lunes, 30 de marzo de 2015

Pez fuera del agua

En Lima nadie habla de béisbol, eso no existe en estos lados del mundo. 

Alguien me comentó tiempo atrás que había algún campo para practicarlo por allí, pero no me dijo en cuál distrito, nunca lo he visto, ni he visto una nota en prensa, ni un comentario en televisión donde se mencione, incluso como una curiosidad lejana, ese extraño deporte donde unos tipos equipados con palos de madera se enfrentan a otros, armados con guantes de cuero y pelotas blancas con costuras.


Aquí en Lima se habla y mucho de fútbol, fútbol local y fútbol de algunos otros países, sobretodo países en los que juega algún peruano. También se habla algo de voleibol, algo de automovilismo, poco la verdad, algo de boxeo y algo de surf, la tabla, como se le llama por acá al deporte de pasear sobre las olas. Pero de béisbol nada, ni siquiera como una cosa extraña, una curiosidad de tierras distantes. De béisbol en Perú no hablan ni los japoneses, una colonia importante aquí, y que, por ejemplo, en Brasil, son el núcleo duro de la práctica de este deporte en un país muy futbolero. Aquí no hay béisbol, cosa rara para mi, porque de donde vengo, el béisbol no es un deporte, es una religión. Allí, en ese país donde nací, e incluso, en esas ruinas que quedan hoy de lo que fue aquello, el béisbol es de las pocas cosas que es capaz de aglutinar a un país, de sentar juntos a unos y a otros.



En estas fechas en las que están por comenzar los juegos de una nueva temporada de las Grandes Ligas y uno no ve en la prensa local ni una pequeña seña de ese mundo paralelo, no puede uno evitar sentirse lejos, huérfano de un mundo que le acompaña desde la infancia.

En Venezuela si el béisbol es una religión, los equipos son sus iglesias, y los jugadores los santos de tanto fervor. Los niños, esos que crecen escuchando a los padres hablar del equipo preferido y admirando las gestas heroicas de sus ídolos, pronto toman partido, asumiéndose parciales de alguna divisa regional o de esas que tienen la particularidad de tener fanáticos en varias zonas del país, como los Leones o los Navegantes.



Yo crecí escuchando a mi papá hablar de los Leones del Caracas y, por tanto, desde que tengo memoria no he tenido otro equipo preferido, salvo en aquel año en que, en medio de un ambiente muy confuso para el niño que yo era (tendría 7-8 años creo yo), los Leones se convirtieron en Tibuleones y se fueron a jugar a los llanos de Venezuela, dejando a la capital sin equipo de pelota. Y cuando, siendo un niño de pantalones cortos, iba con mi padre al stadium de béisbol de la Ciudad Universitaria de Caracas, participaba del ritual de los sobrecitos de colores que vendían antes de comenzar el partido, suerte de apuesta por ver si el nombre dentro del sobre coincidía con el primer jugador en dar un hit, en cuyo caso podía uno reclamar un premio, premio que a mi nunca me tocó. Participar de la fiesta de esconderse para que no le mojara a uno la cerveza que solían lanzar al aire al momento de ocurrir un evento importante en el juego. Crecí viendo de lejos los pinchos de carne, solo porque mi padre dijo siempre que esas cosas, muchas veces de raros, colores rojos y naranjas, las hacían con carne de perro o de gato. Crecí tomando refrescos y perros calientes en el lado izquierdo de la vieja tribuna con asientos de madera, con baños con olor rancio, escuchando en la parte de arriba de la tribuna a los narradores que escuchaba desde casa a través de la radio, Carlos Tovar Bracho y Delio Amado León.

Yo escuché por la radio debutar a Willibaldo Quintana, que en alguno de los turnos de su primer juego soltó un doblete, que lamentablemente no ayudo a que mi equipo ganara el juego. Yo escuché por la radio dar jonrones a Antonio Armas y escuché por la radio a un importado de apellido Miller robarse muchas bases. 



El equipo de mi infancia es una mezcla de años y temporadas. Si reviso las estadísticas probablemente solo jugaron todos juntos un año o dos, o nunca, pero así es la memoria, uno mezcla los hechos con los afectos y arma un equipo con el foco en las cosas más cercanas, en los recuerdos más próximos. El Caracas de mi niñez tenía a el Gato Galarraga en la primera,a Jesús Marcano Trillo en la segunda base, tenía todavía a Cesar Tovar y a Vitico Davalillo en los jardines, tenía a Antonio Armas en el center field, tenía a Baudilio Díaz en la receptoría, tenía a Diego Seguí sobre la lomita y a un relevista gordo, de apellido Marcano, que tomaba cervezas con mi papá en Juan Griego.  Yo, que supe de las hazañas de Ubaldo Heredia, de Gonzalo Marquez, de Luis Peñalver, vii comenzar a jugar vi comenzar a jugar a Bob Abreu, yo recuerdo el No Hit No Run de Urbano Lugo. Yo vi comenzar a jugar a Omar Vizquel, tal vez el último jugador de los Leones con el que he sentido esa identificación que sentía de niño.



Yo tengo todavía en la casa de Caracas barajitas de cartón con los los nombres de Cesar Tovar y Antonio Armas, yo tuve en mi cuarto de la casa de Los Chorros afiches pintados por mi en láminas de papel bond en los cuales los leones siempre vencían a los otros equipos. 



