jueves, 21 de noviembre de 2019

Diez Casas Parte 8. Higuereta.

Higuereta fue siempre un lugar de paso, una solución más o menos apresurada en un contexto de cambios. Había cambiado de trabajo y debía dejar el apartamento vinculado a mi empleo anterior. Decidimos buscar tierra adentro, lejos de la costa de Miraflores y al adentrarnos en Lima encontramos un territorio donde, a diferencia de nuestro alojamiento anterior, era raro ver a algún extranjero. Dejamos de tropezarnos en el ascensor con venezolanos, norteamericanos o franceses para mudarnos a un edificio nuevo, un apartamento de estreno, terminado de construir hace pocos meses, donde, si se escapaba algún olor, era siempre en código de lomo saltado o causa limeña. Donde la música que se escapaba por las ventanas de las cocinas vecinas evocaba a canción criolla. Los raros éramos nosotros.

Higuereta es una urbanización desarrollada en los años 60s sobre terrenos de una antigua hacienda en la que se producían vinos, se criaba ganado y se vendía leche. El antiguo propietario de la hacienda da su nombre a una avenida cercana y al colegio público que está en una esquina de esa avenida. Originalmente un desarrollo periférico de viviendas unifamiliares con jardín, con los años ha quedado absorbida por la ciudad que ha crecido mucho más allá de estos lares. En años recientes, las casas han comenzado a ser sustituidas por edificios de hasta 5 plantas, esa es la máxima altura permitida por las normas municipales en este sector. A uno de esos nuevos edificios, ubicado en una esquina, nos mudamos luego de vivir 3 años en Perú.

El apartamento de Higuereta fue un apartamento cómodo, funcional, en el cual entraba la brisa por el amplio ventanal de la ventana y se colaba la luz sobre la mesa gris del cuarto que Patricia llenó con orquídeas. Era un edificio pequeño, solo 10 apartamentos, de los cuales un tercio estaba desocupado a nuestra llegada y seguía así cuando nos fuimos, con los letreros de se vende en la fachada, colgados allí desde la culminación del edificio un año antes de nuestra mudanza. Tenía un parque grande y arbolado cerca, a una cuadra, en el cual llevábamos al perro de la casa a socializar con sus congéneres y una avenida enfrente, con una isla central ancha y arbolada a la que llevábamos al perro cuando caminar una cuadra hasta el parque nos parecía por razones de tiempo o clima una opción poco interesante.

Cuesta encontrar hechos para destacar asociados a esta casa. Los inviernos fueron suaves, los veranos pasajeros. Hizo siempre menos frío y menos calor que en el apartamento de Miraflores. Allí vimos salir a Lucía rumbo a España y la vimos volver ocho meses después, luego de haber culminado sus estudios en Madrid. Allí vimos crecer a Diego y a Teresa hasta cambiar la imagen con la que habían llegado al Perú.

Si debo quedarme con alguna anécdota, alguna cosa para recordar, tendría que decir que la calle lateral, hacia donde daban las ventanas de nuestro apartamento, se llama Jirón Asturias y el parque cercano al que iba en las noches a pasear al perro de Lucía se llama La Coruña (todas las calles y parques de la urbanización tienen nombres que hacen referencia a España). Ello no influyó en la escogencia de este apartamento para mudarnos, Patricia decidió basada en el diseño de la planta, la comodidad de los espacios, la ubicación del edificio respecto al sol. Cuando yo fui a verlo, al leer los nombres de las calles me sentí en casa y, ya mudados allí con nuestras cosas, los nombres Asturias y La Coruña, como no, me trasladaban al Puerto La Cruz de tres décadas atrás. Imposible no pensar en Geli y Pepiño con aquellos nombres a nuestro alrededor. Imposible pensar que en ese lugar alguien nos estaba cuidando.

No nos fuimos muy lejos. Cuando nuestro tiempo se acabó, luego de dos años allí, nos mudamos tan cerca con nuestras cosas, que algunas las mudamos caminando. Nuestra próxima casa queda a solo cinco cuadras de Higuereta.