miércoles, 26 de enero de 2011

El Gusano de Luz

Cuando yo era un niño, mi papá tenía un cuarto de la casa al que llamábamos de manera rimbombante la biblioteca, y aunque cambió de ubicación dentro de la casa un par de veces con el paso de los años y ha cambiado de decorado unas cuantas veces más, hoy sigue existiendo una habitación de la casa de mis padres a la que todos nos referimos de esa manera: "sube, tu papá está en la biblioteca" o ¿ya viste el periódico de hoy? ¿no? sube, está en el sofá de la biblioteca..."

La biblioteca era la habitación de la casa de Los Chorros en la cual mi papá había ubicado su escritorio de entonces, un mueble grande y robusto forrado de fórmica imitación madera, en un color indefinible entre gris y marrón oscuro, eso que en Venezuela llamamos "color perro en autopista". También estaba una biblioteca grande, toda una pared de piso a techo, unos 4 metros de largo o tal vez un poco más, hecha en madera amarillenta, de pardillo, y con las repisas dobladas por el peso de los libros amontonados. En aquel cuarto habían gavetas llenas de papeles; estaba el closet, repleto revistas y muchas carpetas, y también estaba el tocadiscos, marca Siera, de madera clara y tapa transparente de metacrilato, montado sobre un mueble de madera y metal cromado con ruedas de plástico transparente.

Como mi papá no estaba en casa durante el día y algunos días de la semana no llegaba hasta muy tarde en la noche (daba clases por las noches por lo menos 3 días de la semana) hice buena parte de mi infancia y adolescencia entre aquellas 4 paredes: allí escuchaba los discos y allí me pasaba horas curiosiando entre las revistas y los libros. Allí descubrí que existían otros países, otras formas de vida, otras costumbres, otros climas, otras ideologías, otras arquitecturas. Despues de todo, mi papá era profesor de geografía e historía y de eso eran buena parte de los libros y las revistas que estaban en la biblioteca.

La biblioteca de la casa de Los Chorros se surtía de varios sitios, pero una de sus fuentes quedaba en La Candelaria, casi al frente de uno de los lugares de trabajo de mi papá.

Fuente del Parque Carabobo
Muy cerca, menos de 50 metros, del sitio donde mi papá trabajaba por las noches, el liceo Andrés Bello, en la Avenida México del centro de Caracas, quedaba una pequeña librería, ubicada frente a la acera norte del Parque Carabobo. Era un cuchitril donde apenas podía uno moverse, entre los cerros de libros, cajas y repisas que ocupaban casi todo el mínimo local y su mezzanina. Lo regentaba un personaje menudo, moreno y con bigotes, un tal Freddy Cornejo, con el cual mi papá acordó abrirme crédito, el primer crédito de cualquier tipo que tuve en mi vida: "este es mi hijo Gonzalo Enrique" me presentó mi papá, tendría yo 13 años más o menos, "así que cuando venga, Freddy, anótame los libros que se lleve". Allí o en la librería Julieta de San Bernardino solían comprarme a comienzos del año escolar los útiles que pedían en el colegío. Siendo más pequeño me gustaba ir, porque bajo el mostrador principal  de la librería, ubicado casi junto a la puerta, tenían para la venta carros de juguete machtbox y majorette y otras cosas parecidas que, por supuesto, eran objeto de mis más sentidos deseos. Encima de la puerta, que estaba dos o tres escalones por sobre del nivel de la calle, estaba colgado un letrero de metal en 3 dimensiones con un insecto con lentes y un sombrero de copa que portaba una lámpara encedida junto al nombre del negocio: Librería el Gusano de Luz.