En estos días de primavera del norte comenzarán los juegos de las Grandes Ligas y la total ausencia de noticias locales sobre ese mundo paralelo no hace otra cosa que recordarme que vengo de un mundo distinto, que todavía soy un pez fuera del agua.

jueves, 15 de enero de 2015

Ricardo Armas Fotógrafo

Ricardo Armas es, además de fotógrafo, mi cuñado y mi amigo, y cuando, hace un rato, Linkedin me preguntó si quería hacerle una recomendación, se me ocurrió que a esta hora, cuando ya los pasillos de la oficina está vacíos y se ha hecho oscuro en Lima, era mejor recomendarlo por aqui. 

Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.

Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué. 

En fin, esto es lo que hay.









































sábado, 3 de enero de 2015

Regreso sin gloria (como en una vieja película de Jane Fonda y John Voight, pero con luz)

Vuelo a Caracas con mi familia la penúltima semana del año, justo a tiempo para la navidad. Hay expectativas buenas y malas, pero el ambiente familiar es de alegría, es una sensación colectiva de regreso a hogar, a lo propio, al espacio de lo conocido y al ámbito de lo querido.

En Lima recibimos noticias de Caracas, muchas noticias, continuamente, de diferentes fuentes, por diferentes medios, prácticamente a diario, en el momento, pero nunca es lo mismo ver las cosas con tus propios ojos. 

La llegada

El aeropuerto de Maiquetía la tarde del 23 de diciembre tiene varias caras: la pista muestra desolación, pocos aviones ocupan los espacios de la terminal internacional; pero nosotros solo hablamos de la luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? Hay tiempo de sobra para verlo, el puente que comunica al avión con el edificio se daña en su intento de conexión con el aparato de Avianca y nos toca esperar unos 20 minutos adicionales dentro del avión. Cosas que pueden pasar en cualquier aeropuerto del mundo, pero que a nosotros nos hacen pensar de inmediato en la falta de mantenimiento. Inmigración muestra pocas colas, hay muchas taquillas funcionando simultáneamente. Nos hacen preguntas específicas sobre nuestra dirección en Caracas. Pocos gestos simpáticos, muy poca actitud "chévere", sonrisa forzada. Arriba, colgado del techo (que se ha puesto amarillo con el paso del tiempo) en un aviso de vinyl el "comandante eterno" rodeado de niños pide que "sigamos juntos". 

El salón de recogida de equipajes luce, a diferencia del resto de aeropuerto, abarrotado. Hay una explicación, como para casi todo en la vida. Varias correas de las que suben las maletas desde el borde de la pista hasta esta sala y luego las hacen girar bajo la mirada expectante de la gente están dañadas y, aunque los vuelos son pocos, los viajeros se acumulan a la espera de recibir sus cosas. También varias de las pantallas de información que cuelgan sobre las correas de equipajes están dañadas o muestran información errática, que nada tiene que ver con lo que ocurre a sus pies. Cuesta saber por dónde saldrán nuestras maletas, las cuales tardan un buen rato en aparecer.

Desde una pared, sobre un fondo blanco y verde, Cristiano Ronaldo nos invita a ser clientes del Banco Espíritu Santo, toda una metáfora del país. Este banco portugués ha sido intervenido en su país meses atrás luego de entrar en bancarrota y no sin antes destapar un enorme escándalo de corrupción, que ha permitido llevar a juicio al anterior primer ministro y ha costado a las arcas públicas cientos de millones de dólares. Producto de ese escándalo se ha sabido que Petróleos de Venezuela ha colocado allí millones de dólares, que muy probablemente se han perdido, y que esa colocación en un banco que ya para entonces estaba al borde de la quiebra ha estado asociada al pago de comisiones a funcionario públicos venezolanos. Pero eso no ha sido aquí, en el tercer mundo, sino en Europa, donde estas cosas "no van a pasar nunca", donde hay instituciones y una "sociedad educada" y, seguramente por eso, en el aeropuerto que sirve a la ciudad de Caracas los funcionarios de turno no se dan por enterados que ya no hay quien pague por esa publicidad que decora una pared del aeropuerto y que la foto del delantero del Real Madrid es lo más parecido a escupir para arriba, desde la perspectiva del gobierno de Venezuela. Minutos después de ver esa publicidad bancaria comprobamos que ningún cajero automático de ningún banco funciona ese día en el aeropuerto: apagado, dañado, aparatos que solo dan saldos de las cuentas pero no tienen efectivo o, en un caso extremo, vandalizados o recubierto por tablas de madera sin promesa de volver a la vida prontamente. 

Afuera, camino del taxi de confianza que ha venido a buscarnos (¿viste ese cielo?, ¿viste ese azul?), podemos ver el edificio del hotel en construcción, que sigue sin ser terminado luego de casi 15 años, eso si, con una valla nueva, que reza orgullosa que, como parte del nuevo gobierno de eficiencia en la calle, se avanza de forma decidida hacia su culminación para el servicio del pueblo. Leo eficiencia y, con una sonrisa que me aproxima a Patán, el perrito de los dibujos animados que tanto me gustaban de niño, pienso en el bolívar "fuerte", en la patria "segura", en la "potencia" productiva, en la "soberanía" alimentaria. País adjetivo. El edificio está exactamente igual que cuando vine 6 meses atrás, demás está decirlo.

Mi casa

Volver a casa, de eso se trata. 

