martes, 7 de julio de 2020

Juego de carritos


Desde la ventana del edificio Issa, donde un tendedero circular de tubos y alambres daba vueltas con la ropa haciendo de vela, yo, subido a una silla, con los codos apoyados en el marco de metal gris podía ver, mirando hacia abajo ocho pisos,  la explanada - también  gris- de unos 50 metros de largo, que separa la entrada del edificio de la calle y el puente que cruza sobre la quebrada Catuche, curso de agua ruinoso que corre de derecha a izquierda de la mirada, desde el antiguo puente Páez a la derecha pasando por un puente moderno de concreto ante a mis ojos, frente al edificio, haciendo una ese con sus aguas a veces verdes, a veces marrones, a veces negras, a veces con el reflejo tornasol del aceite, a veces calmas, a veces ruidosas, al costado del edificio, unos diez metros por debajo del nivel de la calle.

Puede ser 1971 o 72.

Puente Páez

En la acera de enfrente, al costado derecho del puente por el que cruzaban carros día y noche, había un edificio gris claro, casi blanco, más largo que alto, como de 4 o 5 pisos, que llegaba desde la orilla oeste de la quebrada  hasta la esquina de Santa Bárbara. Arriba hay apartamentos, en la azotea hay terrazas donde se ven matas, tendederos de ropa y objetos acumulados, abajo hay una pescadería, una ferretería, una quincalla, un bar y una barbería en cuya vitrina ofrecen carritos Matchbox y Majorette, los primeros a cinco bolívares, los segundos a cuatro.


 
Esa vitrina, que veo desde la ventana del cuarto al fondo del primer apartamento propio de mis padres,  es la suma de mis aspiraciones,  es el centro de mi universo, el brillante sol a cuyo alrededor giran cual satélites la heladería-pensión de las amigas españolas de mi Tía Lula, a donde cada vez que voy me regalan chocolates Savoy;  la pastelería de los italianos con aviso de neón verde sobre el vidrio de la fachada y mostradores de mármol negro con apliques dorados, donde venden dulces de hojaldre rellenos de crema pastelera;  la tienda de maletas, bolsos y maletines de cuero donde mi mamá ha ofrecido comprarme mi primer bulto escolar, uno de cuero marrón en forma de acordeón con dos pasadores con hebillas plateadas; mi colegio de entonces, el kínder del Colegio Santa Teresita del Niño Jesús a donde comenzaba en esa época a ir al preescolar a los 4 años y donde bailaría a finales del año disfrazado de ratón vaquero con un traje de fieltro gris y un cinturón con pistolas plateadas; el estacionamiento de varios pisos donde guarda su carro mi papá, primero un Pontiac Parisienne, luego un Chevrolet Caprice Classic vinotinto con techo de vinil negro, modelo 1970.




La heladería estaba cruzando a la derecha en la esquina de Santa Bárbara, pasando un muro de adobe y tejas que entonces yo creía largo, el Puente Páez y una pensión, al costado de la panadería de los portugueses, camino a mi preescolar, rumbo a la esquina de La Fe, vecino a un par de cuadras del Panteón Nacional. Siguiendo derecho la calle tomaba algo de pendiente, por donde veía bajar los estudiantes de La Salle. La pastelería italiana, la venta de maletas y el estacionamiento donde mi papá arrendaba un puesto fijo para su carro estaba a la izquierda de la esquina, en la cuadra que va de Santa Bárbara a la esquina de Maturín, como quién camina desde el norte rumbo a la esquina de Las Ibarras, esquina donde una señora arruga la cara con luces de neón y pregunta a los paseantes de la Avenida Urdaneta en nombre del Dr. Scholl si le duelen los pies.
Esquina de Las Ibarras, Avenida Urdaneta
La vitrina era mi sol, mi centro, pero en realidad no era abundante en variedad, la tienda no se especializaba en juguetes, lo de los carritos era un negocio complementario que aprovechaba el movimiento del público para ofrecer objetos de bajo valor con los que pudiese encapricharse alguien al paso por esta calle secundaria del centro de la ciudad. Una ocurrencia del momento, en el caso de los adultos, como en el caso de mi Tío Memé, quien venía caminando con frecuencia desde su trabajo en la esquina de Traposos de la Avenida Universidad (salía por el costado del edificio del Banco Industrial y pasaba frente a la sombrerería Tudela, la casa de Bolívar, la esquina del bazar El Toro y de allí derecho hasta la esquina de Las Ibarras) y en más de una ocasión me compró alguno de los modelitos que venían en una cajita de cartón y que ponían en la parte de abajo, en relieve en el metal, Lesney Products - Made in England, en el caso de los Matchbox, que eran mis preferidos por sobre los franceses de Majorette, que venían en un envase de plástico y cartón.



