacudida. La isla de las fiestas de la Virgen y los viajes de mi papá a Juan Griego en pantalón corto para tomarse una Ovomaltina en la Calle La Marina está por convertirse en la Margarita de la discoteca 1224, del Mosquito Coast y de las fiestas Belmont en Playa El Agua.

El turismo se multiplica rápidamente en los años 70s y con él el comercio. Frente al centro tradicional de Porlamar comienza conformarse un segundo polo comercial, en la avenida que parte a pocas cuadras de la plaza, enfrente al viejo hospital de la ciudad y promete desarrollarse sobre la carretera que lleva a Los Robles y Pampatar: la avenida 4 de Mayo, que hace honor con su nombre a la fecha de la declaración de independencia de la Provincia en 1810. Perpendicular a ella, pocas cuadras más adelante del hospital, se le conecta la Avenida Santiago Mariño, la cual vincula a la 4 de Mayo con la que hasta entonces y desde los años 50s era la infraestructura turística más importante de la isla, el hotel Bella Vista (Hotel Turismo cuando fue inaugurado en 1956), a cuya inauguración en los años 50s asistió mi mamá acompañando a su tía Valentina, entonces importante comerciante de la localidad, y como tal invitada a los actos a los que asistió Marcos Perez Jiménez y su comitiva.

El mástil con la bola de luces a la entrada de Saks

Los libros de Kevin Lynch nos enseñaron hace décadas, cuando estudiábamos urbanismo, que las ciudades pueden expresarse en bordes, sendas, nodos e hitos. El nodo conformado en el cruce de las dos sendas, la 4 de Mayo y la Santiago Mariño, concentró las primeras tiendas que, intentando transmitir una imagen de modernidad, comenzaron a localizarse a comienzos de los años 70s en estas vías para atraer la atención de los turistas que llegaban a Porlamar.

Entre la primeras tiendas del sector tenemos dos hitos que visualmente fueron la referencia para los visitantes durante los años siguientes: de una lado de la avenida, en una esquina, se ubicó La Media Naranja, una tienda con forma de media esfera de color brillante, a la que en los años sucesivos se le hicieron ampliaciones y se le adornó con palmeras y otros elementos propios de la escenografía turística; enfrente, haciendo de conclusión a la Santiago Mariño, se ubicó Saks, comercio dedicado a la ropa deportiva que imitó el nombre de una reconocida tienda niuyorkina en un local más convencional que la tienda de enfrente, pero que como hito al fin, se permitió colocar como símbolo frente a su puerta un mástil rematado con una figura antecesora del coronavirus, una bola llena de pinchos, iluminada con luces de neón y con movimientos, llamativos especialmente en las noches.


La Media Naranja se especializaba en ropa europea de altísima calidad, la que podía pagar el dólar a 4,30 bs y los entonces elevados ingresos de algunos venezolanos y no podía pagar un europeo de clase media. Saks, por su parte, se especializaba, por su parte, en ropa deportiva, siendo el principal exponente en la isla de marcas como Converse, Speedo, Nike y otras a la última moda informal o deportiva en los mediados años 70s, la que se asociaba a la imagen que proyectaban las series de televisión norteamericanas como El Hombre Nuclear, los Angeles de Charlie y otras por el estilo.


La Media Naranja rápidamente creció generando otras tiendas en su entorno, pertenecientes al mismo grupo: el departamento de hombres se sacó hacia un costado, en un local construido en el retiro lateral de la tienda original, vecina de donde se construyó el hotel For You y el Margarita Suites, un edificio blanco con letras verdes que también tuvo locales comerciales en la planta baja, incluyendo una tienda de productos Cartier en cuya vitrina nunca hubo precios, pero si un pequeño aviso junto a la puerta que señalaba que si usted necesitaba ver los precios antes de entrar mejor no entrara. Justo al lado de Saks, como quien se dirige al centro de Porlamar abrió Las Naranjitas, una tienda de ropa infantil y juvenil, igualmente de marcas europeas de altísima calidad y una cuadra más hacia Los Robles, en la misma acera de la Media Naranja, en dos locales, uno antes de la panadería 4 de mayo y otro en la esquina antes del desvío hacia el viejo aeropuerto, al costado de Bencamar, otra de las fundadoras de esta zona comercial, apareció el Mini Centro, suerte de outlet de La Media Naranja, también con marcas europeas de alta calidad. Allí en el Minicentro uno podía comprarse un traje italiano, como aquel de Emmanuel Ungaro con el que me casé con Patricia o unas corbatas de seda de Ermenegildo Zegna, como las que solía usar para mis reuniones de recién graduado a comienzos de los años 90s, o un vestido de seda italiano o unos sweteres de lana inglesa como los que todavía guardo décadas después o unos zapatos de Ferragamo o una correa de Ermenegildo Zegna como la que compré en nuestra luna de miel, convencido por un vendedor que me dijo varias veces, llévela, es una correa muy buena, le va a durar muchos años, sin imaginarse que más de 26 años después todavía la uso de vez en cuando. Los productos que se veían en el Minicentro no eran productos de la última temporada, asumo que eran saldos de temporadas europeas anteriores, por eso sus precios eran inferiores a los que se veían en La Media Naranja, pero en general eran similares a los productos que entonces aparecían en las páginas de Vogue o cualquier revista internacional de modas.

En este primer momento del Puerto Libre margariteño la infraestructura todavía era precaria y no había una consolidación de los corredores comerciales. No había ni siquiera continuidad en las aceras para caminar y los carros se estacionaban en las orillas de la avenida de manera desordenada. En esta primera época, a lo largo de la Santiago Mariño solo habían comercios dispersos, muchos de ellos en simples casas unifamiliares parcialmente transformadas (como el local del restaurante El Chipi o la tienda donde mi mamá compraba sábanas y toallas Cannon o Springmaid, la Importadora Lumer, la cual tenía dos locales, cerca del cruce de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo, o la tienda de carteras argentinas de cuero ubicada cerca del hotel Bellavista y que surtió a mamá de los bolsos que usó para ir a trabajar hasta los años 80s). Lo mismo ocurría en la 4 de Mayo, la avenida llegaba solo hasta el cruce hacia el antiguo aeropuerto, donde un semáforo servía de señal para dar por concluido lo urbano y abrir espacio a lo rural, allí donde de frente se seguía hacia Los Robles en medio de un paisaje de cardones, yaques  y cujíes y edificaciones dispersas y hacia la derecha había una calle que llegaba al aeropuerto viejo, el mismo que sería sustituido en esos años por el nuevo de El Yaque. Esa era la calle donde luego se colocaron carros de comida y se le comenzó a llamar “La calle del hambre” y en cuyo comienzo estuvo en los 70s un famoso restaurante en cuya terraza, decorada con trozos de madera, podías sentarte a comer viendo en las mesas vecinas artistas o políticos de los que uno veía en la televisión. A partir de allí era solo una carretera que a los costados todavía tenía pocos locales comerciales dispersos, poco de Puerto Libre y mucho de servicios locales, mezclados con viviendas unifamiliares, como la casa de mi tía Millita, quien vivía en una calle paralela a la 4 de Mayo, cerca del local donde alquilaban unos vistosos VW Safari modelo Acapulco, esos que venían pintados desde México de blanco y azul con un techo de lona a rayas de esos mismos colores, que los turistas metían en las orillas de la playa y que a mi, en mis fantasías infantiles tipo Machtbox y Majorette, simplemente me encantaban cuando los veía pasar por la isla.


Cerca del Minicentro, cerca de la Panadería 4 de Mayo, estaba Bencamar, una de las tiendas preferidas de mi mamá. Primero tuvo un local más pequeño, pero rápidamente construyó un edificio de varios pisos, en el cual me maravillaba que los pedidos se enviasen al depósito colocando los papeles en unos recipientes cilíndricos de plástico que los empleados metían en unos tubos por donde la presión de aire los movía hasta otro piso, para que luego enviaran en un montacarga los productos que uno había comprado. Sus primeros dos pisos estaban llenos de objetos para el hogar, desde un mantel de plástico hasta un sartén, pasando por los cubiertos Oneida. Allí una mañana tan iluminada como aquella que recordaba el Coronel Aureliano Buendía al comienzo de Cien Años de Soledad, una mañana de comienzos de los años 70s, mi mamá descubrió el Teflón y desaparecieron los budares y calderos de mi casa para entrar en una era moderna antiadherente, a la que se le sumaron rápidamente sartenes eléctricos, tostadoras, batidoras de mano, cuchillos eléctricos y otras herramientas imprescindibles de la vida moderna, todas de colores beige y marrón, alguna con un toque de naranja en su diseño.

Bencamar

En el piso superior de Bencamar, creo que era el tercero, había juguetes y bicicletas, patinetas con ruedas de colores fosforescentes, trenes eléctricos, aviones y barcos a control remoto, esas cosas que uno soñaba entonces tener pero que uno ni se atrevía a pedir por no haber entendido a tiempo aquel slogan publicitario que rezaba “pida mijo que no sabe si están por darle”.