El Gusano de Luz no era famosa como librería, era un cuchitril, ya lo he dicho antes, sino como lugar de encuentro. Al final de la tarde, justo antes del anochecer, algunos días de la semana, algunas veces, y los viernes, ese día sí siempre, sin falta, se reunían a sus puertas -porque adentro no cabían más que 3 o 4 personas- unos personajes que mi papá me describía como "escritores" o "intelectuales", aunque yo nunca les vi escribir nada, sólo los veía tomar whiskey escoces con hielo y comerse las hallacas y bollos de maiz que vendía una señora que pasaba regularmente por el lugar, con una caja de anime y la comida humeante en su interior. Lo otro que hacían era hablar y hablar y hablar. Y saludar gente que pasaba por aquella calle del barrio de La Candelaria, en el centro de Caracas, el mayor núcleo de la inmigración española de la capital.

En la medida que fui creciendo fui conociendo el nombre de aquellas personas: Salvador Garmendia, Manuel Bermudez, Denzil Romero, que a veces iba con su esposa Maritza, el poeta Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, Alexis Marquez Rodríguez, Domingo Miliani, Oscar Sambrano Urdaneta. Tambien solía estar un tipo flaco, siempre borracho y de no muy buen aspecto para mi criterio juvenil, de nombre Earle Herrera. Habían otros. A veces discutían allí, en la acera, sus propios libros, o entablaban negociaciones con el Sr. Cornejo para que les diera crédito o les dejara llevarse alguna mercancía del negocio.  La tertulia duraba hasta muy entrada la noche, hasta el momento de cerrar la librería, o a la hora de irse a algún otro sitio.

Denzil Romero, autor de la Tragedia del Generalísimo, Infundios, Grand Tour, entre otros libros

No se si mi papá iba todos los viernes, creo que no, y a mi me llevaba muy pocas veces. A veces tambien le acompañaba algún sábado, cuando la tertulia se formaba desde el mediodía. No se quien ponía las botellas de Old Parr, de Dimple, de Buchanams, de Chivas Regal o de Jhonny Walker Etiqueta Negra; la comida se la pagaba cada quien, aunque a veces se invitaban los unos a los otros o sumaban el pago a la señora de las hallacas a la cuenta de cada quien en la librería. Dicen que París era una fiesta; Caracas tambien lo era en aquellos finales años 70s y comienzos de los años 80s.

Cuando en los finales años 80s el banco La Guaira Internacional construyó su torre de oficinas - hoy sede de la fiscalía general de la nación, y las minúsculas están puesta a propósito- al norte del Parque Carabobo, ocupó una parcela vacía y se llevó por delante algunos pequeños edificios viejos que estaban a los lados, entre ellos el del Gusano de Luz, un edificio de 3 plantas, probablemente de los años 30s o 40s. Volvieron a abrir la librería 2 calles más al norte, pero nunca fue lo mismo y se transformó rápidamente en una papelería sin gracia, bajo una administración diferente de aquella que gerenciaba las tertulias.

Las torres de Parque Central desde Parque Carabobo

Volví a ver alguna vez a aquellos personajes en alguna visita de fin de semana con mis padres al restaurant "Vechio Mulino" de la avenida Solano de Sabana Grande; a alguno lo vi más seguido, como a Denzil Romero, que nos vistaba en Margarita durante las vacaciones de agosto o años más adelante en la calle cerca de su casa de la urbanización El Placer, muy cerca de la Universidad Simón Bolívar. Con él viajé desde la puerta de El Gusano de Luz un día de 1985 en un microbús Mercedes Benz sin aire acondicionado con el que nos mándó a buscar el Ateneo de Calabozo a los miembros del jurado, él,  y a los premiados, entre ellos yo, de la Bienal de literatura Daniel Mendoza de aquel año.