Leslie Smith y Rodney Smith, a los que se sumó luego John Odell, fundaron a finales de los años 40s en Inglaterra Lesney Products, los fabricantes de Matchbox, una empresa que comenzó a funcionar en un precario sótano de un edificio aún con efectos de la guerra, haciendo diversas piezas de metal fundido y que a partir de 1953 se especializó en hacer carritos de metal a escala, reproduciendo modelos de la época. Los modelos más baratos y pequeños, que cabían en una caja de fósforos (matchbox), fueron los más exitosos y se convirtieron en la marca de la empresa, que creció rápidamente hasta vender en su momento de mayor éxito hasta un millón de carritos al día en los años 60s, en cerca de 100 países por todo el mundo, incluyendo a la Venezuela de comienzos de los años 70s.


Cuentan mis padres que aprendí a diferenciar los colores asociándolos a los colores de los carros que veía pasar desde la ventana del Caprice de mi papá. Aprendí también a diferenciar los modelos y las marcas en la edad cuando recién me preparaba para comenzar a ir al preescolar lonchera de metal en mano y vestido con un overol azul y una franela blanca con zapatos US Keds. Con ese historial es comprensible mi fascinación por los carritos de metal que exhibían en la vitrina del edificio blanco que veía desde la ventana de mi casa, ventana desde la cual también se veían, como única expresión verde de la zona,  unas palmeras, probablemente del Templo Masónico de Caracas, cercano a la esquina de Maturín, y, a lo lejos, la entonces nueva  torre del Banco Central de Venezuela.




Los carritos que me compraba mi papá y los que me regalaba mi Tio Memé o mi abuela Francisca se acumulaban en una caja de zapatos, de donde los sacaba para jugar sobre la cama, los muebles o el piso de granito rojo y verde del primer apartamento propio de mis padres. La caja en algún momento llegó a estar prácticamente llena, hasta que comenzó a mermar su contenido producto de los accidentes de tránsito propiciados por mi hermano menor. Vladimir tuvo siempre predilección por las historias con alto contenido de acción, que podían terminar en el incendio de los indios y vaqueros de su fuerte del oeste o, en caso escogiese para jugar – en mi ausencia, yo iba al preescolar y el aún no- mis carritos, en brutales accidentes a los que imprimía realismo 3D con el martillo de madera y metal de pisar la carne que La Nena,  mi mamá, guardaba en una gaveta de la cocina y que mi hermano sustraía sin su permiso.

El año que Lesney Products lanzaba al mercado sus series Skybusters, Seakings y Battlekings y en Venezuela comenzaban a sentirse los efectos del aumento del precio del petróleo producto del embargo petrolero de los países árabes, nos mudamos del edificio Issa a la Quinta Paraguachoa, en Los Chorros. Mis padres tenían un año buscando un apartamento más grande a donde mudarnos y terminaron comprando la casa vecina a la de mi madrina Dora, donde habían celebrado su matrimonio menos de una década antes.



En el jardín de la casa comenzaron a aparecer entonces, cada vez que mi papá intentaba sembrar algún árbol -de ese jardín hemos comido los últimos 45 años mangos, jobos de la india, guanábanas, cerecitas y más recientemente cambures y aguacates- los restos martillados, calcinados y parcialmente derretidos de los carritos de la cada vez más vacía caja de zapatos, que ahora con más espacio a cielo abierto, eran parte de la escenografía de los fuertes de indios y vaqueros que se empeñaban en regalarle a mi hermano y que Vladimir siempre terminaba quemando como escena final de las historias que se montaba, a tono con las películas de la época producidas por Dino de Laurentis.




Para entonces ya solo veía desde mi ventana, los techos y patios de las casas vecinas en Los Chorros y desde el balcón de la Paraguachoa, al Ávila, en parte verde, en parte marrón en el Estribo de Duarte, el cerro más cercano. Para entonces ya no recordaba la vitrina de la esquina de Santa Bárbara y había desplazado mis intereses a otra vitrina, la de la librería El Gusano de Luz, en Parque Carabobo, cerca de uno de los trabajos de mi papá, a la que solía acompañarlo en los 70s y en la cual su propietario, Freddy Cornejo, ofrecía a la venta los Superkings y sobre todo, los BattleKings , reproducciones a escala, también hechas en Inglaterra por los mismos fabricantes de Matchbox, de los tanques y vehículos militares de la segunda guerra mundial, además de algunos modelos posteriores y uno que otro invento de los creativos de Lesney – como un lanzacohetes verde montado sobre 6 ruedas-  tratando de darle un toque futurista a sus juguetes.


