viernes, 29 de octubre de 2010

Algunas fotos de aqui y de allá...(limpiando los archivos y haciendo backup)



México DF 2007
  Algunas fotos de esas que aparecen sólo cuando uno se pone a limpiar el disco duro o a hacer backup...


México DF 2007
 

México Df 2007



México DF 2007


 

sábado, 23 de octubre de 2010

que pequeño es el mundo (parte 2 y sigue)

Más o menos en la misma época en que fui a ver a Tom Hulce en el cine Radio City, haciendo el papel protagónico en la Amadeus de Milos Forman, fui a ver  en el cine del Centro Plaza, como parte de un ciclo de cine francés, la que vino a ser la penúltima película de Francois Truffaut, a la que se llamó por estos lares La Mujer de al Lado.

El Centro Plaza era -y es- un lugar entrañable, porque quedando a la vuelta de la esquina del colegio donde estudié la primaria y el bachillerato, era el lugar de las primeras escapadas, de los primeros discos, de los primeros libros, de las primeras comidas con amigos, de las primeras salidas sin los amigos, de los primeros besos. Sus coordenadas coinciden con las del lugar de la edad de la inocencia.

El cine del Centro Plaza era -y lo sigue siendo- una pequeña sala, con un balcon de muy pocas filas, ubicado en una de las zonas de estacionamiento del conjunto de oficinas y comercio, con el acceso en la 7ma planta, si mal no recuerdo, y la salida de la sala en la planta inmediata inferior a la de la taquilla. Ya desde aquella fecha de los años 80s solía combinar películas de autor, bastante cine europeo, con cine comercial y funciones infantiles los fines de semana en horas diurnas.

Aquella tarde, mientras veía la película de Truffaut - a quien ya conocía por otros de sus trabajos, que había visto en la Cinemateca Nacional, y que incluían "La Noche Americana", una película que inspiró uno de mis cuentos de entonces, de idéntico título, y por el cual me dieron un premio en la Bienal de Literatura Daniel Mendoza del Ateneo de Calabozo, que incluía diploma caligrafiado a mano, medalla y un viaje en autobús desde Caracas a Calabozo acompañado de un par de premios nacionales y muy especialmente con Denzil Romero y su esposa- pensaba que no podía existir una mujer así, como la protagonista de aquella historia. Tambien pensaba que no existian realmente esos amores, que tanta pasión estaba reservada para las pantallas y no para la vida real, aquella que le tocaba vivir a uno. Aquel huracan de sentimientos sólo parecía posible en ese mundo que se encendía cuando se apagan las luces y se ponían a andar los proyectores. Quizás por eso, cuando se encendieron las luces y salimos del Centro Plaza rumbo a la casa, pensamos que aquella historia y sus personajes no existían afuera, que ellos no iban al baño, no comían, que no podía cruzármelos en la calle.

Fanny Ardant, Protagonista de La Mujer de al Lado (1981)

Cuando años despues, en los dias previos a mi viaje de estudios a España, José Enrique y Loli me dieron un catálogo del año previo de la agencia de viajes Mundojoven y me sugirieron que reservara con tiempo el destino de mis vacaciones de la próxima semana santa, pensé de inmediato en París. París está en ese olimpo cinematográfico donde sólo están ella y Nueva York; tal vez también pudieran estar en esa lista Londres, o Roma o Chicago, pero solo tal vez. Para quienes hemos crecido en las salas de cine y poniendo el mundo que ocurre en las pantallas como nuestro referente, París es un lugar familiar, aunque nunca hubiésemos estado alli.

El día que llegué a París, la mañana de lunes de la semana santa de 1991, la ciudad, en la que no había estado nunca antes, me pareció familiar. Sus calles me parecían conocidas, algunos de sus edificios podía jurar haberlos visto anteriormente, algunos de sus nombres, de sus plazas, de sus iglesias, de sus museos, de sus calles me eran tan familiares como las calles de la ciudad en la que nací. Solo que ahora las luces estaban encendidas. Nada más soltar el bolso con la ropa en mi cuarto del hotel Home Montmartroise me puse a caminar sin rumbo fijo, lo que se prolongó hasta horas después del anochecer. 