Mi padre tiene años retirado y su tiempo transcurre principalmente en su biblioteca, entre libros y periódico, y como su salud motora no ayuda para andar dando muchas vueltas por la ciudad, hace sus tertulias por teléfono. La mayor parte de los participantes de la tertulia de El Gusano de Luz ya no habita estos lares. Caracas, por su parte, ha vivido en años recientes un cierto resurgir de las librerías -y los lectores-, y me cuentan que hay tertulias afines a algunas de ellas. Aunque no participo de ninguna, en medio de tanta crisis y tanto deterioro, me gusta pensar que están ahi esperando por cualquier interesado y que los muchachos de estos días tienen algún lugar donde escuchar a otros echar cuentos, hablar de cosas sin trascendencia, decir pendejadas, reirse un rato, relajarse, salvar al mundo, soñar despierto o cualquier tontería digna de ocupar con pleno derecho el tiempo de uno. 

lunes, 24 de enero de 2011

23 de enero: fotos de los tiempos de las marchas

Ayer fue 23 de enero. Como un pequeño homenaje a esta fecha patria, hemos puesto aqui algunas fotos nuestras de cuando Caracas vivía el tiempo de las marchas, allá en los comienzos de la década pasada.
















sábado, 15 de enero de 2011

CSNY 1971: la calle de los 4 carriles cumple 40





Estaba yo esa mañana de sábado soleado entre sentado y acostado -era difícil estar solamente de alguna de las dos maneras en aquella superficie ondulante- en una esquina del colchón de agua que Viena Rondón usaba como cama, escuchando aquella música nueva para mi, que a mis 15 años recien estaba enterándome de buena parte de los grupos que habían hecho vida en los años 60s y los 70s, las dos décadas precedentes a aquel momento, localizado temporalmente en la primera mitad de los años 80s.

Por el equipo Sony  3-en-1 ubicado en en el piso del cuarto de Viena  y, más específicamente, por el tocadiscos que estaba en la parte superior del aparato en cuestión, estaban desfilando aquella mañana discos de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones, de Mike Oldfield, la música de la película Las Fresas de la Amargura y la banda sonora del concierto de Woodstock.

Escuchando este último disco, solo en el cuarto de Viena mientras los demás habitantes, fijos y temporales, del apartamento de La Ciudadela de Prados del Este que compartían Belgica y Viena, madre e hija,  con los que haciamos alli nuestras fiestas, ensayos del grupo de teatro y catarsis juveniles varias, seguian ocupados en otras cosas en el baño, la cocina o la sala, me encontré de repente en ese momento particular del disco en el cual Stephen Stills, uno de los miembros del grupo Crosby, Stills, Nash & Young, le da por poner a prueba su limitado español y se suelta, en el fraseo final de Suite Judy Blue Eyes, en medio del más mítico de los festivales de los ya de por sí míticos años 60s, con aquella frase que dice " Viva Venezuela y Cuba,... yo me voy pal Mar Caribe...quiero son...dicen que yo no se bailá..."

CSNY 1970 ( de izquierda a derecha, Young, Nash, Crosby y Stills)

Todavía sin estar seguro de lo que había oído, porque por más que asumía aquellas visitas a casa de Viena - la hermana mayor que nunca tuve- con un rigor casi académico, convencido de que mi salvación personal pasaba por asimilar y entender toda la información que fluía por aquel apartamento-del primer piso-del edificio-del otro lado-de la pasarela peatonal-del Centro Comercial Humboldt, no estaba esperándome una frase como esa de unos tipos que cantaban arropados por la bandera de las barras y las estrellas (aunque la mitad del grupo no era estadounidense), me levanté de la cama y fui a poner un poco más atrás la aguja del tocadiscos para escuchar de nuevo al tipo de Texas dando alabanzas al Mar Caribe y a Venezuela y verificar que lo que había oído era cierto, más no evidente, porque para ser sinceros, a pesar de amplísimo talento de los artistas del caso, no es fácil darse a entender cuando uno habla una lengua que no es la propia delante de toda esa gente que estaba alli, en el Estado de NY, y aderezado por las sustancias tan en boga en esas fechas de finales de los años 60s.