Los Battlekings fueron durante los 70s probablemente el juguete que más usé hasta alcanzar los dos dígitos de edad y la última vez que revisé, hace unos cuantos años, aún estaban guardados en el closet del que fue mi cuarto en la Paraguachoa, algunos de ellos personalizados con algunas insignias adicionales que les pintaba con tinta china. Mi predilecto fue siempre un Panzer alemán plateado, que siempre terminaba perdiendo todas las batallas, porque el guionista de mis historias infantiles estaba muy influenciado por las películas que daban en la televisión y en las cuales los japoneses y alemanes se llevaban siempre la peor parte.




Después de 50 años de mis primeros carritos, aún los colecciono, todavía los compro con frecuencia. Tengo algunos exhibidos en mi “oficina” de la casa y tengo un par de cajas llenas, debo tener más de 100, sobre todo de Hotwheels, la marca norteamericana  que surgió a finales de los 60s para competir con los ingleses de Matchbox. Me gustaría conseguir algunos BattleKings en su caja original, he visto algunos por internet. Cuando vuelva a Caracas creo que voy a sacar del closet de la casa de Los Chorros los que han estado guardados ahí por décadas para ponerlos a la vista.

martes, 12 de mayo de 2020

¿Te acuerdas de Gelinotte?


Gonzalo Rafael sale sin desayunar, como cada sábado en la mañana, aún oscuro, en el Caprice Classic blanco con techo negro de vinil y platinas cromadas. Lleva el brazo izquierdo, con el Omega Seamaster  ajustado a la muñeca,  apoyado en el borde de la ventana y agarra el volante negro con apliques en imitación de madera con la mano derecha en la que destaca el anillo de graduación cuando baja por la avenida El Rosario, pasa por la avenida El Centro, atraviesa la Rómulo Gallegos y la Francisco de Miranda, donde recién comienza a ver gente, y cruza la Principal de La Carlota – están barriendo el frente y sacando las dos mesitas de la puerta de La Rocarena y los vendedores de huevos de la camioneta Bel Air gris y blanca están acomodando los cartones en la parte de atrás- antes de llegar a la autopista Francisco Fajardo, por los lados del Parque del Este, donde se mezcla con el tráfico de carros y camiones, los que van saliendo hacia la playa, los que vienen de regreso de las fiestas de la noche, los que están camino a trabajar.  Caracas está amaneciendo mientras, con el Ávila a la espalda,  el Caprice navega por la autopista Valle Coche con su larga trompa subiendo y bajando ante las ondulaciones del asfalto  hasta llegar, cruzando a la derecha,  al hipódromo La Rinconada.

Yo voy en el asiento de atrás.

Una credencial que le ha conseguido un amigo que trabaja en el hipódromo le permite entrar por la puerta que da a las caballerizas, a la derecha, antes de la entrada principal del Hipódromo. A veces ni se la piden en el portón verde, solo saluda a los vigilantes levantando su mano izquierda y estos le devuelven el saludo, dejándole  entrar, el  Caprice – al que Gonzalo Rafael suele llamar la lancha Nueva Esparta-  es aún un carro de modelo reciente y transmite una combinación de confianza con prosperidad y a esa hora se entremezcla con los carros de los propietarios de caballos, buscadores de datos para apostar en las carreras, agentes de jinetes, veterinarios, entrenadores y curiosos que van a hacer su ronda mañanera en “el óvalo de Coche”.



Yo no lo sabía entonces, aunque conocía la Judibana que construyó la Creole en Paraguaná, pero las caballerizas de La Rinconada tienen un aire como al de los campamentos petroleros, construcciones aisladas de un piso, todas pintadas del mismo color, edificios similares donde muchas paredes no llegan a los techos, con formas que se repiten,  con aspecto de los años 50s, construcciones  inmersas en un mar verde, donde hay grandes árboles sembrados 20 años atrás, matas de plátano y cambur de data más reciente, rodeadas de mucha vialidad, calles de 6 metros de ancho que pasan por delante y por detrás de cada edificio. Edificios de ladrillo pintado con unas piezas que sobresalen en las paredes exteriores,  en forma de rombos pixelados, y techos de paraboloides hiperbólicos de concreto. Arquitectura Moderna. Estas calles y estas construcciones podrían estar en Florida o en California o ser parte de Judibana, pero están en Coche porque las diseñó el mismo arquitecto que hizo el hipódromo de Aqueduct en Nueva York.