Truffaut y Ardant, quienes eran pareja en la vida real, durante la filmación de la película

Estando por el Boulevard de Clichy, a eso de las 11 de la noche o quizás un poco más tarde, me encontré con toda la parafernalia que implica la filmación de una película. Había mucha gente trabajando en la filmación, pero a aquellas horas de la noche, que ya apuntaba hacia la madrugada, había muy poca gente en las calles, asi que los 2 o 3 despistados que nos asomamos por pura curiosidad por aquel set, nos movíamos con cierta comodidad, sin que nadie nos pusiese límites, entre quienes acomodaban cables, ajustaban luces, probaban equipos de sonido y regaban con agua los alrededores de una parada de autobus, que era el sitio donde parecía que pensaban hacer alguna toma. Luego de algunos minutos de dar vueltas por el sitio, ya sintiendo los efectos del cansancio del viaje en autobus, la noche anterior, desde Madrid hasta París, observamos que iba a comenzar la filmación y entonces, solo entonces, salió de un automovil negro, que había estado estacionado cerca del lugar, la protagonista de la película que se filmaba, la protagonista de la escena que se grabaría en los siguientes minutos. Y entonces nos pasó tan cerca que podiamos sentir su olor y la vimos trabajar a tan pocos metros que podiamos detallar sus facciones y sus gestos. Aquella mujer era la protagonista de La Mujer de al Lado, aquella que yo pensaba que no existía sino en la pantalla de cine, pero en aquellla noche, al parecer, me había encontrado con un punto, un lugar en medio del Boulevard de Clichy en donde la vida misma y la vida con la que soñaba cuando se apagaban las luces se habían unido.

Aquella noche tenía enfrente, casi tan cerca como para tocarla, a Fanny Ardant. Y la distancia entre el Centro Plaza y el cielo parecía tender a cero.

La película que se filmaba aquella noche de 1991 en el Boulevard de Clichy


domingo, 17 de octubre de 2010

que pequeño es el mundo... (parte 1)

1
Que iba a pensar uno, sentado justo al anochecer en el borde de la acera que remata al oeste el bulevar de Sabana Grande, en Caracas, justo en el límite con la Avenida Lincoln, en aquellos tiempos de mediados de los años 80s, cuando uno podía sentarse al borde de la acera en ese lugar sin que nuestra salud corriese peligro de muerte inminente, que iba a tener dos décadas despues al mismísimo Tom Hulce pidiéndonos, sartén de teflón en mano, perdón para saltarse el orden de pagar en la caja de la pequeña tienda Williams Sonoma de Sexta Avenida, ya que necesitaba volver a su casa urgentemente, claro está, con el sartén en cuestión. Su casa debía estar muy cerca de la tienda, digo yo, porque en medio del invierno, Tom estaba en sandalias, bluejean y una franelita blanca, así que presumo que la excusa era cierta, tenía una emergencia en casa y había bajado corriendo a buscar un sarten a la tienda de la esquina. 

Aquella tarde noche de mediados de los 80s estaba sentado al borde de la acera en Sabana Grande luego de salir del muy cercano -media cuadra, diría yo- Cine Radio City -hoy lamentablemente desaparecido, luego de uno de los tantos proyectos disparatados del exalcalde metropolitano Juan Barreto- tratando de consolar a Patricia, a la que le había dado por llorar desconsoladamente luego de ver Amadeus, la película de Milos Forman, ganadora del Oscar de 1984 y en la cual un Tom Hulce notablemente más flaco que el del sartén hacía el papel de Wolfang Amadeus Mozart, en su constante diatriba con Antonio Salieri, intepretado por F. Murray Abraham, a quién también le dieron el Oscar aquel año.



Patricia, según recuerdo, comenzó a llorar hacia el final de la película, más o menos en la secuencia de Mozart dictando desde su lecho de muerte el requiem que le había encargado un mensajero encapuchado y la secuencia de su posterior entierro, acompañado de muy pocos dolientes, en una fosa común, bajo una intensa nevada, que precedía a los créditos finales y al encendido de las luces de la sala, esa que tenía unas sirenas encima de la pantalla, terminó de hacer el trabajo de ablandamiento sentimental. Una vez que salimos del cine y nos ubicamos al borde de la acera, tardamos un buen rato en retomar el camino hacia el sur, hacia Colinas de Bello Monte, hacia Lejarazú, la casa de Patricia, eso sí, sin pensar nunca, en ningún momento del camino que hicimos a pié, en que más adelante en nuestras vidas Wolfang Amadeus nos pediaría el favor, así, con el cigarrillo de medio lado en la boca, que le dejáramos pasar en la fila de la caja de Williams Sonoma, porque le esperaban en casa con un sartén de teflón.  