Al anochecer del 23 de diciembre el taxi, luego de cruzar la ciudad, de mostrarnos el Avila, de dejarnos ver un atardecer como no hay en Lima, nos deja rodeados de maletas rellenas de regalos y productos de la cesta básica en el estacionamiento de nuestro edificio y Jimmy Alcolck vuelve a maravillarnos con las formas que diseñó hace 50 años y por las que, entre otras cosas, le dieron el premio nacional de arquitectura. La luz es tenue y amarillenta, las lámparas del Altolar apenas alumbran el jardín, algunos pasillos y la planta baja del edificio. Las calles que nos trajeron a casa estaban también, como el edificio, casi a oscuras.

La casa está a medio camino entre el hogar y un depósito. Se acumulan las cosas propias con las de la oficina que cerramos hace poco más de un año. Pero en un par de días comienza a volver a la normalidad, a liberar espacios para sentarse, para conversar, para escuchar música, a mostrar las cosas con las que nos identificamos. No hay una definición universal de la belleza, pero aquí está lo que es bello para mi, para nosotros.Es nuestra casa. Hay polvo y hay maravillas como para amoblar las casas de Caracas, Brooklyn y Lima. 20 años de acumular muebles de los 50s y los 60s, libros, vajillas, juguetes de metal, avisos de refrescos, tarjetas postales, cuadros y más cuadros. Gavetas que muestran sorpresa tras otra. Cosas probablemente intrascendentes para muchos, cosas, muchas de ellas, sin valor económico, pero asociadas a algún viaje, a algún momento de nuestra vida. Esa es una buena definición de hogar, aunque a la vuelta goteen los grifos, parpadeen las lámparas, muestren grietas las paredes y las cerraduras tarden en reconocer a sus dueños.

Desde la autopista se escucha el murmullo de los carros al pasar.

Y desde las ventanas, la brisa fresca y seca. Y la luz. Esa luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul?

El automercado, el centro comercial y la gente

Desde Lima se tienen noticias frecuentes, incluso a través de los periódicos y noticieros de televisión peruanos, sobre la escasez de algunos productos y las penurias para hacer cosas cotidianas, también sobre la inflación. Somos el mal ejemplo, la advertencia para otros pueblos ante la tentación del atajo, por eso aparecemos frecuentemente en los noticieros. No hay sorpresas, aunque las sensaciones del primer día, el 24 en la mañana, muestren percepciones mezcladas.

Hay colas para comprar pan de jamón. También hay colas a la entrada del automercado a la espera que abran las puertas. A la luz del día la ciudad se muestra sucia, se ve que nadie barre las calles. Pero hay colas en unas panaderías y en otras no. El litro de jugo de naranja natural vale 3 veces lo que hace un año. El cachito de jamón vale el doble que en diciembre pasado. El desayuno del primer día vale casi lo que costó mi primer auto nuevo, de agencia, un Fiat Uno motor 1500 cc comprado en 1992, el desayuno vale 40 meses de mi primer sueldo como urbanista graduado en la universidad Simón Bolívar en 1990.

Las cifras en bolívares escandalizan, pero al cabo de unos algunos segundos, luego de hacer una conversión redondeada a dólares o a soles peruanos, se cae rápidamente en cuenta que para quienes venimos de fuera con unos dólares en el bolsillo la mayoría de los precios son solo una fracción de los que se pagan en otros países. La tragedia es para quienes viven de un sueldo pagado en bolívares, para quienes su poder adquisitivo se ha diluido en el último año. Todo un eufemismo para no llamar las cosas por su nombre: quienes ganan en bolívares se han empobrecido en estos meses a un ritmo vertiginoso. El Banco Central publica este mes las estadísticas que debió publicar y omitió, tratando de ocultar lo obvio, durante los últimos 6 meses del año y reporta una inflación cercana al 70% anual. Una cifra escandalosa y a la vez falsa, acomodada para complacer al gobierno, que no se compagina con lo que ocurre en la calle. El transporte público subió 166% durante el año, los precios en el automercado han subido entre un 100 y un 300%, según sea el producto.

Gasto en mi primera visita al automercado (tuve que ir a varios para conseguir algunas de las cosas que buscaba, algunas no aparecieron nunca, como el jabón para bañarse o el líquido para lavar los platos...al rato, familiares me advirtieron de no perder mi tiempo buscándolas, simplemente dejaron de existir hace semanas o meses)  3 veces los que me costó el Renault Twingo azul que compré nuevo, en el concesionario Renault de Colinas de Bello Monte, en 1999, y que tuvimos en casa hasta hace uno años. La compra apenas alcanzó para llenar una repisa de la nevera.

