1.
Jorge ha oído hablar de los Stones. Sabe que son famosos, "como Los Beatles", pero no conoce su música. Alguna vez ha escuchado alguna canción por la radio, pero a el le gusta más la bachata y la salsa. Mientras nos lleva en su taxi Hyundai blanco con asientos forrados de plástico negro desde el Centro Comercial Jockey Plaza hasta el óvalo Huarochirí, la redoma en la que termina la Avenida Javier Prado, el último punto al cual se puede llegar en carro antes de cruzar el primer anillo de seguridad del concierto, va preguntándonos detalles del evento de la noche. Son poco más de las 5 de la tarde en Lima y a pocas cuadras de nuestro destino, mientras el taxi corta camino por calles locales rodeadas de casas para evitar la congestión de la vía principal, cruzamos por la calle Caracas, justo al lado de una cancha de futbolito donde dos equipos vecinales rematan el primer fin de semana de marzo. ¿Sabe a que hora salen del concierto? Va a venir mucha gente ¿verdad?¿Ustedes vinieron desde Colombia solo para ver el concierto? No, vivimos aquí hace dos años y somos de Venezuela. Uy, por allá está bien jodida la cosa ¿no? Maduro está al caer, la gente no lo quiere. Déjeme que me estacione bien, los dejó aquí en este costado, allá al frente están entrando. Bájense con cuidado. Mucha suerte, que disfruten su concierto.
2.
Margarita vende polos con imágenes serigrafiadas de los Stones que ha estampado ella misma en su casa de Los Olivos. Tiene 2 modelos para ofrecer. Bajó las imágenes de internet - la boca de Mick, la bandera inglesa- y las personalizó, poniéndole la fecha del concierto y el nombre de la ciudad, para que quienes las vean las asuman como un recuerdo del evento. Las ofrece a viva voz, caminando entre la gente, a 10 soles cada una, aunque cuando salió de su casa pensaba en venderlas hasta en 15 o 20 soles, pero al llegar al óvalo Huarochirí a media tarde de domingo se dió cuenta que la competencia sería feroz: la policía no deja acercarse al estadio Monumental a los que no tienen entradas para el concierto (aunque sospechosamente algunos vendedores ofrecen a las puertas del estadio polos, llaveros y chapas alegóricas a los Stones sin que la policía les diga nada) y en los alrededores del óvalo, a unos 500 metros del estadio, a donde van llegando los asistentes al concierto desde muy temprano en taxis, autobuses y en sus propios autos, hay un tumulto de vendedores que ofrecen polos, sweateres, chaquetas, gorros, bandanas, pañoletas, banderas, llaveros, afiches, cojines, stickers, banderines, y cuanta cosa imaginable pueda producirse en un pequeño taller de Gamarra al margen de las leyes de derecho de propiedad y a la luz de la oportunidad. Carlos y Adriana ofrecen, sentados en el piso, polos con los diseños oficiales de la gira, en la espalda tienen el detalle de la fecha y lugar de cada concierto, desde el celebrado en Santiago a comienzos de febrero, hasta el que se celebrará en México, cerrando la gira latinoamericana, a finales del mes de marzo. 15 soles, el diseño de las franelas oficiales está hace semanas en internet, de allí lo han sacado. Carlos estaba ocupado estos días imprimiendo polos para la campaña electoral, pero escuchó en la televisión cuando dijeron que más de 50.000 personas asistirían al estadio del Universitario para ver el concierto y pensó en una oportunidad para financiar la lista escolar de su pequeño hijo, que está acostado junto a los polos mientras cae la tarde en Lima, mientras los partidarios de un par de grupos políticos entregan propaganda a los que llegan al concierto, mientras una veintena de puestos de comida - pinchos de carne color naranja, choclo con queso, sopa humeante, canchitas crujientes, pollo a la parrilla acompañado de camote anaranjado y papas sancochadas, salchipapas con mas papa que salchicha - ocupa una de las calles laterales al óvalo, cerrada al tráfico por la policía. Se escuchan voces que ofrecen entradas, se escuchan voces de otros que ofrecen comprarlas, se cambian entradas de las zonas más baratas por otras de las zonas vip más el pago de una diferencia. Otros vendedores ofrecen agua, cervezas y chicha morada. Pareciera haber más vendedores que asistentes al concierto.
3.
Cruzar la primera barrera de policías y empleados de los organizadores del concierto es un trámite sencillo. Las colas son cortas y fluidas. Recortan el primer trozo de la entrada de cartón y animan a caminar sin quedarse atrás. Anuncios públicos invitan a usar protector solar. Caminando los primeros metros del tramo de la Avenida Javier Prado que separa el óvalo Huarochirí del estadio Monumental se ven al fondo los cerros ocres de Lima y la luz amarilla de la tarde cayendo sobre el paisaje lunar de la costa peruana. La masa avanza dispersa sobre la avenida, en grupos de a dos, de a tres, de a cinco, de a diez, de a quince. Hay mucho contemporáneo de los Stones. Hay también gente joven, gente que no había nacido cuando los Stones ya eran una banda con más de tres décadas de rodaje. Al costado de la vía ofrecen gaseosas y cervezas, los vecinos de las casas cercanas a la vía se asoman en las ventanas y en las puertas mientras ven pasar a los que llegan, Hay quien improvisa un negocio de sándwiches en el garaje de su vivienda. A medio camino hay una segunda cola, dicen que para los que tienen entradas para la tribuna norte, la más popular, la de las entradas más baratas (unos 90 dólares al cambio, más o menos, la mitad del salario mínimo peruano). Los de las zonas Vip y los laterales del estadio pueden seguir avanzando por un costado de la vía. En un minuto la fila es para entrar a la tribuna norte y al minuto siguiente explican que es para cambiar las entradas más baratas por unas mejores. Hay dudas, gente que entra y sale de la fila. Omar y Helena - esposos, limeños, en sus 40s largos, sin hijos, él, contador en una empresa de transportes del mercado de Santa Anita, ella, secretaria en una empresa de productos cosméticos, escuchan a los Stones desde que se conocieron en la secundaria, tienen algunos discos, se conocen las canciones más famosas, las de los 60s y comienzos de los 70s- se alegran al escuchar la opción de cambiar las entradas, ella insiste en averiguar bien cómo es lo del cambio, si hay que pagar algo, él le dice no te muevas de aquí mientras da una vuelta para averiguar bien. Un empleado de la empresa organizadora del evento explica a los que estamos en la fila que los Stones guardan en cada concierto 2000 entradas de zonas intermedias, entradas que en Lima cuestan alrededor de 200 dólares cada una, para sus fanáticos que llegan temprano a las zonas más baratas, donde cuestan poco menos de la mitad. Las entradas de la zona norte no son numeradas, las de los laterales sí, no hay que correr por asegurar un puesto con buen ángulo. El cambio lo hacen empleados de lo organizadores sentados en la parte de atrás de una camioneta pickup, no toma más de 5 minutos hacer el trámite y seguir camino rumbo, ahora, a la tribuna de oriente. Omar y Helena también cambian sus entradas y salen sonrientes, dando gracias por haberse ganado el premio. Luis ha venido de Cañete y también cambia su entradas y la de su hijo. Nos hemos sacado la lotería, dicen. Por eso es que es bueno venir temprano, insisten. Caminan avisando a los demás que aprovechen esta oportunidad. Alguno cambia las entradas baratas por las más caras y sigue rumiando cierta incredulidad, pensando que alguien le ha jugado una trastada, cambiándole sus entradas oficiales por otras falsas, para una zona mejor, pero falsas. Al final no es un engaño, es verdad, son entradas reales, solo que las razones no tienen nada que ver con la generosidad de Mick y su grupo. Los organizadores han sobrevendido la tribuna de las entradas más baratas y deben reubicar a parte de la gente en otras zonas más caras, donde no han podido colocar todas las entradas. Está oscureciendo a la entrada del Monumental de Lima, comienza a sentirse una ligera brisa fresca, mientras debajo de las tribunas hay pollo en brasas, choripanes, canchitas, tamales, agua helada, cervezas e inkacolas. También hay polos oficiales, sospechosamente idénticos a los que venden en el óvalo Huarochirí, pero a 5 veces su precio. La fila para los sanitarios es más larga que la que hay para entrar al concierto.
