martes, 8 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 4 La Carlota


A Patricia le costó decidirse, su mundo giraba en torno a Colinas de Bello Monte y ella se imaginaba viviendo más cerca de la Lejarazú, la casa en la que había vivido toda su vida, y centro de la intensa vida familiar de los Armas Ponce, pero el caso es que entre las opciones que evaluamos y las prisas del caso, finalmente decidimos alquilar un apartamento en la Avenida Principal de La Carlota, rodeado de restaurantes y pequeños negocios, a tres cuadras de La Casona, la vivienda presidencial, a dos cuadras de la Avenida Francisco de Miranda y la estación del Metro de Los Dos Caminos, más cerca de la zona en la que yo, residente de Los Chorros, me había movido los 20 años previos a 1994.

La Principal de La Carlota, con sus vecinos que juegan dominó, cartas o ajedrez

El San Vicente es un edificio pequeño, cuatro pisos más sótano y penthouse, seis apartamentos en total, con un diseño racional típico de los 60s, un poco más moderno que la mayoría de los edificios de la zona, con un ascensor forrado de fórmica marrón, espejo y aluminio con franjas en relieve, con pisos y escaleras de granito gris, barandas de madera, ventanas macuto de aluminio sobre marcos de metal pintado de marrón, cerámicas cuadradas de pequeño formato, blanca en la cocina, gris en los baños con piezas sanitarias amarillas, y closets de madera. En el sótano del edificio funcionaba una distribuidora de repuestos para autos de los mismos propietarios del edificio, quienes también usaban el local comercial de la planta baja como depósito. Los dueños, italianos, vivían en el último piso, en el penthouse, y uno de sus dos hijos vivía en el primer piso, en un apartamento que parecía escapado de un videoclip de MTV, amoblado con un sofá blanco, un bar, una mesa de billar y un televisor gigante.

Los dueños del edificio hablaban italiano. En el resto de los apartamentos también, salvo en el nuestro (mientras vivíamos allí se mudó otra pareja joven en el apartamento que quedaba justo debajo del nuestro). La edad promedio del predio debió haber bajado algo, quizás unos dos o tres años, tal vez cinco considerando que en todo el edificio no vivíamos  más de 10 personas, cuando un par de veinteañeros nos mudamos en octubre de 1994 al apartamento pequeño del cuarto piso. En el apartamento de al lado al nuestro, más grande y con balcón hacia la Avenida Principal de La Carlota, vivía sola - aunque venía una persona a ayudarla- la señora Cleila, que veíamos bajar todas las tardes y sentarse en los bancos del bulevar arbolado a conversar con otras vecinas; que veíamos recibir todas las semanas a su hijo que venía a comer de vez en cuando; que invitaba a Patricia a tomar café y escuchar cuentos sobre su esposo fallecido, sobre Italia, sobre los años que tenía en Venezuela.

Habíamos puesto fecha para el matrimonio unos 4 meses antes de la mudanza, ante la inminencia de una beca y el consecuente viaje a España a hacer un doctorado en la Politécnica de Cataluña. Patricia y yo habíamos aplicado a becas en febrero de 1994 junto con otros 500 aspirantes, ambos habíamos quedado en mayo de ese año dentro de los 100 candidatos preseleccionados en la Embajada de España en Caracas, que tenía previsto ese año adjudicar 50 becas de estudios de postgrado, pero el desencadenante de la decisión fue el encuentro en junio de aquel año con un compañero de trabajo en la Universidad Simón Bolívar, hijo de un alto funcionario de la embajada, quien me felicitó por mi inminente viaje de estudios a España. Los resultados de la evaluación  de los 500 postulantes a la beca no eran públicos, en la Embajada de Caracas solo te hacían saber si habías pasado a la segunda vuelta (y con ello tus papeles viajaban a Madrid para ser evaluados por otro equipo de la Agencia Española de Cooperación Internacional), pero este compañero de trabajo, que también estaba aplicando a una beca de doctorado, tenía aquel día de junio –cortesía de su padre, claro está- la evaluación con los puntajes obtenidos por los aspirantes. El había quedado en el puesto 28, un servidor era el segundo en la lista de quinientos aspirantes ordenados de acuerdo al puntaje asignado a una carpeta que incluía notas, recomendaciones, curricula y varios ensayos explicando qué temas nos interesaban, qué aportes harían al país aquellos estudios o el por qué de esa universidad o ese programa de estudios en particular y de allí la felicitación anticipada. “Hay 50 becas –me dijo parado en el descanso de la escalera del edificio de Mecánica y Estudios Urbanos el tipo, que unos años más tarde terminó vinculado a una trama corrupta del chavismo conformada por varios excompañeros de trabajo en la USB y fue también, durante una larga temporada, cónsul de Venezuela en un país nórdico- por más que la evaluación en Madrid se haga con otros criterios, tu seguro estás entre los 50, tú te vas seguro, tu quedaste de segundo entre quinientos”. 