Otra cosa es el ambiente del automercado. Caras largas, violencia contenida o desplegada, como la de quienes se abalanzan sobre los bultos de HarinaPan o azúcar que lanzan en un pasillo los empleados del Excelsior Gama de Santa Fe, a sabiendas que no hace falta ni acomodar los productos de la cesta básica en las estanterías. En minutos o segundos desaparecen los productos, repartidos en carritos que corren hacia las cajas con su cacería del día. Se oyen quejas frecuentes, lamentos, mentadas de madre. ¿Esto es todos los días así o es porque hoy es día de navidad y la gente está apurada, nerviosa? pregunto a mi cuñada. "No Gonza, esto es ahora así siempre", me responde. También presencio, a finales del año, en un automercado cercano a mi casa, la llegada de decenas de motorizados y dos autobuses de transporte público repletos de gente que, evidentemente organizados previamente, se dirigen, una parte, a ponerse sin haber recogido algún producto en las colas de la caja, mientras los otros cargan con toda la leche y otros productos de la cesta básica disponible. Vuelvo tres días después, ya en el 2015, y presencio una escena parecida: personas que amarran cajas de leche a la parte de atrás de las motos, vecinos que no pueden ni entrar al automercado, policías en la calle tratando de ofrecer un poco de orden en medio del caos. Se acabó la leche. Un paquete de servilletas de papel vale los mismos bolívares que pagué en 1992 por un pasaje en avión y todos los gastos y compras (¿dónde estará el peluche de Cobi que le compré a mi sobrina en el Corte Inglés de la calle Princesa, en Madrid) de una estadía de un mes en España, visitando varias ciudades, incluyendo la Expo de Sevilla. ¿En dólares? 1,70, cinco soles peruanos.  

"Esto es un bomba de tiempo" me dice una vecina. Pero nadie sabe de cuánto tiempo estamos hablando. ¿Una semana, un mes, un año, una década? Hay quienes están dispuestos a esperar 6 horas en cola por un pollo a precio regulado, los he visto. En Cuba han esperado 60 años. "Esto no aguanta más", me dicen, bajo un cielo azul imponente, mientras las palmeras de mi edificio se mecen ante una brisa fresca de fin de año. Al fondo el Avila se ve impresionante.

¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? 

Me siento en casa, a pesar de las desgracias. Cuánto desearía que las cosas cambiaran. Un sueldo mínimo local paga 2 visitas familiares a una venta de hamburguesas y nadie queda contento a la salida. Al día siguiente de nuestra visita veo en la prensa que en ese mismo sitio, horas después, se cayeron a golpes la Defensora del Pueblo, sus guardaespaldas, y las vecinas de mesa. La Fiscalía anuncia la aprensión de la vecina de mesa en tiempo récord. La violencia está a flor de piel. 

La fórmula infantil que toma Teresa cuesta el 5% de lo que vale en Lima, pero su consumo mensual en Caracas equivale al 15% del salario mínimo. Vamos al Rey David y la cajera nos dice que los frascos de Nutella están de adorno, que no tienen para la venta (ellos, esta empresa venezolana, son los importadores para varios países de América Latina, incluido el Perú). El centro comercial San Ignacio tiene una imagen fantasmagórica, con varios locales cerrados, con locales a medio llenar, con vitrinas que ofrecen en venta o traspaso locales polvorientos, pero una señora en una minitienda nos vende un tu-tú de varios colores que termina de coser delante de nosotros para Teresa y nos dice que es la mercancía que más vende, que los tu-tús tienen más "salida" que los accesorios de Hello Kitty que pueblan su negocio, en un sector del centro comercial denominado Hollywood, que las niñas de Caracas sueñan con ser bailarinas. Un tu-tú cuesta la mitad de un salario mínimo, lo mismo que cuestan 2 entradas al cine en Lima.

Afuera, en los pasillos del centro comercial sopla la brisa fría de diciembre. El Avila puede verse radiante desde la plaza central, donde hay un árbol de navidad y una lancha que rifan entre quienes compren algunos productos. Hay poca gente. La librería Tecniciencias tiene montones de estantes vacíos, la tienda de discos Esperanto desapareció (y eso que la esperanza es lo último que se pierde). Los helados de yogurt cuestan la cuarta parte que en Lima, en la misma franquicia norteamericana, pero una familia típica de Caracas se gastaría el 25% de un salario mínimo en una visita al local de la planta baja del centro comercial, donde una muchacha me dice "corazón, no tienes efectivo, tengo problemas con el punto de venta, no está leyendo el chip de las tarjetas". Pago con efectivo, la misma cantidad de bolívares que me costó el Fiat Uno que compré al volver del postgrado en España y ella me dice con una sonrisa "gracias corazón".  

"Esto está al caer", me dicen, mientra yo miro al cielo. ¿Viste esa luz?, ¿viste ese cielo?


sábado, 27 de diciembre de 2014

Regalos de navidad

Mis tres hijos ya han abierto sus regalos de este año, una muñeca, un caja de auto mercado, con su carrito repleto de productos simulados (casi un chiste cruel considerando el estado de los supermercados venezolanos o podrían interpretarse como un juguete de ciencia ficción, como cuando me regalaban una nave espacial varias décadas atrás), un juego de video de Pokemón, libros y un vale para que Lucía, la mayor, escoja ropa a su gusto.

En la sala de la casa de Colinas de Bello Monte, a la que hemos llegado recién el día anterior de la navidad, han quedado las cajas regadas y los trozos de papel de regalo junto a un pequeño nacimiento italiano, de porcelana, que trajimos de París hace unos años. Este año, por primera vez que yo recuerde, no hay pino de ningún tipo o tamaño en casa, tampoco corona en la puerta. Pero no se nota mucho el desorden, ya que nuestra sala está repleta de cuadros, cajas y muebles, sumando a las cosas que normalmente la llenan las otras cosas que nos trajimos de la oficina cuando no mudamos a Lima hace un año.