4.
Faltan dos horas para el inicio del concierto. Está oscureciendo en Lima. La prensa ha anunciado que los Stones son puntuales y han ofrecido comenzar a tocar a las 9 de la noche. A esta hora aún hay muchos huecos en las tribunas, la de occidente está casi vacía y abajo, en la cancha, las manchas de gente no ocupan más de la mitad del espacio. Enrique vino solo. Tiene unos 40 años, nunca se ha casado, vive en un cuarto alquilado en el centro de Lima. Trabaja en el Hard Rock Café del Centro Comercial Jockey Plaza haciendo de todo un poco. Le gusta mucho la música. Dice que trata de ir a todos los conciertos a los que le alcanza con su sueldo. Vió a Metálica y a Rafael. Vió a Merillion y a Olga Tañón. Me dice que trajo sus binoculares para ver más de cerca el concierto, me los ofrece: son color naranja, de plástico, a medio camino entre los que regalan en las fiestas infantiles y algún producto de baja gama de décadas atrás. Solo funciona por uno de los ojos, el otro no enfoca. Que bueno que cambiaron las entradas, dice Enrique, quien no se cree aún su suerte. Desde aquí los veremos bien cerca, nunca me habían regalado unas entradas tan buenas, me dice, mientras se pone encima de su camisa de cuadros y de un sweater de color gris, gastado, un polo de los Stones que compró en el óvalo Huarochirí al final de la tarde. Es de los de 15 soles. Este me queda de recuerdo, me dice, tenemos muchos años esperando que vinieran a Perú. Aquí antes no venía nadie. Ahora están viniendo todos, ya tengo mis entradas para ver a Coldplay el mes que viene. Me dice que tiene un gato y un grabador de casettes. También tiene discos de vinilo, pero solo para coleccionarlos, porque no tiene dónde escucharlos. ¿Ustedes no son de aquí, verdad? pregunta Enrique, mientras nos mira a Patricia y a mi a través de unos lentes gruesos con una montura que podría ser tan vieja como los Stones. ¿Ustedes son de Colombia, verdad? nos pregunta, mientras nos dice que se perdió el concierto de Juanes en Lima. Le aclaramos que somos de Venezuela y me recuerda que fue a ver a Olga Tañón. Ella es puertoriqueña, le digo, y el pone cara de incredulidad. Pensé que era venezolana, me dice y yo le contesto que ella también lo cree a veces. Son las 7 y 15 cuando entran a escena los teloneros, Frágil, una banda peruana formada en los 70s, que comenzó haciendo covers de Genesis y Yes. Enrique me cuenta la historia de los teloneros, me dice que son unas leyendas locales. Me ofrece el bi-monóculo de plástico naranja para que los vea. Se ven mayores que los Stones. Cuesta entender las letras de las canciones, el sonido no ayuda. Todo el estadio corea cuando cantan una que se llama "Avenida Larco". Esa avenida está cerca de mi casa, aunque a mi, que poco se de Frágil y de la historia del rock peruano, la Avenida Larco me suena más a la churrería Manolos o a la agencia del BBVA donde tengo mi cuenta de banco. Luego de 7 canciones y la aparición en escena del antiguo cantante de la banda, retirado de la misma hace unos años, los asistentes los despiden con muchos aplausos y habiendo coreado enteras las dos últimas canciones.
5.
Quince minuto antes de las 9 el estadio Monumental está casi lleno. La gente no ha parado de llegar después de la actuación de los teloneros. A las 9 diría que no cabe un alma, ni en la cancha ni en las tribunas. Los organizadores han abierto puertas entre algunas zonas y han desplazado personas de la abarrotada tribuna norte hacia la cancha y las esquinas al fondo de las tribunas laterales. La tribuna de occidente, vacía hace solo una hora, luce ahora repleta. En todo el lugar hay unas 50.000 personas, la mayoría con polos negros alusivos a los Stones. Hay miles de luces por todos lados, los celulares de los asistentes. Puntualmente, se encienden las imágenes en las pantallas laterales del escenario y entre fuegos artificiales aparecen los protagonistas en escena. Lucrecia Maita vino sola. Tiene 65, aunque aparenta tener más de 70. Llegó a Lima desde la sierra en los sesentas, cuando ella era una adolescente, a trabajar en una casa de familia, donde duró poco para dedicarse luego a la costura y, finalmente, luego de casarse, a las labores del hogar. Vive con una hija y una hermana en Jesús María, pero ninguna quería venir. Ella no estaba dispuesta a perdérselo, así que hizo una colecta entre sus tres hijos para que entre todos le pagaran los 300 soles de la entrada. También se ganó el cambio a una ubicación mejor, cortesía de los Stones. Lucrecia ama a Mick Jagger, le ha parecido guapísimo desde que conoció sus discos en los 60s, al llegar a Lima. Bailábamos con sus discos en los 60s, me dice. Lucrecia mide un metro cincuenta y para poder ver hacia el escenario, con su polo negro de los Stones cubierto por una chaqueta amarilla impermeable, parecida a la que usan los empleados de la Municipalidad de Lima, tiene que subirse sobre el asiento de plástico. Patricia dice que se la quiere llevar para la casa. La gente grita y salta en la tribuna, sobre la tarima ya han entrado Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts y han comenzado el concierto con "Start Me Up". Lucrecia se la conoce de memoria y nos señala con picardía hacia la tarima mientras baila y canta toda la canción. Patricia insiste en llevársela para la casa, aun cuando la energía le dure poco y a la segunda canción Lucrecia tenga que sentarse mientras se pasa la mano por las piernas. Aún así, tiene mejor aspecto que Keith Richard.
6.
