viernes, 21 de octubre de 2011

En 1988 me fui de casa por primera vez (para Valerie, que cumplió años esta semana)

Corría 1988, estábamos viendo las últimas materias necesarias para terminar la carrera de urbanismo en la Universidad Simón Bolívar, esas que entonces se agrupaban todas bajo la etiqueta de "talleres de urbanismo" y que para aquellas fechas (a diferencia de hoy en día, cuando el término taller se aplica a un número mayor de materias de la carrera, distribuidas a lo largo de varios años del pensum) eran un síntoma de culminación inminente de algo, de cambio de status, eramos los que estábamos en los talleres, el lugar donde se reunian las distintas cadenas temáticas de los estudios y los estudiantes poníamos (o hacíamos el intento) en práctica todo aquello de la visión sistémica con la que se ensalzaba y a la vez se justificaba ante su entorno de "instituto tecnológico" el estudio del urbanismo como carrera de pregrado en la Universidad Simón Bolívar.

Los trabajos  de los talleres de urbanismo eran trabajos en equipo: se hacían en equipo y se presentaban en equipo. Como todas las cosas en la vida, las circunstancias en las cuales nos ocurren las cosas suelen ser la sumatoría de lo que somos y lo que hacemos a lo largo de un período de tiempo. Tambien ocurren otras cosas a nuestro alrededor sobre las cuales no tenemos control, eso que llaman el azar, y que tambien mete su mano para que las cosas ocurran de una manera en particular y no de otra.

Por la suma de muchas circunstancias propias y tambien por otros temas más propios del azar, a diferencia de otras personas, un servidor no tenía un equipo preestablecido cuando llegué a los talleres de urbanismo y terminé en uno, junto a Valerie Pérez Leray  y Mabel Penaloza, dos estudiantes de urbanismo que habían entrado a la universidad antes que yo y, por esa razón, no habíamos visto ninguna materia juntos, previamente, a lo largo de la carrera. Es decir, no nos conocíamos de antes. Adicionalmente, por provenir de cohortes diferentes de la universidad, nuestros horarios y materias en cursos - aparte de los talleres- no solían coincidir. Todo un reto de convivencia, al que se le sumaban los diferentes intereses de cada quien y las distintas circunstancias personales de cada uno de nosotros. No voy a gastar tinta en los detalles, voy a simplifircarlo diciendo que yo era a mis 21, si mal no recuerdo el número, un "carajito de su casa", haciendo equipo de taller con ese par de mujeres hechas y derechas.

Dado que nuestros horarios no coincidían, la única opción de adelantar algo del trabajo de los talleres era por las noches y ahí apareció el primer problema. Cada uno de nosotros vivía distante del otro: Mabel vivía con su mamá en Manzanares, en el extremo sureste de la ciudad; Valerie vivía en casa de unos familiares en Los Pomelos, en la subida de El Cafetal a Los Naranjos, y yo vivía en la casa de mis padres en Los Chorros, al noreste de Caracas. Unir aquellos tres puntos en las noches no era una tarea fácil, aún cuando el tránsito y la inseguridad en la Caracas de veintitantos años atrás eran temas menores en relación a la situación actual. Valerie no tenía carro, Mabel tenía un Renault con más golpes y abolladuras que piezas sanas y yo tenía el viejo Volkswagen blanco modelo 66, quer a pesar de sus achaques mostró ser más confiable que el carro de Mabel. Si la reunión era en mi casa, Mabel pasaba buscando a Valerie y venían juntas a trabajar; si la reunión era casa de Valerie, Mabel y yo nos íbamos en nuestros carros; si la reunión era casa de Mabel, donde no solíamos reunirnos (creo q sólo fuimos 1 o 2 veces), yo buscaba a Valerie y luego la dejaba de vuelta en su casa.