Era cierto, pero ¿cuál era la explicación para ello? Fui de inmediato en busca de ayuda y recibí una versión que luego me fue corroborrada por otras personas, en otros momentos, pero siempre en los años 80s: Stephen Stills había vivido, siendo un adolescente, en Venezuela, porque su familia texana trabajaba para empresas petroleras. Una vez, años más tarde, escuche en la radio al locutor, luego de poner una canción de CSNY, decir que Stephen había vivido siendo un quiceañero con sus padres en El Tigre y Puerto La Cruz, Estado Anzoátegui, pleno oriente venezolano, así como en el Zulia, todas zonas con campamentos de las empresas petroleras. Luego, con el acceso a internet, conseguí algunas páginas que señalaban que habia vivido en Florida y algunos países del Caribe y Centroamérica, aunque por ejemplo, la wikipedia no lo asocia a Venezuela. Pero siempre, desde entonces, he dado por cierta la versión que situa a un jovern Stephen Stills en el Estado Anzoátegui, Campo Norte de San Tomé, por ejemplo, a la sombra de una mata de mango, aprendiendo a tocar la guitarra antes de irse a dar un chapuzón en la piscina del club reservado para los empleados de la nómina mayor.

Esa vinculación de un miembro de una banda tan conocida con Venezuela me hizo tener aún mayor interés por CSNY y sus variantes (CSN, CN, SY, etc) y por ello, al poco tiempo, compré en una tienda del Centro Plaza el más reciente disco de CSN para aquel entonces, llamado Aliados (1983), que recogía partes de sus conciertos de la gira de 1982 y algunas canciones grabadas en estudio. Tambien, para poder escucharlo en mi casa, grabé en un cassette Pioneer de 60 minutos, en el equipo de Viena, el disco Deja Vu(1970), donde cantaban la canción "our house"  que yo ponía varias veces seguidas hasta que alguien, cualquiera, venía y cambiaba el disco sin prestarme la menor atención, a mi, que tenía la cabeza recostada de la pared, el cuerpo semihundido en aquella masa suave y amorfa que era la cama de Viena y la mente en cualquier otro sitio.



CSNY ha tenido una larga vida como grupo desde 1968 hasta nuestros días (tienen una gira prevista para el 2011), a pesar de los continuos encuentros y desencuentros entre sus miembros: David Crosby, californiano ex The Birds y reconocido compositor de pop folk desde mediados de los años 60s; el mencionado Stephen Stills, exguitarrista de Buffalo Springfield; Graham Nash, británico ex guitarrista de The Hollies, y el legendario guitarrista canadiense Neil Young. Fue, en su tiempo, una suerte de superbanda que reunió a cuatro músicos provenientes de otras bandas muy exitosas y, con ello, unió sus talentos para componer y su sincronización vocal y la de sus guitarras acústicas y eléctricas. Canciones como Suite Judy Blue Eyes, Teach Your Childrens, Wooden Ships, Deja Vu, Chicago, Ohio, Southern Man o Our House son clásicos de la música popular norteamericana del siglo pasado y expresan los conflictos sociales, raciales, económicos y culturales de ese tiempo.


CSNY gira del 2006. De izquierda a derecha, Nash, Stills, Young y Crosby.

El auge de los Cds coincidió con la época en que estaba terminando la carrera en la Universidad y con uno de mis primeros sueldos me compré un equipo de sonido en el Instituto de Previsión Social de los Profesores de la Universidad Simón Bolívar que me permitía escuchar en mi cuarto de la casa de Los Chorros donde vivía con mis padres la música en el formato compacto. Uno de los primeros cds que compré fue el doble en vivo de 1971 4 Way Street, reeditado en 1992 en el entonces nuevo formato y con 4 canciones añadidas a las de la versión de 1971.



4 Way Street fue el 3er album de CSN y el segundo con la participación de Young; llegó al número 1 de las listas en 1971, alcanzando el disco de oro por sus ventas el día de mi cumpleaños, el 12 de abril de 1971. Contiene canciones grabadas por CSNY en sus conciertos de 1970 en Nueva York, Chicago y Los Angeles. Desde que lo compré en 1992 ha sido uno de mis discos preferidos y hasta hoy, en medio de los mas de 1000 cds que ocupan el mueble al fondo del comedor de mi apartamento, sigue siendo uno de los que más me gusta. Y este año está cumpliendo cuarenta años. Nada mal para el disco de un músico que pasó por El Tigre y Puerto La Cruz, camino del Salon de la Fama del Rock and Roll.