La primera parada del Caprice suele ser la cuadra 11, parte de la cual la ocupan los caballos bajo el entrenamiento de Fernando Parilli, un tipo flaco, andino de lentes oscuros y bigotes, no muy simpático, que maneja un Volkswagen SP deportivo color marrón con una franja negra de extremo a extremo. Dos de sus caballericeros son amigos de Gonzalo Rafael y al verlo llegar lo saludan con un sonoro ¿cómo está profesor? Ellos dos, pero con más frecuencia el Señor Ulpiano, le pasan los datos del estado de los caballos que competirán esa tarde y al día siguiente, los de esa cuadra y los de otras cuadras con caballericeros conocidos. De la vecina cuadra del Musiu Ziadie suele venir también información. Gonzalo Rafael hace anotaciones en la Gaceta Hípica que saca del bolsillo de su guayabera blanca. El habla con Ulpiano mientras yo paseo por la cuadra y veo trabajar al herrador y aprendo por qué en todas las cuadras, además de caballos y perros -hay perros por todos lados, andan de su cuenta mezclados entre los empleados, visitantes y los caballos-, hay chivos y ovejas. Los chivos y las ovejas hacen que los caballos intranquilos duerman arrinconados, sin moverse, sin caminar dentro de su  caballeriza, evitando que se cansen en las noches. Duermen atemorizados por animales más pequeños y menos inteligentes, misterios de la naturaleza, aunque más de una vez vi en alguna cuadra de La Rinconada algún chivo u ovejo con la cara desfigurada por la patada de un caballo.



Los caballos, animales hermosos, qué duda cabe,  están en sus caballerizas, unos cuartos de, más o menos, 3 por 3 metros con una puerta de madera en la que, además de abrirse toda, también puede abrirse solo la parte superior. Las cuadras son edificios largos, con caballerizas alineadas a ambos lados de un corredor central, en el que suele haber paquetes de paja y un reguero de mangueras por todos lados. De la puerta de cada caballeriza cuelga la comida y los envases para el agua, también indicaciones para tratamientos médicos del residente de cada cuarto y algunos instrumentos de cuero, plástico o metal para el manejo del caballo según sea su carácter. A algunos me dejan darle algo de comer, una zanahoria, por ejemplo. Algunos son animales dóciles, tranquilos, a los que me dejan acercarme con mínimas instrucciones –mira gordito, nunca le pases por detrás a los caballos, épale carajito, cuidado con ese-. Entre cada cuadra y cuadra hay un patio, un espacio de tierra rodeado de algunos árboles donde los caballos son llevados a caminar, dando vueltas junto con su caballericeros. Entre las calles y las cuadras hay una suerte de calle paralela, de tierra, por donde los caballos son llevados por sus caballericeros. Este mundo es un hormiguero de gente y caballos los sábados en la mañana, mientras las calles de las caballerizas se llenan de LTDs, Galaxis, Fairlanes 500, Darts, Mustangs, Malibus, Camaros, Impalas, Nissan Patrol -muchos Nissan Patrol- y alguno que otro Mercedes.

Gonzalo Rafael visita varias cuadras cada sábado en la mañana y también, a veces, sube a la pequeña tribuna de concreto que está al costado de la pista, en la recta contraria a la recta principal del hipódromo, esa que Virgilio Decán, el príncipe Alí Khan, llama por televisión cada domingo La Recta de Enfrente. Siempre me dijeron que teníamos que estar allí en silencio porque los caballos se asustan con el ruido. Desde esa tribuna veíamos pasar los caballos que hacían sus prácticas para mantenerse en forma de cara a las carreras, los traqueos. Gonzalo Rafael se acercaba a la baranda solo cuando reconocía a algún jinete con el que quería hablar. Algunos habían sido sus alumnos en liceos del centro de Caracas y al verlo se le acercaban. Profesor, juéguele todo a Agripina en la cuarta, la vez pasada se perdió porque se golpeó con el aparato, pero mañana no pierde, está sobrada.

No había celulares entonces. Se llamaba desde los teléfonos que estaban en las oficinas de las cuadras y se intercambiaba la información boca a boca, a veces de la ventana de un carro a otro en medio de una de las calles de las caballerizas. La información se consolidaba en el restaurante. A media mañana la gente se agolpaba en el restaurante cercano a la veterinaria, parte del mismo complejo de edificios de aspecto de arquitectura moderna de los 50s en el que en una larga barra de acero inoxidable con un mostrador de vidrio servían arepas, sanguches de pan cuadrado, sopas y jugos. Mi menú de cada sábado en la mañana era un jugo de naranja grande, si nos atendía un mesonero rebozando los vasos cónicos de vidrio tan populares entonces para servir merengadas y jugos y en vaso de plástico si lo pedía para llevar, y una arepa rellena de queso amarillo Torondoy,  rallado grueso y servido en cantidades generosas en la masa caliente, por lo que se derretía antes de llevarlo a la boca y se estiraba al morderlo. Enfrentando el mostrador había un mar de mesas de pantry con manteles de plástico desde donde, de una mesa a la otra, se pasaban datos, saludos o, con la mirada, se seguía quien se reunían o conversaba con quién para tratar de adivinar en torno a cuál caballo había alguna movida. Comerme la arepa humeante, rellena de queso amarillo –llegué a comerme dos- era el momento culminante de los sábados en la mañana y la principal motivación para levantarme tan temprano.