Tom Hulce, en el papel de Amadeus (1984)

sábado, 16 de octubre de 2010

Historia de Juguetes

La primera vez que fui a Nueva York con Patricia, hace 16 inviernos -en una suerte de luna de miel diferida, porque dos meses antes, luego del matrimonio civil, los compromisos laborales solo dejaron espacio para 3 días en Margarita y un par de días en la península de Paria- me llevó a conocer una tienda que quedaba cerca de Union Square y que era de las cosas que más recordaba de sus visitas a la ciudad a finales de los 70s y comienzos de los 80s, cuando su hermano Ricardo estudiaba fotografía en Manhattan.

B. Shackman & Co. era una tienda de novedades - que así se le solía llamar por NY a lo que en Caracas catalogaríamos como una quincalla- que ocupaba el número 85 de Quinta Avenida, justo en el cruce con la calle 14, y había sido fundada en 1898 por la familia Shackman, que la dirigió hasta 1985, cuando el nieto de los fundadores, Dan Shackman, la vendió a sus empleados, convencido de que ninguno de sus tres hijos -2 profesores universitarios y una enfermera- quería encargarse del negocio familiar, que él había dirigido desde 1935. La tienda, ubicada en la planta baja de un edificio majestuoso, rodeado de unos cuantos edificios importantes, tenía unas vitrinas hacia la calle repletas de mercancía y una vieja puerta rotatoria de madera, que daba paso a un salón de techos altos, lleno de juguetes a la vieja usanza, peluches, tarjetas, muñecas de papel, adornos de navidad, casas de muñecas, adornos para fiestas, globos, rompecabezas, libros, juegos, banderines y juguetes metálicos de cuerda.


Dan Shackman, a sus 91 años, en el 2005, con alguno de los juguetes que vendió durante 50 años

A partir de esa visita, cada peregrinación anual a Nueva York - en esos tiempos siempre con base en el austero y muy niuyorquino Hotel Wolcott, en la calle 31, entre Broadway y Quinta Avenida - implicaba una visita y salida con bolsa de la tienda conocida familiarmente como "chaqman". En una de esas visitas, en la segunda mitad de los años 90s, Patricia se detuvo en una vitrina ubicada a la izquierda, justo al entrar al local. En un mueble de madera y vidrio, cerrado con llave para evitar la manipulación no controlada de los visitantes, estaban unos juguetes de latón estampado, colocados junto a unas cajas de cartón marrón que llevaban impreso en su costado el nombre Payá Hermanos, justo encima de la dirección de origen de las mismas: Ibi, Alicante, España.


Portada de catálogo años 50s
Ibi es un pueblo (o más bien una ciudad pequeña, le dejo a cada quien la libertad de etiquetar según su parecer) que por diferentes circunstacias historicas llegó a concentrar en algún momento de mediados del siglo pasado alrededor de dos terceras partes de la producción de la entonces muy pujante industria juguetera española, que ´fue una de las 5 más importantes del mundo antes del despegar de las economías asiáticas. Aún hoy, en Ibi se fabrica una parte importante de los juguetes españoles; es la sede del museo español del juguete y del instituto certificador de la calidad de los juguetes fabricados en la madre patria.

En la misma época en que B. Shackman & Co. abría sus puertas en Nueva York, la fábrica de juguetes Payá abría las suyas en Ibi, dedicándose en sus primeros años a elaborar juguetes de latón  por encargo de otras empresas, especialmente alemanas. En los años 20s y 30s,  Payá obtuvo fama internacional comercializando sus propios juguetes metálicos, que destacaban especialmente por la calidad del litografiado.  A su alrededor surgieron otras empresas, tanto en Ibi como en otras localidades cercanas, conformando un cluster empresarial juguetero mucho antes que a los expertos en competitividad y análisis empresariales les diera por escribir libros.

