viernes, 18 de octubre de 2019

Diez Casas. Parte 6. Altolar.


Comenzamos a buscar una nueva casa cuando vimos que estábamos por terminar de pagar el crédito del apartamento de Bello Monte. Sí se puede, dije. Vendemos este y damos eso de inicial y seguimos pagando un crédito como hemos estado pagando hasta ahora. Fiao hasta un vapor, decía mi bisabuelo. ¡Un balcón para poner mis matas! Un edificio más pequeño que este. Un apartamento al que no le pegue todo el sol de la tarde, que no se caliente tanto. Un cuarto más para poner más cosas. Una cocina más grande, que sea más cómoda. ¡Un apartamento en Colinas de Bello Monte, cerca de casa de mi mamá! Con esos criterios nos pusimos a buscar, bueno, en realidad Patricia se puso a buscar y cada vez que veía por internet algún apartamento que le interesaba venía a mí con el planteamiento. Durante algunas semanas no avanzamos mucho, ella hacía de interesada agente inmobiliaria buscando apartamentos con terraza o balcón en Colinas de Bello Monte y yo hacía sistemáticamente de aguafiestas. Cada vez que Patricia se me acercaba con una propuesta, inmediatamente, en frente suyo, sacaba la cuenta: anja!, este lo podemos vender en tanto, tenemos tanto en el banco y tendríamos que pedir un crédito de tanto más…las cuotas nos quedaría en tanto…ummm, no se puede, este es muy caro. Tienes que conseguir uno más barato, de máximo tanto…

Pasadas varias semanas de esta misma dinámica, Patricia abandonó la búsqueda, convencida de que todos los apartamentos que le gustaban eran demasiado caros para nuestro presupuesto y que los que podíamos pagar no le representaban una mejora significativa respecto a donde estábamos. Para mudarme a ese, mejor nos quedamos aquí. Entonces yo tomé la posta.

Como era el primero al que pasaba buscando el transporte del Señor Amadeo para ir al Colegio Santiago de León de Caracas y mi mamá era fiel practicante de la filosofía según la cual el que se despierta temprano coje agua clara y, además, uno no debe salir a la calle sin haber comido previamente en su casa, me paraban todos los días, desde el comienzo de la educación primaria, a las 5 de la mañana en punto, con tiempo suficiente para lavarse, ir al baño, vestirse y desayunar. Cada día mi mamá alargaba su margariteño brazo dentro de mi cuarto y encendía la luz de la lámpara, una que parecía el foco redondo de un carro, e iluminado directamente por aquella luz que parecía para interrogatorios policiales, saltaba de la cama a pasar por el baño, vestirme y bajar a comerme algo antes de salir a la calle y caminar una cuadra para esperar el autobús Ford amarillo del Señor Amadeo (Amadeo tenía, cuando entré al colegio, un microbús Mercedes Benz, primero azul, luego amarillo, pero cuando lo cambió por un bus Ford más grande, estando yo en tercero de primaria, no podía dar la vuelta en mi calle y debíamos ir a esperarlo en la esquina). Educado con semejante rutina, hasta el día de hoy, no importa si es laborable o feriado, día de semana o sábado o domingo, si me acuesto tarde o temprano, a eso de las 5 de la mañana me es imposible dormir. Patricia tiene un ritmo contrario, o lo podríamos llamar complementario si fuésemos a cubrir turnos. Ella se acuesta y se despierta tarde, yo me duermo temprano y me despierto temprano. La felicidad es una carrera de relevos.

El tema viene al caso porque los sábados me levantaba a primera hora del día mientras todos en la casa dormían. Antes de que se levantaran podía darme un baño, leer o ver algo por internet, escuchar música con los audífonos, bajar a buscar empanadas o cachitos de jamón y, en la época de este relato, me puse a buscar por internet la nueva casa. Uno de los primeros días que me puse en esta tarea encontré un aviso que me interesó en un edificio que yo no conocía personalmente, pero del cual había leído y visto fotografías y del cual Patricia me había hablado muchas veces. Era su idea del tipo de edificio donde quería vivir. El apartamento que ofrecían estaba desocupado y, a juzgar por las fotos, necesitaba inversión para poder ocuparse. La cocina era un cuarto vacío, sin gabinetes y con las paredes cubiertas por cerámicas blancas en mal estado. Los baños se veían antiguos y faltos de mantenimiento. Daba la impresión de haber estado abandonado u ocupado por inquilinos sin consideración o por dueños sin capacidad de inversión. Hablamos de un apartamento con, entonces, más de 40 años de antigüedad. Pero estaba en el edificio adecuado, en el sitio adecuado, tenía 60 m2 más que el apartamento de Bello Monte, dos balcones y el precio, luego de un rápido ejercicio, calzó en mi estimación de lo que podríamos pagar metiéndonos en un nuevo crédito hipotecario.