Los cambios vinieron rápidamente. El boom petrolero de mediados de los 70s hizo que mejorara el poder adquisitivo de muchas personas y el Estado invirtió en mejorar los servicios de electricidad y agua en la isla, los cuales eran sobrepasados en temporada alta. Se construyó el nuevo aeropuerto en los terrenos que habían sido expropiados a la Sucesión Tovar a finales de los años 60s (mi bisabuelo había prestado una suma de dinero a alguien en los años 20s y a su muerte mi bisabuela cobró la deuda, en los años 30s, recibiendo esos terrenos en pago. Aquello era una hacienda de criar chivos cerca del mar, cuyo capataz, Clemente, ya en sus últimos años se dedicó a administrar una bodega frente a la playa del mismo nombre y a las cual solían llevarnos cuando, incluso, la carretera era aún de tierra). 

Aeropuerto Santiago Mariño aún en construcción El Yaque 1973

La isla recibía miles de turistas en las temporadas altas, las cuales se concentraban en los meses de julio a septiembre, así como en diciembre, sin obviar que en carnavales y semana santa también había mucho movimiento. Las empresas de ferrys, como la del pariente por partida doble Fucho Tovar, invirtieron en nuevos barcos, había vuelos prácticamente cada media hora desde Caracas, incluso en las noches y madrugadas durante la temporada alta, donde los DC9 de Aeropostal y Avensa hacían colas para despegar en el aeropuerto internacional Santiago Mariño y los balnearios construidos en los años 50s y 60s, como los de La Galera, Playa El Agua y Guacuco se llenaban de turistas echados al sol. Se invirtió dinero en mejorar los sitios turísticos, como los fortines y otros edificios singulares. Se colocó mucha señalética en las carreteras de la isla, muchas de las cuales también recibieron una inversión importante. La calle Guevara se convirtió en un bulevar y en 1975 se decretó la creación del museo de arte contemporáneo de Porlamar. 

El comercio de Puerto Libre se multiplicó entonces por toda la isla, con dos focos principales: por una parte,  en Porlamar estaba el comercio de mayor prestigio, originalmente en el centro, donde la Calle Guevara se convirtió en un bulevar con una escultura del artista margariteño Francisco Narváez  y en los ejes de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo, aunque también de un comercio más popular, disperso en las calles del centro, de productos de menor calidad y precio, muchos dirigidos a revendedores que viajaban desde tierra firme a la isla a comprar productos baratos que revendían en otras zonas del país, y por otra parte en Juan Griego se creó otro foco de este comercio más popular, de los que llamaban “tiendas de turcos”, a la vez que allí y en Porlamar comenzaron a desarrollarse mercados populares como el de Conejeros, o el que se ubicó en la calle La Marina de Juan Griego, donde mi tío Enrique vendía pantalones y camisas importadas, que trasladaba en una pickup o en un Ford Maverick blanco, deportivo con rayas azules que tenía en aquellos años. Estos mercados eran galerías de pequeños puestos donde se vendía mercancía importada, incluyendo algunos de los productos tradicionalmente asociados a la isla: licores y cigarros, que al no tener impuestos costaban menos de la mitad de lo que valían en tierra firme, quesos de bola (el nombre tradicionalmente dado por los margariteños a los quesos Edam holandeses que desde hacía décadas llegaban a la isla, antes, a través del contrabando), alcoholados, jabones de lechuga o de Pera ingleses, pantalones colombianos, como los Caribú, chocolates, sábanas y toallas Cannon.

 Asimismo por toda la isla, en cada pueblo, surgieron pequeñas tiendas que se sumaron al Puerto Libre, y ofrecían localmente esos mismos productos a los turistas que en vez de quedarse en los hoteles de Porlamar o Pampatar preferían alquilar una “casa vacacional” en los pueblos de la isla, como Altagracia, en pueblo de mis padres, donde en una de estas tiendas, por ejemplo la de Toñita, que quedaba cruzando la calle de nuestra casa de vacaciones, podía encontrar el perfume Drakkar Noir, que era el único que me gustaba usar hasta después de graduarme en la universidad, o los maletines Samsonite, como el que yo llevaba al colegio en primaria, añadiendo por si solo como 3 kilos a las cosas que debía llevar todos los días de mi casa al Santiago de León de Caracas y que era parecido al neceser que usaba mi mamá para viajar con sus cosméticos, o las medias panty que venían en un envase en forma de huevo y que mi mamá compraba cada año bajo la premisa de que le ayudaban con las varices en las piernas o las botellas de vino Lambrusco o de brandy Terry que los habitantes de Los Hatos, que es como popularmente llaman los margariteños a Altagracia, tomaban en la plaza Sucre a la vista de todos y sin remordimiento para sus bolsillos, considerando que cada botella de esas costaba menos de un dólar.


 Estas pequeñas tiendas de pueblo podían manejar cantidades importantes de mercancía, al punto que recuerdo que en nuestra casa de vacaciones teníamos un edificio anexo, un garaje donde podían caber tres carros grandes – mi papá tenían entonces uno de esos carros grandes,  un Chevrolet Caprice Classic 1974 en el que cabían como 10 personas sentadas y tenía una maleta donde podía meterse una mudanza -  y en algunos años mi papá se lo alquiló a Toñita para que lo usara como depósito de licores, y todo ese espacio, de piso a techo, estaba lleno de cajas de whiskey escoses, donde se entremezclaban las cajas de opciones económicas como el Black and White o el Dewars o el 100 Pipers o el Dimple con otras más costosas como el Old Parr, el Buchanans,el Chivas Regal o el Etiqueta Negra e, incluso, el Swing o el rey de los whiskeys en esa época, el Royal Salute , que venía en un envase de cerámica con tapa de corcho dentro de una bolsa de gamuza con el nombre bordado.

La diferencia de precios ante la ausencia de impuestos en los licores y cigarrillos hacía de este rubro uno de los más movidos en la Isla. Casi todas las tiendas solían vender licores, desde los ya mencionados whiskeys hasta brandys como el el Gran Duque de Alba, con su caja forrada de terciopelo rojo, vinos y espumantes – las botellas de la viuda, el champagne de Madame Clicquot, formaban parte de la escenografía de la isla y la gente se las tomaba como quien toma un refresco, los licores dulces de Marie Brizard, que a mi mamá le gustaba atesorar (para tener que invitarle a las visitas, decía siempre Carmen Victoria, aunque a nosotros en realidad casi nunca nos visitaba nadie en esos tiempos)u otros como el Amaretto o el Fra Angelico o el Cointreau o el Drambuie o el Grand Marnier o el Anis del Mono se tomaban en la isla como quien toma una bebida local de precio insignificante. Esa demanda generó la aparición de los bodegones, locales especializados en licores (con un mayor surtido que las tiendas generalistas) pero también en chocolates, embutidos, quesos, caramelos y otros productos asociados. En 1975 apareció en la Santiago Mariño uno de los bodegones más emblemáticos, Don Lolo, que en dos locales contiguos ofrecía servicios de perfumería – cosméticos y perfumes de todas partes del mundo, incluyendo los más caros que usted pueda imaginarse -  y el bodegón, en el que a mí se me iban los ojos detrás de los estantes llenos de Toblerones, paquetes de Three Musketeers o Milky Way las tabletas de chocolates suizos como los Tobler, que venían rellenos de naranja, fresa o frutos secos. Para consumos más cotidianos, en las pequeñas bodegas de los pueblos compraba chocolates Kit Kat o Smarties, en la época en los que estos todavía eran productos ingleses fabricados por Roundtree, mucho antes de que Nestle y otros acapararan casi todas las marcas internacionales de chocolate, haciendo indiferente el país de producción.


Para 1979, cuando a mis 11-12 años mi mamá comenzó a dejarme comprar por mi cuenta la ropa que usaría durante el año, los corredores de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo ya se habían consolidado. Luego de esa fase inicial precaria, donde lo único que hacía llamar avenida a aquellas calles era un separador central sembrado con pequeñas matas de cayena, se habían construido en pocos años aceras amplias con bancos para sentarse y demarcado los espacios de estacionamiento y zonas de jardinería, las viviendas prácticamente desaparecieron de esos corredores para convertirse en suerte de centros comerciales al aire libre donde podías pasarte el día comprando cualquier producto imaginable, con espacios para descansar y restaurantes, luncherias y heladerías a lo largo del recorrido. Las viejas casas transformadas en tiendas habían sido en su mayoría sustituidas por locales ad hoc o pequeños centros comerciales, algunos con formas estrambóticas como de platillos voladores y cualquier cosa capaz de llamar la atención de los compradores y otros con una imagen de glamour como el centro comercial galerias (también llamado Fermo). Marcas como Gloria Vanderbilt, Jordache, Levis, Lightning Bolt, Vans, Fred Perry, Munsingwear, Lacoste, Benetton, Sisley, Kickers, Sebago, Bass, Adidas, Nike, Converse, Kangaroos,  eran las marcas generalistas y en ciertos locales, como la Media Naranja, donde a los clientes se les ofrecía un whiskey (a los caballeros) o un vino o una copa de champan francés (a las damas) mientras hacían sus compras, podían verse las marcas italianas y francesas más finas.