Al salir del hipódromo solíamos ir a buscar un saco de naranjas al Mercado de Coche, donde, a veces, nos tropezábamos de nuevo con alguno de los personajes que habíamos visto más temprano en los traqueos o en las cuadras. Al llegar a la casa, de la enorme maleta del Caprice salía  el saco de naranjas y a veces también otras cosas, por ejemplo, un saco de maíz jojoto para hacer unas cachapas o unas frutas, lechosas principalmente. A partir de ese momento comenzaba el intercambio de información a través del teléfono. A mi papá lo llamaban familiares y amigos desde Margarita, El Tigre, Puerto Ordaz, Valencia  o Punto Fijo para pedir los datos para esa tarde y para sellar el cuadro del 5 y 6 del día siguiente. Mi papá también llamaba a conocidos para validar informaciones, confirmar rumores, ratificar pronósticos. Esa hizo 1200 en tanto. Los 2000 metros le quedan grandes a ese tordillo. A ese lo están bañando. Parrita pidió esa monta porque va a ganar, si no no hubiesen bajado a Moreira.

Virgilio Decan Aly Khan en la cabina de narración de La Rinconada

Luego de la 1 comenzaban las carreras.  Cuando mi papá estaba en la casa, había dos sonidos que caracterizaban los fines de semana: la voz de Virgilio Decán Aly Khan narrando las carreras desde la bola continental y el jingle del restaurante La Estancia. Hasta el día de hoy esa canción es sinónimo de la ansiedad que suele desatarse los domingos por la tarde, esa suerte de tensión mórbida que acompaña el fin de la semana, combinación de deberes por hacer, expectativas incumplidas y silencios que caracterizaban la quietud de Los Chorros en esos días, sin carros en la calle, sin ruidos de vecinos.  Si alguno de los caballos recomendados terminaba siendo un éxito, solíamos salir a comer al comienzo de la noche del sábado, pequeñas celebraciones familiares donde mi papá se gastaba lo ganado en restaurantes de Altamira, Sabana Grande o Las Mercedes. Algunas veces llegué a acompañarlo al hipódromo, alguna vez incluso de chaqueta y corbata para poder entrar a la tribuna de los propietarios, donde la gente hablaba de caballos, carros y viajes con un whisky escoses en la mano. Desde la tribuna se veían los jardines diseñados por Roberto Burle Marx y una pizarra larga, de color verde, con números y letras blancas iluminadas con bombillos.

La Rinconada años 60s Revista Life

Los caballos generaron a Gonzalo Rafael fines de semana alegres y tristes, se celebraban las victorias de los propietarios, jinetes y entrenadores conocidos y se lamentaban las derrotas, más aun si estaban acompañadas de algún incidente, alguna mañosería de algún contrario. Aunque si de derrotas hablamos, habría que hacer mención especial a aquella tarde de domingo que, ante una tribuna llena, Sweet Candy le ganó por un cuerpo a Gelinotte en los 2400 metros del tercero de la Triple Corona de 1980. Pocas derrotas tuvieron tal impacto, tanta tristeza y tanta molestia a la vez por un resultado, claramente justo, pero impopular. Ese año en el que cumplí 13 deje de acompañar a mi papá al hipódromo. No recuerdo haber vuelto desde entonces