Era aparatoso e incómodo. También era improductivo, porque entre contarse los chismes - las desaventuras de Mabel con su novio de entonces solían ser un tópico fijo- y comerse la torta que, por ejemplo, mi madre invitaba para que "esos pobre muchachos no estuviesen trabajando hasta tarde con el estómago vacío" se consumía buena parte del tiempo disponible y el trabajo no avanzaba. Pero lo que puso en evidencia la insostenibilidad del modelo fue la poca confiabilidad del carro de Mabel: una noche, tarde, cerca de la medianoche, se quedó accidentada luego de dejar a Valerie en su casa y eso disparó los mecanismos para montar un plan B.

Los padres de Mabel, en proceso de separación, tenían una casa en Santa Fe, desocupada en remodelación, esperando por una próxima venta. El plan B consistía en mudarse los tres - Valerie, Mabel y yo- allí mientras terminábamos los talleres de urbanismo. Y eso hicimos, porque sin importar los horarios de cada quien, a la hora de la cena estábamos todos trabajando en nuestras entregas y a la hora de decir basta, tengo ganas de dormir, no había que salir a repartir a nadie, recorriendo media Caracas, sino sólo había que cepillarse los dientes y tirarse en una cama del piso de arriba.

Mis padres pusieron cara de no entender mucho cuando se los expliqué, pero antes de que comentaran algo, ya yo estaba saliendo de la casa de Los Chorros con mi almohada y mi cobija. Esa fue la primera vez que me fui de la casa de mis padres, así, como dice la canción de Serrat, aunque en realidad, la banda sonora de esa casa de Santa Fé no venía de España sino de México: Mabel y Valerie escuchaban día tras día y noche tras noche a Emmanuel, el cantante mexicano tan en boga por aquellos días de finales de los años 80s.





Emmanuel desapareció luego de nuestras vidas hasta que en estos días, luego de muchos años sin venir a Caracas y sin verlo en la televisión ni escucharlo en la radio, estuvo de paso por estas tierras. Quizas por eso sus canciones reaparecieron en las emisoras locales y me tropecé con una de ellas mientras llevaba a mi hija a una fiesta, casualmente cerca de Santa Fe. 

- Papá, ¿qué oyes?, por favor... me dijo Lucía, poniendo un gesto de asco en la cara.

Y entonces le conté que a su mamá le encantaba como cantaba y bailaba ese mexicano 20 años atras y que, además, el tipo le había puesto música a mi último año en la universidad, aunque era completamente incompatible con mis discos de Genesis, Yes y Pink Floyd.

- !Que horrendo!, ustedes tenían problemas... - me dijo.

Y probablemente sea cierto.

jueves, 13 de octubre de 2011

Grupo de Historia Arquitectura y Ciudad

Descubriendo  América

Antes que el descubrimiento de América pasara a considerarse políticamente incorrecto, era considerado, por el contrario, algo obvio, evidente. Tanto así que mis compañeros de clases de primaria en el Colegio Santiago de León de Caracas le lanzaban - a modo de reclamo-  a cualquiera de nosotros que se atreviera a señalar algo que ya el resto de la humanidad conocía perfectamente aquello de “gran vaina, chamo, descubriste América”, que era una forma con hondas raíces históricas y geográficas de decirle a uno pendejo, desubicado e, incluso, ignorante.
Lo anterior viene al caso porque hoy es 12 de octubre y porque -más importante aún que la diatriba entre descubridores, resistentes y resentidos- viene al caso para mencionar cosas que parecen obvias y no lo son en la práctica.
Uno asume como obvio que quien escribe tiene como fin último publicar, divulgar lo que escribe, darlo a conocer, contrastarlo con las opiniones de los demás y preservarlo en el tiempo. Sin embargo, lo que parece obvio no lo es así en la realidad, pues es muy poco lo que se publica y, consecuentemente, menos aún es la creación o el conocimiento que se divulga, se discute y se preserva.
Hoy 12 de octubre damos comienzo al proceso de cerrar un círculo, de afrontar lo obvio, de “descubrir América”. A partir de hoy echamos a andar un proyecto de colectivo editorial que da continuidad al Grupo de Historia, Arquitectura y Ciudad, que sirvió de base para la discusión, la investigación y el desarrollo de actividades de extensión en la Universidad Simón Bolívar en los años finales del siglo pasado y que ahora se ha propuesto publicar obras de los propios miembros del Grupo, así como de otros autores, haciendo uso de las facilidades que hoy ofrece la imprenta digital y el libro electrónico y con un compromiso con la calidad de los contenidos y el diseño de los libros a producir.
Hoy 12 de octubre comenzamos a Descubrir América. Esperen noticias nuestras, estamos planificando nuevos viajes.
Muy pronto estaremos anunciando los primeros títulos a publicar.