Avanza la noche. "Hola mis causitas" grita el cantante británico en un español bastante aporreado. Mick Jagger se mueve por el escenario de tal manera que es difícil quitarle los ojos de encima. Uno no deja de pensar en la edad del tipo y en la forma como salta y baila. Ya son 73 años "y el kilometraje", acota un compañero de tribuna. Se cambia de ropa varias veces, camina por una larga pasarela en el medio del público agolpado en la cancha de la U. Tiene la voz entera, me dice Enrique, maravillado, quitándose los binoculares naranja de la cara. Detrás nuestro saltan y bailan. Al voltear a verlos me encuentro a una familia conformada por un tío y tres sobrinos, una chica y dos chicos. Los dos menores se saben todas las canciones y no dejan de dar las gracias a su tío por haberlos traído. Que increíble, no puede ser, dice ella, que debe estar cercana a los 20s. Entre canción y canción pasan los vendedores de cerveza y agua, de vez en cuando pasa alguien ofreciendo sanduches de chorizo, cigarros por unidad y chocolates triangula. Hay algunos errores de interpretación, pero, en general, estamos ante un espectáculo profesional, de músicos con mucho rodaje y recursos, un evento planificado en el que abundan los medio audiovisuales y donde cada pieza ha sido estudiada. La ropa, las luces, los bailes, la secuencia de temas...Hay olor a mariguana en el ambiente. Volví a sentirme como en los tiempos en los que iba con frecuencia al Poliedro de Caracas. Jagger explica que le gusta la comida peruana, Keith cuenta que trataron de venir varias veces y que finalmente se dió la oportunidad. Hay empatía con el público, a pesar de que mucha gente parece no conocer sino un puñado de canciones clásicas de los Stones. Angie es la más coreada. La frase en la cual Jagger dice que en Lima cantan mejor que en Santiago es la más celebrada por el público. Lucrecia ha tomado un segundo aire. Los Stones se dejan acompañar por un coro de jóvenes peruanos. Luego de un apoteosis de luces y efectos mientras cantaban "simpatía por el diablo", rematan la faena cantando una versión de 7 minutos de Satisfaction (I cant get no). Hay fuegos artificiales sobre la tarima y no hay más canciones en toda la noche. La gente pide otra, pero las voces se apagan rápidamente mientras los técnicos comienzan a desmontar equipos. La gente corre a los sanitarios. Los vendedores de cerveza y agua intentan rematar la mercancía que sobró, ya no hay humo en los fogones de los sanchipapas. Lucrecia está feliz, se le nota en la cara. Comenta con Patricia que ha disfrutado el concierto. Enrique dice que valió la pena la espera de tantos años. Los sobrinos vuelven a agradecerle al tío, ya pueden morirse en paz, dicen, mientras vamos desocupando nuestros asientos. Durante la próxima hora y media la Avenida Javier Prado estará llena de carros ocupados por personas con polos negros, con imágenes alusivas a los Stones. Cuando los pasajeros voltean a ver a los de los carros vecinos y descubren que vienen del mismo concierto, se hacen gestos, se tocan la corneta uno a otros. El efecto se diluye en los alrededores de la vía expresa. Arriba en mi calle, en Miraflores, no hay nadie en las aceras. Apenas si hay carros en la calle. Se acabó la fiesta, como diría Serrat. A pocas cuadras el Pacífico sigue golpeando contra las piedras de la Costa Verde. Las otras piedras van camino a Colombia.
domingo, 27 de marzo de 2016
viernes, 10 de abril de 2015
El río de la perlas se está secando
Entre una cosa y la otra me entero a través de internet que Pearl River está en proceso de cierre, que no puede pagar el alquiler y el dueño del edificio que ocupa en una acera oeste de Broadway está pidiéndoles que se vayan.
Pensar que las cosas que a uno le gustan no prosperan, no pueden sobrevivir, están condenadas a su desaparición, a ser sustituidas por lo anodino, lo prescindible, lo repetitivo (asumo que llegará en su sustitución un Walmart, una franquicia de ropa o de zapatos, cualquier cosa prescindible por repetitiva) es una metáfora de los miedos que a uno le asaltan cuando, metido en el tráfico, esperando el comienzo de una reunión o simplemente haciendo un alto en el ajetreo diario, entre un correo y el otro, uno se pregunta cuál es nuestro lugar en el mundo, cuántos ven las cosas desde el mismo ángulo. Peor aún cuando uno piensa que esas cosas, esos lugares, son populares, son lugares que nos sirven de encuentro con muchas otras personas. Y resulta que no, que no pueden ni siquiera pagar el alquiler.
Pearl River es una metáfora. Una metáfora de la soledad.
¿Se verá uno, también, como Pearl River, como J&R, como Pearl Paint, como Inaka, como Shackman & Co., condenado a desaparecer?
Es ley de vida, de eso están llenos los libros y los bares. La nostalgia siempre ha tenido suficiente alimento en la degradación personal y en la modificación del hábitat. Pero no deja de golpear en la boca del estómago la desaparición de las referencias.
Uno lee estas noticias sin poder evitar la sensación de pérdida. Es una despedida.
Descubrimos Pearl River Mart cuando quedaba en otro lugar de la misma ciudad, a dos cuadras de donde está ahora y en la acera de enfrente. En los mediados noventas del siglo pasado Patricia y yo solíamos ir a Nueva York con poco dinero en los bolsillos y muchas ganas de caminar por las calles llenas de gente. Y Pearl River Mart era entonces un negocio insólito, a medio camino entre un depósito, una quincalla, y una tienda de descuento con la mercancía descartada de otros sitios. En 10 metros podías pasar de zapatos chinos de tela y plástico a jabones de tocador de envoltorios de dudosa calidad, a muñecos de plástico, a tazas de cerámica japonesa de una belleza suprema. Y así era toda la planta del negocio, ubicado encima de un mercado de minitiendas y vendedores ambulantes, en una esquina de Canal Street. Diversos espacios conectados por pasillos, sumatoria de locales de formas diversas, entrada desde la calle a través de pasillos y escaleras a prueba de normas de bomberos. Lámparas de papel de arroz, juguetes de lata, caramelos chinos White Rabbit Brand, libretas, carteras de tela, budas de piedra, incienso, todo mezclado en un intenso desorden y con un gran sentido de la acumulación...así era Pearl River 20 años atrás.
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| La planta baja, a la izquierda las porcelanas japonesas |
Con los años la situación económica de Pearl River mejoró y la nuestra también. Todo un gesto solidario, tal vez por eso el afecto. No sé exactamente hace cuántos años, pero probablemente hace una década, Pearl River se mudó poco más de una cuadra más arriba de la esquina en donde estaba anteriormente. Ahora ocupaba todo un edifico con frente a Broadway y se reorganizó con la apariencia de una tienda por departamentos. Tenía un Sótano con una farmacia china, ropa, juguetes, estatuas de buda y artículos de cocina, en la planta baja estaba en miniautomercado, las cerámicas chinas y japonesas y la sección de ropa y adornos; en el piso de arriba estaban los muebles. Se había civilizado el espacio, pero seguía manteniendo esa mezcla ecléctica de zapatos chinos con juguetes, de jabones con artefactos de cocina de dudosa calidad, de libretas con porcelanas japonesas, de latas de te verde con gomas de borrar en forma de sushi, solo que con más orden y más ambición que cuando estaba en Canal Street.
Durante cada año de casi 20 años viajamos a Nueva York para volver a encontrarnos con las mismas calles, la brisa fría y los marrones del otoño, los grises del invierno, el cielo azul y la luz, el rumor de la gente, el pan de maíz y el pavo, los adornos de navidad, el resurgir de la primavera, los anuncios del verano, la energía de la ciudad que nunca duerme. Y en cada viaje fueron desde Pearl River hasta Caracas vasijas de porcelana japonesa, carteritas de tela, libretas de papel, bolsos de plástico, latas de te verde, caramelos "de conejo", jaboncitos chinos de sándalo, juguetes de metal, postales. Cosas prescindibles todas, pero sin las cuales la vida tiene poca alegría.
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| El Sótano |
Hace casi dos años que no he podido volver a Nueva York. La mudanza a Perú ha traído nuevos gastos y otras prioridades. No temo no volver, algún día será, algún día sobrará algo de dinero para volver, pero temo que cuando vuelva ya no encuentre lo que fui a buscar.
Pearl River es solo una quincalla, una gran quincalla. Su desaparición es irrelevante ante los problemas del mundo. Ese no es el punto. Todo o casi todo lo que allí se encuentra seguro se encontrará en alguna otra parte. Pero la ciudad y los viajes a ella ya no serán iguales, ese es el asunto.
lunes, 30 de marzo de 2015
Pez fuera del agua
En Lima nadie habla de béisbol, eso no existe en estos lados del mundo.
Alguien me comentó tiempo atrás que había algún campo para practicarlo por allí, pero no me dijo en cuál distrito, nunca lo he visto, ni he visto una nota en prensa, ni un comentario en televisión donde se mencione, incluso como una curiosidad lejana, ese extraño deporte donde unos tipos equipados con palos de madera se enfrentan a otros, armados con guantes de cuero y pelotas blancas con costuras.
