martes, 28 de agosto de 2012

El hombre en la luna

Cuando en julio de 1969 seiscientos millones de personas vieron por televisión la llegada del hombre a la luna yo tenía solo dos años y no recuerdo ninguna imagen específica de Neil Amstrong haciendo su pequeño paso personal - su gran paso para la humanidad, aunque tengo algún recuerdo borroso de un alboroto en el apartamento donde vivían mis padres entonces - en el edificio Issa, entre las esquinas de Santa Bárbara a Conónigos, en el centro de Caracas-  que incluye la expectativa familiar ante la pantalla en blanco y negro de un gigantesco y pesado aparato con acabados de madera, patas de acero cromado y tope de granito negro marca Siera, en el que años despues veía los capítulos de la Señorita Cometa, Ultraman, El Zorro, Perdidos en el Espacio y Meteoro, aparato fiel que nos acompañó sin daño alguno hasta que a comienzos de los años 80s llegó la televisión a color a Venezuela y desapareció de nuestras vidas ante la superioridad inevitable de un aparato Toshiba que encendía de inmediato y nos mostraba el mundo en todos sus colores.

 
 
Pero aunque no recuerde específicamente el mayor hito de la aventura espacial, no pude evitar en los años siguientes caer víctima de la fiebre por los viajes y los cohetes. Tanto como quise ser el piloto de autos de carreras que emulaba a Meteoro, el del Mach 5; tanto como quise ser un pelotero de los Leones del Caracas, a los que veía junto a mi padre desde la tribuna del stadium universitario; tanto como quise ser un científico, que mezclaba a escondidas en el baño los productos de limpieza de la casa de mis padres buscando descubrir una nueva fórmula secreta; tanto así quise ser un astronauta, el hombre en la luna. Recuerdo haberme hecho alguna vez una nave con una caja de cartón, recuerdo algún casco de cartón forrado - para molestia de mi madre- con el preciado papel de aluminio de la cocina de mi casa.

 
 
Recuerdo que -sin que tenga una explicación para ello- mis aventuras espaciales eran todas abanderadas por la NASA, la agencia aeroespacial norteamericana, a pesar de que en la biblioteca de mi padre era más facil tropezarse con alguna revista rusa, en la cual se destacaban los vuelos de los vostok y los soyuz, que con alguna información del país del norte de América. Ni siquiera el hecho de que la fecha del vuelo de Yuri Gagarin coincidiera con la de mi cumpleaños me hizo imaginarme a bordo de una nave espacial soviética, para desconsuelo de mi padre, que poco más de dos meses despues que Amstrong pisara la luna bautizó a mi único hermano con el nombre de Vladimir.



Durante años, al pasar en el carro de mi padre por la autopista del este, en las cercanías de El Rosal, observaba con fascinación un par de antenas olvidadas, de las que usó Radio Caracas Televisión para retransmitir en Venezuela el alunizaje de la tripulación del Apolo XI, allá por 1969. 



A finales de los 70s leí -cortesía de la biblioteca del Santiago de León de Caracas- los libros de historietas de Tin Tin en los que viajaba a la luna acompañado del capitan y de su perro Milú e incluso se encontaba con Amstrong. Años despues, ya en los 80s, vi la película de Melies un domingo en la mañana, en las funciones infantiles de la Cinemateca Nacional. Tambien por esos años vi, en las funciones nocturnas de la Cinemateca, La Luna de Antonioni. Hace pocos días vi el nuevo y edulcorado corto de Pixar en el que un par de marineros ¿italianos? barre de estrellas la superficie de la luna. Todo ello parte de mi educación sentimental.



Pasados los años y a falta de cohetes, no he dejado de ir a la luna. Hay días en los que es inevitable sentirse fuera de este mundo, ver las cosas a lo lejos, distantes, escuchar solo los ecos de voces lejanas. Hay días en los que, cuando Houston -o Caracas, o Barcelona o Nueva York o México- llama, uno tiene la cabeza en otro sitio, uno está dando un pequeño paso para la humanidad, un gran paso para las historias personales.

