martes, 31 de diciembre de 2013

Pueblos tristes




He venido a Caracas por unos pocos días como no había venido antes, como un turista que tiene en el bolsillo el pasaje de vuelta, que mira los lugares familiares con otro ojo, el ojo que mezcla el compromiso con la distancia.
 
Hay días en los que me maravillo de estar aqui. Hay días en los que cierro los ojos y quisiera estar en Brooklyn, caminando por la calle con Marvin Gaye sonando en el ipod a todo volumen y la brisa fría dándome en la cara. Hay días en los que quisiera estar de vuelta en Lima. Hay días de días.
 
Hace un año en esta fecha estaba en Venecia. Primera vez en varios años que voy a recibir el año nuevo en Caracas. Hace más de una década que establecimos una férrea costumbre familiar: 24 en la Lejarazú; 25 en la Paraguachoa, 31 en Nueva York, San Juan de Puerto Rico, San Sebastian, París o Venecia. Alli donde la familia o los deseos nos llevasen. Despues de todo, creemos en eso que mi madre me dijo siempre, que uno pasa el año como lo recibe... La mudanza -aún en proceso- a Lima ha cambiado este año esa costumbre.
 
De estos pocos días, una semana, en Caracas me han llamado la atención varias cosas.
 
La basura. Está por todos lados. Es difícil no verla. Evidentemente algo que estaba mal ahora va peor. Las bolsas se acumulan por las aceras, aceras que nadie barre. Desapareció por completo el barrido de las calles  y el aseo urbano domiciliario es irregular e insuficiente. El camión pasa a lo sumo una vez a la semana y hay calles por las que evidentemente no ha pasado desde que estoy aqui. Me dicen "tiene tiempo asi, pasan de vez en cuando, cuando quieren". Unos vecinos me comentan que han tenido que contratar camiones para que se lleven la basura acumulada en su edificio.
 
La Escasez. No la percibo peor a la última vez que estuve aqui y eso no es un halago. Traje en la maleta leche en polvo y harina de trigo a solicitud de mi familia, lo cual es ya un síntoma de cómo va la cosa, pero ya en septiembre cuando estuve por última vez se estaba en una situación parecida. Las cosas aparecen y desaparecen con prontitud de los anaqueles y los automercados rara vez dan la impresión de normalidad. Hay mantequilla danesa pero no hay leche, me dicen que no la ven hace dos semanas, a la harina de trigo hace un mes. Mi mamá se disculpa diciéndome que no me hizo un postre que suele hacerme por estas fechas porque no consigió leche condensada "y mira que la buscamos", dice, mientra mi padre pone cara de que fue él quien hizo el barrido de todos los negocios del este de Caracas buscando el ingrediente necesario para el chantilly de parchita. La gente camina cabisbaja en un automercado de La Trinidad al cual llegué porque no conseguí algunas cosas por mi casa, hay pocos empleados, la "decoración" evidencia descuido, dos señoras me preguntan que dónde conseguí el papel sanitario que llevo en el carrito junto a un pernil, el muchacho que empaqueta las bolsas le pregunta a la cajera cuánto cuesta un pernil como ese, la señora le dice el precio y suelta una carcajada justo antes que el muchacho le diga que él se comerá el 31 otra cosa, que él no puede pagar "esa vaina". Le doy un billete de 100 bolívares como propina y me contesta con un feliz año sonoro. Patricia me reclama que le di mucho, yo le contesto que solo es 1,5 dólares y que todo esta muy caro. Mientras manejo pienso que con esa cantidad de bolívares pagabamos dos meses de alquiler cuando nos casamos.
 
Los precios. Todo el mundo me dice que los precios están por las nubes. Que todo está carísimo. El gobierno anuncia unas cifras de inflación muy malas, casi un 60% anual, pero resultan poco creibles porque la percepción en la calle es que los precios han subido mucho más. Vamos a un restaurant de sushi cerca de la casa, a medio camino entre la comida rápida y algo más formal. Mi hijo Diego se queja amargamente que su madre no lo lleva desde que me fui a Lima en septiempre. La madre se defiende diciendo que ella es pobre y esa comida está muy cara. Al llegar al local vecino a la plaza Lincoln me llama la atención que está solo, hasta septiembre lo recordaba siempre lleno. Al ver el menú comienzo a tejer hipótesis que explican la soledad. Los precios son exactamente el doble de los de septiembre, que a su vez eran 50% mas que los de diciembre del 2012. Mientras comemos entran 3 parejas, una sale a los 5 minutos de entrar sin nada en la mano. Ver el monto en bolívares escandaliza un poco, pero al hacer la conversión a dólares digo en voz alta "toda esta comida son 25 dólares, en Lima no costaria menos de 50". "Sí,  pero aqui nadie gana en dolares" me contesta Patricia. Conviven algunos precios calculados al valor internacional de las cosas, si se usa la tasa de cambio del mercado negro, con otros bastante más baratos para quien los ve desde la prespectiva de tener unos dólares en el bolsillo. Una par de zapatos vale la mitad en dólares que unos equivalentes en Lima, tambien un short en la tienda Nike, pero desde la óptica local, al compararlo con los sueldos venezolanos, el país es una potencia espacial, que ha puesto a orbitar como satelites de la tierra a todos los productos de consumo.
 