Alguien me comentó tiempo atrás que había algún campo para practicarlo por allí, pero no me dijo en cuál distrito, nunca lo he visto, ni he visto una nota en prensa, ni un comentario en televisión donde se mencione, incluso como una curiosidad lejana, ese extraño deporte donde unos tipos equipados con palos de madera se enfrentan a otros, armados con guantes de cuero y pelotas blancas con costuras.
Aquí en Lima se habla y mucho de fútbol, fútbol local y fútbol de algunos otros países, sobretodo países en los que juega algún peruano. También se habla algo de voleibol, algo de automovilismo, poco la verdad, algo de boxeo y algo de surf, la tabla, como se le llama por acá al deporte de pasear sobre las olas. Pero de béisbol nada, ni siquiera como una cosa extraña, una curiosidad de tierras distantes. De béisbol en Perú no hablan ni los japoneses, una colonia importante aquí, y que, por ejemplo, en Brasil, son el núcleo duro de la práctica de este deporte en un país muy futbolero. Aquí no hay béisbol, cosa rara para mi, porque de donde vengo, el béisbol no es un deporte, es una religión. Allí, en ese país donde nací, e incluso, en esas ruinas que quedan hoy de lo que fue aquello, el béisbol es de las pocas cosas que es capaz de aglutinar a un país, de sentar juntos a unos y a otros.
En estas fechas en las que están por comenzar los juegos de una nueva temporada de las Grandes Ligas y uno no ve en la prensa local ni una pequeña seña de ese mundo paralelo, no puede uno evitar sentirse lejos, huérfano de un mundo que le acompaña desde la infancia.
En Venezuela si el béisbol es una religión, los equipos son sus iglesias, y los jugadores los santos de tanto fervor. Los niños, esos que crecen escuchando a los padres hablar del equipo preferido y admirando las gestas heroicas de sus ídolos, pronto toman partido, asumiéndose parciales de alguna divisa regional o de esas que tienen la particularidad de tener fanáticos en varias zonas del país, como los Leones o los Navegantes.
Yo crecí escuchando a mi papá hablar de los Leones del Caracas y, por tanto, desde que tengo memoria no he tenido otro equipo preferido, salvo en aquel año en que, en medio de un ambiente muy confuso para el niño que yo era (tendría 7-8 años creo yo), los Leones se convirtieron en Tibuleones y se fueron a jugar a los llanos de Venezuela, dejando a la capital sin equipo de pelota. Y cuando, siendo un niño de pantalones cortos, iba con mi padre al stadium de béisbol de la Ciudad Universitaria de Caracas, participaba del ritual de los sobrecitos de colores que vendían antes de comenzar el partido, suerte de apuesta por ver si el nombre dentro del sobre coincidía con el primer jugador en dar un hit, en cuyo caso podía uno reclamar un premio, premio que a mi nunca me tocó. Participar de la fiesta de esconderse para que no le mojara a uno la cerveza que solían lanzar al aire al momento de ocurrir un evento importante en el juego. Crecí viendo de lejos los pinchos de carne, solo porque mi padre dijo siempre que esas cosas, muchas veces de raros, colores rojos y naranjas, las hacían con carne de perro o de gato. Crecí tomando refrescos y perros calientes en el lado izquierdo de la vieja tribuna con asientos de madera, con baños con olor rancio, escuchando en la parte de arriba de la tribuna a los narradores que escuchaba desde casa a través de la radio, Carlos Tovar Bracho y Delio Amado León.
Yo escuché por la radio debutar a Willibaldo Quintana, que en alguno de los turnos de su primer juego soltó un doblete, que lamentablemente no ayudo a que mi equipo ganara el juego. Yo escuché por la radio dar jonrones a Antonio Armas y escuché por la radio a un importado de apellido Miller robarse muchas bases.
El equipo de mi infancia es una mezcla de años y temporadas. Si reviso las estadísticas probablemente solo jugaron todos juntos un año o dos, o nunca, pero así es la memoria, uno mezcla los hechos con los afectos y arma un equipo con el foco en las cosas más cercanas, en los recuerdos más próximos. El Caracas de mi niñez tenía a el Gato Galarraga en la primera,a Jesús Marcano Trillo en la segunda base, tenía todavía a Cesar Tovar y a Vitico Davalillo en los jardines, tenía a Antonio Armas en el center field, tenía a Baudilio Díaz en la receptoría, tenía a Diego Seguí sobre la lomita y a un relevista gordo, de apellido Marcano, que tomaba cervezas con mi papá en Juan Griego. Yo, que supe de las hazañas de Ubaldo Heredia, de Gonzalo Marquez, de Luis Peñalver, vii comenzar a jugar vi comenzar a jugar a Bob Abreu, yo recuerdo el No Hit No Run de Urbano Lugo. Yo vi comenzar a jugar a Omar Vizquel, tal vez el último jugador de los Leones con el que he sentido esa identificación que sentía de niño.
Yo tengo todavía en la casa de Caracas barajitas de cartón con los los nombres de Cesar Tovar y Antonio Armas, yo tuve en mi cuarto de la casa de Los Chorros afiches pintados por mi en láminas de papel bond en los cuales los leones siempre vencían a los otros equipos.
En estos días de primavera del norte comenzarán los juegos de las Grandes Ligas y la total ausencia de noticias locales sobre ese mundo paralelo no hace otra cosa que recordarme que vengo de un mundo distinto, que todavía soy un pez fuera del agua.
El equipo de mi infancia es una mezcla de años y temporadas. Si reviso las estadísticas probablemente solo jugaron todos juntos un año o dos, o nunca, pero así es la memoria, uno mezcla los hechos con los afectos y arma un equipo con el foco en las cosas más cercanas, en los recuerdos más próximos. El Caracas de mi niñez tenía a el Gato Galarraga en la primera,a Jesús Marcano Trillo en la segunda base, tenía todavía a Cesar Tovar y a Vitico Davalillo en los jardines, tenía a Antonio Armas en el center field, tenía a Baudilio Díaz en la receptoría, tenía a Diego Seguí sobre la lomita y a un relevista gordo, de apellido Marcano, que tomaba cervezas con mi papá en Juan Griego. Yo, que supe de las hazañas de Ubaldo Heredia, de Gonzalo Marquez, de Luis Peñalver, vii comenzar a jugar vi comenzar a jugar a Bob Abreu, yo recuerdo el No Hit No Run de Urbano Lugo. Yo vi comenzar a jugar a Omar Vizquel, tal vez el último jugador de los Leones con el que he sentido esa identificación que sentía de niño.
Yo tengo todavía en la casa de Caracas barajitas de cartón con los los nombres de Cesar Tovar y Antonio Armas, yo tuve en mi cuarto de la casa de Los Chorros afiches pintados por mi en láminas de papel bond en los cuales los leones siempre vencían a los otros equipos.
En estos días de primavera del norte comenzarán los juegos de las Grandes Ligas y la total ausencia de noticias locales sobre ese mundo paralelo no hace otra cosa que recordarme que vengo de un mundo distinto, que todavía soy un pez fuera del agua.
jueves, 15 de enero de 2015
Ricardo Armas Fotógrafo
Ricardo Armas es, además de fotógrafo, mi cuñado y mi amigo, y cuando, hace un rato, Linkedin me preguntó si quería hacerle una recomendación, se me ocurrió que a esta hora, cuando ya los pasillos de la oficina está vacíos y se ha hecho oscuro en Lima, era mejor recomendarlo por aqui.
Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.
Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué.
En fin, esto es lo que hay.
Esto no es una antología ni una selección, porque se consigue poco de su trabajo en internet. Pero dentro de lo que hay (lo que hay es lo que ves, me diría él, parafraseando a Marías) escogí estas, algunas de ellas simplemente porque tengo copias de ellas en mi casa del Altolar o hasta hace poco colgaban de las paredes de mi oficina en Caracas o las he visto colgadas en las casas de mis cuñados o en la casa de Ricardo en Brooklyn.