35 años después de esa carrera estaba yo, el niño que se emocionó al ver a Debonair Prince ganar con Gustavo Avila, al gigante inglés MckennasGold ganar el Simón Bolívar y a la pequeña Blondy reaparecer ganando el clásico que llevaba su propio nombre, en una agencia del banco BBVA Continental en Lima, a la espalda de la Avenida Arequipa y a una cuadra de la Avenida Javier Prado, cerca del límite de San Isidro con Lince. Por distintas razones que no vienen al caso, en esta agencia nunca había casi nadie y por eso era usada como escuela por el banco para entrenar a sus cajeros. En ese banco me pagaban mis haberes, que es como le dicen por acá al sueldo que recibía entonces cada mes. Era un ambiente pequeño donde todos podíamos oírnos y vernos y quedaba a cuadra y media de mi oficina de entonces. Aquella tarde de 2015 estábamos allí, además de los pocos empleados, dos señores mayores, impecablemente vestidos, con rasgos como salidos de una vieja foto de Martín Chambi y yo, como únicos clientes a la espera que el único cajero terminase de atender a una muchacha. Los señores en su espera hablaban de carreras de caballos, comentaban carreras del hipódromo de Monterrico, el centro hípico de Lima, y a mí me dio por recordar, mentalmente, las carreras de  La Rinconada, cuando de repente la conversación vino hacia mí de golpe. Mis vecinos se repitieron el uno al otro, al entrar en el tópico de cuál carrera había sido más emocionante, que no había habido carrera como aquella en que Sweet Candy le gano a la yegua Gelinotte una tarde de domingo en La Rinconada, en Caracas. Los que no estábamos llorando estábamos molestos, le dijo uno al otro. Yo pasé una semana deprimido le contestó el otro y eso que cobré unos places que le había jugado al caballo. Esa fue la mejor carrera que he visto, con toda esa emoción en la tribuna insistió el otro. Y el muchacho que vió esa carrera junto a su papá en Caracas volteó a ver a los dos señores y antes de brincar hacia la caja para hacer un retiro asintió con la cabeza. Tienen ustedes razón, esa fue la mejor carrera y a lo mejor también la más triste ¿o lo fue, tal vez, la de Big Secret, el caballo que tenía un solo pulmón, cayendo desplomado en la pista luego de cruzar la meta ganador?

¿Usted también vivió en Venezuela? Me dijeron asombrados ambos señores, creyéndome como otros, español perdido en la antigua capital del Virreinato.




martes, 3 de marzo de 2020

Mar interior


Yo escribí mis libros con el oído puesto sobre las palpitaciones de la angustia venezolana
Rómulo Gallegos

Esto es lo que deberían estar haciendo los literatos y no revoluciones pendejas
Juan Vicente Gómez, en referencia a Doña Barbara

Esto es un ejercicio hecho por un muchacho. Piedad (1)
GT

(1) Durante muchos años, a modo de entretenimiento, tomaba los párrafos iniciales de cuentos y novelas de autores reconocidos (Rulfo, Cortazar, Borges, Quintero, Vargas Llosa,Bryce, Onetti y en este ejemplo, Gallegos) y utilizando algunas de las frases, parte de la estructura, jugaba a reescribirlos con otras historias, con otras anécdotas. Diversiones de gente sin oficio.

Basada en hechos reales
GT



1. ¿Con quién vamos?

Un bote remonta el lago, bordeando las paredes de concreto de la margen derecha. Dos remos lo hacen avanzar mediante la lenta y penosa maniobra de dos muchachos inexpertos en tales tareas. Insensibles al sol de media mañana, sus cuerpos sudorosos cubiertos por chemises beige, a la vez que intentan remar, alternativamente, afincan en el fondo del lago los remos, cuyos cabos superiores sujetan contra sus pectorales, y encorvados por el esfuerzo, le dan impulso a la embarcación, que avanza hacia el norte, mirando al Ávila, que se refleja en aquellas aguas entre azules, grises y verdes. Y mientras ese bote avanza en silencio, otro intenta alcanzarlo, ocupado por otros jóvenes que gritan. Son ocho botes, cuatro a remos, cuatro a pedales.  En uno de los botes José Miguel se para y asume el rol de patrón de la embarcación, como un viejo baquiano de aquel espejo de agua, con la diestra a la cintura, atento al avance de los otros botes, pendiente de los vigilantes del parque, al acecho. A bordo junto a él van dos pasajeros, vestidos con idéntica indumentaria escolar. Al otro extremo del bote, un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas prestante gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al estudiante del Santiago, cuidadoso del buen parecer. Como si en su espíritu combatieran dos sentimientos contrarios acerca de las cosas que lo rodean, a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con una expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje, de la réplica de la carabela de Colón que se ve en uno de los extremos del lago; pero, en seguida, frunce el entrecejo, y la boca se le contrae en un gesto de desaliento, angustiado por saber que hacen algo que puede ser penalizado. Su compañero de viaje es uno de esos jóvenes inquietantes, de facciones asiáticas, también con el uniforme del mismo colegio. Va tendido en un extremo del bote y finge dormir. Un sol cegante de media mañana de julio en Caracas centellea en las aguas del lago del Parque del Este y sobre los árboles que pueblan sus márgenes.

Estábamos en cuarto de secundaria. Era la época de los exámenes finales. Eran las semanas previas a las vacaciones. Los estudiantes de primaria ya habían comenzado las suyas dos semanas atrás. Los pasillos del Santiago, usualmente llenos de gente, estaban en estas fechas solos. No había cola en la cafetería de Conrado. Había bancas vacías en el patio anexo a la piscina. Cuando terminamos el examen, a media mañana, el sol iluminaba el patio asfaltado y las trinitarias proyectaban su sombra en los bordes del mismo.