Areas verdes. Venezuela nunca fue muy dada al mantenimiento. Todas las ciudades tienen sus zonas feas y sus zonas más cuidadas. Pero es evidente en la situación actual que las areas verdes cercanas a mi casa están sin mantenimiento desde hace meses. Pregunto y obtengo por única respuesta "la Alcaldía se olvido de eso, dicen que no tienen  real". Tambien abundan los huecos en la calle. Y hay muchas calles oscuras. Probablemente la única novedad al respecto sean la resignación de la gente. Varios vecinos me comentan que eso no tiene solución, que la Alcaldía está quebrada y que el gobierno nacional tampoco ayuda. No hay elecciones previstas a la vista ni nada que motive algún interés. La gente no parece estar esperando ningún cambio, como no sea para peor.
 
La luz. Siempre me gustó la luz de Caracas en diciembre, sus cielos azules con una brisa fresca. Lima no tiene nada parecido, todo lo contrario, cuesta ver cielos azules en la ciudad imperial, la de los cielos color panza de burro. Nueva York sí, la gran manzana tiene esos días de cielo azul que prometen mucho frío cuando los miramos con la nariz pegada al vidrio. El cielo de diciembre y el Avila son los principales atributos de Caracas. Siempre me han gustado, pero ahora los valoro más. Son de las pocas cosas que no se deterioran, que no cuestan más que el año pasado, que no transmiten la sensación de provisionalidad, de estar en proceso de perderse, de cerrarse, de acabarse, de irse.
 
Animo amador!. Mucha gente comenta que el año que viene será peor. "El año que viene será candela" me dice alguien que me reconoce en la panadería cercana a mi casa, como respuesta a un feliz año. "Feliz año y que el año que viene puedan irse de vacaciones a Portugal" le desea una señora bajita, tipo europeo, a Fatima y Manuel, un matrimonio luso que regenta la fruteria de por mi casa desde hace décadas. "Con que tengamos comida me conformo" contesta alguien desde la cola que hacemos los que esperamos para pagar. Fatima dice que por primera vez en su vida no tiene uvas para vender un 31 de diciembre. "Las pedimos, pero no se consiguen, las que teniamos se acabaron hace dos días". Me pregunto en silencio si la gente pedirá deseos igual, sin las 12 uvas que marca la tradición.  Desear las uvas como deseo de fin de año sería un desarrollo endógeno de la tradición navideña, la serpiente que se muerde la cola. A una calle de allí, a las puertas aún cerradas del automercado Unicasa unas 20 personas hacen cola a la espera que abran el negocio. Todas las mañanas hay cola, ahora, antes no. "Es que despues hay mucha gente, hay pocos cajeros porque la empresa no está contratando gente y los productos que llegan los ponen temprano y se acaban rápido". Me voy sin hacer cola, sin intentar la compra, sin verificar si hay o no lo que me pidieron en casa. "Y por ahi viene lo de la gasolina y la devaluación", me dicen otros. Los ánimos están por el subsuelo, chapoteando con lo que queda del petróleo. El ánimo nacional será material de exportación que viaje en los tanqueros hacia China. Me pregunto si tanta nube negra no afectará el octanaje de la gasolina, si no dañará el motor de los carros que la usen en otros lares, si no comenzará a derribar aviones que viajen usando el combustible de esta "tierra de gracia".
 
Alguien te mira. Los ojos de Chavez están por todos lados, en vallas, en afiches, en la televisión. Pero la gente habla poco de él. El "Gigante de América" lo llaman en la TV, en la que ahora no hay ni asomo de oposición o crítica al gobierno. Si la gente se mata en la calle o nada en la basura, en la tele ni lo mencionan, ponen "Mi pobre angelito 2 en Nueva York", si la gente demuestra su felicidad consumista abarrotando centros comerciales a medio surtir, ponen "Rambo 2 en Afganistan". Mencionan una y otra vez al Gigante de América y yo pienso en Nelson Ned. El comandante eterno es el otro calificativo que escucho varias veces. Tambien te miran los militares y guardias nacionales, ahora guardia del pueblo, que pueblan las calles. Estan en todos lados, a las puertas de todos los centros comerciales. Usan fusiles de asalto y equipamiento que no corresponde a una policía civil. Todos te miran.
 
Hay una capa densa que envuelve todo, no se si la tendré yo pegada a los ojos. La gente se mueve con una mezcla de ansiedad, angustia y tristeza. Solo había visto algo así hace años en Montevideo, pero aqui la autoestima está aún más baja.  He pasado solo poco mas de 3 meses fuera y ya se notan cambios, la mayoría no son para bien. Le ofrezco leche a mi madre, de la que traje de Lima y me dice que no, "que se la deje a los muchachitos, que ella se está tomando el café negro". Neorealismo italiano, pero con peor estética, sin mérito artistico. Caracas ciudad abierta. Cómo no pensar hoy 31, fin de año, en Otilio Galíndez. Igual nos diremos esta noche el feliz año, como quien habla con un vendedor de carros usados, preguntándose si creer o no, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde.

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