En estos días de agosto se ha muerto Neil Amstrong a los 82 años. El hombre que fue a la luna no pudo vencer al corazón. Y yo me he puesto a pensar en una calcomanía suya que tuve pegada durante mucho tiempo -junto a una de Buzz Aldrin- en la carátula de uno de mis cuadernos de primaria. Y yo me he puesto a pensar en unas monedas plateadas que regalaban en las bombas Shell y que atesoré durante mucho tiempo, en las que cada una conmemoraba uno de los viajes espaciales que tanta ilusión nos hicieron a los que fuimos niños entonces. 



Y entonces, como si estuviese en un satélite orbitando la tierra, incapaz de ver refinerías que explotan, carreteras que se hunden bajo las aguas, puentes que se desploman, hospitales que no funcionan, no he podido evitar sonreir.  

 
 
 
 
 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Entorno (primera parte)

Selección de fotografías hechas durante el taller dictado la semana pasada por Ricardo Armas, cuyo tema era el entorno y el formato vertical.

Si hablamos de entorno, esto es lo que a mi me rodea.

La verdad me había planteado como proyecto de esas 5 sesiones nocturnas de taller con Ricardo otro tema, pero por distintas circunstancias (compromisos de trabajo, dias lluviosos, etc etc), terminé escogiendo un tema dentro de mi propia casa, para ser realizado a la primera hora de la mañana. Por esa razón titulé esta serie de 16 fotografías (ese fue el número asignado en el taller) como Plan B, aunque ahora que lo pienso, y tomando en cuenta el asunto del formato de las fotografías, bien pudiese llamarse Plan V.

Durante las próximas dos semanas, y como colofón del taller, cada uno de los participantes deberá montar la maqueta de un libro, que incluya 16 fotografías tomadas durante el taller y deberá incluir, además, un texto que acompañe las imagenes. Aún tengo esa tarea por delante.

Como adelanto, aqui van las 16 imagenes de mi entorno, en formato vertical. El orden no es necesariamente el que quedará en el trabajo final, pero, en cualquier caso, estas son las 16 imagenes.





 






























jueves, 2 de agosto de 2012

16

Para estas fechas de agosto, como parte de un taller que dictará Ricardo Armas en Caracas y que ocupara 5 de mis noches, me han puesto como tarea escoger 16 fotografías que expliquen mi trabajo a los otros participantes del taller.

El intento inicial de selección, sentado frente a una computadora que en la carpeta"mis imagenes" sumaba más de 15000 archivos, fue un poco aterrorizante. Básandome en la estrategia aquella de "divide y venceras", acoté el campo de acción a los archivos con fecha menor a un año, es decir, a las fotografías realizadas entre septiembre del 2011 a estas fechas. Y aun asi, la primera selección tuvo 64 imagenes, que luego de una segunda vuelta se consolidaron en 26. Esta madrugada le le dado otra media vuelta a la tuerca, y ya llegamos a 18. De aquí al próximo lunes en la noche, dos de estas fotografías saldran del grupo finalista y, además, tendré que encontrarles un orden que de pie a un discurso, porque en este caso, estas "señoritas" deberán defenderse por si solas. Cual concurso veraniego de belleza, aquí, con ustedes, las 18 semifinalistas....
























jueves, 12 de julio de 2012

El poder de las palabras

Eran los últimos días del año escolar 1993-1994, el último luego de más de una década en los salones del Santiago de León de Caracas. Específicamente, ese jueves 12 de Julio de 1984 era el penúltimo día, ya no de clases, sino de exámenes finales, los últimos exámenes finales antes de la universidad.