jueves, 6 de octubre de 2011

Good Job(s)

Hoy ha muerto Steve Jobs, a una edad en la que muchas personas son absolutamente productivas. Estoy por pensar que hay alguna rara atracción entre el cancer y la luz, el brillo de ciertas personas. 

El trabajo de Steve puede evaluarse de muchas maneras, pero ni siquiera aquellos que siempre discutieron la validez y profundidad de sus propuestas, aquellos que le vieron más como un gurú religioso que como el visionario carismático que yo creo que fue pueden negar que Jobs deja una enorme huella: cambió la forma como trabajamos y como nos entretenemos y esos cambios van a ser evidentes, probablemente, por muchos años, incluso generaciones. Su solo nombre solía significar polémica en torno al mundo de la tecnología de consumo personal, pero hoy pocos pueden discutir el enorme impacto de esta persona en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Yo sólo quiero decir gracias Steve. Gracias en nombre de la Mac 512 en la que escribí el informe de mi pasantía para graduarme de urbanista. Gracias por las Mac Classic por las que nos peleábamos los urbanistas del IERU. Gracias por la Mac II en la cual descubrimos el color. Gracias en nombre de la Mac 165C, la primera portatil que me compré en mi vida, cuando volví de España. Gracias por la Mac 1125 que compramos Patricia y yo, recien casados, y en la cual descubrí el internet. Gracias por la iMac que introdujo a Lucía, mi hija, en el mundo de las computadoras. Gracias por el iPod 20 Mb que compré luego de hacer cola en la tienda Apple del Soho y que me acompañó durante años, haciendo realidad mi sueño de un cassette infinito, que se prolonga hoy en mi iPod Classic. Gracias por la Mac Book que recibió Lucía como regalo por sus 15 años. y que sea muy probablemente su propiedad terrenal más preciada. Gracias por  la MacBook Pro que recibió Patricia el pasado fin de semana, a modo de regalo de navidad anticipado y que le ha devuelto la sonrisa luego de pasar por una HP que le trajo bastantes más problemas que alegrias.






A partir de ahora, cuando comienzan a sucederse las reacciones y homenajes que parecen destinados a una estrella pop más que a un empresario, comenzamos a decirnos "te extrañaremos", aunque en realidad confiamos en que eso no sea cierto. Confiamos en que no estemos hablando de "God Jobs" sino del producto del Good Job, en cuyo caso, podremos esperar muchas otras buenas noticias del equipo de Apple.

En cualquier caso, muchas gracias Steve, nos vemos en el iCloud. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Bruce Davidson

Ayer, mientras buscaba un libro en Amazon, me encontré con que están reeditando dos de los libros más importantes de uno de mis fotógrafos preferidos, Bruce Davidson, uno de fotografías en el metro de NY (Subway) y otro de imagenes de jovenes pandilleros de Brooklyn cinco décadas atras...así que mientras espero que salgan los libros y me arme de valor respecto al precio de las susodichas reediciones (a menos que nuestros amigos de Strand se conduelan de nosotros y se animen con una oferta al respecto), aquí les dejo algunas imágenes de uno de los fotografos legendarios de la agencia Magnum.