Esa misma noche pregunté a amigos en España e hice cuentas para ver si en el peor escenario, con una sola beca, podíamos sobrevivir Patricia y yo en Barcelona. Había vivido en Alcalá de Henares en el 91, pero siempre me habían comentado que vivir en Barcelona era más caro que vivir en Madrid. De allí a decidir la fecha del casorio, entendiendo que, en caso de recibir la beca, a finales de noviembre debía reportarme en la Politécnica, solo fue cosa de pocos días.

Dedicamos julio y agosto a acumular ahorros, sacar papeles y a organizarnos para el viaje. Yo estaba coordinando un proyecto grande del Banco Mundial cuyo principal atractivo era que estaba muy bien remunerado y me permitiría hasta octubre o noviembre de aquel año juntar dinero suficiente para llegar a España con una reserva suficiente para no pasar trabajo. Decidimos organizar un matrimonio por lo civil en la Lejarazú, la casa de Patricia en Colinas de Bello Monte, invitando solo a la familia y los amigos más cercanos. Pero se acabaron las vacaciones de verano en España y con la entrada de septiembre llegaron a la embajada desde Madrid las noticias de los resultados de las becas de AECI de aquel año y ni Patricia ni yo estábamos en la lista de los 50 afortunados (tampoco el compañero de trabajo que me mostró la lista de la primera evaluación impresa en una hojas de formas continuas, esas que tenían huequitos a los lados y a las que luego de impresas se le podían desprender los bordes). El jurado había decidido en España que en los últimos años había otorgado muchas becas a estudiantes de arquitectura y urbanismo y automáticamente quedamos excluidos todos los que pretendíamos hacer maestrías (Patricia en la Cátedra Gaudí) o doctorados en esos temas (yo en servicios públicos urbanos). Pero ya habíamos puesto fecha y soltado la noticia en la familia, así que seguimos adelante con el matrimonio y el dinero ahorrado para el viaje sirvió para ponerse a buscar apartamento y a comprar de manera apresurada algunos enseres domésticos para una familia en ciernes que tenía muchos libros y discos, tenía un equipo de sonido Sony que compré con mi primer sueldo de graduado en 1990, tenía un Fiat Uno CS motor 1500 modelo 1992 que volaba por la Autopista del Este, pero no tenía ni una lámpara, ni un mueble, ni un plato ni un sartén. Estábamos en septiembre y habíamos fijado la boda para el 20 de octubre.

En los siguientes días compramos una nevera (que 25 años después todavía es una de las dos que funcionan en casa de mis padres), una lavadora, una licuadora y un colchón ortopédico tamaño queen. Yo, como parte del proyecto del Banco Mundial en el que estaba trabajando, viajé a Margarita en esos días y aproveché de comprar en Rattan un juego de ollas que 25 años después sigue siendo el juego de ollas de la casa de Caracas y unos cubiertos Oneida que comparten las gavetas de la cocina de Caracas con otros comprados años después en IKEA. Media cuadra más allá, en la misma Avenida 4 de mayo, en Bencamar, compré unos sartenes, un abrelata y una plancha con teflón para hacer las arepas. También compramos una sanguchera. Mi mamá nos compró un juego de sábanas con manchas de colores en la Santiago Mariño y me preguntó qué mueble necesitábamos para la casa, para regalarnos uno a lo que le respondimos que un sofá. 