Luego de la Guerra Civil, Payá retomó la fabricación de juguetes y en los tempranos 50s incursionó con éxito en la utilización de nuevos materiales, siendo uno de los primeros fabricantes de juguetes de plástico en España. Después de diferentes vicisitudes, el proceso de recorversión industrial de los años 70s, la crisis española de los tempranos 80s y la competencia de los países asiáticos, que le habían arrebatado buena parte de sus mercados de exportación, condenaron a Payá al cierre de sus puertas. En un esfuerzo por mantener vivo el legado, los descendientos de los fundadores de la empresa recurrieron a su historia: como habían conservado las máquinas y moldes utilizados durante la primera mitad del siglo XX, reunieron a un pequeño grupo de exempleados, que organizados como cooperativa, se dispusieron a reeditar, en series numeradas de 5000 ejemplares cada una, 50 de los más de 1000 modelos de juguetes de metal litografiado fabricados por Payá en las primeras décadas del siglo XX.


operaria en fábrica Payá Hermanos, Ibi, Alicante
A partir de la segunda mitad de la década de los 80s, las reediciones en series numeradas fabricadas por la cooperativa Payá Hermanos en una de las naves de la antigua fábrica de Ibi comenzaron a aparecer, progresivamente, a lo largo de la siguiente década, porque la producción no era continua ni masiva, en diversos puntos de venta para coleccionistas de España, de Europa y de Estados Unidos. La primera vez que vimos alguno de esos juguetes de latón, fue aquella mañana de noviembre de finales de los años 90s en Manhattan, en el número 85 de la Quinta Avenida, en la vitrina de madera y vidrio que había al lado izquierdo de la puerta de B.Shackman &. Co. 

Ese día, como parte de un ritual que tiene sus bases en los afanes coleccionistas que Alfredo Julio Armas Alfonzo transmitió a sus hijos, Patricia y yo compramos un par de piezas: un hombre que, apoyado en un par de maletas, camina nada más soltarle el mecanismo, y un mono, más pequeño que el anterior, que salta al darle vueltas a la cuerda. En viajes a España, ya pasado el fin de milenio, vimos expuestos para la venta, en Madrid y Barcelona, varios, otros modelos, todos acompañados de la caja marron con etiqueta blanca y el certificado que hacía constar que había sido hecho en la vieja fábrica de Ibi como parte de aquel agónico revival cooperativista de la empresa; recuerdo especialmente una tienda del Centro Comercial Puerta de Toledo, en Madrid, a donde habían armado una vitrina con 7 u 8 modelos diferentes y precios que estaban en sintonía con el que habiamos pagado en Nueva York unos años antes.

Cuando en enero del 2007 nos subimos a la Ford TMax azul marino -que habíamos alquilado en la estación de Atocha, en Madrid, y que nos había llevado a través de más de 2000 kilómetros de carreteras españolas- para salir de Valencia rumbo a Madrid, en la fase final de un viaje familiar de 3 semanas, tomamos un desvío de varias horas, planificado desde Caracas, para ir a conocer la vieja fábrica de Ibi y a quienes fabricaban los juguetes de los Hermanos Payá. Bajo un sol de justicia que bañaba un pueblo de calles vacías, nos encontramos con que prácticamente todas las antiguas naves industriales habían sido sustituidas por edificios de vivienda, en construcción, y que el único remanente de las viejas glorias de la fábrica Payá era un pequeño edificio, en estado de semiabandono, a donde se conservaban algunas de las antiguas máquinas, ya fuera de uso. La cooperativa había cumplido a lo largo de 2 décadas, hasta el 2006, su cometido de hacer 5000 reproducciones de cada uno de los 50 modelos de juguetes seleccionados del catálogo Payá  y, en una oscura negociación, fabricantes chinos que habían ofrecido ayudar a relanzar masivamente la marca y su historial, plagiaron buena parte de los modelos del catálogo y con ligeras variaciones de forma o tamaño, ahora inundaban el mercado con juguetes de muy muy bajo precio, y que no pagaban derechos de autor ni producían ni una peseta para los habitantes de Ibi. A pocas cuadras, la fábrica de su más cercano competidor, Juguetes Rico, estaba también vacía y a la espera de un nuevo destino.

Fábrica Payá antes de su cierre definitivo, en 2006

Regresamos a Madrid a través del paisaje manchego con la idea que algo se había acabado. Durante meses planificamos el viaje a Ibi, con la esperanza de retomar el contacto con esos juguetes que habíamos visto en Nueva York hacía años y que sin embargo, en los dos años recientes habían desaparecido de las vitrinas de Madrid y Barcelona. En Nueva York, B. Shackman & Co. había cerrado las puertas de su vieja tienda de Quinta Avenida con la promesa de abrir nuevamente en una nueva ubicación en la ciudad, donde el precio de los alquileres no atentara contra el normal funcionamiento de la empresa.