Bruce Davidson



jueves, 8 de septiembre de 2011

El 11 de septiembre en Maiquetía

No recuerdo exactamente cómo dormí la noche anterior. Ellos, al parecer, tampoco durmieron esa noche. He leído diversas versiones, ya uno no sabe si basadas en alguna evidencia constatable o en la creatividad del periodista de turno, que hablan de celebraciones, rituales y movimientos de quienes iban a subir con una misión en mente a aquellos aviones del 11 de septiembre del 2001. En aquel momento no pensaba en ellos, cómo adivinar lo que iba a ocurrir; pero ahora que los pienso en estos días de décimo aniversario, pienso que tal vez, desde la noche antes, tal vez desde el momento de hacerse parte de esa historia, ya estaban muertos.

Yo, al igual que todos ellos, me desperté aquel día muy temprano, en la madrugada, porque mi agenda señalaba una visita por motivos laborales a Anaco, una ciudad pequeña del medio-oriente venezolano, a medio camino entre Puerto La Cruz y El Tigre, en medio de las sabanas de Anzoátegui. Tenía prevista a media mañana una reunión en la oficinas de la Gerencia de Desarrollo Urbano de PDVSA  Campo Norte con la finalidad de discutir un contrato de trabajo para el Instituto de Estudios Regionales y Urbanos de la Universidad Simón Bolívar, que era dónde yo trabajaba entonces, y en la Universidad se decidió que entre las dos opciones de que disponía para viajar, (vuelo Maiquetía -Barcelona en avión jet comercial y traslado en carro de aproximadamente una hora 15 minutos entre Barcelona y Anaco con riesgo de no llegar a la hora de la cita versus vuelo directo entre Maiquetía y Anaco en una línea aérea entonces desconocida, sólo con pequeños aviones bimotores y sin servicio de venta remota de boletos) usaría la del vuelo directo hacia la ciudad que creció alrededor de un campamento petrolero, hace unos 60 años aproximadamente.

aproximación al aeropuerto de Anaco

El día anterior recibí instrucciones de llegar al aeropuerto con mayor antelación a la usual, porque al ser RUTACA una línea aérea pequeña, no vendían en aquel entonces los boletos a través de las agencias de viaje que prestaban sus servicios a la Universidad, sino sólo directamente en sus oficinas del aeropuerto. Es decir, sólo tenía una reservación, pero debía, al igual que los otros pasajeros, comprar el boleto en el aeropuerto antes de chequearme para el viaje entre Maiquetía y Anaco. Por esa razón salí de madrugada de mi casa, entonces en el Conjunto Residencial Bello Monte, y llegué aún en medio de la oscuridad al aeropuerto que, tal y como lo dicen las aeromozas, sirve a la ciudad de Caracas.

Las primeras señales no fueron buenas. Sólo dos personas se encargaban de todas las funciones de las oficinas y el mostrador de RUTACA en Maiquetía aquella mañana del 11 de septiembre, que incluían la venta de boletos, la reservación de pasajes, la atención de los teléfonos, el chequeo de pasajeros, el chequeo de equipajes, el cobro de las tasas de aeropuerto, la carga de los equipajes hacia las entrañas del aeropuerto, etc, etc. Evidentemente era una empresa pequeña y con poco personal. El "boarding pass" también daba luces sobre ello, pues era un cartón, si mal no recuerdo entre marrón y beige, con el logo de la empresa y un número, forrado en plástico, que debía devolver el pasajero al subir al avión.

A los pocos minutos descubrimos que quien manejaba el autobús de RUTACA que nos llevaba desde el terminal hasta la escalera del avión era una de las mismas dos personas que se encargaba "de todo" en el mostrador de la empresa, y al pie de la escalerilla descubrimos que el segundo empleado en cuestión (llamémoslo, para simplificar, “cosa 2”) también nos esperaba allí, para repartirnos el refrigerio: un cuartico de jugo y una galleta. En ese momento comencé a imaginármelos a ambos (Cosa 1 y Cosa 2) poniéndose, a toda prisa, el uniforme de piloto, allí, a los pies del avión y delante del pasaje, que sumaba unas 8 personas, más o menos.