Entre La Media Naranja y la Panadería  4 de Mayo apareció a finales de los 70s Rattan, que primero fueron un supermercado y una tienda de muebles y equipamiento para el hogar y que una década más adelante se había convertido en un hipermercado de productos importados, en donde podías comprar desde una caja de vino hasta los muebles para la terraza de tu apartamento de playa, pasando por un juego de ollas, una nevera de dos puertas con surtidor de agua y hielo, una bicicleta  o una moto de agua.

Rattan en 1988

A mi papá todo aquel ambiente nunca le gustó. Sus compras personales, con la ropa que necesitase para todo el siguiente año, podía resolverlas en 15 minutos en cualquier tienda cercana a nuestra casa vacacional, en una de esas tiendas de puerto libre que estaban en los pueblos y donde se conseguían camisas Van Hausen y pantalones de gabardina, pero donde no había tanta concentración de gente. Llegue a presenciar alguna vez como pedía que le mostraran un pantalón y luego de probárselo rápidamente pedía que le dieran 5 iguales de colores surtidos. A mi mamá, por el contrario, siempre le gustó ir de tiendas y no necesariamente de compras  (y hasta el día de hoy, mi hermano de vez en cuando le recuerda que el día que ya no esté con nosotros va a ir a echar sus cenizas en un Marshall para que sea feliz hasta la eternidad) y en particular para la ropa siempre tuvo el ojo entrenado: Mi abuela fue costurera toda su vida y tenía en su casa varias máquinas en las que iban señoras a coser camisas y otras prendas que luego se vendían en los campos petroleros de Anzoátegui y Monagas. Carmen Victoria, “la Nena” como la llamó siempre su familia, aprendió a coser con mi abuela al punto que con 12 años ya le había hecho el vestido de matrimonio a su hermana mayor y aun cuando no estaba muy pendiente de modas, siempre nos comentaba sobre la calidad de la ropa, los tipos de tela y la “calidad de la hechura” y mantuvo siempre y mantiene hoy en día el principio aquel por el cual era preferible tener una sola camisa buena que tener el closet lleno de cachivaches. ¨La ropa buena dura más, Gonzalo Enrique, así que al final terminas ahorrando y aunque este muy usada siempre se ve mejor, uno está más presentable y los demás se hacen una mejor impresión de uno” me decía Carmen Victoria en aquellas charlas donde conversábamos sobre que debía comprarme y qué no con el dinero que ella me daba, siendo yo todavía un niño.

A esa edad, a los doce y hasta más o menos los 16-17 años, ya en los años 80s, seguí acompañando siempre a mis padres en las vacaciones en Margarita y cada año, un día del mes de agosto, mis padres me dejaban en la puerta del Minicentro o afuera de Bencamar o enfrente de la panadería de la 4 de Mayo, con suficiente dinero en el bolsillo para recorrer a lo largo del día casi todas las tiendas de la 4 de Mayo y la Santiago Mariño y comprarme la ropa que usaría a partir de septiembre en el siguiente año escolar (estudié en un colegio sin uniforme y solo llegué a usar uno en los años finales de la secundaria, luego de la imposición de una normativa del Ministerio de Educación). Como mi mamá, disfrutaba meterme horas en aquellas tiendas y apreciar las diferencias en el diseño, la calidad de las telas o la particularidad del corte o las costuras o el tejido y sin que nadie me explicara quienes eran los principales diseñadores europeos comencé a reconocer sus diseños y a diferenciar las telas de calidad. Y siempre bajo la premisa de que era mejor tener una camisa buena que el closet lleno de cosas que se se deteriorarían rápidamente. A partir de los 18 años mis visitas a la isla fueron más cortas, algunas incluso de fin de semana (era muy barato viajar en avión en esos tiempos) y ya  por mi cuenta, sin la compañía de mis padres.

En los 80s vino el viernes negro y el control de cambios, pero Margarita tuvo un tratamiento especial, incluyendo el dólar preferencial para la importación de licores, lo cual mantuvo el atractivo de la isla como fuente de aprovisionamiento nacional de whiskies escoceses y otras bebidas internacionales. La situación económica no eran tan buena como en los 70s, disminuyó significativamente el número de revendedores que iban a la isla a comprar mercancía para ofrecerla en otras zonas del país, pero en la isla se siguió viviendo del turismo y el comercio, la cantidad de turistas nacionales seguía siendo muy alta y además se sumaron turistas internacionales, por ejemplo, obreros canadienses que venían en vuelos charter de vacaciones a Margarita y Puerto La Cruz atraídos por paquetes turísticos muy baratos o turistas españoles que llegaban huyendo del invierno. Esto se mantuvo por lo menos hasta mediados de los años 90s. En 1991 las agencias de viaje de Alcalá de Henares, donde se había ido a estudiar este servidor, solían colocar en sus vitrinas ofertas para ir a Isla Margarita, en donde algunas empresas españolas habían invertido en complejos turísticos, como el de Isla Bonita, financiado por la ONCE de España.


   

La avenida 4 de Mayo siguió creciendo hacia Los Robles y la rápida urbanización de los terrenos entre Los Robles y Pampatar (proceso que se había iniciado a finales de los 60s con la Urbanización Playa El Angel y otras posteriores, como la Urbanización Jorge Coll, que tuvo su apogeo en los 80s y 90s) para la construcción de casas y apartamentos comparables a los del Este de Caracas contribuyó a desplazar el eje comercial hacia esa zona, aunque todavía en los años 90s la Santiago Mariño y la 4 de Mayo seguían siendo las zonas comerciales de mayor prestigio y sus tiendas seguían ofreciendo productos de muy alta calidad, como el reloj Rado de material cerámico negro que mi mamá se ponía cada vez que tenía una ocasión especial y que había comprado a comienzos de los 90s en una joyería de la 4 de Mayo o las corbatas italianas que yo me compraba para lucir en las reuniones de mi trabajo en la Universidad Simón Bolívar o los sartenes, juegos de ollas y cubiertos que Patricia y yo compramos en Rattan en 1994 cuando, recién casados, fuimos a pasarnos unos días en la isla y nos quedamos en un hotel de la Avenida 4 de Mayo.

El desarrollo de centros comerciales, a partir de la inauguración del CC Central Madeirense  de la urbanización Jorge Coll en 1985 incidió el desplazamiento del interés comercial fuera de los corredores de la Santiago Mariño y la 4 de Mayo. En un proceso que tomó un cuarto de siglo, los clientes se fueron desplazando hacia otras opciones.  En 1996 se inaugura una nueva tienda Rattan (Rattan Plaza) de muchas mayores dimensiones frente a la urbanización Jorge Coll, dejando a la de la avenida 4 de Mayo como una sucursal de menor tamaño y en 1999 Central Madeirense inaugura su Hipermecado Central. Ya a comienzos de este nuevo siglo se inaugura en Pampatar el Centro comercial Sambil, cerca de donde funcionó desde 1986 hasta 1996 el canódromo y a sus costados, algunos años más, la gallera monumental y el parque de atracciones isla mágica. Los Centros comerciales La Redoma, la Vela, el Costa Azul, el mal Center, el Caribean Center, el AB, entre otros, entraron a competir por la clientela que progresivamente se fue alejando de las dos avenidas principales de Porlamar para desplazarse a los centros comerciales, que ofrecían mayor seguridad y comodidades para estacionarse.

A finales de 2009 visitamos la isla por última vez con la familia y todavía sobrevivía parte del ambiente comercial de las avenidas Santiago Mariño y la 4 de Mayo. Aunque muchas de las compras en esa oportunidad las hicimos en los centros comerciales, todavía podían verse los bodegones llenos de licores, embutidos y quesos importados y en Bencamar todavía ofrecían los sartenes de Teflón que eran la marca registrada de la cocina de mi mamá.

El rápido deterioro económico de Venezuela en la última década se reflejó también en la isla, al punto que para el 2018 más del 70% de los locales comerciales de las avenidas  Santiago Mariño y la 4 de mayo estaban cerrados y los que sobrevivían lo hacían con inventarios modestos, en muchos casos con mercancía de una calidad que nada recuerda lo que allí se vendió décadas atrás. Hoy la situación es peor, con centros comerciales abandonados y casi total ausencia de visitantes.