Placa de la sociedad histórica de Nueva York que recuerda el lugar donde funcionó B. Shackman & Co. Ahora el lugar es ocupado por una tienda Anthropology

Han pasado los años y Shackman es una "internet only" que se dedica a vender, por docenas, los materiales impresos que solía vender en su tienda de Nueva York. Los viejos juguetes Payá valen fortunas en las subastas de especialistas; las reproducciones de la cooperativa tienen precios que van, de acuerdo al nivel de conocimiento de quienes los ofrecen, siempre por internet, de lo barato a precios comparables a los modelos originales de principio de siglo. Los chinos siguen haciendo sus copias, de menor tamaño y diferente calidad, que pueden conseguirse en internet por menos de 10 dólares cada una. El museo del juguete de Ibi funciona en el remanente de la vieja fábrica de Payá Hermanos, donde pueden verse los moldes y máquinas. Y a nosostros, en nuestro afan de buscar, siempre nos quedará ebay...

jueves, 7 de octubre de 2010

Un Nobel para Los Cachorros

Esta mañana, muy temprano, a eso de las 6 y 20, cuando subí al auto para llevar a Diego y Lucía al colegio, siguiendo una rutina diaria encedí la radio mientras esperaba que el motor entrara en calor. Cesar Miguel Rondón, el locutor que conduce el programa que solemos oir cuando estamos en Caracas a esas horas, hacía la revisión de la prensa diaria, pero se detuvo en una noticia que provenía de las páginas web, porque acababa de producirse apenas unos minutos atrás y, por supuesto, no estaba entre los titulares de la prensa escrita: La Academia Sueca le había otorgado el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa.

De inmediato se me dibujó una sonrisa en la cara y me vino a la cabeza, en eso que los estudiosos del mercado y el mercadeo llaman "top of mind" , una única y específica obra: Los Cachorros, publicada bajo el ostentoso título de "publicación definitiva" en 1980 junto al volumen de cuentos "Los Jefes". Publicada en esa fecha en lo que a mi refiere, porque fue la edición que conocí en los tempranos 80s, que compré en una librería del Centro Plaza y que conservo. Los Jefes había sido publicado inicialmente en 1959 y Los Cachorros lo había sido en 1967.



Los Cachorros fue lo primero que leí de Mario Vargas Llosa; tendría entonces 14 o 15 años, más o menos, y me encantó. Lo compré con criterio de administrador de recursos escasos, pues era el libro más barato de este autor y con el dinero de que disponía, producto de ahorrar los bolívares del almuerzo y los pasajes a mi casa de regreso del colegio, pude comprarlo junto a Los Adioses, de Juan Carlos Onetti.  Lo leí de un solo tirón, en apenas unas horas. Quería  escribir libros así, que atraparan a los demás. Quería escribir sobre lo que le pasaba a personajes de mi edad, aunque mis problemas poco tuviesen que ver con los de los protagonistas del libro. Quería parecerme a Mario Vargas Llosa.

Los Cachorros era mencionada en las escasas referencias a las que tenía acceso entonces, en aquellos tiempos previos al internet, como una suerte de obra menor, cultivada a la sombra de sus hermanas mayores: La Ciudad y Los Perros, La Casa Verde, Conversación En La Catedral, Pantaleón y Las Visitadoras y, la que era su obra más reciente entonces, La Guerra del Fin del Mundo. Pero a mi me encantaban las descripciones y peripecias miraflorinas de Los Cachorros y la contundencia de su factura. Estaba enamorado de esa forma de escribir y no pocas veces copié literalmente frases de este libro como inicio de cuentos a los que luego de terminarlos les reescribía esas líneas.

En los meses y años siguientes, entre el 82 y el 84, los últimos años de la secundaria en el Santiago de León, me leí La Casa Verde en una primera edición que conservaba mi papá en su biblioteca, y que me llevé a mi cuarto sin que él lo echara en falta, porque los libros de un peruano con porte de galán del altiplano que había desdeñado del ideal justiciero de la revolución cubana no merecían un lugar en sus altares. También me leí La Ciudad y Los Perros en una vieja edición que había perdido la carátula y que compré a precio de saldo a los vendedores de libros usados en Capitolio, donde también compré meses más tarde y también a precio de saldo el ensayo sobre García Marquez, la historia de un deicidio. Y me leí como poseido por la narración - y maravillado por el trabajo de investigación asociado- La Guerra del Fin del Mundo, en una edición que tomé prestada de la Biblioteca Enrique Bernardo Nuñez, que funcionaba cerca de mi casa en Los Chorros. Pero el único que volvi a comprar para regalarlo, en varias oportunidades, fue esa reedición de Los Cachorros de 1980.