viernes, 7 de enero de 2011

La Nieve

"Muchos años después, al frente del pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella remota tarde en que su padre lo llevo a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo"

Con el párrafo anterior da inicio Gabriel García Marquez a su novela 100 Años de Soledad -uno de los libros más leídos y vendidos en lengua castellana, además de sus ediciones en las voces de otros lugares de la tierra- poniéndo el énfasis en el hielo como una materia ajena al trópico, a esta tierra en la que nos tocó vivir, tan parecida y tan distinta a la Colombia del Gabo.

No nos tocó vivir los tiempos de la ausencia del hielo en la vida cotidiana, ni siquiera el tiempo de aquellas neveras que mantenían los alimentos a partir de un hielo seco y que en mi niñez eran ruinas tiradas en los patios, al fondo de las casas en los pueblos de la isla de Margarita. No vivimos los tiempos contados por nuestros mayores, en los cuales la sal era un tesoro que permitía preservar la comida de su natural descomposición. Nuestra niñez fue la de la electricidad y en ella  el hielo producido en neveras General Electric, Westinghouse o Admiral era materia prima de la vida cotidiana, que enfriaba las bebidas, aunque en realidad lo que ocurría era que las bebidas calentaban el hielo, pero claro está, en la escuela aún no me enseñaban eso ni a mi me pasó por la cabeza entonces semejante asunto.

Esas neveras de mi infancia tenían un congelador con tendencia a formar una gruesa capa de hielo en sus paredes, que había que eliminar periódicamente, para lo que se sacaban todas las cosas guardadas alli y se les apagaba, a la espera de recoger en una bandeja plástica ubicada bajo el congelador toda el agua proveniente de aquel hielo derretido. Esa molestia desapareció ya en mi adolecencia, cuando se popularizaron unas neveras cuya publicidad destacaba que funcionaban "sin escarcha" y con ello era mucho más sencillo su mantenimiento.

A mi encantaba jugar con esa "escarcha" que se formaba en el congelador de la nevera de la casa de mis padres, pero solo podía hacerlo muy ocasionalmente, en ausencia de testigos, porque a la primera mirada en tal menester mis padres solían soltarme la frase "cierra esa puerta de la nevera, que así gasta más corriente y se va a escapar el frío..." Pero siempre que tuve la oportunidad paseaba mis carros machtbox por entre aquellas colinas llenas de nieve, imaginándome entre aquellos pasajes invernales que veía en los libros de geografía de la biblioteca de mi papá.

Porque las vacaciones de mi infancia siempre fueron a la playa o a lugares donde la nieve no formaba parte del guión, pasaron esos años sin que aquella experiencia imaginada en el refrigerador de la casa se hiciese realidad. Una vez en Mérida, ya adolescente o recien universitario, vi a lo lejos montañas nevadas, pero era como mirar una pintura, una realidad distante. Otra vez, en el páramo, al borde de la carretera, vi laderas con un leve reflejo blanco. Pero nada parecido a lo que veía por aquellos años en las películas que pasaban por la televisión o que iba a ver al cine.

En el lado sur de la Avenida Bolívar de Caracas estaba un pequeño edificio blanco, muy cerca de la plaza de toros del Nuevo Circo, que anunciaba bajo el nombre de Mucubají, pistas de patinaje sobre hielo. Nunca fui, pero desde niño me imaginé dentro de aquel edificio no una pista de patinaje sino una ladera alpina y esquiadores que se lanzaban interminablemente.

La primera vez que vi la nieve fue la mañana del sábado 10 de febrero de 1991. La tarde anterior habiamos acordado varios vecinos del Colegio Mayor de San Ildefonso ir a conocer el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y para ello tomaríamos prestado el Fiat 147 de la tía odontóloga de Catalina Londoño, arquitecto colombiana compañera de clases en aquel entonces, que vivía -la tía- por la calle Juan Bravo de Madrid, si mi memoria no me falla. Catalina se había ido a dormir la noche anterior a casa de su tía, cosa que hacia con frecuencia, y los demás partiríamos a su encuentro desde Alcalá de Henares muy temprano en la mañana.