Los finales tienen sus símbolos. Uno de ellos podría ser el platillo volador, hoy en ruinas, que quedaba cruzando la calle frente a Adams (donde luego estuvo Clouds, tienda que tambien tenía una sucursal en la Santiago Mariño), muy cerca de la agencia del Banco Unión, el edificio que tenía una acera recubierta de baldosas de color cobrizo, a pocos metros de Saks, pasando el Hotel Flamingo. También podría ser el momento en que quitaron la bola de luces de la puerta de Saks para hacer espacio a una venta de pollos Arturos. Aunque probablemente el final llegó mucho antes, no tanto como el viernes negro de comienzos de los 80s ni el sacudón que supuso los saqueos de 1989 o los intentos de golpes de estado de 1992. El verdadero símbolo del final de una época llegó en 1998, cuando demolieron el viejo domo de La Media Naranja para dar paso a un centro comercial de tiendas sin encanto, como adivinando que en esa fecha también se comenzaba a demoler lo que quedaba del país que construyó “el centro comercial a cielo abierto” de Porlamar. 

Hotel Margarita Concorde 1979

 

domingo, 3 de enero de 2021

Centro comercial parte 1/18: BAR NICO



Desde siempre tuvo problemas de personalidad. Uno en el día, otro –supuestamente, a decir de Carmen Victoria- en las noches. Uno en el frente, a la luz del sol que lo alumbraba por las tardes desde el oeste, sin puertas  y a la vista de todos; otro en el fondo, a oscuras y sin ventanas.

Así fue siempre el Nico, dos en uno.

En la esquina de la 6ta. Transversal de la Avenida El Rosario, su letrero siempre apuntó a lunchería o restaurante, acompañado primero – en los tiempos en los que yo pasaba enfrente en pantalón corto y medias hasta debajo de la rodilla sorteando a los carros y motos subidos a la escasa acera-  por el logo azul y rojo de la Pepsi Cola, cuando esta hacía llamarse simplemente Pepsi , y luego con el color característico de la Coca Cola, ya en la época en que a lo largo de la Avenida El Rosario alguien se había encargado de llenarla de piezas de concreto que impedían, al mismo tiempo, que los carros se subieran a las aceras y que los peatones circularan con comodidad. También tuvo un letrero patrocinado por los cigarrillos Belmont, con sus colores blanco y azul. Pero, con independencia del letrero en la fachada, desde que nos mudamos a la calle lateral en julio de 1973, mis padres siempre lo llamaron Bar Nico, como todos los vecinos de la cuadra.

Cuando lo conocí tenía una fachada de cemento recubierto con pintura de aceite y una puerta santamaría larga, que al ser levantada dejaba ver una barra de acero, fórmica y vidrio, techo con figuras de plástico, taburetes giratorios de metal y semicuero y una máquina grande, roja,  de hacer café, a la derecha de la fachada.

Cuando a partir de cuarto grado de primaria el señor Amadeo cambió su microbús Mercedes Benz por un autobús Ford con el doble de capacidad y ya no pudo entrar a la estrecha calle donde vivíamos, cada mañana caminaba a 10 para las 6 a esperar el transporte escolar en la esquina de la Avenida El Rosario. A esa hora escuchaba subir la santamaría del Bar Nico, a esa hora a veces alumbrados por el poste todavía estaban algunos clientes de la noche anterior en la esquina.  

Los taburetes que hacían fila frente a la barra solían estar llenos al mediodía y en las tardes, ocupados por los obreros de los cercanos depósitos del CADA, de la fábrica de campanas de acero inoxidable que luego fue venta de muebles  o algunos otros que caminaban al mediodía desde Boleíta Norte buscando un lugar económico donde comer. Ahí paraba también algún vendedor ambulante de boletos de lotería y el hijo del señor Lorenzo, el del kiosko de periódicos que quedaba cruzando la calle.

En aquella barra servían en las mañanas arepas rellenas y empanadas, también sanguches de panes de aspecto seco y duro, jugos de naranjas recién exprimidas o cuartos o medios litros de jugo, chicha o ricomalt, que salían de una nevera localizada a la izquierda de la fachada, detrás del mostrador. Al mediodía podían verse unas sopas que salían humeantes de la parte de atrás del negocio, siempre con un aspecto viscoso, amarillento en la superficie, y algunos guisos con arroz, recuerdo servidos en platos plásticos – no desechables- de colores. Al final del día se veía poca comida en aquella barra, usualmente había gente bebiéndose alguna cerveza y fumándose un cigarro mientras uno pasaba rumbo al vecino de cuadra supermercado El Centro.

Algunas veces, aún de pantalones cortos y en función de mandadero de mi mamá, me aventuré a comprarme alguna chuchería o un cuarto de litro de jugo pasteurizado de frutas  buscando espacio entre quienes ocupaban los taburetes giratorios y alternaban miradas hacia la Avenida El Rosario con otras hacia los portugueses que administraban el negocio desde atrás del mostrador.

Los dueños siempre fueron dos, lusitanos ambos, uno flaco, otro más gordito. Uno de ellos estacionaba todos los días su carro al costado del bar, en la entrada a la 6ta. Transversal, antes de la puerta de la ebanistería de sus compatriotas, antes de la primera mata de mangos de la cuadra, en la acera de enfrente a la casa de los Delgado. En esa fachada lateral había una puerta de hierro que daba a la parte de atrás del bar, por la que sacaban las gaveras vacías de cerveza o por donde se asomaban a fumar hombres y mujeres mientras veían pasar los carros que subían o bajaban por la Avenida El Rosario.

Al costado de la barra de la fachada había una puerta  que daba al bar. En algún tiempo tuvo una puerta de vidrio, y en otra época una cortina de cuentas que colgaban y hacían ruido al ser cruzadas por quienes entraban o salían. Por ahí escuchaba salir la música, usualmente salsa y otros ritmos tropicales y, a veces, el sonido de las piezas del dominó cuando golpeaban las mesas.

Nunca crucé la cortina de cuentas. Siempre me imaginé el interior con rockola y mesas de pantry llenas de botellas vacías, con el piso de cemento recubierto de baldosas de vinil, con una barra oscura, con espejos en los que se reflejaban las mujeres que fumaban entre los obreros de la fábrica de Pan Puropán, que iban ahí a gastarse la paga de los viernes.

Alguna vez vino la policía a hacer alguna redada. También más de una vez vi a la patrulla de la PM parada en la esquina y a los ocupantes con una polarcita fría en la mano. Alguna vez se comentó en la cocina de mi casa que algún vecino más cercano a la esquina reseñó algún escándalo de la noche anterior, algún botellazo, algún cliente al que sacaban por no pagar.

Alguna vez me sobrepuse a la mala fama del lugar y me comí parado enfrente, viendo los carros subir y bajar por la Avenida El Rosario, mirando hacia arriba la Silla de Caracas, un helado – en algún momento de la historia vendieron Tío Rico- o una gelatina o un flan de los que venían en vasito plástico, con una tapa de lámina delgada de aluminio desprendible,  con un oso o una niña dibujada en el exterior.

En los alrededores del cambio de siglo a uno de los dueños – creo que quedaba el más bajo-le dio por remozar el local y recubrieron la fachada de tablillas de arcilla (de moda entonces entre los nuevos edificios de apartamentos), cambiaron las baldosas de las paredes del interior, eliminaron la fila de taburetes y renovaron los muebles. Así sigue.

 Recién he descubierto el interior más de 40 años después  a través de las fotos que alguien ha subido al internet. Hay dos televisores viejos para ver el futbol y las mesas tal como las imaginé siempre. No cabe mucha gente dentro. Estando a miles de kilómetros puedo escuchar la música y el ruido de las piezas del dominó al golpear las mesas.

El dueño tiene un carro viejo, uno con motor 8 cilindros americano, de la época en que el país era una potencia petrolera, que sigue parando al cruzar la esquina, junto a la pared lateral del negocio, cerca de la misma mata de mango. También tiene una pickup, creo. La máquina de café desapareció hace años, creo que en la misma época en que se fueron los taburetes. Antes se fueron los depósitos del CADA y las fábricas de Pan Puropán y de las campanas de cocina. De Boleíta ya no bajan obreros a almorzar. Mi madre hace tiempo que no menciona el lugar y mi padre ahora es hasta amigo del dueño, a quien los vecinos de toda la vida saludan como un miembro respetable de la comunidad.

 

martes, 7 de julio de 2020

Juego de carritos


Desde la ventana del edificio Issa, donde un tendedero circular de tubos y alambres daba vueltas con la ropa haciendo de vela, yo, subido a una silla, con los codos apoyados en el marco de metal gris podía ver, mirando hacia abajo ocho pisos,  la explanada - también  gris- de unos 50 metros de largo, que separa la entrada del edificio de la calle y el puente que cruza sobre la quebrada Catuche, curso de agua ruinoso que corre de derecha a izquierda de la mirada, desde el antiguo puente Páez a la derecha pasando por un puente moderno de concreto ante a mis ojos, frente al edificio, haciendo una ese con sus aguas a veces verdes, a veces marrones, a veces negras, a veces con el reflejo tornasol del aceite, a veces calmas, a veces ruidosas, al costado del edificio, unos diez metros por debajo del nivel de la calle.

Puede ser 1971 o 72.