Todos en casa se han ido a visitar amigos y familiares y yo me he quedado entre las cajas y las cosas, en el único extremo vacío de la mesa de comedor, tratando de terminar un informe que tengo que entregar en otro país, correo mediante, antes de que el año cierre sus puertas. Suena de vez en cuando el teléfono, preguntándonos por nuestro viaje, por cuántos días nos quedamos, por cómo vemos la cosa, por cuándo podemos vernos para conversar. Ganas de trabajar en estas fechas hay pocas, debo decirlo, y una ciudad en silencio, con nubes y brisa de lluvia, poco ayuda a la concentración. El internet que viene y va y se mueve muy lentamente y una computadora prestada a la que no le funciona bien el teclado tampoco colaboran (la mía anunció su muerte a través de un técnico el viernes pasado, en Lima, negándose a volver a su tierra de adopción y me prestaron la que usó una ex-empleada de mi oficina de Lima hasta hace un año). Se respira tristeza en el aire. Así hemos encontrado a Caracas, triste, y hoy ni siquiera se ve el Ávila ni el cielo azul, los principales atributos que le quedan a la ciudad de la eterna primavera, esa luz que nos acompañó hace pocos días mientras veníamos desde el aeropuerto.

Viendo las cajas regadas por mis hijos me ha dado por recordar lo que me dieron mis padres en las navidades de mi infancia. No tengo el registro de cada año, mi padres nunca fueron muy dados a la fotografía, no hay muchas imágenes de nuestra navidades. Algunas fueron en Caracas, otras fueron en Margarita, pero siempre hubo un regalo al pie de la cama o la hamaca, según fuese navidades en la casa de Caracas o en la de la playa. Pero no había cenas ni eventos importantes. Mis pdres siempre se han acostado temprano, incluso la noche en la que finaliza el año.

A veces llegaban cosas que yo había pedido, otras no. Varias veces me dieron ropa. Temprano, a sabiendas que no había ningún ser sobrenatural que se encargase de los regalos, comencé a escoger los regalos yo mismo, en los días previos a la navidad, pero eso tampoco era garantía de éxito. A veces me compraba yo mismo regalos que luego no eran lo que me había imaginado.

Recuerdo especialmente un año en el cual me compraron un álbum de estampillas forrado en cuero marrón claro y un sobre con 1000 estampillas de todo el mundo. Me lo compraron (yo fui con mi mamá, que le explicaba al encargado, español si mal no recuerdo, que yo a mis 11 años había pedido eso por navidades) en una tienda llamada Filven, Filatelia Venezuela, en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. Luego volví a esa tienda varias veces, a buscar sobres con estampillas organizadas por países. Recuerdo que me sentaba en el escritorio de mi papá a organizarlas en el álbum y mientras lo hacía me imaginaba como eran los lugares de dónde procedían. Todavía conservo el álbum.

Recuerdo un año donde me compraron mi primer reloj de pulsera, un reloj Oris con la correa de cuero negro con agujeritos que al parecer no salió muy bueno. Era a cuerda y lo usé menos de un año. Mi madre aún lo guarda, espero que me lo de alguna vez. Lo compraron en una joyería que quedaba a una cuadra hacia el este de la esquina de La Torre, en el centro de Caracas. Como ese reloj no salió muy bueno (aunque lo recuerdo muy bonito), al año siguiente me regalaron uno más grande, automático, uno Seiko como de submarinismo, con la correa de plástico negro y el fondo de la pantalla color naranja. Ese Seiko me lo compraron en una joyería a la que íbamos todos los años cuando viajábamos a Margarita, a la playa. Era una joyería un poco extraña, pero así eran muchas tiendas de los primeros años del puerto libre de Margarita: quedaba en medio de la nada, al borde de la carretera, cerca del pueblo de San Juan Bautista. Detrás de la tienda estaba la casa del joyero, mis padres lo conocían de toda la vida. Mi madre también conserva ese reloj que usé varios años, hasta entrado en el bachillerato.

Mi Seiko era similar a este, pero con el fondo color naranja

Un año me regalaron un avión que me compraron en una tienda de la avenida 4 de mayo. Bencamar se llamaba la tienda, me imagino que, como tantas cosas, ya no existe. Afuera, en la tapa de la caja, el avión, un Spitfire de la real fuerza aérea británica, venía pintado de camuflaje y andaba entre las nubes. A mis pocos años siempre me sentó mal que el que venía dentro de la caja no volara y solo hiciese un ruidito al rodar, empujado por la mano de su propietario, sobre el piso de cemento de la casa de mis vacaciones. No recuerdo hasta cuando lo tuve, no se si estará en algún closet de la casa de mis padres.

Otro año me trajeron unos trenes marca Lima, eléctricos, muy bonitos. Mi hermano también tuvo alguno y, en algún momento se quedó con todos, los suyos y los mío.Venían en cajas con varios vagones y tramos de pista, pero también vendían vagones individuales, transformadores y piezas de decoración. Siempre quise hacer una maqueta que pudiese meter debajo de la cama, o colgarla del techo, como vi en un revista de la época, pero nunca tuve la maqueta, aunque la dibujé muchas veces.

Trenes Lima

Algún año, de finales de los 70s completaron el dinero que tenía guardado y me compré una consola Atari con 2 cartuchos de juegos. Alguna vez me regalaron libros. Y ropa. Ropa. Ropa. Alguna vez ya me dijeron que estaba muy grande para eso de los regalos, aunque mi madre nunca ha dejado de regalarme algo. Todos lo últimos años me ha regalado una pluma, que sabe las colecciono. Este año ha ido una Cross de color rojo.