La salida del colegio no era un buen momento para hablar, contrariamente a lo que podría pensarse, porque afuera, a 20 metros de la entrada del colegio, bajo una mata de mamones que -doy fé, la he visto hace muy pocos días- aún hoy, 28 años después, existe, rodeada de una jardinera de piedras grises, esperaba siempre desde antes de la hora de salida, Alfredo Julio Armas Alfonzo, zapatos negros, pantalón gris de gabardina, chaqueta sport de color claro, y no quedaba espacio para quien cuenta estas letras pudiese intentar ninguna historia. Pero como el año escolar llegaba a su fin, como el tiempo se agotaba, pregunté, pregunté por escrito, para que nadie sino ella, a quien aún le quedaban por delante dos años de colegio, pudiese escucharme.

La vi irse junto a Alfredo Julio por la acera junto a las palmeras que hacían límites al edificio de "La Mobil", que era como los estudiantes del Santiago llamábamos al edificio verde que diseñó Don Hacht a la entrada de la urbanización La Floresta, y recibí por respuesta, al téléfono, justo despues del almuerzo de ese mismo día, una frase que aún recuerdo claramente, palabra por palabra: "lo que sientes tiene su reciprocidad".

Es increible que una frase como esa, que parecía más propia de un telegrama (aunque a un servidor le sonó entonces como un concierto de Vivaldi), nos hubiese traido hasta aqui, hasta hoy, 28 años despues.

Y es que despues de 3 hijos, Lucía, Diego y Teresa; un perro, Ella, una salchicha tan diva como la que canta y de su mismo color; un pez - Filiberto que estás en los cielos- , 120 bromelias y 20 orquideas, 3 apartamentos donde hemos vivido, más el de Brooklyn que mientras se paga espera como una promesa; un cuadro de Edgar Sánchez que pagamos por partes, uno de Soto que sobrevivió a las cuchillas niuyorquinas, una escultura de bronce y un cuadro que cambiamos por dos carros, dos de Cruz-Diez, dos de Petroszky y uno de Quintana Castillo, una mesa de comedor y seis sillas iguales a las que Gio Ponti tenía en su casa, dos seibós que vinieron de Dinamarca y dos sillas de Grete Jalk, despues del sofá que nos regaló mi mamá con el dinero de su jubilación, despues de 5 carros, despues de una lámpara de comedor que viajó desde Manhattan a pesar de los reclamos de la línea aérea, despues de las dos cocinas que compré en Ikea y armé en Caracas, despues de los 1100 discos y los libros, despues de 2 juegos de cuarto, 7 televisores, 9 computadoras, despues de una virgen de madera ecuatoriana, otra mexicana y tres niños policromados peruanos, despues de un cuarto lleno de juguetes antiguos, despues de 80 plumas fuente, dos vajillas y un juego de ollas, despues de un juego de 80 copas francesas que compré a un negocio en quiebra cerca de la avenida Urdaneta y cargué yo solo hasta el taxi como si el mundo fuese a acabarse si no teníamos copas para un vermú que nunca nos hemos tomado, despues de dos restaurantes japoneses en Brooklyn y uno de perrocalientes en el sur de Manhattan, despues de una cena en un hotel de San Sebastian un 31 en la noche, despues de un paseo en barco por el Sena, despues de un viaje de 10 horas para encontrar que en Ibi, Alicante, ya no fabrican más juguetes en la vieja fábrica de los Hermanos Payá, despues de un viaje entre Washington y Penn Station bajo la nieve de fin de año, despues de una silla roja de los esposos Eames, despues de 7 cámaras digitales, despues del cuadro de Starsky Brines que la la bienvenida a quien nos visita, despues del aviso de Abbey Road en la escalera, de la mesita de Saarinen junto a la silla de leer el periódico, del chinchorro de moriche en el balcón, despues de ver la exposición aniversario de Frida en Bellas Artes y la remodelación del último piso de Orsay, despues de sentarse a no decir nada en el museo Noguchi como antesala, y como contraste, a sentarse en Peter Luger como si el mundo no tiene mañana, despues de acostarse junto al mar de Pedro Gonzalez sin gente alrededor, despues de ver Brazil en el desierto Cine La Previsora una tarde de día de semana, despues de las albóndigas de Ikea en Elizabeth NJ, un atardecer echados en la grama del viejo San Juan y un desayuno en el Sanborn del DF, despues del cine a 4 bolívares en la vieja Cinemateca Nacional y las malteadas de Crema Paraiso  ¿habrá quien dude del poder infinito de esas 6 palabras?