Pasaron muchos años, décadas. Cuando viajé por primera vez al Perú, en una noche de finales del 2005, mi destino era Arequipa, a donde llegué una mañana fría tratando de adivinar los vínculos de la ciudad blanca con su hijo ilustre. Todas las contracarátulas de sus libros tienen una foto en blanco y negro y empiezan su descripción diciendo "nacido en Arequipa en 1936, en el seno de una familia de clase media...". En viajes sucesivos fui en busca de la calle donde estuvo su casa y caminé por Miraflores, en Lima, buscando los sitios a los que se hacía mención en sus libros (y tambien en algunos de Bryce Echenique, para ser justos, que sigo siendo fan de las aventuras exageradas de Martín Romaña...) y escaneaba el rostro de aquellos con quienes me cruzaba en mis viajes al Perú, que fueron varios en esos años, buscando a los personajes de los libros de varguitas.

Una vez, hace años, le vi en Caracas y lo que recuerdo de su discurso es la energía, el apasionamiento con que expresa sus puntos de vista, con los que uno puede estar o no de acuerdo. Tambien siento enorme respeto por alguien que publica de manera sucesiva, durante décadas, tantos trabajos de diversa índole, pero todos con evidencias de un amplio esfuerzo de investigación. En sus libros hay mucho de inspiración, pero seguramente mucho más de transpiración, de constancia, de trabajo.

Hoy los periódicos y páginas web se debatían en Caracas entre la felicitación del premio, la remembranza de sus enfrentamientos con la cúpula chavista y  preguntas tales como ¿por qué los venezolanos no tenemos un premio nobel de literatura? Yo ya tengo uno. ¿Alguien sabe como se dice Los Cachorros en sueco?.




domingo, 3 de octubre de 2010

Que digan que estoy dormido...

Quizás porque pertenezco a una generación bisagra entre un pasado relativamente cercano -el de nuestros padres- que idolatraba a los protagonistas de su cine y que tenía algunos de los gesto de su cultura como referencia, y un presente marcado por la enésima generación de buenos escritores, herederos de Rulfo, Vicente Leñero, de Fuentes y de tantos, tantos otros, tenemos una prediposición por estas tierras, que nos son cercanas desde los tiempos en que de niño me encerraba en el cuarto de Juana - la señora andina encargada del servicio durante décadas, hasta su muerte hace ya años, en la casa de mi madrina, justo al lado de la de mis padres en Los Chorros- a ver las películas de Pedro Negrete, Pedro Infante, María Felix, Miguel Aceves Mejías, Tin Tan, Resortes, que daban los sabados por la tarde en la televisión venezolana de décadas atrás.

Quizás porque en la medida que conocemos su pasado, a través de leer su historia y visitar su patrimonio construido, más nos maravillamos de su riqueza, que es fielmente acompañada por la manos de sus artesanos, que no dejan de sorprendernos en la laboriosidad y creatividad de cada hombre y mujer que vemos bordar los tejidos chiapanecos, o tejer los hilos de colores, o tallar la madera, o trabajar el metal o el papel maché. Tal vez tenga que ver tambien con el intercambio constante con los inmigrantes que  realizan en Brooklyn los trabajos que otros no quieren hacer.

"El caballito", la estatua de Carlos V en el Centro Histórico de Ciudad de México (GT)
Nuestro primer encuentro se dió en circuntancias no favorables: Toluca no tiene atributos para enamorar a nadie a primera vista. Los encuentros posteriores han permitido conocer  otros lugares, a más personas, y en diversas circunstancias y garantizar la siembra de nuestra predisposición.

México es una sociedad compleja, con una historia intrincada y una sociología complicada. Es un pueblo lleno de virtudes y complejos, de relaciones amor odio, de bellezas e injusticias. Es la hija predilecta de España en América y esa es una de las relaciones amor odio que es más evidente; como lo es también la relación con su vecino del norte.