No esperé a que Patricia se despertara y fui a avisarle de inmediato al cuarto. Me ignoró sin despegar la cara de la almohada. De hecho, recuerdo que se dio media vuelta y me dejó hablando solo. Después siempre me dices que no podemos comprarlo. Como media hora después se apareció en la sala, en pijama, con el pelo revuelto y cara de sueño me dijo a ver, enséñame,  ¿cuál es ese apartamento que conseguiste?   En lo que vio que era en el Altolar llamó de inmediato, hicimos una cita para poco más de una hora después, levantó a Lucía y a Diego, nos arreglamos y salimos para Bello Monte a ver la que suponíamos sería nuestra nueva casa.



Patricia conoció este edificio, que quedaba a pocas cuadras de su casa, desde muy pequeña y lo había visitado muchas veces. Allí iba con sus padres a visitar a Gego y Gerd Leuferd. Allí iban a visitar a Lourdes Blanco y Miguel Arroyo. Allí fue alguna vez a visitar a Lamis Feldman. Allí vivíeron Oswaldo Trejo y Rita Salvestrini. También vivían allí artistas de la televisión, periodistas, arquitectos conocidos.

Jimmy Alcock, el mismo arquitecto del edificio de dónde veníamos, había diseñado el Altolar en sus primeros años de ejercicio profesional, 20 años antes de su proyecto de Bello Monte, a comienzos de los 60s. Es un edificio largo y relativamente bajo, 6 plantas, ubicado sobre una colina, una montaña verde, viendo la ciudad a sus pies, adaptando su forma a la topografía del lugar donde fue implantado. Al exterior es una pared de ladrillos rojos con estructura de concreto vista, con ventanas blancas y cajas de concreto sobresalientes, en las que cada apartamento tenía un balcón y un solárium; al interior son unas torres cilíndricas para los ascensores y las escaleras y unos puentes que simulan colgar para comunicar los apartamentos con los ascensores, en un espacio protegido por un brisoleil, con vista a una vegetación tropical. Es un edificio moderno que combina austeridad en los materiales con una riqueza espacial, producto de un diseño que fue considerado uno de los atributos de su autor para otorgarle el Premio Nacional de Arquitectura. Tiene muchos achaques, pudo haber sido construido mejor, la segunda etapa está mejor construida que la primera, y el mantenimiento no ha sido el mejor, pero es un edificio con personalidad, con encanto. Tanto las autoridades nacionales como las municipales lo han declarado patrimonio cultural, lo cual no ha impedido cierta ranchificación por parte de sus vecinos. Muchos han cerrado los balcones, casi todos han cambiado los pisos, algunos han cambiado puertas y ventanas, algunos las barandas de la escalera interna de los apartamentos duplex. Dificultades para colocar los apartamentos en el mercado, costaban más o menos lo mismo que costaba una quinta en El Marques a mediados de los 60s, llevaron a la decisión de construirlo en dos etapas: la primera, la mitad oeste, en curva, construida alrededor de 1965; la segunda mitad, recta, al este de la parcela, se construyó en 1966-67. Los vecinos de la primera etapa no aceptaron integrarse con los de la segunda y luego de una serie de incidentes terminaron levantando un muro interno que divide en dos lo que había sido diseñado como un único edificio y debieron generarse dos espacios de conserjería y dos accesos de estacionamiento. A la segunda etapa se le llamó Loma Verde, aunque los arquitectos, a los que en la universidad, tanto las de Caracas como algunas del interior, los suelen mandar a ver este edificio (vaya y toque el intercomunicador y pregunte por el apartamento tal y cual, allí vive la arquitecta Patricia que tiene el apartamento original y le puede hablar sobre el edificio…zas!, se nos aparecían en la casa los estudiantes de la universidad, cámara en mano, orientados por un guachimán con vocación de guía turístico) lo llaman como un todo, Altolar.