El avión merecía una descripción por si mismo: era un viejo Beechcraft bimotor color beige con algunos detalles en marrón, motores sucios por fuera y señales de haber recibido trabajos en su “carrocería”. El aparato  mostraba una decoración interna que ponía en evidencia que la disposición de las sillas no se correspondía necesariamente con el diseño original del avión. Tenía varios tipos de asientos y se veían reparaciones y remiendos por doquier. Los plásticos y paneles hablaban de gustos de diseño de otros tiempos. Así, de primera mirada, transmitía una sensación más cercana a un autobús por puestos que a un flamante vehículo de alta tecnología. Parecía un Ford Maverick de los 70s, eso sí, con alas.

A los pocos minutos comenzó el proceso de despegue, una vez el piloto y el copiloto subieron a acompañarnos -luego de llegar en una pequeña camioneta que manejaba Cosa 2- a los pasajeros que esperábamos en el avión, entre resignados y dormidos. Los dos personajes, piloto y copiloto del pequeño avión, parecían jubilados de alguna línea aérea y sus uniformes seguramente formaban parte de esas etapas pasadas de sus vidas, en la que era probable tuviesen otra contextura física.

A la hora en que los terroristas del 9/11 estaban ya en los aeropuertos escogidos para comenzar a implementar su plan, el pequeño bimotor de RUTACA inició su correr por la pista de Maiquetía, mientras el cielo empezaba a aclarar al fondo de la pista, sobre el mar Caribe. Yo iba sentado junto al ala izquierda, justo al lado de uno de los dos motores, y en el momento en que el avión comenzó a acelerar sobre la pista percibí algunos ruidos que hicieron poner mi atención en el motor a mi lado. En el instante en que el avión comenzaba a despegar del piso y hacía su máximo esfuerzo los ruidos fueron a más y se hicieron acompañar, primero, por chispas, y luego, por una llamarada. Aún a tiempo de abortar el despegue, el avión rebotó varias veces sobre la pista y regresamos, todos en silencio, al lugar a donde nos había llevado el autobús de RUTACA.

Una vez detenido el avión, al piloto no se le ocurrió una frase más feliz que dar gracias a dios, no sin antes aclarar “que no nos tocaba ese día”. Los terroristas del 9 / 11hicieron una invocación similar. Nadie vino por nosotros en un buen rato y, luego de varias llamadas desde el teléfono celular del piloto, finalmente apareció Cosa 1 manejando el autobús y, como no podía ser de otra forma,  Cosa 2 apareció manejando una pequeña camioneta con la etiqueta “servicio técnico” en su costado.
La línea aérea ofreció viajar al día siguiente “porque para mañana el avión ya debe estar reparado” a lo cual, un servidor se negó rotundamente, prometiéndose no viajar nunca más con semejante equipo. Avisé a PDVSA el inconveniente (asunto que ya era de su conocimiento, porque a los pasajeros que esperaban el avión en Anaco les avisaron que debido a una falla técnica, no había vuelo ese día) y compré un boleto a Barcelona en otra línea aérea con la esperanza de salvar la reunión con alguna demora.

Mientras volaba a la capital de Anzoátegui se estrelló el primero de los aviones contra el WTC, pero entre tanto apuro, no supe nada al respecto hasta que, ya terminando la reunión en Anaco, alguien comentó lo que pasaba en Nueva York, eso sí, atribuyéndolo a un accidente. Sólo tomé conciencia de lo que pasaba viendo las pantallas del aeropuerto de Barcelona, mientras esperaba mi vuelo de vuelta a Caracas.