Alguien, no recuerdo quién, propuso saltar la cerca del patio de los venados y cruzar por las piedras la quebrada para irnos al Parque del Este. Incluso José Miguel comenzó a subir la cerca de malla metálica, pretendiendo ir al otro lado por el camino más corto. Después de una corta discusión, decidimos salir todos por la puerta principal del colegio y rodear el edificio de la Mobil para entrar al Parque  por la puerta que da a la Avenida Francisco de Miranda, enfrente a donde estaban terminando la nueva estación del Metro. No tardamos mucho en subir a los botes. No recuerdo que hiciésemos algo más antes de llegar al lago. A esa hora de la mañana y en esos tiempos en los que la gente no iba aún a hacer ejercicios al parque, no había nadie en aquellos jardines, una que otra pareja de enamorados tratando de escapar de las miradas de los demás, alguna madre con un niño, un mar verde y solo aquellos jardines desde los que se veía el Ávila y se escuchaba el rumor lejano de los carros pasando por la avenida Francisco de Miranda o por la Autopista del Este, frente a la base aérea de La Carlota.

El mismo que propuso saltar la cerca ahora arengaba a todos los que aún estaban en la orilla a subirse a los botes. En algún momento, parado en un extremo del bote, entre tanto movimiento y tanta gesticulación, comenzó a balancearse, y, entre manotazos, cayó al agua parado. Había menos de un metro de profundidad entre el fondo de concreto pintado de azul celeste y la superficie del agua, que ahora le llegaba a la cintura y le mojaba la parte baja de la franela del colegio. Todos se rieron ruidosamente, se escuchó una carcajada colectiva que recordaba a una bandada de loros de los que solían dar vueltas por el parque.

-          Yo no voy a ser el único pendejo en mojarme – gritó el tipo, mientras se acercaba a los otros botes, dando pequeños saltos con cada pierna, apoyándose en el fondo del lago.

Había volteado uno o dos botes, no recuerdo exactamente cuántos, cuando se escucharon los silbatos desde la orilla. Luego vinieron los gritos y las órdenes. Miramos hacia los lados, no había forma de escapar. Los que aun estábamos secos, a bordo de los botes, tuvimos que lanzarnos al agua y acercarnos caminando a la orilla.




15. Toda horizontes, toda caminos...

Aquella mañana  no estuvo la luz encendida en la oficina del puesto de la Guardia Nacional en el Parque del Este, por el contraste entre el resplandor exterior y la oscuridad de la pequeña oficina, poco podía verse dentro desde el patio a donde el Sargento nos había llevado y nos había ordenado ponernos en filas, pero cuando el Capitán salió de la oficina, ninguno de los alumnos del Santiago–aquellos que se habían mojado al caer de los botes, la mayoría , y los únicos todavía secos, solo tres o cuatro de todo el grupo–  que habían escoltado a su subalterno, el Sargento López,  en el viaje desde el lago, corriendo detrás de una moto Vespa blanca por el camino de concreto por el que también circulaba a aquella hora de final de la mañana el trencito con los visitantes del parque, no lo conocieron. Alguno de ellos, hijo de militares, pudo haberlo visto en alguna fiesta en su casa o en el Círculo Militar o acompañando a su padre en alguna diligencia, pero aquel día, entre el ajetreo de la carrera a paso forzado desde el lago hasta el puesto de la Guardia y los nervios por no saber qué represalia tomarían los militares, ninguno de los del salón lo recordó en un primer momento.

Al principio el Capitán se mostraba seguro, caminando entre nosotros, parados bajo el sol, firmes, rectos, los brazos al costado del cuerpo, algunos aún chorreando agua. El Capitán comenzó su discurso en un tono altisonante, advirtiendo que nos harían pasar uno por uno por un pequeño escritorio gris para dar nuestros datos y los de nuestros representantes, a quienes llamarían para que viniesen a buscarnos, advertidos de la grave falta cometida. El Sargento López se sentó en una silla de metal junto al escritorio y comenzó a recabar los datos de los estudiantes de la primera fila. Y de repente el Capitán se detuvo, se quedó mirando a una de nuestras compañeras de clases y luego de un largo silencio preguntó:

– señorita, ¿usted no es la hija de mi General García?

- Sí, el general es mi papá.

El Capitán enumeró las veces que el General lo había ayudado con su carrera, las veces que había conversado con él, la última vez que lo había apoyado para conseguir su ascenso de grado. Explicó que no podía producirle ese mal momento al General, una persona muy ocupada que no tenía tiempo para venir a buscar a su hija por un problema menor, que nosotros éramos muchachos de un buen colegio, de buenas familias, que seguramente no intentaríamos otra vez hacer algo parecido en el futuro.