Son 16, porque sé que es un número que a él le gusta. No me pregunten por qué.
En fin, esto es lo que hay.
sábado, 3 de enero de 2015
Regreso sin gloria (como en una vieja película de Jane Fonda y John Voight, pero con luz)
Vuelo a Caracas con mi familia la penúltima semana del año, justo a tiempo para la navidad. Hay expectativas buenas y malas, pero el ambiente familiar es de alegría, es una sensación colectiva de regreso a hogar, a lo propio, al espacio de lo conocido y al ámbito de lo querido.
En Lima recibimos noticias de Caracas, muchas noticias, continuamente, de diferentes fuentes, por diferentes medios, prácticamente a diario, en el momento, pero nunca es lo mismo ver las cosas con tus propios ojos.
La llegada
El aeropuerto de Maiquetía la tarde del 23 de diciembre tiene varias caras: la pista muestra desolación, pocos aviones ocupan los espacios de la terminal internacional; pero nosotros solo hablamos de la luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul? Hay tiempo de sobra para verlo, el puente que comunica al avión con el edificio se daña en su intento de conexión con el aparato de Avianca y nos toca esperar unos 20 minutos adicionales dentro del avión. Cosas que pueden pasar en cualquier aeropuerto del mundo, pero que a nosotros nos hacen pensar de inmediato en la falta de mantenimiento. Inmigración muestra pocas colas, hay muchas taquillas funcionando simultáneamente. Nos hacen preguntas específicas sobre nuestra dirección en Caracas. Pocos gestos simpáticos, muy poca actitud "chévere", sonrisa forzada. Arriba, colgado del techo (que se ha puesto amarillo con el paso del tiempo) en un aviso de vinyl el "comandante eterno" rodeado de niños pide que "sigamos juntos".
El salón de recogida de equipajes luce, a diferencia del resto de aeropuerto, abarrotado. Hay una explicación, como para casi todo en la vida. Varias correas de las que suben las maletas desde el borde de la pista hasta esta sala y luego las hacen girar bajo la mirada expectante de la gente están dañadas y, aunque los vuelos son pocos, los viajeros se acumulan a la espera de recibir sus cosas. También varias de las pantallas de información que cuelgan sobre las correas de equipajes están dañadas o muestran información errática, que nada tiene que ver con lo que ocurre a sus pies. Cuesta saber por dónde saldrán nuestras maletas, las cuales tardan un buen rato en aparecer.
Desde una pared, sobre un fondo blanco y verde, Cristiano Ronaldo nos invita a ser clientes del Banco Espíritu Santo, toda una metáfora del país. Este banco portugués ha sido intervenido en su país meses atrás luego de entrar en bancarrota y no sin antes destapar un enorme escándalo de corrupción, que ha permitido llevar a juicio al anterior primer ministro y ha costado a las arcas públicas cientos de millones de dólares. Producto de ese escándalo se ha sabido que Petróleos de Venezuela ha colocado allí millones de dólares, que muy probablemente se han perdido, y que esa colocación en un banco que ya para entonces estaba al borde de la quiebra ha estado asociada al pago de comisiones a funcionario públicos venezolanos. Pero eso no ha sido aquí, en el tercer mundo, sino en Europa, donde estas cosas "no van a pasar nunca", donde hay instituciones y una "sociedad educada" y, seguramente por eso, en el aeropuerto que sirve a la ciudad de Caracas los funcionarios de turno no se dan por enterados que ya no hay quien pague por esa publicidad que decora una pared del aeropuerto y que la foto del delantero del Real Madrid es lo más parecido a escupir para arriba, desde la perspectiva del gobierno de Venezuela. Minutos después de ver esa publicidad bancaria comprobamos que ningún cajero automático de ningún banco funciona ese día en el aeropuerto: apagado, dañado, aparatos que solo dan saldos de las cuentas pero no tienen efectivo o, en un caso extremo, vandalizados o recubierto por tablas de madera sin promesa de volver a la vida prontamente.
Afuera, camino del taxi de confianza que ha venido a buscarnos (¿viste ese cielo?, ¿viste ese azul?), podemos ver el edificio del hotel en construcción, que sigue sin ser terminado luego de casi 15 años, eso si, con una valla nueva, que reza orgullosa que, como parte del nuevo gobierno de eficiencia en la calle, se avanza de forma decidida hacia su culminación para el servicio del pueblo. Leo eficiencia y, con una sonrisa que me aproxima a Patán, el perrito de los dibujos animados que tanto me gustaban de niño, pienso en el bolívar "fuerte", en la patria "segura", en la "potencia" productiva, en la "soberanía" alimentaria. País adjetivo. El edificio está exactamente igual que cuando vine 6 meses atrás, demás está decirlo.
El salón de recogida de equipajes luce, a diferencia del resto de aeropuerto, abarrotado. Hay una explicación, como para casi todo en la vida. Varias correas de las que suben las maletas desde el borde de la pista hasta esta sala y luego las hacen girar bajo la mirada expectante de la gente están dañadas y, aunque los vuelos son pocos, los viajeros se acumulan a la espera de recibir sus cosas. También varias de las pantallas de información que cuelgan sobre las correas de equipajes están dañadas o muestran información errática, que nada tiene que ver con lo que ocurre a sus pies. Cuesta saber por dónde saldrán nuestras maletas, las cuales tardan un buen rato en aparecer.
Desde una pared, sobre un fondo blanco y verde, Cristiano Ronaldo nos invita a ser clientes del Banco Espíritu Santo, toda una metáfora del país. Este banco portugués ha sido intervenido en su país meses atrás luego de entrar en bancarrota y no sin antes destapar un enorme escándalo de corrupción, que ha permitido llevar a juicio al anterior primer ministro y ha costado a las arcas públicas cientos de millones de dólares. Producto de ese escándalo se ha sabido que Petróleos de Venezuela ha colocado allí millones de dólares, que muy probablemente se han perdido, y que esa colocación en un banco que ya para entonces estaba al borde de la quiebra ha estado asociada al pago de comisiones a funcionario públicos venezolanos. Pero eso no ha sido aquí, en el tercer mundo, sino en Europa, donde estas cosas "no van a pasar nunca", donde hay instituciones y una "sociedad educada" y, seguramente por eso, en el aeropuerto que sirve a la ciudad de Caracas los funcionarios de turno no se dan por enterados que ya no hay quien pague por esa publicidad que decora una pared del aeropuerto y que la foto del delantero del Real Madrid es lo más parecido a escupir para arriba, desde la perspectiva del gobierno de Venezuela. Minutos después de ver esa publicidad bancaria comprobamos que ningún cajero automático de ningún banco funciona ese día en el aeropuerto: apagado, dañado, aparatos que solo dan saldos de las cuentas pero no tienen efectivo o, en un caso extremo, vandalizados o recubierto por tablas de madera sin promesa de volver a la vida prontamente.
Afuera, camino del taxi de confianza que ha venido a buscarnos (¿viste ese cielo?, ¿viste ese azul?), podemos ver el edificio del hotel en construcción, que sigue sin ser terminado luego de casi 15 años, eso si, con una valla nueva, que reza orgullosa que, como parte del nuevo gobierno de eficiencia en la calle, se avanza de forma decidida hacia su culminación para el servicio del pueblo. Leo eficiencia y, con una sonrisa que me aproxima a Patán, el perrito de los dibujos animados que tanto me gustaban de niño, pienso en el bolívar "fuerte", en la patria "segura", en la "potencia" productiva, en la "soberanía" alimentaria. País adjetivo. El edificio está exactamente igual que cuando vine 6 meses atrás, demás está decirlo.
Mi casa
Volver a casa, de eso se trata.