Atari

Llueve en Caracas. Apenas se escuchan carros pasar por la autopista que veo desde la ventana de mi apartamento. No parece navidad. Este año hay muy pocos fuegos artificiales, hay poca publicidad de navidad en las calles, pocos adornos. La gente va con la cara amarrada. hay violencia contenida, hay resignación. Las calles están sucias, las luces alumbran poco, la luz en las calles es amarilla y tenue. Esta mañana vi colas en una venta de electrodomésticos cercana a mi casa, allí venden a precios regulado por el gobierno, pero me explican que la mayor parte del tiempo no hay nada para vender.

Solo voy a estar dos semanas en Caracas, pronto voy a volver a Lima a ocuparme de un nuevo trabajo, pero antes de irme voy a buscar mis dos relojes, el Oris y el Seiko de submarinismo, en casa de mis padres. Verlos funcionar de nuevo sería un bonito regalo de navidad.

  


jueves, 6 de noviembre de 2014

Recordar es vivir


Ella está en un hospital.
Quisiera imaginarlo desde la distancia.
Solo una vez he estado en un hospital en España, pero fue hace mucho, mucho tiempo, el siglo pasado. Solo de visita, un domingo por la tarde, entrando el verano. Solo por una vez, un tío de Olga estaba allí, recién operado, si mal no recuerdo. Estoy seguro de la pared de ladrillos y la luz amarilla de la tarde, pero no sobre quién era el enfermo. Me llamó la atención que dieran pijamas azules con el nombre del paciente y que hubiese que poner pesetas por una rendija al televisor para mirar un rato el telediario o una película. Recuerdo que me preguntaron y respondí que no era como los hospitales de Caracas, tampoco como las clínicas que conocía. Conocía clínicas mejores y peores y hospitales mucho peores.Acaso me recordaba un poco al Hospital Clínico Universitario donde nací y al que iba a veces siendo aún niño.
No sé cómo son los hospitales de Barcelona. Nunca he estado en uno. Mentira. He ido varias veces al hospital de la Santa Cruz, es bonito, pero he ido a ver el edificio, sin imaginarme a los enfermos.

Ella está en un hospital, pero no se en cual.
Quisiera saber si es un edificio grande o pequeño, si queda en el centro o en las afueras. En el ensanche o junto al mar.
Quisiera saber de qué color es la pared frente a la cama. Si está sola en el cuarto o con otros pacientes. Si hay una ventana que mire hacia la calle, si se escucha a los carros pasar, si hay árboles al otro lado de los vidrios o si, acaso, se ve el mar.
Tenía en casa -no en la de aquí, en la otra, la de Caracas- una revista de arquitectura donde había un hospital junto al mar, en Barcelona. Quisiera imaginarte allí, cerca de la arena, aunque muy probablemente me equivoque.
Quisiera que la pared fuese blanca y la ventana grande, que el mar se viese azul, desde la cama, al alcance con solo voltear la cara. Que entrase la brisa cálida desde la playa y que se escucharan las olas golpear contra la arena.
Quisiera pensar que el azul te recuerda el azul de la bahía de pozuelos, que el ruido del mar te recuerde Playa Colorada. Quisiera pensar que puedes imaginar los cocoteros, que puedes ver los ferrys pasar frente a la playa, que puedes contar los tanqueros y los veleros amarrados frente al paseo Colón, como lo hacías desde tu balcón.

¿Te acuerdas aquella vez que nos vimos en Madrid, aquella noche en casa de tu amiga, la que vivía junto a la estación de metro Vinateros? Yo te había recogido en la estación de autobuses y te llevé allí el día anterior. Venías de La Coruña ¿Recuerdas que me diste un sobre al despedirte y me pediste no abrirlo hasta que llegase a mi casa en Alcalá? ¿Recuerdas lo qué habías puesto adentro del sobre?
He fantaseado con esas 5000 pesetas durante casi veinticinco años.
Suelo hablar solo mientras manejo, o cuando camino por la calle o sentado en el baño a media luz. Lo hacía cuando tenía diez años y lo hago aún. No puedo controlarlo. Antes me daba pena al darme cuenta que estaba haciéndolo de nuevo, ahora cada vez menos. A veces soy quien no soy. A veces soy yo mismo haciendo cosas que me tocará hacer más tarde o que ya hice y quisiera haber hecho de otra forma. Hablo con los clientes con los que me voy a reunir al día siguiente, o soy un cantante, o un músico, o un atleta de alta competencia, o un escritor famoso o el ganador del premio gordo de la lotería. Cosas para los que no tengo talento o para las que no hago el menor esfuerzo, como lo de la lotería.
Es difícil ganarse la lotería, más sin comprar un boleto.
Mil veces he hecho listas en mi cabeza describiendo cómo distribuiría el dinero y en todas ellas siempre me veo entregándote un sobre con un cheque dentro. Unas veces han sido diez mil, otras veces cien mil, de cuando en cuando un millón o dos. El sobre siempre es igual al de aquella noche en Madrid. La sonrisa no cabe en la cara.

Quisiera terminar un informe que debe viajar lejos, pero esto es lo que me ha salido.

Ella está en un hospital.
Quisiera imaginarlo desde la distancia.
Quisiera que fuese un hospital junto al mar.
Quisiera entrar al cuarto y que me llamaras por mi nombre.
Quisiera que supieras que estoy hablando de ti sin que haga falta decir tu nombre.