Los dos primeros meses que viví en el Colegio Mayor de San Ildefonso usé un cuarto -compartido con un estudiante mexicano- que tenía una pequeña ventana, justo al lado derecho de mi cama, junto a mi pequeño escritorio, que miraba desde una segunda planta (lo que en Caracas llamaríamos primer piso) al patio de los filósofos y, específicamente, a un gran pino. Esa ventana, con una hoja de madera que cerraba la ventana totalmente al exterior, y otra de vidrio, que en caso que estuviese abierta la ventana de madera, dejaba pasar la luz, pero limitaba el paso del viento frío, estaba cerrada aquella mañana de sábado.

Me paré muy temprano, tal lo acordado el día anterior, y me vestí en medio de la oscuridad del cuarto, tratando de no despertar al sociólogo mexicano que dormía en la otra cama, pegada a la pared del fondo de la habitación, justo enfrente de la puerta del baño. Solo para amarrarme los zapatos y tomar la billetera de encima del escritorio entreabrí la ventana y el patio y el pino, que eran solo piedra y verde la noche anterior al irme a dormir, eran ahora una impecable mancha blanca que, a esa hora, serían las 6 de la mañana, aun no había pisado nadie. Luego nos enteraríamos que aquello no era usual y recientemente he visto por internet que luego de aquella nevada de 1991 pasaron muchos años para que cayera otra igual en Alcalá.


Plaza Cervantes de Alcalá de Henares

Salí del cuarto como salen esos personajes de las películas que nunca han visto el mar y se enfrentan por primera vez a una masa infinita de agua. Me encontré junto a la cafetería del Colegio con los otros viajeros citados aquella mañana (Yolanda Martín, Barbara Rincón, Luisa Mezones y Ary Talamini) y nos hicimos fotos en la plaza San Diego, con la fachada renacentista de Gil de Ontañon como fondo. El camino a Madrid, en el tren de cercanías, nos mostró un paisaje absolutamente blanquecino. En la calle Juan Bravo seguía nevando cuando llamamos a través del intercomunicador -portero eléctrico- al piso de la tía de Catalina para anunciar nuestra llegada, pero en las calles de Madrid la nieve ya lucía como una masa grisácea, una mezcla de hielo, agua, pisadas de neumáticos, papeles viejos y aceras por lavar.

La nieve nos acompañó masivamente todo ese día en El Escorial, adonde era dificil moverse con el Fiat, sobre todo para aquella banda de estudiantes venezolanos, colombianos y brasileños que poco o nada sabían de conducir en medio de aquellas condiciones. Cuando volvimos a Madrid en la noche, para ver un concierto de Juan Luis Guerra y sus 440 en el antiguo pabellón de deportes del Real Madrid, aún nevaba, como lo hizo por varios días seguidos, casi una semana, el cielo de la meseta castellana.


Brooklyn Diciembre 2010



Estos días he visto por televisión la tormenta de nieve que paralizó buena parte de los aeropuertos de Europa y también he visto muchas fotos de la nevada que cubrió de blanco las calles de Nueva York e impidió los vuelos durante dos días y he recordado, viendo esas imagenes, esa mañana de febrero de 1991. He visto la nieve desde entonces con mucha frecuencia; casi cada año, la he visto desde aviones, trenes, trineos, bolsas plásticas y carros, y la he visto en cantidades tales que causan asombro a los propios habitantes de esos lares, pero sigue causándome tal asombro como aquella primera vez. Y no creo que sea por haber nacido en la cintura del mundo, porque mis hijos han crecido con ella y, sin embargo, veo en sus caras la misma expresión que seguro puse yo aquella mañana de febrero de 1991.


Prospect Park, Brooklyn. Dic 2010.