De repente aparentaba  más edad de la que realmente tenía. Había envejecido en un momento, tenía la faz cavada por las huellas del momento, pero mostraba también, impresa en el rostro y en la mirada, la calma trágica de las determinaciones supremas.

–Recojan sus cosas y váyanse a sus casas –díjole a los estudiantes, pendientes de sus palabras. Váyanse directo para sus casas, no se queden por aquí. Ya aquí no hay nada que hacer. Pueden irse. Usted, señorita, llévele mis saludos al General. Y no vuelvan a repetir lo que ha pasado hoy, dedíquense a sus estudios, ustedes son muchachos de bien, no le den más preocupaciones a sus padres.

Horas más tarde, los funcionarios de Inparques lo vieron pasar, Lambedero abajo. Lo saludaron a distancia, pero no obtuvieron respuesta. El Capitán iba absorto, fija hacia adelante la vista, al paso sosegado de su moto, el manubrio suelto y las manos abandonadas sobre las piernas, bajo el cielo de la tarde. Tierras áridas, quebradas por barrancas y surcadas de terroneras. Visitantes flacos, de miradas mustias, lamían helados aquí y allá, en una obsesión impresionante. Blanqueaban al sol las caminerías de concreto. El Capitán se detuvo a contemplar desde la distancia a un grupo de visitantes del parque, y con pensamientos de sí mismo materializados en sensación, sintió en la sequedad saburrosa de su lengua, ardida de fiebre y de sed, la aspereza y la amargura de aquella tierra. Luego, haciendo un esfuerzo por librarse de la fascinación que aquellos sitios y aquel espectáculo ejercían sobre su espíritu, aceleró la Vespa  y prosiguió su errar sombrío por las caminerías del Parque del Este. Algo extraño sucedía en el tremedal, donde de ordinario reinaba un silencio de muerte. Numerosas bandadas de patos, cotúas, garzas y otras aves acuáticas de variados colores volaban describiendo círculos atormentados en torno a las charcas y lanzando gritos de un pánico impresionante. Por momentos, las de más remontado vuelo desaparecían detrás del palmar, las otras bajaban a posarse en las orillas del trágico remanso, y al restablecerse el silencio, daba la impresión de una pausa angustiosa; pero en seguida, reemprendiendo unas el vuelo, y reapareciendo las otras, volvían a girar en torno al centro de su bestial terror. No obstante el profundo ensimismamiento en que iba sumido, el Capitán refrenó de pronto la moto: una rata joven se debatía chillando al borde del tremedal apresada por una culebra de aguas cuya cabeza apenas sobresalía del pantano. Rígidos los remos temblorosos, hundidas las pezuñas en la blanda tierra de la ribera, contraído el cuello por el esfuerzo desesperado, blancos de terror los ojos, el animal cautivo agotaba su vigor contra la formidable contracción de los anillos de la serpiente que se exhibía al público y se bañaba en sudor mortal. –Ya ésa no se escapa –murmuró el Capitán–.

Hoy llegó la malla de alambre comprada con el producto del petróleo – las entradas al parque no alcanzan ni para el costo de los tickets de cartón blanco que se entregaban a los visitantes en las dos puertas de entrada-, y comenzaron los trabajos. Ya están plantados los nuevos postes, de los rollos de alambre iban saliendo las mallas, y en la tierra de los innumerables caminos por donde hace tiempo se pierden, rumbeando, las esperanzas errantes, el alambrado comenzaba a trazar uno solo y derecho hacia el porvenir. El Capitán, como viese que el parque iba a quedar totalmente encerrado y ya no podrían las personas ajenas venir a caer bajo su jurisdicción, se encogió de hombros y se dijo: –¡Se acabó esto, míster Danger! Acá nos ocuparemos solo de los enamorados que vienen a pelar la pava al parque.  Cogió su arma de reglamento, se la terció a la espalda, montó a la moto y, de paso, les gritó a los obreros que trabajaban en la cerca: –No gasten tanto alambre en cercar el parque. Díganle al doctor de Inparques que el Capitán se va también.

Transcurre el tiempo prescrito por la ley para que los estudiantes puedan entrar nuevamente en el parque. El Capitán, de quien no se han vuelto a tener noticias, ya no está a cargo del puesto de la Guardia Nacional y desaparece del este de Caracas el nombre de El Miedo y todo vuelve a ser Altamira, La Floresta, Los Palos Grandes, Sebucán, La Carlota. ¡Llanura venezolana! ¡Propicia para el esfuerzo como lo fuera para la hazaña, tierra de horizontes abiertos donde una raza buena ama, sufre y espera!...