Quisiera que pudieras recordar esto como lo recuerdo yo.

lunes, 27 de octubre de 2014

Mi cielo

El cielo era la lámina izquierda de un tríptico.

Me gustaba ir al Prado a verle, en su vecindad con el infierno. El Bosco los puso a ambos así, ni tan lejos ni tan cerca, con el purgatorio al centro. Uno junto al otro. Pero ya entonces sabía que aquello solo era una representación, una hermosa representación, pero nada más. Una representación del cielo, comparable a la Anunciación que podía ver bajo el mismo techo, pero ambas representaciones al fin, símiles, semicuero del alma, imitaciones de una realidad, o de una ilusión.



El cielo tambien era sentarse en el banco que estába al otro lado del salón de Las Meninas. Ese era un cielo más real, pero efímero. Un cielo de prender y apagar, de esperar que salgan los turistas de la sala, de cruzar los dedos porque hoy por la mañana no vaya la gente al museo, porque me pueda sentar un rato aislado del mundo, olvidando los minutos que faltan para tener que salir corriendo a Atocha a tomar el tren de Alcalá.

El cielo está en muchas partes.

En el pasillo desde donde se ve la escalinata coronada por la Victoria de Samotracia. En las bancas de Santa María del Mar mientras al otro lado de la nave se celebra un matrimonio y el organo suena. Bajo los arcos de un claustro en Salamanca. En la casa de mis padres, en Los Chorros, en los primeros 80s, solitaria por las tardes, sin agenda y sin ruidos cercanos, con sombras de los árboles sobre el muro de la casa de atrás.

Pero no.

Cuando visitaba años atrás El Prado casi cada semana ya yo sabía que el cielo no tenía esa forma ni ese color. Sabía que esa mercancía que vendían allí y que a mi no me costaba nada gracias a un carnet de estudiante becado era una droga de efecto temporal, un shot de licor de prende y apaga, vámonos. Una alegría que viene y va.

Yo lo sabía.

Yo sabía que el cielo medía 4 x 3 metros, tenía una ventana larga, de piso a techo, de romanilla metálica pintada. El cielo tenía paredes blancas y  un piso de mosaicos de terracotas hexagonales color naranja quemado recubierto por una alfombra gris de poco pelo. El cielo tenía un equipo de sonido Sony 3 en 1 con tapa plástica transparente y caja de imitación a la madera. El cielo tenía una puerta blanca recubierta con las cuatro fotos de Los Beatles que traía dentro el disco doble blanco. El cielo tenía un colchón de agua en una esquina y gatos dando vueltas, surfeando sobre las olas de la cama. En ese cielo, el cielo de mi hermana Viena cuando yo tenía 14-15 años, los angeles tocaban So Lonely, o Shine on your Crazy Diamond, o Our House, o The Turn of a Friendly Card, o Simpatía por el diablo, o Escaleras al Cielo, o Aqualung o Honey Pie o Lluvia.

Lluvia, esa canción de La Misma Gente que escuché esta semana.

Debe ser por eso que hoy, este domingo de sorprendente luz limeña de primavera con tonos de otoño o primeros días de invierno, este domingo de ruidos lejanos y televisores prendidos que nadie ve, domingo del cuerpo revuelto contra las almohadas mientras la luz de la tarde se cuela por la ventana, tarde de ruido del viento contra la cortina interrumpido por la campana de la iglesia de Fátima, he estado acordándome del cielo de mis primeros años fuera de casa.

lunes, 13 de octubre de 2014

El oso bipolar y otros animales de la ciudad gótica

Lucía, en medio de una visita familiar a un zoológico del norte de Lima, descubrió este fin de semana que Gus había dejado de ocupar su rincón del zoológico de Manhattan hace ya casi un año. ¿Quién pondrá ahora la pata contra el vidrio? se preguntó mi hija mayor en voz alta, ¿quién nadará dando vueltas en el estanque de agua fría? dijo, desentendiéndose de los búfalos de agua que tenía enfrente y de la jirafa que se rascaba el cuello contra un tubo, a sus espaldas.

Gus

Gus murió en año pasado a los 27 años, una edad muy avanzada para los de su especie, los osos polares nacidos y criados en cautiverio. Nosotros lo vimos casi durante toda la última década, quizá algunos años más, primero con Lucía, luego con Diego y, finalmente, con Teresa, que ya lo conoció viudo, sin su compañera de casi toda la vida, que murío algún tiempo antes que él.


Gus

Gus se hizo famoso por reproducir la conducta de sus vecinos de ciudad, fue excéntrico, nervioso, neurótico, compulsivo. Una suerte Woody Allen gordo y con pelo blanco, encerrado en una sección al fondo a la izquierda del zoologico de Manhattan, en Central Park. Gus, el oso bipolar, como le bautizó la prensa niuyorquina de manera burlona tiempo atrás, cuando se hizo conocido por tratarse con antidepresivos y calmantes y por tener entre el personal a su disposición a un psiquiatra veterinario. Los artículos de prensa le asignaron a lo largo de los años muchas conductas extrañas, siendo la de dedicarse a nadar de manera compulsiva durante más de 12 horas al día la más evidente, pero a nosotros siempre nos llamó la atención que parecía no gustarle el agua fría en el invierno y parecía más animado en los días más calurosos del verano niuyorquino que en los días fríos del mes de enero.