No estoy para negar que me suelo llevar mal con su comida, a la que el gusto por el picante excesivo convierte en un peligro para un tipo como yo, que suele comer incluso sin sal - lo que debe ayudar a explicar por qué una vez un internista me dijo "que tenía la tensión demasiado bien para mi contextura", luego de habérmela tomado no menos de 3 veces en medio de su incredulidad - y que en muchas oportunidades me ha pasado por la cabeza que Cantinflas no era un comediante sino un antropólogo, por esa forma de hablar mezcla de la sintaxis del maestro yoda con una lógica a prueba de la razón pura. Muchas veces lamento encontrarme los mismos vicios que son comunes en todos nuestros países y atisbo a conocer la realidad violenta que subyace en su relación con centroamérica y el gigante del norte.

Pero cada vez que vengo al DF siento la misma sana envidia de ver la pujanza de sus actividades, la riqueza de su vida cultural y la apropiación por sus gentes de los espacios públicos. Cada vez que estoy aqui me maravillo con la riqueza editorial, con lo variado de sus librerías; siempre voy a alguna exposición memorable o descubro un museo o me quedo parado en una acera o una plaza viendo a unos músicos  que tocan en la calle.

El angel de Reforma, México DF (GT)

En este viaje, mi quinto a México, he conocido Guadalajara, una ciudad pujante con un tamaño poblacional comparable al de Caracas y un centro histórico bastante mejor tratado y utilizado que el de la capital de Venezuela. Y en el DF, aprovechando unas horas libres que nos dejó el fin de semana producto de la circunstancia de que los boletos de avión eran bastante más caros en fin de semana que en día laborable, hemos conocido el Centro de la Imagen, donde la Bienal de Fotografía de México expone el trabajo de unos 20 fotógrafos escogidos mediante concurso, en su gran mayoría menores de 30 años y con un trabajo digno de admiración, que refleja la violencia, la confusión de los jóvenes y la interpretación de la historia patria en este año de bicentenarios.

Tambien conocimos el Mercado de la Ciudadela, ubicado a solo 100 metros del Centro de la Imagen, donde se agrupan en poco más de 300 puestos, los trabajos de distinta calidad e interés de artesanos de varias zonas de México, algunos de los cuales tienen su taller en este mismo mercado, como fabricantes de guitarras, o tejedoras y fabricantes de espejos de laton o adornos de shakira. Afuera, en una plaza un poco descuidada, se entremezclaban los indigentes con los jubilados que tomaban el sol, mientras sus nietos practicaban el boxeo a la sombra de una estatua de Morelos. En una esquina de la Plaza, un mariachi cantaba aquella canción que dice " México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí...México lindo y querido, si muero lejos de ti" , junto a unas muchachas que preparaban tacos en la acera.

Pero si algo me gusta en especial - y en este viaje he repetido la experiencia un par de veces-es sentarme en la barra del restaurant del Sanborn de la Casa de los Azulejos (ese bello edificio que producto de terremotos y asentamiento de sus bases, desafía todas los ángulos de 90 grados), en pleno Centro Histórico; ahí, a tiro de piedra del Palacio de Bellas Artes y a muy pocas cuadras del Zócalo y la Catedral. Puedo garantizarles que aquel que come con los ojos bien abiertos, asiste por los entre 10 y 20 dólares que cuesta una comida completa, a una clase de sociología urbana, antropología e historia de esas que no tienen precio.

Mañana  temprano me voy rumbo a Caracas, pero seguro volveré. Si no, que digan que estoy dormido.

Camino de Guadalajara, parte 2

El avión despegó de Maiquetía luego del rifirafe propio de estos casos, con la tripulación y los pasajeros hartos de esperar y los nervios a flor de piel. La improvisación hace que las familias tengan puestos separados y que a los menores de edad o las embarazadas les toquen los asientos de las salidas de emergencia. Y las 3 horas de espera hacen que nadie quiera ceder, que pocos quieran colaborar para que el avión tome su rumbo bajo la lluvia.