Puente Páez

En la acera de enfrente, al costado derecho del puente por el que cruzaban carros día y noche, había un edificio gris claro, casi blanco, más largo que alto, como de 4 o 5 pisos, que llegaba desde la orilla oeste de la quebrada  hasta la esquina de Santa Bárbara. Arriba hay apartamentos, en la azotea hay terrazas donde se ven matas, tendederos de ropa y objetos acumulados, abajo hay una pescadería, una ferretería, una quincalla, un bar y una barbería en cuya vitrina ofrecen carritos Matchbox y Majorette, los primeros a cinco bolívares, los segundos a cuatro.


 
Esa vitrina, que veo desde la ventana del cuarto al fondo del primer apartamento propio de mis padres,  es la suma de mis aspiraciones,  es el centro de mi universo, el brillante sol a cuyo alrededor giran cual satélites la heladería-pensión de las amigas españolas de mi Tía Lula, a donde cada vez que voy me regalan chocolates Savoy;  la pastelería de los italianos con aviso de neón verde sobre el vidrio de la fachada y mostradores de mármol negro con apliques dorados, donde venden dulces de hojaldre rellenos de crema pastelera;  la tienda de maletas, bolsos y maletines de cuero donde mi mamá ha ofrecido comprarme mi primer bulto escolar, uno de cuero marrón en forma de acordeón con dos pasadores con hebillas plateadas; mi colegio de entonces, el kínder del Colegio Santa Teresita del Niño Jesús a donde comenzaba en esa época a ir al preescolar a los 4 años y donde bailaría a finales del año disfrazado de ratón vaquero con un traje de fieltro gris y un cinturón con pistolas plateadas; el estacionamiento de varios pisos donde guarda su carro mi papá, primero un Pontiac Parisienne, luego un Chevrolet Caprice Classic vinotinto con techo de vinil negro, modelo 1970.




La heladería estaba cruzando a la derecha en la esquina de Santa Bárbara, pasando un muro de adobe y tejas que entonces yo creía largo, el Puente Páez y una pensión, al costado de la panadería de los portugueses, camino a mi preescolar, rumbo a la esquina de La Fe, vecino a un par de cuadras del Panteón Nacional. Siguiendo derecho la calle tomaba algo de pendiente, por donde veía bajar los estudiantes de La Salle. La pastelería italiana, la venta de maletas y el estacionamiento donde mi papá arrendaba un puesto fijo para su carro estaba a la izquierda de la esquina, en la cuadra que va de Santa Bárbara a la esquina de Maturín, como quién camina desde el norte rumbo a la esquina de Las Ibarras, esquina donde una señora arruga la cara con luces de neón y pregunta a los paseantes de la Avenida Urdaneta en nombre del Dr. Scholl si le duelen los pies.
Esquina de Las Ibarras, Avenida Urdaneta
La vitrina era mi sol, mi centro, pero en realidad no era abundante en variedad, la tienda no se especializaba en juguetes, lo de los carritos era un negocio complementario que aprovechaba el movimiento del público para ofrecer objetos de bajo valor con los que pudiese encapricharse alguien al paso por esta calle secundaria del centro de la ciudad. Una ocurrencia del momento, en el caso de los adultos, como en el caso de mi Tío Memé, quien venía caminando con frecuencia desde su trabajo en la esquina de Traposos de la Avenida Universidad (salía por el costado del edificio del Banco Industrial y pasaba frente a la sombrerería Tudela, la casa de Bolívar, la esquina del bazar El Toro y de allí derecho hasta la esquina de Las Ibarras) y en más de una ocasión me compró alguno de los modelitos que venían en una cajita de cartón y que ponían en la parte de abajo, en relieve en el metal, Lesney Products - Made in England, en el caso de los Matchbox, que eran mis preferidos por sobre los franceses de Majorette, que venían en un envase de plástico y cartón.



Leslie Smith y Rodney Smith, a los que se sumó luego John Odell, fundaron a finales de los años 40s en Inglaterra Lesney Products, los fabricantes de Matchbox, una empresa que comenzó a funcionar en un precario sótano de un edificio aún con efectos de la guerra, haciendo diversas piezas de metal fundido y que a partir de 1953 se especializó en hacer carritos de metal a escala, reproduciendo modelos de la época. Los modelos más baratos y pequeños, que cabían en una caja de fósforos (matchbox), fueron los más exitosos y se convirtieron en la marca de la empresa, que creció rápidamente hasta vender en su momento de mayor éxito hasta un millón de carritos al día en los años 60s, en cerca de 100 países por todo el mundo, incluyendo a la Venezuela de comienzos de los años 70s.


Cuentan mis padres que aprendí a diferenciar los colores asociándolos a los colores de los carros que veía pasar desde la ventana del Caprice de mi papá. Aprendí también a diferenciar los modelos y las marcas en la edad cuando recién me preparaba para comenzar a ir al preescolar lonchera de metal en mano y vestido con un overol azul y una franela blanca con zapatos US Keds. Con ese historial es comprensible mi fascinación por los carritos de metal que exhibían en la vitrina del edificio blanco que veía desde la ventana de mi casa, ventana desde la cual también se veían, como única expresión verde de la zona,  unas palmeras, probablemente del Templo Masónico de Caracas, cercano a la esquina de Maturín, y, a lo lejos, la entonces nueva  torre del Banco Central de Venezuela.




Los carritos que me compraba mi papá y los que me regalaba mi Tio Memé o mi abuela Francisca se acumulaban en una caja de zapatos, de donde los sacaba para jugar sobre la cama, los muebles o el piso de granito rojo y verde del primer apartamento propio de mis padres. La caja en algún momento llegó a estar prácticamente llena, hasta que comenzó a mermar su contenido producto de los accidentes de tránsito propiciados por mi hermano menor. Vladimir tuvo siempre predilección por las historias con alto contenido de acción, que podían terminar en el incendio de los indios y vaqueros de su fuerte del oeste o, en caso escogiese para jugar – en mi ausencia, yo iba al preescolar y el aún no- mis carritos, en brutales accidentes a los que imprimía realismo 3D con el martillo de madera y metal de pisar la carne que La Nena,  mi mamá, guardaba en una gaveta de la cocina y que mi hermano sustraía sin su permiso.

El año que Lesney Products lanzaba al mercado sus series Skybusters, Seakings y Battlekings y en Venezuela comenzaban a sentirse los efectos del aumento del precio del petróleo producto del embargo petrolero de los países árabes, nos mudamos del edificio Issa a la Quinta Paraguachoa, en Los Chorros. Mis padres tenían un año buscando un apartamento más grande a donde mudarnos y terminaron comprando la casa vecina a la de mi madrina Dora, donde habían celebrado su matrimonio menos de una década antes.



En el jardín de la casa comenzaron a aparecer entonces, cada vez que mi papá intentaba sembrar algún árbol -de ese jardín hemos comido los últimos 45 años mangos, jobos de la india, guanábanas, cerecitas y más recientemente cambures y aguacates- los restos martillados, calcinados y parcialmente derretidos de los carritos de la cada vez más vacía caja de zapatos, que ahora con más espacio a cielo abierto, eran parte de la escenografía de los fuertes de indios y vaqueros que se empeñaban en regalarle a mi hermano y que Vladimir siempre terminaba quemando como escena final de las historias que se montaba, a tono con las películas de la época producidas por Dino de Laurentis.




Para entonces ya solo veía desde mi ventana, los techos y patios de las casas vecinas en Los Chorros y desde el balcón de la Paraguachoa, al Ávila, en parte verde, en parte marrón en el Estribo de Duarte, el cerro más cercano. Para entonces ya no recordaba la vitrina de la esquina de Santa Bárbara y había desplazado mis intereses a otra vitrina, la de la librería El Gusano de Luz, en Parque Carabobo, cerca de uno de los trabajos de mi papá, a la que solía acompañarlo en los 70s y en la cual su propietario, Freddy Cornejo, ofrecía a la venta los Superkings y sobre todo, los BattleKings , reproducciones a escala, también hechas en Inglaterra por los mismos fabricantes de Matchbox, de los tanques y vehículos militares de la segunda guerra mundial, además de algunos modelos posteriores y uno que otro invento de los creativos de Lesney – como un lanzacohetes verde montado sobre 6 ruedas-  tratando de darle un toque futurista a sus juguetes.


Los Battlekings fueron durante los 70s probablemente el juguete que más usé hasta alcanzar los dos dígitos de edad y la última vez que revisé, hace unos cuantos años, aún estaban guardados en el closet del que fue mi cuarto en la Paraguachoa, algunos de ellos personalizados con algunas insignias adicionales que les pintaba con tinta china. Mi predilecto fue siempre un Panzer alemán plateado, que siempre terminaba perdiendo todas las batallas, porque el guionista de mis historias infantiles estaba muy influenciado por las películas que daban en la televisión y en las cuales los japoneses y alemanes se llevaban siempre la peor parte.




