jueves, 15 de marzo de 2012

Tardes con Cruz-Diez (Mediodía en París, parte 2)

Aprovechando la visita familiar a París del pasado mes de enero, programamos -luego de mucha insistencia familiar- una visita a Carlos Cruz-Diez, artísta venezolano de amplio reconocimiento internacional, residenciado en Francia desde hace unos 50 años y una de las voces más importantes del movimiento cinético, que tanta fuerza tuvo décadas atrás - especialmente en Europa- y que en años recientes ha resurgido entre la crítica, incluso en los Estados Unidos en donde "los cinéticos" nunca fueron de muy alta estima, con una importante revalorización de las obras y de los artistas que las crearon, a través de múltiples exposiciones, publicaciones e incorporación de obras en espacios públicos.

Desde la perspectiva de los venezolanos que tuvimos nuestra infancia en el período de la "Gran Venezuela", el arte cinético era "el arte moderno", con toda la carga ideológica que ello implica y, por supuesto, fue parte muy importante de nuestra educación sentimental. El país que se soñaba moderno o que al menos tenía aspiraciones de serlo se mostraba, entre otras cosas, a través de un conjunto de artistas que eran referencias internacionales, con trabajos expuestos en importantes museos del mundo u obras instaladas en edificios y espacios públicos de los 5 continentes, y que eran una prueba viviente que el país podía generar motivos de orgullo patrio más allá del petróleo, los boxeadores, las misses y los jugadores de pelota.

Yo, con lo apátrida que suelo ser, no pude evitar sentirme orgulloso hace 20 años al notar que en el techo sobre la entrada del Centro Pompidou estaba una obra azul de Jesús Soto y que en su colección permanente, la más importante en Europa de arte moderno, en el  mismo piso que los Picasso y los Magritte, estaban en paredes enfrentadas, mirándose una a la otra, obras de Jesús Soto y de Carlos Cruz Diez.

Carlos Cruz Diez décadas atrás en Caracas, junto a una de sus obras, hoy muy deteriorada.


Carlos Cruz Diez trabajó como diseñador gráfico y como ilustrador - antes de su partida a Francia- en diferentes publicaciones, como Elite y El Farol, junto a mi suegro, Alfredo Armas Alfonzo, con quien le unió durante décadas una entrañable amistad, aderezada con oporto y pescados con crema preparados por Aída, la abuela de mis hijos. Para Patricia, Cruz-Diez fue un personaje casi cotidiano durante su infancia y juventud temprana, aunque tenía muchos años sin verle. Por ello sólo nos bastó una llamada telefónica para hacer una cita en su apartamento de París, a donde nos recibió rodeado de sus hijos y de sus colaboradores.

Organizamos las tareas de ese día pensando en la visita que habíamos programado para esa tarde, ubicamos en el plano la calle donde Cruz Diez ha vivido desde los años 60s y buscamos otras cosas que hacer o lugares cercanos de interés para asegurarnos de estar cerca de allí desde temprano y llegar puntuales a la hora acordada y allí llegamos, empujando el coche de "La Tere" por la cuesta que lleva al portal del edificio y halando del brazo a Diego, a quien habíamos adoctrinado previamente, haciéndole saber que  aquel que conocería ese día era una persona muy importante y había sido uno de los mejores amigos de su abuelo.

aeropuerto de Maiquetía


Supimos reconocer cuál era el edificio al ver el viejo letrero -perfectamente conservado- de la carnicería en la planta baja, legado de los antiguos ocupantes del local, desde hace años sede de uno de los talleres del artista, que tiene varios espacios de trabajo en esa misma calle, además de la sede de la Fundación Cruz-Diez y su propia casa de habitación, justo encima de la carnicería en cuestión.

Las personas talentosas, creativas, con independencia de su simpatía, suelen tener un aura, un carisma particular que hace que de una u otra forma nos interesemos en ellas. Si ello lo combinamos con la enorme simpatía de "el maestro", como le suelen llamar quienes trabajan con él, así como la energía que irradia al comentar todos los proyectos en los que a sus alrededor de 80 años sigue involucrado (Corea, Argentina, Miami, Boston, Texas, Paris...), nos enfrentamos sin duda a una personalidad encantadora, que enriquece la vivencia de los momentos que compartimos con él y nos impulsa a ser mejores .



Cuando esa noche de enero del 2012 caminamos bajo un llovizna aquella calle de París rumbo al apartamentico del Marais adonde ibamos a dormir todas las noches, luego de pasar la tarde con el maestro y de visitar sus talleres y espacios de trabajo, llevábamos bajo el brazo, junto a una gráfica dedicada de su puño y letra a "Patricia y su combo" -familia cercana de una que está en la pared junto a la computadora de mi oficina y de otra que luce en la sala del apartamento del Altolar- la esperanza de que Lucía, Diego y Teresa hubiesen aprovechado cabalmente aquella experiencia enriquecedora, la oportunidad de conocer a un artista y su espacio vital, un artista que es un pedazo de lo mejor de aquel país lleno de defectos, pero que tenía como slogan "un país para querer". 

  

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