Con el dinero que me dio mi mamá de regalo compramos un sofá naranja de dos puestos, versión criolla de un diseño de Florence Knoll de los años 60s y, puestos en el sitio, la tienda CAPUY de Chacaito, compré la mesa redonda, versión local de un diseño de los esposos Eames, en la cual me puse a hacer el cheque por la compra del sofá. Patricia hizo gala de su título de arquitecto recibido ese mismo año en la UCV para que la mueblería nos diese el 10% de descuento correspondiente. Para acompañar la mesa redonda, tapa de madera y pata central de acero, Patricia se trajo de la Lejarazú cuatro taburetes daneses que Alfredo Julio, el papá de Patricia, había comprado en Capuy 30 años atrás. Yo me traje un televisor pequeño de la casa de mis padres, en la que había 3 y solo quedaban con mi partida dos personas. En la pared de la sala colgamos una serigrafía que le compramos a Enrico, el hermano de Patricia, y la abuela Amanda nos prestó una cocina blanca que ya no usaba y que creo había sido de su apartamento en La Urbina o de El Silencio. En una pared del cuarto colgué un pequeño cuadro que me regaló el arquitecto Julio Coll Rojas.

El apartamento tenía una sala-comedor con piso de granito blanco y líneas rojas donde pusimos el sofá naranja y la mesa con los taburetes bajo una lámpara con estilo de los 60s, que también vino desde la Lejarazú. Ese espacio se iluminaba con un amplio ventanal que daba al oeste, con vista hacia los tejados de las casas vecinas y en la distancia a los arboles del Museo del Transporte y el Parque del Este y al Avila. En el único cuarto, con ventana hacia el sur, hacia la azotea de un edificio vecino, más bajo, en donde todos los residentes se hablaban en portugués y hacían unas comilonas los fines de semana en el techo, recién casados el colchón estuvo como durante un mes en el piso hasta que llegó la cama que compramos en BIMA, apenas inauguraron esa tienda en Los Chorros, cerca de la casa de mis padres (de hecho probaron el sistema administrativo de las cajas con nuestra compra, la primera oficialmente registrada en esa tienda y que incluyó también una biblioteca de madera que pusimos frente al sofá).

No recuerdo si fue para inaugurar la nueva casa o fue un evento espontáneo, recién llegados de la primera parte de la luna de miel por Margarita y Sucre, en nuestro segundo fin de semana de casados, tuvimos de visita a la familia  que, obviamente, no cabía en los 46 m2, no tenía donde sentarse, los abrasaba el sol de la tarde (pusimos los cartones que envolvían la nevera tapando la ventana) y tenía más apetito que las cuatro cosas que teníamos en la cocina. Cuando se fueron todos, al final de la tarde, desaparecido el caos momentáneo, Patricia y yo nos quedamos solos en un apartamento silente donde no había absolutamente nada de comer o beber y las pocas cosas se veían revueltas, nos miramos a la cara y sin decirnos nada cerramos la puerta y nos fuimos a la pizzería Mr. Pepe, que quedaba cruzando la calle de enfrente. Nunca tuvimos nuevamente a la vez a toda la familia en este apartamento.

Como no teníamos teléfono en el San Vicente y al parecer no había líneas disponibles en la zona, al poco tiempo de mudarnos compramos nuestro primer celular, que costó más que dos meses de alquiler y que en realidad usábamos como teléfono fijo. Unos meses después apareció la línea de la CANTV y comencé a llevarme al trabajo el celular colgado en el cinturón. Con el paso de los meses el apartamento se fue llenando de plantas y muebles, cojines y juguetes, avisos de metal en las paredes, algunas de las cuales cambiaron de color: amarillo claro en la pared de la entrada, amarillo oscuro, casi marrón, en el espaldar de la cama, que ahora no estaba bajo la ventana del cuarto, como estaba cuando nos mudamos, sino en la pared opuesta.