Al anochecer del 23 de diciembre el taxi, luego de cruzar la ciudad, de mostrarnos el Avila, de dejarnos ver un atardecer como no hay en Lima, nos deja rodeados de maletas rellenas de regalos y productos de la cesta básica en el estacionamiento de nuestro edificio y Jimmy Alcolck vuelve a maravillarnos con las formas que diseñó hace 50 años y por las que, entre otras cosas, le dieron el premio nacional de arquitectura. La luz es tenue y amarillenta, las lámparas del Altolar apenas alumbran el jardín, algunos pasillos y la planta baja del edificio. Las calles que nos trajeron a casa estaban también, como el edificio, casi a oscuras.
Al anochecer del 23 de diciembre el taxi, luego de cruzar la ciudad, de mostrarnos el Avila, de dejarnos ver un atardecer como no hay en Lima, nos deja rodeados de maletas rellenas de regalos y productos de la cesta básica en el estacionamiento de nuestro edificio y Jimmy Alcolck vuelve a maravillarnos con las formas que diseñó hace 50 años y por las que, entre otras cosas, le dieron el premio nacional de arquitectura. La luz es tenue y amarillenta, las lámparas del Altolar apenas alumbran el jardín, algunos pasillos y la planta baja del edificio. Las calles que nos trajeron a casa estaban también, como el edificio, casi a oscuras.
La casa está a medio camino entre el hogar y un depósito. Se acumulan las cosas propias con las de la oficina que cerramos hace poco más de un año. Pero en un par de días comienza a volver a la normalidad, a liberar espacios para sentarse, para conversar, para escuchar música, a mostrar las cosas con las que nos identificamos. No hay una definición universal de la belleza, pero aquí está lo que es bello para mi, para nosotros.Es nuestra casa. Hay polvo y hay maravillas como para amoblar las casas de Caracas, Brooklyn y Lima. 20 años de acumular muebles de los 50s y los 60s, libros, vajillas, juguetes de metal, avisos de refrescos, tarjetas postales, cuadros y más cuadros. Gavetas que muestran sorpresa tras otra. Cosas probablemente intrascendentes para muchos, cosas, muchas de ellas, sin valor económico, pero asociadas a algún viaje, a algún momento de nuestra vida. Esa es una buena definición de hogar, aunque a la vuelta goteen los grifos, parpadeen las lámparas, muestren grietas las paredes y las cerraduras tarden en reconocer a sus dueños.
Desde la autopista se escucha el murmullo de los carros al pasar.
Y desde las ventanas, la brisa fresca y seca. Y la luz. Esa luz. ¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul?
El automercado, el centro comercial y la gente
Desde Lima se tienen noticias frecuentes, incluso a través de los periódicos y noticieros de televisión peruanos, sobre la escasez de algunos productos y las penurias para hacer cosas cotidianas, también sobre la inflación. Somos el mal ejemplo, la advertencia para otros pueblos ante la tentación del atajo, por eso aparecemos frecuentemente en los noticieros. No hay sorpresas, aunque las sensaciones del primer día, el 24 en la mañana, muestren percepciones mezcladas.
Hay colas para comprar pan de jamón. También hay colas a la entrada del automercado a la espera que abran las puertas. A la luz del día la ciudad se muestra sucia, se ve que nadie barre las calles. Pero hay colas en unas panaderías y en otras no. El litro de jugo de naranja natural vale 3 veces lo que hace un año. El cachito de jamón vale el doble que en diciembre pasado. El desayuno del primer día vale casi lo que costó mi primer auto nuevo, de agencia, un Fiat Uno motor 1500 cc comprado en 1992, el desayuno vale 40 meses de mi primer sueldo como urbanista graduado en la universidad Simón Bolívar en 1990.
Las cifras en bolívares escandalizan, pero al cabo de unos algunos segundos, luego de hacer una conversión redondeada a dólares o a soles peruanos, se cae rápidamente en cuenta que para quienes venimos de fuera con unos dólares en el bolsillo la mayoría de los precios son solo una fracción de los que se pagan en otros países. La tragedia es para quienes viven de un sueldo pagado en bolívares, para quienes su poder adquisitivo se ha diluido en el último año. Todo un eufemismo para no llamar las cosas por su nombre: quienes ganan en bolívares se han empobrecido en estos meses a un ritmo vertiginoso. El Banco Central publica este mes las estadísticas que debió publicar y omitió, tratando de ocultar lo obvio, durante los últimos 6 meses del año y reporta una inflación cercana al 70% anual. Una cifra escandalosa y a la vez falsa, acomodada para complacer al gobierno, que no se compagina con lo que ocurre en la calle. El transporte público subió 166% durante el año, los precios en el automercado han subido entre un 100 y un 300%, según sea el producto.
Gasto en mi primera visita al automercado (tuve que ir a varios para conseguir algunas de las cosas que buscaba, algunas no aparecieron nunca, como el jabón para bañarse o el líquido para lavar los platos...al rato, familiares me advirtieron de no perder mi tiempo buscándolas, simplemente dejaron de existir hace semanas o meses) 3 veces los que me costó el Renault Twingo azul que compré nuevo, en el concesionario Renault de Colinas de Bello Monte, en 1999, y que tuvimos en casa hasta hace uno años. La compra apenas alcanzó para llenar una repisa de la nevera.
Otra cosa es el ambiente del automercado. Caras largas, violencia contenida o desplegada, como la de quienes se abalanzan sobre los bultos de HarinaPan o azúcar que lanzan en un pasillo los empleados del Excelsior Gama de Santa Fe, a sabiendas que no hace falta ni acomodar los productos de la cesta básica en las estanterías. En minutos o segundos desaparecen los productos, repartidos en carritos que corren hacia las cajas con su cacería del día. Se oyen quejas frecuentes, lamentos, mentadas de madre. ¿Esto es todos los días así o es porque hoy es día de navidad y la gente está apurada, nerviosa? pregunto a mi cuñada. "No Gonza, esto es ahora así siempre", me responde. También presencio, a finales del año, en un automercado cercano a mi casa, la llegada de decenas de motorizados y dos autobuses de transporte público repletos de gente que, evidentemente organizados previamente, se dirigen, una parte, a ponerse sin haber recogido algún producto en las colas de la caja, mientras los otros cargan con toda la leche y otros productos de la cesta básica disponible. Vuelvo tres días después, ya en el 2015, y presencio una escena parecida: personas que amarran cajas de leche a la parte de atrás de las motos, vecinos que no pueden ni entrar al automercado, policías en la calle tratando de ofrecer un poco de orden en medio del caos. Se acabó la leche. Un paquete de servilletas de papel vale los mismos bolívares que pagué en 1992 por un pasaje en avión y todos los gastos y compras (¿dónde estará el peluche de Cobi que le compré a mi sobrina en el Corte Inglés de la calle Princesa, en Madrid) de una estadía de un mes en España, visitando varias ciudades, incluyendo la Expo de Sevilla. ¿En dólares? 1,70, cinco soles peruanos.
"Esto es un bomba de tiempo" me dice una vecina. Pero nadie sabe de cuánto tiempo estamos hablando. ¿Una semana, un mes, un año, una década? Hay quienes están dispuestos a esperar 6 horas en cola por un pollo a precio regulado, los he visto. En Cuba han esperado 60 años. "Esto no aguanta más", me dicen, bajo un cielo azul imponente, mientras las palmeras de mi edificio se mecen ante una brisa fresca de fin de año. Al fondo el Avila se ve impresionante.
¿Viste ese cielo?, ¿viste ese azul?