Después de 50 años de mis primeros carritos, aún los colecciono, todavía los compro con frecuencia. Tengo algunos exhibidos en mi “oficina” de la casa y tengo un par de cajas llenas, debo tener más de 100, sobre todo de Hotwheels, la marca norteamericana  que surgió a finales de los 60s para competir con los ingleses de Matchbox. Me gustaría conseguir algunos BattleKings en su caja original, he visto algunos por internet. Cuando vuelva a Caracas creo que voy a sacar del closet de la casa de Los Chorros los que han estado guardados ahí por décadas para ponerlos a la vista.

martes, 12 de mayo de 2020

¿Te acuerdas de Gelinotte?


Gonzalo Rafael sale sin desayunar, como cada sábado en la mañana, aún oscuro, en el Caprice Classic blanco con techo negro de vinil y platinas cromadas. Lleva el brazo izquierdo, con el Omega Seamaster  ajustado a la muñeca,  apoyado en el borde de la ventana y agarra el volante negro con apliques en imitación de madera con la mano derecha en la que destaca el anillo de graduación cuando baja por la avenida El Rosario, pasa por la avenida El Centro, atraviesa la Rómulo Gallegos y la Francisco de Miranda, donde recién comienza a ver gente, y cruza la Principal de La Carlota – están barriendo el frente y sacando las dos mesitas de la puerta de La Rocarena y los vendedores de huevos de la camioneta Bel Air gris y blanca están acomodando los cartones en la parte de atrás- antes de llegar a la autopista Francisco Fajardo, por los lados del Parque del Este, donde se mezcla con el tráfico de carros y camiones, los que van saliendo hacia la playa, los que vienen de regreso de las fiestas de la noche, los que están camino a trabajar.  Caracas está amaneciendo mientras, con el Ávila a la espalda,  el Caprice navega por la autopista Valle Coche con su larga trompa subiendo y bajando ante las ondulaciones del asfalto  hasta llegar, cruzando a la derecha,  al hipódromo La Rinconada.

Yo voy en el asiento de atrás.

Una credencial que le ha conseguido un amigo que trabaja en el hipódromo le permite entrar por la puerta que da a las caballerizas, a la derecha, antes de la entrada principal del Hipódromo. A veces ni se la piden en el portón verde, solo saluda a los vigilantes levantando su mano izquierda y estos le devuelven el saludo, dejándole  entrar, el  Caprice – al que Gonzalo Rafael suele llamar la lancha Nueva Esparta-  es aún un carro de modelo reciente y transmite una combinación de confianza con prosperidad y a esa hora se entremezcla con los carros de los propietarios de caballos, buscadores de datos para apostar en las carreras, agentes de jinetes, veterinarios, entrenadores y curiosos que van a hacer su ronda mañanera en “el óvalo de Coche”.



Yo no lo sabía entonces, aunque conocía la Judibana que construyó la Creole en Paraguaná, pero las caballerizas de La Rinconada tienen un aire como al de los campamentos petroleros, construcciones aisladas de un piso, todas pintadas del mismo color, edificios similares donde muchas paredes no llegan a los techos, con formas que se repiten,  con aspecto de los años 50s, construcciones  inmersas en un mar verde, donde hay grandes árboles sembrados 20 años atrás, matas de plátano y cambur de data más reciente, rodeadas de mucha vialidad, calles de 6 metros de ancho que pasan por delante y por detrás de cada edificio. Edificios de ladrillo pintado con unas piezas que sobresalen en las paredes exteriores,  en forma de rombos pixelados, y techos de paraboloides hiperbólicos de concreto. Arquitectura Moderna. Estas calles y estas construcciones podrían estar en Florida o en California o ser parte de Judibana, pero están en Coche porque las diseñó el mismo arquitecto que hizo el hipódromo de Aqueduct en Nueva York.



La primera parada del Caprice suele ser la cuadra 11, parte de la cual la ocupan los caballos bajo el entrenamiento de Fernando Parilli, un tipo flaco, andino de lentes oscuros y bigotes, no muy simpático, que maneja un Volkswagen SP deportivo color marrón con una franja negra de extremo a extremo. Dos de sus caballericeros son amigos de Gonzalo Rafael y al verlo llegar lo saludan con un sonoro ¿cómo está profesor? Ellos dos, pero con más frecuencia el Señor Ulpiano, le pasan los datos del estado de los caballos que competirán esa tarde y al día siguiente, los de esa cuadra y los de otras cuadras con caballericeros conocidos. De la vecina cuadra del Musiu Ziadie suele venir también información. Gonzalo Rafael hace anotaciones en la Gaceta Hípica que saca del bolsillo de su guayabera blanca. El habla con Ulpiano mientras yo paseo por la cuadra y veo trabajar al herrador y aprendo por qué en todas las cuadras, además de caballos y perros -hay perros por todos lados, andan de su cuenta mezclados entre los empleados, visitantes y los caballos-, hay chivos y ovejas. Los chivos y las ovejas hacen que los caballos intranquilos duerman arrinconados, sin moverse, sin caminar dentro de su  caballeriza, evitando que se cansen en las noches. Duermen atemorizados por animales más pequeños y menos inteligentes, misterios de la naturaleza, aunque más de una vez vi en alguna cuadra de La Rinconada algún chivo u ovejo con la cara desfigurada por la patada de un caballo.



Los caballos, animales hermosos, qué duda cabe,  están en sus caballerizas, unos cuartos de, más o menos, 3 por 3 metros con una puerta de madera en la que, además de abrirse toda, también puede abrirse solo la parte superior. Las cuadras son edificios largos, con caballerizas alineadas a ambos lados de un corredor central, en el que suele haber paquetes de paja y un reguero de mangueras por todos lados. De la puerta de cada caballeriza cuelga la comida y los envases para el agua, también indicaciones para tratamientos médicos del residente de cada cuarto y algunos instrumentos de cuero, plástico o metal para el manejo del caballo según sea su carácter. A algunos me dejan darle algo de comer, una zanahoria, por ejemplo. Algunos son animales dóciles, tranquilos, a los que me dejan acercarme con mínimas instrucciones –mira gordito, nunca le pases por detrás a los caballos, épale carajito, cuidado con ese-. Entre cada cuadra y cuadra hay un patio, un espacio de tierra rodeado de algunos árboles donde los caballos son llevados a caminar, dando vueltas junto con su caballericeros. Entre las calles y las cuadras hay una suerte de calle paralela, de tierra, por donde los caballos son llevados por sus caballericeros. Este mundo es un hormiguero de gente y caballos los sábados en la mañana, mientras las calles de las caballerizas se llenan de LTDs, Galaxis, Fairlanes 500, Darts, Mustangs, Malibus, Camaros, Impalas, Nissan Patrol -muchos Nissan Patrol- y alguno que otro Mercedes.

Gonzalo Rafael visita varias cuadras cada sábado en la mañana y también, a veces, sube a la pequeña tribuna de concreto que está al costado de la pista, en la recta contraria a la recta principal del hipódromo, esa que Virgilio Decán, el príncipe Alí Khan, llama por televisión cada domingo La Recta de Enfrente. Siempre me dijeron que teníamos que estar allí en silencio porque los caballos se asustan con el ruido. Desde esa tribuna veíamos pasar los caballos que hacían sus prácticas para mantenerse en forma de cara a las carreras, los traqueos. Gonzalo Rafael se acercaba a la baranda solo cuando reconocía a algún jinete con el que quería hablar. Algunos habían sido sus alumnos en liceos del centro de Caracas y al verlo se le acercaban. Profesor, juéguele todo a Agripina en la cuarta, la vez pasada se perdió porque se golpeó con el aparato, pero mañana no pierde, está sobrada.

No había celulares entonces. Se llamaba desde los teléfonos que estaban en las oficinas de las cuadras y se intercambiaba la información boca a boca, a veces de la ventana de un carro a otro en medio de una de las calles de las caballerizas. La información se consolidaba en el restaurante. A media mañana la gente se agolpaba en el restaurante cercano a la veterinaria, parte del mismo complejo de edificios de aspecto de arquitectura moderna de los 50s en el que en una larga barra de acero inoxidable con un mostrador de vidrio servían arepas, sanguches de pan cuadrado, sopas y jugos. Mi menú de cada sábado en la mañana era un jugo de naranja grande, si nos atendía un mesonero rebozando los vasos cónicos de vidrio tan populares entonces para servir merengadas y jugos y en vaso de plástico si lo pedía para llevar, y una arepa rellena de queso amarillo Torondoy,  rallado grueso y servido en cantidades generosas en la masa caliente, por lo que se derretía antes de llevarlo a la boca y se estiraba al morderlo. Enfrentando el mostrador había un mar de mesas de pantry con manteles de plástico desde donde, de una mesa a la otra, se pasaban datos, saludos o, con la mirada, se seguía quien se reunían o conversaba con quién para tratar de adivinar en torno a cuál caballo había alguna movida. Comerme la arepa humeante, rellena de queso amarillo –llegué a comerme dos- era el momento culminante de los sábados en la mañana y la principal motivación para levantarme tan temprano.