Ahora que lo pienso, si los terroristas hubiesen escogido, por casualidad, como quien no quiere la cosa, por un azar del destino, un avión de RUTACA para llevar a cabo sus planes, probablemente en estos días no estaríamos hablando de un evento que cambió la historia. O tal vez, quien sabe, si Cosa 1 y Cosa 2 no eran acaso agentes encubiertos de la CIA y los 8 malagradecidos que subimos esa mañana del 11 de septiembre a ese bimotor beige, seguimos adelante nuestras vidas sin hacerles justicia. Mi papá siempre me lo ha dicho, de malagradecidos está lleno el mundo.

martes, 30 de agosto de 2011

El Concierto de la Policía Secreta

El actor John Cleese  -uno de los Monthy Phyton, la misma banda de Brazil y Los Viajeros del Tiempo, entre tantas otras películas y obras de teatro- comenzó a organizar en Londres, allá por los años 70s, unas veladas humorísticas para recaudar fondos para Amnistía Internacional y la lucha a favor de los derechos humanos. A comienzos de los años ochenta, concretamente en octubre de 1981, uno de esos eventos tuvo otro perfil, fue un concierto en el Royal Theatre con la participación de Sting, Phill Collins, Eric Clapton, Jeff Beck, Bob Geldorf, Donovan, entre otros músicos.

John Cleese había bautizado sus eventos como "the secret policeman ball" y a ese concierto profondos de 1981 se le puso por nombre "the secret policemans concert" y del cual se sacaría en 1982 un disco bajo el sello Island Records, el mismo que había ayudado a popularizar la música jamaiquina en el Reino Unido; así como un video del concierto en formato VHS. A comienzos de los años 90s se reeditaría el disco del concierto en formato CD y más adelante el video en formato DVD, aunque, curiosamente, el cd no volvió a reeditarse posteriormente, convirtiéndolo en un objeto de interés en los mercados de discos usados.


La versión inglesa del disco tenía la carátula entre azul y morado y el título en letras blancas; la versión norteamericana tenía la carátula con la misma diagramación (salvo la foto de Geldorf) pero con fondo en negro y las letras en dorado. En Venezuela se reprodujo en 1982-1983 la versión inglesa, editada en estas tierras por Sonorodven-Ariola, que todavía conservo. Recuerdo haber comprado mi copia, por 38 bolívares de los de antes (0,038 Bsf, para los que sacan cuentas) de lo que da fe la etiqueta del precio que aún tiene pegada en el envoltorio de papel celofan, en Allums-Maracaibo Import, esa discotienda que aún sobrevive en medio de la masiva desaparición de tiendas de discos en Caracas y que para aquel entonces, comienzos de los años 80s, mostraba orgullosa equipos Nakamichi, discos de música clásica y rock en sus vitrinas de la entrada sur del Centro Plaza, en Los Palos Grandes, ahí, a la vuelta de la esquina del Santiago de León de Caracas.



Como no me gustaba pedir dinero en casa, comprarme un disco como ese, por 38 bolívares de entonces, implicaba irme caminando desde el colegio a mi casa durante dos semanas (para ahorarme el dinero que me daban para el transporte) y evitarme algún almuerzo o algunos desayunos. Pero recuerdo, a cambio de ese pequeño sacrificio, haberlo escuchado hasta el cansancio en el viejo pickup Motorola o en equipo de sonido que mis padres tenían en la biblioteca de la casa de Los Chorros. 



El disco tiene versiones acústicas de gran calidad, como las de Sting de sus éxitos con The Police, Roxanne y Message in a Bottle, que eran entonces parte muy importante de la banda sonora de mi vida,  y la de Phill Collins de dos canciones de su primer disco como solista. Al final del disco, en otra canción cantada por Sting - en este caso una compuesta por Bob Dylan, Shall Be Released- el resto de la banda de "la policía secreta" hace los coros.



Si tuviese que montar la banda sonora de esos años finales de la escuela, antes de entrar a la universidad, seguro las canciones de este disco ocuparían un espacio muy importante. Más importante que la gaveta donde guardo el disco, que sigue esperando que me compre un tocadiscos con salida USB para volver a escucharlo, como tengo tantos años que no lo hago. 


viernes, 19 de agosto de 2011

Agosto

Estamos a la mitad del mes de agosto.