Aquel día del 2007 nos esperaba la corredora inmobiliaria encargada de mostrar el apartamento. Era una arquitecta graduada en la Universidad Simón Bolívar, quien trató de convencernos que por ese precio podíamos conseguir algo mejor, allí mismo en Colinas de Bello Monte, que ella misma tenía otros apartamentos con un tamaño parecido que podía mostrarnos y que estaban en mejor estado por el mismo precio. Pero donde ella veía problemas nosotros veíamos oportunidades. Ella, a este apartamento no le hicieron nada en 40 años, nosotros, mira, tiene todo original, los pisos de terracota verde hechos en Italia, los mismos del apartamento de Gerd y Gego. Ella la cocina estaba tan mal que prefirieron quitar todos los gabinetes y dejar el cuarto vacío, nosotros uy, mira, no vamos a tener que quitar nada, vamos a poder diseñar la cocina a nuestro gusto, partiendo de cero. Ese mismo día en caliente le hicimos una oferta: 15% en efectivo de inmediato, 35% a través de un crédito hipotecario que tomaría de dos a tres meses y 50% a través de la venta de nuestro apartamento, que estimábamos se vendería en el mismo plazo del crédito. Incluso le ofrecimos a la corredora, para interesarla en el asunto, que le daríamos a ella misma la venta de nuestro apartamento, para que se ganara su comisión. Habían vendido varios apartamentos en los últimos meses en nuestro edificio de Bello Monte y sabíamos que se vendían rápido y el nuestro estaba bastante mejor que otros que se habían vendido recientemente.  Nos advirtió que ya había otros dos interesados y que la propietaria quería el pago de contado, de ser posible en dólares. Quedó en hacerle llegar a la dueña del apartamento nuestra oferta, pero no nos dio muchas esperanzas.

Pasaron los días y no hubo mayor avance. La corredora reiteró el interés de la propietaria por algún comprador que tuviese el dinero para pagar de contado. Nuestra oferta había sido rechazada. Seguimos pendientes de los periódicos, lamentando haber perdido la oportunidad de comprar el apartamento deseado, hasta que unas semanas después, otro sábado, en la misma rutina mañanera me encontré, revisando la web de un periódico, con otro apartamento interesante.  También era en el Altolar y costaba 10% menos que el que habíamos visto unas semanas atrás, no había fotos. De inmediato hicimos la cita y nos atendieron ese mismo día. La corredora era una abogada muy amable. Entramos al edificio sin saber el número del apartamento que íbamos a ver y mientras conversábamos con la corredora nos acercábamos al apartamento en venta, hasta darnos cuenta que era el mismo que ya habíamos visto. Le hicimos saber que ya lo habíamos visitado, pero nos lo había mostrado otra corredora, con otro precio. Nos dijo que ella era parte del bufete que había logrado la desocupación de los inquilinos, luego de un juicio de varios años y que tenían un poder para ofrecerlo en venta. Hicimos la misma oferta que habíamos hecho a la otra corredora y esta vez si nos mostraron interés por lo que ofrecíamos. Cuando hicimos saber a la corredora inicial que había otra persona ofreciendo el mismo apartamento y a un precio menor y que había manifestado interés por nuestra oferta se abrieron las puertas a que pudiésemos tener el apartamento deseado. Fue bonito pasar de ser un oferente rechazado a ser perseguido por las dos corredoras, quienes alegaban tener el derecho de vendernos el apartamento, quienes solicitaban de nuestra parte el compromiso de tratar con solo una de ellas. Al cabo de dos semanas la propietaria se decidió por la primera de las corredoras y, en la misma decisión, luego de conocernos personalmente, aceptó nuestra oferta. Había decidido venderle el apartamento que compró 40 años atrás, recién graduada, con sus primeros ingresos como abogada, apartamento que nunca habitó, a la muchacha con la que estuvo hablando durante un largo rato sobre el cultivo de bromelias. Cuando la corredora nos llamó para avisarnos el veredicto me dijo, literalmente, que “La señora Pacanins me ha dicho que le va a vender el apartamento a la muchacha de las bromelias”.