Al salir del hipódromo solíamos ir a buscar un saco de naranjas al Mercado de Coche, donde, a veces, nos tropezábamos de nuevo con alguno de los personajes que habíamos visto más temprano en los traqueos o en las cuadras. Al llegar a la casa, de la enorme maleta del Caprice salía  el saco de naranjas y a veces también otras cosas, por ejemplo, un saco de maíz jojoto para hacer unas cachapas o unas frutas, lechosas principalmente. A partir de ese momento comenzaba el intercambio de información a través del teléfono. A mi papá lo llamaban familiares y amigos desde Margarita, El Tigre, Puerto Ordaz, Valencia  o Punto Fijo para pedir los datos para esa tarde y para sellar el cuadro del 5 y 6 del día siguiente. Mi papá también llamaba a conocidos para validar informaciones, confirmar rumores, ratificar pronósticos. Esa hizo 1200 en tanto. Los 2000 metros le quedan grandes a ese tordillo. A ese lo están bañando. Parrita pidió esa monta porque va a ganar, si no no hubiesen bajado a Moreira.

Virgilio Decan Aly Khan en la cabina de narración de La Rinconada

Luego de la 1 comenzaban las carreras.  Cuando mi papá estaba en la casa, había dos sonidos que caracterizaban los fines de semana: la voz de Virgilio Decán Aly Khan narrando las carreras desde la bola continental y el jingle del restaurante La Estancia. Hasta el día de hoy esa canción es sinónimo de la ansiedad que suele desatarse los domingos por la tarde, esa suerte de tensión mórbida que acompaña el fin de la semana, combinación de deberes por hacer, expectativas incumplidas y silencios que caracterizaban la quietud de Los Chorros en esos días, sin carros en la calle, sin ruidos de vecinos.  Si alguno de los caballos recomendados terminaba siendo un éxito, solíamos salir a comer al comienzo de la noche del sábado, pequeñas celebraciones familiares donde mi papá se gastaba lo ganado en restaurantes de Altamira, Sabana Grande o Las Mercedes. Algunas veces llegué a acompañarlo al hipódromo, alguna vez incluso de chaqueta y corbata para poder entrar a la tribuna de los propietarios, donde la gente hablaba de caballos, carros y viajes con un whisky escoses en la mano. Desde la tribuna se veían los jardines diseñados por Roberto Burle Marx y una pizarra larga, de color verde, con números y letras blancas iluminadas con bombillos.

La Rinconada años 60s Revista Life

Los caballos generaron a Gonzalo Rafael fines de semana alegres y tristes, se celebraban las victorias de los propietarios, jinetes y entrenadores conocidos y se lamentaban las derrotas, más aun si estaban acompañadas de algún incidente, alguna mañosería de algún contrario. Aunque si de derrotas hablamos, habría que hacer mención especial a aquella tarde de domingo que, ante una tribuna llena, Sweet Candy le ganó por un cuerpo a Gelinotte en los 2400 metros del tercero de la Triple Corona de 1980. Pocas derrotas tuvieron tal impacto, tanta tristeza y tanta molestia a la vez por un resultado, claramente justo, pero impopular. Ese año en el que cumplí 13 deje de acompañar a mi papá al hipódromo. No recuerdo haber vuelto desde entonces



35 años después de esa carrera estaba yo, el niño que se emocionó al ver a Debonair Prince ganar con Gustavo Avila, al gigante inglés MckennasGold ganar el Simón Bolívar y a la pequeña Blondy reaparecer ganando el clásico que llevaba su propio nombre, en una agencia del banco BBVA Continental en Lima, a la espalda de la Avenida Arequipa y a una cuadra de la Avenida Javier Prado, cerca del límite de San Isidro con Lince. Por distintas razones que no vienen al caso, en esta agencia nunca había casi nadie y por eso era usada como escuela por el banco para entrenar a sus cajeros. En ese banco me pagaban mis haberes, que es como le dicen por acá al sueldo que recibía entonces cada mes. Era un ambiente pequeño donde todos podíamos oírnos y vernos y quedaba a cuadra y media de mi oficina de entonces. Aquella tarde de 2015 estábamos allí, además de los pocos empleados, dos señores mayores, impecablemente vestidos, con rasgos como salidos de una vieja foto de Martín Chambi y yo, como únicos clientes a la espera que el único cajero terminase de atender a una muchacha. Los señores en su espera hablaban de carreras de caballos, comentaban carreras del hipódromo de Monterrico, el centro hípico de Lima, y a mí me dio por recordar, mentalmente, las carreras de  La Rinconada, cuando de repente la conversación vino hacia mí de golpe. Mis vecinos se repitieron el uno al otro, al entrar en el tópico de cuál carrera había sido más emocionante, que no había habido carrera como aquella en que Sweet Candy le gano a la yegua Gelinotte una tarde de domingo en La Rinconada, en Caracas. Los que no estábamos llorando estábamos molestos, le dijo uno al otro. Yo pasé una semana deprimido le contestó el otro y eso que cobré unos places que le había jugado al caballo. Esa fue la mejor carrera que he visto, con toda esa emoción en la tribuna insistió el otro. Y el muchacho que vió esa carrera junto a su papá en Caracas volteó a ver a los dos señores y antes de brincar hacia la caja para hacer un retiro asintió con la cabeza. Tienen ustedes razón, esa fue la mejor carrera y a lo mejor también la más triste ¿o lo fue, tal vez, la de Big Secret, el caballo que tenía un solo pulmón, cayendo desplomado en la pista luego de cruzar la meta ganador?

¿Usted también vivió en Venezuela? Me dijeron asombrados ambos señores, creyéndome como otros, español perdido en la antigua capital del Virreinato.




martes, 3 de marzo de 2020

Mar interior


Yo escribí mis libros con el oído puesto sobre las palpitaciones de la angustia venezolana
Rómulo Gallegos

Esto es lo que deberían estar haciendo los literatos y no revoluciones pendejas
Juan Vicente Gómez, en referencia a Doña Barbara

Esto es un ejercicio hecho por un muchacho. Piedad (1)
GT

(1) Durante muchos años, a modo de entretenimiento, tomaba los párrafos iniciales de cuentos y novelas de autores reconocidos (Rulfo, Cortazar, Borges, Quintero, Vargas Llosa,Bryce, Onetti y en este ejemplo, Gallegos) y utilizando algunas de las frases, parte de la estructura, jugaba a reescribirlos con otras historias, con otras anécdotas. Diversiones de gente sin oficio.

Basada en hechos reales
GT



1. ¿Con quién vamos?

Un bote remonta el lago, bordeando las paredes de concreto de la margen derecha. Dos remos lo hacen avanzar mediante la lenta y penosa maniobra de dos muchachos inexpertos en tales tareas. Insensibles al sol de media mañana, sus cuerpos sudorosos cubiertos por chemises beige, a la vez que intentan remar, alternativamente, afincan en el fondo del lago los remos, cuyos cabos superiores sujetan contra sus pectorales, y encorvados por el esfuerzo, le dan impulso a la embarcación, que avanza hacia el norte, mirando al Ávila, que se refleja en aquellas aguas entre azules, grises y verdes. Y mientras ese bote avanza en silencio, otro intenta alcanzarlo, ocupado por otros jóvenes que gritan. Son ocho botes, cuatro a remos, cuatro a pedales.  En uno de los botes José Miguel se para y asume el rol de patrón de la embarcación, como un viejo baquiano de aquel espejo de agua, con la diestra a la cintura, atento al avance de los otros botes, pendiente de los vigilantes del parque, al acecho. A bordo junto a él van dos pasajeros, vestidos con idéntica indumentaria escolar. Al otro extremo del bote, un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas prestante gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al estudiante del Santiago, cuidadoso del buen parecer. Como si en su espíritu combatieran dos sentimientos contrarios acerca de las cosas que lo rodean, a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con una expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje, de la réplica de la carabela de Colón que se ve en uno de los extremos del lago; pero, en seguida, frunce el entrecejo, y la boca se le contrae en un gesto de desaliento, angustiado por saber que hacen algo que puede ser penalizado. Su compañero de viaje es uno de esos jóvenes inquietantes, de facciones asiáticas, también con el uniforme del mismo colegio. Va tendido en un extremo del bote y finge dormir. Un sol cegante de media mañana de julio en Caracas centellea en las aguas del lago del Parque del Este y sobre los árboles que pueblan sus márgenes.

Estábamos en cuarto de secundaria. Era la época de los exámenes finales. Eran las semanas previas a las vacaciones. Los estudiantes de primaria ya habían comenzado las suyas dos semanas atrás. Los pasillos del Santiago, usualmente llenos de gente, estaban en estas fechas solos. No había cola en la cafetería de Conrado. Había bancas vacías en el patio anexo a la piscina. Cuando terminamos el examen, a media mañana, el sol iluminaba el patio asfaltado y las trinitarias proyectaban su sombra en los bordes del mismo.