El recordar la muerte de Gus en estos días de polémica internacional por el caso de Excálibur, el perro de la enfermera, y el ébola, nos hizo pensar en los otros animales de Nueva York, en tratar de rescatar algunos de nuestra memoria, en intentar describir la ciudad desde sus animales.

Comencé por hacer una lista:

  • El día que volé en un 747 de Pan Am desde Madrid a Nueva York en el verano de 1991  me llamó la atención la cantidad de gaviotas que había ese día en el aeropuerto Kennedy. Cientos, miles, tal vez. Llovía a cántaros, había mucha niebla, al punto de dificultar e, incluso, suspender de a ratos las actividades aéreas. Y había muchas gaviotas, por eso las he asociado siempre a Nueva York. Más que el águila, más que ninguna otra, estas aves deberían estar en el escudo de la ciudad.
  • Había ratas en el metro cuando Patricia y yo nos metimos en esos túneles grises en enero de 1995, escapando del frío, la nieve y el cansancio en las piernas. El metro ha mejorado su aspecto en estos veinte años, se ve más limpio, dentro de las limitaciones del caso y con las variaciones presupuestarias de estas dos décadas; éro de vez en cuando se ve una rata correr entre los rieles, buscar las oscuridad, evadir los compuestos con veneno que suele haber junto a los rieles.
  • En Union Square hay un mercado de productos naturales y artesanías algunos días a la semana. La primera vez que Patricia y yo nos tropezamos con ese evento, tambien en 1995, había una vaca en uno de los puestos. Vendían leche fresca, desafiando normas sanitarias, aun muchos años antes que el asunto orgánico se pusiera de moda. Cada vez que vuelvo, sin confesarlo, busco con la mirada el puesto de la vaca, que, por supuesto, ya no será la misma (El que la busca con la mirada tampoco lo es). No está siempre, la he vuelto a ver 3 o 4 veces en 20 años, pero la feria en cuestión quedó bautizada en el tiempo como "el mercado de la vaca", esté dicho animal o no justo al norte de la calle 14, entre vegetales, panes, frutas, galletas y mieles.
  • Hay muchos perros en Nueva York. Hay clases sociales perrunas e, incluso, temas raciales entre ellos. Hay paseadores de perros con 20 animalitos tirando de las cuerdas, ansiosos por llegar al parque. Hay perros de compañía más parecidos a sus dueños que a nadie más en el mundo. Hay perros de perros. Y está Max, el perro de mi familia en Brooklyn. Max, un tipo grande, blanco con manchas como un caballo de la pradera, como los caballos de la películas de vaqueros e indios que veía en mi casa de Los Chorros en los 70s y en los 80s, un perro mestizo adicto a las galletas y a la comida hecha en casa, que fue primero de mi sobrino Sebastían, luego fue adoptado, durante varios años, por mi cuñado Ricardo, y ahora, este año, ha vuelto a las manos de su dueño original, que lo recibió junto con la casa de sus padres en Brooklyn. Salir a pasearlo por las noches, llegando hasta el borde del cementerio de Greenwood, es una de las cosas que más extraño de mis viajes a la gran manzana. Es un perro de Nueva York, eso explique que le guste sentarse en el sofá a ver televisión (sentarse, no echarse, insisto) y que caminando sin correa, desafiando las leyes de la ciudad, sepa pararse en los semáforos y respetar las normas de tránsito mucho mejor que la mayoría de los limeños, caraqueños y niuyorquinos. 
  • Antes de Max, hace muchos, muchos años, en una lejana galaxia ubicada a una cuadra de Prospect Park y a unas 20 cuadras de la casa de la calle 18, mis sobrinos tuvieron un acure (un cuy, dicho en peruano, un guinea pig, en niuyorquino) marrón que, como no podía ser de otra forma, se llamaba Brownie. A Brownie lo dejaron al cuidado de unos amigos en unas vacaciones en las que fueron a Venezuela, un verano ardiente en el que hubo un mega apagón en Nueva York y Brownie cayó víctima de tal infortunio, de tal combinación de desastres. En Perú, cada vez que me ofrecen sin éxito ese lujo de la gastronomía local, el cuy chantado, no puedo evitar pensar en el verano de Brownie, y entonces se me quita cualquier gana de probar uno de los platos típicos del Perú. 
  • Hay pericos y otras aves tropicales en el oeste de Brooklyn, en Prospect Park y en Greenwood. Cuenta la leyenda urbana que los habitantes a partir de los años 60s de Sunset Park y otros barrios vecinos al sur del cementerio trajeron de sus países de origen, México, Honduras, El Salvador, Guatemala, entre otros, aves tropicales que, fugitivas de su cautiverio lograron adaptarse al clima de Brooklyn, sobreviviendo al frío extremo y reproduciénndose. No es raro verles, con sus ruidos y sus ademanes de tierra caliente entre las tumbas de marmol de los heroes de la guerra civil norteamericana. Se adpataron sus dueños y se adaptaron ellos, que son ahora más norteamericanos que muchos de sus dueños originales, que nunca aprendieron a hablar inglés, que vivieron y trabajaron en una suerte de gueto en el cual el Bank of América es el Banco de América, se compra pan en "la panadería" y carne en "la carnicería" y donde ahora se entremezclan el chino y el ruso con los acentos propios de centroamérica. 
 
Max y yo hace casi 12 años, 1 grado bajo cero, en la casa de Brooklyn