Me siento en casa, a pesar de las desgracias. Cuánto desearía que las cosas cambiaran. Un sueldo mínimo local paga 2 visitas familiares a una venta de hamburguesas y nadie queda contento a la salida. Al día siguiente de nuestra visita veo en la prensa que en ese mismo sitio, horas después, se cayeron a golpes la Defensora del Pueblo, sus guardaespaldas, y las vecinas de mesa. La Fiscalía anuncia la aprensión de la vecina de mesa en tiempo récord. La violencia está a flor de piel.
La fórmula infantil que toma Teresa cuesta el 5% de lo que vale en Lima, pero su consumo mensual en Caracas equivale al 15% del salario mínimo. Vamos al Rey David y la cajera nos dice que los frascos de Nutella están de adorno, que no tienen para la venta (ellos, esta empresa venezolana, son los importadores para varios países de América Latina, incluido el Perú). El centro comercial San Ignacio tiene una imagen fantasmagórica, con varios locales cerrados, con locales a medio llenar, con vitrinas que ofrecen en venta o traspaso locales polvorientos, pero una señora en una minitienda nos vende un tu-tú de varios colores que termina de coser delante de nosotros para Teresa y nos dice que es la mercancía que más vende, que los tu-tús tienen más "salida" que los accesorios de Hello Kitty que pueblan su negocio, en un sector del centro comercial denominado Hollywood, que las niñas de Caracas sueñan con ser bailarinas. Un tu-tú cuesta la mitad de un salario mínimo, lo mismo que cuestan 2 entradas al cine en Lima.
La fórmula infantil que toma Teresa cuesta el 5% de lo que vale en Lima, pero su consumo mensual en Caracas equivale al 15% del salario mínimo. Vamos al Rey David y la cajera nos dice que los frascos de Nutella están de adorno, que no tienen para la venta (ellos, esta empresa venezolana, son los importadores para varios países de América Latina, incluido el Perú). El centro comercial San Ignacio tiene una imagen fantasmagórica, con varios locales cerrados, con locales a medio llenar, con vitrinas que ofrecen en venta o traspaso locales polvorientos, pero una señora en una minitienda nos vende un tu-tú de varios colores que termina de coser delante de nosotros para Teresa y nos dice que es la mercancía que más vende, que los tu-tús tienen más "salida" que los accesorios de Hello Kitty que pueblan su negocio, en un sector del centro comercial denominado Hollywood, que las niñas de Caracas sueñan con ser bailarinas. Un tu-tú cuesta la mitad de un salario mínimo, lo mismo que cuestan 2 entradas al cine en Lima.
Afuera, en los pasillos del centro comercial sopla la brisa fría de diciembre. El Avila puede verse radiante desde la plaza central, donde hay un árbol de navidad y una lancha que rifan entre quienes compren algunos productos. Hay poca gente. La librería Tecniciencias tiene montones de estantes vacíos, la tienda de discos Esperanto desapareció (y eso que la esperanza es lo último que se pierde). Los helados de yogurt cuestan la cuarta parte que en Lima, en la misma franquicia norteamericana, pero una familia típica de Caracas se gastaría el 25% de un salario mínimo en una visita al local de la planta baja del centro comercial, donde una muchacha me dice "corazón, no tienes efectivo, tengo problemas con el punto de venta, no está leyendo el chip de las tarjetas". Pago con efectivo, la misma cantidad de bolívares que me costó el Fiat Uno que compré al volver del postgrado en España y ella me dice con una sonrisa "gracias corazón".
"Esto está al caer", me dicen, mientra yo miro al cielo. ¿Viste esa luz?, ¿viste ese cielo?
sábado, 27 de diciembre de 2014
Regalos de navidad
Mis tres hijos ya han abierto sus regalos de este año, una muñeca, un caja de auto mercado, con su carrito repleto de productos simulados (casi un chiste cruel considerando el estado de los supermercados venezolanos o podrían interpretarse como un juguete de ciencia ficción, como cuando me regalaban una nave espacial varias décadas atrás), un juego de video de Pokemón, libros y un vale para que Lucía, la mayor, escoja ropa a su gusto.
En la sala de la casa de Colinas de Bello Monte, a la que hemos llegado recién el día anterior de la navidad, han quedado las cajas regadas y los trozos de papel de regalo junto a un pequeño nacimiento italiano, de porcelana, que trajimos de París hace unos años. Este año, por primera vez que yo recuerde, no hay pino de ningún tipo o tamaño en casa, tampoco corona en la puerta. Pero no se nota mucho el desorden, ya que nuestra sala está repleta de cuadros, cajas y muebles, sumando a las cosas que normalmente la llenan las otras cosas que nos trajimos de la oficina cuando no mudamos a Lima hace un año.
Todos en casa se han ido a visitar amigos y familiares y yo me he quedado entre las cajas y las cosas, en el único extremo vacío de la mesa de comedor, tratando de terminar un informe que tengo que entregar en otro país, correo mediante, antes de que el año cierre sus puertas. Suena de vez en cuando el teléfono, preguntándonos por nuestro viaje, por cuántos días nos quedamos, por cómo vemos la cosa, por cuándo podemos vernos para conversar. Ganas de trabajar en estas fechas hay pocas, debo decirlo, y una ciudad en silencio, con nubes y brisa de lluvia, poco ayuda a la concentración. El internet que viene y va y se mueve muy lentamente y una computadora prestada a la que no le funciona bien el teclado tampoco colaboran (la mía anunció su muerte a través de un técnico el viernes pasado, en Lima, negándose a volver a su tierra de adopción y me prestaron la que usó una ex-empleada de mi oficina de Lima hasta hace un año). Se respira tristeza en el aire. Así hemos encontrado a Caracas, triste, y hoy ni siquiera se ve el Ávila ni el cielo azul, los principales atributos que le quedan a la ciudad de la eterna primavera, esa luz que nos acompañó hace pocos días mientras veníamos desde el aeropuerto.
Viendo las cajas regadas por mis hijos me ha dado por recordar lo que me dieron mis padres en las navidades de mi infancia. No tengo el registro de cada año, mi padres nunca fueron muy dados a la fotografía, no hay muchas imágenes de nuestra navidades. Algunas fueron en Caracas, otras fueron en Margarita, pero siempre hubo un regalo al pie de la cama o la hamaca, según fuese navidades en la casa de Caracas o en la de la playa. Pero no había cenas ni eventos importantes. Mis pdres siempre se han acostado temprano, incluso la noche en la que finaliza el año.
A veces llegaban cosas que yo había pedido, otras no. Varias veces me dieron ropa. Temprano, a sabiendas que no había ningún ser sobrenatural que se encargase de los regalos, comencé a escoger los regalos yo mismo, en los días previos a la navidad, pero eso tampoco era garantía de éxito. A veces me compraba yo mismo regalos que luego no eran lo que me había imaginado.
Recuerdo especialmente un año en el cual me compraron un álbum de estampillas forrado en cuero marrón claro y un sobre con 1000 estampillas de todo el mundo. Me lo compraron (yo fui con mi mamá, que le explicaba al encargado, español si mal no recuerdo, que yo a mis 11 años había pedido eso por navidades) en una tienda llamada Filven, Filatelia Venezuela, en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. Luego volví a esa tienda varias veces, a buscar sobres con estampillas organizadas por países. Recuerdo que me sentaba en el escritorio de mi papá a organizarlas en el álbum y mientras lo hacía me imaginaba como eran los lugares de dónde procedían. Todavía conservo el álbum.