Alguien, no recuerdo quién, propuso saltar la cerca del patio de los venados y cruzar por las piedras la quebrada para irnos al Parque del Este. Incluso José Miguel comenzó a subir la cerca de malla metálica, pretendiendo ir al otro lado por el camino más corto. Después de una corta discusión, decidimos salir todos por la puerta principal del colegio y rodear el edificio de la Mobil para entrar al Parque  por la puerta que da a la Avenida Francisco de Miranda, enfrente a donde estaban terminando la nueva estación del Metro. No tardamos mucho en subir a los botes. No recuerdo que hiciésemos algo más antes de llegar al lago. A esa hora de la mañana y en esos tiempos en los que la gente no iba aún a hacer ejercicios al parque, no había nadie en aquellos jardines, una que otra pareja de enamorados tratando de escapar de las miradas de los demás, alguna madre con un niño, un mar verde y solo aquellos jardines desde los que se veía el Ávila y se escuchaba el rumor lejano de los carros pasando por la avenida Francisco de Miranda o por la Autopista del Este, frente a la base aérea de La Carlota.

El mismo que propuso saltar la cerca ahora arengaba a todos los que aún estaban en la orilla a subirse a los botes. En algún momento, parado en un extremo del bote, entre tanto movimiento y tanta gesticulación, comenzó a balancearse, y, entre manotazos, cayó al agua parado. Había menos de un metro de profundidad entre el fondo de concreto pintado de azul celeste y la superficie del agua, que ahora le llegaba a la cintura y le mojaba la parte baja de la franela del colegio. Todos se rieron ruidosamente, se escuchó una carcajada colectiva que recordaba a una bandada de loros de los que solían dar vueltas por el parque.

-          Yo no voy a ser el único pendejo en mojarme – gritó el tipo, mientras se acercaba a los otros botes, dando pequeños saltos con cada pierna, apoyándose en el fondo del lago.

Había volteado uno o dos botes, no recuerdo exactamente cuántos, cuando se escucharon los silbatos desde la orilla. Luego vinieron los gritos y las órdenes. Miramos hacia los lados, no había forma de escapar. Los que aun estábamos secos, a bordo de los botes, tuvimos que lanzarnos al agua y acercarnos caminando a la orilla.




15. Toda horizontes, toda caminos...

Aquella mañana  no estuvo la luz encendida en la oficina del puesto de la Guardia Nacional en el Parque del Este, por el contraste entre el resplandor exterior y la oscuridad de la pequeña oficina, poco podía verse dentro desde el patio a donde el Sargento nos había llevado y nos había ordenado ponernos en filas, pero cuando el Capitán salió de la oficina, ninguno de los alumnos del Santiago–aquellos que se habían mojado al caer de los botes, la mayoría , y los únicos todavía secos, solo tres o cuatro de todo el grupo–  que habían escoltado a su subalterno, el Sargento López,  en el viaje desde el lago, corriendo detrás de una moto Vespa blanca por el camino de concreto por el que también circulaba a aquella hora de final de la mañana el trencito con los visitantes del parque, no lo conocieron. Alguno de ellos, hijo de militares, pudo haberlo visto en alguna fiesta en su casa o en el Círculo Militar o acompañando a su padre en alguna diligencia, pero aquel día, entre el ajetreo de la carrera a paso forzado desde el lago hasta el puesto de la Guardia y los nervios por no saber qué represalia tomarían los militares, ninguno de los del salón lo recordó en un primer momento.

Al principio el Capitán se mostraba seguro, caminando entre nosotros, parados bajo el sol, firmes, rectos, los brazos al costado del cuerpo, algunos aún chorreando agua. El Capitán comenzó su discurso en un tono altisonante, advirtiendo que nos harían pasar uno por uno por un pequeño escritorio gris para dar nuestros datos y los de nuestros representantes, a quienes llamarían para que viniesen a buscarnos, advertidos de la grave falta cometida. El Sargento López se sentó en una silla de metal junto al escritorio y comenzó a recabar los datos de los estudiantes de la primera fila. Y de repente el Capitán se detuvo, se quedó mirando a una de nuestras compañeras de clases y luego de un largo silencio preguntó:

– señorita, ¿usted no es la hija de mi General García?

- Sí, el general es mi papá.

El Capitán enumeró las veces que el General lo había ayudado con su carrera, las veces que había conversado con él, la última vez que lo había apoyado para conseguir su ascenso de grado. Explicó que no podía producirle ese mal momento al General, una persona muy ocupada que no tenía tiempo para venir a buscar a su hija por un problema menor, que nosotros éramos muchachos de un buen colegio, de buenas familias, que seguramente no intentaríamos otra vez hacer algo parecido en el futuro.

De repente aparentaba  más edad de la que realmente tenía. Había envejecido en un momento, tenía la faz cavada por las huellas del momento, pero mostraba también, impresa en el rostro y en la mirada, la calma trágica de las determinaciones supremas.

–Recojan sus cosas y váyanse a sus casas –díjole a los estudiantes, pendientes de sus palabras. Váyanse directo para sus casas, no se queden por aquí. Ya aquí no hay nada que hacer. Pueden irse. Usted, señorita, llévele mis saludos al General. Y no vuelvan a repetir lo que ha pasado hoy, dedíquense a sus estudios, ustedes son muchachos de bien, no le den más preocupaciones a sus padres.

Horas más tarde, los funcionarios de Inparques lo vieron pasar, Lambedero abajo. Lo saludaron a distancia, pero no obtuvieron respuesta. El Capitán iba absorto, fija hacia adelante la vista, al paso sosegado de su moto, el manubrio suelto y las manos abandonadas sobre las piernas, bajo el cielo de la tarde. Tierras áridas, quebradas por barrancas y surcadas de terroneras. Visitantes flacos, de miradas mustias, lamían helados aquí y allá, en una obsesión impresionante. Blanqueaban al sol las caminerías de concreto. El Capitán se detuvo a contemplar desde la distancia a un grupo de visitantes del parque, y con pensamientos de sí mismo materializados en sensación, sintió en la sequedad saburrosa de su lengua, ardida de fiebre y de sed, la aspereza y la amargura de aquella tierra. Luego, haciendo un esfuerzo por librarse de la fascinación que aquellos sitios y aquel espectáculo ejercían sobre su espíritu, aceleró la Vespa  y prosiguió su errar sombrío por las caminerías del Parque del Este. Algo extraño sucedía en el tremedal, donde de ordinario reinaba un silencio de muerte. Numerosas bandadas de patos, cotúas, garzas y otras aves acuáticas de variados colores volaban describiendo círculos atormentados en torno a las charcas y lanzando gritos de un pánico impresionante. Por momentos, las de más remontado vuelo desaparecían detrás del palmar, las otras bajaban a posarse en las orillas del trágico remanso, y al restablecerse el silencio, daba la impresión de una pausa angustiosa; pero en seguida, reemprendiendo unas el vuelo, y reapareciendo las otras, volvían a girar en torno al centro de su bestial terror. No obstante el profundo ensimismamiento en que iba sumido, el Capitán refrenó de pronto la moto: una rata joven se debatía chillando al borde del tremedal apresada por una culebra de aguas cuya cabeza apenas sobresalía del pantano. Rígidos los remos temblorosos, hundidas las pezuñas en la blanda tierra de la ribera, contraído el cuello por el esfuerzo desesperado, blancos de terror los ojos, el animal cautivo agotaba su vigor contra la formidable contracción de los anillos de la serpiente que se exhibía al público y se bañaba en sudor mortal. –Ya ésa no se escapa –murmuró el Capitán–.

Hoy llegó la malla de alambre comprada con el producto del petróleo – las entradas al parque no alcanzan ni para el costo de los tickets de cartón blanco que se entregaban a los visitantes en las dos puertas de entrada-, y comenzaron los trabajos. Ya están plantados los nuevos postes, de los rollos de alambre iban saliendo las mallas, y en la tierra de los innumerables caminos por donde hace tiempo se pierden, rumbeando, las esperanzas errantes, el alambrado comenzaba a trazar uno solo y derecho hacia el porvenir. El Capitán, como viese que el parque iba a quedar totalmente encerrado y ya no podrían las personas ajenas venir a caer bajo su jurisdicción, se encogió de hombros y se dijo: –¡Se acabó esto, míster Danger! Acá nos ocuparemos solo de los enamorados que vienen a pelar la pava al parque.  Cogió su arma de reglamento, se la terció a la espalda, montó a la moto y, de paso, les gritó a los obreros que trabajaban en la cerca: –No gasten tanto alambre en cercar el parque. Díganle al doctor de Inparques que el Capitán se va también.

Transcurre el tiempo prescrito por la ley para que los estudiantes puedan entrar nuevamente en el parque. El Capitán, de quien no se han vuelto a tener noticias, ya no está a cargo del puesto de la Guardia Nacional y desaparece del este de Caracas el nombre de El Miedo y todo vuelve a ser Altamira, La Floresta, Los Palos Grandes, Sebucán, La Carlota. ¡Llanura venezolana! ¡Propicia para el esfuerzo como lo fuera para la hazaña, tierra de horizontes abiertos donde una raza buena ama, sufre y espera!...