Poco a poco fuimos descubriendo los negocios de la zona. Solía hacer la compra semanal en el Automercado Victoria del Centro Comercial Los Dos Caminos, pero disfrutaba más ir a comprar al Automercado París, cruzando la esquina de la casa, con su surtido de mortadelas y salamis, con sus mozarelas de búfala, con sus latas de aceite de oliva, con sus botellitas de Campari Soda que yo acumulaba sobre nuestra nevera Goldstar, con su señora gorda en la caja, que le lanzaba gritos a su hijo, aún más gordo, detrás de la nevera de la charcutería. La panadería Rocarena, con sus cachitos de jamón y sus pizzas, sus golfeados y su jugo de naranja natural, con su cola en navidades para comprar el pan de jamón. La pastelería Doris donde a mi mamá la llamaban los dueños, nada más verla, “la maestra Carmen”, porque mi mamá fue la que les enseñó a leer a sus dos hijos, quienes luego heredaron el negocio en el que me compraban las tortas de fresa y crema batida en mi infancia, y lo mudaron a la Avenida Rómulo Gallegos. En la esquina comprábamos frutas a dos personajes pintorescos que se hacían llamar Pixi y Dixi y alguna vez compré empanadas en una arepera que hacía esquina con la Avenida Francisco de Miranda. Al poco tiempo de mudarnos pusimos unas cortinas hechas con palitos de madera que nos hizo un muchacho portugués que vendía cestas y cortinas en la zona y al que llamábamos Joao, pero que en realidad nunca conocimos más allá de saludarlo cuando pasábamos frente a su pequeño negocio.

La Rocarena

Patricia se inscribió para estudiar la maestría en restauración de monumentos en la Central y comenzó a trabajar en proyectos con su hermano Carlo, por lo que la casa solía estar llena de planos y cartones, olor a goma UHU y tinta, incluyendo una entrega masiva para la restauración de la iglesia de Clarines, que era una suerte de proyecto familiar, porque en el último siglo había sido restaurada dos veces, la primera vez por el tío-abuelo de Patricia a comienzos del siglo XX, la segunda vez por su tío 40 años antes. Yo dejé de trabajar en la Universidad Simón Bolívar y me emplee con uno de mis profesores, Omar Hernández, primero en una oficina en Sabana Grande, al costado del Gran Café; luego en Chacao, en el Multicentro Empresarial del Este. Teníamos suficiente trabajo para pagar las cuentas y vivir con cierta holgura, pero no tanto para que no nos sobrara el tiempo. No era raro ir a almorzar a la casa cuando Patricia estaba allí (A veces trabajaba desde la casa, a veces trabajaba desde la oficina de sus hermanos en Colinas de Bello Monte, la quinta Manoa). Ella manejaba el Fiat Uno, yo andaba en Metro entre Chacao y Los Dos Caminos.

Lucía nació cuando estábamos cerca de cumplir año y medio en el edificio San Vicente. De allí salimos una mañana con el Fiat Uno lleno de cosas rumbo a la clínica en San Bernardino, era el cumpleaños de Patricia y desde entonces celebramos dos cumpleaños el mismo día, y volvimos unos días después con una muchacha gordita, blanca, de pelo castaño, que se bañaba sobre nuestra cama en una bañera plástica y usaba la que había sido mi cuna, que ahora ocupaba una esquina del único cuarto. Año y medio después del nacimiento de Lucía nos mudamos para nuestro primer apartamento propio, en Bello Monte, pero seguimos frecuentando algunos de los negocios de la zona, como la Rocarena y la Doris, incluso durante un tiempo la barbería Roma de la Avenida Rómulo Gallegos.

1 comentario:

  1. Qué de recuerdos me ha traído tu crónica. yo vivía en Altamira, pero todos los viernes en la noche iba a comer en Mr. Pepe, su maravillosa pasta a la arrabiatta.
    Compraba mis tortas en la Doris, y hacía mi mercado de carnes en la carnicería italiana que todavía está al final de la Av. Ppal de La Carlota. Siempre me quise mudar a esa zona, pero era dificilísimo conseuir apartamentos allí, pasaban de familia a familia. gracias por la memoria.

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