Recuerdo un año donde me compraron mi primer reloj de pulsera, un reloj Oris con la correa de cuero negro con agujeritos que al parecer no salió muy bueno. Era a cuerda y lo usé menos de un año. Mi madre aún lo guarda, espero que me lo de alguna vez. Lo compraron en una joyería que quedaba a una cuadra hacia el este de la esquina de La Torre, en el centro de Caracas. Como ese reloj no salió muy bueno (aunque lo recuerdo muy bonito), al año siguiente me regalaron uno más grande, automático, uno Seiko como de submarinismo, con la correa de plástico negro y el fondo de la pantalla color naranja. Ese Seiko me lo compraron en una joyería a la que íbamos todos los años cuando viajábamos a Margarita, a la playa. Era una joyería un poco extraña, pero así eran muchas tiendas de los primeros años del puerto libre de Margarita: quedaba en medio de la nada, al borde de la carretera, cerca del pueblo de San Juan Bautista. Detrás de la tienda estaba la casa del joyero, mis padres lo conocían de toda la vida. Mi madre también conserva ese reloj que usé varios años, hasta entrado en el bachillerato.
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| Mi Seiko era similar a este, pero con el fondo color naranja |
Un año me regalaron un avión que me compraron en una tienda de la avenida 4 de mayo. Bencamar se llamaba la tienda, me imagino que, como tantas cosas, ya no existe. Afuera, en la tapa de la caja, el avión, un Spitfire de la real fuerza aérea británica, venía pintado de camuflaje y andaba entre las nubes. A mis pocos años siempre me sentó mal que el que venía dentro de la caja no volara y solo hiciese un ruidito al rodar, empujado por la mano de su propietario, sobre el piso de cemento de la casa de mis vacaciones. No recuerdo hasta cuando lo tuve, no se si estará en algún closet de la casa de mis padres.
Otro año me trajeron unos trenes marca Lima, eléctricos, muy bonitos. Mi hermano también tuvo alguno y, en algún momento se quedó con todos, los suyos y los mío.Venían en cajas con varios vagones y tramos de pista, pero también vendían vagones individuales, transformadores y piezas de decoración. Siempre quise hacer una maqueta que pudiese meter debajo de la cama, o colgarla del techo, como vi en un revista de la época, pero nunca tuve la maqueta, aunque la dibujé muchas veces.
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| Trenes Lima |
Algún año, de finales de los 70s completaron el dinero que tenía guardado y me compré una consola Atari con 2 cartuchos de juegos. Alguna vez me regalaron libros. Y ropa. Ropa. Ropa. Alguna vez ya me dijeron que estaba muy grande para eso de los regalos, aunque mi madre nunca ha dejado de regalarme algo. Todos lo últimos años me ha regalado una pluma, que sabe las colecciono. Este año ha ido una Cross de color rojo.
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| Atari |
Llueve en Caracas. Apenas se escuchan carros pasar por la autopista que veo desde la ventana de mi apartamento. No parece navidad. Este año hay muy pocos fuegos artificiales, hay poca publicidad de navidad en las calles, pocos adornos. La gente va con la cara amarrada. hay violencia contenida, hay resignación. Las calles están sucias, las luces alumbran poco, la luz en las calles es amarilla y tenue. Esta mañana vi colas en una venta de electrodomésticos cercana a mi casa, allí venden a precios regulado por el gobierno, pero me explican que la mayor parte del tiempo no hay nada para vender.
Solo voy a estar dos semanas en Caracas, pronto voy a volver a Lima a ocuparme de un nuevo trabajo, pero antes de irme voy a buscar mis dos relojes, el Oris y el Seiko de submarinismo, en casa de mis padres. Verlos funcionar de nuevo sería un bonito regalo de navidad.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Recordar es vivir
Ella está en un hospital.
Quisiera imaginarlo desde la distancia.
Solo una vez he estado en un hospital en España, pero fue hace mucho, mucho tiempo, el siglo pasado. Solo de visita, un domingo por la tarde, entrando el verano. Solo por una vez, un tío de Olga estaba allí, recién operado, si mal no recuerdo. Estoy seguro de la pared de ladrillos y la luz amarilla de la tarde, pero no sobre quién era el enfermo. Me llamó la atención que dieran pijamas azules con el nombre del paciente y que hubiese que poner pesetas por una rendija al televisor para mirar un rato el telediario o una película. Recuerdo que me preguntaron y respondí que no era como los hospitales de Caracas, tampoco como las clínicas que conocía. Conocía clínicas mejores y peores y hospitales mucho peores.Acaso me recordaba un poco al Hospital Clínico Universitario donde nací y al que iba a veces siendo aún niño.
No sé cómo son los hospitales de Barcelona. Nunca he estado en uno. Mentira. He ido varias veces al hospital de la Santa Cruz, es bonito, pero he ido a ver el edificio, sin imaginarme a los enfermos.
Ella está en un hospital, pero no se en cual.
Quisiera saber si es un edificio grande o pequeño, si queda en el centro o en las afueras. En el ensanche o junto al mar.
Quisiera saber de qué color es la pared frente a la cama. Si está sola en el cuarto o con otros pacientes. Si hay una ventana que mire hacia la calle, si se escucha a los carros pasar, si hay árboles al otro lado de los vidrios o si, acaso, se ve el mar.
Tenía en casa -no en la de aquí, en la otra, la de Caracas- una revista de arquitectura donde había un hospital junto al mar, en Barcelona. Quisiera imaginarte allí, cerca de la arena, aunque muy probablemente me equivoque.
Quisiera que la pared fuese blanca y la ventana grande, que el mar se viese azul, desde la cama, al alcance con solo voltear la cara. Que entrase la brisa cálida desde la playa y que se escucharan las olas golpear contra la arena.
Quisiera pensar que el azul te recuerda el azul de la bahía de pozuelos, que el ruido del mar te recuerde Playa Colorada. Quisiera pensar que puedes imaginar los cocoteros, que puedes ver los ferrys pasar frente a la playa, que puedes contar los tanqueros y los veleros amarrados frente al paseo Colón, como lo hacías desde tu balcón.
¿Te acuerdas aquella vez que nos vimos en Madrid, aquella noche en casa de tu amiga, la que vivía junto a la estación de metro Vinateros? Yo te había recogido en la estación de autobuses y te llevé allí el día anterior. Venías de La Coruña ¿Recuerdas que me diste un sobre al despedirte y me pediste no abrirlo hasta que llegase a mi casa en Alcalá? ¿Recuerdas lo qué habías puesto adentro del sobre?
He fantaseado con esas 5000 pesetas durante casi veinticinco años.
Suelo hablar solo mientras manejo, o cuando camino por la calle o sentado en el baño a media luz. Lo hacía cuando tenía diez años y lo hago aún. No puedo controlarlo. Antes me daba pena al darme cuenta que estaba haciéndolo de nuevo, ahora cada vez menos. A veces soy quien no soy. A veces soy yo mismo haciendo cosas que me tocará hacer más tarde o que ya hice y quisiera haber hecho de otra forma. Hablo con los clientes con los que me voy a reunir al día siguiente, o soy un cantante, o un músico, o un atleta de alta competencia, o un escritor famoso o el ganador del premio gordo de la lotería. Cosas para los que no tengo talento o para las que no hago el menor esfuerzo, como lo de la lotería.
Es difícil ganarse la lotería, más sin comprar un boleto.
Mil veces he hecho listas en mi cabeza describiendo cómo distribuiría el dinero y en todas ellas siempre me veo entregándote un sobre con un cheque dentro. Unas veces han sido diez mil, otras veces cien mil, de cuando en cuando un millón o dos. El sobre siempre es igual al de aquella noche en Madrid. La sonrisa no cabe en la cara.
Quisiera terminar un informe que debe viajar lejos, pero esto es lo que me ha salido.
Ella está en un hospital.
Quisiera imaginarlo desde la distancia.
Quisiera que fuese un hospital junto al mar.
Quisiera entrar al cuarto y que me llamaras por mi nombre.
Quisiera que supieras que estoy hablando de ti sin que haga falta decir tu nombre.
Quisiera que pudieras recordar esto como lo recuerdo yo.
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