En el camino, la mayoría de los pasajeros tienen en mente otros vuelos. Panamá no es el destino final de dos tercios de ellos, que van en esta ruta solo para conectar en el aeropuerto de Tucumen con otros vuelos que los repartan por sur, centro y norteamérica. En Maiquetía no han dado razón de esas conexiones, aunque es evidente que salvo demoras similares en Panamá que hubiesen retenido alli a los aviones, al llegar a Panamá ningún avión estará esperando. "No se preocupen, allá en Panamá, al salir del avión, les resolveran el tema de las conexiones. ¿Pero hay otros vuelos para conectar o nos van a esperar? Aqui no podemos informarles, ellos en Panamá les prestaran el apoyo, señora. "

Al llegar a Tucumen es evidente que ha desaparecido casi toda actividad del aeropuerto. Los locales comerciales están cerrados y un par de personas limpian los pisos de una sala de embarque casi desierta. Los empleados de la línea aérea designados para esperarnos están amontonados a un lado de la salida, desde donde llaman a los pasajeros que han perdido sus conexiones a otros lugares y los invitan a acercarse al mostrador de la puerta siguiente, donde  atenderan las quejas, que no son pocas.

No es la primera vez que debo enfrentar una situación similar, pero si algo puede decirse de los panameños es que tienen un carácter como el de su música. Dos tercios de los pasajeros que viajaban desde Caracas vocifera, grita, empuja para tratar de colocarse frente al pequeño mostrador donde apenas caben 2 o 3 personas, agita al aire los pases de abordaje que señalan otros destinos, un par de señoras lloran. Han reaparecido la suegra que muere, las otras conexiones en espera, las obligaciones laborales, los compromisos de charlas o conferencias, todos los argumentos ya escuchados antes de salir el vuelo. Hay señoras que lloran, hay hombres que golpean el mostrador, hay quienes aspirar ser oidos subiendo el tono de la voz, hay quienes tratan de manipular. Y los empleados, tan sonrientes que en vez de simpatía el gesto puede interpretarse como cinismo. Los gestos, las voces, la expresión corporal  de los jóvenes empleados de Copa no habla de un momento de tensión; por el contrario, frente a los gritos y los reclamos actuan como si estuviesen en su hora libre, en algun espacio del aeropuerto comentando que harán el viernes por la noche con los amigos. A algunos de los pasajeros y pasajeras los desarma esta actitud, a otros los molesta aún más.

Luego de casi 2 horas de negociaciones, suben a la mayor parte de quienes perdimos las conexiones con otros vuelos a un autobus destartalado, en el cual nos acompañan 3 de los empleados de Copa. El hotel escogido -.con criterio económico, claro está- queda a aproximadamente 45 minutos del aeropuerto, aun a esta hora de la madrugada en la cual nos desplazamos bajo una tenue lluvia. Las ventanas poco dejan ver hacia afuera, entre el vaho y los vidrios oscuros, pero es evidente cuando cruzamos el puente sobre el Canal. 

El hotel es una suerte de fantasma en medio de la nada. El Intercontinental Playa Bonita fue pensado como un spa turístico, sus instalaciones lo delatan. Pero la mayor parte del hotel está simplemente cerrada. En una Panamá que se posiciona como centro de compras y convenciones, el turismo de playa no es el mayor músculo de la actividad turistica. El muy amplio estacionamiento está practicamente vacio.  Pocos empleados nos están esperando y luego de llenar las fichas de registro nos invitan a tomar una cena, a quienes solo tenemos entre pecho y espalda un sandwich que nos dieron en el avión. El salon comedor es una sumatoria de los cliches del trópico, resueltos con una mezcla de mal gusto, poco imaginación y torpeza artesanal. Desde los ventalales se ven a lo lejos las luces de varios barcos.

Entre los empleados del hotel que designaron con el castigo de esperar a los viajeros de Copa, que llegarían a eso de la 1 de la madrugada, se hace evidente que no escogieron ni al chef ni al dietista. No puede escogerse la cena, hay que ajustarse a un menu ya listo, preparado a nuestra espera, creo que con la firme intención de poner en contexto el viaje en avión y que no nos parezca tan malo. Crema de vegetales de sobre y spaguetti con salsa boloña. Me voy a ahorrar la crítica culinaria, para no regodearme en la tragedia.

Luego de sólo 3 horas de sueño precario hay que salir de vuelta hacia el aeropuerto de Panamá, ahora en un autobus nuevo, en bastante mejor estado que el que nos había traido en la noche. Nos acomodan en el segundo avión que sale a México; en el primero, a pesar de estar en lista de espera desde la noche anterior, no hemos encontrado cupo. Al subir al vuelo que nos ha sido asignado, luego de esperar 4 horas en el aeropuerto, nos encontramos con Ruben Blades sentado en el primer asiento de la clase ejecutiva. Maestra vida camará, te da y te quita, te quita y te dá. Sonrie igual que un empleado de Copa.