Agosto suele ser asociado, por aquello de las vacaciones escolares, como una mes para el disfrute, para el ocio. Agosto y vacaciones son sinónimo, al menos por estos confines del mundo. Tal vez tenga que ver con las tradiciones que nos vienen de España, en donde agosto y verano son la misma cosa, incluso con una intensidad mayor que la nuestra, con un entender verano y vacaciones como la misma cosa, muy a pesar de los rodriguez. Aquí los agostos son las vacaciones escolares y, por extensión, muchos padres se suman a ellas, al menos durante una parte de ese período; pero en España esto del verano tiene una connotación casi religiosa, y digo esto sin ninguna consideración a la visita papal que ha generado no pocas polémicas por estas fechas en la madre patria.

En mi caso particular, agosto no suele ser un mes de vacaciones. Mis hijos tienen vacaciones y tratamos de organizar algunas cosas, alguna vez nos hemos tomado una semana para ir a la playa, pero normalmente las vacaciones familiares ocurren en otra época del año, principalmente en diciembre o enero. Pero no siempre fue así.

Cuando era niño, es decir, en edad escolar, por supuesto que tenía vacaciones desde julio hasta septiembre, pero a esa circuntancia inherente al calendario escolar venezolano debo sumar la particular circunstancia de que por ser mis padres -ambos dos- educadores, sus periodos vacacionales y los de mi escuela eran practicamente iguales, es decir, en casa saliamos todos de vacaciones más o menos en las mismas fechas y por más o menos el mismo período.

Las vacaciones de mi infancia tenían un factor común: la isla de margarita. Por eso para mi el mes de agosto hace siempre referencia a ese lugar de la geografía venezolana.

Apenas terminaban las clases y los exámenes salíamos todos de casa hacia Margarita. Los preparativos comenzaban dias antes de la partida, con una acumulación de cosas de todo tipo y naturaleza, que incluia cosas para consumir en Margarita (porque allá eran más caras o no se conseguían facilmente), cosas para la casa de vacaciones en Margarita, encargos para llevar a familiares o amigos en Margarita y cosas que iban a Margarita porque no sabiamos que hacer con ellas en la casa de Caracas y alguien decidia que era mejor guardarlas por allá, en donde el espacio no era un problema, antes de botarlas o regalarlas.

Los carros de mi padre siempre fueron carros americanos muy grandes, pero siempre el espacio parecia insufiente para tanta maleta, tanto bolso de mano, tanta caja de cartón, tanto trasto de todo tipo. En algunos años nos acompañaban tambien los perros de la casa, por lo que el Chevrolet Caprice Classic de mi padre solia partir de nuestra casa en Los Chorros rumbo a la carretera de oriente con el matetero meticulosamente lleno y el espacio de los pasajeros compartido por los 4 miembros de la familia, sus perros, bolsos, almohadas, comida para el camino y un montón de otras cosas que iban llenando el espacio siempre insuficiente.

El camino incluia dos grandes etapas, la carretera y el ferry. La carretera que en aquella época solía hacerse entre 5 y 6 horas entre Caracas y Puerto La Cruz; y el ferry que podía tomar 4 o 5 horas más el tiempo de espera en el muelle, que solían ser horas. Era el viaje de todo un día.