Vendimos nuestro apartamento con relativa rapidez. En solo una semana habíamos conseguido unos compradores, quienes tuvieron problemas luego con su banco y debieron desistir de la compra. Un mes perdido. Pero una semana más tarde teníamos nuevos compradores y logramos concretar la venta sin mayores complicaciones. Nuestro crédito con el banco estuvo un poco más complicado, pero finalmente logramos resolverlo. Tres meses después de acordar la compra estábamos recibiendo las llaves.

Los árabes tienen una maldición milenaria cuya traducción literal reza “ojalá te mudes”. Los maracuchos han hecho suya esa maldición, por lo que no es raro escuchar en el Zulia a alguien desearle el mal a otro diciéndole “ojalá te mudéis”. Tuvimos presente esa maldición mientras empacábamos más de 300 cajas con libros, juguetes y objetos diversos.

Los primeros 3 meses en el Altolar, entre septiembre y diciembre de aquel año, estuvimos inmersos en una continua remodelación. Dormíamos arriba mientras los obreros avanzaban con la remodelación de la cocina, abajo. Nos bañábamos en casa de mi suegra mientras arreglaron el primero de los baños. Teníamos un baño para todos mientras arreglaban los otros dos.  Tuvimos días sin luz, sin agua. Hubo que cambiar las tuberías de agua y el cableado eléctrico. El termo y todas las lámparas. Recubrimos la cocina, los baños y uno de los balcones con mosaico vidriado. A Patricia le pagaron un trabajo con piezas sanitarias alemanas y unas griferías de lujo que probablemente nunca hubiésemos comprado. Pusimos pisos nuevos de granito en la cocina y los baños, donde los pisos originales estaban muy deteriorados o, incluso, en algunas zonas, habían desaparecido. Tres meses después de iniciar los trabajos llegaron los gabinetes para la cocina, que compramos en el IKEA de Elizabeth, New Jersey (costaban, incluyendo el transporte, la mitad que los que nos presupuestaron en Caracas por unos similares)  y los arme en un fin de semana, para que el lunes viniera el granitero para poner el tope de la cocina. Para el día de navidad del 2007, ajustando algunas cosas los días previos, teníamos cocina y baños.

A los muebles que ya teníamos le sumamos dos seibos daneses. Compramos dos butacas azules de segunda mano diseñadas por Grete Jalk en 1960. Compramos una mesa de centro italiana usada. Vivíamos persiguiendo las ventas de segunda mano, buscando muebles y adornos de los 50s o los 60s. Pintamos unas paredes de gris, otra de amarillo. Colgué un cuadro de Starsky Brines a la entrada de la sala y otro de José Vivenes al lado de la cama. Colgué mi chinchorro de moriche en el balcón, entre las bromelias y las orquídeas de Patricia y encedimos la lamparita de papel de Noguchi en un rincón de la sala. Lucía tuvo el perro que quería. Dos años después llegó Teresa, a la que bautizamos teniendo en mente a la cantante de Madredeus. Desde nuestras ventanas veíamos el sol salir por el este de Caracas y el encender de las luces de la autopista cuando llegaba la noche. Pusimos una puerta roja en la entrada de la casa y colgamos en la escalera los avisos de metal que recolectamos a lo largo de una década, incluyendo un aviso grande de Cocacola que Ricardo nos regaló cuando se fue a Nueva York. Patricia llenó el cuarto de servicio con sus juguetes. Nos rodeaban las cosas queridas.

Nunca nos mudamos del Altolar. Hace 6 años que no vivimos allí, el mismo tiempo que lo ocupamos a diario, pero volveremos. Esta es la sexta casa de la historia pero podría ser la última. La vida solo tiene sentido si hay una meta, aunque distante o difusa. Como dice un pañuelito bordado que cuelga en la pared de la cocina de la familia en Nueva York, traducción mediante, hogar es donde está el corazón. El mío está en el Altolar aunque duerma en Lima.

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