lunes, 9 de julio de 2012

SELF / Lee Friedlander

Pensando en el autoretrato, me he paseado de nuevo por el trabajo de Lee Friedlander, uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX y en activo. Y uno de los fotógrafos contemporaneos con los que más se identifica un servidor.

















miércoles, 4 de julio de 2012

De música ligera

Seguramente porque la carne es débil o porque, como cantaba Cerati, de aquel amor de música ligera nada nos libra, en mi primera visita a Río no pude escapar de los lugares comunes.

Río está en el imaginario de mucha gente que no le ha visitado nunca, como un servidor hasta hace pocos días, pero ha estrechado, por ejemplo en mi caso, la mano de Roberto Burle Marx, o ha manoseado hasta la saciedad las fotos del antiguo edificio del Ministerio de Educación que es la inspiración evidente del Centro Simón Bolívar de Caracas y tantos otros edificios, o ha escuchado, hasta el cansancio que nunca llega, los discos de Tom Jobim, de Joao y Astrud Gilberto (incluyendo el LP de la  primera versión de "Getz/Gilberto" que compré de segunda mano en un mercado callejero de domingo en la mañana en los primeros años 80s), de Milton Banana y de tantos otros cultores de la Bossa Nova.



Por todo lo anterior, apenas tuve algun rato libre de las razones de trabajo por las cuales fui a Río, corrí a pararme bajo el antiguo Ministerio de Educación, a pegar la espalda contra sus columnas esperando que el edificio nos cuente algo de su rica historia. Por todo lo anterior me subí al metro una noche, desestimando los consejos sobre la seguridad en las calles de esa ciudad bajo el argumento de que no podía ser peor que la mía, y me bajé, entre oficinistas cansados y amas de casa agotadas, más parecidos a los personajes de Brazil, la película de Terry Gilliam, que al estereotipo del carioca divertido e incansable, en la última estación de la línea de trenes que van a Ipanema buscanto como quien va a la meca el bar de esquina en el que Vinicius de Morais y Tom Jobim se buceaban hace ya 50 años a la adolescente Helo Pinheiro y, en compensación, le dedicaban aquellos versos a la "menina camino del mar".

Helo Pinheiro


Estuve ahi, en la acera de enfrente, por donde no pasaba nadie. No me indujo el bar Veloso, hoy rebautizado oportunísticamente, y cómo no de otra manera, "Garota de Ipanema", a pasar y pedir una cerveza de sifón. Estaba más vacío que lleno, sobraban sillas en la barra, pero nada me indujo a pasar. Pero estuve ahí e hice la foto y caminando de vuelta al metro, entre mujeres en sandalia de plástico que pasean al perro en la noche carioca y oficinistas cansados que arrastran los pies, puse una cruz en el checklist de los lugares comunes de los que uno está hecho.

Vinicius y Tom
Hace 50 años, que este año que corre rápidamente se están cumpliendo, Vinicius de Morais y Antonio Carlos "Tom" Jobim se sentaron en el bar, y entre cervezas y cigarros, escribieron unos de los clásicos universales, la segunda canción más interpretada de la historia, luego del Yesterday del tambien recientemente cumpleñero McCartney. Yo ya puedo contar a cuantos pasos de la playa de Ipanema se celebraba ese evento, ya puedo decir a que huele ese mar que golpea en noche de miércoles y luna contra la arena solitaria.