La carretera entre Caracas y Puerto la Cruz nos mostraba diferentes paisajes: al principio no existía la autopista hacia Guarenas y el trayecto, nada más salir de Caracas, se hacía por una vieja carretera, siempre congestinada, de la que recuerdo siempre la imagen a la entrada de la urbanización Miranda, ahora integrada dentro de la ciudad. El tramo que lleva hasta Barlovento, hasta la zona de la población de El Guapo, solía tener un tránsito más fluido y su paisaje siempre verde estaba acompañado de ventas de comidas preparadas y frutas a la orilla del camino y paraderos un poco más formales, normalmente asociados a las estaciones de gasolina, en las que se mezclaba la venta de cavas de anime, flotadores, papel sanitario con arepas de mal aspecto, cervezas, rockolas y máquinas de pinball. Para los que ibamos en el carro era la zona para parar a comprar cachapas de maiz o frutas. El segundo tramo en la carretera, más hacia el oriente, ya apuntando hacia Anzoátegui, eran tierras más secas, más ocres, más calurosas y que nos llevaban hasta la entrada de Barcelona, a veces con la angustia de llegar a tiempo al terminal de ferrys, de acuerdo a los horarios de los tickets guardados en la guantera de Caprice.

El tramo final de viaje eran siempre los ferrys que olian a gasoil y a mar, y en los que la brisa barria sus cubiertas, que era el lugar a donde solíamos irnos mi hermano y yo durante casi todo el trayecto, mientras nuestros padres solían dormirse adentro, al cobijo del aire acondicionado.

La estancia en Margarita, a veces por un mes, a veces por mes y medio, eran tiempos tranquilos, sosegados, de playas poco concurridas y paseos en bicicleta, de compras a precios irrepetibles y de visitas familiares, en una isla que tiene poco que ver con lo que es Margarita hoy en día. Era una isla de pueblos que recien despertaban a la zona franca, a los comercios libres de impuestos de cosas importadas, a las mareas de turistas venidos desde Caracas.

La vuelta a Caracas de toda la familia, calcinada luego de tantos días de exposición solar indiscriminada, suponía un proceso de rellenado del carro bastante similar al del viaje previo: los objetos que se quedaban en Margarita eran sustituidos por las compras de la zona franca y luego del puerto libre y, de nuevo, el espacio en el Caprice Classic solía ser insuficiente y requería de largas horas de meter y sacar cosas, hasta encontrar el acomodo a tanto trasto.

Eran los tiempos de las vajillas de melamina a 100 Bs. (de los de antes, no de estos que presumen de una fortaleza que nunca han tenido); de los televisores chinos en blanco y negro de 13 pulgadas; de los radio grabadores de cassete Sanyo o Sony; de las sábanas de pavoreal, de la mantequilla Brum, de las cajas de fósforos de madera; de las botellas de vino lambrusco a 2 bs; de los maletines Sansonite de plástico duro y aluminio; de las botellas de whiskey escoces a 10 bs; de las toallas Cannon; de los zapatos Kickers hechos en Francia; de los chocolates americanos, suizos e ingleses que llegaban a caracas totalmente derretidos; de los pantalones wrangler de pana; de los jabones de lechuga hechos en Inglaterra; del queso Frygo de panela envuelto en una caja de cartón; de las botellas de Duque de Alba metidas en su cajita; de los sartenes de teflón de Bencamar; de los zapatos Converse all star de 90 bs; de la camisas Lightning Bolt; de las barajas de Heraclio Fournier, los cartuchos para jugar en el Atari, de tantas otras cosas de las que solía llenarse el carro junto con latas de suspiros que nos hacía mi abuela, de frascos de delicada de guayaba, de paquetes de huevas de lisa salada, de ruedas de sierra congelada. Realmente, viéndolo así en la distancia, tiene su mérito acomodar todo ese universo en un carro y traerlo de vuelta por la carretera de oriente, a veces haciendo colas por horas, hasta llegar siempre en la noche a la casa de Los Chorros, siempre con ropa y zapatos nuevos, siempre con ganas de ver de nuevo a los amigos.

Estamos a la mitad del mes de agosto, hace años que tomo vacaciones -aunque este último año no las tomé- a finales de año. Hace años que suelo salir a buscar el frío a otros lares, pero durante muchos años, agosto era un mes de vacaciones escolares, un mes que era sinónimo de carretera, ferry, pueblo y playa.